Disclaimer la historia como los personajes no me pertenecen, estos son de sus respectivas autoras Patricia Briggs y JK Rowling.
ADVERTENCIA: esta historia tendrá contenido yaoi (boyxboy) la pareja principal es SeverusxHarry. Es un mundo sin magia ni hechizos conocidos.
Esta historia es una adaptación de la obra Alfa y Omega de Patricia Briggs con los personajes de Harry Potter, espero les guste.
Resumen:
Nunca tuve miedo de los monstruos, hasta que me convertí en uno. Ahora tengo miedo hasta de mi sombra.
Harry desconocía la existencia de licántropos, vampiros u otras criaturas hasta que él mismo se convirtió en uno. Tras sobrevivir a un brutal ataque, Harry descubre que se ha transformado en un hombre lobo. Durante tres años se ve obligado a soportar los continuos abusos a los que es sometido por los miembros de su manada y a subsistir como un lobo sumiso, el último escalafón de la jerarquía de los licántropos. Sin embargo, gracias a la intervención de uno de los Alfa más poderosos del país, Harry descubrirá que en realidad es un Omega, lo que lo convierte en uno de los seres más extraños del grupo. El Alfa no tardará en reclamarlo como suyo... en todos los sentidos.
Capítulo 3
Sí que había un pueblo. Aunque no era nada del otro mundo, tenía una gasolinera, un hotel y un edificio de ladrillo y piedra de dos plantas con un cartel en la fachada que lo identificaba como la Escuela de Dufftown. Más allá de la escuela, oculta entre los árboles y apenas visible desde otro lugar que no fuera el aparcamiento, se levantaba una iglesia de piedra. Si no hubiera sido por las indicaciones de Severus, Harry no la habría encontrado nunca.
Harry hizo avanzar la enorme furgoneta verde por el aparcamiento de la iglesia hasta una plaza diseñada para un vehículo mucho más pequeño. Era el único hueco que quedaba. Pese a no haber visto ninguna casa, el aparcamiento estaba lleno de furgonetas y todoterrenos.
La furgoneta de Severus era más vieja que Harry, aunque parecía recién salida de fábrica. Tenía menos de ochenta mil kilómetros, si podía fiarse del cuentakilómetros; unos tres mil kilómetros al año. Severus le había dicho que no le gustaba conducir.
Harry apagó el motor y observó con ansiedad cómo Severus abría la puerta y salía de la furgoneta. El salto no pareció afectarle. La mancha en la venda rosa no era mayor aquella mañana de lo que lo había sido la noche anterior. Pero, aun así, parecía agotado, y a Harry le preocupaba el enrojecimiento que se percibía bajo su piel.
Si hubieran estado en Chicago, asistiendo a una reunión de su vieja manada, no le habría permitido acudir. Demasiados lobos podían sacar partido de su debilidad. O al menos hubiera intentado detenerle con mayor convicción de la que había empleado aquella mañana.
Le había comunicado sus reticencias con la cabeza cuidadosamente inclinada, como le habían enseñado. Según su experiencia, a los lobos dominantes no les gusta que se les cuestione su valor, y a veces reaccionan airadamente. No obstante, Harry no temía que Severus pudiera hacerle daño.
Se había limitado a decirle:
—Nadie se atreverá a retarme. Mi padre los mataría si no lo conseguía yo antes. Y no estoy precisamente indefenso.
Harry no había tenido el coraje de seguir cuestionando su decisión. Lo único que pudo hacer fue confiar en que tuviera razón.
Tras cubrirse los vendajes con una chaqueta oscura, tenía que admitir que su aspecto trasmitía cualquier cosa menos indefensión. El contraste entre la chaqueta formal y el cabello negro, enmarcando su rostro, resultaba extrañamente irresistible. Por supuesto, su rostro atractivo, sin olvidar su cuerpo de músculos tensos y desarrollados, significaba que estaría impresionante llevara lo que llevase.
Él estaba mucho más elegante que Harry. Tuvo que ponerse unos téjanos algo desgastados y una camisa verde oliva porque lo único que tenía aparte de eso eran dos camisetas. Cuando cogió lo necesario en su casa, no sabía que tendría que asistir a un funeral.
