Disclaimer la historia como los personajes no me pertenecen, estos son de sus respectivas autoras Patricia Briggs y JK Rowling.
ADVERTENCIA: esta historia tendrá contenido yaoi (boyxboy) la pareja principal es SeverusxHarry. Es un mundo sin magia ni hechizos conocidos.
Esta historia es una adaptación de la obra Alfa y Omega de Patricia Briggs con los personajes de Harry Potter, espero les guste.
Resumen:
Nunca tuve miedo de los monstruos, hasta que me convertí en uno. Ahora tengo miedo hasta de mi sombra.
Harry desconocía la existencia de licántropos, vampiros u otras criaturas hasta que él mismo se convirtió en uno. Tras sobrevivir a un brutal ataque, Harry descubre que se ha transformado en un hombre lobo. Durante tres años se ve obligado a soportar los continuos abusos a los que es sometido por los miembros de su manada y a subsistir como un lobo sumiso, el último escalafón de la jerarquía de los licántropos. Sin embargo, gracias a la intervención de uno de los Alfa más poderosos del país, Harry descubrirá que en realidad es un Omega, lo que lo convierte en uno de los seres más extraños del grupo. El Alfa no tardará en reclamarlo como suyo... en todos los sentidos.
Capítulo 1Chicago: Noviembre
Harry Potter intentó desaparecer en el asiento del pasajero.
Hasta aquel momento no comprendió hasta qué punto su confianza había estado ligada al hecho de tener a su lado a Severus. Solo había estado con él un día y medio, pero en aquel tiempo había cambiado todo su mundo... al menos mientras permaneció a su lado.
Sin él, su recién recuperada confianza había desaparecido. La simulada ausencia solo había servido para poner de relieve toda su cobardía. Como si fuera necesario recordárselo.
Observó al hombre que conducía con aire relajado el todoterreno alquilado de Severus a través del escaso tráfico posterior a la hora punta por la autopista cubierta de nieve derretida como si fuera un habitante más de Chicago en lugar de un visitante llegado de los bosques de Escocia.
El padre de Severus, Tobías Snape, tenía el aspecto de un estudiante universitario, un genio de la informática o, tal vez, un especialista en arte. Alguien sensible, dulce y joven; pero Harry sabía que no era ninguna de aquellas tres cosas. Era el Marrok, ante quien respondían todos los Alfas, y nadie dominaba a un hombre lobo Alfa con dulzura y sensibilidad.
Tampoco era joven. Sabía que Severus tenía casi doscientos años, y eso significaba que su padre era aún mayor.
Lo miró detenidamente por el rabillo del ojo, pero aparte de algo en la forma de las manos y los ojos, no reconoció en él a Severus. Este tenía un aspecto de frialdad, fuerza y dureza que podría causar un miedo extremo a otras personas, pero, aun así, Harry creía que debería encontrar alguna semejanza entre ambos, algo que le indicara que el Marrok era el mismo tipo de hombre que su hijo.
Su mente deseaba creer que Tobías Snape no le haría ningún daño, que era distinto al resto de los lobos que conocía. Pero su cuerpo estaba adiestrado para temer a los machos de su especie. Cuanto más dominante era un hombre lobo, más probabilidades había de que le hicieran daño. Y no existía ningún lobo más dominante que Tobías Snape, por muy inofensivo que fuera su aspecto.
—No dejaré que te ocurra nada —le dijo sin mirarlo.
Harry olió su propio miedo, por tanto, él también podía hacerlo.
—Lo sé —consiguió decir, odiándose a sí mismo por haberles permitido que lo convirtieran en un cobarde.
Confiaba en que él creyera que no era más que la reacción natural ante la idea de enfrentarse a los otros lobos de su manada tras haber precipitado la muerte de su Alfa. No quería que supiera que también estaba asustado del Marrok. O incluso más.
Tobías sonrió sin convicción y no dijo nada más.
El aparcamiento tras el edificio de apartamentos de cuatro pisos de Harry estaba lleno de coches que no conocía. Entre estos, una reluciente furgoneta gris con un pequeño remolque de color naranja brillante y blanco con un manatí gigante pintado en uno de sus lados, justo encima de un rótulo que anunciaba a todo el mundo que circulara a una calle de distancia que Florida era «El Estado Manatí».
