Lamento la tardanza chicos! Ya aquí esta el nuevo capitulo, espero les guste.
No se abstengan de comentar!
Besos :*
No quiero salir de aquí. No puedo hacerlo. Solo llevo mi bóxer puesto. No puedo salir solo con el bóxer puesto.
¿Por qué ahora me daba vergüenza? No lo se. Pero me daba. Y no iba a hacerlo.
Pero no había nada con lo que vestirme aquí dentro.
Tomo valor y salgo.
Peeta está sentado en la cama, en la misma posición de cuando entré al baño. Su dedo sobre su labio inferior.
Paso hasta la puerta y la abro.
-Hey –me llama, poniéndose de pie.
Lo ignoro.
Abro la puerta y salgo.
-¡Hey! –escucho antes de que la puerta se cierre.
Pero al instante en que un pensamiento cruza por mi mente la abro.
Peeta está a escasos centímetros de mi cuerpo. Mirándome.
Paso de el y me dirijo al sofá.
Tomo el arma, reviso la carga, tomo la otra, y salgo.
Sus ojos no se separaron de mí en ningún momento.
Cuando cierro la puerta me recargo en ella, como si estuviera cansado.
-¿Quieres ponerte un poco de ropa? –la voz de Fabián me toma desprevenido, tanto que eh colocado el arma en el aire, apuntándole.
-Acabo de despertar –explico-. ¿No se supone que estarías con Marcus?
-Vine por unos planos. ¿Qué haces aquí, de todos modos?
-Nada –respondo.
-¿Vas con nosotros?
-Iré a ponerme ropa –aviso.
Me dirijo a mi habitación y tomo un pantalón negro, botas y una playera cómoda.
Guardo mi única arma cargada y coloco un cartucho nuevo en la funda.
-Andando –digo cuando bajo las escaleras.
Sigo el coche de Fabián hasta el lugar donde se reúnen.
Un restaurant publico, lleno de gente.
A veces algunos pueden pensar que Marcus es un idiota para ocultarse, pero es la mejor fachada. Si te ocultas es por que estas haciendo algo, si no te ocultas, no estas haciendo nada. Así actuamos nosotros. Sin ocultarnos. Sin levantar sospechas.
Para cuando salimos del lugar ya tenemos todos los pasos a seguir, uno por uno.
Dejando a un lado las tareas de construir las armas, conseguir lo que nos falta y prepararlo, el listado queda así:
Conseguir el camión de bomberos.
Meter el camión por los ductos del drenaje, hasta quedar bajo el banco.
Carlos consigue intervenir en las líneas telefónicas del Banco.
Fabián descompone el baño A2, el mas cerca de las bóvedas.
Esperamos a que el banco llame a la agencia de plomería.
Fabián y Carlos interceptan a los plomeros. Marcus y yo entramos a la Subsecretaria con identificaciones falsas.
Fabián entra en el banco como plomero, con Carlos en el carrito de herramientas. Marcus y yo ya tendremos los explosivos en el ascensor de la subsecretaría. Y la bomba preparada para ser colocada en el segundo piso del edificio.
Hacemos que el ascensor estalle. Las personas dentro no sufrirán daño alguno por que el explosivo estallará a un piso del suelo. Si mueren, fue por su propia culpa.
Damos la orden de que nadie salga del edificio. Tenemos alrededor de diez minutos para que todo esté rodeado. La bomba en el segundo piso debe estar activada.
Aun tendremos a las personas del ascensor secuestradas, amenazando con hacerlo estallar si intentan abrirlo.
Se establecen los perímetros en cuanto el escuadrón antibombas descubra la gran cantidad de explosivos en el segundo piso.
Fabián sale del banco, dejando a Carlos dentro.
Dejamos que las cosas fluyan en el edificio de Subsecretaría mientras Carlos se las arregla para abrir las bóvedas y colocar el dinero en la tubería.
Fabián estará esperando el dinero en el drenaje, lo colocará dentro del tanque del camión.
Fabián saca el dinero en el camión, conduciendo ciento diez Kilómetros por los ductos, hacia el noreste.
Marcus y yo seguiremos ocupándonos del edificio.
Detonan las bombas en el ascensor, no habrá nadie dentro.
Cuando el dinero esté a salvo, abandonamos la misión de la Subsecretaría.
Nos reunimos todos en la bodega 3. A Trescientos veinte Kilómetros de la ciudad.
Carlos saldrá del Banco por la azotea hasta el día siguiente. Nosotros prepararemos el dinero.
Tendremos en nuestras manos poco más de treinta y cinco millones de dólares.
Desaparecemos de América.
Todo promete funcionar muy bien.
Estamos tan extasiados que decidimos celebrarlo en un bar.
Regresamos a casa poco antes de media noche.
Esa noche no dormí con Peeta. Pero tampoco dormí en lo absoluto. Y quizá el tampoco lo hizo. Y fue mi culpa.
Por la mañana me debato seriamente entre pasar a la habitación de Peeta o marcharme junto con Carlos y Fabián.
Marcus se fue temprano a la bodega en donde prepararemos los explosivos. Carlos y Marcus son los expertos en eso, así que Fabián y yo solo tenemos que matar el tiempo.
Es increíble como mi mente quiere evitar tanto estar cerca de Peeta, que aquí estoy, sentado en la misma mesa de Fabián, después de desayunar, platicando como si fuéramos buenos amigos, en un estúpido Starbucks.
-¿No vas a llevarle nada al chico? –me pregunta Fabián.
-¿Por qué debemos comprarle comida? –suelto.
