Este capítulo está dedicado a una de las mejores personas que he tenido la suerte de conocer. Está dedicado a mi mejor amiga, la que me aguanta cuando estoy mal y me riñe cuando me pongo tonta, la que en lugar de mandarme a la mierda se queda conmigo y me ayuda a darme cuenta de mis errores, la que me apoya siempre. Está dedicado a mi "hermana de otra madre", a la persona que, es cierto que está lejos, pero siento más cerca. La que llevo guardada en mi corazón como un tesoro. La que es única, y con la que comparto momentos únicos. Este capítulo está dedicado a Hakuren Ryûna, por ser hoy su cumpleños. Gracias por dejarme seguir formando parte de él tras todos estos años, espero poder seguir haciéndolo muchos más. ¡Feliz Cumpleaños! Te quiero.
Parte II.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que has dejado Sindria? Demasiado.
Así comenzaba la carta que Aisha había recibido esa mañana, procedente de Jafar. La pelinaranja no podía evitar sonreír a medida que continuaba leyendo. Las palabras del general eran tan dulces como cuando ella aún estaba en el país como embajadora comercial. Le echaba de menos, muchísimo. Y tenía que admitir que no solo a él. La vuelta a su hogar se había hecho más dura de lo que en un primer momento parecía, a pesar de haber pasado un periodo de tiempo relativamente corto en Sindria, las costumbres de dicho país habían hecho mella en la pelinaranja, como a todos en Sasan les encantaba recordarle.
– ¿Otra carta? – preguntó un joven mientras entraba en la habitación de Aisha.
El joven no era otro que Salim, el hermano mayor de la chica. Ambos eran muy parecidos, al menos físicamente. Salim era más alto que su hermana, pero ambos compartían los mismos ojos, herencia de su madre, del mismo bonito color dorado. El pelo de él era algo más oscuro, pero se veían destellos del color naranja del de su hermana. Cuando entró en la habitación vestía la armadura de los caballeros de Sasan, acompañada de una dura mirada dedicada a su hermanita pequeña.
– Sí – respondió Aisha intentando sonar lo más cortante que pudo, lo cual no era mucho.
– Pensé que cuando volvieras te olvidarías de todos esos extraños y paganos – comentó él como si tal cosa, echando un vistazo a las cosas que había en la habitación de Aisha. Se paró delante del montón de cartas que ella conservaba de Sindria, alzando su mano para coger una de ellas, pero rápidamente la chica se levantó y las apartó de su alcance, recogiéndolas en un cajón.
– Y yo pensé que en este tiempo habrías madurado y aprendido un par de cosas. Respeto, por ejemplo – replicó ella cruzando los brazos sobre su pecho, comenzando a exasperarse.
– Yo respeto a Sindria, pero no a ti. Sasan es tu hogar, no Sindria, ¿o acaso lo has olvidado? Eres una dama de Sasan, y deberías comportarte como tal. No como una maldita pagana del exterior.
Los ojos de Aisha se abrieron como platos cuando escuchó las últimas palabras de su hermano. Si bien físicamente eran bastante parecidos, distaban de serlo cuando se trataba de opiniones subjetivas. Su hermano era un caballero de Sasan, amante de su patria y sus tradiciones por encima de todo. Por el contrario, Aisha adoraba el mundo exterior, quería conocerlo y explorarlo. Nunca olvidaría sus raíces, también adoraba Sasan. Pero necesitaba ir más allá, siempre lo había hecho. Ella había heredado la mentalidad liberal de su madre, mientras que Salim seguía con fervor la doctrina de Sasan.
– Siento interrumpir, pero – sin que ninguno de los dos se diera cuenta, la esposa de Salim había entrado en la habitación – vuestro padre se ha levantado. Deberíais ir a verle.
Salim dedicó una última dura mirada a su hermana antes de salir de la habitación, sin tan siquiera hablarle a su esposa. Aisha suspiró antes de dedicarle a su cuñada una suave, y fingida, sonrisa antes de salir ambas de la habitación en dirección al piso inferior, donde las esperaba el padre de la pelinaranja.
