III.
«¿Dónde están los demás?».
Mi cuerpo respondía a un ritmo diferente. Lo comprendí cuando logré darle sentido a mis propias palabras. A pesar del suplicio en que se había convertido mi propia mente, busqué recordar el último episodio en el Desierto. La tormenta, las criaturas de CRUEL, las muertes que, una vez más, había presenciado.
Las criaturas.
Figuras desproporcionadas provistas de cuchillas en sus manos y una fuerza superior a la mía. Rememoré mi propio aullido cuando, una de esas hojas, penetró mi pecho justo antes que la biomáquina ceda con un último golpe. Las chispas, de una tonalidad anaranjada, invadieron mi campo de visión. Un rayo cayó a escasos dos metros de donde me encontraba. El hedor a electricidad penetrando mi nariz.
Me retorcí en la camilla. El suplicio en mi pecho había retornado junto a la consciencia. Percibí la tela que cubría la herida y el desinfectante a un lado. Sombras, proyectadas en lo que parecía una tienda. ¿Dónde shuck...? La oscuridad era evidente pero no se escuchaban truenos. Solo murmullos, algunas carcajadas y el sonido metálico sobre vasijas de...
¿Cuánto tiempo había estado inconsciente y dónde shuck estaba?
—Viejo, tienes que calmarte.
Deslicé una mirada, evidentemente sorprendida, hacia la izquierda. Tanto Minho como Thomas se encontraban allí. El desconcierto no menguó cuando advertí que ambos cargaban con vasijas de sopa. Me dije que Jorge había dado con algunos víveres antes de reserva solo para no caer de nuevo en la locura.
—Sí, te hemos guardado. Aunque tendrás que apurarte si no quieres que alguien más se coma tu ración —la voz burlona del asiático me devolvió a la realidad—.
—¿Dónde...? —mi voz resultó rasposa y patética, pero eso no me impidió que continuara con la pregunta—. ¿Dónde estamos...? ¿Qué ha ocurrido?
—El brazo derecho, hermano— ¿acaso percibía alivio en su voz?—. La mayoría de nosotros logró superar la pelea con esas cosas. Pero, antes que CRUEL nos hallara, llegaron Vince y su gente.
Un sorbo de sopa. Parecía encantado.
—Estás fuera de riesgo. La cuchilla no atravesó nada importante... solo te mantienen aquí por... eh...
— El virus —acoté, con tono amargado, mientras intentaba sentarme en la cama.
—Eso mismo. Eres un bastardo con suerte. Ahora come, que te ves espantoso.
«Bastardo con suerte. Ja, ja» rezongué, de manera mental, al tiempo que aceptaba la sopa. Si esos dos garlopos tenían razón... estábamos a salvo.