-Eso mismo digo yo. Ni siquiera se por que lo tienen con tantas comodidades.
Su comentario me enfurece, pero en fin, yo eh dejado el camino abierto para eso.
-Andando –digo.
Pero antes de salir, me encuentro en la caja pidiendo una orden de Hotcakes, tocino y un Frappe Moka.
¿Le gustará el tocino? A todos les gusta el tocino. Pero, ¿El café? ¿Lo preferirá caliente? ¿LE gustara el Moka?
Estuve a punto de suicidarme con el tenedor de plástico que sujetaba en mi mano cada que otra pregunta estúpida azotaba mi mente. No tengo por que preocuparme. Si debería estar dándole huevo frio y frijoles en bolsa.
¿Por qué el debe ser diferente a las demás victimas? ¿Por qué debe de tener privilegios? Es nuestro secuestrado, no nuestra mascota.
Dentro del coche, en la soledad, puedo volverme loco de nuevo.
En casa todo está en silencio. Y eso antes me gustaba. Pero ahora no. Odio el silencio. No puedo luchar contra mis pensamientos mientras hay tanto silencio. No puedo apartarlos.
Estoy enloqueciendo.
Empujo la comida hacia el interior por el pequeño ducto. Y dejo una nota:
"Come."
Apenas me doy media vuelta cuando la bandeja con comida se desliza de nuevo a mí. Intacta.
Vuelvo a empujarla.
Vuelve a regresar.
Vuelvo a empujarla.
Y espero.
Vuelve a regresar.
-¿Puedes ser mas maduro? –pregunto. Se que no puedo escucharlo, per o el a mi si.
Vuelvo a empujar la bandeja de comida y espero. Y espero. Y no regresa.
Me siento en el sofá, cerrando los ojos y tratando de pensar en algo interesante. No hay nada.
El sonido de la bandeja deslizándose por la plataforma hace que mis ojos se abran de golpe.
Fastidiado me pongo de pie y voy a lanzarla al interior con todas mis fuerzas, pero una nota me toma por sorpresa:
"No tengo hambre" –se distingue claramente con liquido rojo. Algunas gotas se desparraman por el papel.
Abro la puerta de golpe.
Peeta se asusta y me mira con sus ojos abiertos como platos.
Se que tengo mis ojos aun mas abiertos por que es como si quisieran salirse de mi cara.
Sus dedos están manchados de rojo.
¿Qué hiciste?
Trato de encontrar el lugar de donde sale esa sangre con la que ah escrito, pero no hay ninguna zona visible lastimada.
-Es medicina –dice. Levantando las manos en el aire-. Estaba en el estante junto a la repisa del baño.
Encuentro el bote del jarabe en el suelo.
Y me hace sentir como un estúpido.
Lo fulmino con la mirada, por que esto fue lo que quería lograr el. Y me ah hecho quedar como un idiota.
Me doy media vuelta y estoy a punto de salir, pero su voz de ronca me detiene.
-Te importo.
Me quedo de pie, sin querer realmente salir de aquí.
-Todos me importan –murmuro.
-Mentira. Nadie te importa. Ni siquiera te importas tu mismo.
Me doy media vuelta, fijando mi vista en sus ojos.
-Tu comida se va a enfriar mas de lo que está.
-El Frappe es frio –replica.
Sujeta mi mirada durante un largo rato, después abre sus labios pero los cierra al instante.
-Estas haciendo que te odie –suelto. Aunque se a la mas vil de las mentiras.
-No es cierto –dice-. Tengo la razón. Y lo sabes.
-Me importan las personas. Y me importo yo mismo. Si has dejado de decir estupideces, puedes comenzar a comer.
Da un paso hacia mi y sigue su mirada fija en la mía.
-Si te importaras un poco, aunque sea un poco, hubieras regresado ayer. Hubieras dormido conmigo.
Suelto una risa de incredulidad.
-Estas diciendo tonterías. No se que tiene que ver una cosa con otra.
-Ayer me besaste. Y las noches anteriores disfrutabas dormir conmigo.
Me quedo callado. Sin poder negarlo.
-Si te importaras, hubieras vuelto. Pero no te importas. Así que hiciste como que nada pasó. Pero yo te importo. Me defiendes. Me buscas. Te preocupas por mí. Te importo.
-Si. Me importas –admito-. Vales dos millones.
-No te van a pagar nada. Y lo sabes.
-Me largo.
Le doy la espalda y abro la puerta.
-Gale –me llama, sin atisbo de aquella voz gruesa que me retaba hace un momento-. ¿Puedes dormir hoy aquí? Era verdad que no puedo dormir si no estás.
Cierro los ojos.
Yo tampoco, Peeta. Yo tampoco.
Debía salir de ahí ahora que podía, debía dejarlo y largarme de la casa todo el día. Debía pensar. Usar mi cerebro.
Pero en lugar de eso, eh dado media vuelta, eh tomado con ferocidad el rostro del chico, y he plasmado mis labios en los suyos.
Pero es que el no me apartó. Me dejó besarlo. Me dejó tocarlo. Acaricio mi espalda y después, cuando me recosté en la cama, no se apartó, ni se negó.
¿Cómo puedo luchar contra lo que siento si no tengo armas?
Cuando tenía sexo lo único que deseaba era terminar. Venirme y acabar con el calor interior. Pero aquí, en este momento, con Peeta bajo mi peso, rosando nuestros cuerpos sobre la ropa, con los labios mas delicados entre los míos, aquí no quería terminar. No quería terminar nunca. Quería que este sentimiento viviera para siempre. Que mi respiración fuera igual de entrecortada y que el calor que sale por mis poros no se extinguiera.
