¡Hola! Primero que nada quiero agradecer a quienes decidieron darle clic a la historia que publico. El plot consiste en tres tiempos diferentes, la fecha nos indicará dónde ubicarnos.
Advertencias: Contexto histórico, más no exacto. Multiparing, pero mucho Crackpairing y Nyotalia!
Capítulos extensos.
Disclaimers: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son pertenencia de Hidekaz Himaruya. La historia tampoco me pertenece. Es una adaptación de una novela de Kate Morton.
Sin más contratiempos, comencemos.
"La memoria es una amante cruel y traicionera con la que todos debemos aprender a bailar".
Pero, ¿qué pasa cuando la densa neblina del olvido es sólo un débil bálsamo a un dolor que no cesa?
Un misterio, una vida qué recordar, cómo encontrar una redención.
De eso trata esta historia.
"Allí donde la toques, la memoria duele".
Yeorios Seferis.
"Hubo momentos en que no sólo me olvidé de mí, sino también de lo que soy".
Samuel Beckett.
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La Memoria es Traicionera y el Olvido en un Jardín
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Capítulo Segundo
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Salisbury, Estados Unidos, 1976
Antonio supo adónde se dirigían tan pronto como su madre bajó la ventanilla y le dijo al empleado de la gasolinera: "llénelo". El hombre le respondió algo que hizo reír a su madre trivialmente. Le guiñó un ojo a Antonio antes de que su mirada se posara en las largas piernas bronceadas de su madre, que salían de sus shorts hechos de unos jeans cortados. Antonio estaba habituado a que los hombres miraran a su madre y no le prestaba mayor atención. Por eso, se volvió a mirar por la ventanilla y a pensar en Lovina, su abuela. Porque allí era a donde se dirigían. La única razón por la que su madre echaba más de cinco dólares de gasolina en el coche era para hacer el viaje de una hora por la autopista Ocean Gateway hasta Salisbury.
Antonio siempre se había sentido fascinado por Lovina. Sólo la había visto cinco veces en su vida (hasta donde podía recordar) pero Lovina no era el tipo de persona que uno olvida con facilidad. Para empezar, la había escuchado hablar en lenguas extrañas, a lo que su abuela le respondió que desde niña, hablaba con fluidez el alemán y el francés. Lovina también le dijo que corría sangre italiana por sus venas. Aunque su madre algunas veces refería que ella no se sentía nada "italiana", y, aún así, solía decir una que otra palabra en ese idioma. Antonio se preguntó, por qué no sabía italiano. También ella era la persona más vieja que había visto jamás. Y no sonreía como las demás personas, lo que la hacía ver aún más imponente y aterradora. Isabella no hablaba mucho de ella, pero una vez, estando Antonio en la cama, escuchó a su madre discutir con el novio anterior a Wallace y referirse a Lovina como una bruja, y aunque para entonces había dejado de creer en la magia, la imagen no lo abandonaría.
Lovina era una bruja. Sus largos cabellos —teñidos, obviamente— castaños enrollados en un moño en la nuca, la angosta casa de madera en la colina, con los muros amarillos limón desconchados, el descuidado jardín y los gatos del vecindario siguiéndola a todas partes. Sin contar el modo en que te miraba fijamente, como si estuviera a punto de realiza un conjuro.
Avanzaron veloces por la Salisbury Bypass, Isabella cantando la melodía de la radio, la nueva canción de ABBA que estaba siempre entre las favoritas de los oyentes. Después dieron vuelta por la Snow Hill Road atravesaron el centro de la ciudad y se dirigieron hacia las casas con tejados de metal corrugado en las laderas de la colina. Luego por la avenida Emerson, descendiendo una pendiente y justo atrás de una colina, en medio de dos casas mucho más anchas, estaba la casa del Lovina.
Isabella detuvo el coche abruptamente y apagó el motor. Antonio permaneció sentado por un momento, el sol entrando a través de las ventanillas sobre sus piernas, la piel de sus ingles pegada al asiento de vinilo. Bajó del automóvil cuando su madre lo hizo y permaneció de pie a su lado, mirando inconscientemente hacia arriba, hacia la alta casa desgastada con el tiempo.
Un estrecho y agrietado sendero de cemento ascendía por un lateral. Había una puerta principal, en lo más alto, pero alguien, algunos años antes, la había techado, de modo que la entrada parecía oscurecida, e Isabella dijo que nadie la usaba. A Lovina le gustaba así, agregó: evitaba que la gente la visitara sin anunciarse, pensando que serán bienvenidos. Los canalones del tajado eran viejos y torcidos, y en el centro había un gran agujero oxidado que debía soltar el agua a chorros cuando llovía. Hoy, sin embargo, no hay señales de lluvia, pensó Antonio, mientras una cálida brisa hizo tintinear las campanillas.
— ¡Salisbury es una apestosa ciudad! —dijo Isabella, mirando por encima de la montura de sus grandes gafas color verde y sacudiendo la cabeza —. Gracias a Dios que me marché.
Se escuchó un ruido en el extremo del sendero. Un gato flaco color caramelo clavó su mirada, de claro rechazo, en las recién llegadas. Oyeron el chillido de las bisagras de una puerta, y luego, pisadas. Una figura esbelta, de cabellos cafés, apareció junto al gato. Antonio respiró hondo.
Lovina.
Era como estar cara a cara con una fantasma de su imaginación.
