¡Hola! Primero que nada quiero agradecer a quienes decidieron darle clic a la historia que publico. El plot consiste en tres tiempos diferentes, la fecha nos indicará dónde ubicarnos.
Advertencias: Contexto histórico, más no exacto. Multiparing, pero mucho Crackpairing y Nyotalia!
Capítulos extensos.
Disclaimers: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son pertenencia de Hidekaz Himaruya. La historia tampoco me pertenece. Es una adaptación de una novela de Kate Morton.
Sin más contratiempos, comencemos.
"La memoria es una amante cruel y traicionera con la que todos debemos aprender a bailar".
Pero, ¿qué pasa cuando la densa neblina del olvido es sólo un débil bálsamo a un dolor que no cesa?
Un misterio, una vida qué recordar, cómo encontrar una redención.
De eso trata esta historia.
"Allí donde la toques, la memoria duele".
Yeorios Seferis.
"Hubo momentos en que no sólo me olvidé de mí, sino también de lo que soy".
Samuel Beckett.
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La Memoria es Traicionera y el Olvido en un Jardín
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Capítulo Tercero
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Salisbury, Estados Unidos, 2005
Era una mañana de principios de primavera, Lovina llevaba muerta apenas una semana. Un viento vivaz agitaba los arbustos haciendo rodar las hojas de modo que su pálido dorso brillaba bajo el sol. Como niños empujados de repente a escena, debatiéndose entre los nervios y su propia importancia.
En la jarra de jugo de Antonio, hacía rato que los hielos se habían derretido. La había dejado sobre el borde del cemento tras su último sorbo y había olvidado que estaba allí. Una brigada de laboriosas hormigas cuyo sendero había sido aplastado se veía ahora obligada a realizar una acción evasiva, trepando hasta el borde de la jarra y descendiendo al otro lado por el asa.
Antonio no se dio cuenta. Sentado en una silla de mimbre en el jardín, junto al viejo lavadero, esta concentrado en la pared del fondo de la casa. Necesitaba una mano de pintura. Era difícil creer que ya hubieran pasado cinco años. Los expertos recomendaban que una casa de madera debía ser pintada cada siete, pero Lovina no estaba de acuerdo con eso. Durante todo el tiempo que había vivido con su abuela, la casa nunca había recibido una mano completa de pintura. Lovina solía decir que sus negocios no consistían en gastarse el dinero para que los vecinos tuvieran una vista agradable.
El muro trasero, empero, era otra cuestión; como decía Lovina, era el único que se entretenían en mirar. Así que mientras los laterales y el frente se descascarillaban bajo el feroz sol de Maryland, el trasero era un primor. Cada cinco años sacaban las muestras de pintura y se empleaban una gran cantidad de tiempo y energía en debatir los méritos de un color nuevo. En los años en que Antonio había estado allí, había sido amarillo, lila, rojo, verde oscuro. Una vez, incluso, había mostrado una suerte de mural, aunque careciera de permiso oficial…
Antonio tenía diecinueve años y la vida era dulce. Estaba en la mitad de su segundo año en la Universidad de Salisbury en Artes, su dormitorio se había convertido en su estudio por el que tenía que trepar cruzando su tablero de dibujo para llegar cada noche a su cama, y soñaba con mudarse a Baltimore para estudiar.
Lovina no estaba tan entusiasmada con el plan.
—Puedes seguir estudiando aquí, en Salisbury —decía cada vez que salía el tema—. No hay necesidad de irse para esa ciudad.
—No puedo vivir para siempre aquí, Lovina.
— ¿Quién ha dicho para siempre? Sólo espera un poco a encontrar tu propio camino.
Antonio señaló en sendero.
—Ya lo he hecho.
Lovina no sonrió.
—Baltimore es una ciudad cara para vivir y no puedo costear un alquiler allí.
—No sirvo bebidas en la taberna para divertirme, ¿sabes?
— ¡Ja! Y con eso que te pagan, puedes tardar en solicitar tu admisión a la Universidad de Maryland una década más.
—Tienes razón.
