«I will always return»
Personajes de Hajime Isayama.
Summary:
Eren es un titan cambiante que vive en el bosque. El pueblo de Shiganshina le teme, así que proponen otorgarle un sacrificio con la condición de que se marche de las tierras y nunca regrese. Mikasa es una niña del pueblo que es ofrecida como el sacrificio. Cuando es abandonada en el bosque, en lugar de encontrar una bestia abominable, encuentra a un muchacho solitario. Eremika. AU.
#Notasquetodosaman(?):
MOMENTOS CULMINANTES, PREPÁRENSE PARA LAS TRAGEDIAS. MUAJAJAJAJA.
—o—
Aquella noche el cielo lloró por Eren Jaeger.
Las nubes se estrujaron las unas a las otras, temblorosas, y una infinidad de lágrimas arrasó el Bosque de los Árboles Gigantes, humedeciendo la tierra y estrellándose pobremente contra la arruinada cabaña forjada de una madera antigua y olvidada. Aquella noche la lluvia se compadeció del solitario muchacho y lloró junto a él, intentando de alguna extraña manera reconfortar su destrozado corazón, infundiéndole una esperanza que él no parecía dispuesto a ver, no aún.
Eren creyó que llovería de esa manera siempre. No le habría importado, tampoco. No le habría importado permanecer dentro de esa cabaña para siempre, acurrucarse entre las mantas de su cama y cerrar los ojos, olvidarse que había un sol que cada mañana demandaba su atención y un pequeño zorro que lamía su nariz para arrastrarlo hacia un nuevo día; una niña amable que le traía comida y ropa y una responsabilidad que desde un principio había prometido cargar a sus espaldas. Nada le habría importado, ya nada importaba.
Mikasa no supo cuanto tiempo permaneció así, recargada contra los almohadones de su cama mientras lo estrechaba en brazos como a un pequeño bebé, su cabeza descansando perezosamente sobre sus piernas y su mano perdiéndose en ese bosque infinito que era su cabello. Ambos, solos en la oscuridad de la cabaña… Mikasa sintió que fue eterno, algo tan bello como doloroso y de lo que no se arrepentía en lo absoluto. Porque así era el mundo que Mikasa Ackerman había aprendido a conocer, a vivir: cruel y hermoso, alegre y trágico, sudor y lágrimas, besos con sabor a manzana y unos brazos desgastados que se aferraban a ella como si su vida dependiera de ello.
Susurros entremezclados con la lluvia de sus ojos, la lluvia del cielo.
—Decía que aprendí a cantar antes que a hablar. Decía que cuando yo era un crío mi madre tarareaba mientras me tenía en brazos. No me cantaba una canción; solo era una tercera descendente. Un sonido tranquilizador. Y un día me estaba paseando alrededor del campamento y él cantó, y oyó que yo le devolvía el eco. Dos octavas más arriba. Una tercera aguda y diminuta. Decía que aquella fue mi primera canción. Nos la cantábamos el uno al otro. Durante años.
Se tensó, tembloroso.
—Nunca volveré a verlo otra vez.
Entonces las lágrimas descendían de nuevo. Durante largas horas permaneció así, despierto, melancólico, roto. Pero Mikasa no dijo ni una sola palabra, simplemente permaneció junto a él porque sabía que un abrazo podía ser mucho más reconfortante que mil palabras vacías. Podía oír el latido de su corazón contra su pierna, podía oír el suyo propio acompañándolo en una música suave, entremezclada con las gotas de la lluvia que poco a poco comenzaban a disminuir. Podía sentir su piel tensarse y relajarse y erizarse ante el continuo contacto de sus dedos sobre su cabello, un gesto tan maternal como doloroso. Mikasa sintió muchas cosas que supo él también sintió, pero ninguno dijo nada al respecto.
Pero el tiempo pasó, pasó, pasó, rápido y tortuosamente lento a la vez, y Mikasa supo que era hora de que esto terminara. Eren era fuerte, muy fuerte, pero estaba quebrantándose y ella no podía permitir algo así. Él era su fuerza, su fuerza, si su escudo se quebrantaba para siempre… ¿qué utilizaría para defenderse? Ella lo necesitaba con vida, él la necesitaba con vida. Una necesidad mutua y dolorosa y cruel pero hermosa a la vez.
Hermosa.
—Eren…
Él no respondió.
Mikasa suspiró, tomando su muñeca y trazando con sus dedos una caricia desinteresada por sobre sus venas, recorriendo el mismo lugar que su padre había elegido para inyectarle aquella dosis que Eren admitió era la causa de todo esto. Algo que había olvidado y vuelto a recordar, una pesadilla de la que deseaba huir para siempre. Fue tan simple como perturbador. Una inyección, una transformación, un poder no deseado y la espantosa escena de su padre siendo devorado por su propio hijo en contra de su voluntad, nublando sus recuerdos. Una llave, un sótano en una casa dentro de Shiganshina y la incertidumbre ante lo que permanecía oculto ahí dentro.
—Eren —Mikasa habló más firmemente esta vez. Eren no tuvo otra opción que suspirar, apartándose de ella para sentarse con pereza, sus ojos hinchados y rojos después de un llanto silencioso pero incontrolable, un muchacho intentando colocarse la piel de un hombre que le quedaba demasiado chica. Porque no lo era. Todavía era un niño. Muy en el fondo lo era.
Evitó mirarla, tal vez avergonzado o irritado, pero Mikasa no cedió a sus caprichos.
—Dijiste que el sótano está en Shiganshina.
Él frunció el ceño. Sí, allí estaba. En sus recuerdos lo vio, una casa grande con tejados tan verdes como las hojas de los árboles, su padre susurrando una y otra vez las mismas incoherencias. Debes ir a ese sótano, Eren. Todo cobrará sentido una vez que lo hagas. ¿Quién habría imaginado que la llave que cargaba consigo durante tanto tiempo tendría dueño dentro de esa ciudad?
Eren miró las temblorosas palmas de sus manos, agrietadas y enrojecidas después de una transformación tan repentina. Frunció el ceño, su corazón latiendo muy deprisa.
—Algo en mi está fallando —susurró, más para sí mismo que para su amiga—. Mi… coordenada, como le llamó mi padre… no está funcionando bien. Te había dicho que los titanes estaban inquietos y ahora uno de ellos entró en el bosque. No sé por cuánto tiempo más podré mantenerlos alejados de la ciudad, yo…
Volvió a quebrarse. Se inclinó hacia adelante y cubrió su rostro con sus manos, las lágrimas ni siquiera se molestaron en aparecer, sus ojos las habían agotado a todas.