El nombre de la esposa de Salim era Zahra, significaba "bella" y era un nombre que encajaba con ella a la perfección. Tenía el pelo oscuro y llevaba el flequillo como indicaba la tradición de Sasan. Era una mujer tranquila y muy inteligente, aunque tenía algo que hacía que Aisha se pusiera de los nervios. Tal vez se debía a que Zahra era la mujer perfecta según la cultura de su reino, o simplemente que sentía que en muchas ocasiones no era del todo sincera con ella. Sin embargo, trataba bien a su hermano y a su sobrino, por lo cual Aisha la respetaba y la quería, como debía hacer.
– No te preocupes por tu hermano, – comentó la mayor cuando estaban acabando de bajar la escalera – se le pasará enseguida. Además, aunque no lo admita te ha echado un montón de menos.
La pelinaranja sonrió a su cuñada agradeciéndole sus palabras. No le contestó, más bien porque no sabía qué responder que por otra causa. Ella había echado de menos a su familia, por supuesto. Pero en cierto modo, se sentía como que su vida estaba en Sindria y que Sasan tan solo era un recuerdo de su pasado, lo cual le hacía sentir culpable. Desde que había llegado a Sasan se sentía más como una forastera, como una de esos "malditos paganos" de los que hablaba su hermano, más que en su hogar. Y escuchar las palabras de Salim no ayudaba a calmar su conciencia.
– Ohh, por fin aparece mi pequeña flor de primavera.
Los hombros de Aisha se relajaron en el mismo instante en que escuchó la voz de su padre. El hombre, que estaba sentado en uno de los sillones del salón, intentó levantarse para saludar a su hija pero Aisha le detuvo, inclinándose para besarle la mejilla. Las arrugas se marcaban en el rostro de su padre, indicador de la avanzada edad del mismo, pero aún así su expresión era de alguna manera jovial. Tal vez porque reflejaba tranquilidad y felicidad, o porque Aisha se negaba a verle como un viejo cercano a la muerte. La enfermedad había avanzado muchísimo más de lo que la pelinaranja se esperaba durante su estancia en Sindria.
– Buenos días, padre – saludó ella sentándose al lado del hombre.
– Zahra, por favor, ve a ver qué está haciendo Salim. Cuando bajó, salió directamente al jardín y parecía preocupado.
La aludida inclinó la cabeza y salió por la puerta al jardín, mientras Aisha apartaba la mirada. Ambas sabían la razón del comportamiento de Salim, pero no quería que su padre se enterase. Éste siempre había insistido en la importancia de la unidad familiar, y nadie quería causarle malos tragos, no con su estado de salud en una situación tan delicada.
– Mi flor de primavera... Eres demasiado obvia, ¿sabes? – la llamó su padre, haciendo a la pelinaranja girarse para mirarle, confundiéndose más al verle sonreír de una manera dulce. Su padre levantó la mano y acarició con delicadeza la mejilla de la chica – Te pareces muchísimo a tu madre... En fin, ¿por qué no vas a la cocina y le traes algo de beber a tu viejo padre? Iría yo, pero la rodilla ya no me responde como antes.
El hombre miró a su hija salir hacia la cocina y suspiró. Por mucho que intentasen ocultárselo, él sabía perfectamente lo que pasaba en la casa. Las acusaciones de Salim, las dudas de Aisha... Las conocía, y las comprendía. Le preocupaba, pero sabía que ambos eran lo suficiente maduros como para arreglar sus problemas por sí mismos. Sin embargo, como padre, tenía algo que hacer.
– Me alegra que decidieras volver para estar con tu familia, Aisha. En realidad, tú y yo nunca hemos tenido tiempo para conocernos.
La pelinaranja estaba sentada en el salón junto a su cuñada. Ambas estaban solas, su padre había subido a descansar a su habitación, Salim había salido y el pequeño de la familia estaba en su habitación jugando. Lo que había dicho Zahra era verdad: ambas casi no se conocían. Cuando Aisha partió hacia Sindria, su sobrino acababa de nacer. Y los meses anteriores la pelinaranja había estado ocupada estudiando, por tanto las dos mujeres casi nunca habían hablado a solas.
Ambas estuvieron hablando con tranquilidad, sobre trivialidades. Zahra le contaba acerca de la vida en Sasan, de su sobrino y del resto de su familia, cómo había sido todo mientras ella estaba fuera. Por su parte, Aisha le contaba algunas cosas sobre su infancia, y también sobre Sindria. Por primera vez, su cuñada parecía interesada por la vida en el extranjero.