Pero tengo que detenerlo de alguna manera.
Cuando estoy a punto de separarme, cuando eh soltado los labios de Peeta y pude pensar con claridad durante un segundo, cuando pensé que recuperaba el control sus labios se postran en mi cuello.
No hay sensación más exquisita y desesperante que unos labios besando la piel bajo tu quijada. Subiendo por tu mejilla y con una respiración rosando tu oído. En ese momento tu solo quieres desaparecer. En ese momento no tienes las suficientes manos para acariciar o la suficiente respiración para llenar tus pulmones.
-Peeta –gimo, cuando se que pronto no podre detenerme y mi cuerpo me exigirá mas-. Detente.
No lo hace, al contrario, sigue besando mi cuello desesperadamente.
En un segundo mientras el busca mis labios, doy media vuelta y caigo en el suelo.
Se sienta torpemente en la cama, mirándome.
-No vuelvas a tocarme –ordeno, poniéndome de pie.
-Pensé que tu me tocabas a mi –dice el, levantándose de la cama.
-Ambos sabemos que esto no está bien.
-¿Por qué? ¿Por qué somos hombres?
-A la mierda eso. Por que soy tu secuestrador y tú mi victima.
-No seria la primera vez en la historia de la humanidad.
-No somos un cuento de hadas.
-Tampoco uno de horror.
-No somos un cuento –corrijo-. Esta es la vida real.
-Si. Lo es.
-¿Sabes que es lo que pienso?
-¿Qué?
Doy media vuelta y clavo mi mirada en la puerta.
-Pienso que te estas aprovechando de la situación.
-¿Aprovechando…. De la situación? –exhala.
-Si. Te aprovechas de que me eh enamorado de ti –lo encaro, fijando mi vista en la suya-. Para hacer que te deje libre –concluyo.
-¿Te has enamorado de mi? –inquiere, entrecerrando sus ojos.
-Corrijo: No creo en el amor, pero sí siento esta sebera atracción hacia ti que ya no puedo controlar.
-Así que dices que… me estoy aprovechando de que tienes esa sebera atracción hacia mi para que me dejes… libre?
-Es lo mismo que yo eh dicho. Si –acepto.
-Eres un idiota. Y lo sabes –escupe, demasiado frio-. Sal de aquí.
-¿Qué te pasa?
-Que salgas de la puta habitación.
Era la primera vez que lo escuchaba alzar la voz. La primera vez que lo veía ponerse rojo de coraje. La primera vez que salía una mala palabra de su boca.
Y estaba tan impresionado, que obedecí sus ordenes.
Y no volví a entrar hasta la hora de la comida. Fui a comprar hamburguesas a Jack In the Box, una para mi y una para el. Me comí la mía durante el camino de regreso y entré con la hamburguesa y el refresco, en son de paz. Mi manera de disculparme por si lo había ofendido de alguna manera. Aunque la otra parte de mi cerebro me dijera que no tenía que disculparme. Hace un tiempo decidí hacerle caso al otro extremo, el que a veces se comportaba como un humano.
-La comida –anuncio, entrando y colocando las cosas en la mesita.
-Déjalas ahí, cuando tenga hambre como –dijo, sin expresión. Recostado en la cama y con su rostro cubierto por su brazo.
-¿No vas a comer ahora? –inquiero, con inocencia.
-No.
La manera de responder hace que me frustre.
Cierro la puerta de golpe y me tiro en el sofá de la sala.
Es increíble el nivel de aburrimiento al que eh llegado que eh mandado mensajes de texto a Carlos, Fabián y Marcus, preguntando si necesitan algo.
El único que respondió fue Marcus: "Está todo controlado, mañana necesito planos del banco."
Planos del banco. Eso quería decir que mañana estaría ocupado, bueno, no tanto, ya había pensado en eso. Había conseguido los antiguos planos del banco con un viejo amigo mío, ya le había dicho que necesitaría los nuevos, así que…
Por lo menos tendría otra cosa que hacer. Pero por otro lado, la idea de que tanto Fabián como Carlos llegaran a casa y yo no estuviera… y ellos tuvieran acceso a Peeta, me ponía nervioso. Demasiado nervioso, mas de lo que me gustaría aceptar.
En la noche recibo un mensaje de Marcus, se quedarán los tres a dormir en la bodega para continuar con el trabajo mañana por la mañana. Yo llevaré los planos para antes de las dos.
Eso quiere decir que esta noche la pasaré solo en la casa.
Con este puto silencio. Y este maldito aburrimiento aniquilarte.
A la una de la mañana, cuando decidí que era imposible seguir despierto y no lograba dormir, abrí la puerta de la habitación de Peeta.
La luz estaba encendida.
-¿Quieres que duerma contigo, o no? –pregunté, secamente.
Se encoje de hombros, no responde, ni me mira, pero toma su lugar en la cama, dejando espacio para mi.
Entro, me quito la playera, los zapatos y el pantalón y apago la luz, dejando la lámpara de noche encendida.
Me recuesto en mi lado de la cama y es increíble la facilidad con la que me duermo solo con sentir a Peeta junto a mí.
No se si no hubo ningún sonido en la noche, o eh perdido mi habilidad, pero no desperté en ningún momento hasta que escuche la llave del baño abrirse.
Debo estar perdiendo mi habilidad para despertar porque ni siquiera sentí a Peeta bajarse de la cama.
Me pongo de pie, entro en mi ropa y salgo de la habitación.