Se quedaron inmóviles, observándose mutuamente. Nadie habló. Antonio tuvo la extraña sensación de ser testigo de un misterioso ritual de adultos que no acababa de entender. Se estaba preguntando por qué continuaban quietas, quién haría el siguiente movimiento, cuando Lovina rompió el silencio.
—Pensé que habíamos acordado que en el futuro llamarías antes de venir.
—Qué alegría verte, madre.
—Estoy en plena organización de cajas para una subasta, además tengo cajones de tomates por todas partes, no hay donde sentarse.
—Nos arreglaremos. —Isabella señaló en dirección a Antonio—. Tu nieto tiene sed, hace un calor horroroso aquí afuera.
Antonio se movió incómodo, mirando a su alrededor. Había algo extraño en el comportamiento de su madre, un nerviosismo al que no estaba acostumbrada y que no habría sabido definir. Escuchó cómo su abuela exhalaba el aire lentamente.
—Está bien —dijo Lovina—, será mejor que pasen.
Lovina no había exagerado respecto al desorden. El suelo estaba cubierto de periódicos arrugados, en grandes pilas que crujían. Sobre la mesa, como una isla en medio de un mar de papel impreso, había una innumerable cantidad de platos, copas y cristales. Fruslerías, pensó Antonio, complacido de acordarse del vocablo.
—Pondré la cafetera —dijo Isabella, avanzando en dirección a la cocina.
Lovina y Antonio quedaron a solas y entonces la anciana dirigió su mirada hacia ella del modo peculiar en que solía hacerlo.
—Estás más alto —comentó por fin—. Pero sigues siendo muy delgado.
Era verdad, los niños en la escuela siempre se lo estaban diciendo.
—Yo era delgada como tú —dijo Lovina—. ¿Sabes cómo solía llamarme mi padre?
Antonio se encogió los hombros.
—Piernas con suerte. Suerte que no se quebraran por la mitad. —Lovina comenzó a sacar unas tazas para café colgadas en un viejo aparador—. ¿Café o té?
Antonio negó con la cabeza, escandalizado. Aunque había cumplido los diez en febrero, todavía era un niño y no estaba acostumbrado a que los adultos le ofrecieran bebidas de adultos.
—No tengo jugo de frutas ni refrescos burbujeantes —le advirtió Lovina —, ni ninguna de esas cosas.
Recuperó el habla.
—Me gusta la leche.
Lovina parpadeó.
—Está en el refrigerador. Siempre tengo mucha, para los gatos. La botella estará resbaladiza, así que no la dejes caer en el suelo.
Cuando sirvió el café, Isabella, le dijo que se fuera a jugar. El día era demasiado brillante y soleado para que un niño estuviera encerrado adentro. La abuela Lovina le dio permiso para hacerlo debajo de la casa con la condición de que no desordenara nada y que no entrara bajo ningún concepto en el apartamento del piso inferior.
Era uno de esos días de calor insoportable, en donde el tiempo parece eternizarse sin interrupción. Los ventiladores servían de muy poco, salvo para remover el aire caliente, las cigarras amenazaban con ensordecer a todos, respirar era un esfuerzo, y lo único que se podía hacer era tumbarse de espaldas y esperar a que ese tiempo pasara.
Pero Antonio no era conocedor de eso. Era un niño y tenía la resistencia de los niños para los climas difíciles. Dejó que la puerta del mosquitero se cerrara de golpe a su paso y siguió el sendero hacia el jardín trasero. Muchas hojas se habían desprendido y se cocían al sol, secas, negras, arrugadas. Las aplastó con sus zapatos al avanzar. Sintió un secreto placer al observar las manchas en el cemento gris.
Se sentó en el pequeño banco de hierro en el claro que había en la parte más alta, y miró en dirección al extraño jardín de su misteriosa abuela, y por qué habían ido de visita hoy, pero, por más vueltas a las preguntas en su mente, no consiguió dar con las respuestas.
Después de un rato, la distracción del jardín demostró ser muy poderosa. Al caminar más al fondo, descubrió un huerto, lleno de tomates rojos y brillosos. Sus preguntas se desvanecieron, y comenzó a recoger unos ejemplares maduros, mientras un gato pardo observaba a la distancia, fingiendo desinterés. Cuando hubo juntado unos cinco, Antonio se subió a la rama más baja de un árbol en un rincón del jardín, con los tomates sujetos en sus manos, y comenzó a comerlos, uno por uno. Disfruto de su interior frío y jugoso.
Cuando por fin se las comió, Antonio se limpió las manos en sus shorts y dejó vagar la mirada. Al otro lado de la alambrada había un enorme edificio rectangular. Sabía que era el viejo teatro de la ciudad, aunque ahora estaba cerrado. En algún lugar en el centro su abuela tenía una tienda de antigüedades. Antonio había estado allí una vez, antes, durante otra visita imprevista de Isabella a Salisbury. Se había quedado con Lovina mientras su madre salió a encontrase con alguien o hacer alguna otra cosa.
Lovina le había permitido pulir un juego de té de plata. Antonio había disfrutado haciéndolo: el olor del limpiaplata, observar cómo el paño se ennegrecía y la tetera brillaba. Lovina incluso le explicó alguna de las marcas —el león por la libra esterlina, la cabeza de leopardo por Londres, una letra por el año de fabricación—. Era como un código secreto. Antonio había recorrido esa semana su casa, esperando hallar plata que pulir y descifrar para Isabella. Pero no había encontrado nada. Había olvidado hasta ese momento cuánto disfrutó de esa tarea.