– Y dime, Aisha... ¿Cómo son los hombres allí?
La pelinaranja se sorprendió al escuchar la pregunta de su cuñada, era lo último que se esperaba de ella, la perfecta dama de Sasan. Esperó un poco, pero al ver que su cuñada esperaba la respuesta, se aclaró la garganta para hablar.
– Son... Bueno, son diferentes. Más... abiertos.
Aisha le relató alguna de las historias que le habían contado acerca del Rey Sinbad, entre risas. Pero a cada palabra que decía la pelinaranja, la expresión de Zahra se ensombrecía un poco más.
– Como imaginaba – comentó la mujer con un suspiro – No soy capaz de entender esa mentalidad tan liberal que tienen en Sindria, y en muchos otros países. Creo que esperar hasta el matrimonio es algo importante, no deberían tomarse algo así tan a la ligera.
Aisha abrió los ojos sorprendida por el giro de la conversación. Estaba claro que había subestimado la mentalidad de la dama perfecta de Sasan, por completo. Y, aunque estaba segura de que su cuñada no lo había hecho con esa intención, sus palabras habían tenido un impacto especial en ella. Comenzaba a sonrojarse y su cuñada parecía a punto de preguntarle algo, por lo que Aisha se adelantó a hablar.
– Entonces... ¿no crees que lo más importante es la persona con quien estés? Me refiero... incluso si es fuera del matrimonio, si es con alguien a quien amas de verdad no debería estar mal.
– Pero lo está. El matrimonio es un vínculo sagrado, Aisha. Y el sexo es algo que le pertenece a éste. Además, el esperar lo hace especial. Es algo que debes compartir con una única persona, con tu marido. Para los paganos puede ser algo estúpido, pero el esperar hasta el matrimonio es algo necesario. Es la mejor decisión.
Aisha apartó la mirada, pensando en las palabras de su cuñada. Zahra pareció notar algo, porque la miró durante unos instantes intentando descubrir en qué sentido iban los pensamientos de la pelinaranja. Por suerte, el padre de Aisha entró en el salón en esos momentos, rompiendo el ambiente. Aisha se levantó para saludar al mayor y Zahra salió, disculpándose y alegando que debía ir a ver que hacía su hijo.
La conversación con Zahra siguió repitiéndose en la mente de Aisha durante mucho tiempo después. La hacía cuestionarse todo lo que había vivido, todo lo que sentía, si había hecho bien o mal... Si el ir a Sindria había sido la decisión adecuada. Y, sobre todo, si debía volver.
– Tía Aisha, ¿me pasas un vaso, por favor?
Aisha sonrió mientras le daba el vaso que le había pedido a su sobrino, Elijah. Cada vez que veía al hijo de su hermano, con dos años ya de edad, no podía evitar pensar en Nailea y cómo llevaría el embarazo. Su hijo sería un mestizo, mitad fanalis, así que desde luego no podía ser algo fácil. Intentó apartar esos pensamientos de su mente, no quería pensar en Sindria. Habían pasado dos semanas, y en ese tiempo su hermano no le había dirigido ni una sola palabra. Además, la salud de su padre había empeorado, ya ni siquiera era capaz de levantarse de la cama por sí mismo.
– Elijah, déjanos solos por favor. Tengo que hablar con mi hermana.
Aisha se giró para encontrarse con la mirada dorada de su hermano fija en ella. Solo por su expresión, la chica pudo deducir que el tema que iban a tratar no era agradable. La chica dudaba entre dos opciones: la salud de su padre o el tema de Sindria. Tal vez quisiera saber si ella pensaba volver a Sindria, el rey Darios Leoxses había dejado la decisión acerca de si volver a Sindria o no en sus manos, y a decir verdad ella nunca había comentado nada a su hermano al respecto.
– ¿Qué ocurre, Salim? – se decidió a preguntar pasados unos minutos, tras ver que su hermano no decía nada.
– He estado pensando, mucho – comenzó a explicar, observando con cuidado la reacción de su hermana a cada una de sus palabras – Como sabes, a padre no le queda mucho tiempo. Y cuando él falte, yo seré el hombre de la familia.
– Padre aún está vivo – se apresuró Aisha a recalcar. Odiaba pensar en la muerte de su padre, era cierto que estaba cerca pero... ella no podía admitirlo. No quería.
