Advertencias: Contexto histórico, más no exacto. Multiparing, pero mucho Crackpairing y Nyotalia!
Capítulos extensos.
Disclaimers: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son pertenencia de Hidekaz Himaruya. La historia tampoco me pertenece. Es una adaptación de una novela de Kate Morton.
Sin más contratiempos, comencemos.
"La memoria es una amante cruel y traicionera con la que todos debemos aprender a bailar".
Pero, ¿qué pasa cuando la densa neblina del olvido es sólo un débil bálsamo a un dolor que no cesa?
Un misterio, una vida qué recordar, cómo encontrar una redención.
De eso trata esta historia.
"Allí donde la toques, la memoria duele".
Yeorios Seferis.
"Hubo momentos en que no sólo me olvidé de mí, sino también de lo que soy".
Samuel Beckett.
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La Memoria es Traicionera y el Olvido en un Jardín
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Capítulo Quinto
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Salisbury, Estados Unidos, 2005
Mucho antes de convertirse en una tienda, había sido un teatro. El teatro Plaza, un gran experimento allá por los años treinta. Sencillo en su exterior, una enorme caja blanca recortada sobre la colina, su interior era otra historia. El techo abovedado, azul oscuro con nubes recortadas, había estado iluminado originalmente, para crear la ilusión de la luz de la luna, mientras que cientos de pequeñas luces titilaban como estrellas. Había sido un buen negocio durante décadas, cuando los tranvías traqueteaban delante de su fachada, y los jardines chinos florecían en los valles pero, aunque había prevalecido frente a fieros adversarios como el fuego y las inundaciones, había caído, suave y rápidamente, víctima de la televisión en los años sesenta.
El puesto de verduras de Lovi y Antonio estaba directamente debajo del arco del proscenio, a la izquierda del escenario. Una madriguera de estantes oscurecidos por innumerables piezas de vegetales y una ecléctica recopilación de objetos coleccionables. Hacía ya mucho tiempo que los otros vendedores habían comenzado a llamarlo El Mediterráneo en broma hasta quedarse con ese nombre. Un pequeño cartel de madera con letras doradas proclamaba ahora que era El Rincón Mediterráneo.
Sentada en un taburete de tres patas, al fondo de los estantes, Antonio tenía dificultades para concentrarse. Era la primera vez que iba al centro desde la muerte de Lovi y se sentía rara sentada en medio de los tesoros que habían adquirido juntas. Se le hacía extraño que las cosas estuvieran allí cuando Lovina ya no estaba. Como si de alguna manera fuera una suerte de deslealtad. Tomates. Habían sido la debilidad de Lovi; todos tenían una. En concreto, amaba los tomates jugosos y rojos. También amaba los escritos victorianos con maravillosos textos impresos e ilustraciones en blanco y negro. Si un libro tenía una dedicatoria de quien lo obsequiaba a quien lo recibía, tanto mejor. Un registro del pasado, una pista de las manos por las que había pasado hasta llegar a ella.
—Buenos días.
Antonio alzó la vista y vio a Penny sosteniendo un vaso de jugo de naranja.
— ¿Haciendo inventario? —preguntó.
Toni retiró unos mechones de fino cabello de los ojos y tomó el vaso que le ofrecía.
—Más bien moviendo cosas de un lado a otro, y de vuelta al mismo lugar, la mayor parte de las veces.
Penny tomó un sorbo de su propia bebida y lo observó por encima de la taza.
—Tengo algo para ti. —Buscó por debajo de su chaleco de punto y extrajo una hoja de papel del bolsillo de su pantalón.
Antonio desplegó la hoja y alisó sus pliegues. Papel impreso, blanco, A4, en el centro una fotografía en blanco y negro de una casa. Una cabaña, en realidad, de piedra, por lo que podía verse, con manchas — ¿tal vez enredaderas?— en las paredes. El tejado era de tejas, una chimenea de piedra, visible detrás de la cumbrera. Dos macetones balanceándose precariamente en lo alto.
