Disclaimer la historia como los personajes no me pertenecen, estos son de sus respectivas autoras Patricia Briggs y JK Rowling.
ADVERTENCIA: esta historia tendrá contenido yaoi (boyxboy) la pareja principal es SeverusxHarry. Es un mundo sin magia ni hechizos conocidos.
Esta historia es una adaptación de la obra Alfa y Omega de Patricia Briggs con los personajes de Harry Potter, espero les guste.
Resumen:
Nunca tuve miedo de los monstruos, hasta que me convertí en uno. Ahora tengo miedo hasta de mi sombra.
Harry desconocía la existencia de licántropos, vampiros u otras criaturas hasta que él mismo se convirtió en uno. Tras sobrevivir a un brutal ataque, Harry descubre que se ha transformado en un hombre lobo. Durante tres años se ve obligado a soportar los continuos abusos a los que es sometido por los miembros de su manada y a subsistir como un lobo sumiso, el último escalafón de la jerarquía de los licántropos. Sin embargo, gracias a la intervención de uno de los Alfa más poderosos del país, Harry descubrirá que en realidad es un Omega, lo que lo convierte en uno de los seres más extraños del grupo. El Alfa no tardará en reclamarlo como suyo... en todos los sentidos.
Capítulo 6
—Le caes bien —dijo Severus mientras plegaba el mapa.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Harry.
—No habla con los que le caen mal. —Empezó a decir algo más pero se lo pensó mejor y levantó la cabeza para quedarse mirando la puerta con el ceño fruncido—. ¿No sé qué querrá?
En cuanto Harry centró su atención, también oyó cómo se aproximaba un vehículo.
—¿Quién? —preguntó Harry, pero él no respondió, simplemente salió del salón, mostrándose algo reacio a que él le siguiera.
Severus abrió la puerta de golpe al lobo del funeral: Lucius. Tenía una mano levantada con la intención de golpear la puerta. En la otra llevaba un ramo de flores compuesto principalmente por rosas doradas, aunque también había algunas de color violeta que parecían margaritas.
Lucius se adaptó rápidamente a la nueva situación, regalándole a Harry una sonrisa mientras evitaba la mirada de Severus. Puede que fuera la respuesta adecuada ante un lobo obviamente molesto y más dominante que él, salvo por el hecho de que sus ojos seguían clavados en Harry.
—He venido a disculparme —dijo Lucius—. Con el precioso joven.
Harry se dio cuenta de que él era casi treinta centímetros más bajo que Lucius, unos dos o tres centímetros más bajo que Severus.
Al estar junto a Severus, descubrió que ambos tenían la piel clara, al igual que los ojos con ese misterio velado. Sin embargo, el tono de la piel era un poco distinto, y las facciones de Lucius eran más afiladas.
—Para mí joven —dijo Severus lentamente, con el rastro de un gruñido en la voz.
Lucius sonrió abiertamente, el lobo pintado en su rostro tan solo un instante.
—Para tu joven, por supuesto. Por supuesto. —Le entregó las flores a Severus y añadió suavemente—: No tiene tu olor, Severus. De ahí el error.
Miró a Severus tímidamente y volvió a sonreír. Se dio la vuelta y regresó con la cola entre las piernas por donde había venido. El vehículo aún seguía con el motor encendido.
Harry se cubrió el cuerpo con los brazos para protegerse de la ira que percibía en Severus, aunque no comprendió por qué le habían incomodado tanto las últimas palabras de Lucius.
Severus cerró la puerta y le alargó el ramo de flores. Sin embargo, había un salvajismo en la tensión de sus hombros y de su lenguaje corporal que obligaron a Harry a ponerse las manos tras la espalda y dar un paso atrás. No quería tener nada que ver con las flores de Lucius si provocaban tal ira en Severus.
Entonces Severus lo miró detenidamente, no solo a través de Harry, y algo se tensó con más fuerza en los músculos de su cara.
—No soy ni Rodolphus ni Fenrir, Harry. Las flores son para ti. Son hermosas y huelen muy bien, mucho mejor que la mayoría de flores de invernadero. Lucius tiene uno, y casi nunca corta sus flores. Es su forma sincera de agradecerte la ayuda de esta mañana. Solo me ha provocado para divertirse un poco. Deberías aceptarlas.
Sus palabras no encajaban con la furia que podía captar con el olfato. Y aunque Severus pensara que no sabía utilizarlo de un modo muy eficaz, había aprendido a hacerle más caso que a sus oídos.
Aunque no pudo mirarle a los ojos, cogió el ramo y se encaminó a la cocina. No sabía dónde buscar un jarrón. Harry oyó un ruido detrás de él y Severus dejó sobre la encimera una de las tinajas de cerámica del salón.
