Lamento mucho mucho la tardanza pero y a está aqui, el final se acerca, espero les guste este capitulo.

Mucho Lemmon y relaciones sexuales explicitas, si no tienen la mente abierta no lean!

Besos:*


Llegamos en plena noche a la bodega, no sirvió de nada porque Marcus estaba demasiado cansado como para trabajar y prefirió dormir. Así que todos lo hicimos. O al menos yo, lo intente. Pero no pude. Solo podía pensar en que Peeta podría despertar y yo no estaría ahí. Y el no dormiría. Y yo no dormiría. Y yo no puedo dormir ahora. Llegar desde ahorita fue una perdida de tiempo. Pude haber pasado la noche con Peeta y venir hasta la mañana.

Por que no es si no hasta las 10 de la mañana cuando por fin ponemos manos a la obra.

Aunque Marcus creía que yo estaba ansioso por tener algo que hacer, hizo todo demasiado rápido. La mayoría de las cosas ya estaban en mi cabeza e iba un paso delante de ellos. Mi cabeza siempre pensaba demasiado bien las cosas, y a la gente le terminaba gustando lo que yo decía.

Por eso, cuando Marcus habla conmigo sobre dejarlos solos estos últimos días, no me opongo.

-Es que contigo no necesito estudiar nada, Gale. Ya lo sabes todo, es como si tú y yo tuviéramos el mismo cerebro, actuamos al mismo tiempo y somos con dos extremidades manejadas por un mismo hemisferio –dijo-. Pero Fabián y Carlos… necesito entrenarlos muy bien. Un error de ellos nos podría costar la vida a todos. Sabes que no me molesta que andes por aquí, pero soy consiente de la situación entre ustedes. El ambiente es tenso, ni tú estas a gusto con ellos dos a los lados ni ellos contigo. Somos un gran equipo, pero no están a gusto. Y ahora lo que mas necesito es que ellos estén concentrados. Y tu… bueno, no te digo que seas la niñera del chico, puede arreglárselas solo. Pero si necesitas tiempo para ti, tu propio entrenamiento o lo que sea, eres libre de hacerlo. Solo te pido que seas paciente.

-No hay problema, en realidad –respondo, tratando de darle tranquilidad-. Claramente yo no quiero que estos… lo arruinen. Pero no tengo la paciencia que tú tienes. Así que, si me pides que me marche, estarías haciéndome un gran favor.

-Bien Gale, entonces, concéntrate. Estamos a menos de una semana de lograrlo.

-No te preocupes por mi, se que es lo que tengo que hacer.

-No, no me preocupo.

-Bien.

Palmea mi hombro y se marcha.

Eso quiere decir que puedo regresar a casa.

Estoy animado, no se por que.

Quizá sea el hecho de que en poco tiempo voy a hacer mi mayor movimiento.

Aun no eh pensado que haré con el dinero, y es que no quiero ni siquiera pensar en cuanto voy a tener, por que puede pasar cualquier cosa.

En cuanto mis manos toquen ese dinero, comenzaré a hacer planes.

Antes de llegar a casa paso por un Wings Stop y ordeno cincuenta alitas de diferentes salsas. Dos refrescos y un te, por que no se si a Peeta le guste el refresco.

Llegando a casa pongo todo en la mesa y entro en la habitación.

Peeta está de pie, evaluando la pared.

-¿Qué haces? –le pregunto cuando me doy cuenta que no me prestó atención.

-Trato de averiguar que podría dibujar ahí.

-¿En la pared?

-Así es. ¿Te molestaría si hago un dibujo?

-No… no lo creo. ¿Tienes hambre?

-Un poco, si –responde.

Son las seis de la tarde y no ah comido nada.

-Traje Alitas de Wings Stop, ¿Te gustan?

-Por supuesto que si –su mirada brilla de emoción.

-bien, entonces traeré las cosas para comer juntos.

-Oye –me llama antes de que salga por la puerta-. Eh estado pensando en como decírtelo y en realidad no encuentro una buena manera de hacerlo…

-¿Qué pasa? Solo dilo.

-Si, bueno, se que no debo pedir nada, y suficiente es con que me tengas encerrado en esta habitación, digo, evaluando la situación. Pero estoy de verdad desesperado y aburrido y si pudieras… prestarme una televisión, eso seria estupendo.

-¿Te gustaría salir a la sala y mirar la televisión ahí?

-¿De verdad?

Me encojo de hombros.

-No hay nadie, y dudo mucho que vengan pronto.

-Pues…

-Solo promete que no harás ninguna idiotez. Ya sobreviviste unas semanas como para que termines muerto en mi sala. Además, la alfombra es cara.

Sonríe.

De esa manera en que hace que mi corazón se acelere.

Lo saco de la habitación sin ninguna vacilación y me percato de su mirada curiosa alrededor de la casa.

-Pensé que estaríamos en una pocilga –murmura.

-Nop, era la casa de mi padre –digo, sentándome en la mesa, sacando la comida.

Le entrego el control remoto de la televisión frente a nosotros y se sienta junto a mí.

Ordeno los platos y le entrego el suyo a Peeta.

-¿Refresco o te? –le pregunto.

-Te, si se puede –dice el.

-Claro, no sabia si querrías refresco o Te así que traje los dos.

-Gracias.

Y baja la cabeza.

Terminamos de comer en silencio y Peeta duda durante un gran rato en si puede sentarse en la sala o no.

Lo conduzco yo mismo hasta ahí y ambos nos sentamos en el mismo sofá.

Recuesto mi cabeza en el respaldo y cierro mis ojos.

Solo escucho a Peeta cambiar de canal, lo deja en algún durante un rato, y vuelve a cambiar.

-No puedo creer que me perdí el lanzamiento de Obscuridad –murmura para si mismo.

-Lamento haberte secuestrado, debí haber esperado hasta que se lanzara esa cosa –murmuro, sin ganas en realidad.