– La cuestión es que le he estado dando vueltas, y yo no puedo estar cuidándote siempre. Por eso, creo que lo más adecuado para ti sería un matrimonio.
La mandíbula de Aisha casi se desencaja cuando escuchó la palabra "matrimonio" de la boca de su hermano. Sabía lo que su hermano quería decir, no estaba refiriéndose precisamente a un matrimonio en el que ella pudiese elegir. Lo que su hermano pretendía era un matrimonio que él mismo orquestaría, un matrimonio que él considerase conveniente. Es decir, la haría casarse con algún caballero de Sasan, el cual desde luego no le permitiría continuar con su labor como embajadora comercial.
Salim quería decidir su vida por ella.
– Mi pequeña flor de primavera, ¿cómo estás hoy? – le preguntó su padre mientras entraba en su habitación.
La pelinaranja caminó hasta situarse en la silla que habían colocado al lado de la cama. Habían pasado tres días desde su conversación con Salim y no había hablado con nadie sobre ello. Ni siquiera había vuelto a hablar con su hermano. Tenía mucho en qué pensar, pero era incapaz de encontrar un modo objetivo de enfrentarse a su problema, de enfrentarse a su hermano. Tal vez Salim estuviese en los correcto y eso fuese lo mejor para ella, pero eso no cambiaba el hecho de que estuviese decidiendo por ella. Y Aisha quería elegir, quería vivir su vida por sí misma.
– Debería ser yo quien hiciera esa pregunta, padre – respondió ella con una sonrisa, apartando de su mente todo lo relacionado con el futuro.
– Viejo, demasiado diría yo – respondió el mayor, cogiendo la mano de su hija y apretándola con cariño – Y aburrido. Así que... ¿por qué no me cuentas eso que te ronda por la cabeza y que te tiene tan preocupada?
Los ojos de Aisha se abrieron con sorpresa al oírle. Así que lo había notado. En realidad debía habérselo imaginado, nunca había destacado por ser buena actriz. Pero aún así le sorprendía que su padre lo hubiese notado. Intentó pensar una excusa, algo que decir y que tranquilizase a su padre, pero nada venía a su mente.
– Salim vino a hablar conmigo, preocupado por ti y tu... condición como dama de Sasan – explicó el mayor con un suspiro. Aisha sintió deseos de estrangular a su hermano por preocupar a su padre con esas tonterías, pero se controló e intentó mantenerse tranquila mientras escuchaba lo que su padre tenía que decirle – Así que dime, mi pequeña flor de primavera... ¿Qué opinas de Sindria?
Era la primera vez que le hacían esa pregunta. Desde que estaba en Sasan había gente que le había preguntado acerca del otro país, pero nadie su opinión directa sobre el mismo. Le habían preguntado por la gente, por los paisajes, por las tradiciones... pero nunca su opinión general acerca del mismo. De hecho, ni siquiera ella misma se lo había planteado nunca. ¿Qué opinaba de Sindria?
– Yo... Bueno, es muy diferente a Sasan – se decidió finalmente a decir – Sindria es más intenso, más... excéntrico, no sé explicarlo. Todo es diferente, desde la manera de relacionarse de las personas a las fiestas. A veces me abruma un poco, la verdad.
– Entiendo... Me sorprende que en ningún momento hayas nombrado la palabra "responsabilidad" – explicó el mayor, confundiendo a su hija. Con un suspiro, comenzó la explicación – Lo que ocurra entre Sindria y Sasan a partir de ahora es, en parte, tu responsabilidad. Fuiste allí para encargarte del comercio entre ambos reinos, que es una de las relaciones más importantes que pueden compartir. Es tu responsabilidad. Y como dama de Sasan, es lo más importante, es lo que debes recordar. Mi pequeña flor de primavera... tus sentimientos dejan de ser importantes al lado de eso.
La intención de su padre con esa conversación no estaba clara, pero acababa de solucionar varios dilemas a Aisha, entre ellos, el más importante: debía volver a Sindria. La pelinaranja no entendía muy bien lo que su padre quería decirle, pero sí que entendía que si quedarse en Sasan no la convertiría en una mujer del país porque habría fallado al mismo, habría incumplido con su responsabilidad. Y también entendía que eso debía estar por encima de todo, incluso por encima del miedo que tenía respecto a su situación con Jafar.