Tomo una ducha, me visto con ropa cómoda y "decente" y regreso a la habitación de Peeta, con un vaso de leche y un sándwich en la mano.
-Voy a salir –le aviso-. Entretente con esto, no habrá comida hasta medio día.
Me ignora, sentándose en la cama. Tiene su cabello húmedo y su piel brilla de limpio.
Trae puesto el pants negro y la playera blanca que deje el día anterior en el baño para el.
Lo miro, me mira.
-¿Quieres que te acompañe o algo? –pregunta, secamente.
Giro mis ojos y cierro la puerta de golpe.
Estúpidamente enojado enciendo el coche y me pongo con rumbo al banco.
Cuando entro por las grandes puertas no puedo evitar sonreír porque en menos de tres semanas todo el puto dinero de esté lugar será nuestro.
-¿Puedo ayudarle en algo? ¿Necesita turno? –pregunta la recepcionista.
-Gracias, pero ando buscando al Henry Gutt.
-¿Cuál es su tramite? –pregunta con una sonrisa.
-No es trámite, es personal. Dígale que lo busca Ron Jeffrey.
La chica me sonríe de nuevo y se marcha, poco convencida.
Cinco minutos después regresa con Henry.
-Ron –me saluda-. Pasa.
Su sonrisa se pierde en cuanto estamos alejados de la chica, en una esquina, sentados sobre el sofá de espera.
-Pensé que no vendrías –digo.
-Te eh dicho que no recibo visitas personales en horas de trabajo.
-Lo siento, pero necesito un último favor. Sobre lo que hablamos.
-Ya lo tengo, pero no puedo dártelo ahora.
-No tienes otra opción, hermano.
-Ron, por favor –suplica, con su mirada llena de temor-. Dame un poco de tiempo.
-No necesitas mucho tiempo para sacar un plano, Henry.
-Es que no lo entiendes.
-Exacto. Así que, tienes diez minutos.
Como ve que no estoy vacilando, se pone de pie y se marcha, sin poder ocultar su nerviosismo.
Ron Jeffrey es el nombre con el que me conoce el resto del mundo. Pocos saben que mi verdadero nombre es Gale.
Sentado en el sofá, cómodamente, espero hasta que el hombre regrese.
Lo hace con un maletín negro.
-Aquí tienes, y oye –susurra-. Cualquier cosa que traigas en manos, ¿Estoy libre verdad?
-Si aquí dentro viene lo que te pedí, considérate libre de esto.
-Ahí viene todo.
-Entonces, tu no tendrás nada que ver en esto. Es mas, ni siquiera nos hemos visto.
Asiente y me largo.
Si hay algo por lo que soy conocido, es por cumplir mi palabra.
Mando un texto a Marcus y me responde diciendo que lleve el paquete a casa, que ellos pasan por el en la noche.
Eso quiere decir que mi trabajo por hoy se acabó.
-Escucha, se que has estado aburrido –dijo Marcus en cuanto le entrego el maletín-. Pero en cuanto termine con estos dos, nosotros nos pondremos a trabajar de verdad. Mejor descansa ahora que puedes, porque cuando comencemos, no descansaremos hasta tener el dinero en nuestras manos.
Y se marchó.
Me quede de nuevo en la casa, por la noche, en silencio y con este martilleo horrible en mi cabeza.
Esta vez no tardé tanto para entrar en la habitación.
Sobre la mesita de noche estaban las sobras de la comida que le había traído a Peeta.
El chico estaba recostado en el lado de su cama, dándome la espalda.
Ninguno de los dijo nada, simplemente dormimos.
El día siguiente fue igual, y lo mismo para el resto de la semana.
No se que cosa me tenia de mal humor o que era diferente, por que se suponía que así debería de ser desde un principio. Ninguno de los dos hablaba, no había conversaciones ni algún tipo de comentario que saliera de los limites del "Come", "cena" o "ponte esto".
La situación me tenía frustrado.
Y aunque yo no era el que estaba encerrado en una habitación de cuatro paredes, me sentía enjaulado en algo más pequeño que eso.
Y no había motivos para estarlo.
Para el final de semana yo estaba participando más en los planes del asalto. Aunque por ahora Carlos y Fabián se estaban llevando toda la diversión. "Ellos necesitan ser entrenados, tu no." Había dicho Marcus.
Yo no quería estar en la casa, pero tampoco fuera de la casa. Estaba hecho un completo fastidio, que incluso mis compañeros me evitaban. Marcus asociaba mi mal humor a que me sentía inútil, y trataba de darme trabajos que hacer, pero la realidad era que yo mismo ya había terminado todo lo que me tocaba y ya no tenia otra cosa para concentrarme.
A principios de la siguiente semana, cuando el estrés en mi cabeza fue demasiado, saque a Peeta de la habitación a escondidas de todos.
Estaban muy concentrados en sus cosas que ni siquiera se dieron cuenta.
Lo llevé amordazado y sin que viera hasta una de las bodegas de mi padre. Muy lejos de la ciudad, entre el campo. Donde los arboles verdes reinaban y había un enorme granero y una casa pequeña.
Peeta se quedó maravillado, y aunque ninguno de los dos dijimos algo relevante durante el viaje, todo el día la pasé junto a el, con mi arma apuntándole.
Se recostó en el pasto, jugo con la pelota, comió moras de un árbol, caminó muchísimo por todos lados, inspeccionó la casa; se quedó quieto, amordazado, y callado mientras yo preparaba carne asada y pollo, y cuando la comida estuvo lista y yo pude de nuevo sostener el arma, lo solté.