Suspiró y abrió la puerta de la furgoneta lentamente para evitar rallar el Subaru aparcado junto a la camioneta. Severus lo esperaba frente al vehículo y alargó su brazo en lo que se estaba convirtiendo en un gesto familiar, por muy pasado de moda que estuviese. Harry deslizó su brazo en el de él y dejó que marcara el ritmo hasta la iglesia.
Aunque en público dejó de cojear, Harry sabía que numerosos ojos sagaces estarían observando la rigidez con la que caminaba. Harry levantó la vista para observar su rostro cuando empezaron a subir los escalones, pero no pudo leer absolutamente nada en su semblante: ya tenía puesta la cara pública, completamente inexpresiva.
El interior de la iglesia parecía una colmena, con cientos de voces que se entrelazaban y de las que solo podía extraerse una palabra aquí y otra allá pero nada que tuviera sentido. Reconoció la presencia de lobos, pero también de humanos. Toda la congregación desprendía el inconfundible aroma del dolor, revestido de ira y resentimiento.
Cuando entraron en la capilla vieron que todos los bancos estaban ocupados, e incluso que algunas personas permanecían de pie al fondo de la sala. Se dieron la vuelta cuando entraron él y Severus, y todos lo observaron a él, una extraña, la única persona en toda la iglesia que llevaba téjanos. Y una camisa verde.
Agarró con más fuerza el brazo de Severus. Él bajó la mirada hasta su rostro y, a continuación, continuó observando todo lo que le rodeaba. Antes de dejar atrás el tercer banco, todo el mundo pareció encontrar algo urgente que atrajo su atención hacia otro lugar.
Harry apretó su antebrazo con mayor intensidad en señal de agradecimiento y se fijó en el interior del edificio. Le recordó la iglesia congregacionista en la que había crecido: madera oscura, altos techos y planta en forma de cruz. El pulpito estaba situado justo frente a la nave por la que habían entrado, a unos sesenta centímetros por encima del suelo principal. Tras este, varias filas de bancos estaban orientadas hacia la congregación.
Mientras se acercaban a la parte delantera de la iglesia, Harry comprendió que se había equivocado al pensar que todos los bancos estaban ocupados. En la primera fila de la izquierda, Tobías estaba sentado solo.
Pese al traje gris marengo de diseño, cualquiera que le hubiera visto allí sentado habría pensado que esperaba el autobús en lugar de estar en un funeral. Tenía los brazos extendidos a ambos lados y los codos apoyados en el respaldo del banco; las piernas estiradas y cruzadas a la altura de la pantorrilla, los ojos clavados o bien en la barandilla frente a él o bien en el infinito. Su rostro no revelaba mucho más que la habitual expresión de Severus, y aquello lo inquietó. No hacía mucho que le conocía, pero la cara del Marrok solía ser más expresiva; no estaba diseñada para permanecer tan rígida.
Parecía aislado, y Harry recordó que el hombre al que todo el pueblo había acudido a despedir por última vez había muerto a manos de Tobías. Un amigo, según le había dicho él mismo.
A su lado, Severus emitió un débil gruñido que atrajo la atención de su padre. Tobías miró en su dirección y elevó una ceja, lo que interrumpió su ensimismamiento. Le dio una palmadita al banco junto a él mientras le preguntaba a su hijo:
—¿Qué? ¿Esperabas que me lo agradecieran?
Severus se dio la vuelta repentinamente, de modo que Harry quedó con el rostro sobre su pecho. Sin embargo, Severus no lo miraba a él sino al resto de personas que ocupaban el santuario, las cuales volvieron a desviar la mirada. Cuando su poder recorrió la iglesia como una ráfaga de viento, se impuso un silencio sepulcral.
—Idiotas —dijo Severus lo suficientemente alto para que le oyeran todos los presentes.
Tobías se puso a reír.
—Siéntate antes de que los asustes de verdad. No soy un político, no me interesa lo que opinen de mí. Siempre y cuando me obedezcan.