Lovina inclinó el mentón y alzó una dubitativa ceja, preguntándose a dónde conduciría semejante capitulación.
—Nunca ahorraré suficiente dinero por mí mismo. —Antonio se mordió el labio inferior, conteniendo una sonrisa esperanzada—. Si hubiera alguien dispuesto a darme un préstamo, una persona que me quisiera mucho y deseara ayudarme a perseguir mis sueños…
Lovina cogió la caja con el juego de loza que iba a llevar al centro de antigüedades.
—No voy a dejar que me arrincones, mio bambino.
Antonio percibió una esperanzadora fisura en la hasta entonces sólida negativa.
— ¿Hablaremos entonces más adelante?
Lovina alzó la vista al cielo.
-Me temo que así será. Una vez y otra vez. —Dejó escapar un suspiro, indicando que el tema estaba, por el momento, zanjado—. ¿Tienes todo lo que necesitas para la pared del fondo?
—Todo.
— ¿No te olvidarás de usar el nuevo pincel sobre las maderas? No quiero mirar a las cerdas sueltas durante los próximos cinco años.
—Sí Lovina. Y sólo para que me quede claro, meto el pincel en la lata de pintura antes de pasarlo por la madera, ¿no?
—Stupido.
Cuando Lovina volvió esa tarde de la tienda de antigüedades y de la verdulería, dio la vuelta a la casa, y se detuvo, examinando la pared bajo su nueva capa de pintura brillante.
Antonio retrocedió y apretó los labios para evitar reírse. Esperó. El amarillo era brillante, pero era el detalle en negro que había agregado en el rincón más lejano era lo que su abuela estaba mirando. El parecido era asombroso: Lovina en cuclillas, arrancando tomates maduros, y poniéndolos sobre una canastilla.
—Parece que al final he logrado arrinconarte en una esquina, Lovina. No quise hacerlo, es que me dejé llevar.
La expresión de Lovina era inescrutable.
—Ahora me pintaré yo, ayudándote a tu lado. De este modo, incluso cuando esté en Baltimore, recordarás que seguimos siendo dos.
Lo labios de Lovina temblaron levemente. Sacudió la cabeza y dejó la caja de tomates que había traído del negocio. Soltó un suspiro.
—Eres un muchacho idiota, no hay duda de eso —declaró. Y luego sonrió a pesar de sí misma y tomó el rostro de Antonio entre sus manos—. Pero eres mi muchacho idiota y no te querría de ninguna otra manera…
Un ruido, y el pasado huyó, desvaneciéndose en las sombras, como humo ante un presente más brillante y ruidoso. Antonio parpadeó y se secó los ojos. En el cielo, el ruido de un avión, una macha blanca en un mar azul gigante. Imposible imaginar que hubiera gente dentro, hablando, riendo y comiendo. Algunos de ellos mirando abajo justo cuando ella alzaba la vista.
Otro ruido, esta vez más cerca. El ruido de pasos arrastrarse.
—Hola, joven Antonio. —Una figura familiar apareció por el lateral de la casa, haciendo un alto para recuperar el aliento. Penny había sido alta alguna vez, pero el tiempo tiene su peculiar forma de moldear a la gente de manera que ellos mismos ya no se reconocen, y el suyo era ahora el cuerpo de una enana de jardín. Su cabello era blanco, sus arrugas, y sus orejas, inexplicablemente rojas.
Antonio sonrió, genuinamente satisfecho de verla. Lovina no era muy dada a hacer amigos y nunca había ocultado su fastidio por la mayor parte de los seres humanos, su neurótica compulsión por la adquisición de aliados. Pero ella y Penny veía las cosas del mismo modo. Ella era también una persona dedicada a las verduras, una antigua abogada que convirtió su hobby en trabajo cuando su esposo falleció, cuando su bufete le sugirió a ella amablemente, que era el momento de retirarse.
Durante la infancia de Antonio, fue una suerte de figura materna, además de su abuela, ofreciéndole consejos que él apreciaba y rechazaba en la misma medida, pero desde que había regresado a vivir con Lovina, también se había convertido en su amiga.