La chica no creía que a su padre no le importasen sus sentimientos, y durante los días siguientes estuvo dándole muchas vueltas a eso. En cierto modo, por la manera en que la miraba y algunos comentarios que había hecho desde que había vuelto, su padre parecía saber que ella mantenía una relación con alguien, a pesar de que ella había intentado no mostrar ningún indicio de ello. Más bien parecía decirle lo contrario, que no debía olvidar sus sentimientos... siempre que no interfiriesen con su responsabilidad. Era complicado.
Una semana más tarde, su padre murió. Fue un día muy difícil para todos, pero pareció golpear con especial dureza a Salim. Numerosos vecinos y amigos acudieron a darles su pésame, y él fue el que tuvo que soportarles a todos ellos. Aisha intentó mantenerse lo más alejada posible, no le gustaban ese tipo de situaciones. Aunque a nadie le gustan, para ella era insoportable al no poder evitar sentirse juzgada por las miradas de los demás.
Durante esa semana Aisha estuvo preparándolo todo para irse a Sindria. Le comentó sus planes a Zahra, quien decidió no opinar. La pelinaranja agradecía ese comportamiento, bastante tenía con Salim... En realidad, ella temía la reacción de su hermano. Pero tras tenerlo todo preparado y tras haber hablado con el rey Darius Leoxses, no le quedaba más opción que despedirse de él. Después de todo, era su hermano. Si no hablaba con él, acabaría arrepintiéndose. Por suerte para ella, él se adelantó.
– Zahra me contó que vuelves a Sindria – comentó Salim desde la puerta de la habitación de su hermana.
– Sí, ya está todo arreglado, mañana sale el barco – explicó ella – Salim, yo...
– Lo sé, padre habló conmigo.
Aisha se sorprendió ante la interrupción de su hermano, pero lo hizo aún más cuando él se acercó hasta ella y la rodeó con sus fuertes brazos. La pelinaranja sintió ganas de llorar, ni siquiera era capaz de recordar la última vez que su hermano la había abrazado. Ella respondió al mismo, rodeándole a su vez con sus brazos.
– Cuídate, ¿vale?
Y con esas últimas palabras de su hermano, Aisha abandonó Sasan. Al día siguiente se subió al barco que la llevaría a su destino, que la llevaba de vuelta a Sindria. Estaba nerviosa y asustada, y también deprimida por dejar atrás a su familia. Pero no se parecía en nada a la primera vez que había viajado al país del rey Sinbad. Esta vez sabía lo que la esperaba, y también sabía que su familia, su hermano, la quería a pesar de todo. Había solucionado muchos problemas que simplemente había dejado atrás la primera vez. Y ahora estaba dispuesta a resolver uno más.
El viaje se le hizo largo, muy largo. Cuando llegó se sorprendió al no notar apenas cambios en Sindria, todo estaba tal y como lo recordaba. El puerto era el lugar en el que más tiempo pasaba, después del palacio, y tenía miedo de cómo lo encontraría. Pero todo estaba igual, lo que la tranquilizó mucho más de lo que ella admitiría. Incluso se encontró con algunos comerciantes que la reconocieron al instante y con los que habló un poco.
Tan solo había informado al rey Sinbad de su regreso, y ni siquiera a él podía haberle dado una fecha concreta, por lo que nadie la esperaba en el puerto. Cuando llegó a Palacio se encontró a Spartos en la entrada, quien rápidamente se acercó a ella.
– No te esperábamos, Aisha – comentó el general apartando los ojos para no mirar a la joven a los ojos – Bienvenida.
– Muchas gracias, Spartos – respondió ella inclinándose levemente en señal de respeto – Ha sido una vuelta un tanto repentina.
– Supongo que querréis ver al rey Sinbad.
La pelinaranja asintió y el general la se hizo a un lado indicándole que la llevaría con él. Por el camino hablaron sobre Sasan, ya que algunas personas le enviaban saludos a través de la chica. Finalmente, ambos llegaron al salón donde se encontraba el rey Sinbad, trabajando.
– Aisha, bienvenida – la saludó el rey con una sonrisa, levantándose de su mesa y caminando hacia ella. La pelinaranja por su parte hizo una pequeña reverencia – He oído lo de tu padre... Lo siento mucho, estoy seguro de que era una gran persona sin consiguió educar a una hija como tú.
