El viernes siguiente, Laura entro a la discoteca casi a la misma hora.

Se sentó en la barra y se tomó su copa de vino. Ninguno de sus amigos se veían por ningún lado. Gracias a Dios. No estaba de ánimos para charlar ni para flirtear con nadie, pidió otra copa y otra más. Estaba ensimismada en sus propios pensamientos cuando alguien ocupó la butaca a su lado. No giró para ver su rostro, no hizo falta. Su voz lo delató. Saga. Mierda.

Durante diez minutos jugaron a ignorarse. Ella no lo miraba, él no la miraba. Laura seguía todos sus movimientos por el rabillo del ojo. Pidió una cerveza importada y la bebió con deleite. Estaba muy quieto pero relajado. Hubiera querido tener gafas de sol para poder observarlo sin hacer contacto visual… pero no las tenía.

Empezó a revolverse en su silla, inquieta, indecisa. El suave aroma de su perfume llegaba hasta ella y se le hacía agua la boca. Un leve carraspeo de él le puso los pelos de punta. No se giró.

Saga suspiró suavemente y Laura se estremeció. Notó que él agachaba la cabeza en un gesto compungido. Oh! Delicioso. No estaba segura, pero juraría que tendría una mirada mortificada. Él lentamente apoyó un codo en la barra y apoyó la cabeza en la mano, pensativo, vulnerable.

Ya basta. Laura se levantó lentamente y se puso a su lado, sin mirarlo.

-Quieres Bailar?

Saga se quedó atónito. El corazón le daba saltos, las manos le temblaron con anticipación. Luchó contra la excitación para que no le temblara la voz cuando le contestó con un susurro claro que si antes de que ella lo tomara de la mano y lo condujera a la pista de baile.

El Lunes a primera hora de la mañana, Saga apareció en los archivos del precinto policiaco numero 5 de Atenas con dos vasos de café y una rosa para el escritorio de Laura.

Estaba obsesionado con ella, intrigado, caliente. La encontró sentada frente al ordenador, con su cabello perfectamente recogido, y con un aire de eficiencia que lo hizo sentir orgulloso.

Pero ella mantuvo la distancia, bien, si ese era su juego, él lo jugaría.

- Buenos días señorita Gomez. Traje café, ¿le apetece?

Laura apenas había dormido. Toda la noche estuvo pensando en Saga, en su trabajo, en su vida… en Sebastian. En todo lo que había pasado.

- Gracias.

Fue lo único que le salió. Lo miró largamente, estudiándola. Ella tenía mucha experiencia en estudiar a la gente, en ver detrás de sus gestos. Saga no parecía el típico chico ateniense. Quizás, se lo tomaba en serio, quizás podría probar y ver qué pasaba. Dios, se sentía tan sola a veces.!

Él permaneció de pie, esperando que le invitara a sentarse. Ella podía ver la intención.

- Gustas Sentarte?

Saga sonrió. Había picado. Él esperó que fuera ella la primera en hablar.

- ¿Qué te trae por el inframundo, Saga?

Él suspiró y Laura se derritió.

- Bien, quería simplemente desearte un buen dia.

Laura sonrió, iluminando el alma de Saga. Se veía hermosa cuando sonreía.

- Gracias. Me gusta mucho mi trabajo.

Saga sonrió en respuesta. Se armó de valor y soltó lo que había venido a decir.

- Me honrarías si consideraras cenar conmigo una de estas noches…¿tal vez esta semana?

Ella se quedó helada. Carajo, ¿y ahora qué?. Ella dejó las formalidades. Al demonio con todo.

- ¿No estas yendo muy rapido?

Su tono de voz era censurador.

- Perdón no quise hacerlo… Es sólo que…

- ¿Qué qué?

- Quisiera verte de nuevo. Quisiera que me des una oportunidad.

- Dime, ¿Cómo es que alguien con tu look a tu edad estas soltero?

- Simplemente no habia encontrado a la mujer que me quitara el sueno, hasta ahora…

- Pensaré en tu proposición.

Saga suspiró aliviado. Haría cualquier cosa con tal de agradarla.

- Gracias. He traído esta rosa para su escritorio… espero la aceptes.

Ella se derritió de nuevo. El hijo de puta la estaba seduciendo y sabía cómo hacerlo.

- Gracias.- Se puso de pié y se acercó a su lado.

El corazón de Saga palpitaba con anticipación. Laura acercó su boca a la suya y lo devoró con ansia. Él se rindió al beso y se dejó hacer. Le dio la bienvenida a su lengua exploradora y cuando estaba acostumbrándose a su sabor, lo soltó, dejándolo hambriento.

- Ahora vete antes de que me reganen.