Siento su mirada sobre mí, pero no abro los ojos.

-Estuve esperando ese libro durante un año entero –se queja-. En fin, ojala logre leerlo.

-Lo harás. Ya te dije que en cuanto todos tengamos el dinero nos vamos a largar de aquí y podrás irte a donde te plazca.

Se queda callado y sigue cambiando los canales.

Lo deja en las noticias y le presta atención.

Para cuando cae la noche por lo menos eh comido unas tres veces alitas y seguimos viendo la televisión.

Debería estar aburrido, pero no lo estoy.

El noticiero nocturno termina y Peeta apaga el aparato rápidamente.

-¿Qué? –le pregunto en cuanto se gira a mirarme.

-El hijo de un jefe de gobierno está secuestrado y ni siquiera han pasado un anuncio en la televisión –murmura-. Siempre supe que era dispensable en la vida de papá, pero no me imagine que a este grado.

-Tiene miedo –le digo, tratando de animarlo-. Tiene miedo de cómo reaccionaria la gente, un jefe de gobierno, encargado de la seguridad, con un hijo secuestrado… ¿No peligra su puesto?

-¿Y? Sigo estando encerrado aquí. Ni siquiera te ah dado dinero.

-Igual, no es como que lo hayamos presionado mucho.

-¡Pero no tenían que presionarlo nada! ¡Puede pagar el puñetero rescate!

Me sobresalto con la palabra que sale de sus labios.

Es tan extraño oírlo decir una grosería.

-Quiero ir a dormir –dice.

-Bien, pensé que no lo dirías nunca.

-Oblígame, de todas formas, si tanto sueño tienes.

Lo fulmino con la mirada, pero a este grado es imposible molestarme en serio con el.

Caminamos hasta la habitación, se mete a la cama y hago como que me marcho.

-¡Oye! –grita.

-¿Qué quieres? –respondo, con una molestia fingida.

-¿No vas a dormir aquí?

-¿Por qué rayos quieres que duerma siempre contigo?

Sus ojos se entrecierran y se recuesta en la cama.

-Bien –cierra los ojos y me ignora.

Me quedo mirándolo un momento, en realidad no pensé que fuera esa su reacción.

Voy a salir de la habitación, me daré una ducha y después regresaré, solo para que no se note que me urge meterme a la cama y necesito que el este ahí para poder dormir a gusto.

Cuando estoy a punto de cerrar la puerta el grito de Peeta me hace regresar, con una velocidad alarmante.

-¡Gale!

-¿Qué rayos? –pregunto, molesto, por haberme espantado de esa manera.

Gira sus ojos, frustrado.

-¿Puedes dormir aquí por favor? –suplica.

Esbozo una sonrisa y su mirada se vuelve letal.

Quito los cartuchos del arma y después me despido de las prendas grandes sobre mi, quedando únicamente en calzoncillos.

-¿Qué? –Le pregunto cuando me percato de su mirada-. Si voy a dormir en una cama prefiero hacerlo con comodidad –y tu cuerpo se siente de maravilla cuando toca mi piel desnuda.

Puedes esperar encontrar atracción en cualquier lado, puede estar preparado para encontrar a esa persona en cualquier lugar, y aun así, cuando lo haces, te sorprendes. Y es increíble la manera tan veloz en que caes en el abismo.

Esa noche, consiente o inconscientemente, Peeta duerme sobre mi cuerpo.

Y la noche siguiente. Y la siguiente.

Los días pasan volando cuando estoy con el.

Aunque apenas somos capases de tener una conversación, pero simplemente estando a su lado, es uno de esos momentos que no quieres que acaben nunca, pero por lo mismo, terminan demasiado rápido. Mi único consuelo por ahora, es que cuando despierto el está ahí, y por las noches se va a dormir conmigo.

No necesito estar concentrado en lo que estamos a punto de hacer, yo no lo necesito. Se exactamente como actuar y que hacer en caso de alguna contingencia. Esa parte de mi cerebro que hace planes y analiza las situaciones sin que yo este concentrado en eso sigue funcionando.

Pero aun así, estando a un día de nuestro movimiento, me siento nervioso.

-¿Qué te pasa? –preguntó Peeta cuando no pude estar demasiado tiempo sentado en el sofá de la sala.

-En estos momentos Fabián está descomponiendo las tuberías del baño. Si todo sale como queremos, mañana por la mañana llamaran a la agencia de plomeros. Y todo comenzará.

-Parece que les gustó mi idea de las tuberías –dice, orgulloso.

-Se me había ocurrido a mi aunque tu no lo hubieras dicho –replico.

Me da un manotazo en el hombro y me hace soltar una risa.

Estoy demasiado nervioso como para regresarle el golpe.

En estos últimos días la relación que ah surgido entre este chico y yo es tan reprobatoria que si mi padre o mis compañeros la vieran, ambos estaríamos muertos.

Pero es que después de dormir tantas noches juntos, después de que estas ultimas veces durmiera abrazado a mi, después de besarlo, después de ducharnos juntos mas de una vez y después de terminar aceptando que siento atracción a el, es inevitable mi comportamiento.

Y se que en pocos días ambos tomaremos caminos separados y jamás voy a volver a verlo. Pero así tiene que ser, el regresará a su vida y yo a la mía. Y no es que no me entristezca la idea, pero estoy preparado para eso. De todas formas, cualquier otro camino sería imposible y en lugar de deprimirme, disfruto estos últimos momentos con el chico que me enseñó que puedo seguir viviendo aunque me encuentre en una situación de vida horrible.

-¿Qué harás con tanto dinero? –me pregunta.

-No lo se –respondo -. No haré planes hasta que tenga todo en manos.

Se encoje de hombros.

-Digamos que, hipotéticamente, tendrás mucho dinero por cometer un crimen. ¿Qué harías con ese dinero?