Tras un momento, Severus accedió, y Harry se encontró sentado entre uno y el otro.
En cuanto Severus se sentó con la vista puesta al frente, se reanudaron los murmullos, cogieron velocidad y recuperaron su nivel anterior. Había corrientes subterráneas lo suficientemente profundas como para ahogarse en ellas. Harry no pudo evitar sentirse un extraño.
—¿Dónde está Sirius? —preguntó Severus mirando a su padre por encima de la cabeza de Harry.
—Ahora mismo llega. —Tobías dijo aquello sin mirar hacia atrás, pero cuando Severus se dio la vuelta, Harry hizo lo mismo.
El hombre que avanzaba lentamente por el pLuciuslo central era tan alto como Severus, y sus facciones eran la versión dura de Tobías. Aquella dureza hacía que tuviera un aspecto menos anodino y juvenil que su padre. Harry lo encontró extrañamente atractivo, aunque no tan guapo como Severus.
Pese a llevar el pelo descuidado y sin gracia, conseguía de algún modo parecer pulcro y elegante. En una mano sujetaba una gastada funda de violín y en la otra una chaqueta negra de piel.
Cuando hubo alcanzado prácticamente la primera fila de bancos, se dio la vuelta y dio un repaso a todos los rostros presentes con una sola mirada. A continuación se fijó en Harry y su rostro se iluminó con una dulce sonrisa; una sonrisa que también había visto fugazmente en el rostro de Severus. Con aquella sonrisa, Harry pudo ver más allá de las diferencias superficiales y captar las similitudes ocultas, las cuales tenían más que ver con la forma de los huesos y el movimiento que con una semejanza de rasgos.
Sirius se sentó junto a Severus y con él trajo el olor penetrante de la nieve sobre el cuero. Su sonrisa se amplió, empezó a decir algo pero se detuvo cuando una oleada de silencio recorrió la multitud de atrás hacia delante.
El sacerdote, enfundado en ropas clericales pasadas de moda, avanzó lentamente por el pLuciuslo central con una Biblia de aspecto antiguo bajo el brazo. Cuando ocupó su posición en la parte frontal, la sala estaba en silencio.
Su edad avanzada le dijo a Harry que no era un hombre lobo, aunque tenía una presencia que hizo que su «Bienvenidos y gracias por venir a ofrecer vuestro respeto a nuestro amigo» sonara bastante ceremonial. Depositó la Biblia en el atril con una obvia precaución por no deteriorar más la gastada piel de las tapas. Abrió suavemente la pesada cubierta con relieves y dejó a un lado el marcador de páginas.
Leyó un pasaje del decimoquinto capítulo de la primera carta de Pablo a los Corintios. Y el último verso lo recitó mirando al frente.
—«¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?»
Se detuvo y recorrió la sala con la mirada, más o menos como hiciera Severus, y entonces dijo:
—Poco después de que me trasladara a este lugar, Frank Longbottom vino a mi casa a las dos de la madrugada para coger a mi mujer de la mano cuando nuestro labrador tuvo su primera camada. No me cobró nada porque dijo que si cobrara por abrazar a mujeres hermosas, sería un gigoló y no un veterinario.
Se apartó del pulpito y se sentó en la silla de madera con aspecto de trono que había a un lado del estrado. Se produjo el sonido de unos pies arrastrándose y del crujido de la madera y una mujer mayor se puso en pie. Un hombre de cabello castaño brillante la acompañó a lo largo del pLuciuslo con una mano bajo su codo. Cuando pasaron junto a su banco, Harry olió su lobo.
La anciana tardó unos cuantos minutos en subir las escaleras que llevaban al pulpito. Era tan pequeña que tuvo que subirse a un taburete. El hombre lobo se quedó tras ella y la sujetó por la cintura para que no perdiera el equilibrio.