Tobías aparcó detrás del remolque sin detenerse a considerar que su vehículo bloqueaba el callejón. Bueno, pensó Harry mientras salían del coche, ya no tendría que preocuparse más por lo que pensara su casero. Se marchaba a Escocia. ¿Sería Escocia «El Estado de los Hombres Lobo»?
Cuatro lobos en forma humana les esperaban frente a la puerta de seguridad, entre ellos, Evan, el nuevo Alfa. Sus desolados ojos lo recorrieron de arriba abajo. Harry clavó la vista en el suelo tras la primera mirada y se mantuvo detrás de Tobías mientras pasaban entre ellos.
Después de todo, estaba más asustado de ellos que del Marrok. Qué extraño, porque hoy no percibía ni el más mínimo rastro de la especulación ni de la avaricia que normalmente hacían aflorar todos sus miedos. Parecían controlados... y agotados. El día anterior, el Alfa había sido asesinado, y aquello les dolía a todos. Harry también lo había sentido, pero lo había ignorado porque creía que Severus no lograría sobrevivir.
Harry era el responsable de aquel dolor. Todos lo sabían.
Se recordó a sí mismo que Rodolphus necesitaba matar; había matado a muchos y autorizado la muerte de otros tantos. No volvería a mirar a ninguno de ellos a la cara. Intentaría no hablar con nadie, confiando en que ellos lo ignoraran a él.
Aunque estaban allí para ayudarlo en el traslado. Había intentado evitarlo, pero no estaba en condiciones de discutir con el Marrok. Aventuró una nueva mirada rápida a Evan, pero en aquella ocasión tampoco pudo leer nada en su expresión.
Cogió la llave y se enfrentó a la cerradura con dedos agarrotados por el miedo. Aunque ningún hombre lobo hizo movimiento alguno que indicara su impaciencia, intentó darse prisa mientras sentía varios ojos clavados en su espalda. ¿En que estarían pensando? ¿Estarían recordando lo que alguno de ellos le había hecho? Harry no quería recordar. No quería.
Respira, se reprendió a sí mismo.
Uno de ellos se balanceó ligeramente y emitió un sonido de ansiedad.
—Arthur —dijo Evan, y el lobo se relajó.
Harry sabía que era su miedo lo que estaba espoleando al lobo. Tenía que tranquilizarse, y la pegajosa cerradura no era de gran ayuda. Si Severus estuviera allí, podría enfrentarse a cualquier cosa, pero Severus se estaba recuperando de varias heridas de bala. Su padre le había dicho que su reacción a la plata era mucho más intensa de lo habitual.
—No esperaba que vinieras —dijo Tobías.
Harry supuso que se dirigía a él dado que aquella mañana lo había manipulado para conseguir que dejara solo a Severus.
Aunque debía de dirigirse a Evan, ya que fue este quien le respondió:
—Tenía el día libre.
Hasta la noche anterior, Evan había sido el tercero. Pero ahora era el Alfa de la Manada del Suburbio Oeste de Chicago. La manada que Harry estaba abandonando.
—Pensé que aceleraría un poco las cosas —continuó Evan—. Blaise ha accedido a conducir la furgoneta hasta Escocia.
Harry empujó la puerta, pero Tobías no entró inmediatamente, de modo que Harry se detuvo en el umbral, justo a la entrada, y la sostuvo abierta.
—¿Cómo están las finanzas de tu manada? —preguntó Tobías—. Mi hijo me ha comentado que Rodolphus le dijo que necesitaba dinero.
Harry percibió cómo la típica sonrisa seca de Evan teñía sus palabras.
—Y no mentía. Su compañera era cara de mantener. No perderemos la finca, pero es la única noticia buena que me ha dado el contable. Conseguiremos algo con la venta de las joyas de Bellatrix, pero ni mucho menos lo que Rodolphus pagó por ellas.
Harry podía mirar a Tobías, así que observó sus ojos mientras estos evaluaban a los lobos que había traído Evan como un general reconociendo a sus tropas. Su mirada se detuvo en Blaise.