Antonio le acercó una vieja silla de un lado de la vieja pileta de lavado y se sentó con cuidado. Se había herido en las rodillas, de joven, en un accidente y le molestaban mucho, especialmente cuando cambiaba el tiempo.
Parpadeó por encima de la montura de sus gafas redondas.
—Has tenido una buena idea. Éste es un hermoso lugar, agradable y a la sombra.
—Era el lugar de Lovina. —Su voz le resultó extraña a sus oídos y se preguntó vagamente cuánto tiempo había pasado desde que había hablado en voz alta con alguien. Se dio cuanta de que no lo hacía desde la cena en casa de Giuliana, una semana antes.
—Así es. Contabas con ella hasta para decidir dónde sentarte.
Antonio sonrió.
— ¿Quieres café?
—Me encantaría, muchacho.
Entró por la puerta trasera hasta la cocina y encendió la cafetera.
— ¿Y cómo te las arreglas?
Él se encogió los hombros.
—Estoy bien. —Regresó para sentarse en el escalón de cemento cerca de su silla.
Penny apretó los pálidos labios y sonrió levemente, de forma en que sus mejillas se elevaron de una forma graciosa.
— ¿Has tenido noticias de tu madre?
—Envió una tarjeta.
—Bueno, entonces…
—Dijo que le hubiera gustado venir pero que ella y Wallace estaban ocupados. Bella y Nina…
—Claro. Las adolescentes dan mucho qué hacer.
—Ya no son adolescentes. Nina acaba de cumplir veintiuno.
Penny silbó.
—El tiempo vuela.
La cafetera comenzó a pitar.
Antonio volvió a entrar. Le puso azúcar, comenzó a menear con la cucharita y observaba como se movía el líquido. Era una ironía que Isabella hubiera resultado ser una madre tan dedicada por segunda vez. Hay tantas cosas en la vida que cambian con el tiempo.
Echó un poco de leche, preguntándose vagamente si estaría bien y cuándo la habían comprado. Antes de morir Lovina, seguramente. Estaba la fecha marcada en 14 de septiembre ¿Ya había pasado la fecha? No estaba seguro. No olía mal. Llevó la taza y se la entregó a Penny.
—Lo siento... la leche...
Ella bebió un sorbo.
—El mejor café que he tomado en todo el día.
Lo miró por un momento mientras se sentaba, dando la impresión de ir a decir algo, pero considerándolo mejor. Se aclaró la garganta.
—Toni, he venido por asuntos oficiales, así como sociales.
Que la muerte fuera seguida de asuntos oficiales no era una sorpresa, y sin embargo se sintió mareada, sorprendida con la guardia baja.
—Lovina me hizo prepararle su testamento. Ya sabes cómo era, decía que no le gustaba la idea de divulgar sus asuntos personales a extraños.
Antonio asintió. Así era Lovi.
Penny sacó un sobre del bolsillo interno de su chaqueta. El tiempo había roído sus bordes y transformado en crema lo blanco.
—Lo preparó hace ya tiempo. —Observó con ojos entrecerrados el sobre—. En 1981, para ser exactos. —Hizo una pausa, como si esperara que ella llenara el silencio. Cuando no lo hizo, continuó—: En su mayor parte es muy claro. —Retiró el contenido pero no lo miró, inclinándose hacia delante de modo que sus antebrazos descansaran sobre sus rodillas. El testamento de Lovina pendía de su mano derecha—. Tu abuela te lo dejó todo, Toni.
Antonio no se sorprendió. Tal vez se emocionó, y de pronto, perversamente, se sintió sola, pero no sorprendida. ¿Quién más había? Isabella desde luego no. Aunque Antonio había dejado de culpar a su madre años atrás, Lovi nunca había sido capaz de perdonarla. Abandonar a una niña, le dijo una vez a alguien, creyendo que Antonio no podía escucharla, era un acto tan frío, tan indiferente, que era imperdonable.