—Frank vino a nuestra tienda cuando tenía ocho años — dijo con una voz frágil y velada—. Me dio quince centavos. Cuando le pregunté para qué eran, me dijo que unos días atrás él y Edgar Bones habían estado allí y que Edgar había robado un caramelo. Le pregunté por qué venía él en lugar de Edgar para traer el dinero. Me dijo que Edgar no sabía que le traía el dinero. — Se rió y se secó una lágrima—. Me aseguró que era el dinero de Edgar, que lo había robado de su hucha de cerdito aquella misma mañana.
El hombre lobo que la había acompañado se llevó la mano de la anciana a los labios y la besó. A continuación, la levantó en sus brazos, pese a sus protestas, y la llevó hasta el lugar que ocupaban entre la concurrencia. Marido y mujer, no el nieto y la abuela que aparentaban ser.
A Harry le recorrió un escalofrío, repentinamente agradecida de que Severus fuese un hombre lobo como él y no un humano.
Otras personas se levantaron y contaron más historias o leyeron versos de la Biblia. Hubo lágrimas. El fallecido, Frank Longbottom, o mejor dicho, el Dr. Frank Longbottom, pues parecía claro que había sido el veterinario del pueblo, era un hombre muy querido.
Severus estiró las piernas e inclinó la cabeza. A su lado, Sirius jugaba distraídamente con la funda de piel del violín, frotando una zona gastada de la misma.
Harry se preguntó a cuántos funerales deberían de haber asistido, a cuántos familiares y amigos habían enterrado. Harry también había maldecido muchas veces su cuerpo regenerador y eternamente joven, sobre todo cuando dificultaba tanto el suicidio. Pero la tensión en los hombros de Severus, el nerviosismo de Sirius y la inmovilidad de Tobías le hicieron descubrir que existían otras cosas que convertían la inmortalidad virtual en una maldición.
Se preguntó si Severus habría tenido alguna vez una esposa o esposo. Una pareja humana que envejecía mientras él no lo hacía. ¿Qué se sentiría al ver que la gente que conocía desde pequeño se hacía vieja y moría mientras a él aún no le había salido ni la primera cana?
Miró a Severus. Le había dicho que tenía doscientos años, y su padre y su hermano eran aún más mayores. Habrían asistido a muchísimos funerales.
Un nerviosismo creciente en la congregación interrumpió sus pensamientos. Miró a su alrededor y vio a un chico avanzando por el pLuciuslo central. No había nada en él que justificara a primera vista aquella agitación. Aunque estaba demasiado lejos y rodeado de demasiada gente para poder olerlo, había algo en él que lo señalaba como humano.
El chico subió las escaleras y la tensión hizo vibrar el aire cuando pasó las hojas de la Biblia y observó al auditorio por debajo de sus pestañas.
Puso un dedo sobre la página y leyó:
Porque, este es el mensaje que habéis oído desde el principio:
Que nos amemos los unos a los otros.
No como Caín, que era del maligno, y mató a su hermano.
¿Y por qué causa le mató?
Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.
—Neville. El hijo de Frank —le dijo Severus en un susurro-. Esto va a ponerse feo.
—No ha estudiado lo suficiente —dijo Sirius con el mismo tono de voz pero con un sutil toque de humor—: En la Biblia hay pasajes más mordaces que los de Juan.
El chico continuó recitando unos cuantos versos más y después miró directamente al Marrok, quien se vio obligado a sostenerle la mirada. Aunque Harry no percibió el poder del Alfa, el chico bajó la mirada tras poco más de medio segundo.
—Ha estado en una escuela lejos de aquí —dijo Severus con aquella voz casi silenciosa. Cualquiera, licántropo o no, que estuviera más lejos de él que Harry no podría haberlo escuchado—. Es joven y está seguro de sí mismo, y ya se mostraba contrario al poder que ejerce papá en Dufftown mucho antes de que Doc Longbottom tomara la fatal decisión de convertirse en hombre lobo. Sin embargo, traer todo esto a su funeral es imperdonable.
Ah. De repente comprendió la tensión y la ira presentes en la sala. Frank Longbottom había sido Transformado. La transición no había salido bien y Tobías se había visto obligado a matarlo.
Según Tobías, Frank había sido su amigo. De algún modo, mientras observaba su rostro descompuesto, Harry comprendió que no debía de tener muchos amigos.