Analizo un poco sus palabras.

-Bueno, hipotéticamente, me largaría del país.

-¿Y a donde irías? Hipotéticamente.

-Londres. Sin dudarlo.

Eleva sus cejas.

-Algún día yo también iré a Londres.

-¿Hipotéticamente?

-No –niega con su cabeza-. Literal.

Sonrío.

Recibo una llamada y respondo al instante. Peeta presta atención.

-Ya está todo listo –anuncia Marcus-. Desde mañana por la mañana Carlos estará interviniendo las llamadas del banco, estate al pendiente, en cuanto tomen el camión de plomería, nosotros entramos a la Subsecretaria.

-Bien.

Y la llamada finaliza.

Todo está listo.

Los gafetes falsos están listos, yo tengo el traje que llevaré guardado en el closet. El coche está listo. Las explosiones están listas.

No hay mucha seguridad en el edificio, así que será fácil ingresar.

Todo el plan se transmite en mi cabeza una y otra ves.

-¿Quieres ir a dormir? –me pregunta Peeta, y me percato de mis ojos cerrados.

-No creo poder dormir esta noche –admito.

-Entonces… ¿Te importaría acompañarme? Necesito cerrar los ojos un rato.

-Okay –acepto.

Entramos en la habitación y cierro la puerta.

Peeta se alista para acostarse y yo apenas puedo mantener mi cuerpo quieto.

-Ven –me pide, palmeando el espacio vacio a su lado.

Me quito los pantalones y la playera y entro en la cama.

-¿Por la mañana, cuando te vallas, podrías ponerme cloroformo?

-No –respondo fríamente.

-No voy a poder estar tranquilo sabiendo lo que están cocinando afuera.

Niego con la cabeza.

-Voy a… -las palabras se traban antes de salir de mi boca. Carraspeo-. Voy a dejar un mensaje a mi hermanastra –digo-. Si dentro de dos días no le llamo, vendrá a la casa por ti.

Peeta coloca su pequeño dedo sobre mis labios, silenciándome.

-Eres muy inteligente, no creo que no lo logres –murmura-. Además, me prometiste que me soltarías frente a la plaza central.

-Si. Lo hice. –no se lo digo, pero soy consiente del grado de peligro en que estamos.

Peeta recuesta su cabeza entre mi mentón y mi pecho y suspira.

El aliento del chico estrellándose contra mi piel desnuda me provoca un estremecimiento.

-Peeta –mascullo.

-¿Si?

-Veras, mi hermanastra, Annie, es una buena personas. Ella no sabe nada de esto… para ella soy un héroe. Podrías… bueno, yo no estoy en posición de pedirte favores, pero… cuando la mires, ¿Podrías decirle cosas buenas sobre mí? ¿Podrías mentir por mí?

Siento como su cuerpo se aferra ligeramente al mío y después responde:

-Gale, eres una buena persona. No tendría que mentir por eso. Pero no va a pasar, ¿Okay? Nos veremos en poco tiempo. Trata de dormir, tienes la cabeza en cosas que no son.

Me desea buenas noches y se recuesta boca abajo, de espaldas a mí.

Me doy media vuelta y lo miro, bajo la tenue luz de la lámpara.

Suspiro.

Es hermoso. Su piel es hermosa, en esta posición puedo ver todos los trazos de su espalda, sus músculos resaltando por las sombras que la luz brinda sobre su cuerpo.

Su espalda está llena de lunares.

Sin poder evitarlo mi dedo comienza a acariciar su espalda. Peeta da un respingo, pero no se queja.

Muevo mi dedo desde su cintura hasta su cuello, por toda su columna vertebral, siguiendo los trazos de los músculos en su omoplato y acariciando la piel llena de lunares.

Su espalda es muy suave y fresca, me pregunto como se sentirá bajo la piel de mis labios.

No puedo resistirlo, así que coloco mis labios en su omoplato. Sabe delicioso, huele delicioso y se siente mucho mejor.

Acaricio su espalda por completo con mis labios, besándolo, sintiéndolo. Su respiración es agitada.

Subo hasta su cuello y comienzo a besarlo, Peeta se desespera, da media vuelta y comienza a besarme con demasiada urgencia.

Nuestros labios son casi feroces. Nuestras lenguas tratan de entrar en la boca del otro.

Sus manos sujetan mi espalda con tanta fuerza que me lastima, pero quiero que lo siga haciendo.

No es la primera noche que se acuesta sin playera, pero es la primera noche que puedo disfrutar de su torso desnudo.

Su pecho y su abdomen pegado al mío y mis manos acariciando sus costillas, sujetándolo con fuerzas.

Giro en la cama y lo coloco sobre mí.

En este punto no se lo que es correcto o no, solo se que no puedo detenerme, y Peeta parece que tampoco.

Sin bacilar me ayuda a quitarle el pantalón y cae de nuevo sobre mi.

Su miembro sobre el mío, aunque estén divididos por nuestra ropa interior, se siente magnifico.

Le ayudo a girar para que quede de espaldas a mí. Coloco mi cuerpo sobre el suyo. Paso mis brazos por su torso, abrasándolo. Sus manos se envuelven a mis muñecas. Su espalda contra mi pecho, sus glúteos contra mi miembro.

Beso su cuello y su oído, su mandíbula, sus labios.

No tengo tiempo de nada, ahora mismo solo quiero hacerlo mío. Quiero tenerlo para mí. Quiero acabar. Ya quiero acabar.

Acaricio su abdomen y sus manos siguen sujeta s a mis muñecas.

Con un ágil movimiento con mis manos y mis piernas me deshago de mi ropa interior, y lo primero que hago es bajar la parte trasera de la de Peeta.

Su garganta y la mía gimen en cuanto mi miembro desnudo y cálido se junta con brusquedad con sus glúteos.