Con el paso de los minutos, la rama empezó a calarle en su trasero y las urracas se atragantaban con su canto, regresó por el sendero del jardín. Su madre y Lovina seguían en la cocina —podían distinguir sus siluetas destacarse a través de las cortinas— por lo que continuó por el lateral. Había una gran puerta corredera de madera y cuando jaló de la cerradura se abrió para mostrar el área fresca y sombría de debajo de la casa.
La oscuridad constituía tan contraste con el brillo exterior que era como cruzar la frontera a otro mundo. Antonio sintió un estremecimiento de excitación al entrar y caminar por el perímetro de la habitación. Era un gran espacio, pero Lovina había hecho lo posible por llenarlo. Cajas de varias formas y tamaños estaban apiladas desde el suelo hasta el techo en tres de los muros, y a lo largo del cuarto se recostaban extraños marcos de ventanas y puertas, algunas con lo paneles de cristal rotos. El único espacio sin cubrir era una puerta, en medio de la pared más alejada, la que daba a lo que Lovina denominaba "el apartamento". Espiando en su interior, Antonio pudo ver que era del tamaño d un dormitorio. Estantes improvisados, cargados de libros, cubrían dos de las paredes y había un catre en un rincón, con una colcha roja, blanca y verde, cubriéndolo. Una pequeña ventaba dejaba entrar la única luz a la habitación, pero alguien había clavado una estacas de madera para trabarla. Para mantener a distancia a los ladrones, supuso Antonio. Aunque no podía imaginarse qué podían querer de semejante habitación.
Sintió la imperiosa necesidad de tumbarse en el catre, sin sentir el frescor de la colcha contra su piel tibia, pero Lovina había sido muy explícita con respecto a esa habitación y Antonio acostumbraba a obedecer. En ves de entrar al departamento y tumbarse a la cama, se volvió. Regresó y buscó algo en el cuarto, algo con qué entretenerse.
Antonio abrió una de las cajas y vio unas bolitas en una bolsita, con la esperanza que fueran canicas. Las estaba sacando cuando la voz de su abuela, aguda como un vidrio quebrado, le llegó desde el piso superior.
— ¡¿Qué clase de madre eres tú?!
—No peor de lo que tú fuiste.
Antonio permaneció inmóvil mientras escuchaba. Se hizo el silencio, o al menos, hasta donde pudo oír. Lo más probable es que hubieran vuelto a bajar la voz, recordando que los vecinos estaban a apenas unos metros a cada lado. Wallace a menudo le recordaba a Isabella cuando discutían que no ayudarían el que unos desconocidos estuvieran al tanto de sus asuntos. No parecía importarles que Antonio escuchara cada una de sus palabras.
Para su fortuna, sí eran canicas. Comenzó a jugar con ellas, aunque fuera solo. Andy Walker, que tenía fama entre los chicos de quinto grado por ser el más exigente contrincante en las canicas, le diría que eso no tendría sentido. Entonces, Antonio perdió el entusiasmo por el juego. El tono de voz de su madre lo había alterado. El vientre había comenzado a dolerle.
Volvió a meter las canicas a la caja y la dejó en su lugar.
Hacía demasiado calor para salir afuera. Lo que en verdad quería hace era leer. Escapar hacia la Isla del Tesoro, trepar al Árbol de la Habichuelas Mágicas, o ser El Cid Campeador. Evocó su libro, olvidado sobre su cama, en donde lo había dejado esa mañana, justo al lado de su almohada. Había sido una estupidez de su parte no traerlo; escuchó la voz de Wallace, como siempre que hacía una tontería.
Pensó entonces en los estantes de Lovina, los viejos libros que rodeaban el departamento. Seguramente a Lovina no le importaría si elegía uno y se sentaba a leer. Pondría mucho cuidado en no dañarlo y dejar las cosas tal y como las había encontrado.
El olor a polvo y tiempo estancado en el interior era intenso. Antonio dejó que la vista recorriera la hilera de lomos de los libros, rojos, verdes, amarillos, y esperó a que un título lo atrapara. Una gata blanca estaba acomodada en el tercer estante, balanceando el rabo entre los libros, bajo un rayo de luz solar. Antonio no la había visto antes, y se preguntó de dónde había salido y cómo habría entrado al departamento sin que lo advirtiera. La gata, notando que estaba siendo examinada, extendió las patas delanteras y miró fijamente a Antonio con aires de reina. Después dio un salto en un prolongado y fluido movimiento, se dejó caer al suelo y desapareció bajo la cama.
Antonio la observó esconderse, preguntándose cómo sería moverse con tanta facilidad, para desaparecer por completo. En donde la gata había pasado por debajo de la manta se veía algo. Era pequeño y blanco. Rectangular.
Antonio se agachó y alzó el borde de la manta. Espió debajo. Era una pequeña maleta, una vieja maleta. Estaba medio cerrada y cuando Antonio pudo distinguir algo de lo que contenía. Papeles, telas blancas, una cinta azul. Una maleta de niña, pensó.
Sin embargo, la certidumbre se apoderó de él, tenía esa sensación de saber con exactitud qué contenía, incluso si significaba violar aún más las reglas de Lovina. Con el corazón palpitante, tomó la maleta y la abrió, apoyando la tapa contra la cama. Comenzó a mirar los objetos del interior.
Un cepillo de plata, viejo, y con seguridad valioso, con una flor de lis labrada cerca de las cerdas para indicar que era francés. Un vestido blanco, pequeño y bonito, el tipo de vestidos antiguos que Antonio nunca había visto en puesto en niñas de su edad. Un fajo de papeles sujeto con una pálida cinta azul. Antonio dejó que el nudo se deshiciera entre sus dedos y lo apartó para ver qué encontraba.