Alargó el brazo por encima de su hombro, donde la mano del Marrok colgaba de forma casual, y la cogió entre las suyas. Fue un acto impulsivo: en cuanto se dio cuenta de lo que había hecho, se quedó inmóvil. Pero, para entonces, Tobías ya había agarrado su mano con una fuerza que traicionó su postura aparentemente casual. Aunque le hizo daño, Harry no creía que fuera intencionado. Tras unos instantes, el apretón se hizo menos intenso.
En el pulpito, Neville empezó a hablar de nuevo, su amargura aparentemente desbocada provenía de su incapacidad para sostener la mirada de Tobías.
—Mi padre se estaba muriendo de cáncer de huesos cuando el Marrok le convenció para que se Transformara. Padre nunca quiso ser un hombre lobo, pero, débil y enfermo, se dejó convencer.
Harry tuvo la sensación de que se había aprendido el discurso de memoria y que lo había ensayado frente al espejo.
—Le hizo caso a su amigo. —Pese a que no volvió a mirar a Tobías, ni siquiera Harry, quien no había conocido al fallecido, tuvo alguna duda de a quién se refería con aquello—. De modo que en lugar de morir de su enfermedad, murió con el cuello roto porque Tobías decidió que no era un hombre lobo suficientemente bueno. Tal vez padre pensara que era una muerte más digna.
Aunque no llegó a decir «Pero yo no», aquello fue lo que resonó por la sala tras abandonar el pulpito.
Harry estaba dispuesto a odiarlo. Sin embargo, cuando el chico pasó a su lado con el mentón levantado en señal de desafío, descubrió que tenía los ojos enrojecidos e hinchados.
Durante un momento creyó que Severus iba a levantarse de un salto. Podía sentir cómo la ira hervía en su interior, pero fue Sirius quien se puso en pie. Dejó la funda del violín en el banco antes de dirigirse al pulpito.
Como si no hubiese captado la atmósfera reinante, se sumergió en la historia de un joven Frank Longbottom que escapó del control de su madre y se internó tres millas en los bosques antes de que finalmente su padre lo encontrara a menos de un metro de una irritada serpiente de cascabel. El padre de Frank, un hombre lobo, mató a la serpiente, lo que encolerizó al pequeño Frank.
—Jamás he visto a Frank tan enfadado. —Sirius sonrió—. Estaba convencido de que aquella serpiente era su amiga, y el pobre Henry, el padre de Frank, estaba demasiado conmocionado para discutir con él.
La sonrisa de Sirius se desvaneció, y dejó que el silencio se extendiera antes de reanudar la charla.
—Neville no estaba aquí cuando se produjo el debate, de modo que perdonaré el hecho de que no esté bien informado —dijo—. Mi padre no creía que fuera una buena idea que Frank se enfrentara a la Transformación. Nos dijo a todos nosotros, incluso a Doc, que era demasiado bondadoso para estabilizar a su lobo.
El pulpito crujió de forma inquietante bajo su peso y Sirius abrió las manos deliberadamente.
—Aunque ahora me avergüenzo, hice caso a su tío Algie y, entre los dos, su tío y su médico, le persuadimos de que lo intentara. Mi padre, sabiendo que un hombre tan enfermo como Doc corría un gran riesgo, se encargó personalmente de su transformación, y lo consiguió. Pero tenía razón. Frank no podía ni aceptar ni controlar al lobo que llevaba dentro. De haber sido otra persona, habría muerto en febrero con los otros que no superaron la Transformación. Pero Algie, el más adecuado para hacerlo, no estaba dispuesto a ello. Y sin su consentimiento, mi padre sentía que él tampoco podía.
Respiró profundamente y miró al hijo de Frank.
