¡Hola! Primero que nada quiero agradecer a quienes decidieron darle clic a la historia que publico. El plot consiste en tres tiempos diferentes, la fecha nos indicará dónde ubicarnos.

Advertencias: Contexto histórico, más no exacto. Multiparing, pero mucho Crackpairing y Nyotalia!

Capítulos extensos.

Disclaimers: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son pertenencia de Hidekaz Himaruya. La historia tampoco me pertenece. Es una adaptación de una novela de Kate Morton.
Sin más contratiempos, comencemos.


"La memoria es una amante cruel y traicionera con la que todos debemos aprender a bailar".
Pero, ¿qué pasa cuando la densa neblina del olvido es sólo un débil bálsamo a un dolor que no cesa?
Un misterio, una vida qué recordar, cómo encontrar una redención.
De eso trata esta historia.


"Allí donde la toques, la memoria duele".
Yeorios Seferis.

"Hubo momentos en que no sólo me olvidé de mí, sino también de lo que soy".
Samuel Beckett.

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La Memoria es Traicionera y el Olvido en un Jardín
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Capítulo Cuarto
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Salisbury, Estados Unidos, 1975

Lovina repasó rápidamente los documentos por última vez —pasaporte, pasaje, cheques de viaje—, luego cerró su bolso y se sermoneó con dureza. Lo cierto es que se estaba convirtiendo en una compulsión. La gente volaba todos los días, o al menos eso le habían hecho creer. Se ataban a los asientos dentro de gigantescas latas de metal y consentían en ser catapultados hacia los cielos. Respiró hondo. Todo saldría bien. Ella era una superviviente, ¿no?

Se obligó a recorrer la casa, a revisar que las ventanas estuvieran cerradas. Examinó la cocina, se aseguró de no haber dejado el gas abierto, el hielo de la nevera derritiéndose, o las luces encendidas. Por fin, cargada con sus dos maletas salió por la puerta trasera y cerró con llave. Sabía por qué estaba nerviosa, claro, y no era sólo por olvidarse de algo, o por el miedo a que el avión cayera desde los cielos. Estaba nerviosa porque estaba regresando al hogar. Después de todos esos años, casi una vida, por fin volvía a casa.

Todo había sucedido repentinamente. Su padre, Aurelio, había fallecido apenas un par de meses atrás y le faltó tiempo para abrir la puerta de su pasado. Él debió de imaginar que lo haría cuando le envió a Giuliana la maleta, con la orden de que se la entregara a Lovina cuando ya no estuviera. Debió de haberlo adivinado.

Mientras aguardaba junto al camino al taxi, Lovina contempló su casa color amarillo pálido. Tan alta desde ese ángulo, como ninguna de las otras casas que había visto, con su graciosa escalera trasera clausurada desde hacía años, los toldos de las ventanas a rayas rosadas, azules y blancas, las dos ventanas del altillo en lo más alto. Demasiado angosta, demasiado cuadrada para que alguna vez fuera considerada elegante, y, sin embargo, a ella le gustaba. Su falta de gracia, sus remiendos, su falta de orígenes claros. Víctima del tiempo y de una sucesión de dueños, cada uno intentando dejar su marca sobre la resistente fachada.

La había comprado en 1961, después que Alfred muriera y ella e Isabella regresaran de Texas. La casa estaba descuidada, pero su ubicación en las laderas de Emerson detrás del viejo teatro, la hacía sentir lo más próxima a su hogar que podía estar. Y la casa había recompensado su fe, incluso le había suministrado una nueva fuente de ingresos. En el jardín trasero había mucha maleza, sin embargo, divisó un plantita que tenía ciertos frutos rojos. Se trataban de tomates, muy sucios y descuidados, quizás un pasatiempo olvidado de los antiguos dueños. Después, había dado con un cuarto repleto de muebles desvencijados en el oscuro sótano, y entrevistó una mesa que le encantó: patas en espiral, como cebada, y una tabla plegable. Estaba en bastante mal estado, pero Lovina no lo había pensado dos veces: se dedicó a devolverles la vida. Tanto al mueble como a la planta de tomates.

