Disclaimer la historia como los personajes no me pertenecen, estos son de sus respectivas autoras Patricia Briggs y JK Rowling.

ADVERTENCIA: esta historia tendrá contenido yaoi (boyxboy) la pareja principal es SeverusxHarry. Es un mundo sin magia ni hechizos conocidos.

Esta historia es una adaptación de la obra Alfa y Omega de Patricia Briggs con los personajes de Harry Potter, espero les guste.

Resumen:

En Chicago, Harry Potter es un hombre lobo sumiso que trabaja como camarero para poder sobrevivir cuando una inesperada noticia hace que tome una decisión que cambiará su vida. Entretanto, el líder de los licántropos envía a su hijo, Severus, a la ciudad del viento para que investigue ciertos posibles problemas que han surgido. Severus descubre secretos que giran alrededor de Harry, ¿Qué pasara con las chispas que saltan cuando se conocen Severus y Harry?

Capítulo 7

Harry sujetaba con fuerza el volante, pero Severus no estaba de humor para apaciguar sus miedos.

Había intentado dejar a Harry en casa. No quería que estuviera en medio de la lucha que probablemente tendría lugar aquella noche. No quería que le hicieran daño y tampoco que lo viera en el rol que habían escogido para él muchos años atrás.

—Sé dónde vive Rodolphus —había dicho Harry —. Si no me llevaras contigo, hubiera cogido un taxi y te hubiera seguido. No irás allí solo. Tus heridas todavía están frescas y pueden detectarlas y tomarlas como un signo de debilidad.

La verdad tras sus palabras casi le hizo ser cruel. Estuvo a punto de preguntarle qué pensaba que podría hacer Harry, un lobo Omega, para ayudarle en la pelea, pero el Hermano Lobo le obligó a morderse la lengua. Ya le habían hecho suficiente daño y el lobo no permitiría que le hicieran más. Era la primera vez en su vida que el lobo detenía a su parte humana, cuando normalmente ocurría lo contrario. En aquella ocasión también se habría equivocado. Recordó cuando Harry empuñó el rodillo de mármol.

Puede que no fuera agresivo, pero su paciencia tenía un límite.

Finalmente, accedió a que le acompañara. Sin embargo, cuanto más se aproximaban a la residencia que Rodolphus tenía en Naperville, más se arrepentía por su incapacidad de alegrarse por su presencia.

—La casa de Rodolphus tiene seis hectáreas —dijo Harry —. Es suficientemente grande para que la manada cace libremente, pero, aun así, tenemos que ser muy silenciosos.

Su voz estaba tensa. Trataba de darle conversación para controlar su ansiedad. Aunque le costaba colaborar porque estaba enfadado, hizo un esfuerzo.

—Es complicado cazar en las grandes ciudades —añadió él.

Entonces, para comprobar su reacción y porque no había tenido la oportunidad de terminar la discusión sobre lo que sentía realmente por él, le dijo:

—Te llevaré a Escocia para una cacería de verdad. Nunca querrás volver a vivir en una gran ciudad. Normalmente cazamos ciervos y alces. Son todo un reto.

—Creo que prefiero quedarme con los conejos, si no te importa —dijo Harry —. En las cacerías me limito a rastrear —añadió con una leve sonrisa—. Creo que he visto Bambi demasiadas veces.

Severus soltó una risotada. Sí, le gustaba. Le había aceptado sin discutir. Le había retado, pero no se lo había discutido. Severus recordó cuando le dijo que no estaba interesado en el sexo.

—Cazar es parte de lo que somos. No como los gatos, los cuales prolongan la matanza. Además, los animales que cazamos nos necesitan para mantener las manadas fuertes y sanas. Pero si te molesta, puedes también rastrear la caza en Escocia. Disfrutarás igualmente.

Harry condujo hasta un poste con un teclado numérico delante de una verja de cedro gris e introdujo un código de cuatro dígitos. Tras una breve pausa, la verja se abrió automáticamente.

Ya había estado un par de veces allí. La primera fue hace más de un siglo y la casa era poco más que una cabaña. En aquel entonces, el terreno se extendía a lo largo de veinte hectáreas y el Alfa era un irlandés católico llamado Willie O'Shaughnessy, el cual, sorprendentemente, había congeniado con sus vecinos, la mayoría alemanes y luteranos.