—Está la casa, por supuesto, y un poco de dinero en una cuenta de ahorros. Todas sus antigüedades —dudaron, mirando a Antonio como si evaluara su disposición para algo todavía por venir—. Y hay una cosa más. —Miró los papeles—. El año pasado, después que la diagnosticaran, me pidió, una mañana, que viniera a tomar el té.
Antonio lo recordaba. Lovina le había dicho al llevarle el desayuno que Penny vendría de visita y que necesitaba verla en privado. Le pidió que le catalogara unos libros, en el centro de antigüedades, a pesar de que hacía años que Lovina no colaboraba en el puesto.
—Ese día me entregó algo —continuó—. Un sobre cerrado. Me dijo que debía guardarlo con su testamento y abrirlo sólo si... cuando... —Apretó los labios—. Bueno, ya me entiendes.
Antonio tembló levemente cuando una brisa fresca le rozó los brazos.
Penny agitó la mano. Los papeles se sacudieron pero ella no dijo nada.
— ¿Qué es? —Preguntó él con un dejo de ansiedad pesándole en el estómago—. Puedes decírmelo, Penny. Estaré bien.
Penny alzó la vista, sorprendida por el tono de voz. Su risa lo desconcertó.
—No hay motivos para preocuparse, Toni. No es nada malo. Todo lo contrario, de verdad. —Meditó por un momento—. Es más un misterio que una calamidad.
Antonio suspiró; el anuncio de un misterio hacía poco para aliviarlo de su nerviosismo.
—Hice lo que me pidió. Guardé el sobre y no lo abrí hasta ayer. Cuando lo leí me quedé tan petrificada que hasta una pluma podía haberme derribado. —Sonrió—. Dentro, estaba el título de propiedad de otra casa.
— ¿La casa de quién?
—De Lovi.
—Lovina no tiene otra casa.
—Al parecer sí la tiene, o tenía. Y ahora es tuya.
A Antonio no le gustaban las sorpresas, lo repentino de ellas, su condición fortuita. Pese a que hubo una época en que sabía cómo rendirse a lo inesperado, ahora la mera sugerencia traía consigo la aparición de un temor instantáneo, la respuesta que su cuerpo había aprendido ante los cambios. Tomó una hoja seca que yacía junto a su zapato y la dobló por la mitad varias veces, mientras pensaba.
Lovina no había mencionado otra casa, nunca en todo el tiempo que habían vivido juntos, mientras Antonio crecía y desde que había regresado. ¿Por qué no? ¿Por qué habría mantenido semejante secreto? ¿Y qué habría pretendido hacer con la casa? ¿Una inversión? Antonio había escuchado a la gente en los cafés hablar del aumento de los precios de las propiedades, de los paquetes de inversión, pero ¿Lovina? Lovina siempre se había burlado de los ejecutivos de la ciudad que desembolsaban pequeñas fortunas por las diminutas casas de madera para obreros en Salesbury.
Además, Lovina había llegado a la edad de jubilarse hacía mucho tiempo. Si esa casa era una inversión, ¿por qué no la había vendido, empleando ese dinero para vivir? La venta de antigüedades tenía sus recompensas pero la remuneración económica no era la principal, no en estos tiempos. Lovi y Antonio ganaban lo suficiente para vivir, pero no mucho más. Había habido épocas en las que una inversión hubiera sido de mucha utilidad, y sin embargo Lovina no había dicho ni una palabra.
—Esa casa —dijo por fin Antonio—, ¿dónde está? ¿Queda cerca?
Penny sacudió la cabeza, sonriendo confundido.
—Ahí es donde todo este asunto se vuelve realmente misterioso. La otra casa está en Italia.
— ¿Italia?
—Italia, el país con forma de bota, Europa, al otro lado del mundo.
—Sé dónde queda Italia.
—Caorle, para ser exactos, cerca de Venecia. Sólo tengo los títulos para guiarme, pero está anotada como «Cabaña del Risco». Por las señas, supongo que fue parte de una propiedad mucho mayor, originalmente. Puedo averiguarlo, si quieres.
— ¿Pero por qué ella...? ¿Cómo pudo ella...? —Antonio suspiró—. ¿Cuándo la compró?
