Quinta parte.
I.
Fue el chirrido del metal quien me devolvió a tierra firme.
Posicionadas en un círculo completo, las parcelas de tierra habían cedido hasta desaparecer. En su lugar, unas plataformas de color oscuro, cuya carga resultaron cápsulas redondeadas, fueron el motivo de mi desconcierto. Las había visto antes, en la sala de comando, durante el escape.
¿Penitentes? Parecía, incluso, absurdo.
Percibí el codazo de Teresa y eché un vistazo. Entendí que, tanto Thomas como Minho, estaban pensando lo mismo que yo. Era ilógico pensar que esas cápsulas resguarden Penitentes. Pero, si consideraba el avance tecnológico que CRUEL había desplegado en estas dos últimas semanas, resultaba ingenuo creer que esas plataformas no contuvieran algo incluso peor.
Veinticinco minutos y el aire era húmedo y polvoriento.
Por segunda ocasión, volví a proteger mis oídos cuando un silbido agudo cortó el aire. Con los ojos entornados debido al viento, advertí la delgada línea azul que iluminaba la plataforma a medida que las cápsulas se iban abriendo. Escuché con atención: no emitían sonido alguno. Eso me indicó que no se trataba de Penitentes.
Irónicamente, contraje el rostro en una mueca de frustración.
Los primeros truenos habían empezado en el horizonte cuando escuché la voz de Minho. Acercarnos a investigar. Ignoré el pánico que eso había acarreado en mi pecho y di el primer paso hacia la plataforma pero solo me detuve de lleno cuando advertí que algo dentro de las cápsulas acababa de moverse.
Era el «grande finale» que había adelantado.
