Disclaimer la historia como los personajes no me pertenecen, estos son de sus respectivas autoras Patricia Briggs y JK Rowling.
ADVERTENCIA: esta historia tendrá contenido yaoi (boyxboy) la pareja principal es SeverusxHarry. Es un mundo sin magia ni hechizos conocidos.
Esta historia es una adaptación de la obra Alfa y Omega de Patricia Briggs con los personajes de Harry Potter, espero les guste.
Resumen:
En Chicago, Harry Potter es un hombre lobo sumiso que trabaja como camarero para poder sobrevivir cuando una inesperada noticia hace que tome una decisión que cambiará su vida. Entretanto, el líder de los licántropos envía a su hijo, Severus, a la ciudad del viento para que investigue ciertos posibles problemas que han surgido. Severus descubre secretos que giran alrededor de Harry, ¿Qué pasara con las chispas que saltan cuando se conocen Severus y Harry?
Capítulo 2De cerca era aún más impresionante. Podía sentir su energía recorriéndole el cuerpo suavemente como una serpiente degustando su presa. Harry mantuvo la mirada baja mientras esperaba su respuesta.
—Soy Severus Snape —dijo él—. El hijo del Marrok. Tú debes de ser Harry.
Él asintió.
— ¿Has venido en coche o has cogido un taxi?
—No tengo coche — dijo él.
Severus gruñó algo que Harry no llegó a entender.
— ¿Sabes conducir?
Harry asintió.
—Bien.
Harry conducía bien, aunque era demasiado prudente. Aunque no le importaba, se agarró con fuerza a la guantera del coche alquilado. No dijo nada cuando le pidió que fueran a su apartamento, pero había percibido su consternación.
Le podría haber dicho que su padre le había dado instrucciones de mantenerlo vivo, si podía, y para hacer eso debía permanecer a su lado. No quería asustarlo más de lo que ya estaba. También le podría haber dicho que no tenía intención alguna de acostarse con él, pero no quería mentirle. Y, sobre todo, no quería mentirse a sí mismo. Por eso se mantuvo en silencio.
Cuando se incorporaron a la autopista en el todoterreno alquilado, el Hermano Lobo pasó de sentir una furia asesina, causada por el bullicio del vuelo, a dejarse llevar por una satisfacción y una calma completamente nuevas para Severus. Los dos lobos Omega que había conocido a lo largo de su vida habían hecho algo similar en él, pero no con semejante intensidad.
Esto debe de ser lo más parecido a sentirse totalmente humano.
La furia y cautela de cazador que su lobo siempre demostraba eran apenas un recuerdo, dejando solo la determinación de acercarse a Harry para aparearse. Aquello también era nuevo para él.
Aunque era muy guapo, lo que deseaba realmente era alimentarlo y suavizar la rigidez de sus hombros. El lobo quería llevárselo a la cama y reclamarlo como suyo. Pero, al ser más cauteloso que su lobo, esperaría a conocerlo un poco mejor antes de cortejarlo.
—Mi piso no es gran cosa —dijo Harry con un esfuerzo evidente por romper el silencio.
La aspereza de su voz le indicó que su garganta estaba seca.
Tenía miedo de él. Aunque nunca le había gustado, era el matón de su padre, por lo que estaba habituado a despertar aquel tipo de sentimiento en la gente.
Se apoyó en la puerta del coche y contempló las luces de la ciudad. Quería darle espacio para que se sintiera más cómodo cuando decidiera mirarlo. Había guardado silencio para que él se acostumbrara a su presencia, aunque ahora empezaba a pensar que podría haber sido un error.
—No te preocupes — dijo él —. No soy maniático. Da igual como sea tu piso porque sin duda será más civilizado que el lugar donde crecí.
— ¿Eh?
— Soy más viejo de lo que parece — dijo él sonriendo ligeramente —. Hace doscientos años Inglaterra no era el mejor lugar para que un niño creciera.
Como a muchos otros lobos viejos, no le gustaba hablar del pasado, pero sabía que aquello ayudaría a Harry a tranquilizarse.
— Había olvidado que podías ser más viejo de lo que aparentas — dijo Harry excusándose.
Había captado su sonrisa, pensó él, porque el nivel de su miedo se redujo considerablemente.
— En la manada de Chicago no hay lobos tan viejos.
— Hay algunos — discrepó él, dándose cuenta de que Harry había dicho «la manada» y no «mi manada».
Rodolphus tenía setenta u ochenta años y su mujer muchos más. Edad suficiente para apreciar el regalo que significaba poseer a un Omega. Por el contrario, habían permitido que lo convirtieran en aquel chico degradado que se encogía cuando lo mirabas demasiado tiempo.
