Gracias muchas gracias por sus comentarios, no quiero interrumpir por mucho su lectura, los personajes no son mios, la historia si.
Disfruten el capitulo!
Gale POV.
Por la mañana estoy demasiado ansioso como para seguir en la cama, Peeta está en la misma posición de cómo se durmió.
Me levanto para ducharme y asearme.
Cuando regreso Peeta sigue dormido, así que lo obligo a despertarse.
-Dúchate –ordeno-. Preparé algo para almorzar. Y conseguí un pantalón nuevo.
En el closet aun había ropa de mis antiguos compañeros, pues antes esta bodega la usábamos para empaquetar marihuana y cocaína, por tanto todos teníamos cambios re ropa. Huele a viejo y a polvo, pero es mejor que esos pantalones, que incluso tienen manchas de sangre.
Dejo la ropa en la cama y me siento en el escritorio, trazando, analizando y planeando todo lo que se me ocurre para el asalto.
Peeta entra en la habitación, evalúa la ropa en la cama y me mira. Y después se viste. Pero se deja puesta la playera que yo le presté. No puedo evitar sonreír.
Se acuesta en la cama y cierra sus ojos.
Voy y le entrego el plato con comida y regreso a mi silla, acariciando el arma mientras pienso.
Cuando escucho que un auto se estaciona me levanto rápidamente y miro al chico en la cama.
Me regresa la mirada, baja la cabeza y camina hasta mí. Sin mirarme.
Sujeto sus manos y lo conduzco hasta el muro tras el escritorio, para tenerle cerca de nosotros.
-No, por favor –me suplica en cuanto estoy por colocar la mordaza en su boca-. Prometo que no hare ningún sonido.
-Lo siento –murmuro. Pero mi corazón está frio, y no frio sin sentimientos. Si no frio por que no quiero amordazarle. Y termino rendido ante mi propio deseo. No quiero que la pase peor de lo que la está pasando. Arrojo la mordaza a mi lado y tomo el otro trozo de tela.
Antes de cubrir sus ojos me hecha una mirada larga, hasta que soy capaz de colocar la tela y anudarla.
-Solo no hagas ruido –mascullo.
Segundos después de que me pongo de pie entran Fabián y Carlos.
Vienen discutiendo, como es costumbre.
No me centro en prestarles atención, me dirijo al escritorio y vuelvo a adentrarme en mis pensamientos.
Poco después llega Marcus.
-Espero que todos tengamos buenas opciones –dice, sentándose en una de las sillas del escritorio.
Fabián y Carlos toman sus lugares, y todos nos miramos entre nosotros.
-Creo que será fácil –dice Fabián, relajado en su silla-. Solo necesitamos asaltar el banco central, estuve investigando y entre las cuatro y la seis de todos los días llega un camión blindado con pacas de dinero. Caminan un trayecto entre la puerta y el camión, lo suficiente como para tomarlos desprevenidos. Podremos incluso matarlos desde el edificio Monclova, frente al banco. Dos francotiradores en la azotea y dos que se encarguen de llevarse el dinero. Es un trabajo fácil –se calla, muy orgulloso de su opción.
-Creo que no hay tanto por hacer –comienza Carlos-. Solo hay que entrar con armas, un buen disfraz y mucha determinación. No queremos robarnos unos cuantos miles del camión. Queremos las cajas del banco. Prestaremos mucha atención para que no activen las alarmas y no mostraremos piedad.
Marcus pasa los ojos de ellos a mí. Y diez segundos después ellos también me miran.
-Creí que estábamos mirando más alto –mascullo. La sonrisa de Marcus se extiende en sus labios y los ojos de los hombres a mi izquierda se llenan de coraje-. Yo no voy a participar en ninguna de esas estupideces. No vamos a ganar lo suficiente como para arriesgarnos.
-¿Tienes un plan mejor? –escupe Carlos, retándome.
-Creo –respondo-. No quiero unos miles de un camión. Ni un millón de las cajas del banco. Quiero más. Quiero el banco central, no las cajas. Si no la caja fuerte. Ese banco guarda el capital de UTPA, también el de los senadores y los diputados. Quiero ese dinero.
-¿Tienes idea de lo que hablas? Es el banco con más seguridad en todo el estado.
-SI, por eso necesitamos desalojarlo. Miren –extiendo los planos que había conseguido el día anterior fácilmente y los dibujos que yo había hecho-. Este es el centro de la ciudad. Aquí se encuentra la torre de Subsecretaria, supe que Carlos era bueno con las detonaciones y que tiene fetiche por las explosiones. Necesitamos bombas en este edificio, y una amenaza de algo mayor. Dejar a los empleados del tercer y cuarto piso como rehenes, pedir un rescate y mantener a la inteligencia policial ocupada. Encontraran los detonadores que has puesto –me dirijo a Carlos-. Y harán un perímetro, evacuando a todos los edificios en un radio no menor de dos kilómetros. Ahí es donde el banco se queda solo. Y tendremos la oportunidad para llevarnos todo lo que queremos. Solo necesitamos distribuirnos. Dos de nosotros tendremos que encargarnos del escenario A, encargándonos de las detonaciones y del secuestro del edificio de la Subsecretaria, la distracción; y los otros dos se encargarán del banco central. Tengo entendido que sabes de Cajas fuertes –digo hacia Fabián.
Se hace el silencio en la habitación, evaluando mis palabras.
-Pero tengo una duda –dice Fabián-. ¿No será algo raro que un par de hombres salgan del banco con bolsas de dinero cuando hay un perímetro establecido?
Aunque no lo expresa de la manera correcta, tiene razón. Fue una brecha que se me ha escapado, y aunque es solo un error de lógica, me odio a mi mismo por haberlo olvidado.
-¿Cómo vamos a salir del edificio? –pregunta Carlos.
Parece que mi plan es convincente para todos, ahora solo tenemos que pulirlo.
-No pueden salir por las calles, eso es obvio –la voz de Peeta a nuestras espaldas resuena en toda la habitación. Mierda, le eh dicho que no hablara.