Harry también le miró, y vio lo mismo que el Marrok: viejos téjanos con un agujero en la rodilla y unas zapatillas de tenis que habían visto mejores tiempos. Bastante parecido a lo que él llevaba puesto, salvo que su agujero estaba en la rodilla izquierda en lugar de en la derecha.
—¿El tiempo que se tarda en ir y volver de Escocia pondrá en riesgo tu trabajo? —le preguntó Tobías.
Cuando respondió, en voz muy baja, Blaise mantuvo sus ojos clavados en los tobillos:
—No, señor. Trabajo en la construcción, y estamos en temporada baja. Tengo el permiso de mi jefe; dos semanas de vacaciones.
Tobías extrajo un talonario de cheques del bolsillo y, apoyándose en el hombro de uno de los lobos para escribir sobre una superficie estable, hizo un cheque.
—Esto es para los gastos del viaje. Pensaremos en una cantidad y tendrás el dinero en Escocia, cuando llegues.
El alivio iluminó los ojos de Blaise, pero no dijo nada.
Tobías cruzó el umbral de la puerta, pasó junto a Harry y empezó a subir las escaleras. En cuanto Tobías dejó de observarlos, los otros lobos levantaron la vista para mirar a Harry.
Este levantó el mentón y se enfrentó a sus miradas, olvidando completamente su decisión de no hacer precisamente eso hasta que fue demasiado tarde. Los ojos de Evan eran insondables, y Blaise seguía con la vista clavada en el suelo... pero los rostros de los otros dos, Arthur y Joshua, eran fáciles de leer. Con el regreso de Tobías, el recuerdo de lo que Harry había sido en la manada era totalmente visible en sus ojos.
Y ellos habían sido los lobos de Rodolphus tanto por su inclinación como por sus actos. Harry no era nada, y había propiciado la muerte de su Alfa: si hubieran tenido el coraje necesario, lo habrían matado.
Intentadlo, les dijo Harry sin recurrir a las palabras. Les dio la espalda sin bajar los ojos; al ser pareja de Severus, en teoría, les superaba en rango. Sin embargo, no solo eran hombres lobo, y su parte humana jamás olvidaría lo que le hicieron, con la inestimable ayuda de Rodolphus.
Notó un peso en el estómago y, con la tensión agarrotando su nuca, intentó mantener el equilibrio mientras subían las escaleras hasta su apartamento en el cuarto piso. Tobías esperó a su lado mientras Harry abría la puerta. Se apartó para dejar que Tobías entrara primero, mostrando a los demás que, al menos él, tenía su respeto.
Tobías se detuvo en el umbral y estudió el apartamento con el ceño fruncido. Harry sabía lo que estaba viendo: una mesa de juego con dos sillas plegables maltrechas, un futón y poco más.
—Te dije que podía tenerlo listo esta mañana —le dijo Harry. Sabía que no era mucho, pero le ofendió lo que revelaba su silencio—. Y que después podían venir a recoger las cajas.
—No nos llevará más de una hora recogerlo y cargarlo en la furgoneta —dijo Tobías—. Evan, ¿cuántos de tus lobos viven así?
Al ser convocado, Evan pasó junto a Harry, entró en el apartamento y frunció el ceño. Era la primera vez que estaba allí. Miró a Harry, se acercó a la nevera y la abrió: estaba completamente vacía.
—No sabía que estaba tan mal. —Miró hacia atrás—. ¿ Blaise?
Al ser invitado, Blaise también cruzó el umbral del apartamento.
Miró a su nuevo Alfa con una mirada de disculpa.
—No soy tan malo, pero mi mujer también trabaja. Las facturas son muy caras.
Blaise tenía un rango tan bajo en la estructura de la manada como Harry, y, al estar casado, nunca le habían invitado a «jugar» con él. Aunque tampoco había protestado. Harry supuso que no podía esperarse mucho más de un lobo sumiso, aunque aquello no impedía que no se lo recriminara.
—Probablemente cinco o seis —dijo Evan con un suspiro—. Veré qué puede hacerse.
Tobías abrió su billetera y le entregó al Alfa su tarjeta.