—Eso servirá —le dijo él.
Cuando Harry no hizo ademán de moverse, él mismo llenó la tinaja de agua. Lentamente —para no asustarlo, pensó Harry—, cogió el ramo, cortó el extremo inferior de las flores y las dispuso en la tinaja con más eficacia que buen gusto.
Tardó un poco en superar la súbita sacudida producida por el pánico y la consiguiente vergüenza que sentía por su cobardía. Y tampoco quería arreglar las cosas diciendo algo inadecuado. O haciendo algo inadecuado.
—Lo siento —dijo. Tenía el estómago tan tenso que le costana respirar—. No sé por qué soy tan idiota.
Severus terminó de colocar la última flor, una de las lilas. Lentamente, dándole la oportunidad de rechazar su gesto, le puso un dedo bajo la barbilla y la mantuvo levantada.
—Hace menos de una semana que me conoces —le dijo—. No importa cómo te sientas a veces. No es tiempo suficiente para aprender a confiar en mí. No pasa nada, Harry. Soy paciente. Y no te haré daño si puedo evitarlo.
Harry levantó la mirada, esperando unos ojos negros pero encontrando en su lugar unos dorados, sin embargo, su mano seguía siendo suave, incluso con el lobo tan cerca de la superficie.
—Soy yo el que debe pedirte disculpas —dijo él. Se disculpaba, pensó Harry, tanto por su lobo como por su breve estallido de mal genio—. Esto también es nuevo para mí. —Una sonrisa fugaz desapareció tan rápidamente como había llegado. La extraña expresión infantil le daba un aspecto avergonzado pese al sutil rastro de dureza—. No estoy acostumbrado a sentirme celoso, ni a perder el control con tanta facilidad. No son solo las heridas de bala, aunque tampoco ayudan mucho.
Se quedaron un momento más de aquel modo, con la mano de él bajo su barbilla. Harry tenía miedo de moverse y provocar la ira del lobo que teñía sus ojos de amarillo o hacer algo que pudiera herirle del modo en que le había herido con su cobardía. No sabía qué esperaba Severus de él.
El fue quien finalmente rompió el silencio.
—Mi padre me dijo que había algo que te preocupaba cuando te marchaste de la iglesia esta mañana. ¿Era por Lucius? ¿O por otra cosa?
Harry dio un paso hacia un lado. Él se lo permitió, pero su mano pasó de su rostro a su hombro, y Harry no pudo dar otro paso porque aquello significaría deshacerse de él definitivamente. Si no lograba controlarse, Severus pensaría que no era más que un neurótico idiota.
—No estaba preocupado por nada. Estoy bien.
Severus suspiró.
—Siete palabras y dos mentiras. Harry, voy a tener que enseñarte a olfatear las mentiras, así no volverás a intentarlo conmigo. —Cuando apartó la mano, Harry tuvo ganas de gritar por la pérdida, pese a que una parte de él no quería saber nada de Severus —. Podrías decirme simplemente que no quieres hablar de ello.
Cansado de sí mismo, Harry se frotó la cara, hinchó las mejillas y soltó el aire como un caballo jadeante.
—Estoy hecho un lío —le dijo él—. Básicamente no estoy seguro de lo que siento ni por qué... y todavía no quiero hablar de las otras cosas.
O nunca. Con nadie. Era un estúpido cobarde y se había metido en una situación en la que se sentía impotente. Cuando regresaran de las montañas, buscaría trabajo. Con dinero en el banco y algo constructivo que hacer, podría volver a orientarse.
Severus ladeó la cabeza.
—Lo entiendo. Te han arrancado de todo lo que te resultaba familiar, te han lanzado entre extraños y todas las normas que conocías han desaparecido de la noche a la mañana. Te costará un tiempo acostumbrarte. Si tienes alguna pregunta, sea lo que sea, no lo dudes ni un instante, pregúntame. Si no quieres hablar conmigo, puedes recurrir a mi padre o... ¿a Fleur? ¿Te cae bien Fleur?
—Sí.
¿Tenía alguna pregunta? Pese a saber que su intención no era tratarlo como a un niño, no le costó mucho trasladarle la irritación que sentía consigo mismo. Severus no estaba siendo condescendiente, solo intentaba ayudarlo. No era culpa suya que su tono tranquilizador le pusiera los nervios de punta, especialmente cuando sabía que seguía molesto por algo. ¿Le caía bien Fleur? Como si tuviera que buscarle amigos.