Todos se giran para mirarlo, con furia, y después a mí.
-Necesitan sacarlo sin salir del edificio –continua. Cierro mis ojos, esperando que se calle ahora que puede-. Pueden hacerlo por el drenaje. Debe haber baños dentro, solo tienen que colocar el dinero ahí y trabajar con las tuberías o yo que se, así podrán tener el dinero en el drenaje y salir por ahí, en la calle que mejor les parezca. Los ductos del drenaje son incluso más precisos que las carreteras.
Todos nos quedamos callados.
Mis ojos se mantienen abiertos, evaluando sus palabras, olvidando por completo su falta de sensatez.
-Necesitaríamos descomponer las cañerías un día antes, tiene que mandarlo arreglar, en cuanto lo hagan el plan comienza. Fabián, tu te las arreglaras para entrar en el carrito de herramientas que Carlos meterá al banco, haciéndose pasar por los plomeros; así cuando desalojen el lugar, Carlos saldrá, pero tu te quedaras dentro. Después de eso entraras a los ductos, reacomodaras las tuberías y esperaras el dinero. Gale y yo nos encargaremos del escenario A, soy bueno con las detonaciones –Marcus comienza a ordenar y dirigir, yo simplemente me recuesto en mi silla, feliz por que mi plan este siendo trabajado-. En tres semanas tiene que estar todo listo. Necesitamos los planos del drenaje, planos del banco e información precisa del edificio de la Subsecretaria. Necesitamos que esa distracción esté bien planeada para que nadie se preocupe por los bancos.
Estamos todos prestando atención, viendo el plan ponerse en marcha y ligeramente eufóricos.
-¿Tu le quitaste la mordaza? –inquiere Carlos.
-Si –le respondo.
-¿Por qué?
-Tenía sed.
-Tenia sed –resopla- ¿Cómo lo sabes si se supone que no puede hablar?
-no necesito que me hable para saber que es humano –escupo.
-¿Por qué no lo liberas de una vez? Y le descubres los ojos, así podrá verte también –Siento mi rostro caliente.
Estoy a punto de ponerme de pie con mis músculos totalmente tensos cuando Marcus habla:
-Carlos, ¿Por qué no le consigues una buena comida a nuestro amigo Peeta Mellark? –prácticamente le ordena. Todos nos quedamos sorprendidos-. Se lo merece.
El hombre se queda mirándole, sin poder ocultar su expresión de asombro.
-¿Es una broma? –pregunta.
-Largo –ordena.
Carlos se pone de pie frustrado.
-Y que sea algo rico. Traes también para todos.
El hombre toma las llaves de su coche y sale fuertemente por la puerta.
Cuando el sonido del coche desaparece Marcus se pone de pie.
-Necesito evaluar esto con detenimiento y a solas –nos dice-. Voy a dar una vuelta, cuando Carlos regrese me llamas.
Asiento.
-Iré con Carlos –avisa Fabián, tomando las llaves de su coche.
-Gale –me llama Marcus desde la puerta-. Deberías soltarle un rato. No te olvides de ponerte el pasamontañas.
Me quedo sentado en la silla hasta que los coches se marchan.
Me dirijo a la puerta y coloco las cerraduras y los candados.
-¿No podías quedarte callado? –inquiero, poniéndome de rodillas frente a Peeta.
-Lo siento –dice el-. No pude detenerlo en mi cabeza. Tienes una mente brillante.
No estoy acostumbrado a recibir halagos, así que no le agradezco.
Desato sus manos y el mismo se quita la mordaza de los ojos.
Me pongo de pie y me siento en una silla.
Poco después Peeta se sienta a mi lado.
-No te pusiste el pasamontañas –murmura, bajando la mirada.
-Y me has visto, de todos modos.
Asiente ligeramente.
-¿Prefieres que me la ponga? –inquiero.
-No –responde apresuradamente.
Giro mi rostro y el eleva sus ojos. Me percato de que tengo una sonrisa en mis labios.
-¿Puedo preguntarte algo? –masculla.
-Ya lo hiciste.
-¿Han hablado con mi padre? –pregunta, ignorando mi comentario anterior.
-Si.
-¿Qué pasa, entonces?
Me encojo de hombros.
-¿Para que quieres saberlo? No ganas nada.
-No va a pagar, ¿Cierto?
No respondo.
-¿Qué les dijo? –insiste.
-Solo nos pide más tiempo. Ya no vive en donde lo hacia antes. Tu hermano tampoco ah sido localizado. Suponemos que pidió ayuda a la policía o simplemente se largo por seguridad. Yo que se.
-¿Y… no les ah dicho nada del dinero?
-No.
-¿Cuánto?
Me quedo callado.
-¿Cuánto le pidieron?
-Esta última vez, un millón –respondo secamente.
Escucho el resoplido de Peeta.
-¿Qué? –inquiero.
-Tiene esa cantidad.
Me encojo de hombros.
-No va a pagar nada –continua-. ¿Vas a matarme?
Sigo en silencio.
-Si voy a morir, ¿Podrías hacerlo rápido?
-¿Vas a callarte en algún momento? ¿O te amordazo de nuevo?
Va a protestar, pero se guarda su comentario en su pecho y se queda sentado en la silla, cruzado de brazos.
Lo eh callado no por que me moleste su voz o su platica. Si no por que estaba considerando la idea de morir y eso me ponía ansioso. No se porque.
Quizá lo se, el chico debe estar sufriendo un montón. En primer lugar: Daño físico. Claramente notorio. Y por dentro… su padre es un imbécil que no ah soltado el rescate, y tanto el como yo estamos seguros que no lo hará. Mi padre me amaba, en su extraña forma, pero lo hacia. Me enseñó muchas cosas. Cosas malas, pero al menos aprendí algo de el. Y estoy seguro que el hubiera hecho lo imposible por mi seguridad, a pesar de todo. No me imagino como se sentirá el, que su propio padre ha preferido dejarlo en manos de delincuentes solo por no querer soltar un puto dinero.