Sabía qué casa era ésa, por supuesto, no tenía necesidad de preguntar.
—Estuve indagando un poco —dijo Penny—. No pude contenerme. Mi colega Timo, el de Italia, se las arregló para contactar con alguien en Caorle y me envió esta foto por correo electrónico.
Así que ése era el aspecto que tenía, el gran secreto de Lovina. La casa que había comprado en un arrebato y cuyo secreto guardó para sí todo ese tiempo. Era extraño el efecto que la imagen le producía. Antonio había dejado el título de propiedad sobre la mesa de la cocina toda la semana, lo había mirado cada vez que pasaba, y poco más, pero al ver esa foto por primera vez le pareció real. Todo se aclaró: Lovi, que se había ido a la tumba sin saber quién era verdaderamente, había comprado una casa en Italia y se la había dejado a Antonio, pensando que él entendería el porqué.
—Timo siempre fue hábil para averiguar cosas, así que lo puse a buscar información sobre sus antiguos dueños. Pensé que si averiguábamos a quién le había comprado la casa tu abuela, eso arrojaría algo de luz sobre el porqué. —Sacó un pequeño cuaderno de espiral del bolsillo del pantalón y se acomodó las gafas para examinar mejor la hoja—. ¿Te dicen algo los nombres Santino y Apolonia Trovato?
Antonio negó con la cabeza, todavía mirando la imagen.
—De acuerdo con Timo, Lovina compró la propiedad al señor y la señora Trovato, quienes a su vez la habían adquirido en 1971, así como el castillo de Brussa colindante para convertirla en un hotel. El hotel Valle Vecchia. —Miró a Antonio esperanzada.
Nuevamente negó con la cabeza.
— ¿Estás segura?
—Nunca oí hablar de él.
—Ah —suspiró Penny, cuyos hombros parecieron desinflarse—. Bueno... —Cerró el cuaderno, y apoyó el brazo en el estante más próximo—. Me temo que ése es el fin de mi investigación. Una posibilidad remota, supongo. —Se rascó la mejilla—. Típico de Lovina el dejar un misterio como éste. Es de lo más enrevesado, ¿no? ¿Una casa secreta en Italia?
Antonio sonrió.
—Gracias por la foto, y dale las gracias de mi parte a tu colega.
—Podrás agradecérselo personalmente cuando cruces el charco. —Agitó la taza de papel y luego examinó la abertura para asegurarse de que estaba vacía—. ¿Cuándo crees que viajarás?
Los ojos de Antonio se abrieron como platos.
— ¿A Italia, quieres decir?
—Una foto está bien, pero no es lo mismo que ver el lugar, ¿no?
— ¿Crees que debería ir a Italia?
— ¿Por qué no? Estamos en el siglo XXI, podrías ir y volver en menos de una semana, y te harías una idea mucho mejor de lo que quieres hacer con la cabaña.
A pesar del título de propiedad sobre la mesa, Antonio había estado tan preocupado con la teórica existencia de la cabaña de Lovina, que no la había considerado en lo más mínimo en términos prácticos: había una cabaña en Italia que lo esperaba. Su pie frotó el oscuro suelo de madera y luego miró a Penny.
— ¿Supongo que debería venderla?
—Una gran decisión como para tomarla sin haber puesto un pie dentro. —Penny tiró el envase de su jugo al rebosante cubo de basura junto al escritorio de cedro—. No te vendría mal echarle una ojeada, ¿no? Obviamente significó mucho para Lovi, para haberla conservado todo este tiempo.
Antonio consideró ese hecho. Volar a Venecia, sola, de improviso.
—Pero el puesto...
— ¡Bah! El personal del centro se ocupará de tus ventas, y yo estaré aquí. —Indicó los cargados estantes—. Tienes suficiente mercadería para toda una década. —Su voz se ablandó—. ¿Por qué no vas, Toni? No te vendría mal alejarte un tiempo. Timo vive en una caja de zapatos en Venecia, trabajando con unos restauradores de obras de arte. Él te puede mostrar aquello, y apoyarte.