—Por qué… por qué hizo eso, por qué me hizo esto —se quejó, gimoteando—. Mira en lo que me convirtió, soy un monstruo, un monstruo…
—Eren —Mikasa apartó sus manos y las sostuvo entre las suyas, su ceño muy fruncido—. Oye, escúchame. No eres un monstruo, ¿de acuerdo? No lo eres. Eres un héroe. Has mantenido la ciudad a salvo durante mucho tiempo, has salvado a mucha gente. No eres un monstruo.
Y él de verdad quiso creer en sus palabras. Con todo su corazón, pero no podía. Simplemente no podía. ¿Un héroe? Sí, claro.
Negó con la cabeza repetidas veces, pero Mikasa sostuvo sus mejillas para obligarlo a mirarla. No dejaría que se derrumbara de esa manera, no frente a ella.
—Esto no se trata de ti, esto nos involucra a todos por igual. Es un mundo cruel, Eren, y solo los fuertes sobreviven. ¿Cómo podrás continuar si bajas los brazos? No dejaré que lo hagas, ¿me has oído? No lo haré, y haremos esto juntos. Mientras tú continúas aquí sintiendo lástima por ti mismo, dentro de ese sótano puede encontrarse la respuesta a todo. ¿De verdad no quieres saber qué dejó tu padre ahí dentro? Porque yo sí quiero saberlo.
El sótano. ¿Durante cuánto tiempo soñó conocer el significado de esa misteriosa llave que cargaba alrededor de su cuello todo el tiempo? Un cofre, una puerta… lo último que habría imaginado era un sótano dentro de una ciudad que se encontraba tan cerca del bosque, una ciudad que había vivido para proteger sin saber por qué. Pero ahora muchas cosas cobraban sentido.
Pero tenía miedo.
Mucho miedo.
—¿Qué hay si no me agrada lo que encuentro ahí dentro? —Preguntó, tembloroso, pero sintiendo alivio ante las manos frías de Mikasa sosteniendo sus mejillas deslizándose poco a poco hacia su cuello, descansando sobre su nuca—. ¿Qué hay si… no es algo bueno?
La determinación en su mirada le dio valor.
—Sea lo que sea, lo haremos juntos.
Lo haremos juntos.
Juntos.
Eren tragó saliva, indeciso, pero Mikasa no se hizo esperar. En silencio y sin decir ni una sola palabra se incorporó del amasijo de frazadas en las que sus piernas estaban envueltas y tomó su saco de lana para ponérselo con rapidez. Eren la observó recoger una canasta que guardaba bajo la mesa junto a la hoguera y comenzó a llenarla de alimentos, muchos de ellos preparados por ella misma especialmente para Eren. Pequeñas tartas de limón y canela, frutas, pan, queso, tres botellas de agua, algunas velas y gran cantidad de uvas. Eren no preguntó qué estaba haciendo incluso si no tenía la más mínima idea de ello. Mikasa cubrió la superficie de la canasta con una manta blanca.
—Tienes que marcharte hacia la cueva por unos días —dijo, decidida, su voz fuerte y clara—. Luego de lo que sucedió Erwin les ordenará a los soldados que patrullen el bosque, no pueden encontrarte aquí.
Era extraño, pensó Eren. Durante el poco —y a la vez eterno— tiempo en el que se conocían, en el cual él podía tomarse el atrevimiento de llamarla amiga, mejor amiga… había sido él quien se hizo cargo de cada una de las decisiones que giraban en torno a él, su estadía en el bosque, los soldados, absolutamente todo. Pero ahora era Mikasa quien dictaba órdenes a diestra y siniestra, abandonando esa coraza de niña vulnerable que por tanto tiempo la había identificado. Ésta nueva Mikasa no lucía para nada como aquella que conoció tiempo atrás, aquella que ocultaba moretones bajo su ropa y lágrimas detrás de sus pestañas. Muy en el fondo, Eren se sentía orgulloso de ella. Su fuerza era la fuente de energía necesaria que él necesitaba para continuar, porque si no luchas, mueres. Si ganas, sobrevives, y no puedes ganar si no luchas.
Ahora lo sabía.
Eren asintió, dispuesto a seguir sus órdenes.
—Eren —habló, mirándolo fijamente. Él se incorporó y se colocó su chaqueta, recogiendo algunas mantas y algo de ropa para llevarse consigo hacia la cueva—. La casa de tu padre en Shiganshina, ¿sabes cuál es?
Con un suspiro, Eren asintió. Apartó la mirada de sus ojos, sus manos temblando de manera involuntaria.
—La vi en mis recuerdos. Tiene… tiene un tejado de color verde, y en la entrada hay un pequeño puente de escaleras rotas. Es muy grande.
Eren habría permanecido con la mirada perdida si no fuera porque oyó a Mikasa soltar un jadeo repentino. Frunció el ceño, curioso. Mikasa se mordía el labio con preocupación, en cuanto supo que él la observaba ella alzó la mirada en respuesta.
—¿Q-Qué sucede? —preguntó, no muy seguro.
Luego de una pausa, Mikasa respondió:
—Conozco esa casa —susurró, sombría—. Todos en Shiganshina lo hacen. Allí vive Dalliz Zacklay.
Ahora comprendía su reacción. Mikasa le había hablado de él, había oído a los soldados que patrullaban el bosque mencionarlo también, era el juez de Shiganshina, mano derecha de Erwin Smith, un hombre tan poderoso como temido y el responsable principal de que Mikasa fuera entregada al bosque como carnada del titán. ¿Cómo demonios se suponía que irían hacia esa casa para descubrir el secreto del sótano? ¿Cómo podrían pasar desapercibidos?
—Mierda…
Mikasa suspiró, apresurada, recogió la canasta y lo tomó del brazo para arrastrarlo fuera de la cabaña. La lluvia se había detenido y ni una sola estrella brillaba en el cielo, ni siquiera la luna parecía tener ánimos suficientes para lucirse esa noche.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó, esperando que Mikasa tuviera una buena idea sobre como entrar en su casa sin que él lo supiera.
Ella le abotonó los cierres de su chaqueta en un gesto maternal y apresurado.
—Tú te quedarás en la cueva por ahora —dijo, de sus labios emanando un suave vaho. Mirar su boca le hizo sonrojar al recordar lo que había sucedido algunas horas antes—. Yo iré a casa de Zacklay.