No se cuanto tiempo pasamos en silencio, pero Peeta ah caminado por la habitación por lo menos unas treinta vueltas.
Me gusta mirarle. Sus ojos son curiosos, estudia cada parte de la bodega mientras camina. Supongo que dentro está formando un plan para escapar o cualquier tontería de esas. Algo que no logrará, por lo que no me preocupo. Arrastra los pies del cansancio, su cabello está revuelto y mi playera le queda tan enorme que lo hacen ver como un idiota. Eh contenido mi sonrisa un sinfín de ocasiones.
Estaba tan concentrado mirando como el chico se recostaba en la cama y cerraba los ojos, relajándose aparentemente, que no escuche el sonido de los coches al llegar.
Me pongo de pie cuando escucho los golpes en la puerta.
-Abre imbécil –me gritan-. Somos nosotros.
Dios santo, Carlos, vas a lograr que termine asesinándote.
-Pasamontañas –ordeno en cuanto abro la puerta. Yo me eh puesto el mío también.
-Ni creas que nos vamos a quedar. Tienes una hora, Nos veremos con Marcus en el muelle y vendremos para acá.
Tomo la bolsa de comida y cierro la puerta.
Me quito el pasamontañas y me dirijo hasta el escritorio.
-¿Vas a comer? –le pregunto cuando no se levanta de la cama
Su cuerpo sigue recostado en la cama.
-Eh –grito-. ¡Peeta!
Pero sigue sin moverse.
Me concentro para ver algún atisbo de movimiento en su cuerpo. Pero no hay nada. No se mueve.
Mierda.
Me levanto lo mas rápido que puedo y corro hasta el.
Lo primero que hago es colocar mi oído con desesperación sobre su pecho.
¿Qué hiciste imbécil? Grito para mi mismo.
Pero me tranquilizo cuando escucho los latidos de su corazón.
-Peeta –lo llamo, desesperado.
Golpeo su mejilla pero no pasa nada.
-Eh, Peeta –vuelvo a llamarlo, preocupado.
Golpeo de nuevo sus mejillas y su pecho.
Entonces me percato del olor.
-¿Qué hiciste pedazo de idiota? –mascullo, pero me sorprendo al no encontrar ningún atisbo de coraje o malicia en mis palabras.
En su mano tiene la gasa húmeda por el cloroformo.
Rápidamente aparto la botella y la gasa de nosotros, tomo un ventilador y lo conecto a la luz.
Paso mi brazo izquierdo por la espalda de Peeta, para hacerlo que se siente, y con el izquierdo enciendo el ventilador apuntando directo a su rostro. Además que conseguí alcohol y humedecí una gasa.
-Despierta, mierda –mascullo.
Un minuto, dos cachetadas y tres gritos después, Peeta despierta.
-Peeta –suspiro de alivio.
-¿Qué pasa? –pregunta, adormilado, fijando su mirada en el ventilador frente a el.
-Te pusiste cloroformo, idiota –suelto, mas aliviado que enojado-. Si sigues haciendo cosas así no volveré a soltarte.
-Lo siento, yo solo necesitaba dormir. ¿Cuánto lo hice?
-Como diez minutos –respondo.
-¿Por qué me despertaste?
Por que me preocupe.
-Por que llegó la comida.
Me levanto y me dirijo al escritorio.
Saco todas las cosas y las coloco sobre la mesa.
Suelta un silbido.
-Applebee's –dice, poniéndose frente a mi.
Me encojo de hombros y me siento en la silla.
-Come –ordeno.
La comida es claramente deliciosa, y Peeta la disfruta tanto como yo.
-¿Por qué eres diferente a los demás? –pregunta cuando está satisfecho como para poder hablar.
-Por que tengo cerebro –respondo, fácilmente.
-¿Por qué no me odias?
-Nadie aquí te odia. No creas que eres tan importante como para que lleguemos a sentir odio por ti –mis propias palabras me hacen sentir incomodo, pero tenia que decirlas. Tienen que quedar grabadas en mi mente.
-¿Y por que me tratas diferente? –ignora por completo mi actitud. Este chico tiene un instinto suicida.
-Por la simple razón de que eres un negocio. Pagarán para regresarte, y yo ganaré dinero. No gano más si te golpeo. Así que…
Se pone de pie y se marcha, hasta recostarse en la cama.
Su actitud me desconcierta.
Poco después me doy cuenta de los espasmos de su cuerpo. Está llorando. Y mientras mas trata de no hacer ruido, más notorio es.
-No llores –le ordeno secamente, tratando de parecer fastidiado y no preocupado, como realmente estoy.
-Perdón –dice el, con sus labios demasiado rojos y colocando sus manos en sus ojos.
Se queda recostado, y aunque intenta no llorar, no lo logra. Y yo no puedo mirarlo.
Así que me centro en mis pensamientos sentado en el escritorio.
Peeta se queda dormido después de llorar casi por una hora.
Cuando todo está en calma en la habitación me pongo de pie, camino hasta la cama junto a Peeta y con mucho cuidado me siento a su lado.
-Ay muchacho –susurro-. No se en que momento se nos ocurrió hacerte esto.
¿Por qué siento compasión por el? Es que es muy fácil, lo veo recostado aquí, tan tímido, tan frágil, tan sensible. Con su labio inflamado y el corte en su ceja aun visible. Sus muñecas totalmente magulladas.
Tomo su mano derecha con las mías. Son delicadas, blancas, con un ligero bello dorado obscuro y unas uñas perfectas. La sensación de mirar la carne molida y rojiza de sus muñecas me provoca un asco sobre lo que somos.
Sobre lo que soy.
La palma de su mano es suave y cálida a mi tacto. La sujeto entre ambas manos durante un tiempo.
Una vez, frente a la tumba de Kloeh, mi mejor amiga, prometí que jamás iba a hacer daño a alguien inocente. Eh fallado mi promesa más importante.