—Estuvo a punto de matar a tu madre, Neville. Yo mismo la atendí y puedo atestiguar que fue la suerte y no un impulso por parte de Frank lo que le salvó la vida. Tú mismo puedes preguntárselo. ¿Cómo podría soportar un hombre que ha dedicado toda su vida al servicio de los demás haber estado a punto de matar a su propia esposa? Ella misma le pidió al Marrok en mi presencia que hiciera lo que su tío no estaba dispuesto a hacer. Por entonces, el lobo de Frank estaba demasiado descontrolado para poder pedirlo él mismo. Así que no, mi padre no intentó persuadir a Frank para que se Transformara, sino que fue el único que asumió la responsabilidad de poner fin a todo aquel desastre.
Cuando Sirius terminó, recorrió lentamente con los ojos la sala mientras las cabezas se inclinaban en señal de sumisión. Asintió una sola vez y regresó a su sitio junto a Severus.
Los siguientes que subieron al estrado evitaron la mirada del Marrok y sus hijos, pero Harry pensó que era más bien debido a la vergüenza que a la ira que había dominado la sala hacía solo un cuarto de hora.
Finalmente, el sacerdote se puso en pie.
—Tengo aquí una carta que Frank me entregó hace unas semanas —dijo—. Debía abrirse una vez fallecido, lo que creía que se produciría pronto, de un modo u otro.
Abrió la carta y se colocó las gafas.
Amigos —leyó—. No lloréis mi pérdida. Yo no lo haré.
Los acontecimientos del último año me han demostrado
que no es muy buena idea interferir en los planes de Dios.
Voy al encuentro de mis amados padres con alegría y alivio.
Tengo una última voluntad. Tobías, viejo bardo,
canta algo en mi honor en el funeral.
La iglesia estaba silenciosa. Severus sintió un reacio afecto por el fallecido. Que Dios bendijera a Frank, quien, corno él, había sido un curandero. Sabía lo que se avecinaba, y también cómo se lo tomaría la gente, incluido el Marrok.
Se puso en pie y le alargó la mano a su padre. Tobías pareció sorprenderse, algo muy poco habitual en él. Aunque no le cogió la mano, soltó la de Harry y también se puso en pie. Harry dejó descansar la mano en el regazo, como si la tuviera dolorida.
—¿Sabías que Doc iba a hacer eso? —le dijo Severus a Sirius en un susurro, señalando con la cabeza la funda del violín mientras seguían a su padre hasta el podio.
Si lo hubiera sabido, él también habría traído algo para tocar. Así las cosas, quedaba relegado al piano, el cual tenía tres teclas desafinadas que obligaban a cierta improvisación.
Sirius negó con la cabeza.
—Tenía planeado tocar algo en lugar de hablar. —Y añadió un poco más alto mientras abría la funda y extraía el violín—: ¿Qué cantarás, papá?
Severus miró a su padre, pero no pudo leer su expresión. Demasiados funerales, demasiados amigos fallecidos, pensó.
—«Simple Gifts» —dijo tras un momento.
Severus se sentó al piano mientras Sirius afinaba el violín. Cuando su hermano asintió con la cabeza, Severus empezó a tocar la introducción de la melodía Shaker[1]. Era una buena elección, pensó. Ni triste, ni abiertamente religiosa, y encajaba con Frank Longbottom, quien había sido un hombre sencillo. Además, era una canción que los tres conocían perfectamente.
'Tis the gift to be gentle, 'tis the gift to be fair,
'Tis the gift to wake and breathe the morning air,
To walk every day in the path that we chose,
Is the gift that pray we will never never lose.
Cuando la suave voz de su padre terminó el primer verso, Severus se dio cuenta de que la canción también encajaba con su padre. Aunque Tobías era un hombre sutil, sus necesidades y deseos eran muy sencillos: mantener viva y segura a su gente. Por aquel objetivo estaba dispuesto a ser infinitamente despiadado.
Miró a Harry, sentado solo en el banco. Tenía los ojos cerrados y seguía con los labios las palabras de Tobías. Se preguntó cómo sonaría su voz al cantar y si encajaría con la de su padre. No estaba muy seguro de que cantara bien pese a que le había dicho que había trabajado en una tienda de instrumentos musicales vendiendo guitarras cuando conoció al lobo que lo atacó y que lo Transformó contra su voluntad.