Un dibujo, un boceto en blanco y negro. La mujer más hermosa que Antonio hubiera visto nunca, de pie bajo un arco en el jardín. No, no era un arco, era una curvatura cubierta de hojas, la entrada a un túnel de árboles. Un laberinto, pensó ella de repente. Esa extraña palabra le llegó a la mente completamente formada.
Hileras de pequeñas líneas negras se combinaban mágicamente para dar forma a la imagen y, Antonio se preguntó qué se sentiría al crear algo así. La imagen era extrañamente familiar, y al principio no pudo pensar cómo era posible eso. Después se dio cuenta: la mujer se parecía a un personaje de un libro de cuentos infantiles. Como una ilustración de un viejo relato de hadas, la doncella que se convierte en una princesa cuando el apuesto príncipe la descubre bajo sus raídas ropas.
Dejó el boceto en el suelo, a su lado y, se concentró en el resto del manojo. Había unos sobres con cartas en su interior, y un cuaderno con renglones que alguien había cubierto con floridas letras. Por lo que Antonio sabía, podía haber estado escrito en otro idioma, pero no logró descifrarlo. Folletos y páginas de revistas habían sido apiladas con una vieja fotografía de un hombre y una mujer y una niña pequeña de largas trenzas. Antonio no reconoció a nadie.
Debajo del cuaderno encontró un libro de relatos infantiles. La tapa era de cartón verde, la escritura dorada: Relatos Mágicos para niñas y niños, de Elizabeta Héderváry. Antonio repitió el nombre de la autora, disfrutando del misterioso susurro contra sus labios. Lo abrió, y más allá de la portada encontró la imagen de un hada sentada en el nido de un pájaro: largos cabellos flotantes, una corona de estrellas en torno a su cabeza, y grandes alas traslúcidas. Al observar con mas detenimiento, se dio cuenta que el rostro del hada era el mismo de la mujer del dibujo. Unas líneas en cursiva, como tela de arañas, se enredaban en la base del nido, proclamándola como "nuestra narradora, la señorita Héderváry". Con un delicioso escalofrió, se volvió al primer cuento de hadas enviando sorprendidos pececillos de plata a escabullirse en todas las direcciones. El tiempo había amarilleado las páginas, deformando y estropeando sus esquinas. El papel estaba polvoriento al tacto y, cuando frotó una esquina gastada, le pareció que se desintegraba ligeramente, convirtiéndose en polvo.
No pudo contenerse. Se acurrucó en medio del catre. Era el lugar perfecto para leer: fresco, tranquilo y secreto. Antonio siempre se escondía para leer, aunque no sabía bien por qué. Era como si no pudiera desembarazarse de la sospecha de que estaba siendo perezosa, que el entregarse tan completamente a algo tan placentero debía estar, seguramente, mal. También notó que se trataría de un cuento de "niñas".
Pero a pesar de ello, se entregó. Se dejó caer por la madriguera del conejo en dirección a un cuento de magia y misterio, sobre una princesa que vivía con una anciana ciega en una cabaña en los límites de un oscuro bosque. Una valiente princesa. Más valiente de lo que Antonio quizás nunca sería.
Estaba a un par de páginas de terminar, cuando los pasos en el piso de arriba le llamaron la atención.
Estaban acercándose.
Se incorporó rápidamente, retirando los pies en la cama y apoyándolos en el suelo. Quería, con desesperación, terminar de leer, averiguar qué le pasaría a la princesa. Pero no había tiempo. Guardó los papeles, metió otra vez todo en el maletín y lo deslizó debajo de la cama, borrando toda evidencia de su desobediencia.
Salió de su apartamento, salió rumbo al jardín, tomó una ramita que estaba en la tierra y comenzó a hacer trazos rápidos.
Para cuando su madre y Lovina aparecieron junto a la puerta trasera, Antonio ofrecía una imagen bastante convincente de alguien que había estado haciendo dibujos sobre la tierra toda la tarde.
—Ven aquí, pequeño —dijo Isabella.
Antonio se sacudió los shorts y fue hasta su madre, sorprendido de que Isabella pasara un brazo sobre sus hombros.
— ¿Te estás divirtiendo?
—Sí —contestó Antonio con cauta. ¿Lo habría descubierto?
Pero su madre no estaba enfadada. Todo lo contrario. Casi parecía triunfante. Miró a Lovina.
— ¿Te lo dije o no? Éste sabe ocuparse de sí mismo.
Lovina no respondió y su madre continuó:
—Vas a quedarte con la abuela Lovina por un tiempo, Toni. Una aventura.
Esto era una sorpresa; su madre debía tener otros asuntos en Ocean City.
— ¿Me quedaré a almorzar?
—Todos los días, supongo, hasta que vuelva a buscarte.
Antonio fue súbitamente consciente de las astillas de la ramita que sostenía. Del modo en que estás se le encajaban en la palma de la mano. Miró a su madre y a su abuela. ¿Era un juego? ¿Estaba su madre bromeando? Esperó a ver si Isabella estallaba en risas.
No lo hizo. Simplemente miró a Antonio, con sus enormes ojos azules.
Antonio no pudo pensar en nada que decir.
—No he traído pijama —articuló finalmente.
Su madre, entonces, sonrió, rápida y ampliamente, aliviada, y Antonio entrevió que de alguna manera la posibilidad de oponerse había pasado.