Alfred, recordó, le había instruido alguna vez como restaurar madera, le pareció entretenido y se sintió muy útil. Y había sido Aurelio quien le había enseñado cómo plantar tomates. Cuando regresó de la guerra y nacieron sus hermanas, Lovina se había habituado a seguirlo durante los fines de semana. Se convirtió en su asistente, aprendiendo a diferenciar los maduros, cuánto tiempo tardan en hacerlo, la alegría de coger uno, uno ya jugoso y lo bastante rojo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo hiciera. Hasta que vio la mesa y la planta de tomates, supo cómo tenía que llevar a cabo aquellas misiones, no recordó cuánto había amado esas tareas. Sintió ganas de llorar, sólo que ella no era de las que lloraban.

Volviendo a su presente, una gardenia medio marchita cerca de su maleta llamó la atención de Lovina, y recordó que no había pensado en alguien para que regara su jardín. La niña que vivía detrás había accedido a poner leche para los gatos que la visitaban y había hablado con una mujer para que recogiera su correo de la tienda, pero las plantas se le habían pasado por completo. Como para mostrarle en dónde tenía la cabeza, se había olvidado de aquello que la enorgullecía y alegraba: su jardín y sus tomates. Tendría que pedírselo a una de sus hermanas, telefonear desde el aeropuerto, o incluso desde el otro extremo del mundo. Les daría una sorpresa, de esas que habían llegado a esperar de Lovi, la hermana mayor.

Era difícil creer que hubieran estado tan unidos alguna vez. De las muchas cosas que la confesión de su padre le había robado, la pérdida de ellas era la herida más profunda. Tenía once años cuando la primera de ellas llegó al mundo pero el vínculo instantáneo fue abrumador. Supo, incluso antes de que su madre se lo dijera, que era su responsabilidad cuidar de sus hermanitas, asegurarse de que estuvieran a salvo. Su recompensa era su devoción, su insistencia en que Lovina las consolara cuando se lastimaban, con sus firmes cuerpecitos apretados contra el suyo, después de haber tenido una pesadilla y de refugiarse en su cama para sobrellevar la larga noche.

Pero el secreto de su padre lo había cambiado todo. Sus palabras habían echado por la borda el libro que había sido su vida y las páginas habían volado desordenadas, sin que fuera posible reunirías para contar la misma historia.

Descubrió que no podía mirar a sus hermanas sin ver su propia diferencia, y sin embargo no podía decirles la verdad. El hacerlo hubiera sido destruir en ellas algo en lo que creían ciegamente. Lovina razonó que era mejor que la consideraran rara antes que una desconocida.

Un taxi amarillo dobló por la esquina y ella alzó su brazo para llamarlo. El conductor cargó las maletas mientras Lovina subía al asiento trasero.

— ¿Adónde? —preguntó, cerrando de un golpe su portezuela.

—Al aeropuerto.

Asintió y emprendieron la marcha, serpenteando por el laberinto de las calles de Salesbury.

Cuando cumplió los veintiuno, su padre le reveló la susurrada confesión que le había robado su propia esencia.

—Pero ¿quién soy? —había preguntado.

—Tú eres tú. La misma de siempre. Eres Lovina, mi Lovi.

Sabía cuánto deseaba él que así fuera, pero intuía que ya no era posible. La realidad había dado un giro de muchos grados, dejándola fuera de sincronía con todos. Esa persona que era, o pensaba ser, en realidad no existía. No había una Lovina Vargas.

—Pero ¿quién soy realmente? —volvió a preguntarle, días después—. Dímelo, por favor, papá.

Él negó con la cabeza.

—No lo sé, Lovi. Tu madre y yo nunca lo averiguamos. Y nunca nos importó.

Intentó que el asunto no le importara, pero la verdad es que sí lo hacía. Las cosas habían cambiado y ya no podía mirar a su padre a los ojos. No era que lo quisiera menos, solo que la familiaridad había desaparecido. El afecto que sentía por él, invisible, sin preguntas del pasado, había adquirido un peso, una voz que le susurraba cuando lo miraba: "No eres realmente suya". Le costaba creer, sin importar con cuánta vehemencia le insistiera, que la quería como decía, que la quería tanto como a sus hermanas.

—Claro que sí —le aseguraba cuando se lo preguntaba. Sus ojos revelaban su sorpresa, su dolor. Sacaba un pañuelo y se lo pasaba por la boca—. Te conocí a ti primero, Lovi. Te he querido por más tiempo.