Sabía en mi interior que no era necesario tener el arma apuntándole en todo momento, pero no quería que el supiera que no me preocupaba.
Por la noche, ya en la ciudad y antes de dormirnos, dijo con voz suave:
-Gracias –suspire y quede dormido al instante.
Esa noche fue diferente a las demás.
Esa noche se volvió a recostar sobre mi torso desnudo y dormimos así hasta que amaneció.
Noté como se despertaba, desconcertado y moviéndose con cuidado para no despertarme. Pero yo solo fingí seguir durmiendo.
Se quejo en voz baja con algo como "¿Cómo rayos llegue a sus brazos?" y después se metió en el baño.
Aproveché para salir y vestirme.
Regreso con un platillo de Hotcakes y chocolate con leche que había comprado anoche cuando regresamos y lo dejo en la mesita de noche.
Peeta sale de la ducha sin playera y con su cuerpo húmedo.
-Lo siento –dice, cubriendo su torso con la playera gris-. Escuché que te habías salido pero no te escuché entrar.
-No importa. Traje tu desayuno.
-Gracias –dice.
Coloca la playera en el sofá y toma el bote con la malteada de chocolate y le da un sorbo.
-¿Todos los secuestrados tienen este tipo de comidas? –pregunta.
-No –respondo, sin nada más. Y no por que no quiera hablar, si no por que su torso desnudo no me deja concentrarme.
Los músculos se marcan ligeramente y un camino de vello dorado obscuro avanza desde su pecho, pasa por su ombligo, y se pierde en la pretina de su pantalón.
Entonces pierdo el control de mi cerebro de nuevo.
Camino hasta el, sin poder evitar colocar mis manos sobre su cintura desnuda y lo atraigo hacia mi.
Junto nuestros labios y acaricio todo lo que puedo de esta piel fresca, suave y húmeda.
-Ya no tengo el valor de estar separado de ti –murmuro, recargando mi frente sobre la suya-. Peeta, esto está muy mal, pero me eh enamorado de ti. Y bodi todo mi trabajo. Y bodi el trabajo de mis compañeros. Y ni siquiera puedo creer que sea verdad. Pero es insoportable. Es insoportable está… cosa en mi cabeza. Y ya no puedo vivir con esto.
Sus ojos azules examinan los míos, pero coloca sus manos sobre mi pecho y me aparta.
-Gale, escucha, me gusta que duermas conmigo por que me siento seguro, se que no dejarás que me hagan nada. Me gusta que me beses porque nunca antes nadie me había besado. Pero… pero esto está mal y tu lo has dicho. Yo… yo no puedo quererte. No podría querer nunca a alguien que me ah hecho tanto daño y… y sinceramente…. Quizá en realidad te odio –sus palabras hacen que la sangre abandone mi cuerpo. Me deja helado-. Te odio por quitarme mi libertad. Por tenerme aquí. No puedo con esto, Gale. No puedo sentir nada más por ti.
Asiento.
Y me largo del lugar.
No me doy cuenta que eh tomado las llaves de la moto hasta que el viento se quiebra ferozmente en mi pecho y mi rostro.
Nunca antes en mi vida había hablado de mis sentimientos y… y ahora que lo hacia recibía una bofetada. Una bofetada justa y merecida.
Y no quería volver a sentirla.
En este momento, no quería volver a verlo.
Dentro de mí se encontraba un sentimiento abrazador y profundo, que amenazaba por salir por mis ojos en forma de lágrimas.
Algo que jamás había sentido. Algo que me hacia sentirme el hombre mas débil del mundo.
No fue hasta que callo la nuche cuando detuve mi motocicleta.
Entre a la casa de Roxana, quien me mira desconcertada.
-Voy a tener visita en dos horas –me dice antes de tomarme entre sus brazos.
Como ya lo sabia, mis labios estaban prohibidos para ella, pero sus labios seguían curiosos en mi cuello y mi pecho.
Y lo único que hice y para lo que tenia cabeza fue quitarme el pantalón. Subir su corta falda y penetrarla fuertemente.
Pero aun y con esto, aun y cuando el sexo era lo único que lograba calmarme en momentos difíciles, no podía sacarme sus palabras de la cabeza. Y esto no funcionó.
Y tuve que salir de ella.
No terminé y no la dejé terminar, y se quedó enojada.
Pero no me importaba.
Subí a mi moto y me largue de nuevo. Deseando poder tener un lugar en donde desquitar todo este coraje.
Amaba sentir el viento rompiéndose en mi pecho, pero pronto tuve que detenerme a poner gasolina.
Esa noche no dormí en la casa.
Pasé la noche en un motel. Solo. Sin poder dormir.
Por la mañana, después de un café negro, tomo el valor para regresar a casa.
Aunque perdí medio día en el trayecto, tomando mas calles de las que debía y dando demasiadas vueltas, por fin regreso.
Dentro están Marcus, Carlos y Fabián.
-Por fin llegas –exclama Carlos.
-Estoy jodidamente muerto aquí –me quejo.
-El chico ah estado preguntando por ti desde ayer –me informa Fabián.
Me encojo de hombros.
-¿Por qué pregunta por ti? –inquiere Carlos.
-Porque soy la única persona que reconoce después de que pasé mas de una puta semana entera con el. Dándole comida y agua.
-No discutan –la voz de Marcus resuena seria y tranquila-. Chicos, estamos a pocos días de lograr nuestro mayor objetivo. Guardemos todo nuestro coraje para la misión.