Apoyarlo: la gente siempre se ofrecía para ser apoyo de Antonio. Una vez, hacía toda una vida, él había sido un adulto con responsabilidades propias, había cuidado de otros.
— ¿Qué tienes que perder?
Nada, no tenía nada que perder, a nadie que perder. Antonio se sintió, de pronto, cansado de lidiar con el asunto. Mostró una leve sonrisa de rendición, y contestó:
—Creo que lo pensaré.
—Ése es mi chico. —Penny lo palmeó en el hombro y se dispuso a marcharse—. Ah, casi me olvido. También averigüé otro detalle interesante. No dice nada sobre Lovina y su casa, pero es una coincidencia graciosa, de todos modos, y con tu experiencia artística, y todos esos dibujos que solías hacer.
Escuchar que la pasión de tu vida y los años invertidos en ella acababan descritos de forma tan despreocupada, relegados completamente al pasado, era descorazonador. Antonio se las ingenió para mantener una débil sonrisa a flote.
—Las tierras en las que se encuentra la casa de Lovina fueron en su día propiedad de la familia Varane-Bonnefoy.
Sacudió la cabeza: ese nombre no le decía nada.
—La hija, Felicia, se casó con un tal Ludwig Beilschmidt—añadió Penny.
Antonio frunció el ceño.
— ¿El arquitecto... alemán?
—El mismo, más que arquitecto, apreciaba las formas, el orden, las sensaciones, ya sabes, ese tipo de cosas. Según dice Timo, incluso llegó a realizar los planos de la casa de verano de la familia real noruega, justo antes de su muerte. La cima de la carrera de Beilschmidt, diría yo, aunque Timo no parecía muy impresionado: se le atribuyeron unos retratos e ilustraciones hechos por el arquitecto, aunque carecían de vida.
—Ha pasado tanto tiempo desde que yo...
—Él prefiere lo arquitectónico. Así es Timo, siempre contento cuando nada a contracorriente de la opinión general.
— ¿Arquitectónico?
—Cantera, cristal, percepción de espacios.
Antonio inspiró con fuerza.
—Los dibujos del Laberinto y la Zorra.
Penny alzó los hombros y sacudió la cabeza.
—Oh, Penny, eran increíbles, son increíbles, asombrosamente detallistas. —Había pasado tanto tiempo desde la última vez que pensó en la historia del arte que le sorprendió ese brote de autoridad—. Ludwig Beilschmidt participó brevemente en una clase que di sobre Aubrey Beardsley y sus contemporáneos —explicó—. Era controvertido, por lo que recuerdo, pero no puedo acordarme de por qué.
—Eso es lo que dijo Timo. Te vas a llevar bien con él. Cuando se lo mencioné, se animó mucho. Dijo que hay algunas ilustraciones suyas en la nueva exposición de uno de los museos para los que trabaja; evidentemente, son poco comunes.
—Lo imagino —dijo Antonio—. Supongo que estaba demasiado ocupado con todo eso de las construcciones, los planos y que las ilustraciones eran más un hobby. Sea como fuere, las que hizo son muy buenas —agregó—. Creo que tenemos algunas aquí, en uno de los libros de Lovina. —Se subió a un cajón de botellas de leche, colocado boca abajo, y pasó el índice por el estante superior, deteniéndose al llegar a un lomo color borgoña con borrosas letras doradas.
Lo abrió, todavía de pie sobre el cajón, y pasó con cuidado las páginas con dibujos coloreados.
—Aquí está —exclamó, y sin apartar los ojos de la página, se bajó—. El lamento de la zorra.
Penny se acercó, apartando sus gafas de la luz.
—Intrincado, ¿verdad? No es mi estilo, pero para ti es arte. Puedo entender por qué se le consideran raros.
—Es hermoso, y en cierta medida, triste.
Penny se inclinó hacia delante.
— ¿Triste?
—Lleno de melancolía, nostalgia. No sé explicarlo mejor, hay algo en el rostro de la zorra, una especie de ausencia. —Antonio sacudió la cabeza—. No puedo explicarlo.