Estaba harto de sentirse asustado y desorientado. Él quería respuestas. A Harry le habían enseñado a no preguntar; los hombres lobo guardaban sus secretos como oro en paño. Perfecto.
—¿Qué ha dicho Lucius para que pasaras de estar irritado a completamente enfurecido?
—Me amenazó con arrebatarte de mi lado —le dijo él.
Harry repasó la conversación pero continuó sin comprender.
—¿Cuándo?
—Hace falta mucho más que esta atracción que sentimos para que nos convirtamos en una pareja. Cuando me dijo que no olías a mí, me estaba diciendo que sabía que aún no habíamos completado nuestro apareamiento y que te consideraba una presa disponible.
Harry frunció el ceño.
—No hemos hecho el amor —le dijo él—. Y existe una ceremonia bajo la luna llena para consolidar nuestros lazos. Una especie de boda. Sin eso, Lucius puede seguir jugando contigo sin miedo a las represalias.
Otra cosa más de la que no había oído hablar. Si hubiese sido diez años más joven, se habría puesto a patalear.
—¿No hay ningún manual? —dijo acaloradamente—. ¿Algún libro donde pueda aprender todas esas cosas?
—Podrías escribirlo tú —le sugirió él.
Si no hubiera estado mirándole los labios, jamás habría percibido el tono sarcástico de su respuesta. ¿Lo consideraba gracioso?
—Tal vez lo haga —dijo Harry sombrío, y se dio la vuelta, salvo que no había ningún sitio al que ir. ¿Su dormitorio?
Se encerró en el cuarto de baño y abrió el grifo de la ducha para cubrir cualquier otro sonido: una segunda barrera, pues la puerta que había cerrado con el pestillo no le parecía suficiente.
Observó su reflejo en un espejo que empezaba a empañarse. La imagen borrosa solo sirvió para reforzar la ilusión de que estaba mirando a un extraño, alguien a quien despreciaba por su cobardía y sus incertidumbres, alguien que solo servía para servir mesas. Aunque tampoco era algo nuevo: se había odiado a sí mismo desde el momento en que se convirtió en aquel... monstruo.
Y un monstruo especialmente patético.
Tenía los ojos hinchados, las mejillas pálidas. Recordó cómo se había apartado aterrorizado de Severus tras su breve demostración de mal genio, cómo se había disculpado por haberle obligado a llevarlo con él en aquella expedición. Y aquello hizo que se despreciara aún más a sí mismo. Él no era así.
No era culpa de Severus.
Entonces, ¿por qué estaba tan enfadado con él?
Se desnudó apresuradamente y se metió en la ducha, sintiendo un poco de alivio cuando el agua demasiado caliente atravesó la estúpida maraña de emociones que le devoraban por dentro.
Y en aquel instante de claridad, comprendió por qué se había sentido tan irritado al final del funeral, y también por qué estaba tan enfadado con Severus.
Hasta aquel momento no se había dado cuenta de lo mucho que deseaba recuperar su humanidad. Sabía que era imposible, que nada podía deshacer la magia que había provocado la Transformación contra su voluntad. Pero eso no significaba que lo quisiera.
Durante tres años había vivido entre monstruos, había sido uno de ellos. Entonces apareció Severus, tan distinto a todos, y Harry había puesto todas sus esperanzas en él.
Pero no era justo. No era culpa suya que una parte de Harry hubiese decidido que no solo estaba dejando atrás su manada, sino también los monstruos.
Severus nunca le había mentido. Le había contado que era la mano ejecutora de su padre, y Harry no lo había puesto en duda. Le había visto pelear y matar. Y a pesar de eso, de algún modo había conseguido convencerse a sí mismo que en Escocia las cosas serían distintas. Que podría ser normal, humano, todos los días salvo durante la luna llena, y que incluso eso sería distinto allí, donde podría huir sin hacer daño a nadie.
Tendría que haberse dado cuenta de que no sería así. Era un hombre inteligente.
Severus tampoco tenía la culpa de ser un monstruo.
Bajo los efectos de la plata, era comprensible la destrucción que había provocado en la celda de seguridad de la manada de Chicago. Pero aquella noche, al enfrentarse a Lucius, le había demostrado que no era muy distinto a los otros machos de su especie: airado, posesivo y peligroso.
Harry se había dejado engañar al pensar que solo era un problema de la manada de Chicago. Que la destrucción que Rodolphus y su pareja habían provocado era la causa de la terrible situación en que se encontraba la manada.
Había anhelado un caballero enfundado en una brillante armadura. La voz de la razón en mitad de la locura, y Severus se la había proporcionado. ¿Sabía él que era eso lo que había estado deseando? ¿Lo había hecho deliberadamente?