La segunda vez fue a principios del siglo xx, para el funeral de Willie, un lobo realmente viejo, casi tanto como el Marrok. Los que viven tantos años suelen enloquecer. Cuando se manifestaron los primeros signos en Willie, decidió dejar de comer, una muestra más de la fuerza de voluntad que le llevó a convertirse en Alfa. Severus recordó el profundo dolor que provocó en su padre la muerte de Willie. Severus y su hermano Sirius pensaron durante los meses siguientes que su padre decidiría seguir el mismo camino que Willie.

Tanto la casa de Willie como sus tierras habían pasado al siguiente Alfa, un hombre lobo alemán que se había casado con la hija de O'Shaughnessy. Severus no podía recordar su nombre, ni qué ocurrió finalmente con él. Hubo varios Alfas después de aquel, antes de que Rodolphus se hiciera con el mando.

Willie y un grupo de picapedreros alemanes habían construido la casa con una artesanía que ahora sería prohibitiva. Recordó el tiempo en que aquellas ventanas habían sido nuevas.

Severus odiaba que le recordaran lo viejo que era. Harry apagó el motor e hizo ademán de abrir la puerta, pero Severus lo detuvo.

—Espera un momento.

Gracias al legado de su portentosa madre, había aprendido a mantenerse alerta. Una sospecha de inquietud hizo que sus sentidos se estremecieran. Miró a Harry y frunció el ceño. Era demasiado vulnerable. Si le ocurría algo, no se recuperaría.

—Necesito que te transformes —le dijo Severus.

Algo en su interior se relajó: era eso.

—Si me pasa algo, quiero que corras y busques un lugar seguro. Entonces llama a mi padre y dile que te saque de aquí.

Harry vaciló.

No era propio de él dar explicaciones. Como lobo dominante en la manada de su padre, raramente tenía que hacerlo. Pero hizo un esfuerzo por Harry.

—Es importante que entres allí en forma de lobo —dijo mientras se encogía de hombros—. He aprendido a seguir mis instintos.

—De acuerdo.

Harry se tomó su tiempo, y Severus lo aprovechó para sacar la libreta y revisar la lista. Le había dicho a Fenrir que Rodolphus podía traer a Bellatrix y a sus cinco primeros. Según la lista de Harry, aparte de Bellatrix, solo Evan figuraba también en la lista que le había dado su padre. Si Fenrir era el segundo de Rodolphus, no había ningún otro lobo que supusiera una amenaza para él.

El dolor de la herida le hizo regresar a la realidad. Ninguno de ellos tenía la menor oportunidad con él.

Harry terminó de transformarse. Lo observó sentado en el asiento del conductor, jadeante, y pensó que era precioso. Negro como el carbón con una pequeña mancha blanca en la frente. Era pequeño para ser un hombre lobo pero mucho más grande que un pastor alemán. Sus ojos eran de un brillante verde esmeralda.

—¿Estás preparado? —preguntó Severus.

Aulló al incorporarse, haciendo pequeños agujeros con sus uñas en el asiento de piel. Se sacudió como si estuviera mojado e inclinó la cabeza una sola vez.

Severus no vio a nadie observándoles desde las ventanas, pero había una pequeña cámara de seguridad ingeniosamente situada en el porche. Salió del todoterreno, asegurándose de no mostrar el dolor que sentía al caminar.

En el cuarto de baño de Harry había comprobado que la herida se estaba curando con normalidad en cuanto había pasado el efecto de la plata. Había considerado la posibilidad de fingir estar en peor estado, y lo habría hecho de haber estado totalmente seguro de que aquello era obra de Rodolphus. Actuar de aquella forma habría hecho que Rodolphus le atacara, pero Severus no tenía ninguna intención de matarlo hasta saber exactamente qué estaba ocurriendo.

Aguantó la puerta del todoterreno hasta que Harry salió y, juntos, se dirigieron hacia la casa. No se molestó en llamar a la puerta. No era una visita de cortesía.

El interior de la casa había cambiado mucho. Las oscuras paredes habían sido blanqueadas y la luz eléctrica había sustituido las lámparas de gas. Aunque Harry iba a su lado, no necesitaba que le guiaran hacia el salón porque aquella era la única habitación con gente.