—Los papeles están sellados el 6 de diciembre de 1975.
Cruzó los brazos sobre su pecho.
—Lovina ni siquiera ha ido a Italia. Alguna vez dijo que ya no tenía familiares allí. Su padre Aurelio tuvo otro hermano, pero murió a muy tierna edad. Y sobre su madre Amelia, quedó huérfana a temprana edad y su abuela cuidó de ella, hasta que ambos se conocieron, se casaron y decidieron partir a Manhattan.
Fue el turno de Penny de sorprenderse.
—Eso ya lo sé. Pero sí que ha estado. Viajó a Italia, a mediados de los setenta. ¿Nunca lo mencionó?
Antonio negó lentamente con la cabeza.
—Recuerdo cuándo fue. Hacía poco que la conocía, fue unos meses antes de que entraras en escena. Le había comprado algunas piezas y éramos conocidas, aunque todavía no amigas. Se fue por un mes. Lo recuerdo porque reservé un escritorio de cedro justo antes de que se marchara, un regalo de cumpleaños para mi esposo; al menos se suponía que iba a serlo, aunque al final no resultó así. Cada vez que iba a buscarlo, la tienda estaba cerrada.
—No hace falta que te diga lo enfadada que me sentí. Leonard cumplía cincuenta, y el escritorio era perfecto. Cuando pagué el depósito, Lovina no mencionó que se iba de vacaciones. De hecho, se tomó el trabajo de aclararme los términos de la reserva, dejando claro que esperaba pagos semanales y que tendría que retirar el escritorio en no más de un mes. Ella no era un depósito, me dijo, tenía que recibir más antigüedades y necesitaba el espacio.
Antonio sonrió; sonaba muy propio de Lovina.
—Fue muy insistente, por eso me extrañó que no estuviera allí en todo ese tiempo. Después de que se me pasara la irritación inicial, me preocupé bastante. Incluso pensé en llamar a la policía. —Hizo un gesto con la mano—. Al final, no tuve que hacerlo. En mi cuarta o quinta visita me topé con la mujer de al lado, quien estaba retirando el correo de Lovina. Me dijo que se había marchado a Europa pero se indignó cuando comencé a hacerle preguntas sobre por qué había partido tan repentinamente y cuándo volvería. La vecina replicó que ella hacía lo que le habían pedido y que no sabía nada más. El cumpleaños de mi esposo llegó y pasó, hasta que un día vi la tienda abierta: Lovi estaba de regreso.
—Y se había comprado una casa durante su ausencia.
—Evidentemente.
Antonio se cubrió los hombros con la chaqueta. No tenía sentido. ¿Por qué se iría Lovi de vacaciones, de improviso, para comprar una casa y no volver nunca?
— ¿No te dijo nada al respecto? ¿Nunca?
Penny alzó las cejas.
—Olvidas que hablamos de Lovina. No era una persona dada a las confidencias.
—Pero ustedes eran amigas. Seguramente lo habrá mencionado en alguna ocasión —Penny negó con la cabeza. Antonio insistió—: Pero cuando ella regresó, cuando por fin retiraste el escritorio, ¿no le preguntaste por qué se había marchado tan de repente?
—Claro que lo hice, muchas veces a lo largo de los años. Sabía que debió de ser por algo importante. Estaba muy cambiada, cuando volvió.
— ¿En qué sentido?
—Más distraída, misteriosa. Estoy seguro de que no es el recuerdo el que me hace decir esto. Un par de meses más tarde estuve muy cerca de averiguarlo. Había ido a visitarla a la tienda y llegó una carta, con remitente de Venecia. Yo llegué al mismo tiempo que el cartero, así que recogí su correo. Ella intentó actuar de forma despreocupada, pero para entonces ya empezaba a conocerla; estaba excitada por recibir esa carta. Se excusó para dejarme tan pronto como le fue posible.
— ¿Qué era? ¿Quién la enviaba?