Mientras el agua enmarañaba su pelo y corría por sus ojos y mejillas como si fuesen lágrimas, la última pregunta aclaró su miedo más profundo: por supuesto que Severus no había pretendido ser su caballero de forma deliberada, simplemente él era así.
Era un hombre lobo lo suficientemente dominante como para controlar al Alfa de una manada sin los recursos típicos de un Alfa. Era el ejecutor de su padre, un asesino temido incluso por los otros miembros de su manada. Podría haber sido como Fenrir: cruel y despiadado.
Pero, en lugar de eso, conocía la locura propia de su naturaleza y era capaz no solo de controlarla sino de utilizarla en aras de algo mejor. A su mente acudió la repentina imagen de Severus disponiendo las flores mientras su lobo anhelaba la peor de las violencias.
Severus era un monstruo. El asesino de su padre. No se permitiría a sí mismo volver a creer en una mentira. Si Tobías se lo hubiese ordenado, habría matado a Armando , pese a saber que el humano era solo una víctima, que probablemente era un buen hombre. Pero no hubiera sido casual. Harry había sido su bálsamo cuando Tobías descubrió una alternativa a la muerte del humano.
Su pareja era un asesino, aunque no le gustaba serlo. Observando las cosas más detenidamente, se sintió bastante impresionado por la forma en que Severus había conseguido comportarse tan civilizadamente y continuar cumpliendo con lo que se esperaba de él.
El agua empezó a enfriarse.
Harry se enjabonó el pelo, recreándose en la rapidez con que este se enjuagaba: en Chicago el agua era mucho más blanda. Se puso un acondicionador que olía a hierbas y menta y reconoció en él el olor que desprendía el cabello de Severus. Por entonces el agua ya estaba desagradablemente fría.
Dedicó un buen rato a cepillarse el pelo para desenmarañarlo mientras se concentraba en no sentir nada. Aquello se le daba bien; lo había perfeccionado durante los últimos tres años. Cuando se enfrentara de nuevo a él, no quería volver a comportarse como un imbécil llorica y asustado de sus sentimientos. Había de controlar sus miedos.
Conocía un modo de conseguirlo. Pese a ser un engaño, se permitió hacerlo, aunque solo fuera aquella noche, porque se había comportado como un idiota al ocultarse en el lavabo.
Se quedó mirando fijamente su reflejo y vio cómo sus ojos verde esmeralda cambiaban hasta un verde más brillante e irreal volviendo de nuevo al verde esmeralda de siempre. Con aquello era suficiente. Sintió cómo lo envolvía la fuerza y la audacia del lobo, proporcionándole calma y aceptación. Pasará lo que pasase, sobreviviría. Ya lo había hecho antes.
Si Severus era un monstruo, lo era más por necesidad que por elección.
Se vistió con la camisa verde y los pantalones téjanos y abrió lentamente la puerta del cuarto de baño.
Severus, todavía con los ojos dorados, estaba apoyado en la pared frente al lavabo. Aparte de los ojos, era la personificación de la relajación, aunque Harry sabía que los ojos eran la clave.
Él mismo había comprobado los suyos en el espejo antes de abrir la puerta.
—He llegado a la conclusión de que debes saber quién es Lucius —le dijo como si no se hubiera producido una pausa en la conversación.
—Muy bien.
Harry se quedó en el umbral, con el cuarto de baño cálido y saturado de vapor a su espalda.
Severus habló lentamente y con claridad, como si cada palabra le costara un gran esfuerzo.
—Lucius no es su verdadero nombre, aunque casi todo el mundo le llama así. También le llaman el Moro.
Harry se puso tenso. Aunque sabía muy poco sobre los de su propia especie, había oído hablar del Moro. Un lobo con el que era mejor no relacionarse.
Severus percibió su reacción y entornó los ojos.
—Si existe un lobo en este mundo más viejo que mi padre, ese es Lucius.
Harry se dio cuenta de que esperaba un comentario, de modo que le preguntó:
—¿No sabes cuántos años tiene?
—Sí lo sé. Lucius nació poco antes que Carlos Martel, el abuelo de Carlomagno, derrotado por los moros en la batalla de Tours.
La expresión de Harry le obligó a precisar:
—Siglo VIII d.C.
—Eso significa que...
—... tiene unos mil trescientos años.
Harry también se apoyó en la pared. Había percibido el peso de los años en Lucius, pero jamás hubiera imaginado que fueran tantos.
—De modo que de quien no estás seguro es de tu padre, ¿no? —Mil trescientos eran muchos años.
Severus se encogió de hombros. Quedaba claro que aquella repuesta no era muy importante para él.