Pese a las reformas en la decoración, el orgullo y la alegría de Willie eran irremplazables. La enorme chimenea de granito hecha a mano todavía dominaba el salón. Bellatrix, que siempre quería ser el centro de atención, estaba sentada en la repisa de la misma. Rodolphus estaba frente a ella, con Fenrir a su izquierda y Evan a su derecha. Los otros tres lobos estaban sentados en refinadas sillas victorianas. Todos, excepto Rodolphus, iban vestidos con oscuros trajes de raya diplomática. Rodolphus solo llevaba unos pantalones, para exhibir su piel pálida y demostrar que estaba en buena forma.

El aspecto amenazador que pretendían transmitir quedaba mitigado tanto por el color entre rosado y púrpura de la decoración y las paredes como por la ropa del mismo color de Bellatrix.

Severus avanzó un par de pasos por la habitación y se detuvo. Harry se apretó contra sus piernas, no lo suficiente para hacerle perder el equilibrio pero sí para recordarle que estaba allí.

Nadie habló porque le tocaba a él romper el hielo. Severus tomó aire y lo contuvo mientras esperaba a ver qué le decían sus sentidos. Había heredado de su madre mucho más que las facciones y la habilidad de cambiar más rápido que los otros hombres lobo. También tenía su poder para ver. No con los ojos, sino con el espíritu.

Y había algo corrupto en la manada de Rodolphus; podía sentirlo.

Miró en el interior de los ojos azules de Rodolphus y no vio nada que no hubiera visto antes. Ningún indicio de locura. No en él, pero sí en alguien de su manada.

Observó a los tres lobos que no conocía y comprendió lo que Harry había comentado sobre su aspecto. En su estilo de vikingo danés, Rodolphus era un hombre bastante atractivo, pero era un guerrero y aquel era el aspecto que transmitía. Evan tenía una afilada nariz y el corte militar de su pelo hacía que sus orejas parecieran más puntiagudas de lo que eran en realidad.

Todos los lobos que no conocía parecían modelos de pasarela. Delgados y fibrosos, y encajaban perfectamente en sus trajes. A pesar de pequeñas diferencias en el color de su piel, existía cierto parecido entre ellos. Bellatrix se recogió las piernas y lanzó un profundo suspiro.

Severus hizo caso omiso de su impaciencia porque en aquel momento ella no era lo más importante. Lo más importante era Rodolphus. Centró su mirada en el Alfa y dijo:

—El Marrok me ha enviado para preguntarte por qué has vendido al niño como esclavo.

Se dio cuenta de que no era la pregunta que Rodolphus esperaba. Bellatrix pensaba que iban a hablar sobre Harry. De hecho, debían hacerlo, pero Severus pensó que empezar con la pregunta de su padre era mejor porque no les sorprendería.

—No tengo hijos —dijo Rodolphus.

Severus negó con la cabeza.

—Todos los lobos son tus niños, Rodolphus, y tú lo sabes. Son tuyos para que los ames, los alimentes, los protejas, los guíes y los eduques. Vendiste a un joven llamado Justin Finch-Fletchley. ¿A quién y por qué?

—No era de la manada —dijo Rodolphus mientras extendía los brazos—. Es caro mantener a tantos lobos felices en la ciudad. Necesitaba el dinero. No tengo ningún problema en darte el nombre del comprador, aunque creo que solo era el intermediario.

Verdad. Todo era verdad. Pero Rodolphus había sido muy cuidadoso con las palabras que había empleado.

—Mi padre quiere el nombre y la manera en que contactaste con él.

Rodolphus hizo un gesto con la cabeza a uno de los hombres apuestos, quien pasó junto a Severus con la mirada baja, aunque dedicó un instante para mirar a Harry, que bajó las orejas y gruñó.

Severus concluyó que aquel había ejercido poca influencia sobre él.

—¿Puedo ayudarte en algo más? —preguntó Rodolphus educadamente.

Todos los lobos de Rodolphus usaban el truco de Bellatrix con el perfume, pero Severus poseía un agudo olfato y percibió que Rodolphus estaba... triste.

—No has actualizado a los miembros de tu manada en los últimos cinco o seis años —dijo Severus, preguntándose aún sobre la reacción de Rodolphus.

Se había topado con rebeldía, ira, miedo, pero nunca con tristeza.

—Sabía que te darías cuenta. ¿Has revisado la lista con Harry? Sí, he sufrido una pequeña rebelión y la he sofocado con severidad.

De nuevo la verdad, aunque no toda. Rodolphus tenía la habilidad de un abogado para utilizar la verdad precavidamente y para mentir dejando una pista falsa.