Eren olvidó por un instante su vergüenza para expandir sus ojos escandalosamente. Jadeó, alarmado.
—¿Qué? ¿Ahora? ¿Cómo vas a-
—¡Solo quiero echar un vistazo! Es de noche, es el momento perfecto, nadie me verá. Volveré con noticias mañana por la tarde, ahora será mejor que te marches, Eren, de verdad. No quiero que te encuentren aquí —miró a su alrededor, repentinamente dándose cuenta de algo que Eren no supo descifrar—. ¿Dónde está Armin?
La pregunta no evitó que la preocupación y el malhumor abandonaran los sentidos de Eren. Él suspiró, nervioso.
—Ya aparecerá —dijo, restándole importancia—. ¡Pero Mikasa, no puedes simplemente-
—¡Eren, no grites! —se quejó, alarmada—. ¡Pueden oírte! Ya vete, por favor. Y mantén tu llave oculta en un sitio seguro.
Él no respondió. La observó con incertidumbre y temor, era la primera vez que Mikasa demostraba un acto tan impulsivo y eso le aterraba. Ella percibió su preocupación, con un suspiro se inclinó hacia él y lo abrazó con fuerza, sus brazos delgados anclándose firmemente alrededor de su cuello. Sus manos estaban muy frías.
—No te preocupes por mí. Siempre regresaré, Eren —susurró, bajito, su voz temblando—. Siempre, te lo prometo.
Durante un instante Eren cerró sus ojos, apoyando su mentón sobre su hombro suavemente, aspirando el suave aroma de su cabello, una esencia que ahora parecía conocer a la perfección. Y deseó que aquél instante nunca terminara, deseó que el tiempo pudiera congelarse y detenerse y simplemente permanecer así, en un abrazo frío pero cálido y cercano y distante a la vez, un abrazo que significó mucho y todo y no deseaba que fuera el último, no podía permitir que fuera el último.
Él asintió, sin decir nada más. Mikasa se apartó de él luego de un momento y con una última mirada ambos partieron por caminos separados. Él, hacia esa oscura cueva, oculto como el monstruo que era. Mikasa hacia Shiganshina, hacia la casa de Zacklay… hacia el sótano.
Mikasa supo que debía ser cuidadosa, sin embargo, no tenía idea de qué demonios estaba haciendo.
Luego de abandonar el bosque y regresar a Shiganshina, se introdujo en el sótano de su propia casa para buscar entre la multitud de cosas que habían una antigua lámpara de aceite que Kenny solía utilizar de vez en cuando. La limpió, la cargó con aceite y supo que era una opción mucho más segura antes que utilizar velas o algo por el estilo; no estaba en sus planes incendiar la casa de Zacklay por accidente y echar a perder lo que fuera que se ocultara dentro de ese sótano. Y aunque sabía que necesitaría de la llave para entrar ahí dentro, la curiosidad era engañosa y tentativa, y de verdad quería echar un vistazo antes de idear un plan junto a Eren.
Mikasa no se reconocía a sí misma. ¿Quién diría que se convertiría en esto? Una jovencita decidida a levantar del mismísimo infierno a un muchacho que lo había perdido todo, tal y como ella. Tal vez la extraña familiaridad, la manera en que sus vidas se veían reflejadas en un espejo apuntando hacia una misma dirección era lo que la motivaba a actuar de esa manera, la misericordia, la comprensión, la empatía.
El amor.
Bebió un poco de agua, se vistió con ropa oscura para poder ocultarse mejor entre las sombras y cargó consigo la lámpara de aceite apagada para utilizarla una vez que estuviera dentro de la casa, esperando que no llamara mucho la atención a través de las ventanas. Abandonó su casa con cuidado y avanzó por las calles lo más pegada a la pared posible. Como siempre, la ciudad estaba vacía a esas horas, y tampoco advirtió algún tipo de movimiento sobre los tejados de las casas que indicara que había soldados patrullando. Seguramente los había, solo que Mikasa no podía verlos o eran unos pocos. De todas maneras, supo que debía tener cuidado.
La casa de Zacklay, o mejor dicho, la casa de Grisha Jaeger, era muy grande y se alzaba casi al final de la ciudad. Sus tejados de color verde, incluso si permanecían ocultos bajo la oscuridad de la noche, la delataban del resto de las viviendas de la ciudad. Zacklay solía hacer reuniones allí dentro con los soldados que poseían un rango muy alto en el oficio, simplemente para presumir. Mikasa lo detestaba y esperaba que aún no hubiera descubierto lo que había dentro del sótano.
Al llegar, supo que no podría entrar por la puerta delantera sin ser vista, lo mejor sería rodear la casa y encontrar una manera de poder entrar, aunque muy en el fondo presentía que acabaría por renunciar para terminar entrando por la puerta frontal, aunque no tuviera la más mínima idea de cómo abrirla.
Caminó por el jardín trasero con cautela, pisando cuidadosamente entre las rocas y las hojas que se interponían en su camino. Las luces dentro de las ventanas estaban apagadas y desde los tejados no se alzaba el humo de una chimenea. Tampoco había alguna puerta trasera o algo por el estilo, entonces supo que no había caso. Tenía que entrar por la puerta frontal.
Abandonó el jardín y subió las escaleras de piedra que llevaban hacia la puerta. Al llegar, con cuidado sostuvo el mango y lo giró, esperando que por algún milagro divino la puerta estuviera abierta, cosa que era absurdo. Y lo era. La puerta estaba cerrada. Mikasa dejó escapar una maldición nada propia de una dama cuando una voz muy conocida la hizo dar un respingo en su lugar, casi dejando caer la lámpara de aceite. Casi.
Era Jean.
—¿Mikasa?
Por un instante, al verlo parado frente a ella con la estupefacción en su rostro, Mikasa respiró tranquila. Sostuvo su corazón, agitada.
—Jean…
—¿Qué diablos estás haciendo? —preguntó, escandalizado—. ¿Por qué estás intentando abr-
—¡Shh, no hagas ruido! —Mikasa lo sostuvo por el brazo y lo jaló hacia el jardín, lo último que faltaba era que la descubrieran por culpa suya.
—¡Ah, mi brazo!
—¿Sabes si Zacklay está en casa?
Jean la miró ofendido, sosteniendo su brazo justo en donde ella lo había agarrado con mucha fuerza.
—No, está en la taberna con el señor Pixis.