Harry abrió los ojos y le devolvió la mirada. El impacto fue tan intenso que se sorprendió a sí mismo de que sus dedos continuaran tocando la melodía.
Suyo.
Si él llegara a conocer la intensidad de sus sentimientos, se largaría sin pensárselo dos veces. No estaba acostumbrado a ser tan posesivo, ni a la alegría salvaje con que Harry llenaba su corazón. Le afectaba a su control, de modo que volvió a concentrarse en la música. La música era fácil de controlar.
Harry tuvo que hacer un esfuerzo por no cantar en voz alta. Si la audiencia hubiera sido estrictamente humana, lo habría hecho. Pero allí había demasiada gente cuyo sentido del oído era tan bueno como el suyo.
Una de las cosas que más odiaba del hecho de ser un hombre lobo era que había tenido que dejar de escuchar a muchos de sus músicos preferidos. Su oído percibía el más mínimo temblor o la pelusa más insignificante en la grabación. Aunque los pocos cantantes que podía seguir escuchando...
La voz de Tobías era limpia y perfectamente afinada, pero lo que de verdad le erizaba el pelo de la nuca era su timbre cálido e intenso.
Mientras entonaba la última nota, el hombre sentado justo detrás de él se inclinó hacia delante hasta pegar la boca prácticamente en su cuello.
—De modo que Severus ha traído un juguetito, ¿no? Me pregunto si lo compartirá. —La voz tenía un ligero acento.
Harry se movió sobre el banco hasta sentarse lo más lejos que pudo y miró fijamente a Severus, pero este estaba cerrando la funda del violín sobre las teclas del piano y le daba la espalda.
—Así que te deja como a un cordero rodeado de lobos —dijo el lobo en un susurro—. Alguien tan suave y tierno se lo pasaría mejor con otro hombre. Alguien a quien le guste que le toquen.
Le apoyó las manos sobre los hombros e intentó tirar de él.
Harry se libró de su abrazo, olvidando el funeral y al resto de la gente. Estaba cansado de que todo el mundo lo tocara a su antojo. Se puso en pie de un salto y se dio la vuelta para enfrentarse al hombre lobo, quien volvió a apoyar la espalda en el respaldo del banco y lo observó con una sonrisa. Las personas que se sentaban a su lado se apartaron para darle todo el espacio disponible, lo que decía muchas más cosas de él que la serena expresión de su rostro.
Harry tuvo que admitir que era adorable. Su rostro era refinado y elegante; su piel, como la de Severus, lisa y pálida. Tanto su nariz como sus ojos plateados señalaban a aristocracia, aunque su acento era Británico. Harry tenía muy buen oído para los acentos.
Parecía de su misma edad, veintitrés o veinticuatro años, pero, por alguna razón, supo que era muy, muy viejo. Y desprendía algo salvaje, enfermizo, que lo obligaba a mostrarse cauteloso.
—Déjalo en paz, Lucius —dijo Severus, y apoyó sus manos en el mismo lugar de su espalda que había tocado el otro lobo—. Si lo molestas, te arrancaré las tripas y se las daré de comer a los cuervos.
Harry se dejó acoger por su calor corporal y se sorprendió al darse cuenta de que tenía razón, o al menos que su primera reacción no había sido miedo sino ira.
El otro lobo se puso a reír y sus hombros se agitaron con crueldad.
—Muy bien —dijo—. Muy bien. Alguien tendría que hacerlo. —Entonces aquel extraño sentido del humor se desvaneció de su rostro y se lo frotó cansinamente—. No queda mucho. —Miró más allá de Harry y Severus—. Te dije que los sueños habían vuelto. Sueño con ella prácticamente todas las noches. Tienes que hacerlo pronto, antes de que sea demasiado tarde. Hoy.
—De acuerdo, Lucius —la voz de Tobías sonó monótona y cansada—. Pero hoy no. Ni tampoco mañana. Puedes esperar un poco más.
Lucius se dio la vuelta para mirar a la congregación, quienes habían estado presenciándolo todo en completo silencio, y les habló con una voz limpia y sonora.