Pero no era suficiente. Era una mentira, había estado viviendo una mentira, y se negó a seguir haciéndolo.

En el transcurso de los meses siguientes, una vida que había tardado veintiún años en edificarse fue sistemáticamente desmantelada. Ella renunció a su trabajo en la agencia de noticias del señor Balestrini y encontró otro como acomodadora en una tienda. Empaquetó sus ropas en dos pequeñas maletas y se buscó un apartamento para compartir con la amiga de una amiga, cosa que escandalizó a la familia. Y rompió su compromiso con Matthew. No de golpe; no fue tan valiente entonces para cortar por lo sano. Dejó que languideciera unos meses, negándose a verlo la mayoría de las veces, comportándose de forma desagradable cuando consentía verlo. Su cobardía la hacía odiarse más a sí misma, un odio consolador que la confirmaba en su sospecha de que merecía todo lo que estaba sucediéndole.

Le llevó un largo tiempo sobreponerse a la ruptura con Matthew. Su rostro delicado, sus ojos honestos y su sonrisa fácil. Lógicamente, él quería saber por qué, pero ella no reunió el valor para decírselo. No había palabras para explicarle que la persona que amaba y con quien esperaba casarse ya no existía. ¿Cómo podía pretender que la valorara, que siguiera queriéndola, cuando se enterara de que era un ser desechable? ¿Que su verdadera familia la había descartado?

El taxi dobló por la carretera Ward y aceleró hacia el este, en dirección al aeropuerto.

— ¿Adónde vuela? —se interesó el conductor, mirando a Lovina a los ojos por el espejo retrovisor.

—A Italia.

— ¿Tiene familia allí?

Italia miró por la sucia ventanilla del automóvil.

—Sí —contestó. Al menos eso esperaba.

No le había dicho a Isabella adonde se dirigía. Había pensado en ello, se imaginó cogiendo el teléfono y marcando el número de su hija —el último de una lista que serpenteaba por su índice y daba la vuelta a la página—, pero cada vez que lo hizo descartó la idea. Lo más probable es que estuviera de regreso incluso antes de que Isabella se diera cuenta de que se había marchado.

Lovina no necesitaba indagar dónde habían empezado los problemas con Isabella, lo tenía muy claro. Su relación había comenzado con el pie izquierdo, y nunca habían recuperado el paso. El nacimiento había sido una conmoción, la impetuosa aparición de un bulto con vida, lloroso y aullante, todo extremidades y encías y dedos aterrados.

Noche tras noche, Lovina había yacido despierta en el hospital, esperando sentir la conexión de la que hablaba la gente. Saber que ella estaba vinculada de modo poderoso y absoluto a esa personita que había crecido en su interior. Pero ese sentimiento nunca llegó. Sin importar cuánto lo intentara, cuánto lo deseara, Lovina permanecía aislada de la pequeña gatita montesa que chupaba, rasgaba y arañaba sus pechos, siempre queriendo más de lo que ella podía dar.

Alfred, por su parte, se había quedado prendado. Conquistado. No parecía darse cuenta de que el bebé era aterrador. A diferencia de la mayoría de los hombres de su generación, se deleitaba en coger a su hija, en acunarla en el hueco de su brazo y en llevarla a caminar por las amplias avenidas de Texas. A veces Lovina lo observaba, con una blanda sonrisa pegada al rostro, mientras él miraba, desbordando amor, a su niñita. Él alzaba la vista y, en sus ojos húmedos, Lovina podía ver reflejado el vacío de los suyos.

Isabella había nacido con algo salvaje que le corría por las venas, pero la muerte de Alfred en 1961 lo desató. Incluso en el momento de darle Lovina la mala noticia, pudo apreciar la fina lámina de hastío que cubrió los ojos de su hija. En los meses siguientes, Isabella, siempre misteriosa para Lovina, se metió aún más en su caparazón de seguridad adolescente despreciando a su madre y sin querer tener que ver nada con ella.

Era comprensible, claro, aunque no aceptable; tenía catorce años, una edad impresionable, y su padre había sido la niña de sus ojos. Cuando se fueron a Maryland, no mejoraron las cosas, pero eso era agua pasada. Y Lovina sabía que no debía permitirse mirar atrás a la hora de enfrentarse al veredicto de culpabilidad contra sí misma. Había hecho lo que consideró mejor en su momento: ella no era "texana", la madre de Alfred había muerto unos años antes, y a todos los efectos estaban solas. Extrañas en una tierra extraña.