Penny le apretó amistosamente el brazo, murmuró algo sobre traerle un sándwich para el almuerzo, y luego se marchó arrastrando los pies hasta su puesto, y más concretamente hasta un cliente que estaba haciendo juegos malabares con las piezas de una lámpara de cristales Waterford.
Antonio continuó estudiando la ilustración, preguntándose cómo estaba tan segura respecto a la tristeza de la zorra. Ésa era la habilidad del artista, por supuesto, la habilidad de, mediante la colocación precisa de finas líneas negras, evocar con tanta claridad emociones tan complejas...
Apretó los labios. El boceto le recordaba el día en que encontró el libro de cuentos, bajo el sótano de la casa de Lovi, mientras arriba, su madre se preparaba para dejarla. Mirando hacia atrás, Antonio se dio cuenta de que podía rastrear su amor por el arte hasta ese libro. Había abierto la tapa, sucumbiendo a las maravillosas, atemorizantes y mágicas ilustraciones. Se había preguntado qué se sentiría al escapar de los rígidos confines de las palabras y hablar con un lenguaje tan fluido.
Y por un tiempo, mientras crecía, lo había sabido: la atracción física de la pluma, la bendita sensación de perder la noción del tiempo mientras realizaba sus conjuros sobre el tablero de dibujo. Su amor por el arte la llevó a estudiar en Salisbury, lo había llevado a casarse con Emily, y a todo lo que siguió. Era extraño pensar que su vida podría haber sido completamente diferente si no hubiera visto nunca la maleta, si no hubiera sentido la curiosa compulsión de abrirla y examinar su interior...
Antonio jadeó. ¿Cómo no había pensado en eso antes? De pronto supo exactamente lo que tenía que hacer, dónde tenía que buscar. El lugar donde podría encontrar las pistas necesarias sobre los misteriosos orígenes de Lovina.
Pensó que tal vez Lovina se había deshecho de la maleta, pero no prosiguió con la idea, convencida de lo contrario. Por un lado, su abuela era vendedora de antigüedades y una pequeña agricultora. Hubiera sido completamente atípico en ella destruir o deshacerse de algo viejo y raro.
Más aún, si lo que sus tías habían dicho era cierto, la maleta no era sólo un mero artefacto histórico: era un ancla. Era todo lo que Lovina tuvo como vínculo con su pasado. Antonio entendía la importancia de las anclas, sabía demasiado bien lo que le sucedía a una persona cuando la soga que la aferraba a su vida se cortaba. Había perdido su propia ancla dos veces. La primera vez, a los diez años, cuando Isabella lo abandonó; la segunda vez, siendo un hombre joven (¿había pasado ya una década?), cuando, en menos de un segundo, la vida que conocía cambió y fue lanzado a la deriva una vez más.
Más tarde, reflexionando sobre los hechos pasados, Antonio supo que había sido la maleta la que lo encontró a él, tal como lo había hecho la primera vez.
Después de una noche que pasó rastreando los cuartos desocupados y repletos de Lovina, distrayéndose, a pesar de sus mejores intenciones, con este o aquel recuerdo, acabó terriblemente cansado. No sólo física, sino también mentalmente. El fin de semana se había cobrado su precio. Le vino de pronto y de modo intenso el cansancio de los cuentos de hadas, un deseo mágico de rendirse al sueño.
En vez de bajar a su cuarto, se acurrucó debajo de la manta de Lovina, todavía vestido, y dejó que su cabeza se hundiera en la mullida almohada. El olor era descorazonadoramente familiar —talco con perfume a lavanda, limpiaplata, jabón Palmolive— y se sintió como si estuviera apoyando la cabeza en el pecho de Lovina.
Durmió como los muertos, oscuramente y sin sueños. A la mañana siguiente, cuando despertó, tuvo la sensación de haber dormido mucho más que una noche.