—Papá es muy viejo. —Y apartó sus ojos ambarinos de harry—. Lucius llegó aquí hace unos años, catorce o quince, para pedirle a mi padre que le matara. Se quedó a vivir con la promesa de la muerte en cuanto mi padre decidiera que estaba realmente loco.
Severus sonrió fugazmente.
—Lucius acepta a mi padre como su Alfa. Sin embargo, le resulta difícil que yo sea más dominante que él. Por eso creo que papá es mayor que él; mi juventud relativa es como una espina clavada en su pezuña.
Harry reflexionó sobre aquello.
—¿No os ha contado nada de su Alfa en Europa? No recuerdo ninguna mención sobre su Alfa en todas las historias que circulan sobre él. —Existían miles de historias sobre el Moro. Prácticamente era un héroe popular —o un villano— entre los lobos.
—No es fácil ser un Alfa —dijo Severus—. Conlleva mucha responsabilidad, mucho trabajo. Algunos de los lobos más viejos son muy buenos ocultando su naturaleza. Esa es una de las razones por las que a los Alfas no les gusta que los viejos lobos se establezcan en su manada. Lucius es muy dominante. —Volvió a sonreír, aunque aquella vez fue más bien una exhibición de dientes—. Llevaba aquí un par de meses cuando me interpuse entre él y uno de nuestros residentes humanos. No se sorprendió al descubrir que era más dominante que él.
—Podía someterse a tu padre porque es más viejo, y los otros Alfas... bueno en realidad no se sometía a ellos. Pero tener que obedecerte a ti cuando eres mucho más joven y ni siquiera un Alfa...
Severus asintió.
—De modo que me provoca y yo le ignoro. Y entonces me provoca aún más.
—¿Es lo que ocurrió anoche? —Harry sabía que sí—. Me utilizó para provocarte.
Severus inclinó la cabeza en un gesto que era más lobuno que humano.
—No exactamente. El Moro tenía una pareja, pero la perdió hace unos doscientos años. Murió antes de que yo naciera, así que no llegué a conocerla, pero dicen que era una Omega, como tú. —Se encogió de hombros—. Nunca me lo ha dicho directamente, ni mi padre tampoco. Existen muchas historias sobre el Moro, y hasta que no vi su reacción en el funeral de Doc, había creído que eran simples exageraciones, como muchas otras leyendas asociadas a su nombre.
La calidez que le había proporcionado la ducha estaba desapareciendo, y el agua fría de los últimos instantes lo dejó congelado, o tal vez era el recuerdo de aquellos viejos ojos de lobo en la iglesia.
—¿Y su reacción hizo que te lo replantearas?
Por el asentimiento de Severus supo que había hecho la pregunta correcta.
—Cuando descubrió lo que eras, dejó de molestarme para llegar hasta ti y empezó a interesarse realmente por ti. —Respiró profundamente—. Por eso te ha traído llores. Por eso cuando ha amenazado con cortejarte, me ha costado tanto mantener el control, porque sabía que iba en serio.
Harry decidió reflexionar sobre aquello más tarde y mantuvo la atención en la conversación para no alejarlo de ella sin querer.
—¿Por qué me hablas de Lucius? ¿Es una advertencia?
Severus apartó la mirada y la máscara volvió a cubrir su rostro.
—No. —Dudó unos instantes y, con una voz más suave, añadió—: No lo creo. ¿Te ha parecido una advertencia?
—No —dijo Harry finalmente, frustrado por la precaución con la que le proporcionaba una información que casi podía sentir; algo que mantenía a su lobo prácticamente en la superficie.
Antes de poder preguntarle por lo que le inquietaba, Severus le dijo, con la vista aún en el suelo y tan rápido como pudo:
—Lucius quería que supieras que sí, durante el tiempo que queda hasta la próxima luna llena, decides no escogerme, podías tenerle a él. —No le veía la cara, pero percibió su amarga sonrisa—. Y sabía que podía obligarme a decírtelo.
—¿Y por qué me lo cuentas? —Su voz era suave.
Severus volvió a mirarla.
—Tienes derecho a saber que, pese a ser compatibles, puedes rechazarme.
—¿Puedes tú rechazarme a mí?
—No lo sé. Jamás había oído hablar de un emparejamiento al revés, como el nuestro: el Hermano Lobo te escogió, eligió a tu lobo y me obligó a seguirte. Aunque tampoco importa, no quiero rechazarte.
En algunos aspectos, su lobo le hacía ver las cosas con mayor claridad, pero su lobo había elegido a aquel hombre y no se andaba con rodeos cuando tenía que indicarle lo que opinaba de otros. Se obligó a apartarse un poco de él para poder pensar con más claridad lo que iba a decirle.