—¿Por eso mataste a todas las hembras de tu manada? ¿Se rebelaron todas?

—No había muchas mujeres. Nunca hay suficientes.

Otra vez. Había algo que se le escapaba. Rodolphus no era el lobo que había atacado al joven Justin. Lo había hecho Fenrir.

El lobo de Rodolphus regresó. Le dio a Severus una nota con un nombre y un número de teléfono escritos en tinta púrpura.

Severus guardó la nota en su bolsillo y asintió.

—Tienes razón. No hay suficientes hembras. Por eso tenemos que protegerlas, no matarlas. ¿Las mataste tú?

—¿A las mujeres? No.

—¿A cuántas?

Rodolphus no contestó y Severus sintió que su lobo se fortalecía por la proximidad de la caza.

—No mataste a ninguna de las mujeres —dijo Severus.

Miró a los hombres esculturales y luego a Fenrir, quien tenía un atractivo menos evidente.

Rodolphus estaba protegiendo a alguien. Severus alzó la mirada hasta Bellatrix, una mujer con una predilección especial por los hombres guapos. Tenía más años que Willie O'Shaughnessy cuando este empezó a volverse loco.

Severus se preguntó cuánto tiempo hacía que Rodolphus sabía que se había vuelto loca. Volvió a mirar al Alfa.

—Deberías haber pedido ayuda al Marrok.

Rodolphus negó con la cabeza.

—Sabes lo que habría ocurrido. La habría tenido que matar.

A Severus le hubiera encantado ver la reacción de Bellatrix pero no podía apartar los ojos de Rodolphus: un lobo acorralado es algo muy peligroso.

—¿Y cuántos han muerto en su lugar? ¿A cuántos de tu manada has perdido? ¿Y las mujeres que ella mató por celos y los que tú has tenido que matar para protegerla? ¿Y los lobos que se rebelaron contra lo que vosotros dos estabais haciendo? ¿Cuántos en total?

Rodolphus levantó la barbilla.

—Ninguno en los últimos tres años.

La ira se despertó en su interior.

—Correcto —asintió Severus suavemente—. No desde que tienes a un matón abusando de un chico indefenso a la que Transformaste sin su consentimiento. Un chico al que has tratado brutalmente sin descanso.

—Si lo hubiera protegido, Bellatrix habría acabado odiándolo —explicó Rodolphus—. En cambio, obligué a Bellatrix a protegerlo. Ha funcionado, Severus. Bellatrix está estable desde hace tres años.

Hasta que había acudido a casa de Harry aquella mañana y había descubierto que Severus estaba interesado en él. A Bellatrix nunca le había gustado que prestaran atención a otras personas mientras ella estaba cerca.

Se arriesgó a echar un vistazo a Bellatrix y vio que, aunque no se había movido de la repisa, se mantenía en posición de alerta por si decidía atacar. Sus ojos habían cambiado y reflejaban un entusiasmo por la violencia que sabía que estaba a punto de desatarse. Se relamió los labios y empezó a balancearse con impaciencia.

Severus sintió asco por el desperdicio que se había producido en la manada. Volvió a centrar su atención en el Alfa.

—No se han producido más muertes porque tenéis a un Omega para mantener la calma, y porque no hay otras mujeres que puedan hacerle competencia, salvo Harry, él cual no está interesado en ninguno de tus lobos, no después de que lo violaran cumpliendo tus órdenes.

—Eso mantuvo a Harry con vida —insistió Rodolphus—. A los dos.

Rodolphus agachó la cabeza pidiendo protección.

—Dile a tu padre que está estable. Dile que yo me encargaré de que no haga daño a nadie más.

—Hoy ha intentado matar a Harry —dijo Severus con calma—. Y aunque no lo hubiera hecho... es una demente, Rodolphus.

Vio cómo el último atisbo de esperanza abandonaba el rostro de Rodolphus. El Alfa sabía que Severus no dejaría a Bellatrix con vida; era demasiado peligrosa, demasiado impredecible. Rodolphus sabía que también estaba muerto. Había trabajado muy duro para salvar a su pareja.

Rodolphus lanzó su ataque sin avisar, pero Severus estaba preparado. Rodolphus no era el tipo de lobo fácil de matar. Aquella era una pelea sin concesiones. Pero los dos sabían quién iba a salir vencedor.