Mikasa se mordió el labio, pensativa e indecisa. Era el momento perfecto, pero debía ser rápida y el sigilo era algo que poco le importaba a este punto. Volvió a tomar a Jean del brazo y lo jaló hacia la puerta de entrada de la casa. Observó la madera con impaciencia, tratando de encontrar una manera de poder ingresar dentro.
—Mikasa, ¿qué haces?
Ella no respondió. Recogió un trozo de madera que yacía tirado cerca de las escaleras y lo sostuvo con fuerza entre sus manos, intentando encontrar el valor para hacer lo que probablemente sería la cosa más estúpida e irracional de su vida. Pero Eren estaba en juego, y Mikasa habría tomado todos los riesgos que fueran necesarios solo para brindarle algo de ayuda. Suspiró, decidida, y alzó la madera en el aire.
—¡Ah, Mikasa, detente, qué crees que hac-
La madera se estrelló con fuerza contra el vidrio de la ventana principal y éstos se hicieron añicos en el suelo, al borde del alfeizar y dentro de la misma casa. Mikasa lanzó la madera lejos hacia el jardín y apartó los vidrios amenazantes de la ventana que se alzaban como los dientes feroces de un felino. Jean lucía estupefacto, sosteniéndose la cabeza con las manos.
—¡Qué demon-
—Necesito que te quedes aquí y vigiles que nadie venga —ordenó, suplicante, encendiendo la lámpara de aceite y atravesando la ventana cuidadosamente para no cortarse con los vidrios.
—¡¿Qué?! ¡Mikasa, no!
Ella ignoró sus súplicas porque supo que Jean no la defraudaría. El muy cabrón era algo cobarde y quedarse parado frente a la puerta era la mejor opción para él, además, Mikasa no planeaba tardar demasiado, especialmente si Zacklay podía llegar en cualquier momento.
Aunque la casa se encontraba completamente a oscuras, la lámpara de aceite iluminaba lo justo y necesario para que Mikasa supiera hacia dónde ir. La sala era muy grande, revestida de una madera fina y costosa, alfombras brillantes por doquier y adornos que debían valer una verdadera fortuna, una gran suma de dinero que podría utilizar para ayudar a los niños huérfanos del orfanato, o alimentar a las personas que vivían entre los callejones de Trost, alimentándose de la comida esparcida en el suelo. En ese momento Mikasa supo que el interior de un hogar hablaba muy bien de una persona, y Zacklay era probablemente el individuo más egocéntrico y ordinario que habitaba Shiganshina. Mikasa lo detestaba.
Junto al corredor se alzaba una enorme escalera cubierta por una alfombra roja, y a su lado, un gran pasillo repleto de puertas. Mikasa caminó lentamente bajo la oscuridad hacia el final del corredor, no tenía la menor idea de donde se encontraba el dichoso sótano, pero suponía que era allí donde debía estar. Avanzó por el corredor a paso ligero, abriendo cada una de las puertas para echar un vistazo velozmente. El comedor, la cocina, cuartos de baño, dos habitaciones, y fue en la última puerta del pasillo donde encontró la lavandería. Era pequeña y oscura, la única habitación dentro de la casa que no se veía muy limpia y ordenada, probablemente Zacklay no la utilizaba a menudo. Mikasa entró con curiosidad, el sótano debía estar en alguna de todas las puertas del corredor, era imposible que se encontrara en el piso de arriba y Mikasa no quería prolongar tanto la búsqueda, subir al segundo piso la retrasaría aún más.
Fue que encontró la entrada cuando al caminar pisó algo que crujió entre sus pies. Bajó la mirada para encontrarse una trampilla de madera cerca de la pared, no se veía muy escondida, entonces Mikasa supo que lo había encontrado.
Se agachó, curiosa, y abrió la trampilla con cuidado. La oscuridad era abrumadora y agradeció enormemente haber traído con ella una lámpara de aceite. Una escalera de metal algo oxidada descendía por debajo y Mikasa tomó un largo suspiro antes de bajar por ella con cuidado de no tropezar y caer. Aterrizó en una habitación, frente a ella se presentaba una puerta de madera. Era aquí. Éste era el sótano.
Mikasa se acercó con cautela y sostuvo el picaporte de madera entre sus manos, girándolo. Bajo éste había una cerradura para introducir una llave, Mikasa supo que sería inútil intentar abrirla, pero se sorprendió.
La puerta sí se abrió.
¿Qué demonios…?
Mikasa jadeó, abrumada. Abrió la puerta con cuidado y entró en la habitación con sumo cuidado, aquello no le gustó en lo absoluto. ¿Cómo había Zacklay abierto la puerta del sótano si no poseía la llave entre sus manos? ¿A caso se las había ingeniado para conseguir un tipo de copia? Tal vez derribó la puerta y colocó una nueva, pero ésta se veía vieja y arruinada. ¿A caso Zacklay realmente conocía el secreto dentro de esta habitación?
O peor aún, ¿era ésta la casa correcta? Tal vez Eren se había confundido.
Ignoró su debate mental y dejó la puerta entre abierta. La habitación era un completo desastre, repleta de cosas esparcías por doquier. Palas para cavar, rastrillos, cajas de madera, cajas de cartón, una mesa repleta de papeles y botellas vacías de cerveza, telarañas colgando del techo y polvo sobre cada uno de los objetos que ahí yacían. Era evidente que Zacklay no entraba aquí a menudo. Mikasa caminó por la habitación sin saber qué buscar exactamente, si al menos hubiera tenido una pista…
Así que simplemente optó por husmear dentro de los cajones de un mueble repleto de polvo y candelabros viejos. Sorprendentemente, encontró muchos documentos de sus juicios. Sentencias que había dictado a criminales e incluso inocentes. Muchos de ellos condenados a la horca, y a veces, la hoguera. Pero Mikasa frunció el ceño cuando encontró algo más, algo que no esperaba. Cartas. No estaban dentro de las carpetas de los documentos judiciales, estaban sueltas y algo desordenadas, pero eran cartas escritas a mano por lo que pudo ver, y Mikasa se tensó al reconocer la caligrafía. Incluso bajo la oscuridad de la habitación, incluso bajo la pobre iluminación de su lámpara que poco a poco se agotaba de aceite, Mikasa reconoció la letra a la perfección.
Era la letra de Kenny.
Olvidándose por un instante del verdadero motivo de su visita a ese sótano, Mikasa apoyó la lámpara sobre la mesa más cercana y sacó del cajón todas las cartas para colocarlas en la mesa, desplegándolas. Leyó la primera, era de Kenny.