—Llama a Severus la semana que viene y convoca una reunión con tu contable. Si fuese necesario, podríamos pedir un préstamo. No es muy seguro tener hombres lobos hambrientos y desesperados por las calles.
Evan asintió.
El negocio del Marrok pareció concluir, los otros dos lobos pasaron junto a Harry como una exhalación y Arthur chocó deliberadamente contra él. Harry se apartó y se cubrió el cuerpo con los brazos de forma instintiva. Arthur lo miró con expresión desdeñosa que ocultó rápidamente a los demás.
—Illegitimis nil carborundum —murmuró Harry.
Fue una estupidez. Lo supo incluso antes de que Arthur le diera el puñetazo.
Harry se agachó y lo esquivó. En lugar de un puño en el estómago, acabó con uno en el hombro. Rodó por el suelo. El estrecho pasillo de la entrada no le permitiría huir de un segundo golpe.
Aunque no se produjo ninguno.
Evan tenía a Arthur inmovilizado en el suelo con la rodilla sobre su espalda. Arthur no se resistía, simplemente hablaba muy rápido:
—No tendría que haberlo hecho. Rodolphus dijo que no utilizamos el latín. ¿Lo recuerdas?
Tiempo atrás, Harry se había dado cuenta de que nadie de la manada excepto Bellatrix, a quien había creído una amiga, entendía el latín y, por tanto, lo había usado como una forma de rebeldía secreta. A Rodolphus le costó bastante tiempo descubrirlo.
—Rodolphus está muerto —dijo Evan con calma, su boca a escasos centímetros de la oreja de Arthur—. Nuevas reglas. Si quieres seguir viviendo, será mejor que no golpees a la pareja de Severus delante de su padre.
—No dejas que los cabrones te pisoteen, ¿verdad? —dijo Tobías desde la puerta. La miraba como un crío que se creía más listo que él—. Tu latín es horrible, has de mejorar la pronunciación.
—Es culpa de mi padre —le dijo él mientras se masajeaba el hombro. El moratón desaparecería al día siguiente, pero por el momento era doloroso—. Hizo un par de años de latín en la universidad y lo usaba para divertirse. Toda mi familia acabó aprendiendo algo. Su cita favorita era: «Interdum feror i upidine partium magnarum europe vincendarum».
—¿«A veces siento la necesidad de conquistar grandes zonas de Europa»? —dijo Evan con cierta incredulidad. Aparentemente, Bellatrix no había sido la única en entender sus actos de rebeldía.
Harry asintió.
—Normalmente solo lo decía cuando me portaba mal.
—¿Y era su cita favorita! —dijo Tobías, examinándolo como si fuera un insecto... aunque un insecto que cada vez le caía mejor.
—Bueno era bastante travieso —dijo él.
Tobías sonrió lentamente y Harry reconoció a Severus en aquella sonrisa.
—¿Qué quieres que haga con este? —preguntó Evan inclinando la cabeza para señalar a Arthur.
La sonrisa de Tobías desapareció de su rostro y todos miraron a Harry.
—¿Quieres que lo mate?
El silencio se impuso mientras todos esperaban su respuesta. Por primera vez se dio cuenta de que el miedo que había estado oliendo no era únicamente el suyo. El Marrok los atemorizaba a todos.
—No —mintió. Solo quería terminar de recoger el apartamento y acabar cuanto antes con aquello, para no tener que ver nunca más a Arthur ni a los otros—. No. —Aquella vez lo dijo sinceramente.
Tobías inclinó la cabeza y Harry vio cómo sus ojos adquirían, de forma casi imperceptible, una tonalidad dorada que fulguró en la penumbra del pasillo.
—Ponlo en pie.
Harry esperó hasta que todo el mundo hubo entrado en su apartamento para abandonar el anonimato del descansillo. Cuando entró, Tobías estaba deshaciendo el futón hasta dejar el colchón desnudo. Era como ver al presidente cortando el césped o sacando la basura en la Casa Blanca.
Evan se acercó a él y le entregó el cheque que había dejado en la puerta de la nevera. Su último cheque.
—Supongo que querrás esto.
Harry lo cogió y lo guardó en el bolsillo del pantalón.
—Gracias.