El sol entraba en la habitación a través de las cortinas —como la luz de un faro— y observó, mientras yacía allí, las partículas de polvo, flotando. Podía haber extendido la mano para atraparlas con la punta de los dedos, pero no lo hizo. En cambio, permitió que su mirada siguiera el rayo de luz, volviendo su cabeza hacia el lugar sobre el que caía. El lugar, en lo alto del armarlo, cuyas puertas se habían abierto durante la noche para mostrar, en el estante superior, debajo de un batiburrillo de bolsas de plástico llenas de ropa para la iglesia, una vieja maleta blanca.
Océano Atlántico, 1913
Le había llevado mucho tiempo llegar a Noruega. En los relatos que su padre le contaba, había dicho que estaba más lejos que Arabia, y la pequeña sabía que eran necesarios cien días y sus noches para llegar allí. La pequeña había perdido la cuenta de los días, pero sabía que había transcurrido bastante tiempo desde que subieron al barco. Tanto, que se había acostumbrado a la sensación de estar siempre en movimiento. Adquirir piernas de marinero, se decía. Había aprendido todo sobre el tema en los relatos de Moby Dick.
Pensar en Moby Dick hizo que la niña se entristeciera mucho. Le recordaba a su papá, a las historias que le leía sobre la gran ballena, los dibujos que le dejaba mirar en su estudio, dibujos que había hecho de océanos oscuros y grandes naves. La pequeña sabía que se llamaban ilustraciones, disfrutando con la larga palabra mientras la repetía mentalmente, y que un día serían incluidas en un libro, un libro de verdad que otros niños leerían. También hacía casas a la gente, pero a la pequeña no le gustaba eso, porque hacía que su padre se ausentara mucho y así no podría contarle historias.
El labio inferior de la pequeña comenzó a temblar como sucedía a veces, cuando pensaba en papá y mamá, y se lo mordió. Al principio había llorado mucho. No había sido capaz de contenerse; extrañaba a sus padres. Pero ya no lloraba tanto, y nunca frente a otros niños. Podían pensar que era demasiado pequeña para jugar con ellos y entonces, ¿qué sería de ella? Además, mamá y papá se reunirían pronto con ella. Estarían esperándola cuando el barco llegara a Noruega. ¿Estaría allí también la Autora?
La pequeña frunció el ceño. En todo el tiempo que le había llevado adquirir las piernas de marinero, la Autora no había regresado. Esto la confundía puesto que la dama le había dado instrucciones muy estrictas sobre cómo tenían que permanecer siempre juntas, y evitar separarse sin importar el motivo. Tal vez se estaba ocultando. Tal vez todo era parte de un juego.
La pequeña no estaba segura. Se sintió agradecida cuando conoció a Angelo y a Laura en el muelle, aquella primera mañana, de otro modo no habría estado segura de saber dónde dormir, cómo obtener comida. Angelo y Laura y sus hermanos y hermanas —eran tantos que la pequeña tenía dificultades para llevar la cuenta— sabían todo sobre cómo encontrar comida. Le habían mostrado toda clase de lugares en el barco en donde podía encontrarse una porción extra de carne salada. (A ella no le gustaba mucho el sabor, pero Angelo se rió y dijo que podía no ser a lo que estaba acostumbrada, pero que servía para una vida de perros.) En general, eran amables con ella. La única vez que se enojaron fue cuando se negó a decirles su nombre. Pero la pequeña sabía muchos juegos, sabía cómo seguir las reglas y la Autora le había dicho que ésa era la regla más importante de todas.
La familia de Angelo tenía varias literas en las cubiertas inferiores, junto a muchos otros hombres, mujeres y niños, más gente de lo que la pequeña había visto nunca congregada en un solo lugar. También tenían una madre viajando con ellos, aunque la llamaban «Mamma». No se parecía en nada a su madre, no tenía su bello rostro ni su encantador cabello oscuro, peinado alto por Donna cada mañana. «Mamma» era más como las mujeres que veía a veces cuando las carretas atravesaban la ciudad, con faldas remendadas, botines estropeados y manos cuarteadas como el par de guantes viejos que Demian usaba en el jardín.