Elevo cuidadosamente su mano, sin dificultad, y la coloco en mis labios, inhalando profundamente. La sensación de calidez y suavidad fue tan intensa y atrayente que no pude solo sentirla en mis palmas, mi cerebro me obligaba a sentirla en otras partes de mi cuerpo.
Huele a comida, a jabón de menta y a ese extraño olor a piel limpia.
Suelto su mano con cuidado y acaricio su rostro. Tratando de averiguar si la piel era igual de suave como su palma.
Era aun más suave y delicada.
Pero… ¿Qué estoy haciendo?
Me enderezo rápidamente.
No. Peeta no es delicado. No es suave ni tiene debilidad. Es un hombre. Sus músculos están inflados, sus venas ligeramente marcadas, su rostro adornado con un vello ligeramente obscuro, sus cejas pobladas y sus quijadas marcadas.
Y aunque su cuerpo es mucho mas pequeño que el mío, el no es una chica. Y no puedo sentir esto por nadie.
Nunca, nunca en mi vida eh sentido atracción hacia ninguna chica. Recuerdo todas las veces con las que eh estado con una mujer, o por lo menos la mayoría. Siempre pensé que yo era un error natural de la humanidad, uno de tantos. Un ser sin sentimientos, incapaz de sentir atracción, y lo único que sentía era la necesidad de satisfacerme. Por eso nunca había sentido nada en el sexo. Claro, nada más que placer. Pero… pero aquí… El… este chico me hace sentir de una manera que pensé que no existía. Su sufrimiento me pone nervioso. Su llanto me puso triste. Su desesperación hace que me desespere. ¿Por qué?
¿Soy homosexual? No lo soy. No lo creo. No creo en eso. Porque… porque el hombre busca a la mujer y "se enamora" solo para preservar la especie, por que su instinto de reproducción le obliga a elegir a la hembra mas propensa a una buena conjugación de genes. Y… y la homosexualidad no entra en mis creencias. No puedes sentirte atraído hacía alguien de tu mismo sexo, porque… porque no puedes reproducirse. ¿Entonces cual sería el caso? ¿Amor? Pero el amor no existe.
El amor no existe.
Somos células y organismos vivíos, cumpliendo un propósito en el mundo, no nacimos para enamorarnos, nacimos para reproducirnos y con cada generación crear individuos mas fuertes, y evolucionar.
La homosexualidad no permite la evolución. Yo no lo soy. No puedo ser algo que no existe.
Pero es que… este chico, no puedo… no puedo dejar de mirarlo.
-¡Gale! –gritan, haciendo que me estremezca y por impulso sujeto mi pistola en el aire.
Tocan la puerta y vuelven a gritar.
Antes de abrir las cerraduras me pongo el pasamontañas.
Fabián y Carlos entran, con sus rostros cubiertos.
-Tenemos todo listo –dicen.
-¿Todo listo? –pregunto.
-El plan, pulido y mejorado. Bueno, aceptamos que tus bases son las mismas, solo que ya está todo pulido. Comenzamos a trabajar esta misma semana. –explica Fabián.
-¿Y que hacemos, entonces? –inquiero.
-Esperar a Marcus, no debe tardar –dice Carlos.
Peeta se pone de pie, mirando a los hombres y bajando la mirada después.
-¿Qué haremos con el? –pregunta Fabián.
-Olvidémoslo, no nos importa. Con lo que estamos llevando a cabo tendremos suficiente dinero para toda la vida –responde Carlos.
-Aceptémoslo, al padre le ah valido una mierda –escupe Fabián.
-Matémoslo –sugiere Carlos, y la simple palabra tensa todos mis músculos-. Solo nos está estorbando. Ya no lo necesitamos aquí.
-Podemos esperar –digo, con esfuerzo, mucho esfuerzo, para que no se note mi coraje.
-¿Esperar a que? El hombre ya no nos contesta. No va a dar nada, acabemos con el. Pasó demasiado tiempo como para simplemente dejarlo huir. Es un cabo suelto. Sabe nuestros planes. Matémoslo ahora mismo.
Mis ojos asesinan a Carlos.
-¿Qué? –inquiere, exasperado-. ¿Te has vuelto su niñera? Mátalo tu. Será tu tarea.
-¿Quién lo dice? –resoplo.
-Yo. –sus ojos me fulminan, retándome. Era todo lo que necesitaba para actuar: un buen motivo.
-Escúchame idiota –sujeto su playera del pecho y con todas mis fuerzas lo estrello contra el muro-. Tú no me vas a dar órdenes, somos parte de una sola célula. No eres mi jefe.
-Me dijeron que eras de corazón frio –escupe, con su mirada fija en mis ojos.
-Lo soy. Tanto que no me importaría matar a alguien de mi equipo, solo para librarme de las molestias –digo, con demasiado coraje. Coraje por sus palabras. Porque se, en mi interior, que esto lo hago por defender al chico, y no por que me esté dando ordenes. Solo espero que no lo descubran.
-El chico se queda con nosotros –la voz de Marcus resuena en la habitación. Hace que recupere mis cuerdas y suelte de una vez a Carlos-. Por lo menos hasta que todo quede listo.
-Solo estamos cargando con el –se queja Fabián, y lo fulmino con la mirada, incapaz de ocultar mi desdén.
-Lo podemos necesitar –dice Marcus tranquilamente-. Como carnada, como distracción, o por si a caso.
Me quedo mas tranquilo. Por lo menos Marcus concuerda conmigo, aunque no por las mismas razones.
Me quedo mirando fijamente a Carlos por demasiado tiempo.
-Tenemos que salir de aquí, en primer lugar –Marcus nos llama la atención a todos.
-Podemos ir a mi casa –sugiero. Fue una idea que se me ocurrió hace varias horas-. Es espaciosa, no llama la atención, es un buen barrio y tengo una habitación especial para casos como este, ahí podremos tener a Peeta sin ninguna preocupación.
Esa fue la razón por la que se me había ocurrido.