—Todos estamos en deuda contigo —le dijo—. Ninguno de nosotros podía avisar al Marrok cuando las cosas empezaron a ponerse feas. Rodolphus nos lo prohibió. No puedes ni imaginar las horas que pasé frente al teléfono intentando eludir su control.
Harry no se atrevía a mirarle a los ojos.
—Tardé bastante en reconocer lo que eras —añadió con una sonrisa amarga—. No presté atención. Me esforcé por no prestar atención ni pensar en ello. Hacía las cosas más fáciles.
—Los Omegas son algo muy raro —dijo Tobías.
Evan no apartó los ojos de él.
—Entendí demasiado tarde lo que estaba haciendo Rodolphus, por qué te trataba de aquel modo cuando siempre había sido más bien del tipo "deshazte de ellos rápidamente». Hacía mucho tiempo que le conocía, y jamás había permitido esta tipo de abuso. Ahora comprendo que lo consumió... aunque Fenrir parecía disfrutar con ello.
Harry controló un estremecimiento y se recordó a sí mismo que Fenrir también había muerto la noche anterior.
—Cuando entendí que Rodolphus no podía confiar en que cumplieras sus órdenes, cuando supe que no eras un lobo muy sumiso, que eras un Omega... ya era demasiado tarde. —Suspiro—. Si te hubiera dado el número del Marrok hace dos años, no habrías tardado tanto en llamarlo. De modo que os debo a los dos mis disculpas más sinceras y mi agradecimiento. —Y entonces bajó la mirada, inclinando la cabeza para mostrarle su cuello
—¿Te asegurarás...? —Harry tragó saliva para humedecerse la garganta—. ¿Te asegurarás que no vuelva a ocurrir? ¿con nadie? No soy el único al que hicisteis daño. —No miró a Blaise. Fenrir había disfrutado mucho atormentando a Blaise.
Evan inclinó la cabeza con solemnidad.
—Te lo prometo.
Harry asintió ligeramente con la cabeza, lo que pareció satisfacerle. Evan cogió una caja vacía de las manos de Joshua y se dirigió apresuradamente hacia la cocina. Habían traído cajas, cinta adhesiva y material de embalaje más que suficiente para empaquetar todas sus pertenencias.
Harry no tenía maletas, de modo que cogió una de las cajas y metió en ella todo lo básico. Se guardó mucho de mirar a nadie. Las cosas habían cambiado demasiado y no conocía otro modo de enfrentarse a la nueva situación.
Estaba en el cuarto de baño cuando el móvil de alguien empezó a sonar. El oído de licántropo le permitió seguir toda la conversación telefónica.
—¿Evan? —Era uno de los nuevos lobos, Rabastan, el médico. Parecía aterrorizado.
—Yo mismo. ¿Qué ocurre?
—El lobo de la sala de seguridad, está...
Pese a que Evan y su móvil estaban en la cocina, Harry pudo oír el estrépito a través del auricular.
—Es él —susurró Rabastan desesperado—. Es él. Está intentando salir... y está destrozando la habitación. No creo que pueda intentarlo.
Severus.
Cuando se marchó estaba grogui, pero aparentemente había aceptado que se marchara con su padre mientras él se recuperaba de los efectos de varias balas de plata en su organismo. Al parecer las cosas habían cambiado.
Harry cogió la caja y se encontró a Tobías en la puerta del cuarto de baño.
Tobías lo miró de arriba abajo, aunque no parecía molesto.
—Parece ser que nos necesitan en otro lado —dijo en tono calmado, relajado—. No creo que haga daño a nadie, pero la plata tiene un efecto en él mucho más intenso e impredecible que en los otros lobos. ¿Tienes todo lo que necesitas?
—Sí.
Tobías miró a su alrededor y sus ojos se posaron en Evan.
—Dile a tu lobo que vamos para allá inmediatamente. Asegúrate de que todo esté recogido y el apartamento limpio cuando te vayas.
Evan inclinó la cabeza sumisamente.
Tobías cogió la caja y se la colocó bajo el brazo. A continuación, extendió la mano libre en un gesto pasado de moda. Harry deslizó los dedos por su codo y Tobías lo escoltó de aquel modo hasta el todoterreno, aflojando su paso cuando él hacía ademán de echar a correr.