—No te preocupes por eso, tontito. Te he preparado una maleta que está en el coche. No pensarías que iba a dejarte sin maleta, ¿verdad?
Durante toda la conversación, Lovina permaneció en silencio, rígida, mirando a Isabella de una manera que Antonio reconoció como desaprobadora. Supongo que su abuela no quería que se quedara. Los niños tenían el hábito de entorpecerlo todo, es lo que Wallace estaba diciendo siempre.
Isabella fue hasta el automóvil, se inclinó por la ventanilla trasera, abierta, y tomó la bolsa—. Ahí dentro hay una sorpresa para ti, una sudadera nueva. Wallace me ayudó a elegirla.
Se enderezó y le dijo a Lovina:
—Sólo una o dos semanas, te lo prometo. Sólo mientras Wallace y yo arreglamos nuestras cosas. —Isabella acarició los castaños cabellos de Antonio—. Tu abuela Lovina está ansiosa por tenerte de visita. Serán unas auténticas vacaciones de verano, algo que contar a los otros niños cuando regresas a la escuela.
En cada momento, su abuela sonrió, sólo que no fue una sonrisa feliz. Antonio pensó que sabía lo que significaba sonreír de esa manera. Lo hacía con frecuencia cada vez que su madre le prometía algo que él deseaba con todas sus fuerzas, aún sabiendo que tal vez no lo cumpliría.
Isabella dejó caer un beso sobre su mejilla, le tomó la mano, se la apretó y, cuando quiso darse cuenta, se había marchado. Antes de que Antonio pudiera abrazarla, decirle que condujera con cuidado, preguntarle cuándo, exactamente, estaría de vuelta.
Más tarde, Lovina preparó la cena —gruesos cortes de lomo de cerdo, arroz cocido y ensalada de lechuga y tomate— y comieron en la angosta sala junto a la cocina. La casa de Lovina no tenía mosquiteros en las ventanas como en el apartamento de Wallace en la avenida Atlantic; en cambio, tenía un matamoscas de plástico en la repisa de la ventana a su lado. Cuando las moscas o mosquitos amenazaban, ella golpeaba con rapidez. Lo hacía con tanta rapidez y naturalidad que la gata, dormida en el regazo de Lovina, apenas si parpadeaba.
El achaparrado ventilador colocado sobre el refrigerador agitaba el aire espeso y húmedo de un lado a otro mientras cenaban; Antonio respondió a las ocasionales preguntas de su abuela tan educadamente como pudo, y finalmente el examen de la cena concluyó. Ayudó a secar los platos y después Lovina lo llevó al baño y comenzó a llenar la bañera con agua tibia.
—Lo único peor que un baño frío en invierno —observó Lovina descuidadamente— es un baño caliente en verano. —Tomó una toalla roja del armario y la dejó sobre la cisterna del retrete—. Puedes cerrar el grifo cuando el agua llegue a esta línea. —Señaló una grieta en la porcelana blanca, luego se puso de pie, alisando su vestido—. ¿Estarás bien?
Antonio asintió y sonrió. Esperaba haber respondido correctamente, los adultos a veces eran tramposos. Sabía que, por lo general, no les gustaba que lo niños dieran a conocer sus sentimientos, al menos no los oscuros. Wallace solía recordarle con frecuencia que los niños bueno sonreían y aprendían a mantener sus pensamientos más negros para sí. Lovina, era, sin embargo, diferente; Antonio no estaba seguro de cómo lo sabía, pero presentía que las reglas de Lovina eran distintas. De todas maneras, era mejor estar prevenido.
Ése fue el motivo por el cual no había mencionado el cepillo de dientes o. más bien, la falta de cepillo de dientes. Isabella siempre se olvidaba de esas cosas cuando pasaban un tiempo fuera del hogar, pero Antonio sabía que una o dos semanas sin él no acabarían con él. Se retiró la ropa, tratando de no hacer micho ruido. En casa casi siempre me metía con un juguete a la bañera, pero no estaba seguro si Lovina lo permitiría, y no quiso preguntar. Se metió a la bañera y se sentó en el agua tibia, abrazando sus rodillas contra sí y cerrando los ojos. Escuchó cómo el agua lamía los bordes de la bañera, el zumbido de las lámparas, un mosquito en algún lugar de cuarto.
Se quedó así por un tiempo, y sólo salió cuando se dio cuenta de que si seguía retrasándolo, Lovina podría volver a buscarlo. Se secó, colgó la toalla cuidadosamente, alineando los bordes, y luego se puso el pijama.
Encontró a Lovina en un cuarto contiguo, poniendo sábanas y una manta en un diván.
—No suele utilizarse para dormir —indicó Lovina, acomodando una almohada en su sitio—. El colchón no es gran cosa, y los elásticos están un poco duros, pero tú eres menudito. Estarás lo suficientemente cómodo.
Antonio asintió gravemente.
—No será por mucho tiempo. Sólo una o dos semanas, mientras tu madre y su pareja arreglan sus cosas.
Lovina sonrió con amargura. Echó un vistazo al cuarto y luego a Antonio.
— ¿Necesitas alguna otra cosa? ¿Un vaso con agua? ¿Una lámpara?
Antonio se preguntó vagamente si Lovina tendría un cepillo de dientes de más, pero no pudo articular las palabras necesarias para preguntarle. Negó con la cabeza.
—Adentro entonces —dijo Lovina, apartando el doblez de la sábana.
Antonio se deslizó obediente en la cama y Lovina lo cubrió con las mantas. Eran sorprendentemente suaves, gastadas por el uso de un modo agradable, con un aroma poco familiar pero limpio.