Mi padre tenía una habitación donde había llevado a cabo varios secuestros. Mi padre me enseñó que, el secuestro era para ganar dinero, no para trastornar nuestras mentes. Que las victimas valían lo mismo torturadas a sanas. Y que si ellos se conservaban en buen estado, nosotros manteníamos un poco nuestra humanidad.
La habitación era grande, con cama y baño propio. No había ventanas y la puerta era de metal. Las paredes gruesas hacían imposible que el sonido saliera y había una pequeña ventanilla por donde pasar la comida y el agua. Era perfecta. Y Peeta ya no tendría que sufrir tanto.
-Muy bien, entonces, dos de ustedes me acompañarán a llevar todo a casa y uno cuidará al chico. Soluciónenlo ustedes –ordena Marcus, tomando las llaves de su coche.
Fabián y Carlos se miran entre si. No quiero que ninguno de ellos se quede con Peeta.
-Yo traje la comida –Carlos trata de zafarse.
-Yo te acompañé por ella, idiota –replica Fabián.
-Déjense de estupideces –los interrumpo. Fingiendo frustración, pero en realidad estoy aliviado de tener un buen pretexto para quedarme-. Yo me quedo. No soporto infantilismos.
Tomo el arma en mis manos y no tardan demasiado en aceptar.
Salen los tres por la puerta y antes de colocar las cerraduras Marcus se asoma por la puerta.
-Te esperamos ahí mañana por la mañana –dice-. Tendremos todo preparado.
Asiento.
Se marchan y cierro la puerta.
Peeta está de pie, junto a su cama.
Camino hasta sentarme en la silla y me percato de su mirada fija en mí.
-¿Qué? –pregunto, con frustración fingida, tratando de evitar una sonrisa.
-Me gusta mas cuando no tienes la mascara –murmura, caminando hasta ponerse frente a mi y tomar asiento.
Me percato de tener el pasamontañas puesto y me lo quito al instante.
Sonríe.
-¿Qué? –vuelvo a preguntar, con mas frustración fingida.
-Tu cabello –responde, apuntando mi cabeza.
Paso una mano por mi pelo revuelto y trato de acomodarlo.
-¿Por qué no simplemente me matas y te dejas de cosas? –suelta, de pronto.
La forma en que puede cambiar de ánimo me vuelve loco.
-No quiero matarte.
-Pero no me necesitan para nada.
-No quiero matarte –repito, frustrado. Frustrado de verdad.
-Dame una buena razón.
-No quiero ensuciar mi expediente.
-¿Tu expediente? Quieres decir que… ¿No has matado a nadie?
-A nadie inocente. O que no mereciera morir. Si.
-Matar es matar.
-Lo se. Pero hay una ligera línea dibujada en mi cabeza entre matar a un cerdo ignorante y a un chico inocente incapaz de hacer daño al mundo.
-¿Crees que no puedo hacerle daño al mundo? –exhala.
-Ni aunque lo desearas.
Me mira fijamente, evaluando mi rostro, pero trato de ignorarlo.
-Quiero tomar una ducha –dice de pronto.
-¿Necesitas que te talle? –por alguna razón, el comentario que debió ser una burla, me pareció gracioso en el buen sentido en mi mente.
Tuerce sus ojos y se pone de pie.
-¿No vas a cuidarme?
-Sabes cuidarte solo –replico.
No me preocupa que trate de escaparse por que no hay ventanas alcanzables en este lugar. O que consiga un arma por que no hay nada que pueda servirle, al menos que trate de matarme con una barra de jabón frutal.
No hay cuchillos, ni utensilios, ni gas, ni tubos ni vidrios. Todo lo tengo completamente controlado.
Abandona la habitación y aprovecho para ejercitarme.
Me quito la playera y dejo mis armas a mi alcance, sin perderlas de vista.
Comienzo con flexiones por que no hay otra cosa que pueda hacer aquí. Y la verdad, amo entrenar mi pecho y brazos.
Las primeras las hago sin esfuerzo, después de la decientas comienza a pesarme ligeramente.
Cuatrocientas ochenta y siete flexiones después Peeta sale del baño, con su cabello húmedo y mi playera colgándole por todos lados.
Me mira, ligeramente desconcertado, desde que entra en la habitación.
No me detengo hasta llegar a las quinientas.
Me levanto, con un poco de esfuerzo, y seco el sudor de mi rostro con mi playera. Tomo las armas y las aseguro en mi cinturón.
-Voy a ducharme –le digo.
-Okay, tratare de dormir.
-En lo absoluto –replico-. Vienes conmigo.
Saco el arma y la apunto directamente a el.
Lo obligo a entrar al baño y me desabrocho el pantalón, dejándolo caer al suelo.
Baja su mirada, evitando mirar mi cuerpo semidesnudo.
-Media vuelta –ordeno, manteniendo el arma en el aire-. Si te mueves un poco, te vuelo los sesos.
Se da media vuelta, obedeciéndome, y recarga su frente en la puerta.
Me quito la ropa interior y quedo bajo el agua en cuanto abro la llave.
Me baño lo más rápido que puedo, sin apartar los ojos de la espalda del chico.
Seco mi cuerpo y entro en mi ropa limpia.
-Andando –ordeno, abriendo la puerta.
No se que tan tarde es pero siento mi cuerpo cansado y quisiera descansar.
-¿Puedo dormir ahora? –me pregunta.
-Si, hagámoslo –respondo.
-¿Puedo dormir en la cama?
-Si.
En realidad, nunca me pasó por la mente que durmiera en otro lado.
Me quito la playera y la coloco sobre el buró.
Apago las luces y dejo la lámpara encendida.
Me recuesto en la cama y segundos después Peeta lo hace.
El sonido de nuestras respiraciones es lo único que se escucha.
-Gale –murmura, abro mis ojos de golpeo y mis músculos se tensan, preparados para todo.
-¿Si? –mascullo.
-¿Confías en mi?
-No. En lo absoluto.
-¿Cómo puedes dormir? Conmigo a mi lado y sabiendo que en cualquier momento puedo tomar tu arma y… hacer algo.