-Quítatela –le pido, incapaz de separar mis labios de su cuello.

Me hace caso. Y retira su última prenda.

Solo quiero que todas las partes de nuestros cuerpos se toquen.

Nunca había deseado algo así como deseo estar dentro de el.

-¿Lo has hecho antes? –me obligo a preguntarle en cuanto mi miembro me implora por terminar.

-No –responde jadeando.

Mi respiración se corta y trato de hacer que mi mente respire.

-¿Quieres hacerlo? –pregunto.

-Si es… la última noche contigo, no me imagino querer hacer otra cosa –dice.

Gira su rostro para poder besarme, coloco mis manos sobre sus caderas y lo acerco a mí, haciendo que la piel de mi erección se friccione y una punzada de placer me inunde.

No puedo resistirlo más.

Me recuesto sobre el, poniendo todo mi peso en su cuerpo y haciendo que quede boca abajo.

Beso su espalda, beso su columna vertebral y regreso a su cuello.

Paso uno de mis brazos debajo de el, sujetando su cuello con mi antebrazo y su hombro con mi mano. Peeta aferra ambas manos a mi antebrazo.

Con mi mano libre separo sus glúteos y coloco mi erección en posición para entrar en el.

Comienzo a entrar muy lentamente, una para facilitarle las cosas a Peeta y otra por que el placer que siento es tan intenso y no quiero terminar en estos momentos.

Cuando estoy ligeramente dentro de el llevo mi mano libre hasta la suya y coloco mi palma sobre ella. Entrelazamos los dedos y me sujeta con fuerza.

Ambas manos se aprietan mientras mas entro.

Se escapa un gemido de sus labios cuando por fin quedo dentro completamente. Con mi pubis pegando en sus glúteos y mis testículos rosando su piel suave.

Mis dedos se engarrotan, tanto en mis pies como en mis manos.

Peeta gime en cuanto doy la primera embestida lentamente. Y el sonido de su voz es exquisito.

Paso mi mano bajo su cuerpo y sujeto su erección con delicadeza. Se siente grande y cálida en mi palma.

Beso su cuello y comienzo a moverme muy lentamente.

Con el paso del tiempo mi cuerpo me exige más fricción y lo único que deseo es poder llegar al orgasmo lo mas rápido que se pueda.

Peeta llega al orgasmo antes que yo, siento su miembro palpitar en mi mano y varios gemidos sonoros salen de su garganta.

Los espasmos recorren todo su cuerpo, por lo que mi erección queda vibrante con tal sensación y no tardo ni cinco segundos después de el en llegar al orgasmo.

Es tan intenso que juro que mi vista se perdió durante varios segundos.

Me tiro sobre su espalda, con sus manos aferradas a mi antebrazo aun.

Dejo de acariciar su miembro y limpio mi mano en mi ropa interior antes de sujetar la de Peeta. No salgo de el aun, por que la sensación sigue siendo exquisita, y estando dentro de el es como si fuera mío para siempre.

Beso su cuello lentamente y su cuerpo se estremece en un espasmo de placer.

Recuesto mi mejilla en su cabeza y dejo que nuestro calor corporal siga compartiéndose.

Mi erección ah desaparecido, pero mi miembro sigue dentro del chico. Y no quiero salir.

No se cuanto tiempo pasamos así, pero pasan minutos enteros, lo se, lo siento. Y no quiero separarme de el.

Comienzo a salir lentamente cuando sus labios se juntan a los míos y necesitamos adquirir una nueva posición.

Sus labios se tensan cuando por fin salgo.

Se recuesta sobre mi cuerpo y sigue besándome.

Sus labios, sus manos, el contacto de su miembro contra el mío, su calor, su lengua, sus caricias; todo eso obliga a mi cuerpo a reaccionar. Se forma otra erección en mi miembro y mientras mas los frotamos Peeta también va adquiriéndola.

No nos cambios de posición, Peeta sobre mi cuerpo, rosando nuestras pieles y nuestros labios unidos.

Minutos después vuelvo a tener un orgasmo. De nuevo mis dedos se engarrotan y mis labios se aprietan entre los de Peeta. Es increíble la sensación de tener esta piel tan cálida y suave sobre mí.

Peeta sigue frotando su erección contra la mía, que sigue dándome espasmos de placer después del orgasmo. Poco después siento como Peeta se viene sobre mi cuerpo y se derrumba en mi pecho.

Lo abrazo. Con mucha fuerza.

No se cuanto tiempo pasa, si fue mucho o poco, pero estoy quedando dormido. Con un chico desnudo sobre mi cuerpo, también desnudo.

-Oye –murmuro, agotado.

-¿Si? –pregunta en un susurro.

-¿Quieres bañarte conmigo?

Asiente.

Esbozo una sonrisa y ambos nos ponemos de pie.

Toma mi mano y juntos caminamos hasta el baño.

-¿Juntos? –le pregunto.

-Si no te molesta.

-En lo absoluto –aseguro.

Abro la llave y dejo que el agua caiga sobre nosotros.

Ahora no nos importa si ambos estamos bajo el agua, o si nuestros cuerpos se rosan.

Lavo mi cabello un par de veces y después ayudo a Peeta a tallarse la espalda, no lo necesitaba, pero la sensación es exquisita.

No se como terminamos así, pero estamos besándonos de nuevo.

Su cuerpo húmedo y desnudo rosa con el mío.

La desesperación por parte de ambos es muy notoria.

Solo necesito tenerlo en todas las maneras posibles.

Me recarga con agresividad contra la pared y me estremezco por el contacto frio.

Sigue besándome y poco a poco va apoyando su cuerpo y haciendo que caiga lentamente, recargado en la pared.

Termino sentado en el suelo, con el chico besándome y apoyándose en mi hombro.

El se sienta sobre mí, pero no solo se sienta sobre mi, si no que sujeta mi erección y se sienta sobre ella, lentamente, dejándome entrar en el de nuevo.