Lovina vaciló.
—Bueno… buenas noches.
—Buenas noches.
Después apagó la luz y Antonio se quedó solo.
En las penumbras, los ruidos extraños parecían acrecentarse. El tráfico en una colina distante, un aparato de televisión en la casa de unos de los vecinos, los pasos de Lovina en la otra habitación. Del otro lado de la ventana las campanillas tintineaban, y Antonio se dio cuenta de que el aire estaba cargado del aroma de eucaliptos y el olor a tierra mojada. Se acercaba una tormenta.
Se acurrucó bajo las sábanas. No le gustaban las tormentas, eran impredecibles. Con suerte, ésta pasaría de largo sin tener tiempo de descargar toda su fuerza. Hizo un pequeño tarto consigo mismo: si podía contra hasta diez antes de que el siguiente automóvil resonara en la cercana colina, todo estaría bien. La tormenta pasaría con rapidez y su madre volvería a buscarla antes de una semana.
Uno. Dos. Tres… No hizo trampa, no se apresuró… Cuatro. Cinco. Nada hasta el momento, falta sólo la mitad… Seis. Siete… Respiraba agitada, no había pasado aún otro automóvil, casi a salvo… Ocho.
De pronto, se sentó. Recordó que su maleta tenía bolsillos interiores. Su madre no se había olvidado, sólo había guardado el cepillo de dientes en uno de ellos, para mayor seguridad.
Antonio saltó de la cama justo cuando una fuerte ráfaga hizo chocar las campanillas con la ventana. Avanzó a tientas por el cuarto con los pies desnudos, fríos por la corriente de aire que se filtraba entre las tablas del suelo.
El cielo gruñía ominoso sobre la casa para luego iluminarse de modo espectacular. Infundía peligro, lo que le recordó la tormenta del cuento de hadas que había leído esa tarde, la furiosa tormenta que había seguido a la princesita hasta la cabaña de la vieja.
Antonio se arrodilló al suelo, buscando en un bolsillo tras otro, deseando que sus dedos apresaran la forma familiar del cepillo de dientes.
Gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer con fuerza sobre el techo de metal corrugado. Al principio en forma esporádica, luego más seguidas, hasta que Antonio no pudo percibir intervalo alguno entre ellas.
Ya puestos, no perdía nada con revisar la parte central de la maleta: el cepillo de dientes era pequeño, tal vez estuviera tan al fondo que había pasado desapercibido. Metió sus manos hasta el fondo y sacó todo lo que había. El cepillo no estaba allí.
Antonio se tapó los oídos mientras otros trueno sacudía la casa. Se puso de pie y cruzó los brazos contra su pecho, vagamente consciente de su propia delgadez, de su inconsistencia, mientras se refugiaba apresuradamente bajo las sábanas.
La lluvia caía sobre los aleros, corría por las ventanas en arroyuelos, desbordaba los canalones que había sido tomados por sorpresa.
Debajo de las sábanas, Antonio yacía inmóvil, abrazando su cuerpo. A pesar del húmedo aire tibio, sentía escalofríos en los brazos. Sabía que debía procurar dormir, que si no lo hacía por la mañana estaría cansada, y que a nadie le gusta pasar el tiempo junto a alguien gruñón.
Pero, por más que lo intentaba, el sueño no llegaba. Contó ovejas, cantó en silencio canciones sobre submarinos amarillos, naranjas y limones, jardines bajo el mar, se contó a sí mismo cuentos de caballeros andantes. Pero la noche amenazaba con extenderse indefinidamente.
Bajo la luz de los relámpagos, la lluvia que caía y los truenos que rasgaban el cielo, Antonio comenzó a llorar. Las lágrimas que habían aguantado durante largo tiempo fueron por fin liberadas bajo el oscuro velo de la lluvia.
¿Cuánto tiempo transcurrió antes de que se percatara de la oscura silueta de pie junto a la puerta? ¿Un minuto? ¿Diez?
Ahogó un sollozo en la garganta, reteniéndolo a pesar de que le quemaba.
Un susurro, la voz de Lovina.
—Vine a asegurarme de que la ventana estuviera cerrada.
Contuvo el aliento y se secó los ojos con la punta de la manta.
Lovina se había acercado: Antonio podía sentir la extraña electricidad que se genera cuando otra persona permanece cerca pero sin tocarse.
— ¿Qué sucede?
La garganta de Antonio, todavía entumecida, rehusaba dejar que las palabras se abrieran de paso.
— ¿Es la tormenta? ¿Tienes miedo?
Antonio negó con la cabeza.
Lovina se sentó muy tiesa al borde de la cama, ajustando su bata en torno a la cintura. Otro relámpago. Antonio pudo ver el rostro de su abuela, reconoció los ojos de su madre con sus bordes ligeramente hacia abajo.
El sollozo finalmente se desprendió.
-Mi cepillo de dientes —dijo entre lágrimas—. No tengo un cepillo de dientes.
Lovina lo miró por un momento, confundida, y luego tomó Antonio en brazos. El pequeño se resistió al principio, sorprendido por lo repentino, lo inesperado del gesto, pero luego se rindió a él. Se dejó caer, la cabeza contra el blando cuerpo perfumado de lavanda, sacudiendo los hombros mientras las tibias lágrimas caían sobre el camisón de su abuela.
—Bene, bene —susurró Lovina, acariciando los cabellos de Antonio—. No te preocupes. Te buscaremos otro. —Volvió la cabeza para mirar la lluvia deslizarse contra la ventana y apoyó la mejilla sobre la cabeza de Antonio—. Eres un superviviente, ¿me oyes? Vas a estar bien. Todo va a salir bien.