-Por que no eres lo suficientemente estúpido –respondo-. Para coger mi arma tienes que pasar sobre mi o bajar de la cama. Y me daré cuenta.
-No lo sabes. Estarás dormido.
-Rétame –digo, firmemente. Confió plenamente en mi habilidad.
-Puedes ponerme cloroformo.
-No.
-No era una pregunta, era una sugerencia.
-Yo te sugiero que cierres la boca o terminaré amordazándote. ¿Quieres dormir de nuevo en el piso?
No responde.
Sonrío ampliamente. Lo eh hecho por que estoy dándole la espalda y no puede mirarme.
Quedo dormido rápidamente en cuanto la respiración de Peeta se acompasa.
Puedo dormir como un oso y despertar al menor atisbo de movimiento, así que cuando Peeta gira en la cama, pasadas de media noche, mis ojos se abren de golpe.
Agudizo mi oído, pero lo único que escucho es el suspiro del chico a mi lado.
Estoy recostado boca arriba, así que solo tengo que girar mi rostro para mirarle.
Se ah recostado sobre su costado izquierdo, de cara a mi.
Su rostro sigue ligeramente inflamado en las zonas de los golpes, pero su expresión en este estado inconsciente es perfectamente pura e inocente.
Apenas eh vuelto a cerrar los ojos cuando Peeta vuelve a moverse.
Mis músculos se tensan, no solo por que su movimiento ah sido ligeramente brusco, si no por que ahora siento su piel cálida tocándome.
Le miro. Sigue profundamente dormido. Aunque su cuerpo tienta mi torso ligeramente hasta acomodarse y quedar recostado sobre mi.
-¿Qué mierda? –mascullo, desconcertado.
Suspira, acomodando su mejilla en mi hombro y su brazo sobre mi torso desnudo.
-Peeta –le llamo suavemente-. Eh, hombre.
Nada.
No tengo las ganas como para intentar despertarlo. Ni la voluntad para separarlo de mí.
Esto se siente bien. Se siente demasiado bien.
Su pierna se entrelaza con las mías y poco antes de volver a quedar dormido me percato de cómo mi miembro comienza a endurecer, apretándose contra mi pantalón. La presión de la pierna de Peeta sobre mi parte baja es algo incapaz de ignorar para mi cerebro, aun así, segundos después, quedo dormido.
Por la mañana despierto en cuanto Peeta trata de bajar de la cama.
Me muevo tan rápidamente que lo dejo sin aliento.
Eh tomado mi arma y la apunto directo a su pecho.
-Tranquilo –masculla adormilado-. Solo trato de ir al baño.
Bajo el arma hasta que lo veo desaparecer tras la puerta.
Froto mi rostro y me coloco la playera.
Acomodo mis dos armas en el pantalón y entro en mis botas.
Cuando Peeta abre la puerta lo obligo a entrar de nuevo, apuntándole con el arma. Orino cómodamente mientras el chico desvía la mirada. Me divierte un poco su incomodidad. Por Dios, es un hombre, tiene exactamente lo mismo que yo.
Cepillo mis dientes sin apartar la mirada de el y juntos salimos del baño.
Parte de la mañana se me pasa acomodando todo para nuestra partida.
Dejo que Peeta valla en el asiento del copiloto, sentado, pero con sus manos sujetas con esposas metálicas y su boca amordazada.
Creo que pude tener una conversación visual con el.
Llegando a mi casa meto mi cabeza en el pasamontañas y bajo a Peeta del coche.
Simplemente lo conduzco puchando su espalda hasta que entramos.
Ya no me importa que mire las habitaciones o que me mire a mí. El pasamontañas lo traigo solo para que los idiotas de Carlos y Fabián no hagan un problema de esto.
Los tres estaban esperándome. Metemos a Peeta en la habitación y dejamos su desayuno dentro.
Me siento mucho mas tranquilo ahora que tiene una habitación espaciosa, segura, con una cama, un sofá y un baño. Todo cuidadosamente construido para este tipo de situaciones.
El día entero se nos pasa acomodando todo.
Planos, armas, herramienta, materiales, teléfonos, radios y cuadernos con notas.
Por la noche, después de cenar, Marcus rompe la conversación entusiasta que tenemos diciendo que debemos dormir.
Carlos y Fabián se ponen de pie al instante.
Las habitaciones están al otro extremo de la de Peeta, así que se despiden con su habitual gruñido nocturno.
Alguien tenia que quedarse a cuidar al chico, yo me ofrecí sin dudarlo.
Abro la puerta por fuera y después la cierro por dentro.
La luz está encendida.
Peeta está sentado en la cama.
-¿Qué te ocurre? –pregunto, mirándolo.
-No puedo dormir –se queja, regresando la mirada.
-Pues inténtalo –digo-. Si apagaras el foco sería más fácil.
Presiono el interruptor y la habitación queda en una sombra perfecta.
La respiración del chico se corta y se vuelve irregular.
-Gale –me llama.
-¿Qué? –pregunto.
-¿Puedes encender el foco?
Lo hago. Por que no podía negarme.
Sus ojos están abiertos como platos y su pecho se mueve rápidamente.
-Voy a dormir –le digo.
Camino hasta la mesita de noche y enciendo la lámpara. Queda retirada de la cama, pero al menos no habrá obscuridad total en la habitación.
Apago el foco de nuevo y me quito la playera.
Me recuesto en el frio sofá y quito mis botas a punta pie.
El alcohol que hemos tomado me marea ligeramente.
De reojo veo como el chico se recuesta en su cama.
Minutos después me quito el pantalón, arrojándolo al suelo y quedando solo en bóxers.
-¿no traes tus armas? –la pregunta me toma desprevenido. Por un momento pensé que ya se había dormido.
Giro mi rostro para mirarle, está sentado, con su espalda apoyada en el respaldo de la cama.
-No –respondo secamente y apartando mis ojos de los suyos.
-¿Por qué?