Cuando Isabella se fue de casa a los dieciocho años, haciendo autoestop por toda la cadera este de la costa y bajando, es decir, hasta Florida, Lovina se quedó feliz por dejarla marchar. Con Isabella fuera de la casa, creyó que por fin se desharía del perro negro que colgaba de su espalda desde hacía diecisiete años, diciéndose que, por supuesto, era una madre horrible, que lógicamente su hija no la toleraba, estaba en su sangre, porque desde el primer momento ella no había querido tener niños. No importaba lo entrañable que hubiera sido Amelia, Lovina provenía de una tradición de malas madres, de esas que abandonan a sus hijos fácilmente.

Y no había resultado tan mal. Doce años más tarde, Isabella vivía más cerca que nunca de ella, en la ciudad costera llamada Ocean City con su última pareja y su propio hijo, Antonio. Lovina sólo había visto al niño un par de veces. Dios sabía quién era su padre; Lovina evitaba preguntarlo. Lo único que averiguó, fue que era un español y que eso pasó en Florida. Fuera quien fuera, debía de ser alguien con sentido común, porque el nieto mostraba pocos signos del lado salvaje de su madre. Todo lo contrario. Antonio era un niño cuya alma parecía haber envejecido antes de tiempo. Quieto, paciente, pensativo, leal con Isabella; un hermoso niño, en verdad. Había una seriedad subyacente en los oscuros ojos verdes de bordes descendentes, y una bonita boca que Lovina sospechaba sería maravillosa si alguna vez sonreía con despreocupada alegría.

El taxi, amarillo, se detuvo frente a las puertas del Salisbury–Ocean City–Wicomico Regional Airport, y mientras Nell pagaba, hizo a un lado todo pensamiento relacionado con Isabella y Antonio.

Había pasado suficiente tiempo de su vida atrapada en el arrepentimiento, ahogada en falsedades e incertidumbres. Ahora era el momento de conocer las respuestas, de averiguar quién era. Bajó y miró al cielo mientras un avión pasaba volando bajo.

—Que tenga un buen viaje, señora —dijo el taxista, llevando las maletas de Lovina hasta un carrito.

—Así lo espero.

Y así sería; las respuestas estaban por fin a su alcance. Después de toda una vida siendo una sombra se iba a convertir en alguien de carne y hueso.

La pequeña maleta blanca había sido la clave, o mejor dicho, su contenido. El libro de cuentos de hadas publicado en Roma en 1913 con la ilustración en su portada. Lovina había reconocido el rostro de la narradora de inmediato. Una parte enterrada y profunda de su mente le suministró los nombres antes de que su consciencia los atrapara, nombres que había creído que pertenecían a un juego de niños. La dama. La Autora. No sólo sabía que la dama era real, también sabía su nombre. Elizabeta Héderváry.

Su primer pensamiento, naturalmente, fue pensar que esa Elizabeta Héderváry era su madre. Cuando preguntó en la biblioteca apretó los puños mientras aguardaba, esperando que la bibliotecaria descubriera que Elizabeta Héderváry había perdido una niña o había pasado la vida buscando a su hija perdida. Pero eso, por supuesto, era una explicación demasiado sencilla. La bibliotecaria averiguó muy poco sobre Elizabeta, pero lo suficiente para saber que la escritora de ese nombre no había tenido hijos.

La lista de pasajeros ofreció muy poca información. Lovina había revisado todos los barcos que partieron de Venecia hacia Manhattan a fines de 1913, pero el nombre de Elizabeta Héderváry no aparecía en ninguno de ellos. Había una posibilidad de que Elizabeta fuera su seudónimo como escritora, claro, y que hubiera comprado el pasaje con su verdadero nombre, o incluso con uno inventado, pero Aurelio no le había dicho a Lovina en qué barco había llegado, y sin esa información no había modo de reducir la lista de probabilidades.