– Muchas gracias, su majestad. Estoy segura de que si pudiere escucharle, a mi padre le agradarían enormemente.
Sinbad la invitó a sentarse y él hizo lo mismo, preparándose para hablar con seriedad. El rey quería conocer la situación actual de Sasan, así como cualquier mensaje que el rey Darius Leoxses hubiese enviado para él. La pelinaranja le entregó una carta del rey de Sasan y le comunicó algunas preocupaciones de los comerciantes.
– Muchas gracias, Aisha. Imagino que estarás cansada y deseando ver al resto, por lo que puedes retirarte.
La chica hizo una reverencia antes de salir de la sala. La verdad era que no estaba cansada, por lo que probablemente iría a buscar a Nailea. También tenía muchísimas ganas de ver a Jafar, pero el simple hecho de pensar en él la ponía de los nervios. Acababa de cerrar la puerta a su espalda cuando le vio, caminando hacia allí. Jafar cargaba con un montón de papeles, probablemente trabajo que debía llevar a cabo el rey Sinbad.
El general se le quedó mirando como si estuviera viendo un fantasma. Después de todo, él no tenía conocimiento alguno de que la joven fuese a volver a Sindria. Aisha no sabía qué decir o cómo actuar, pero sentía como su estómago comenzaba a revolverse, estaba nerviosa.
– Aisha... – murmuró Jafar, quien no acababa de creerse que la pelinaranja estuviera allí, enfrente de él.
– Yo... Hola – respondió ella sintiéndose una estúpida por no conseguir pensar en algo mejor que decir.
– Has vuelto... ¿Cuándo?
– Hace un rato – respondió ella. Sentía la mirada de Jafar más dura que de costumbre, como si la juzgara – Será mejor que te deje trabajar... Buenos días, Jafar.
Aisha se giró y se alejó de allí lo más rápido que podía pero sin llegar a correr. Se sentía mal por no haber sabido qué decir, pero es que era un encuentro que no esperaba. No tan pronto. No quería pensar más en ello, pero su cerebro parecía no querer darle tregua. Por suerte, cuando pasaba por delante de una de las puertas que daba a los jardines, dos figuras que se acercaban caminando le llamaron la atención y la sacaron de sus pensamientos.
La expresión de la pelinaranja se convirtió en una sonrisa cuando reconoció a uno de los Ocho Generales de Sindria y la mujer castaña que le acompañaba, y aún más cuando pudo reconocer lo que traía ella en sus brazos: un bebé. Aisha salió a esperarles y les saludó con la mano. Al reconocerla la chica, que no era otra que Nailea, se giró hacia su marido indicándole que cogiese al bebé antes de salir corriendo para abrazar a su amiga.
– ¡Has vuelto! – exclamó alegremente la castaña cuando hubieron roto el abrazo.
– Por fin – fue la simple respuesta de Aisha, que se giró para saludar a Masrur con un movimiento de cabeza, aunque rápidamente sus ojos se fueron hacia el bebé que éste traía.
Era precioso, un pequeño bebé fanalis. Aún siendo un fanalis, al lado de su padre parecía muy pequeño, e incluso débil. Aunque la pelinaranja sabía que probablemente tuviese más fuerza que ella, siendo un bebé.
– Aisha, te presento a Ihsan – dijo Nailea cogiendo a su hijo de los brazos del general y acercándose a la pelinaranja, que miraba al niño extasiada – ¿Por qué no lo coges?
La joven dama de Sasan miró a su amiga, temerosa, pero ella insistió acercándole el bebé. Con infinito cuidado, Aisha rodeó el cuerpo del bebé con sus brazos atrayéndolo hacia su pecho y teniendo especial cuidado con la cabeza. Mientras hacía esto, sentía la mirada de Masrur fija en ella, podía sentirle preparado por si algo iba mal, lo que no sabía si la inquietaba o tranquilizaba.
– Es precioso... – murmuró mientras le acunaba, sin poder quitarle los ojos de encima.
Por su parte, el pequeño Ihsan miraba a la pelinaranja con curiosidad. La chica supuso que estaba acostumbrado a ser cogido en brazos por mucha gente y que por eso no parecía intranquilo, después de todo, ella sabía que el niño había sido el "juguete nuevo" de los generales y de todos en palacio. Ahora entendía porque había conseguido encandilar a todos.