— Puede ser complicado saber la edad exacta de un lobo. A la mayoría no nos gusta hablar del tema. Ya es bastante duro adaptarse sin tener que hablar constantemente sobre tiempos pasados.
Harry no dijo nada, por lo que pensó en otro tema del que pudieran hablar. Las conversaciones no eran su fuerte; las dejaba para su padre y su madre, ambos muy buenos conversadores.
— ¿De qué tribu eres? —Preguntó Harry antes de que él encontrara un nuevo tema—. No sé mucho sobre las tribus de Inglaterra.
—Mi madre era sajona —dijo él—. Específicamente anglosajona.
Harry le dirigió una rápida mirada de desconcierto con total naturalidad. Ah, pensó él aliviado, una buena historia que contarle.
—¿Sabes por qué los anglosajones se llaman así?
Harry negó con la cabeza. Su expresión era tan solemne que se sintió tentado de burlarse de él. Pero no se conocían lo suficiente, de modo que le contó la verdad.
— Los jutos, los anglos y los sajones invadieron Inglaterra y se les dio el nombre general de anglosajones. Estos pueblos no podían llegar a un acuerdo y se enemistaron, por lo que formaron reinos o estados independientes, y fue el rey Egberto de Wessex el que logró que se unieran. A estos pueblos en general se les denominó anglosajones, luego fueron dominados por los daneses.
El olor de su miedo iba disminuyendo mientras él hablaba.
—Has dicho que tu madre era sajona —dijo Harry —. ¿El Marrok también es anglosajón?
Él negó con la cabeza.
—Mi padre es Escoses. Vino a cazar pieles en la época de los tramperos y se quedó porque se enamoró del olor de los pinos y de la nieve.
Su padre se lo había dicho con esas mismas palabras. Severus descubrió que volvía a sonreír sin que le doliera la cara, esta vez una sonrisa de verdad, y notó cómo Harry se relajaba aún más. Tendría que llamar a su hermano, Sirius, para decirle que finalmente había aprendido a sonreír sin que el rostro se le cuarteara. Solo había necesitado a un lobo Omega para conseguirlo.
Harry torció en un callejón y se introdujo en un pequeño aparcamiento tras uno de los omnipresentes edificios de ladrillo de cuatro plantas que inundaban los viejos suburbios de aquella parte de la ciudad.
— ¿En qué barrio estamos? — preguntó él.
— En Oak Park —dijo Harry —. El hogar de Frank Lloyd Wright, Edgar Rice Burroughs y Scorci´s.
—¿Scorci´s?
Harry asintió y salió del coche.
—El mejor restaurante italiano de Chicago y mi actual lugar de trabajo.
Ah, por eso huele a ajo.
—¿De modo que tu opinión es imparcial?
Severus salió del coche aliviado. Su hermano se burlaba de él porque no le gustaban los coches, pese a saber que existían pocas probabilidades de morir si tenía un accidente grave. Severus no tenía miedo de morir, simplemente le parecía que los coches corrían demasiado. Le impedía reconocer el terreno por el que circulaba. Y si le apetecía echar una cabezadita mientras viajaba, los coches no podían hacer solos el camino. Por eso prefería los caballos.
Después de que él sacara su equipaje del maletero, Harry cerró el coche con llave. El coche emitió un pitido, y Severus se sobresaltó y no ocultó su aspecto irritado. Cuando se dio la vuelta, Harry tenía la vista clavada en el suelo.
La ira, que en su presencia había desaparecido, reapareció en cuanto sintió la fuerza de su miedo. Alguien lo había traumatizado.
—Lo siento —susurró Harry.
Si en aquel momento hubiera estado en forma de lobo, tendría la cola entre las piernas.
—¿Por qué? —preguntó él, incapaz de ocultar su enfado— ¿Porque me asustan los coches? No es culpa tuya.
Se vio obligado a controlar a su lobo, y entonces comprendió que en aquella ocasión tendría que ser más prudente. Normalmente, cuando su padre lo enviaba a resolver algún problema, no tenía demasiadas dificultades. Sin embargo, con un lobo Omega herido tan cerca, tendría que hacer un mayor esfuerzo por controlar su temperamento.
—Harry —dijo él en cuanto volvió a tener todo bajo control—, soy el sicario de mi padre.
Es mi trabajo como su segundo. Pero eso no significa que me guste. No te haré daño, te doy mi palabra.
—Sí, señor —dijo Harry sin creerle.