Condujo de vuelta a la mansión Naperville, propiedad de la manada del Suburbio Oeste, sin infringir ninguna norma de tráfico pero sin perder tiempo.
—La mayoría de lobos no podrían escapar de la sala de seguridad —dijo suavemente—. Los barrotes tienen plata, y hay un montón de barrotes, pero Severus es hijo de su madre. Ella jamás habría permitido que la encerraran con algo tan mundano como unos cuantos barrotes y una puerta reforzada.
De algún modo, a Harry no le sorprendió que Tobías supiera cómo era la sala de seguridad de la manada.
—¿La madre de Severus era una bruja?
Aunque Harry nunca había conocido a una, había oído ciertas historias. Y desde que era una hombre lobo, había aprendido a creer en la magia.
Tobías negó con la cabeza.
—Nada tan bien definido. Ni siquiera estoy seguro de que pudiera practicar la magia... en el estricto sentido de la palabra. Los sajones no dividen el mundo de ese modo: mágico y no mágico. Natural y sobrenatural. Fuera lo que fuese, no obstante, su hijo también lo es.
—¿Qué ocurrirá si logra escapar?
—Sería mejor que llegáramos antes de que ocurriera —fue todo lo que dijo.
Cuando salieron de la autopista, redujo la velocidad hasta el límite permitido. La única señal de impaciencia era el rítmico golpeteo de sus dedos sobre el volante. Cuando detuvo el vehículo frente a la mansión, Harry bajó de un salto del todoterreno y corrió a la puerta principal. Tobías no pareció darse mucha prisa, pero de algún modo llegó a la puerta antes que él y la abrió.
Harry atravesó rápidamente el vestíbulo y bajó las escaleras que llevaban al sótano de tres en tres, con Tobías a su lado. El silencio reinante no era muy tranquilizador.
Normalmente, el único modo de distinguir la sala de seguridad del resto de habitaciones para invitados del sótano era la puerta y el marco metálicos. Sin embargo, enormes trozos de yeso habían sido arrancados de la pared a ambos lados, dejando al descubierto los barrotes de plata y acero empotrados en el muro. El papel de pared del interior de la sala colgaba hecho jirones como si se tratara de una cortina, impidiéndole a Harry observar el interior.
Frente a la puerta había tres lobos de la manada en forma humana. Harry percibió su miedo. Sabían lo que había en aquella habitación; al menos uno de ellos había visto cómo Severus mataba a Rodolphus pese a haber recibido dos balas de plata.
—Severus —dijo Tobías en tono reprobador.
El lobo le contestó con un rugido, un aullido ronco que embotó los oídos de Harry y que contenía poco más que una ira ciega.
—Los tornillos se salían de las bisagras, señor. Solos —dijo uno de los lobos con nerviosismo, y Harry descubrió que lo que sostenía entre las manos era un destornillador.
—Si —dijo Tobías con calma—. No me cabe duda. Mi hijo no reacciona muy bien a la plata, y mucho menos a la cautividad. Habríais estado más seguros si le hubierais dejado salir... o no. Mis disculpas por haberos dejado solos con él. Pensé que estaba en mejores condiciones. He subestimado la influencia de Harry.
Se dio la vuelta y extendió la mano en dirección a este, quien se había detenido al pie de las escaleras. Estaba mucho más preocupado por los hombres que había en el sótano que por el lobo enfurecido. El pasillo era demasiado estrecho, y no le hacía mucha gracia tenerlos tan cerca.
—Acércate, Harry —dijo Tobías.
Aunque su voz parecía suave, era una orden.
Harry pasó lo más rápido que pudo junto a los otros lobos, con la vista clavada en los pies en lugar de en sus rostros. Cuando Tobías lo cogió por el codo, Severus rugió salvajemente, aunque Harry no supo cómo lo había visto a través del papel de pared colgante.
Tobías sonrió y apartó la mano.
—De acuerdo. Pero estás asustándolo.
Los rugidos se detuvieron instantáneamente.
—Habla un poco con él —le dijo Tobías—. Yo me llevaré a los demás arriba. Cuando te sientas cómodo, abre la puerta... aunque sería buena idea que esperaras a que dejara de rugir.