No puedo creerlo. Una tercera vez. Y es que no tengo ganas de dejar de hacerlo. Podría hacerlo toda la noche. Una y otra vez. No me siento satisfecho. A este grado creo que nunca me sentiré satisfecho.

Cuando queda completamente sentado tiene sus labios entreabiertos por el dolor y aprovecho para darle un beso y relajarlo.

No me muevo durante mucho tiempo y dejo que el haga los movimientos.

Envuelve sus brazos en mi hombro y me sujeta con fuerza.

La primera vez pensé que no terminaría nunca, pero el orgasmo fue intenso. La segunda vez tarde menos tiempo en terminar y el orgasmo fue agotador. Y esta vez, tarde tan poco tiempo que incluso me sentí incomodo conmigo mismo y con Peeta, pero el orgasmo fue una mescla de intensidad, agotamiento y explosión.

Fue tan fuerte que termino recargado en la pared, tratando de agarrar fuerzas y haciendo que mis pulmones respiren.

Tres veces. Eh hecho el amor tres veces en menos de dos horas.

Mi cuerpo no puede soportar tanto.

Peeta sigue besándome, pero estoy exhausto. El claramente sigue con la flama interior por que no ah terminado, y me siento mal por el, por que eh llegado al clímax demasiado rápido. Y no voy a dejarlo así.

Lo tomo de la cintura y salgo de el.

Con cuidado lo recuesto en el suelo mojado, con el agua cayendo sobre su estomago.

Beso su cuello, su pecho, su estomago y llego a mi objetivo: Tomo el grueso miembro de Peeta en mi mano y coloco el glande entre mis labios.

Peeta sujeta mi cabello con fuerza.

Su miembro no es demasiado largo, ni tampoco pequeño, pero tiene un grosor delicioso y un par de venas como el mejor de los adornos.

Masajeo su erección con mis labios una y otra vez.

Sus gemidos se intensifican mientras mas se acerca al clímax.

-Voy a terminar-dice alarmado, soltando mi cabello.

Entonces succiono con más fuerza y acaricio con mayor rapidez.

Intenta salir de mi boca pero no lo dejo y segundos después el miembro de Peeta explota dentro de mi boca.

Cuando siento el líquido caliente entrando en mí hago el masaje más delicado y con mayor cuidado. Todas las extremidades de Peeta están tensas. Su rostro brilla de rojo y las venas de su cuello se saltan.

No saco su miembro de mi boca hasta que queda completamente limpio.

Lo dejo recuperarse y poco después lo ayudo a levantarse.

Seguimos con nuestra ducha, ambos con demasiada vergüenza como para mirarnos a los ojos.

Terminamos de limpiar nuestros cuerpos y nos secamos con toallas limpias.

-Durmamos así –le digo cuando va a entrar en su ropa interior.

Sonríe y se encoje de hombros.

Nos recostamos en la cama, desnudos. Me da la espalda, junto nuestros cuerpos, abrazándolo.

Mi pecho con su espalda, nuestras piernas entrelazadas y mi miembro en sus glúteos. A este nivel estoy tan exhausto como para que mi cuerpo pueda formar una erección. Pero no puedo negar que la sensación es increíble.

Por la mañana despierto cuando doy una vuelta en la cama y no hay nadie a mi lado.

Me levanto alerta y activando mis sentidos. Escucho ruidos en el baño.

No eh metido las armas ni el cloroformo, así que me relajo.

Camino hasta el cuarto de baño y Peeta se está duchando tras la cortina.

-Buenos días –lo saludo.

-Buenos días –responde.

Lavo mi rostro y cepillo mis dientes.

Son las ocho de la mañana según mi reloj. En una hora debe estar comenzando todo.

Espero hasta que Peeta salga del baño para irme.

-¿Es todo? –pregunta cuando me mira vestido y armado.

-Falta el gran paso –respondo.

-¿Ya no volveré a verte?

-Aun tengo que ir a dejarte a esa plaza, ¿Lo recuerdas? Yo siempre cumplo mi palabra.

Eleva la vista y esboza una sonrisa.

-No te deseo suerte, por que la suerte es para los perdedores. Y no debería desear que consiguieras tu objetivo. Pero lo deseo. Y espero que todo salga bien.

-Gracias.

Se encoje de hombros.

-Quítales todo el dinero a esos cerdos –escupe, suena tan duro, que incluso me hace sonreír.

-Uno de esos cerdos es tu padre.

-No tengo padre –dice.

Me acerco a el, froto sus brazos y bajo la mirada.

-Hey, Peeta –le llamo.

Sus ojos se elevan, sus labios se separan y nuestras respiraciones se entrecortan.

-Lo que pasó anoche… fue increíble –murmuro.

Bajo mi rostro y junto nuestros labios.

Saboreando su dulce piel por última vez.

Pase lo que pase, este es nuestro ultimo momento.

Y aunque no quiero separarme de el, tengo que hacerlo.

Me separo de el, acaricio su rostro con mi mano y trato de grabarlo en mi mente.

Me sonríe. Le sonrío y le doy otro beso.

Doy media vuelta y abro la puerta.

-¿Vas a soltarme en la plaza central, Okay?

Asiento.

Eso espero.

Cierro la puerta y tomo las llaves.

Ya eh hablado con Annie sobre que espere mi llamada en dos días y si no lo hago que revise la casa de papá. También deje una nota para ella, diciéndole que Peeta está dentro de esa habitación.

Me pongo el traje y subo al coche. Esperando las noticias.

No es hasta las diez de la mañana cuando recibimos la señal de Fabián.

"Tenemos el pájaro" resuena en el radio.

Y me pongo en la marcha.

El edificio de Subsecretaria esta casi en el centro de la ciudad, un edificio grande de varios pisos y elegante, pero con un gran defecto: Falta de seguridad.