—Debo admitir que la curiosidad se apoderó de mí. No llegué tan lejos como para mirar la carta, pero examiné el sobre, una vez que lo vi sobre su escritorio, para ver quién se lo había enviado. Memoricé la dirección al dorso y un viejo colega en Italia averiguó a quién pertenecía. La dirección era de un investigador.
— ¿Quieres decir un detective?
Asintió.
— ¿Existen?
—Claro.
—Pero ¿qué pensaba hacer Lovina con un detective? ¿Y uno italiano?
Penny se encogió de hombros.
—No lo sé. Supongo que estaba intentando resolver algún misterio. Durante un tiempo solté indirectas, intenté sonsacarle datos, pero sin éxito. Después dejé de hacerlo, pensé que todo el mundo tiene derecho a guardar secretos y que Lovi me lo diría si quería hacerlo. La verdad sea dicha, todavía me siento culpable por el poquito de espionaje que hice. —Sacudió la cabeza—. Tengo que admitirlo, me encantaría saberlo. Ha ocupado mis pensamientos mucho tiempo, y esto —agitó el título de propiedad— es la última pieza. Incluso ahora tu abuela tiene la extraña habilidad de confundirme.
Antonio asintió distraídamente. Su mente estaba en otra parte, estableciendo lazos. Era el comentario de Penny sobre los misterios lo que lo había disparado, su sugerencia de que Lovi debía de estar intentando resolver uno. Todos los secretos que se habían materializado en el funeral de su abuela comenzaban a entrelazarse: el parentesco desconocido de Lovina, su llegada de niña a un puerto, la maleta, el misterioso viaje a Italia, la casa secreta...
—En fin... —Penny vació el resto de su café en una maceta de geranios rojos de Lovina—. Será mejor que me ponga en marcha. Va a venir un hombre a verme para llevarse un aparador de caoba en quince minutos. Ha sido una venta de lo más complicada; me alegrará verla cerrada. ¿Puedo hacer alguna cosa por ti mientras estoy en el centro?
Antonio negó con la cabeza.
—Yo mismo me pasaré el lunes.
—No hay prisa, Toni. Te lo dije el otro día, es un placer cuidarte el stand tanto tiempo como necesites. Te traeré el dinero que hayan depositado cuando termine esta tarde.
—Gracias, Penny —dijo—. Por todo.
Se puso de pie y dejando la silla donde estaba, puso el testamento debajo de su taza de café. Estaba a punto de desaparecer por la esquina de la casa, cuando dudó y dio media vuelta.
—Cuídate, ¿me oyes? Si el viento aumenta, te llevará volando.
Una tierna preocupación le arrugaba la frente y a Antonio le resultó difícil sostener su mirada. Ofrecía una ventana demasiado clara a sus pensamientos y no podía tolerar que le recordara cómo habían sido las cosas en el pasado.
— ¿Toni?
—Sí, así lo haré. —Se despidió mientras se marchaba y escuchó su automóvil perderse calle abajo. Su simpatía, aunque bienintencionada, siempre parecía acarrear una acusación. Tristeza, aunque muy mitigada, porque él había sido incapaz (o no había querido) de recuperar su antiguo carácter. No se le había ocurrido pensar que tal vez él hubiera elegido permanecer de ese modo. Que donde ella veía reserva y soledad, Antonio veía autopreservación y el conocimiento de que todo es más seguro cuando se tiene menos que perder.
Golpeó la punta de su tenis contra el cemento y apartó los pensamientos tristes y pasados. Después tomó el testamento. Observó, por primera vez, la pequeña nota grapada al frente. La envejecida letra cursiva de Lovina, casi imposible de leer. Se la acercó a los ojos, luego la alejó, descifrando lentamente las palabras. Para Antonio, decía, quien entenderá el porqué.
Lovina le ha heredado una casa a Antonio...
¡¿Pero en el otro lado del mundo?!
Recuerden que es sólo el comienzo y a hay muchas preguntas y pocas respuestas.
Ojalá puedan dejarme reviews, me alientan para seguir.
Muchas gracias y nos leeremos. Espero que hayan disfrutado el doblete en compensación por la tardanza.
Atte. Pololina.