Y aunque Antonio no podía creer que las cosas alguna vez estarían bien, se sintió reconfortado por las palabras de Lovina. Algo en la voz de su abuela le hizo intuir que lo entendía, que sabía lo aterrador que era pasar una noche de tormenta, solo, en un lugar desconocido.
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Manhattan, Estados Unidos, 1913
Aunque regresó tarde del almacén, la carne todavía estaba caliente. Así era Amelia, bendita ella, no era de las mujeres que sirven la carne fría a su marido. Aurelio apuró hasta el último bocado y se reclinó contra la silla, frotándose el cuello. Fuera, los truenos lejanos iluminaban los edificios. Una corriente invisible hizo temblar el bombillo del foco, invitando a las sombras del cuarto a salir de sus escondites. Dejo que su mirada cansada las siguiera por la mesa, por la base de las paredes, hasta la puerta de la entrada. La oscuridad danzaba sobre el cuero de la brillante maleta blanca.
Maletas, pues, había visto muchas y muchas veces. Pero, ¿una niña? ¿Cómo demonios habría acabado una niña sentada en el muelle y, sobre todo, sola? Era una cosita preciosa, hasta donde podía apreciarse. Hermosa, de cabellos castaños-rojizos como bronce trenzado y ojos de un hermoso verde olivo. Miraba de un modo que dejaba entrever que estaba escuchando, que entendía todo lo que se le decía, y también lo que te callabas.
La puerta del dormitorio se abrió y se materializó la forma familiar y suave de Amelia. Cerró con delicadeza la puerta a su paso y avanzó por el pasillo. Se acomodó un molesto rizo detrás de la oreja, el mismo que se le escapaba todo el tiempo, desde que la vio por primera vez, allá, en la ahora lejana Sicilia.
—Ahora está dormida —dijo Amelia al llegar a la cocina—. Un poco asustada por los truenos, pero no pudo resistirse demasiado. Poveri sottli, estaba tan cansada como largo es el día.
Aurelio llevó su plato hasta la pilla de trastes y abrió el grifo para remojarlos.
—No me sorprende, yo también estoy agotado.
—Ya lo veo. Deja que los lave yo.
—Estoy bien, cara Amelia. Vete adentro, voy enseguida.
Pero ella no se fue. Podía sentirla a su espalda, y sabía, que tenía forma intuitiva en que un hombre aprende a reconocerlo, que tenía algo más que decirle. Sus palabras aguardaron el momento, Aurelio sintió que se le tensaba el cuello. Sintió que la marca de las conversaciones previas se retiraba, suspendida por un instante, preparándose para estrellarse una vez más sobre ellos.
La voz de Amelia, cuando habló, era baja.
—No necesitas andar dando vueltas a mi alrededor, don Aurelio.
Suspiró.
—Lo sé.
—Te apoyaré, ya lo he hecho antes.
—Claro que sí.
—Lo último que necesito es que me trates como una inválida. Qué diría mi madre si supiera que tú lavas los…
—No es mi intención, cara Amelia. —Volteó a mirarla. Vio que ella estaba de pie en un extremo de la mesa, las manos descansando sobre el respaldo de una silla. La postura, reconoció, se suponía que debía convencerle de su estabilidad, como si quisiera decir: "Todo está como siempre", pero Aurelio la conocía demasiado bien. Sabía que estaba dolida. Sabía que no había una maldita cosa que pudiera hacer para remediar la situación. Tal como el doctor Sabatino solía decir: "Algunas cosas no entran en los planes". Pero eso no lo hacía más sencillo, ni para Amelia ni para él.
Ella se acercó entonces a su lado, golpeándolo suavemente con su cadera. Pudo oler su suave y lechosa piel.
—Vamos. Ve a la cama —dijo ella—. Yo voy enseguida.
La alegría tan cuidadosamente mostrada le heló la sangre, pero hizo lo que le pedía.
Cumplió con su palabra y no tardó en seguirlo; él observó mientras ella se aseaba del trajín del día y se ponía el camisón por la cabeza. Aunque le daba la espalda, podía ver con delicadeza deslizaba la prenda sobre los pechos y su estómago, todavía distendido.
Ella alzó la vista y lo descubrió mirándola. La defensa expulsó la vulnerabilidad de su rostro.
— ¿Qué?
—Nada. —Se concentró en sus manos, en los callos y quemaduras de soga y de cargar cajas fruto del trabajo en el almacén—. Me estaba preguntando sobre la pequeña dormilona —dijo—. Preguntándome quién es. No habrá dicho su nombre, supongo.
—Al principio pensé que no me entendía, porque balbuceaba palabras que no logré entender. Hay muchos que llegan desconociendo el idioma de América. Le hable entonces en italiano y me di cuenta que estaba tratando de escucharme. —Puso una mano sobre la barbilla y continuó—. De pronto, me dijo que no lo sabía. No importaba cuantas veces se lo pregunté, me miraba muy seria y contestaba que no podía recordarlo.
—No crees que nos esté engañando, ¿verdad? Algunos de estos polizones son muy hábiles para el engaño.
— ¡Aurelio! —Lo reprendió Amelia—. Ella no es un polizón, si es casi un bebé.
—Tranquila cara Amelia. Sólo decía. —Sacudió la cabeza—. Aunque es difícil de creer que se le haya olvidado así como así.
— ¿Crees que se haya caído?