En mi maletín llevo todo lo que necesito para instalar lo pequeños explosivos en el ducto del ascensor.

El único guardia de seguridad ni siquiera se fija lo suficiente en el gafete falsificado que llevo sobre mi traje.

Hay un montón de hombres vestidos igual que yo. Con maletines igual que yo y la misma expresión de fastidio que llevo en mi rostro.

Opto por subir las escaleras, como la mayoría al ver el ascensor repleto.

-¿Vas a tomar el autobús a casa cuando termines? –le pregunto a Marcus.

-Si. Salgo a las dos.

Esa era la señal para saber que el ya estaba dentro y había tomado control de las computadoras.

No teníamos un gran hacker, pero el edificio tampoco tenia un sistema difícil.

Pocos clics y programas y Marcus ya controlaba las cámaras.

No iba a apagar las cámaras de ultimo piso, si no que iba a congelar la imagen. De todas formas nadie nunca pasaba por ahí.

En el último piso, junto a la puerta del ascensor, hay un recuadro en la pared, se quita con taladro.

Llevo todo en mi maletín, así que no tardo ni cinco minutos en estar dentro de los ductos del ascensor.

El elevador está varios pisos debajo de mi.

Coloco los harnees a los tubos mas prácticos y gancho el maletín en mi cinturón.

Comienzo bajando las escaleras metálicas rápidamente, y termino rapeleando para apresurar el paso.

El elevador ah llegado a la planta baja cuando por fin mis pies tocan el techo.

No hay mucho tiempo, así que comienzo a colocar los explosivos justo en los ganchos de los frenos.

El ascensor comienza a moverse y hace que pierda el equilibrio. Las paredes pasan rápidamente a mis costados y siento el aire rompiéndose sobre mi.

Me concentro en lo que estoy haciendo, sin permitirme adquirir nervios.

Cuando por fin termino aun tengo varios segundos para activar las cuatro bombas y los cuatro cronómetros.

Elevo la mirada al techo y cada vez se acerca más.

Un piso antes de la abertura por donde entré el elevador se detiene, aprovecho para subir rápidamente, sin prestar atención si me sujeto de tubos o escaleras, solo quiero salir de ahí.

Con un salto ágil caigo al suelo. Y apenas tengo tiempo para atornillar la parte de la pared por que el elevador se ah detenido en este piso.

Guardo el mini taladro en el maletín y tomo una posición recta.

Cuando las puertas se abren sale un señor con uniforme azul, de intendencia.

Hago una reverencia con la cabeza y entro en el elevador. Presiono el botón de planta baja y me recargo cómodamente en el cristal.

No tarda más de treinta segundos en abrir sus puertas para dejarme salir.

Camino hacia la pequeña sala de espera, a varios metros del elevador, y me siento ahí. A esperar.

Hay muchas personas por todos lados, así que nadie me presta atención.

"Ya están dentro" el mensaje era de Marcus, de hace siete minutos.

"El café está en la mecha" respondo.

"Bien, ya estoy en mi oficina. El resto es cosa tuya"

Fabián estaba dentro del banco, Carlos se ocultaba para poder actuar en cuanto desalojen el lugar.

Marcus controlaba las cosas desde un departamento apartado de aquí, para no ser alcanzados por el perímetro que esperamos que hagan.

Yo estoy esperando a que llegue la hora.

El tiempo parece eterno.

Las personas pasan, se saludan, sonríen, se enojan y siguen pasando.

El pitido de mi reloj me indica que va a comenzar, ahora solo tengo que esperar a que el elevador llegue al segundo piso para detonar los explosivos. Desde este instante solo necesito presionar un botón para que todo comience.

Esta en el piso siete.

Las bombas están activadas para explotar un minuto después de la activación si yo no presiono el botón.

Quinto piso.

Repito cada uno de mis siguientes movimientos en mi cabeza.

Tercer piso.

Preparo mi mano.

Segundo piso, activo la bomba.

Al instante en que oprimo el botón un estruendo hace que todo el edificio vibre.

Escucho el grito de algunas personas y poco después el elevador estrellándose contra el suelo sin detenerse. No había mucha altura, así que todos deben estar bien ahí dentro.

Todos a mis lados se han puesto de pie, con el rostro horrorizado y confundido.

Y rápidamente la voz de Marcus resuena en todo el edificio.

-Ninguno de ustedes se mueva. Tenemos tomado el edificio –como si nadie lo hubiera escuchado las personas comienzan a correr para todos lados, y algunos que lograr usar la cabeza alcanzan a salir antes de que la voz distorsionada vuelva a resonar-. ¡Que no se muevan! ¡Por cada uno de ustedes que desobedezca habrá una detonación! –y se escucha el estruendo de nuevo en los ductos del elevador.

Esa bomba no tenia potencia, su único objetivo era alarmar a las personas.

Todos se detienen, pero el murmullo y los gritos siguen en la habitación.

-Oficial, cierre las puertas y por cada persona que salga del edificio cinco perderán la vida.

El griterío sigue, pero todos obedecemos la orden del oficial. Nos alejamos de la puerta y nos juntamos todos en el centro de la gran habitación. Todo el primer piso estamos aquí. Alejados de las paredes, de los vidrios y de las objetos que pudieran caer.

-Ahora, sigamos con los planes –dice-. Tengo vigilado todos y cada uno de los pisos en este edificio, no traten de hacer algo estúpido porque en cuanto lo hagan tengan por seguro que su vida y la de algunos otros terminará. Hay una bomba en el segundo piso, capaz de destruirlo por completo. ¿Saben lo que sucede si el segundo piso se derrumba? Exacto, todo el edificio se viene abajo. Así que, las cartas sobre la mesa y limítense a seguir mis instrucciones.