-Por que no eres tan idiota –digo-. No las necesito aquí. Si haces algo estupido por la mañana se enterarán y morirás. Pero tranquilo, sigo teniendo fuerza y una buena habilidad con los puños. No harás nada idiota.
Se queda en silencio.
Cierro mis ojos y trato de dormir.
-Gale –masculla.
-¿Si? –inquiero, manteniendo mis ojos cerrados.
-¿Podrías dormir conmigo? –su pregunta me toma por sorpresa.
Abro mis ojos rápidamente y giro mi rostro para mirarlo.
-Por favor –suplica.
-Estoy cómodo –digo, sin la fuerza para apartar mi mirada de la suya.
-Por favor –insiste-. Solo eh podido dormir bien cuando me pones cloroformo. O cuando te acuestas a mi lado. Por favor.
Me levanto torpemente del sofá. Sin saber exactamente porque lo hago.
Aparto la ropa de cama y me recuesto.
-Duérmete –ordeno, dándole la espalda.
-Gracias. Lo… lo siento. Si estás a mi lado siento como si los otros no pudieran… tocarme.
De pronto su revelación me pone inestable y nervioso.
-¿Qué te hicieron? –pregunto, preocupado por que no solo lo hubiesen golpeado.
-No quiero recordarlo –murmura.
-Ellos… ¿Alguno de ellos te… te hizo algo mas que golpes? –la pregunta sale como si yo fuera un idiota con retrasado.
-¿Algo como que?
-Nada –digo, retractándome y ahuyentando todos los pensamientos de mi mente.
-Solo golpes –dice después de varios segundos.
Me quedo en silencio.
-Eres diferente. Muy diferente –dice.
Escucho su respiración durante otros segundos antes de que vuelva a hablar:
-No logro entenderte. Creo que eres buena persona, pero haces cosas malas. Hay personas malas haciendo cosas buenas. Creo que ese tipo de personas son peores.
Cierro mis ojos e intento dormir.
-Quizá te entiendo… un poco…
-¿Peeta? –le llamo.
-¿Si?
-¿Puedes cerrar la boca y dormir?
Se calla por fin y poco después queda dormido.
Esa noche también se recostó sobre mi cuerpo. Y por alguna razón, sin mi ropa puesta, la sensación fue extraordinaria.
Por la mañana me despierto primero que Peeta, me dirijo al baño y lavo mi rostro y mis dientes.
Regreso a la habitación y abro la puerta.
No se escucha nada.
Hecho una ojeada a Peeta, quien sigue dormido en la cama y salgo.
En la primera mesa, saliendo de la habitación, se encuentra mi arma.
Al momento de tomarla me percato de la nota:
"Regresamos poco después de las 2pm, trata de pensar en algo bueno para sacar el dinero de los ductos del drenaje –Marcus."
Cierro la puerta y voy a la cocina.
Bebo un vaso de leche y tomo uno para Peeta. Sujeto una bolsa con pan dulce y regreso a la habitación.
Peeta está saliendo del baño, con su cabello húmedo.
-Toma –le entrego el vaso con leche y la bolsa de pan.
Las agarra sin decir nada y se dirige a la cama.
Me tiro sobre el sofá después de recoger mi ropa sucia del suelo y colocarla en el sesto y me adentro en mi teléfono. La mitad de mi cerebro pensando sobre lo que me dijo Marcus y la otra mitad concentrada en el mejor distractor del mundo: Internet.
-Gale…
-¿Qué? –pregunto frustrado porque me ah sacado de mis reflexiones.
-¿Porqué no me matas? –otra vez esa pregunta.
-Si sigues haciendo esa pregunta lograras que lo haga.
-hazlo –me reta.
Me levanto lentamente, sentándome en el sofá.
La comida está sobre la mesita de noche, intacta y el se encuentra de pie, a varios pasos del sofá.
Sigo en calzoncillos, por lo que no baja la mirada en ningún momento. Es divertido verlo sonrojarse.
-Ayer los escuche. Debatían la posibilidad de matarme –suelta.
-No escuchaste nada –le digo.
-Si lo hice –insiste.
-No. No lo hiciste. No se puede.
-Lo hice. Se escucha. Los escuché.
Giro mis ojos y lo miro fijamente.
-Fabián y Carlos lo discutían, y aunque no lo acepta, se que Marcus también piensa que es lo mejor, aunque trate de encontrarme un uso. No lo tengo. Terminaras matándome. Por favor. Hazlo ahora. Estoy preparado.
-No voy a hacerlo –la firmeza de mis palabras logra ser incluso fría.
-Escucha, se que mi papá no va a dar nada, así que han perdido el tiempo y deben de estar frustrados, no me necesitan en lo absoluto y… y prefiero que me mates tu. Tengo miedo que lo hagan ellos. Por favor.
-Cállate –ordeno.
-Hazlo, hagámoslo –masculla. Sus ojos son serios, como si de verdad estuviera evaluando la opción.
Elevo mi vista al techo, tratando de ignorarlo.
Y lo siguiente sucede solo en dos segundos.
Me eh distraído y Peeta ah tomado mi pistola con su mano y la eleva en el aire. Recuerdo lo que sucedió antes: Yo había puesto esa arma sobre la mesita de noche en cuanto entré y me puse a recoger todo dentro; pero aun conservaba la otra pistola pequeña junto a mi. La tomo rápidamente y poniéndome de pie estiro mi brazo, apuntándole firmemente.
Puede haber disparo si la sensación de peligro siguiera existiendo para mí, pero ahora, lo único que siento es esa horrible opresión en mi pecho.
-Baja el arma –ordeno, con mi voz débil.
La pistola no está apuntándome, está apuntándole a el mismo. La sujeta con firmeza y sin basilar contra su frente.
-¿Por qué? –pregunta, cerrando sus ojos.
-Peeta, no hagas nada estúpido. Baja la puta arma.
-No. No Gale –dice-. Tengo miedo. No quiero morir en manos de esos animales. Quiero morir rápido, sin dolor.