—No he visto que tuviera moretones, pero es posible, ¿no?
—Bene —repuso Aurelio, cuando un relámpago iluminó hasta los rincones del cuarto—. Veremos qué sucede mañana. —Cambió de posición, yaciendo de espaldas y mirando al techo—. Tiene que ser de alguna parte —dijo bajito.
—Sí. —Amelia apagó la lámpara, lo que los sumergió en la oscuridad—. Alguien debe de estar añorándola con locura. —Se dio la media como hacía todas las noches, dándole la espalda a Aurelio y separándolo de su dolor. Su voz se escuchaba ahogada entre las sábanas—. Pero te digo que no la merecen. Maledizione. Son unos descuidados. ¿Qué clase de persona puede perder a un niño?
Amelia miró de reojo al patiecillo de la azotea del edificio, donde dos pequeñas corrían de un lado a otro de la cuerda de tender, riendo cuando las sábanas húmedas les rozaban los rostros. Estaban cantando otra vez, otra de las canciones de Lovi. Las canciones eran una de las cosas que no se le habían borrado de la memoria, conocía muchas, algunas en una lengua que le parecía que era francés y unas pocas en otro que desconocía.
Lovi.
Así es como ahora la llamaban, como a la abuela paterna de Amelia, Lovina. Bueno, de alguna manera tenían que llamarla, ¿no? La pequeña todavía no podía recordar su nombre. Siempre que Amelia le preguntaba, abría desmesuradamente sus ojos avellanas y decía que no se acordaba.
Después de las primeras semanas, Amelia dejó de preguntar. Para ser sincera, estaba igual de feliz sin saberlo. No quería imaginar a Lovi con otro nombre que el que le habían dado. Lovina. Le quedaba tan bien, nadie podía decir lo contrario. Casi como si hubiera nacido con él.
Habían hecho todo lo posible para averiguar quién era, adónde pertenecía. Eso era lo más que se les podía exigir. Y aunque en principio se había dicho que la estaban cuidando por un tiempo, protegiéndola mientras su familia venía por ella, cada día que pasaba Amelia estaba segura de que no existían esas personas.
Habían caído en una rutina sencilla, los tres. Por la mañana desayunaban juntos, luego don Aurelio se iba al trabajo y ella y Lovina comenzaban las tareas de casa. Amelia descubrió que le gustaba tener una segunda sombra, disfrutaba mostrándoles cosas a Lovina, explicándole cómo funcionaban, y por qué. Lovina siempre estaba preguntando por qué y a Amelia le encantaba darle respuestas y observar cómo el entendimiento iluminaba el pequeño rostro de Lovina. Por primera vez en su vida, Amelia se sintió útil, necesitada y completa.
Las cosas también habían mejorado con Aurelio. La tensión que en los últimos años se había tendido sobre ellos comenzaba a desaparecer. Habían dejado de ser tan condenadamente corteses, tropezando con las palabras escogidas con cuidado, como dos extraños encerrados en un lugar pequeño. Incluso habían vuelto a reír en ocasiones, una risa fácil que llegaba sin esfuerzo, a diferencia de como era antes.
En cuanto a Lovina, se adaptó fácilmente a la vida con Aurelio y Amelia como pez en el agua. A los niños del edificio no les llevó mucho tiempo descubrir que había alguien nuevo entre ellos y Lovina se entusiasmó ante la perspectiva de otros compañeros de juegos. Ahora, la pequeña Agnese Bernardi del catorce, tocaba la puerta en cualquier momento del día. A Amelia le encantaba el sonido de las dos niñas corriendo juntas. Había esperado tanto tiempo, había ansiado tanto el momento en que las vocecillas chillaran y rieran en su propio hogar…
Y Lovina era una niña de lo más imaginativa. Amelia con frecuencia la escuchaba describir extensos y complicados juegos de fantasía. La azotea se convertía en un bosque mágico en la imaginación de Lovi, con setos espinosos y laberintos, incluso con una cabaña al borde de un risco. Amelia reconocía los lugares que Lovina describía de los cuentos de hadas que habían encontrado en la maleta blanca. Fue inesperado que aquel libro estuviera en inglés. Aún así, Amelia y Aurelio se habían turnado para leerle historias a Lovina por la noche. Al principio les parecieron demasiado macabras, pero Aurelio la convenció de lo contrario. A Lovina, por su parte, no parecían molestarla en lo más mínimo.
Desde donde estaba de pie, lavando alguna ropa, Amelia supo a qué estaban jugando hoy. Agnese la escuchaba, con los ojos desorbitados, mientras Lovina la conducía a través de una laberinto imaginario, dando saltitos en su vestido blanco, los rayos del sol trasformando sus largas trenzas castañas en rojizo.
Lovina extrañaría a Agnese cuando se cambiaran a la calle Mulberry, pero seguramente haría nuevos amigos. Los niños eran así. Y la mudanza era importante. Los tres necesitaban comenzar de nuevo, donde fueran la "nueva familia" del edificio. Un lugar más céntrico, donde Lovi podría comenzar a estudiar y reforzar los idiomas que traía consigo. Un lugar donde no se hicieran tantas preguntas.
Disculpen la tardanza.
Ahora sabemos algo del pasado de nuestro Toni.
Pero...
¿Elizabeta? ¿Cuentos infantiles?
¿Se quedaron aún más picados?
Recuerden, esto es sólo el comienzo...
Ojalá pudieran dejarme reviews, son importantes y me animan a continuar.
Muchas gracias y nos leeremos.
Atte. Pololina.