Cuando Angelo llevó por primera vez abajo a la pequeña, Mamma estaba sentada en la litera más baja, dando de mamar a un bebé, mientras otro yacía a su lado.
— ¿Quién es ésta? —preguntó.
—No nos quiere decir su nombre. Dice que espera a alguien, que se supone que está escondida.
—Escondida, ¿eh? —La mujer indicó a la pequeña que se acercara—. ¿De quién te escondes entonces, niña?
Pero la pequeña no dijo nada, sólo sacudió la cabeza.
— ¿Dónde está su gente?
—No creo que tenga a nadie —dijo Angelo—. Al menos que yo haya visto. Se estaba escondiendo cuando la encontré.
— ¿Es así, pequeña? ¿Tú sola?
La pequeña consideró la pregunta y decidió que era mejor estar de acuerdo que hablar de la Autora. Asintió.
—Bueno, bueno. Una cosita como tú, completamente sola en alta mar. —Mamma sacudió la cabeza y acomodó al bebé que lloraba—. ¿Ésa es tu maleta? Tráela y deja que Mamma le eche un vistazo.
La pequeña observó cómo Mamma abría las hebillas y alzaba la tapa. Hizo a un lado el libro de cuentos de hadas y el segundo vestido nuevo, dejando a la vista el sobre que estaba debajo. Mamma pasó el dedo debajo del sello y lo abrió. Tomó una pequeña pila de papeles de su interior.
Los ojos de Angelo se agrandaron.
—Billetes. —Miró a la pequeña—. ¿Qué haremos con ella, Mamma? ¿Avisamos al encargado?
Mamma guardó los billetes en el sobre otra vez, lo dobló en tres, y lo guardó en la parte delantera de su vestido.
—No tiene mucho sentido decírselo a nadie a bordo —dijo por fin—, no que yo crea. Se quedará con nosotros hasta que lleguemos al otro lado del mundo, luego veremos quién la espera. Y veremos cómo nos agradecen nuestros esfuerzos. —Entonces sonrió, mostrando huecos oscuros entre sus dientes.
La pequeña no tenía mucho contacto con Mamma, y por ello estaba agradecida. Mamma se mantenía ocupada con los bebés, uno de los cuales siempre parecía estar enganchado en su pecho. Estaban mamando, o eso decía Angelo, aunque la pequeña nunca había oído esa palabra. Al menos no aplicada a la gente; había visto a los animales pequeños alimentándose en las granjas de la propiedad. Estos bebés eran como un par de cerditos, no hacían prácticamente nada, salvo llorar, beber y engordar. Y mientras que los bebés mantenían ocupada a Mamma, los otros se ocupaban de sí mismos. Estaban habituados a eso, le dijo Angelo, porque así tenían que hacerlo en casa. Provenían de un lugar llamado Giudecca y, cuando no tenía bebés para cuidar, su madre trabajaba en una fábrica de telas, todo el día. Por eso tosía tanto. La pequeña entendió: tampoco su madre estaba bien, aunque no tosiera como lo hacía Mamma.
Por las noches había un lugar en el que la pequeña solía sentarse junto a los otros, escuchando la música que provenía de arriba y el sonido de los pies deslizándose por los brillantes suelos. Eso era lo que estaban haciendo ahora, sentados en un rincón oscuro, escuchando. Al principio, la pequeña había querido ir a ver, pero los otros niños sólo se rieron y dijeron que las cubiertas superiores no eran para gente como ellos. Que ese espacio debajo de la escalera de servicio era lo más cerca que llegarían a estar de la cubierta de los ricachones.
La pequeña había guardado silencio. Nunca se había visto frente a reglas como ésa. En casa, salvo una excepción, se le permitía ir a donde quisiera. El único lugar que tenía prohibido era el laberinto que conducía a la cabaña de la Autora. Pero esto no era lo mismo y le costó comprender qué quería decir el niño. ¿Gente como ellos? ¿Niños? Tal vez la cubierta superior era un lugar donde no podían ir los niños.