Las palabras de Marcus me las se de memoria, las estuvo recitando exactamente como ahora durante un día entero. Demasiado teatral, pero lo suficiente atemorizante para contenerlos dentro a todos. Y es que lo bueno de esta coartada es que es completamente cierta. La bomba existe, los explosivos existen.

El oficial nos ordena guardar la calma y esperar a las autoridades.

Los llantos de mujeres no cesan, ni el montón de hombres especulando y tratando de comunicarse con el exterior. Las líneas están saturadas.

Solo tengo que actuar como ellos y esperar.

El tiempo pasa rápido y lento al mismo tiempo.

No tardamos mucho para lograr ver el montón de oficiales fuera del edificio.

Pasan cuarenta minutos para que un grupo del FBI logre entrar.

Ágilmente y con cuidado llegan hasta nosotros, indicándonos que mantengamos nuestros cuerpos inmóviles y en silencio.

-Vamos a sacarlos de aquí –dice uno de ellos.

-El hombre tiene las cámaras –le informa el oficial.

-Controlamos las de este piso, vamos a sacarlos de aquí.

Las personas guardan la calma, confortadas por el grupo de cinco oficiales que han entrado.

-Oficial –le digo al hombre a mi izquierda-. ¿Qué va a pasar con los demás?

-Los sacaremos a todos.

-Pero, pero dijo que había una bomba –digo alarmado.

-Deje esto en nuestras manos, señor, será evacuado con este grupo de personas.

-No, pero, pero mi novia está ahí dentro. ¡No puedo salir!

-Señor, haga lo que se le ordena, todos van a salir ilesos.

-¡Mi novia está…!

Un par de brazos forcejean conmigo y logro "mantener la calma" después de varios empujones.

-Va a estar bien –me asegura una mujer de traje y placa dorada.

Asiento, con la mirada de horror que mejor puedo poner.

Los oficiales me conducen hasta la salida, junto con las demás personas.

-Sigan a los agentes, sigan a los agentes –nos ordenan uno a uno cuando cruzamos la puerta.

Tres agentes con armas y vestidos de negro van al frente, abriendo camino, llevándonos por las calles.

Todo está vacio, parece que el perímetro está establecido.

Caminamos por siete cuadras hacia el norte hasta que llegamos a la calle bloqueada por un coche militar.

El grupo de agentes regresa corriendo y a nosotros nos atiende la policía.

-¿Hay algún herido? –pregunta la oficial de la cruz roja.

El movimiento en esta parte de la ciudad es más fluido, pero el tráfico sigue desviándose.

Las personas se disuelven, y sin importarme que llame la atención tomo un taxi.

-Señor, llevo pasajero –me avisa en cuanto abrí la puerta.

-Solo sáqueme de aquí –le digo.

La chica a mi lado asiente.

-¿Sabes que sucedió? –me pregunta.

-Al parecer un edificio está secuestrado.

-No –expresa, tapándose la boca.

Me encojo de hombros.

-Hay muchos policías ahí dentro –digo.

-Deben estar reportándolo por los noticieros –dice el hombre y trata de buscar una estación en la radio.

Pero no hay nada.

Bajo del taxi cuando por fin logra deshacerse del tráfico.

Camino varias cuadras, por estas calles el movimiento de coches es fluido, como si fuera un día normal.

Tomo varias rutas, llego a una tienda de ropa y salgo completamente revestido.

Camino hasta el edificio departamental en donde se encuentra Marcus y entro en la habitación.

-¿Qué pasa? –pregunto apenas entro y lo miro sentado en la mesa.

Hay dos computadoras y artefactos que no reconozco.

-Ya se comunicaron conmigo –me avisa-. Desconectaron las cámaras del primer piso, exploté otro ducto de ventilación. Ya pedí el rescate.

Asiento.

-¿No han tratado de rastrearte?

-Si. Tranquilo, lo tengo controlado –sonríe.

-¿Qué hacen ahora?

-Tratan de descubrir cuantas bombas mas hay. No han hecho mucho. No van a pagar, tratarán de liberar a todos antes.

Asiento.

Rasco mi cabeza, con nerviosismo.

-El perímetro se estableció varias calles después del banco –me informa-. Solo estoy esperando la señal de Carlos para proceder.

-Okay.

Estamos a pocos pasos de concluir todo esto.

El tiempo no para, pero pasa tan lentamente que me sofoca.

Dos horas después de que llegue al departamento recibimos un mensaje de Fabián.

"Solo espero a Nidia"

Eso quiere decir que el camión de bomberos está cargado con el dinero y solo espera a que llegue la tarde noche para salir.

Miro a Marcus, su entusiasmo no puede contenerse.

-Tenemos el dinero –suspira.

Asiento, sonriendo también.

No diré eso hasta que tenga los billetes en mis manos.

En este punto solo es cuestión de tiempo, el trabajo está hecho. Solo tenemos que ser cuidadosos.

-Están tratando de desactivar la bomba en el segundo piso –me dice Marcus-. Es hora de irnos.

-Bien, andando.

Limpia todos los artículos que ah tocado, limpia los muebles y salimos.

Caminamos por diecisiete cuadras antes de llegar a nuestros autos.

Subimos y colocamos los radios.

-Vamos al lugar de encuentro –informa Marcus.

Tomamos las calles principales y logramos salir rápidamente de la ciudad.

Aun así, son casi tres horas para llegar al punto de encuentro.

Probablemente en este punto ya hayan liberado a todas las personas, y estén buscando al responsable. Estarán tan ocupados con esto que nadie pensara que ah sido solo una distracción.

Nos desviamos en cierto punto de la carretera y tomamos una brecha que lleva a un rancho.

Dos millas después de ese rancho está nuestro "punto de encuentro".

Bajamos de los coches y apagamos todas las luces.

No hace mucho que el sol se ah ocultado, pero la noche es obscura, sin estrellas.