—¿Y por qué iba a hacer algo así?
¿Quería que lo rechazara?
Sentía la garganta seca como papel de lija. Tanto su naturaleza humana como la animal necesitaban a Severus como un drogadicto, necesitaban todas las cosas que él parecía prometerle: seguridad, amor, esperanza... un lugar al que pertenecer. Se frotó las manos contra los muslos como si aquello fuera a aliviarle la tensión.
—Espero que no lo hagas —dijo él en un susurro—. Pero debes conocer tus opciones.
Severus mantenía las manos tensas sobre los muslos.
Harry percibió un olor penetrante en él que no había olido hasta entonces. Maldito Rodolphus, por su culpa debía enfrentarse a todo aquello como un ignorante. Hubiera dado su brazo derecho por saber qué sentía Severus en aquel momento, por saber cuándo le decía la verdad y cuándo simplemente intentaba no hacerle daño.
Severus esperaba su respuesta, pero Harry no sabía qué decir.
—Opciones.
Se decantó por la neutralidad. Severus abrió y cerró los puños dos veces. Las ventanas de su nariz se ensancharon y lo miró con unos llameantes ojos amarillos.
—Opciones —gruñó él en un tono tan bajo que Harry sintió la vibración en su pecho—. Lucius propagará el rumor y acabarás rodeado de lobos dispuestos a dar su vida por tenerte como pareja.
Temblaba de pies a cabeza, y se recostó en la pared con más fuerza, como si temiera abalanzarse sobre él en cualquier momento.
Harry le estaba fallando. Estaba perdiendo el control y no le ayudaba; no sabía cómo hacerlo.
Harry volvió a respirar profundamente e intentó deshacerse de todas sus inseguridades. Tenía delante a un hombre intentando comportarse de forma honorable, ofreciéndole una opción por muy duro que fuera para él. Era lo correcto, y aquella certidumbre lo tranquilizó. Permitió que regresara su lobo para ofrecerle la confianza que necesitaba.
Por su culpa, Severus temblaba como un alcohólico que anhela la ginebra, porque creía que Harry debía conocer sus opciones, sin importarle que su lobo sintiera que lo estaba perdiendo. No cabía duda de que era su caballero.
Al lobo de Harry no le gustó percibir su infelicidad. Quería atarlo a él, a los dos, con cadenas y amor hasta que Severus no volviera a pensar en la posibilidad de abandonarlos.
—De acuerdo —dijo Harry tan enérgicamente como pudo bajo el peso de aquella revelación, un peso que hizo que sintiera confortable y seguro mientras pugnaba por contener las lágrimas. Por lo menos consiguió que la voz le sonara simplemente ronca—. Me gusta que podamos hacer algo para solucionar este pequeño embrollo.
Él se la quedó mirando cómo si le costara procesar lo que acababa de decir. Se le contrajeron las pupilas y volvió a abrir las ventanas de la nariz.
Entonces se apartó de la pared y se abalanzó sobre él, su enorme cuerpo empujándolo con una intensidad amenazadora contra el marco de la puerta. Le mordió en el cuello frenéticamente, alcanzando un nervio que le envió descargas por la espina dorsal e hizo que se le doblaran las rodillas.
A medida que su piel desprendía un intenso olor almizcleño, lo levantó en brazos en un movimiento espasmódico y descoordinado que le hizo golpearse dolorosamente el hombro contra la puerta. Harry permaneció inmóvil mientras él lo llevaba en brazos por el pasillo: conocía las reacciones de un lobo en celo y sabía que lo mejor era someterse mansamente.
Sin embargo, no pudo evitar tocarle el rostro para comprobar si el matiz rojizo en sus mejillas estaba más caliente que el resto de su cuerpo. Y entonces sus dedos se detuvieron en la comisura de su boca, donde a menudo el más sutil de los gestos delata el regocijo de otro modo disimulado.
Severus giró ligeramente la cabeza y le mordió el pulgar con la suficiente fuerza para que lo sintiera pero no para hacerle daño. Tal vez, pensó Harry mientras él le soltaba el pulgar y le desplazaba la cabeza para atraparle el lóbulo de la oreja con otro mordisco que le provocó una oleada de calor desde el lóbulo hasta lugares imprevistos, tal vez él también estaba en celo. De algo estaba seguro: jamás se había sentido de aquel modo.
Pese a que no había nadie más en la casa, Severus cerró la puerta con el pie, encerrándolos en la oscura calidez del dormitorio.
Su dormitorio.
Más que tumbarlo en la cama lo que hizo fue caer con él, al tiempo que emitía sonidos apremiantes más lobunos que humanos. O quizá era Harry quien hacía los ruidos.