"No voy a perder el tiempo con formalidades, tu bien sabes quién será el que te envíe esta carta, habría hablado contigo en persona pero por primera vez en mi vida he decidido optar por la cautela, es lo que me conviene. También a ti.
Me imagino que estás al tanto del embarazo de Kushel. Me imagino que también sabrás que ese hijo es mío y que dio a luz a una niña hace pocos días, una mocosa que me ha entregado a mí porque no quiere que su maldito Holger lo sepa, según tengo entendido, le dijo que perdió al bebé durante el parto. Lidiar con dos críos no debe ser cosa fácil, ¿verdad? Especialmente si eres una jodida prostituta, Levi la ha visitado solo dos veces desde que supo que estaba en cinta, y sospecho que Holger sabe la verdad detrás de todo esto, hemos tenido ciertos infortunios y no le ha dejado a Levi venir a visitarme. Vaya cabrón.
De todas maneras, eso me da igual. Kushel es mía y quiero que así sea siempre. Y solo puedo conseguirlo con tu ayuda. Tengo dinero, viejo, mucho dinero para darte si me prometes deshacerte de Holger. Haz lo que debas hacer, pero lo quiero fuera de mi jodido camino. Mientras él siga con vida, Kushel nunca será mía. Por el momento me quedaré con la mocosa, aunque no me interesa revelar mi identidad como su padre. Por el momento seré un tío latoso al que tendrá que soportar, no quiero que Levi sepa que tiene una hermana, me odiaría de tan solo saberlo y necesito a ese muchacho de mi parte.
Junto a esta carta te llegará una bolsa con el dinero prometido, para que sepas que no estoy bromeando. Espero que me respondas rápido, viejo, ya sabes lo impaciente que me pongo cuando la gente no muestra gratitud. Y tú no quieres lidiar conmigo en mis estados de impaciencia, ¿verdad?
K."
La mente de Mikasa se quedó en blanco mientras soltó la carta. Su mirada permaneció perdida en el infinito mientras su ceño se fruncía considerablemente.
¿Qué demonios acababa de leer?
¿Kenny… y la madre de Levi? ¿Ella? ¿Ellos?
¿Hermanos?
Hermanos…
No. No podía ser cierto. Las lágrimas descendieron de sus mejillas como corriente de agua viva. ¿Ella tenía un hermano? ¿Kenny… era su padre? ¿Siempre había sido su padre? Apretó los puños, furiosa.
Había vivido toda su vida como un pájaro enjaulado, como un perro amarrado junto a una correa, sufriendo constantemente los abusos de su tío, creyendo que estaba sola en el mundo y que la única familia que tenía era ese cerdo asqueroso, la única persona que compartía su sangre y de la cual no podía alejarse porque no tenía a nadie más, porque dependía de él completamente. Mikasa se había sentido sola por tanto, tanto tiempo…
Entonces él apareció. Con sus comentarios ácidos que pretendían ser alentadores y la hacían reír. Su baja estatura que le recordaba a la historia de un niño que robó pan para demostrar su honor y fortaleza, un hombre que la defendió de aquellos que la molestaban y la incentivó a luchar.
Eres fuerte, Mikasa.
El único que la defendió y protestó cuando quisieron entregarla como carnada del titán. El único que sin haber compartido alguna clase de parentesco, se había preocupado por ella, había mantenido su secreto a salvo, aquél que parecía conocerla mejor que nadie sin esforzarse siquiera.
Y ahora era su hermano.
Su hermano mayor.
¿Cuántas veces Mikasa deseó tener un hermano mayor? Alguien a quien recurrir cuando los golpes de Kenny torturaban sus noches. Alguien que la defendiera. Alguien que la quisiera.
Era él. Siempre fue él.
Mikasa limpió sus lágrimas, sollozando. Era horrible, todo era tan horrible e injusto y espantoso. Él había perdido a su madre, tenía una hermana que no conocía y su padre había muerto por culpa de Zacklay, Kenny le había arrebatado todo, les había arrebatado una felicidad, un futuro, una familia. Era horrendo, cruel. Muy cruel.
Pero hermoso a la vez.
Hermoso.
La inesperada voz de Jean la hizo jadear.
—¡Mikasa, Mikasa! —chilló en voz baja, casi en susurros. Su voz provenía desde arriba—. ¡Zacklay viene hacia acá, apresúrate!
Mikasa parpadeó, inquieta. Mierda. Tomó la carta de Kenny y la guardó, pero dejó el resto dentro del cajón nuevamente. No fue hasta que cerró la gaveta que notó algo extraño en el mueble. Éste se movió, tambaleándose como si una de sus patas estuviera torcida. Mikasa frunció el ceño, agachándose, y bajó éste sobresalía una madera temblorosa. Ella tomó el borde, moviéndolo un poco y desde el fondo de su corazón lo supo; supo que ahí dentro había algo. Supo que ahí dentro se encontraba lo que estaba buscando, pero ya no había tiempo para eso ahora. Colocó la madera en su lugar, cerró el cajón, recogió la lámpara de aceite para apagarla y subió las escaleras con dificultad, cerrando la trampilla lo más silenciosamente posible. Dubitativa y con el tiempo corriendo a contra reloj, Mikasa decidió robarse uno de los jarrones de Zacklay. No es que robar fuera su pasatiempo favorito o deseara convertirse en la próxima criminal indecente de Shiganshina, pero sería demasiado extraño que alguien hubiera roto la ventana de la casa y no se hubieran llevado nada de valor consigo, no deseaba que Zacklay sospechara que el intruso tenía otros motivos personales por los cuales infiltrarse en su casa. De esa manera levantaría menos sospechas.
Abandonó la casa para encontrarse a Jean junto a la puerta caminando de aquí hacia allá con impaciencia. Al verla quiso hablar, desesperado, señalando hacia un punto exacto en la ciudad que Mikasa no se molestó en observar, en lugar de eso lo tomó del brazo y lo obligó a correr junto a ella lo más lejos posible de la casa. Se ocultaron detrás de un callejón y Mikasa se inclinó, agitada, observando a Zacklay llegar a la puerta con varios soldados, algunos de ellos bebían cerveza. Lo oyó maldecir al ver el vidrio roto de su ventana. Mikasa se alegró por ello. Si hubiera sabido desde un principio lo que hizo, si en ese sótano no se encontrara algo muy importante para Eren, Mikasa habría incendiado su casa esa misma noche, la habría quemado hasta los cimientos.