Apenas soy capaz de mirar a Marcus desde esta distancia.

El silencio en este lugar es aterrador. Abrazante. No hay ningún bicho ni movimientos ni viento. No hay nada, es tan profundo que hay un pitido en mis oídos.

-¿Cuánto debe tardar en llegar? –pregunto, manteniendo mi vista en el infinito.

Después de dos metros todo es invisible para mi vista.

-No mucho –responde.

Siento el fresco de la noche en cada parte de mi cuerpo. Aun así mis manos están sudorosas.

-¿Sabe en donde es? –inquiero.

-Si. Debe llegar justo por ahí.

Se que debo confiar en nosotros, pero no me siento completamente seguro de eso.

No puede llamarlo, ni por radio, ni por teléfono ni por texto. No hay comunicación entre nosotros.

Comienzo a tronar mis dedos y es lo único que se escucha a nuestro alrededor.

Con el tiempo el lugar comienza a llenarse del canto de los grillos, eso solo me parece mas fastidioso.

De pronto el cantar de los insectos es interrumpido por un pitido.

Tanto Marcus como yo damos un respingo.

Marcus eleva su radio y presiona el botón de alerta.

-Adelante –dice con voz rasposa.

Los cinco segundos siguientes son eternos.

-Caballeros –resuena la voz de Fabián-. Lo hemos logrado.

Y en cuanto dice eso las luces del camión de bomberos brillan a varios metros de nosotros, la sirena suena y Fabián viene tocando el claxon.

Deberíamos estar molestos por eso, pero lo único que siento ahora son ganas de reír.

Marcus también, pues ah soltado una gran carcajada.

Yo me limito a mantener la emoción dentro de mí.

Cuando el camión se estaciona frente a nosotros y apaga sus luces por fin logro tranquilizarme, pero los nervios en mi estomago siguen visibles.

-Todo está listo –dice.

-Aun no –replica Marcus-. Aun tenemos trabajo que hacer.

Y es cierto.

Son las nueve de la noche y mientras mas rápido preparemos el dinero más rápido podremos largarnos de aquí.

Llevamos todos los coches a la casa del rancho y preparamos las cosas.

Hay una plancha enorme, especialmente para secar papel, pues los billetes vienen empapados.

Tardan cuatro horas en secarse por completo, pero ahora hay que contarlos y empaquetarlos.

El ambiente entre nosotros es de tremendo éxito, felicidad y entusiasmo.

El dinero está en mis manos. Este dinero es mío. Y es demasiado; hay tantos billetes verdes que parecen incontables.

Para las seis de la mañana ya tenemos todo en paquetes, dividido en cuatro y preparado solo para ser colocado en donde sea que valla a ser transportado.

Cuatro punto seis millones de dólares para cada uno.

A las cuatro de la mañana los tres tenemos nuestro dinero en los coches y nos reunimos en el campo libre frente a la casa.

Carlos se encontrará con Fabián en Brasil, no se cuando, pero no me importa. Si yo fuera Carlos, por más confianza que yo le tuviera a Fabián, no hubiera dejado el dinero en sus manos. Porque a partir de ahora, este dinero es responsabilidad de nosotros, y si lo perdemos, será única y exclusivamente nuestra culpa.

-Caballeros –dice Marcus, mirándonos-. Fue un placer trabajar con ustedes.

No hay grandes despedidas. No hay abrazos ni buenos deseos. Lo único que queremos es salir de aquí ya.

-¿Qué pasará con el chico? –pregunta Fabián.

-Yo me encargo de el –me apresuro a decir.

Marcus asiente y sonríe. Y todos sonreímos.

Lo hemos logrado.

-Supongo que es un "hasta nunca" –dice Fabián.

-Eso espero –les digo, con una sonrisa. Sueltan una carcajada.

-Gale, eres un bastardo, pero te voy a extrañar.

Me encojo de hombros. Después de Marcus, Fabián era el único que lograba caerme bien. Aunque no lo soportara.

Una mirada mas, un asentimiento y los tres subimos a nuestros coches.

Tengo claro que ninguno de los dos va a regresar a la ciudad. Y yo estoy loco por hacerlo.

Por lo menos mi casa está alejado del centro y lo único que tengo que hacer para sentirme completamente libre es liberar a Peeta.

Estaciono mi coche en el garaje y bajo entusiasmado.

No voy a estar completamente tranquilo hasta que salga de las fronteras de Estados Unidos.

Cruzo corriendo las habitaciones y llego hasta mi destino.

En cuanto abro la puerta Peeta se sobresalta y sus ojos se abren como platos.

Entro lentamente, sin apartar mis ojos de los suyos.

-¿Todo bien? –me pregunta, apartando su mano de su boca.

Sonrío.

Y el sonríe.

No necesitamos más palabras.

Lo próximo de lo que me doy cuenta es que nuestros labios están juntos.

-¿Estas listo para salir? –le pregunto.

Su sonrisa se pierde y se aparta para mirarme.

-¿Me vas a decir que traes el dinero en tu coche? –pregunta.

-Así es.

-¿Estas jugando?

-No –sonrío.

-Yo estaba jugando cuando pregunté eso… ¿Cómo se te ocurre traerlo ahí?

-¿Dónde mas? –inquiero confundido.

-No lo se, yo lo tendría bajo llave o…

-No estoy a gusto si no está junto a mi, andando, démonos prisa, el banco abre en dos horas y quiero estar lejos de aquí cuando se den cuenta.

Quería apresurar la despedida, no por las razones que había expuesto, si no porque ahora mismo era muy difícil y mientras más pasara el tiempo mas difícil sería.

Peeta me sigue hasta el auto y ya dentro no puedo ocultar mi sonrisa.

Enciendo el coche y lo pongo en marcha.

-Gale –me llama.

-¿Si?

-Llévame contigo –suelta-. Llévame a donde quiera que vayas.


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