Severus le arrancó los pantalones y él le devolvió el favor. Se sintió bien con la pesada prenda entre las manos, aunque aún era más agradable sentir la cálida sedosidad de su piel bajo los dedos. Él tenía las manos callosas, y aunque era obvio que se esforzaba por hacerlo con dulzura, de vez en cuando lo mordía al intentar colocarlo como deseaba mientras seguía encima de Harry.
Bajo el dominio del lobo, no se sentía amenazado por él en absoluto. El lobo sabía que no le haría daño.
Harry entendió su pasión porque él sentía lo mismo: como si nada fuera más importante que el tacto de una piel contra la otra, como si fuera a morir si lo abandonaba. El miedo y su habitual aversión por el sexo —ni siquiera el lobo había sido lo suficientemente fuerte como para soportar lo que los otros le habían hecho— eran algo tan lejano que ni siquiera parecían un recuerdo.
—Sí —le dijo él—. Ya voy.
—Ahora —le ordenó Harry enérgicamente, aunque no estaba muy seguro de lo que quería que le hiciera exactamente.
Él se puso a reír, una carcajada que retumbó en su pecho.
—Paciencia.
Su camisa se desgarró. Su piel desnuda sintió la camisa de franela de Severus. Harry tiró frenéticamente de ella y la desgarró, haciendo saltar botones por el aire y, antes de conseguirlo, estuvo a punto de estrangularlo. Su urgencia pareció excitarle, y le colocó las caderas en posición con una sacudida.
Harry emitió un bufido cuando le sintió dentro de él, aunque se movía con demasiada lentitud para su gusto. Le mordió el hombro para indicarle que no fuera tan cuidadoso. Severus gruñó algo denso que podrían haber sido palabras u otra cosa. Solo liberó el control que había estado conteniendo con las puntas de los dedos desde que Lucius se marchara cuando tuvo la seguridad de que Harry estaba preparado.
La primera vez fue rápida y violenta, aunque no lo suficientemente rápida para Harry. Poco después de terminar, él empezó de nuevo, Aquella vez se encargó de marcar el ritmo y lo contuvo cuando Harry intentaba acelerarlo.
Harry jamás había sentido algo parecido, ni la paz y la satisfacción con que se quedó dormido. Podría acostumbrarse a aquello.
Harry despertó en mitad de la noche con el poco familiar sonido de la caldera poniéndose en marcha. Mientras dormía, se había apartado de él. Severus estaba tumbado al otro extremo de la cama, con el rostro relajado. Roncaba ligeramente, casi un ronroneo, lo que le hizo sonreír.
Alargó una mano hacia él, pero se detuvo. ¿Y si se despertaba molesto por perturbar su sueño?
Harry sabía perfectamente que no le hubiera importado. Pero su lobo, quien le había ayudado a superar todo lo que le habían hecho, quien le había permitido disfrutar de sus caricias, también dormía. Harry se acurrucó en su lado de la cama, decidiéndose finalmente a deslizarse y pegarse a su espalda. Su inquietud debió de incomodarle, ya que lo rodeó repentinamente con los brazos y lo acogió con su cuerpo. La súbita alarma que sintió ante su brusco movimiento despertó al lobo.
Severus le pasó un brazo por encima de la cintura y le dijo:
—Duerme.
Con el lobo protegiéndolo, pudo entregarse y sentir cómo su calor corporal le relajaba los músculos y huesos, cómo se sumergía en la aceptación de su presencia. Harry le agarró la muñeca con una mano y la sostuvo sobre su vientre antes de que el sueño volviera a vencerlo. Severus era suyo.
Cuando Harry despertó, aún no había amanecido.
—Buenos días —le dijo, su voz un ruido sordo junto a su oreja.
Se sentía tan bien que fingió que seguía dormido.
Él lo envolvió entre sus brazos y dio dos vueltas de campana sobre la cama rápidamente. Harry consiguió dar un grito antes de que ambos cayeran al suelo, Harry encima de él, la cadera sobre su estómago vibrando por su risa silenciosa.
—De modo que esas tenemos, ¿eh? —dijo Harry en un murmullo y, antes de recordar las heridas, le apretó con los dedos el músculo bajo sus costillas.
—No, basta ya —gruñó él medio en broma mientras le agarraba la mano para que no volviera a hacerle cosquillas. Le dio la impresión de que se lo estaba pasando bien, de modo que no debió de hacerle daño—. Nos espera una misión, mocoso, y nos estás retrasando.
—Aja —dijo Harry contorneándose ligeramente y dejándole claro que probablemente aceptaría un pequeño retraso en la expedición.