Entonces recordó la carta. Todo.
Tenía que ver a Levi cuanto antes. No podía esperar. No quería esperar.
—Mikasa —habló Jean, recargado contra la pared mientras respiraba con dificultad—. Qué demonios fue todo esto.
—Te lo explicaré luego —prometió, entregándole el jarrón en las manos—. Debo irme ahora.
Sin decir ni una sola palabra, Mikasa abandonó a Jean en el callejón. Él susurró su nombre repetidas veces, intentando llamarla de nuevo para pedirle una explicación, pero Mikasa continuó su camino hacia casa de Levi. Sus manos sudaron y temblaron y su corazón se encontraba en un estado entre latidos frenéticos y muertes paulatinas. La ansiedad y el miedo eran los únicos sentimientos que podía palpar. Aferró la carta cerca de su pecho, con fuerza, sosteniendo entre sus manos la única prueba justa y fiable de su nueva realidad, su verdadera identidad. La de ambos.
La casa de Levi no era muy grande y se hallaba lejos de la de Zacklay, para su suerte. Probablemente estaba durmiendo, o tal vez ni siquiera estaba y yacía sobre los tejados cumpliendo con su turno de vigilancia. Mikasa no supo absolutamente nada, su mente se hallaba en blanco, pero toco la puerta dos veces con sus nudillos. Dos veces más. Tres. Cuatro, mientras los ojos le picaban e intentaba contener las lagrimas.
Tenía un hermano.
Un hermano.
La puerta se abrió y Mikasa olvidó lo que era respirar. Levi yacía parado frente a ella vistiendo su uniforme de soldado, probablemente había acabado su turno o estaba a punto de empezarlo, Mikasa no lo sabía, pero Levi se veía sorprendido de encontrarla frente a la puerta de su casa a altas horas de la noche. Entonces Mikasa lo vio. Observó su rostro por un momento mientras él susurraba su nombre con sorpresa, tal vez preocupado de que hubiera sucedido algo malo y el simple hecho de mostrar tanta empatía con alguien que no era nada suyo la hicieron llorar. Lloró al ver su nariz, puntiaguda y pequeña como la suya. Sus ojos, afilados y prolongados, oscuros como la noche misma, oscuros como los de ella. Lloró al verlo a él, a Levi, su hermano… tan parecido a ella… ¿cómo no lo había notado antes? ¿Cómo?
—Mikasa…
Ella se sobó la nariz, intentando controlarse.
—¿P-Puedo hablar contigo un momento?
Sin titubear él la hizo entrar. Se sentaron en el sofá. Ella le entregó la carta.
Ambos lloraron.
Mikasa nunca supo que se podía ser tan feliz.
Pasó la noche en su casa, hablando. Algo tan simple como eso. Oyendo su voz intercambiarse con la suya frente al fuego de su chimenea. Bebieron chocolate caliente, él lo mezcló con un poco de whiskey y eso la hizo reír. Rió durante toda la noche. Le habló de Kushel, de lo hermoso y largo que era su cabello, de la manera en que sostenía la manito de Levi para presionarla contra su barriga y de lo mucho que se parecía a ella. Le habló de su niñez, Mikasa hizo lo mismo con la suya. Tenían los mismos gustos. Su postre favorito era el Strudel, también era el de ella; con mucha, mucha crema por encima.
Pero también hubo lágrimas, un abrazo y un «juro que pagará por esto» que Mikasa temió con todo su corazón porque no podía—simplemente no podía permitirse a sí misma perder todo otra vez. No ahora que lo había encontrado para siempre. También le habló de Eren —aunque omitió el beso, por supuesto. Había oído que los hermanos mayores podían ser muy celosos si se lo proponían—, le habló de la carta, pues él le preguntó como la había conseguido. Le contó la verdad tras la muerte de Kenny, lo que realmente había sucedido. Y él simplemente calló, escuchándola, oyendo cada una de sus palabras. No juzgó, no se alarmó. Era asombroso poder hablar con alguien de esa manera, poder sentirse segura. Junto a él, esa noche, frente al calor de la chimenea y de las mantas y las tazas de chocolate caliente… Mikasa pudo sentir lo que era un hogar, el calor de una familia. No eran muchos. No había un padre y una madre, un tío malvado o un perro bonito al cual alimentar. Solo ellos dos, pero era suficiente para Mikasa.
Era más que suficiente.
Cuando el sol se alzó desde el este, iluminando la ciudad y bañándola de un color dorado, Levi buscó a Petra y a Hanji y después de comentarles las últimas noticias, los cuatro decidieron idear un plan para ingresar en el sótano esa misma noche. Levi se encargaría de mantener a Zacklay fuera de su casa durante unas buenas horas, Hanji vigilaría la puerta de entrada mientras Petra, Mikasa y Eren entrarían en el sótano y tomarían lo que sea que estuviera escondido detrás del mueble que Mikasa encontró muy sospechoso. Hanji se veía más que emocionada. Atosigando a Mikasa con preguntas sobre Eren y su poder de titán, preguntas que Mikasa no supo responder del todo puesto que la condición de Eren era un misterio para todos.
Mikasa los dejó planeando el resto de las cosas y marchó camino al bosque para informarle a Eren sobre lo que harían esa misma noche. Justo cuando estaba cerca de alcanzar el Bosque de los Árboles Gigantes, Jean se interpuso en su camino. Lucía perturbado, nervioso.
—Jean…
—Se trataba de él, ¿verdad? —Preguntó, casi con desesperación, bloqueándole el paso—. Fue por eso que fuiste a casa de Zacklay ayer por la noche. Fue para hacerle un favor a él, ¿cierto?
Mikasa suspiró.
—Je-
—Ni siquiera me diste una explicación, me arrastraste contigo y ni siquiera me explicaste para qué. Ya ni siquiera pasamos tiempo juntos, ¡ni siquiera me escuchas cuando te hablo! A veces debo repetirte las cosas mil veces para que me prestes atención.
Ella no respondió. ¿Qué otra cosa podía decir? Jean tenía razón. Mikasa no había encontrado cabeza para pensar en otra cosa. Él continuó, casi sin piedad.
—He… he estado contigo siempre y de un día para otro me cambias por un salvaje idiota que conoces en el bosque y-
Mikasa frunció el ceño.
—Jean, sé que no te agrada pero-
Jean rió de manera sarcástica, jadeando.
—De hecho, detesto a ese imbécil.
Aquello no tenía sentido.
—¡Por qué!