Después de una larga mirada asesina entre Carlos y yo, Marcus vuelve a intervenir:
-Fabián, Carlos, tenemos cosas que hacer. Ya Gale puede hacerse cargo.
Lo miro, prácticamente matando sus planes con mi mirada.
-Es el último día –dice Marcus-. Solo hoy los necesito a ellos dos juntos, a partir de mañana podremos poner en marcha lo nuestro. Solo hoy.
Asiento, sin poder revertir los planes y dejando que se marchen.
Pienso en abandonar la casa en cuanto se marchen, pero recuerdo las palabras de Fabián: "Ha estado preguntando por ti."
Durante un rato me debato entre si pasar o no. Pero mi curiosidad termina ganando.
Cuando entro, Peeta se tensa en su cama, pero se relaja en cuanto me mira.
Su labio está inflamado y tiene un golpe en la quijada.
Lo miro lo suficiente como para darme cuenta, pero no tanto como para que crea que me importa.
Lo ignoro y camino hasta sentarme en el sofá, cómodamente. Aunque por dentro me hierva la sangre.
-Oye –me llama desde la cama-. Necesitaba hablar contigo.
Giro mi rostro para mirarlo. Inexpresivo.
Se pone de pie y se para frente a mí.
-¿Estas enojado? –pregunta.
Cierro mis ojos y recuesto mi cabeza en el brazo del sofá.
-Oye, tienes derecho a estar molesto conmigo. Yo estoy molesto conmigo –lo dejo continuar, sin enderezarme-. Lo dije mal. Lo dije muy mal antes. Y me arrepiento.
Un silencio se apodera de la habitación.
-Está bien, aunque no quieras prestarme atención vas a escucharme. Mira, estoy molesto, ¿Okay? No puedes ir por la vida secuestrando personas y después soltándoles que te enamoraste de ellas y esperes que te den un beso en los labios y un ramo de flores, ¿Okay?
Por más que me esfuerzo, no puedo evitar la sonrisa en mis labios.
Con sus palabras tan tontas obligo a mi cerebro a dejar atrás el ultimo rastro de orgullo que me queda y abro los ojos para mirarlo.
-El punto es Gale, que me tienes secuestrado. Que soy un humano y siento dolor. Y no quiero estar aquí. Y me desespero estando encerrado en una habitación. Y extraño a mi familia y mis amigos. Y seguro ellos lo están pasando mal. El punto es que no puedo sentir nada más por ustedes, Gale. Que no debo sentir si quiera compasión. Solo quiero que esto acabe.
Sigo mirándolo a los ojos. Sus ojos azules parecen brillar un poco más cada que habla.
Y aunque su labio inferior está ligeramente deformado por la hinchazón, es hermoso.
-Pero… pero nada sale como yo quiero que salga –masculla, bajando la cabeza-. Por alguna razón yo siento esto en mi pecho cuando estoy contigo. Y… y por mas que no quiera sentirlo… ahí esta.
Por fin mi cerebro entiende lo que quería entender. Mis oídos escuchan lo que querían escuchar y mi corazón siente lo que quería sentir.
-Ven aquí –le llamo, haciendo que se siente junto a mí.
Tomo sus manos entre las mías y no hablo hasta que sus ojos encuentran los míos.
-Lo siento –digo-. Solo estabas en el lugar y momento equivocado. No quiero hacerte daño.
-Lo estas haciendo –admite, bajando la mirada y presionando mis manos ligeramente-. Pero puedes dejar de hacerlo. Puedes dejarme libre.
-No puedo hacer eso –replico con firmeza-. Si… si yo estuviera solo ya no estarías aquí, pero no estoy solo. Y siento mas seguridad si te tengo cerca que si te dejo libre. Ni Carlos ni Fabián usan bien su cerebro, y digamos que les has dado molestias desde que te tenemos con nosotros. Querrán desquitarse. Y no puedo permitirlo.
-Si, eso ya me quedó claro.
Llevo mi mano izquierda hasta su quijada, colocándola en donde está el golpe. Y con mi dedo índice derecho acaricio su labio inflamado.
-¿Te duele? –pregunto.
-Ya no tanto. Se siente bien cuando tú lo tocas.
Sigo acariciando su mejilla y su labio. Y entonces, muy lentamente y con cuidado, me inclino para besarlo.
Muevo lo mas despacio que puedo mis labios entre los suyos para no lastimarlo y me separo de el.
Lo miro a los ojos y esboza una amplia sonrisa.
-No se como hemos llegado a esto. Pero seguro que si alguien se entera, se moriría de risa.
-Ni lo dudes –acepto.
Esto es de locos.
-Pronto terminará todo esto, Peeta. Solo una semana mas, tendremos nuestro dinero, y te dejaremos libre.
Se queda callado y después de sonreír con tristeza dice:
-No importa, de todas formas, si llego a salir de aquí…
-Cuando salgas de aquí –lo corrijo.
-Bien, cuando salga de aquí… no tendré a donde ir. Está bien tener todo este tiempo para pensar.
-¿Cómo que no tendrás a donde ir? Tienes a tu familia y…
-¿Mi familia? ¿El cobarde de mi padre quien no ha dado la cara hasta ahora? ¿O mi hermano quien probablemente ya se resignó a haberme perdido? De todas formas, nunca nos consideramos una familia.
-No te preocupes por ello, lo ves así ahora por que crees no tener salida. Pero cuando salgas de aquí, todo quedará atrás. Te libraras de nosotros para siempre.
Después de una larga mirada murmura:
-No se si quiero librarme de ti.
Bajando la mirada acaricia la palma de mis manos y mis dedos con sus pequeñas manos.