Le tuvo un brazos un rato más, hasta que el pequeño abrió la boca en un cómico bostezo. Entonces se lo pasó a Masrur, quien se despidió de ellas diciendo que le llevaría a la habitación a descansar. Nailea, por su parte, se quedó con Aisha, ambas tenían que ponerse al día. Caminaron juntas hasta la terraza, donde se sentaron para hablar con tranquilidad.
– Tienes un hijo precioso, Nai. De verdad que me alegro muchísimo por ti.
La castaña le contó cómo había sido el embarazo, el parto y, en general, todo lo que había ocurrido mientras la pelinaranja estaba en su tierra natal.
– Y dime... ¿has visto ya a Jafar? – y ahí estaba la pregunta que más temía Aisha. Suspiró mientras se llevaba una mano al pelo, preparándose para responder.
– Bueno.. podría decirse que sí. Le vi un minuto, cuando salí tras hablar con el rey Sinbad, nada más. Estaba ocupado – Nailea la miró durante unos instantes, mientras Aisha notaba como el sonrojo subía a su cara.
– En otras palabras, has huido.
Sí, eso exactamente era lo que Aisha había hecho. Solo que escucharlo expresado de esa manera...hacía a la pelinaranja sentirse muy estúpida. La chica se llevó las manos a la cara, cubriéndose avergonzada. Acababa de cometer un error estúpido, y muy grande.
– Vaya, ¿entonces es verdad que Aisha ha vuelto? Y ya veo que no me habéis esperado para cotillear... Muy mal, chicas – Pisti se acercaba a las dos chicas con una sonrisa y acompañada de Yamuraiha. La más pequeña miró a Aisha con interés, ya que al apartar las manos había revelado cierto sonrojo – ¡Y encima estáis hablando de hombres! ¡Sin mí!
– Me alegro de volver a veros – dijo Aisha con una sonrisa intentando cambiar de tema. Sin éxito.
– No, no, no, déjate de tonterías y saludos. Quiero saber de qué estabais hablando. Y por tu cara sé que no era de un hombre de Sasan, teniendo en cuenta que todos son como Spartos necesitarían una eternidad para poder hacer algo que provoque sonrojo.
La suerte de la pelinaranja fue la llegada del resto de los generales, que la libró de un interrogatorio con la rubia. Si bien ésta se acerco a la joven de Sasan y le dejó claro que tenían una conversación pendiente, para desgracia de Aisha. Bueno, al menos eso le daba tiempo para preparar alguna historia.
El único al que no vio la dama de Sasan en todo el día fue a Jafar. Y le resultaba extraño, porque antes de su marcha solían encontrarse a menudo por el palacio. La chica se planteó si él la estaría evitando, pero no le parecía algo que fuese a hacer Jafar, por molesto que estuviese. Le vio al día siguiente, cuando se levantó por la mañana y se acercó a buscar algo para desayunar.
– Jafar... – el joven peliblanco se giró al escuchar su nombre y se sorprendió al ver a Aisha allí – ¿Podemos hablar?
Antes de que Jafar pudiese responderle, Hinahoho entró en la sala, saludándolos a ambos y comenzando a hablar sobre la comida. La verdad es que Aisha no le escuchaba, y tampoco parecía hacerlo Jafar. Éste último se disculpó y se fue rápidamente. Aisha comprendió que no quería hablar con ella.
Durante los días siguientes la pelinaranja siguió intentándolo, sin éxito. Cuando por fin conseguía encontrarle a solas, siempre aparecía alguien y les interrumpía. Incluso cuando el rey Sinbad le pidió que ayudase al general con unos asuntos, momento en el que Aisha esperaba que pudiesen estar a solas, como tantas otras veces, el rey se quedó presente, fastidiando los planes de la chica.
Parecía imposible poder hablar con él, lo que hacía que Aisha comenzase a desesperar. Decidió dejarle una nota en su mesa de trabajo, pidiéndole reunirse esa misma noche en la habitación de la chica, pero a decir verdad no confiaba mucho en que fuera a aparecer. Aún así le esperó, pero eran las doce de la noche y el general seguía sin aparecer. No servía de nada, todo lo que hacía Aisha parecía inútil.