Entonces se contorneó con más determinación sobre él y se deshizo de su abrazo.
—Buenos días —le dijo—. Es hora de irse.
Y salió desnudo de la habitación camino del cuarto de baño.
Severus lo observó marcharse con agradecimiento, consciente de la chispa de auténtica felicidad que le iluminaba el alma. Aquella mañana no parecía derrotado, y aquel ligero movimiento de sus caderas le dijo que se sentía muy bien.
Él lo había hecho sentirse de aquel modo. ¿Cuánto tiempo hacía que no provocaba aquel tipo de felicidad en otra persona?
Permaneció tumbado en el suelo, disfrutando de aquella sensación hasta que su conciencia le obligó a reaccionar. Tenían una misión. Cuanto antes se internaran en los bosques, antes regresarían, libres para volver a jugar.
Con ese objetivo, comprobó el estado de sus heridas. Aún le dolían, y le retrasarían considerablemente, pero como Sirius le había prometido, se sentía mucho mejor. Y no solo gracias a Harry.
Se estaba vistiendo y recogiendo el equipo de invierno del armario —tendría que encontrar otro lugar para guardar todo aquello para que Harry dispusiera de la mitad del armario— cuando Harry regresó a la habitación. Iba envuelto en una toalla, y tuvo la sensación de que la ducha le había hecho perder parte de su osadía.
Decidió dejarle un poco de intimidad.
—Preparé el desayuno mientras te vistes.
Mantuvo los ojos clavados en el suelo al pasar a su lado. Si no hubiera sido por su oído desarrollado, no habría captado su nervioso «Vale».
Aunque jamás habría dejado de percibir el acre olor a miedo que desprendía. Se detuvo dónde estaba y observó cómo mantenía los hombros encorvados a modo de sumisión mientras se arrodillaba en el suelo junto a la caja donde guardaba la ropa.
Intentó recuperar la conexión entre ambos... pero se dio cuenta de que no era más intensa que la del día anterior o la del día en que se habían conocido.
Aunque nunca había tenido una pareja, sabía cómo debían ir las cosas. El amor y el sexo unirían su lado humano y entonces el lobo decidiría, o no. Dado que parecía evidente que sus lobos ya habían elegido, por lo menos el suyo, estaba convencido de que el sexo sellaría aquella unión.
Lo observó detenidamente. Las protuberancias de la espina dorsal y el contorno afilado de su omóplato, un signo visible del sufrimiento que había experimentado en la manada de Rodolphus, revelaban claramente que necesitaba ganar algo de peso. Las peores heridas no eran manifiestas: los hombres lobo no suelen tener heridas visibles.
Abrió la boca para decir algo pero se detuvo. Debía reflexionar sobre ciertas cosas antes de saber qué tenía que preguntarle. O sobre quién.
Le preparó el desayuno. Aún era demasiado pronto para las respuestas que deseaba hacerle. No obstante, y pese a estar distraído, disfrutó con la satisfacción que le proporcionaba ver cómo comía, aunque Harry no le miró ni una sola vez.
—Saldremos un poco más tarde de lo planeado —dijo él repentinamente mientras aclaraba los cacharros y los introducía en el lavavajillas—. Tengo que hablar con Charity para que me haga un par de recados, y también he de ver a otra persona.
Aunque Harry seguía en el comedor, su silencio era revelador. Aún se sentía demasiado intimidado por Severus o por lo que habla sucedido la pasada noche para indagar más a fondo. Lo agradecía. No tenía intención de mentirle, pero tampoco tenía ganas de decirle con quién pretendía hablar.
—Puedo encargarme de los platos —se ofreció Harry.
—De acuerdo.
Se secó las manos y se detuvo a besarlo en la parte superior de la cabeza, un beso rápido y desapasionado que no aumentaría su tensión pero que serviría para que el Hermano Lobo supiera a quien pertenecía. Él era suyo, tanto si Harry quería como si no.
Charity continuaba en casa de su padre, durmiendo en la habitación contigua a la de su socio. Con ojos cansados y medio dormida, realizó varias llamadas, hizo alguna sugerencia y organizó las cosas hasta que Severus quedó satisfecho.
Aquello le dejaba tan solo a una persona a la que encontrar. Afortunadamente, descubrió que a las cinco y media de la mañana la mayor parte de la gente es fácil de localizar.
Bueno perdon por la espera, espero les gustara el capitulo de hoy. Comenzare a trabajar con el siguiente si me da tiempo lo subire hoy mismo sino ya sera mañana.
Cualquier duda, reclamo o si ven que tengo algún error mandenme un review.