Y no es que esa noche quisiera subir. Se sentía cansada, llevaba sintiéndose así muchos días. La suerte de cansancio que hacía que sus piernas parecieran pesadas como troncos de árboles y la altura de los escalones aumentara al doble. También estaba mareada, y su aliento, al pasar por sus labios, era caliente.
—Vamos —dijo Angelo, cansado de la música—. Vayamos a mirar si hay tierra.
Con mucho revuelo se pusieron todos en pie. La pequeña se levantó e intentó mantener el equilibrio. Angelo y Laura y los demás hablaban, reían, las voces girando a su alrededor. Trató de entender qué estaban diciendo, sintió que le temblaban las piernas y le zumbaban los oídos.
El rostro de Angelo estuvo de pronto a su lado, su voz fuerte.
— ¿Qué te ocurre? ¿Te sientes bien?
Abrió la boca para contestarle, y al hacerlo sus rodillas se doblaron y comenzó a caer. Lo último que vio antes de golpearse la cabeza contra el escalón de madera fue la luna luminosa y redonda, brillando trémula en lo alto del cielo.
La pequeña abrió los ojos. Un hombre estaba de pie a su lado, con aspecto serio, mejillas llenas y ojos grises. Su expresión permaneció inmóvil mientras se acercaba y sacaba una pequeña varilla del bolsillo de su camisa. «Abra».
Antes de que ella supiera qué estaba sucediendo, la varilla estaba sobre su lengua y él estaba examinándole la boca.
—Sí—dijo—. Bien. —Retiró la varilla y se alisó la chaqueta—. Respire.
Ella así lo hizo y él asintió.
—Está bien —volvió a decir. Hizo un gesto a un hombre más joven, de pelo color paja a quien la niña reconoció de cuando despertó—. Aquí hay una viva. Por amor de Dios, sácala de la enfermería antes de que eso cambie.
—Pero, señor —dijo el otro hombre, resoplando—, ésta es la que se golpeó la cabeza cuando se desmayó. Seguramente debería descansar un poco...
—No tenemos suficientes camas para descansar, ya descansará cuando regrese a su camarote.
—No estoy seguro de a dónde pertenece...
El doctor hizo un gesto con los ojos.
—Entonces pregunte, hombre.
El individuo de cabellos pajizos bajó la voz.
—Señor, ella es de quien le hablé. Parece haber perdido la memoria. Debe de haber sucedido cuando se cayó.
El doctor miró a la pequeña.
— ¿Cuál es tu nombre?
La pequeña meditó un instante. Escuchó las palabras, entendió lo que se le preguntaba, pero se dio cuenta de que no podía responder.
— ¿Y bien? —dijo el hombre.
La pequeña sacudió la cabeza.
—No lo sé.
El doctor suspiró, exasperado.
—No tengo ni tiempo ni camas para esto. Ya no tiene fiebre. Por su olor, debe de ser de las cubiertas inferiores.
—Sí, señor.
— ¿Bien? Debe de haber alguien que la reclame.
—Sí, señor, hay un muchacho fuera, el que la trajo el otro día. Vino a interesarse por ella hace un minuto, diría que es su hermano.
El doctor echó un vistazo hacia la puerta para ver al niño.
— ¿Dónde están los padres?
—El muchacho dice que su padre está en Australia, señor.
— ¿Y la madre?
El otro hombre se aclaró la garganta, inclinándose hacia el doctor.
—Sirviendo de comida a los peces, probablemente. La perdimos hace tres días.
— ¿La fiebre?
—Sí.
El doctor frunció el ceño y suspiró brevemente.
—Bueno, hazlo pasar.
Un muchachito, delgado como un junco, de ojos negros como el carbón, fue llevado a su presencia.
— ¿Esta niña es tuya? —preguntó el doctor.
—Sí, señor —contestó el niño—. Es decir, ella...
—Suficiente. No me cuentes historias. Ya no tiene fiebre y el golpe de su cabeza ha sanado. Por ahora no habla mucho pero sin duda volverá a hacerlo pronto. Lo más probable es que quiera llamar la atención, sabiendo lo que pasó con tu madre. Así es como sucede a veces, especialmente con los niños.