-Si quieres. –digo-. Quedaré solo como una pesadilla en tu mente. Una pesadilla que se olvidará con el tiempo.
Niega con su cabeza.
-Oye –lo llamo, haciendo que me mire-. Lo siento. Lo siento mucho.
Esboza una muy ligera sonrisa y se recuesta en el sofá, sobre mi cuerpo.
El reloj marca la una y media de la tarde.
-¿Tienes hambre? –pregunto.
-Si.
-¿Te gustaría comer en el campo? En la bodega de mi padre…
-Si –responde al instante, enderezándose-. ¿ME llevarías de nuevo?
-Claro –le digo, poniéndome de pie.
-Voy a preparar las cosas.
"Preparar las cosas" quiere decir las mordazas, las esposas y las armas.
Peeta se recuesta en silencio en los asientos traseros. Prometió que no emitiría ningún sonido si no le ponía la mordaza en la boca. Acepté.
Llegamos a la bodega, lo que mas me gusta de este lugar es que tiene tantos arboles que en un momento podría llegar a ser claustrofóbico. Y si no conoces bien, no sabes cual camino te lleva a la carretera.
Bajo del coche y ayudo a Peeta a bajar.
Le quito las esposas y por ultimo le devuelvo la vista.
Lo primero que hace es inhalar profundamente.
-¿Te gusta mucho este lugar? –me pregunta, caminando por el pasto seco que lleva a la pequeña casa.
Sujeto mi arma, sin cuidado, no me preocupa que intente hacer una estupidez.
-No –respondo. Era verdad. Este lugar me traía malos recuerdos.
No era la primera vez que una victima venía a esta bodega. Pero si era la primera vez en que la victima hablaba y tenia permitido andar "libre" por el lugar.
-¿Y por que me trajiste aquí?
-Porque es un lugar donde puedes estirarte un rato y no corro peligro de que hagas una estupidez. Estamos lo suficientemente alejados de la civilización que nadie escucharía tus gritos. Y si llegaras a escapar, terminarías perdido en el bosque.
-Valla –suspira-. Y yo que pensé que esto era… romántico.
Esbozo una sonrisa.
A veces no se si solo bromea, o de verdad su cerebro es capaz de ocurrírsele cosas tan idiotas.
Lo peor es que me gusta.
Camina hasta el campo frontal a la pequeña casa, del otro lado de la gran bodega. El pasto de aquí es verde.
Cruza el campo y llega hasta la bodega. Yo detrás de el.
En la puerta del lugar hay un gran tractor color verde, por un momento creí que eso le había llamado la atención a Peeta, pero no. Toma el balón de Basquetbol que estaba dentro, sobre una repisa y después se dirige al costado de la bodega, en donde hay una vieja canasta y un piso de concreto lo suficientemente grande para servir como una verdadera cancha profesional de baloncesto.
Hace el primer tiro y encesta.
-¿Jugamos? –le pregunto.
Se encoje de hombros y me lanza el balón.
Su mirada "asesina" me saca una sonrisa.
Dejo caer el arma en el suelo, antes le quito los cartuchos y los guardo en mis bolsas.
Por un momento creí que un chico tan pequeño no sabría manejar un balón.
Pero es mucho más veloz que yo y por primera vez alguien puede darme guerra en el baloncesto.
-Juegas bien –le digo cuando estoy demasiado cansado y sudado para continuar.
-Tu altura te favorece, pero eres torpe –dice.
Tomo el arma del suelo y le doy un codazo, creo que demasiado fuerte.
-Debo tomar una ducha –le digo cuando me percato de lo adherida que esta mi playera a mi torso por el sudor.
-Yo también –dice el.
-Solo hay un baño en la casa, vamos. Antes de que se haga más tarde.
El sol aun brillaba en el horizonte, amenazando con ocultarse por fin.
El trayecto a la ciudad era de alrededor dos horas, y probablemente pronto regresarían todos a casa y no nos encontrarán.
En la pequeña casa de concreto había solo tres habitaciones: Una cocina, sala y un cuarto para dormir, ahí estaba el baño.
Todo tenia servicio y estaba, si no en buenas condiciones, al menos funcionando.
Me quito la playera húmeda en cuanto entramos al baño y me recargo en la pared.
-¿Qué? –pregunto cuando me percato de la mirada de Peeta.
-¿No te vas a bañar? –inquiere.
-Tu primero –ordeno. Tomando el arma con mis dos manos.
Asiente. Se quita la playera y coloca sus manos sobre su pretina.
-Rápido –ordeno-. Aquí cortan el agua por las tardes.
Asiente de nuevo y me da la espalda.
-Oye, pensé que… que podríamos bañarnos juntos –masculla, ruborizándose.
Su rubor me hace sonreír.
-¿Estas bromeando? –pregunto.
-No –responde, elevando la mirada-. Quiero decir, ambos somos hombres. No tengo nada que no hayas visto antes. Y bueno, podríamos apresurarnos y el baño es bastante grande y…
-Hazte a un lado –le ordeno, silenciando sus comentarios absurdos y nerviosos.
Dejo caer mis pantalones con facilidad y con ligeros movimientos me deshago de mi ropa interior.
Giro la llave del agua y las gotas caen feroces sobre mi pecho. Frescas y relajantes.
Cierro mis ojos, meto la cabeza dentro y dejo que el agua humedezca mi cabello.
-¿No piensas entrar?- le pregunto cuando tomo la barra de jabón y me aparto del agua.
El rubor de Peeta desaparece en cuanto sus manos entran en el agua.