Sin embargo, Lovina no se amilanó. Elizabeta Héderváry era importante, había jugado un papel en su pasado. Ella se acordaba de Elizabeta. No con claridad, eran viejos recuerdos reprimidos, pero eran reales. Viajar en barco. Esperar. Esconderse. Jugar. Y había comenzado a recordar también otras cosas. Era como si el recordar a la Autora hubiera levantado una tapa. Retazos de recuerdos comenzaron a aparecer: un laberinto, una mujer vieja que la atemorizaba, una larga travesía por mar. Supo que a través de Elizabeta se encontraría a sí misma, y para encontrar a Elizabeta necesitaba ir a Roma.

Gracias a Dios, tenía dinero para afrontar el viaje. Gracias a su padre, en realidad, porque él tenía más que ver con eso que Dios. Dentro de la blanca maleta, junto al libro de cuentos infantiles, el cepillo, el vestido de niña, Lovina había encontrado una carta de Lovina, atada junto a una fotografía y un cheque. No era una fortuna —no había sido un hombre adinerado—, pero lo suficiente como para marcar la diferencia. En su carta le decía que quería que contara con dinero extra, que no había querido que las otras lo supieran. Él las había ayudado financieramente en vida pero Lovina siempre había rechazado toda asistencia. De ese modo, creía, no podría decir que no.

Después se disculpaba, explicando que esperaba que algún día ella pudiera perdonarlo, incluso aunque él no fuera capaz de perdonarse a sí mismo. Tal vez le complacería saber que nunca había superado la culpa, que se había quedado hundido. Había pasado su vida deseando no habérselo dicho, y si hubiera sido un hombre más valiente, hubiera deseado no habérsela quedado. Pero el desear eso hubiera sido desear que Lovina no fuera parte de su vida, y prefería quedarse con la culpa antes que dejarla a ella.

La fotografía era una que ya conocía, aunque había pasado mucho tiempo. Era en blanco y negro —mejor dicho, sepia y blanco—, tomada décadas atrás. Aurelio, Amelia y Lovina, antes de que vinieran las hermanas y la familia se ampliara con sus risas, voces y gritos infantiles. Era una de esas fotos de estudio en donde los retratados parecen un tanto sorprendidos. Como si hubieran sido arrancados de la vida real, miniaturizados, y luego colocados dentro de una casa de muñecas llena de objetos desconocidos. Contemplándola, Lovina tuvo la absoluta certeza de que podía recordar cuándo fue tomada. No tenía muchos recuerdos de su infancia, pero estaba segura de recordar la inmediata repulsión que le produjo ese estudio, el olor químico de los líquidos de revelado. Dejó la foto a un lado y volvió a coger la carta de su padre.

No importaba las veces que la leyera, siempre terminaba preguntándose por su elección de palabras: su culpa. Imaginó que se refería a la culpabilidad por haber desestructurado su vida con su confesión, y, sin embargo, la palabra no parecía del todo exacta. Que lo lamentara o se arrepintiera, tal vez, pero ¿sentirse culpable? Le parecía una elección extraña. Porque, por mucho que Lovina deseó que no hubiera sucedido, por mucho que le resultara imposible continuar con una vida que sabía que era falsa, ella nunca pensó que sus padres fueran culpables. Después de todo, habían hecho lo que consideraban mejor, lo que era mejor. Le habían dado una casa y amor cuando carecía de ambos. Que su padre se considerara culpable, que se imaginara que ella pensaba eso, era perturbador. Y, sin embargo, era demasiado tarde para preguntarle qué había querido decir.

Manhattan, Estados Unidos, 1914

Lovina llevaba unos seis meses con ellos cuando leyó un volante, uno del montón que le dieron para repartir. Un hombre en Venecia estaba buscando a una niña de cuatro años de edad. Cabellos: castaños-rojizos. Ojos: verdes. Había desaparecido hacía unos ocho meses y el individuo —Santino Balestrini, decía la carta— tenía motivos para creer que había sido embarcada, posiblemente en un barco que se dirigía a Manhattan. La estaba buscando en nombre de sus clientes, la familia de la niña.

De pie junto a su escritorio, Aurelio sintió que se le aflojaban las rodillas, que se le licuaban los músculos. El momento que había temido —que siempre había tenido la certeza de que llegaría— estaba ahí. Porque a pesar de lo que Amelia creyera, los niños, especialmente niñas como Lovina, no desaparecían sin que nadie diera la voz de alarma. Se sentó en su silla, concentrándose en respirar, mirando rápidamente por las ventanas. Se sintió repentinamente sospechoso, como si estuviera siendo observado por un enemigo invisible.