-Peeta, escúchame, nadie aquí va a morir. Baja el arma o…
-¿O que? –Abre sus ojos-. ¿O me dispararas?
-Por favor, nadie va a hacerte daño. Te lo juro.
Es la primera vez que hago un juramento. Pero es por que estoy totalmente convencido de eso. Nadie jamás iba a hacerle daño. Jamás. Yo no lo iba a permitir.
Por una parte mi cerebro evalúa las opciones que tengo si intento abalanzarme sobre el y evitar que se dispare. Por otra parte, la que predomina, tengo miedo. Temor de que presione el gatillo. Temor de que desaparezca.
Su vida… su vida se iría tan fácilmente de su cuerpo. Ya no existiría ese brillo en sus ojos. Ni esa alma tan pura. Ni ese chico tan callado.
Y ah sido mi culpa. Yo lo eh puesto aquí.
En la vida las personas buenas no deben de morir. Deben morir las malas. No las buenas. Hay tan pocas personas buenas como para que mas desaparezcan.
No quiero que muera. Por muchas razones.
Cierra sus ojos y abre sus labios.
Mi corazón golpea contra mi pecho con furia, el latido en mis sienes es potente y marcado y los músculos de mis piernas son débiles, amenazando con dejarme caer.
Y de pronto, veo todo en cámara lenta. Su dedo oprime el gatillo de la pistola y se escucha el crujido del sistema interno activándose.
Lo hizo. Peeta lo hizo.
Mi pistola cae al suelo por la debilidad que azota mi cuerpo.
Este chico dejo de existir.
Una luz acaba de apagarse en el mundo.
Y lo peor de todo, un sentimiento completamente egoísta: Ya no estará conmigo. Ya no lo veré sonrojarse. Ni se recostará sobre mi cuerpo. Ni me hará preguntas estúpidas. Ni respirará entrecortadamente. Ni me inspeccionará con sus ojos curiosos. Ni vivirá. Ni podrá disfrutar de la vida. Ni podre volver a escucharlo.
Pero de pronto, de pronto todo vuelve a cobrar sentido. Por un momento creí que todo estaba acabado, pero… pero algo salió mal.
Peeta sigue de pie, sujetando el arma junto a su frente.
Presiona el gatillo una y otra vez. Y no se escucha más que el crujido vacio.
Se acabaron los tiros. No tiene tiros.
Peeta sigue vivo.
Lo mas rápido que puedo, pero aun en cámara lenta dentro de mi mente, me abalanzo sobre el.
Retiro el arma con tanta fuerza que el brazo te Peeta cae bruscamente a su costado.
Sus ojos me miran con horror y su boca se abre.
-Eres un imbécil –prácticamente le grité.
Lo tenia entre mis brazos, con su cuerpo pegado al mío y sus extremidades enredadas con las mías.
Tengo coraje en mi interior. Coraje por que hizo la cosa más estúpida que pudo ocurrírsele. Coraje por que por un momento creí que estaba muerto. Coraje contra mí por que estuve a punto de dejarlo morir por un error estúpido. Coraje por que apuntó su arma contra si mismo en lugar de contra mi. Coraje porque por un momento creí que jamás volvería a sentirlo vivo contra mi cuerpo. Coraje porque, por mas egoísta que sea, pensé que ya no lo tendría para mi.
Centro mis ojos sobre los suyos. Desde esta distancia puedo ver cada perfecto detalle de su color azul espeso. Sus labios están entreabiertos, quejándose por la presión que ejerzo en sus brazos con mis manos.
Y de pronto todo desaparece.
De pronto ya no estoy pisando el suelo frio con mis pies descalzos.
De pronto el aire acondicionado ya no me da directo en la nuca.
De pronto ya no tengo miedo.
De pronto todo cobra sentido. Todo importa. Todo existe y deja de existir. Todo brilla.
La obscuridad en la que vivía se había extinguido. Y una luz había nacido. Una luz que se arremolinaba en mi estomago y comenzaba a brillar tenuemente.
Porque esa piel sensible, esa piel suave de mis labios, una piel que nunca había sido tocada, se acoplaba a otra piel igual de suave y virgen. Mis labios se entrelazaban en unos labios inmaculados. Funcionando como engranes. Como un par de engranes que juntos hacían que cada partícula de mi cuerpo cobrara vida.
Sus labios se mueven, mis labios se mueven, y el resto del mundo lo hace también.
Peeta me aparta cuidadosamente durante un momento. El momento justo para que nuestras miradas se crucen.
Sus labios siguen entre abiertos y lo único que quiero es volver a saborearlos.
Se estira ligeramente y acoplo nuestros labios de nuevo.
No hay sensación más exquisita que esta.
Sujeto su cintura con mis manos y el coloca las suyas en mi espalda desnuda.
Aprieto su pubis contra el mío y el se curvea ligeramente para que nuestros cuerpos disfruten uno del otro.
Mi miembro, que se encuentra únicamente cubierto por una ligera capa de tela, se aprieta contra su abdomen. Se siente tan increíble que me provoca un estremecimiento total en mi cuerpo y saca un gemido de mi garganta.
Doblo ligeramente mis piernas y aprieto el cuerpo de Peeta todavía mas, haciendo que nuestros dos pubis se complementen.
Puedo sentir su erección apretarse contra la mía.
Lo empujo con fuerza para separarlo de mis labios. Con demasiada fuerza, tanta que ah caído sobre la cama, con su mirada desenfocada. Si la cama no hubiese estado ahí, hubiera caído hasta el suelo. Y probablemente ahora estaría inclinándome para levantarlo. Y hubiera terminado en otro beso.
Carraspeo mi garganta para hablar, pero no tengo nada que decir, así que lo único que hago es dar media vuelta y huir al baño.
Me recargo en el lavabo un rato, mirando el agua escurrir de la llave.
En el espejo brilla un hombre con las mejillas rosadas, el cabello despeinado y los labios rosados.
Niego con la cabeza.
Lo jodí. Ya jodí todo.
¿Quieren el proximo capitulo? ¡Review! Por favor ^.^
