II.
El martirio en mi cabeza, iba en aumento.

Ignoraba los últimos instantes antes que la tormenta inicie. Los gritos de los shanks, las bio-máquinas de CRUEL, las gotas de lluvia que azotaban mi rostro. Una memoria perdida. Un instante cuya esencia se había visto difumada en el tiempo...

No recuerdo cuándo tomé aquél palo. Tampoco, en qué momento acerté el primer golpe. El sonido de los focos se distorsionaba frente a la vorágine de mi cerebro y el ruido de la tormenta. Un rayo cayó a escasos kilómetros de la vara denotada como El refugio. Suponía que el miedo debió anteponerse. Sin embargo, me encontraba impertérrito.

Aseguré el arma en mi mano. Un rápido y certero golpe. Otro más. Noté que aquéllas máquinas se tornaban más lentas a medida que los focos iban cediendo. Mi pierna comenzaba a joderme... pero el dolor de cabeza resultaba aún más intolerable.

Recordé la promesa de Janson sobre la cura. ¿Era real?

Era un crank. Sí, lo sabía.

No había cura para mí. Eso también lo sabía.

Recordé los cranks idos de El Sub-Mundo. Una corriente eléctrica sacudió mi columna... el miedo había hecho aparición. ¿Por qué no me asustaba la tormenta?

¿Quizás, porque sabía que se trataba de la salida fácil? ¿O, quizás, porque morir calcinado era mejor que una muerte impartida por el virus? Estaba seguro que, en algún momento de mi vida, hubiera insistido en que la salida fácil era cobarde. Ahora, ¿me asustaba cambiar de opinión?

¿Me asustaba el futuro?

Un último golpe. Mi enemigo cedió... igual que mi espíritu.