Severus recordó que en aquellos tiempos la palabra de un hombre no tenía mucho valor. Le ayudó a controlarse el hecho de percibir en Harry la misma cantidad de ira que de miedo; aún no estaba anulado del todo.
Decidió no insistir al comprender que acabaría provocando el efecto contrario, Harry debería aceptar que él era un hombre de palabra. Mientras tanto, le daría algo en lo que pensar.
—Además —dijo él suavemente—, mi lobo está más interesado en cortejarte que en imponer su dominio.
Severus sonrió cuando percibió que tanto su miedo como su enfado habían desaparecido, siendo sustituidos por la sorpresa... y por algo que podría ser un principio de interés.
Harry abrió la puerta principal del edificio, entró antes que él y subió las escaleras sin dirigirle la mirada. Al llegar a la segunda planta, su olor no desprendía ninguna emoción, aparte del cansancio.
Se dio cuenta de que a Harry le costó un gran esfuerzo subir las escaleras hasta el ático. Su mano temblaba al intentar meter la llave en el cerrojo de una de las dos puertas del rellano. Debería alimentarse mejor. Los hombres lobo no deberían estar tan delgados; podría ser peligroso para los que le rodeaban.
Era un ejecutor, se dijo Harry, enviado por su padre para resolver los problemas que surgían en la comunidad de hombres lobo. Para sobrevivir en aquel trabajo, debía de ser incluso más peligroso que Rodolphus. Harry podía sentir cuan dominante era, y sabía cómo eran los dominantes. Tenía que estar alerta, preparado para el más mínimo movimiento agresivo, dispuesto a soportar el dolor y el pánico, porque huir sería aún peor.
Entonces, ¿por qué se sentía más seguro cuanto más tiempo pasaba con él?
Severus lo siguió escaleras arriba sin decir una palabra, y Harry decidió no disculparse más por su apartamento. Al fin y al cabo, había sido idea suya pasar allí la noche y acabar durmiendo en un futón doble en lugar de en una agradable cama de hotel. No sabía qué ofrecerle para comer; esperaba que hubiera comido algo durante el vuelo. Al día siguiente iría a comprar algunas cosas, después de cobrar el cheque de Scorci's que había dejado en la puerta de la nevera.
Tiempo atrás, el ático estaba dividido en dos pisos de dos habitaciones, pero, en los setenta, alguien había hecho reformas y los había convertido en un piso de tres habitaciones y un estudio.
Su apartamento parecía usado y vacío, sin más muebles que un futón, una mesita y un par de sillas plegables. El suelo de parquet era lo único que lo hacía un poco acogedor.
Harry miró a Severus detenidamente cuando entró en el apartamento tras él, pero comprendió que sabía controlar muy bien sus emociones. Aunque no pudo adivinar lo que pensaba, no le costó mucho imaginárselo al ver cómo miraba fijamente el futón, que era perfecto para Harry pero demasiado pequeño para Severus.
—El cuarto de baño está ahí —dijo el innecesariamente porque la puerta estaba abierta y se podía ver con claridad.
Severus asintió mientras la observaba con los ojos opacos por la pobre iluminación.
—¿Tienes que trabajar mañana? —preguntó Severus.
—No. No trabajo hasta el sábado.
—Bien. Entonces podemos hablar por la mañana.
Severus cogió su pequeña maleta y se fue al cuarto de baño.
Mientras Harry buscaba en el armario una manta vieja y volvía a considerar que una alfombra barata sería mucho mejor que el pulido parquet, bonito pero demasiado frío y duro para dormir sobre él, hizo todo lo posible para aislarse de los extraños sonidos que producía otra persona disponiéndose a ir a la cama.
La puerta se abrió mientras seguía de rodillas en el suelo intentando extender la manta a modo de colchón lo más lejos posible de la cama.
—Puedes dormir en la cama —empezó a decir y, al darse la vuelta, se encontró cara a cara con un enorme lobo de pelaje marrón rojizo.
Le meneó la cola y sonrió ante su obvia sorpresa, antes de rozarlo al pasar para acostarse en la manta. Se acomodó sobre ella, apoyó la cabeza en sus patas delanteras y cerró los ojos; aparentemente, se quedó dormido al instante. Pese a que Harry sabía que no era así, no se movió, ni le miró cuando fue al cuarto de baño o cuando salió vestido con un chándal más grueso.
No podría dormir con un hombre en su apartamento, pero, de algún modo, el lobo le resultaba menos amenazador. Aquel lobo. Pasó el pestillo de la puerta, cerró la luz y se arrastró hasta la cama sintiéndose más seguro de lo que lo había estado desde el día en que descubrió que el mundo estaba lleno de monstruos.