Se pasó una mano por el rostro, dejándola luego reposar contra su cuello. ¿Qué demonios iba a hacer? Era sólo cuestión de tiempo antes de entregar los volantes a las personas correspondientes. Y aunque él era el único que había visto a Lovina esperando sola en el muelle, eso no los mantendría a salvo mucho tiempo. Se correría la voz —eso sucedía siempre— y alguien sumaría dos más dos. Se daría cuenta de que la niña que estaba con los Vargas, la que hablaba de modo tan peculiar, se asemejaba mucho a la niña desaparecida.

No, no podía arriesgarse a que alguien leyera el contenido. Aurelio se observó a sí mismo, la mano ligeramente temblorosa. Dobló el volante con cuidado por el medio, y luego otra vez, y la colocó en el bolsillo interior de su chaqueta. Eso resolvería el asunto por el momento. Faltaban otras doscientas copias más.

Se sentó. Listo, ya se sentía mejor. Sólo necesitaba tiempo y espacio para pensar, para ver cómo convencía a Amelia de que había llegado el momento de devolver a Lovi.

Los planes para mudarse ya estaban muy avanzados. Amelia había informado al arrendador de que iban a marcharse, había comenzado a embalar sus posesiones, las pocas que tenían, y había comentado que le quedaba más cerca el trabajo para Aurelio en la calle Elizabeth que sería una pena no aprovechar.

Pero los planes podían cancelarse, debían cancelarse. Porque ahora sabían que había alguien buscando a Lovina, y eso cambiaba las cosas, ¿no?

Sabía lo que respondería Amelia frente a eso: que no merecían a Lovi, esa gente, ese hombre, Santino Balestrini, que la habían perdido. Le rogaría, le suplicaría, insistiría en que no podían entregar a Lovina a alguien tan descuidado. Pero Aurelio le haría ver que no era una cuestión de elección, que Lovina no era de ellos, que nunca había sido de ellos, que pertenecía a otros. Si ni siquiera era Lovina, su propio nombre la estaba buscando.

Esa tarde, al subir las escaleras delanteras, Aurelio se detuvo un momento a ordenar sus ideas. Mientras respiraba el humo acre que brotaba de la chimenea, un humo agradable por provenir del fuego que calentaba su hogar, una fuerza invisible pareció paralizarlo en el sitio. Tenía la vaga sensación de estar parado en un umbral, y que al cruzarlo todo cambiaría.

Respiró hondo, empujó la puerta y sus dos mujeres se volvieron a mirarlo. Estaban sentadas junto al fuego, Lovina en el regazo de Amelia, sus cabellos cobrizos colgando en húmedos mechones mientras Amelia lo cepillaba.

— ¡Papá! —dijo Lovina, la excitación animando su rostro colorado por el hogar.

Amelia le sonrió por encima de la cabeza de la pequeña. Esa sonrisa que siempre había sido su perdición, desde que puso los ojos en ella por primera vez, enrollando las sogas del bote de su padre. ¿Cuándo fue la última vez que había visto esa sonrisa? Fue antes de los bebés, creyó recordar. Los bebés que se negaban a nacer como corresponde.

Aurelio contempló la sonrisa de Amelia y luego dejó su morral, buscó en su bolsillo en donde el volante le estaba quemando, sintió su tersura bajo la yema de los dedos. Se volvió hacia la cocina en donde humeaba la olla más grande.

—La cena huele bien. —Maldito nudo en la garganta.

—Es el guiso de mi madre —dijo Amelia, desenredando los cabellos de Lovina—. ¿Te ocurre algo?

— ¿Cómo?

—Te prepararé una tisana de limón y cebada.

—Es sólo un picor —dijo Aurelio—. No te molestes.

—No es molestia. No cuando es para ti. —Volvió a sonreírle y palmeó a Lovina en los hombros—. Listo, pequeñita. Mamá tiene que ponerse de pie y comprobar el té. Tú siéntate aquí hasta que se sequen tus cabellos. No quiero que te resfríes como tu papá. —Miró a Aurelio mientras hablaba, los ojos desbordantes de una alegría que le perforó el corazón y que hizo que tuviera que darse la vuelta.