—¡Yo soy el que siempre ha estado contigo, no él! —gritó Jean, completamente descontrolado—. ¿Qué no te das cuenta? ¡Solo está usándote para conseguir lo que hay dentro de esa maldita casa!
Ambos se observaron en silencio. Los ojos de Jean reflejaban una desesperación sin nombre, poco a poco sus párpados comenzaron a enrojecer. Durante unos instantes solo permaneció el silencio, los labios de Jean temblando y Mikasa con su ceño fruncido, nerviosa. Entonces él lo dijo todo, y lo hizo con pena, como si no deseara hacerlo, como si hubiera deseado que fuera ella quien lo descubriera sin necesidad de tener que confesarlo tan vergonzosamente.
—Estoy enamorado de ti, Mikasa.
Y Mikasa lo supo. Todas esas charlas con Devi sobre Jean… terminaron por ser ciertas. Lo supo, lo supo y dolió demasiado. Porque ella no se sentía de la misma manera.
No podía.
—Jean...
Pero él evitó que palabras absurdas se desprendieran de sus labios, y en lugar de eso, los besó. De un impulso la sostuvo por la nuca y estampó sus labios contra los suyos en un beso desesperado, un beso que pedía a gritos un quédate conmigo.
Mikasa lo apartó, pero no se alejó de él. Sostuvo sus brazos entre sus manos, demasiado avergonzada de toda la situación.
—Jean, yo te quiero —susurró, sin mirarle a los ojos. Malditas lágrimas—. Te quiero mucho, eres mi mejor amigo, pero yo-
—Sí, Mikasa —interrumpió Jean. Su voz desesperada y suplicante cambió repentinamente a una dominada por la furia y el rencor. Apartó sus manos con brusquedad y la mirada gélida que le dedicó sería algo que ella no olvidaría jamás—. Ya sé que tú no sientes lo mismo por mí. Sé que te gusta ese monstruo. Sé que solo he sido un imbécil al creer que tú podrías fijarte en mí. No necesitas decirlo.
Jean se apartó de Mikasa y se marchó. Sus puños firmemente apretados a cada lado de su cintura, entonces Mikasa supo que realmente estaba furioso. Muy furioso. Permaneció parada frente al bosque durante unos minutos, limpiando sus lágrimas y tratando de enfocarse en lo que realmente era importante ahora: hablar con Eren y planear la misión para ir al sótano. Una vez que se sintió mejor, se adentró en el bosque y caminó cuidadosamente hacia la cueva.
—¿Entonces la llave no abre la puerta del sótano?
Mikasa negó con la cabeza, masticando una uva lentamente mientras cargaba a Armin entre sus brazos.
—No. Pero la llave abre algo más. Estoy segura.
Se alegró de encontrar a Armin dentro de la cueva cuando llegó al bosque. Eren dijo que apareció durante la noche y al despertar se encontraba acurrucado junto a su espalda, plácidamente dormido. Durante el tiempo que pasaron juntos dentro de la cueva, hablando, donde Mikasa le contó lo sucedido con Levi y demás, Eren no dejaba de mencionar que se sentía nervioso de pisar el suelo del sótano, que temía lo que podría encontrarse ahí dentro y que los titanes cada vez se encontraban más inquietos, haciendo un evidente énfasis en que su coordenada estaba empezando a fallar.
Lo que ocultó tras su garganta, lo que no dijo frente a ella y mantuvo en secreto, fue que esa misma mañana su nariz sangró. Mucho. Tardó unos minutos en detener el sangrado, y Eren supo que poco a poco su cuerpo comenzaba a debilitarse, no era una buena señal. Sin embargo, no deseaba preocupar a Mikasa. La necesitaba con energías, necesitaba que estuviera rodeada por sus cinco sentidos, los de él ya no funcionaban como era debido.
La noche arrasó Shiganshina y ambos se prepararon para viajar a la ciudad. Era la primera vez que Eren pisaba el pueblo en forma humana, incluso si lo había visto desde lejos en su forma de titán. Aquello era motivo de nervios también. Mikasa le colocó un suéter con capucha para mantener su rostro ocultado levemente. Eren era tan alto como Jean, si alguien los descubría, prefería que creyeran que era Jean y no un muchacho desconocido. Se despidieron de Armin y abandonaron el bosque con sigilo.
La ciudad estaba tan vacía como siempre, Mikasa lo arrastró hacia el callejón que Petra escogió como punto de encuentro y allí estaban esperándolos. Según Levi, Zacklay se encontraba en una importante reunión que él mismo había organizado con ayuda de Hanji, así que la casa se encontraba completamente vacía.
—Así que tu eres el chico titán —ese fue el saludo de su hermano.
—Y tú el soldado más fuerte de la humanidad. Tú y tus hombres me han jodido las noches un millón de veces con sus patrullas.
Un tsk fue la única respuesta que recibió de su parte. Luego siguió Hanji, abalanzándose hacia él para atosigarlo con un sinfín de preguntas como ¿y cómo haces para transformarte en titán? ¿Te duele? ¿Puedes hablar? ¿Posees aparatos reproductivos?
La incomodidad acabó cuando le pusieron fin a las presentaciones para marchar hacia la casa. Mikasa notó que el vidrio de la entrada había sido sustituido por uno nuevo, pero Petra tenía mejores planes. Se agachó frente a la puerta y sacó dos ganzúas de sus botas. No le tomó mucho tiempo en abrir la puerta con un sonoro track, aquello fue mucho más sigiloso y calculador de lo que Mikasa habría podido imaginar.
Hanji decidió quedarse en la puerta para vigilar, el resto se dirigió al sótano. El corredor, la última puerta y finalmente la trampilla. Eren rió un poco al notar que para entrar en la habitación del sótano había que agacharse un poco, sin embargo aquello no fue necesario para Levi, su escasa estatura le permitían atravesar la puerta sin necesidad de inclinarse. Levi le dedicó una mirada asesina ante su comentario. Pero Eren se tensó cuando la puerta fue abierta y Mikasa los llevó hacia el mueble en donde había encontrado la lista de cartas.
—Allí abajo —dijo, moviendo suavemente el mueble para demostrarles que cojeaba—. Hay una madera que está floja.
Levi y Petra sostuvieron el mueble por ambos costados y lo arrastraron hacia un lado, liberando el suelo de su peso. Mikasa apretó el brazo de Eren en señal de apoyo, y éste asintió, más decidido que antes.
Era ahora o nunca.