Y lo dejaron solo. Debía de estar loco porque inmediatamente se sintió más seguro de lo que lo había estado en todo el día. El alivio al sentir que el miedo lo abandonaba fue casi embriagador. El papel de pared se agitaba al ritmo de los movimientos de Severus y Harry pudo ver un destello de su pelaje rojizo.
—¿Qué te ha ocurrido? —le preguntó Harry—. Estabas bien cuando te dejé esta mañana.
En forma de lobo no podía responder, pero dejó de rugir.
—Lo siento —probó Harry—. Pero estaban empaquetando mi apartamento y tenía que estar allí. Y necesitaba coger algo de ropa antes de salir para Escocia.
Severus golpeó la puerta. No lo hizo con la suficiente fuerza para romperla, pero quedó claro lo que quería.
Harry dudó un instante, pero había dejado de rugir. Con un encogimiento de hombros mental, descorrió el cerrojo y abrió la puerta. Severus era más grande de lo que recordaba... o tal vez lo parecía al exhibir los colmillos de forma tan prominente. Le manaba sangre de la herida en la pata trasera izquierda, y esta le resbalaba por su zarpa. Los dos agujeros de las costillas goteaban profusamente.
Tras él, la habitación, que había estado decorada con mucho gusto cuando se marchó por la mañana, estaba ahora hecha un desastre. Severus había arrancado grandes trozos de yeso de las cuatro paredes y del techo. Los jirones del colchón estaban esparcidos por todo el suelo, mezclados con los restos de la cómoda.
Harry silbó al comprobar los desperfectos.
—Madre mía.
Severus se acercó a él cojeando y lo olfateó de arriba abajo. La escalera crujió y Severus se dio la vuelta como un torbellino y emitió un rugido, colocándose entre Harry y el intruso.
Tobías se sentó en el escalón superior.
—No voy a hacerle daño —comentó. Y entonces miró a Harry—. No sé cuánto entiende ahora mismo, pero creo que estará mejor en su casa. He llamado al piloto y me ha dicho que está listo para despegar.
—Pensé que teníamos un par de días. —Notó un nudo en el estómago. Chicago era su hogar—. Tengo que llamar a Scorchi y decirle a Tim que me marcho, para que busque a otro camarero. Y no he podido hablar aún con mi vecina para contarle lo que ha ocurrido. —Hermione estaría preocupada.
—Tengo que regresar hoy a Escocia —dijo Tobías—. Mañana a primera hora he de asistir al funeral de un amigo que acaba de morir. Iba a dejarte aquí para que vinieras dentro de unos días, pero ya no creo que sea una buena idea. —Tobías señaló a Severus con un movimiento de cabeza—. Está claro que no está recuperándose tan bien como esperaba. Necesito llevarlo a casa para que lo examinen. Tengo un móvil. ¿Puedes llamar a tu vecina y a Tim para explicarles la situación?
Harry bajó la mirada para observar al lobo que se había interpuesto entre él y su padre para protegerlo. No era la primera vez que hacía algo así.
Además, ¿qué otra alternativa tenía? ¿Quedarse en la manada de Chicago? Puede que Evan fuera una mejora sustancial respecto a Rodolphus, pero... no tenía ningunas ganas de quedarse con ellos.
Apoyó su mano en la espalda de Severus y dejó que su pelaje la engullera. No tuvo que introducirla mucho para conseguirlo, Severus era un lobo de gran tamaño. Alteró su posición hasta quedar pegado a él; en ningún momento apartó los ojos de Tobías.
—De acuerdo —dijo él—. Dame el teléfono.
Tobías sonrió y alargó el brazo. Severus no se movió de donde estaba, obligando a Harry a inclinarse para coger el aparato mientras él miraba con frialdad a su padre. Su actitud hizo reír a Harry, lo que facilitó el trabajo de convencer a Hermione de que se marchaba a Escocia por voluntad propia.
Bien he aquí un capítulo más, espero les guste.
Ya saben sus reviews son mi alimento (jeje bueno la verdad no, me gustan más las hamburguesas).
Trataré de subir hoy otro capítulo¿Qué dicen?