—Pero, señor...
—Ya basta. Llévatela. —Se volvió hacia el marinero—. Dale la cama a otra persona.
La pequeña estaba sentada junto a la barandilla, contemplando el agua. Elevaciones azules con puntas blancas, agitándose bajo el roce del viento. La travesía era más agitada de lo habitual y ella entregaba su cuerpo al movimiento del barco. Se sentía rara, no precisamente enferma, sino extraña. Como si una niebla blanca hubiera llenado su cabeza quedándose allí, resistiéndose a desvanecerse.
—Aquí —dijo una voz sobre su hombro. Era el niño—. No olvides entonces tu maleta.
— ¿Mi maleta? —Echó una mirada al bulto blanco que le ofrecía.
— ¡Vamos! —dijo el niño mirándola extrañado—. En verdad has enloquecido, pensé que estabas fingiendo, por el doctor. No me digas que no te acuerdas de tu propia maleta. La has estado protegiendo con tu vida durante todo el viaje, queriéndonos despedazarnos si alguno de nosotros se atrevía a mirarla. No querías que tu preciosa Autora se enojara.
La palabra desconocida se agitó entre ambos y la pequeña sintió un extraño escozor por debajo de la piel.
— ¿Autora? —preguntó.
Pero el niño no respondió.
— ¡Tierra! —gritó, corriendo a apoyarse contra las barandillas que flanqueaban toda la cubierta—. ¡Tierra! ¿Puedes verla?
La pequeña se puso de pie a su lado, aferrando todavía el asa de la diminuta maleta blanca. Miró cansinamente la pecosa nariz del niño, luego se volvió en la dirección que su dedo señalaba. A lo lejos, vio una franja de tierra con árboles verde pálido a lo largo.
—Eso es América —dijo el niño, los ojos fijos en la costa distante—. Mi padre está allí esperándonos.
América, pensó la pequeña. Otra palabra que no reconocía.
—Vamos a empezar allí una nueva vida, con una casa propia y todo, incluso un poco de tierra. Eso es lo que mi padre dice en sus cartas. Dice que vamos a trabajar la tierra, construir una nueva vida para nosotros. Y así lo haremos, aunque Mamma ya no esté con nosotros. —Esto último lo dijo en voz más baja. Guardó silencio un momento antes de volverse a la pequeña e inclinar la cabeza en dirección a la costa—. ¿Es allí donde está tu papi?
La pequeña pensó en ello.
— ¿Mi papi?
El niño puso los ojos en blanco.
—Tu papá —aclaró—. El tipo que está con tu mami. Ya sabes, tu papi.
—Mi papi —repitió la pequeña haciéndose eco, pero el niño ya no la escuchaba. Había visto a una de sus hermanas y salió a la carrera gritando que había visto tierra.
La pequeña asintió mientras él se marchaba, aunque todavía no estaba segura de qué había querido decir.
—Mi papi —repitió dubitativa—. Allí es donde está mi papi.
El grito de «¡Tierra!» recorrió la cubierta y, mientras la gente se apelotonaba a su alrededor, la pequeña llevó su maleta blanca hasta un rincón junto a una pila de barriles, un hueco al que se sentía inexplicablemente atraída. Se sentó y la abrió, esperando hallar algo de comida. No había nada, así que se conformó con el libro de cuentos de hadas, que yacía sobre el resto de las cosas.
Mientras el barco se aproximaba al muelle, y los pequeños puntos de la lejanía se convertían en gaviotas, abrió el libro en su regazo y contempló el hermoso boceto en blanco y negro de una mujer y un ciervo muy juntos en el claro de un bosque espinoso. Y de alguna manera, aunque no podía leer las palabras, se dio cuenta de que conocía el relato de ese dibujo. Era de una joven princesa que recorría una gran distancia por mar hasta encontrar un objeto precioso y oculto que le pertenecía a alguien a quien ella amaba profundamente.