—Sois afortunados al tener a alguien que sabe lo que debe hacerse y lo hace. Tenéis un lugar al que podéis llamar hogar, un lugar seguro, gracias a él. Yo tuve que dejar a mi Alfa para venir aquí porque el amor que sentía por mí le impedía poner fin a la locura que me consume. —Se dio la vuelta y escupió simbólicamente sobre su hombro izquierdo—. Un amor débil que traiciona. Si supierais lo que siento, lo que sintió Frank Longbottom, sabrías la bendición que representa Tobías Snape, el que mata a los que necesitan morir.
Y entonces Harry comprendió que lo que el lobo le pedía a Tobías era su muerte.
Impulsivamente, Harry se separó de Severus. Apoyó una rodilla en el banco en el que había estado sentado y alargó el brazo para rodear con la mano la muñeca de Lucius, la cual colgaba sobre el respaldo del banco.
Lucius emitió un sonido producto de la conmoción pero no se apartó. Mientras él le sujetaba, el olor que desprendía a locura, a enfermedad, se desvaneció. Él lo miró fijamente y el blanco de sus ojos relució con fuerza mientras los irises se reducían hasta transformarse en dos pequeñas líneas alrededor de las pupilas plateadas.
—Omega —dijo en un susurro, respirando con dificultad.
Detrás de Harry, Severus dio un paso al frente pero no lo tocó. Harry percibió cómo se calentaba la piel fría bajo sus dedos. Todos permanecieron completamente inmóviles. Harry sabía que lo único que debía hacer era soltarle la mano, pero se sentía extrañamente reacio a hacerlo.
La conmoción reflejada en el rostro de Lucius se desvaneció, y la piel alrededor de sus ojos y su boca expresó un pesar que fue creciendo y profundizándose hasta desaparecer donde suelen hacerlo los pensamientos íntimos para no ser descubiertos por observadores demasiado agudos. Lucius alargó el brazo y le tocó la cara ligeramente, ignorando el gruñido de advertencia de Severus.
—Más regalos de los que había imaginado. —Sonrió intensamente, tanto con los ojos como con la boca—. Es muy tarde para mí, querido. Desperdicias tus dones con mi viejo cuerpo. Pero te agradezco el respiro. —Miró a Tobías—. Hoy y mañana, y quizá también al día siguiente. Ver a Severus, el otrora lobo solitario, sorprendido por la trampa del amor, creo que eso me divertirá durante mucho tiempo.
Se soltó con un giro de la muñeca, apresó la mano de Harry con la suya y, con una maliciosa mirada a Severus, le dio un beso en la palma. Entonces la soltó y se marchó de la iglesia. Sin prisas, pero sin perder tiempo.
—Ten cuidado con ese —le advirtió Severus, aunque no parecía disgustado.
Alguien se aclaró la garganta y Harry miró a su alrededor para encontrarse con los ojos del sacerdote. Este le sonrió y después dirigió la mirada al resto de la congregación. La interrupción del servicio no pareció molestarle lo más mínimo. Tal vez estaba habituado a las interrupciones de los hombres lobo. Harry notó cómo se sonrojaba y volvió a sentarse en el banco... deseando poder hundirse todavía más en él. Acababa de interrumpir el funeral de un hombre que ni siquiera conocía.
—Ha llegado el momento de ir terminando con esto —dijo el sacerdote—. Nuestro duelo ha llegado a su fin, y, cuando nos marchemos, debemos recordar una vida plena y un corazón abierto a todos. Por favor, inclinemos nuestras cabezas para una plegaria final.
Bien este es el ultimo capitulo de hoy.
¡Ha aparecido Lucius! Claro en este capítulo dice que es mas viejo que el mismo Marrok así que está a punto de la locura.
¿Que pasara?
Shaker[1] La Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Venida de Cristo, conocidos también como Shakers, es un grupo religioso protestante que se originó en Manchester, Inglaterra, en 1747 en el hogar de Jane y James Wardley. Los Shakers nacieron a partir del grupo religioso de los Cuáqueros, originado en el siglo XVII. (N. del T.)