De pronto la puerta se abrió, dando paso a Jafar, quien entró en la habitación y cerró la puerta a su espalda. Aisha se quedó petrificada al verle, olvidándose de todo lo que tenía pensado decirle. Sentía las lágrimas agolparse en sus ojos pero no quería que el general la viese llorar, por lo que se giró para darle la espalda y se acercó a la ventana de su habitación. Respiró hondo, intentando calmarse. Jafar se acercó a ella y apoyó sus manos en sus hombros. Estaban muy cerca, Aisha podía sentir la respiración del general a su espalda. Pero aún así no se giró.
– Te he echado de menos – admitió finalmente Jafar.
Aisha sentía la sangre de sus venas hervir. ¿Cómo que la había echado de menos, si la había estado ignorando desde que llegó? No podía mentirle así, no quería oír mentiras, no de su boca. La pelinaranja esbozó una sonrisa irónica y se apartó de él.
–¿Cómo puedes decir eso? – acertó finalmente a decir, casi en un murmullo – No te has acercado a mí... Desde que volví, es como si no existiera. Como si tú y yo no... no fuésemos nada.
– Fuiste tú la que me ignoró nada más llegar – el reproche del peliblanco era totalmente cierto, pero ella había intentado enmendar su error.
– Quise explicártelo. Estaba nerviosa yo... Tenía miedo de haberlo estropeado todo, al irme.
Jafar se acercó a la embajadora y alzó la mano para acariciar su mejilla. Aisha sentía el calor subir a sus mejillas, pero aguantó sin apartar la mirada. Quería verle a los ojos, quería encontrar el valor para decírselo todo. El general acercó sus labios y la besó, llevando sus brazos a la cintura de ella para rodearla. Para atraerla hacia sí y decirle que no quería que se fuera nunca más.
A la mañana siguiente, Aisha se despertó entre los brazos del general. Aún era muy temprano, pues él aún seguía en su habitación. Jafar acarició su pelo naranja al notar que estaba despierta, y ella se giró para abrazarle. Se sentía feliz allí junto a él. Al menos lo hacía hasta que la imagen de su cuñada apareció en su mente.
– ¿Crees que esto está mal? – preguntó Aisha de repente, sorprendiendo al general. Jafar se apartó de ella y se irguió en la cama, mientras ella hacía lo mismo.
– ¿A qué te refieres?
– A esto, a nosotros. Yo... Lo que quiero decir es que... – la pelinaranja suspiró y se llevó la mano al pelo, mientras pensaba bien lo que quería decir – En Sasan las cosas son muy diferentes, ¿sabes? Allí esto, tú y yo, lo que tenemos, no estaría bien visto. Y yo me pregunto si tú... bueno, qué piensas tú de esto.
Jafar se quedó mirándola, pensativo. Comenzaba a entender la línea del pensamiento de Aisha y no quería decir nada que pudiese llevar por el camino equivocado. Pero tampoco quería darle una respuesta con la que no se quedase satisfecha.
– Te quiero, lo sabes, ¿no? – preguntó haciendo sonrojarse a la chica. Sin mirarle a los ojos, era incapaz por la vergüenza que sentía, Aisha asintió – Entonces, ¿cómo puede estar esto mal?
Aisha sentía ganas de llorar. Jafar había dicho lo que necesitaba oír. Daba igual lo que pensase su cuñada o su hermano o el mundo, lo que importaba eran ellos dos. Se querían, y eso era una razón más que suficiente para estar juntos. Sonrió y se acercó para besarle en los labios, antes de volver a tumbarse abrazada a él. Ahora todo estaba solucionado, por fin.
– Siempre podemos casarnos – susurró Jafar mientras le acariciaba el pelo.
Aisha volvió a erguirse, creyendo haberlo escuchado mal. Pero la mirada del general era seria, y estaba esperando una respuesta. La pelinaranja no tenía ninguna respuesta preparada, es decir, eso era lo último que esperaba que ocurriese. Casarse con Jafar... No es como si no se le hubiese pasado por la cabeza nunca.
– Es una locura, lo siento – dijo el general en un intento de tranquilizarla, acariciándole el brazo con una sonrisa – Es que, no sé, me parecería bien hacerlo. El casarnos, digo.
– Y a mí también.
Fin de la parte II.