-No piensas ducharte vestido, ¿Verdad? –pregunto, colocando jabón en mi cabello y frotándolo. Siento la espuma bajando por mi frente y cierro los ojos.
Escucho como el chico se quita sus últimas prendas y como el agua se rompe sobre su cuerpo.
-Toma –le entrego la barra de jabón y entro en el agua con los ojos cerrados.
Dejo que el agua se lleve la espuma de jabón y abro los ojos cuando me libero de ella.
Peeta está en la esquina a mi derecha, frotando su cabello rubio y largo con sus manos blancas.
El cuerpo del chico no es para nada delicado. Su masculinidad se demuestra en todas partes de su cuerpo. Su pecho tornado, su abdomen ligeramente marcado, sus brazos anchos y sus piernas gruesas. Tanto su torso como sus piernas tienen el adorno común en los hombres, un vello obscuro dorado que se extiende en todas sus zonas, masculinizando su esplendor.
Tengo que concentrarme demasiado en que no se me forme una erección. Mi miembro amenaza con endurecer y crecer y está libre y eso no es bueno.
Es patético que tengo que pensar en una vaca comiendo pasto para que no se me ponga dura.
No se si Peeta sienta lo mismo que yo, pero el puede controlarlo bien.
Su miembro se mueve con cada uno de sus movimientos. Tiene el tamaño ideal para su cuerpo y un rico color.
No Gale. No lo mires.
Concéntrate.
Vacas comiendo pasto.
Vacas comiendo pasto.
Vacas comiendo pasto.
Fue la ducha mas incomoda que haya tenido en mi vida.
Cuando terminamos caminamos ambos con solo una toalla anudada a nuestra cintura.
En el pequeño closet hay ropa mía.
Mi padre me enseñó a tener ropa limpia en todos lados, nunca sabes cuando vas a terminar lleno de sangre, y la mancha de sangre es muy difícil de quitar, así que si tienes sangre de una victima, quema la ropa y ponte nueva.
Entro en un pantalón sin ropa interior y me pongo una playera negra.
Busco ropa para Peeta, pero todo es enorme.
Encuentro un pants con elástico y una playera no tan grande.
Aun así que da nadando en el atuendo.
-Tenemos que irnos –le digo en cuanto miro por la ventana la puesta de sol.
-Okay –dice.
Coloco las esposas, la mordaza en los ojos y nos subimos al coche.
Esta vez se sienta de copiloto.
Llevamos una hora en carretera cuando recibo la llamada de Marcus.
-¡¿En donde estas?! –grita.
-Tranquilo, ya voy para allá –lo tranquilizo-. Tenía cosas que hacer y me traje al chico conmigo.
-¿Te llevaste al chico?
-No iba a dejarlo solo. No sabia cuando regresaría y ustedes ni siquiera estaban cerca.
-¿Qué es tan importante?
-Ya nada. Tranquilo, tiene cloroformo.
-Bien, date prisa.
Y cuelga.
En resto del viaje lo pasamos en silencio.
Cuando nos acercamos a la casa, lo miro y le digo:
-Lo siento, pero voy a tener que poner cloroformo. Les eh dicho que venias dormido.
-Está bien, en realidad, quiero descansar un poco –sonríe.
Saco las cosas y en cinco segundos Peeta queda dormido.
Lo cargo en mis brazos y entro en la casa.
Fabián, Carlos y Marcus se quedan mirándome sin levantarse para ayudarme.
Recuesto a Peeta en la cama y le doy un beso en la quijada.
-¿Para que soy bueno? –les pregunto.
-Necesitamos poner ya todas las cartas sobre la mesa –dice Marcus-. Alístate, nos queda menos de una semana. El plan tiene que estar completamente listo.
Asiento.
Me pongo ropa limpia y me uno a ellos.
-Hoy no dormiremos aquí –me avisa Marcus.
-¿Y el chico? –pregunto.
-Se las puede arreglar para pasar una noche solo. Además, habías dicho que es imposible que se escape –suelta Carlos.
Lo fulmino con la mirada.
-Bien, solo tengo que ir por mi teléfono –miento. Y me dirijo a la habitación de Peeta.
No está a la vista, pero escucho movimiento en el baño, la cantidad de cloroformo y el tiempo que lo sostuve junto a su nariz solo sirvió para dormirlo unos minutos.
Espero un momento hasta que sale y se asusta ligeramente cuando me mira.
-Deberías aprender a avisar que estás aquí –se queja.
-Lo siento. Oye, voy a dormir fuera esta noche. No habrá nadie en la casa.
Se queda mirándome sin emitir sonido alguno.
-¿Está bien?
-Si, si –dice por fin-. No te preocupes.
-Bien. ¿Tienes hambre? ¿Quieres que consiga algo para que comas?
-No, no en realidad, estoy bien. Gracias.
-Okay.
-Oye… ¿Tendrás mas cloroformo? Hubiera preferido dormir toda la noche, pero ya no causa el mismo efecto en mí.
-No puedes ponerte cloroformo para dormir.
-Por favor, solo así puedo lograrlo si…
-¿Si que?
Baja la mirada.
-Olvídalo. No es importante, ve, estaré bien.
Pasó por mi mente dejar el bote de cloroformo, pero mi sentido común me decía que no lo hiciera. Así que lo cerré y Salí de la habitación.
-¿no encontrabas el teléfono? –me pregunta Carlos en cuanto entro.
-El chico estaba despierto –digo rápidamente, agitando el bote de cloroformo en mi mano-. Lo puse a dormir.
-Excelente. Larguémonos de aquí.
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