Durante la cena, el volante permaneció como un peso en la chaqueta de Aurelio, negándose a ser olvidada. Como el metal a un imán, su mano se sentía atraída. No podía dejar el cuchillo sin que sus dedos se encaminaran a su chaqueta, rozando el liso papel, la sentencia de muerte para su felicidad. La carta de un hombre que conocía a la familia de Lovina. Bueno, al menos eso era lo que decía...

Aurelio se enderezó de pronto, preguntándose por el modo en el que había aceptado de inmediato las afirmaciones del desconocido. Pensó otra vez en el contenido de la carta, recordó las frases y las examinó en busca de evidencia. El alivio fue instantáneo. No había nada, nada en la carta que sugiriera que era cierta. Había un sinnúmero de gente extraña que estaba involucrada en toda clase de complicados negociados. Había un mercado para niñas pequeñas en algunos países, él lo sabía, los traficantes de blancas estaban siempre a la busca de niñas pequeñas para vender...

Pero era ridículo aferrarse desesperadamente a esas posibilidades, porque sabía lo improbables que eran.

— ¿Aurelio?

Alzó rápidamente la vista. Amelia lo estaba mirando de forma peculiar.

—Te fuiste con las hadas. —Puso una mano tibia en su frente—. Espero que no vayas a tener fiebre.

—Estoy bien —contestó más duramente de lo que pretendía—. Estoy bien, Amelia, mi amor.

Ella apretó los labios.

—Sólo era una suposición. Voy a llevar a esta señorita a la cama. Ha tenido un día agitado, agotador.

Como si fuera una señal, Lovina dio un gran bostezo.

—Buenas noches, papá —dijo feliz cuando terminó de bostezar. Antes de que se diera cuenta, la tenía en su regazo, abrazada a él como un gatito tibio, los brazos como serpientes en torno al cuello. Fue, más consciente que nunca de la aspereza de su piel, de su barba. La rodeó con los brazos como si fuera un pajarillo, y cerró los ojos.

—Buenas noches, Lovina, mi amor —le susurró en los cabellos.

La vio desaparecer en el cuarto contiguo. Su familia. Porque de algún modo que no podía explicar, incluso a sí mismo, esa niña, su Lovina con sus dos largas trenzas, les aportaba solidez. Ahora eran una familia, una unidad irrompible de tres, no sólo dos almas que habían decidido unir sus destinos.

Y allí estaba él, considerando destruirlos...

Un ruido en el pasillo hizo que alzara la vista. La silueta de Amelia se destacaba contra el marco de la puerta. Un efecto de la luz hacía que su cabello oscuro se reflejara rojizo, dando un profundo brillo a sus ojos, como dos lunas negras debajo de sus largas pestañas. Un hilo invisible tensó la comisura de sus labios, haciendo que su boca formara una sonrisa, reflejo de una emoción demasiado fuerte como para ser expresada verbalmente.

Aurelio sonrió tímidamente, y sus dedos volvieron a deslizarse hacia su bolsillo, pasando silenciosos por la superficie de la carta. Sus labios se entreabrieron con un leve sonido, ardiendo por las palabras que no quería decir pero que no estaba seguro de que podría detener.

Amelia se le acercó. Sus dedos acariciando su muñeca, enviando cálidos impulsos hasta su cuello, la mano cálida en su mejilla.

—Ven a la cama.

Ah, ¿existían acaso palabras más dulces que ésas? Su voz contenía una promesa y, en ese momento, tomó la decisión.

Entrelazó la mano de ella en la suya, la sostuvo con firmeza y la siguió.

Al pasar por el hogar, tiró el papel al fuego. Éste siseó al caer, ardiendo en leve reproche mientras lo miraba por el rabillo del ojo. Pero no se detuvo, siguió caminando y no volvió a mirar atrás. Ya se encargaría más noche de los otros doscientos.


Causas y consecuencias. Aurelio tomó su decisión y vivió con ello.

Ahora ya sabemos porqué madre e hija, no se llevan bien. Sin embargo, Lovina se sobrepone, ella sabe que tiene mucho por investigar.

¿Elizabeta Hérderváry?

¿Qué tiene que ver ella en todo esto?

¡Nos vemos el próximo capítulo!

Atte. Pololina.