Petra se agachó y quitó con algo de dificultad la madera floja del suelo, los clavos débilmente aferrados al pavimento. Cuando la dejó a un lado, notaron que en el suelo había un hueco profundo y estrecho. Levi no se atrevió a introducir su mano ahí, así que Petra tuvo que hacer el trabajo sucio. Se agachó hasta el punto de permanecer casi acostada sobre el suelo polvoriento mientras su mano tanteaba entre la oscuridad de la abertura. Su rostro permanecía serio, y sus cejas se alzaron cuando aparentemente encontró algo.
—Hay algo aquí.
Con algo de dificultad estiró su brazo aún más, bajo el suelo se oyó un ruido y Petra abandonó el hueco con una caja entre sus manos. Eren jadeó, sorprendido. La caja era simple y de un roble muy fuerte, en el centro había un candado.
El candado para su llave.
Petra le entregó la caja y éste la colocó sobre la mesa. Todos lo rodearon, expectantes, mientras Eren recogía la llave que mantenía aferrada alrededor de su cuello y la introducía con un suspiro en el candado de la caja.
Clic.
El candado fue abierto.
Con manos temblorosas, Eren quitó el metal de la cerradura dejándolo a un lado y abrió la caja. Un pergamino. Todo lo que había dentro de la caja era un gran pergamino doblado. Eren miró a Mikasa, curioso, y tomó el pergamino. Apartó los objetos de la mesa y desplegó el papel sobre el tablero.
Un mapa.
Todo lo que había en el pergamino era un gran mapa con millones de anotaciones, probablemente escritas por Grisha.
—¿U-Un mapa? —titubeó Eren, confundido.
Mikasa acercó más la lámpara de aceite hacia el pergamino.
El mapa dibujaba tres inmensos círculos que abarcaban una gran cantidad de terreno. Entre cada círculo habían anotaciones hechas con pluma.
En cuanto a las murallas. Las distancias entre las murallas son casi idénticas. Hay 100km entre María y Rose. 130km entre Rose y Sina, y 250km entre Sina y el centro. El camino es el norte.
¿Las… murallas?
—¿Las murallas? —exclamó Petra, consternada—. Espera, ¿son reales? ¿Existen de verdad?
Eren frunció el ceño, tan pálido como la nieve.
—Es una leyenda que solía contarme mi padre. La leyenda de-
—Hitobashira —terminó Levi, asintiendo—. Los pilares humanos. La ciudad amurallada.
Eren asintió, respirando con irregularidad.
—¿Esto… se supone que es un mapa hacia la ciudad?
—¿Sabe Erwin sobre esto? —preguntó Mikasa a Levi, sorprendida.
—No lo sé. Nunca lo ha mencionado, pero siempre me resultó extraña la manera en que decidió ocultar a todos la existencia de los titanes ahí fuera. Si esa ciudad de verdad existe… creo Erwin no desea que la encontremos.
—Per-
—¡Eh, Levi!
La voz de Hanji interrumpió la charla. Petra dejó escapar un chillido del susto.
—¡Creo que alguien viene!
—Maldición —masculló Levi—. Será mejor que nos larguemos de aquí.
Eren dejó la caja sobre la mesa y dobló el pergamino en cuatro, ocultándolo dentro del pliegue de sus botas, era el mejor lugar para ocultarlo sin tener que cargar nada entre sus brazos. Regresaron a la sala y ni siquiera se molestaron en cerrar la trampilla. Corrieron apresurados hacia la puerta de salida, pero Zacklay ya los estaba esperando en la entrada.
Éste estaba rodeado por más de diez soldados, entre ellos, Erwin Smith. Pero lo que fue doloroso, lo que de verdad quitó el aliento de Mikasa más que el temor de haber sido descubiertos, fue ver a Jean en primer lugar, apuntando con su dedo, una mirada de resentimiento cubriendo por completo sus pupilas.
—¡Ahí están! —Exclamó a gran voz—. ¡El chico titán, el que les mencioné! ¡Ella es su amiga, lo ha traído al pueblo a propósito! ¡Va a matarnos a todos!
No.
No.
Erwin miró muy seriamente a Levi. Enlazó la mano hacia adelante.
—Llévenlos al calabozo.
Unas manos fuertes sostuvieron a Mikasa por los brazos, alzándola en el aire apartándola de sus amigos. Miró a Jean con desesperación, ¿cómo pudo? ¿Cómo pudo hacer algo así?
—¡Jean! —gritó, llorando—. ¡Jean, por qué!
Ni siquiera pudo ver que hacían con Eren o con Levi. Un duro golpe detrás de su cabeza fue lo último que sintió antes de que sus ojos sucumbieran en una profunda oscuridad.
Todo era negro.
¡Hello Everybody!
¡Siento la tardanza! Pero ya estoy de regreso, que es lo que importa (?)
Este capítulo fue de mis favoritos por muchas razones, una de ellas es que Mikasa decide finalmente tomar el rol de una líder dentro de lo que es el conflicto principal de la historia. Vemos su determinación ante las circunstancias y le otorgo a Eren algo de debilidad, que es algo de lo que demostró en el manga durante los capítulos en los que estuvo secuestrado a mano de los Reiss. Creo que es importante para Mikasa poder desenvolverse con más independencia y eso la ayuda a crecer como personaje.
¡Y sí! Finalmente los Ackerman descubren de su parentesco. Y FINALMENTE SABEMOS LO QUE HAY DENTRO DEL SÓTANO. No, no el del manga, aún falta un mes para poder saberlo, si nos basamos en los resultados del capítulo 72 #EXTREMEFANGIRL. Y sí, lo que hay dentro de ÉSTE sótano es un mapa que confirma la existencia de la ciudad amurallada de la que tanto hablan.
Y para muchas, ésta tal vez no es una bonita noticia(?) pero podríamos encontrarnos ante el penúltimo capítulo de la historia (o tal vez aún falten dos más, lo decidiré cuando empiece a escribir el siguiente). Desde un principio dejé en claro que la historia no contaría con muchos capítulos debido a mi mala fama de abandonar las historias una vez que alcanzan más de 20 capítulos, y no quiero eso para este fic. Así que se podría decir que nos encontramos en los momentos culminantes de la historia. Y JURO, PROMETO actualizar la próxima semana, de verdad. ¡Así que estén atentos a las alertas en favoritos!
En fin, mi gente. ¡MUCHAS GRACIAS POR SUS REVIEWS! Lamento haberlos hecho esperar tanto.
¡Hasta la próxima!
—Mel.
