Él la observaba.
Su largo cabello como seda, cayendo sobre sus hombros. Su paso ágil, seguro como ella misma.
La siguió, con cautela. La perra era muy astuta.
Sabía que si le daba una mínima ventaja, podría matarlo. Debía sorprenderla, como la última vez.
Sebastián guardó los binoculares en el estuche, se bajó un poco más la gorra sobre los ojos y empezó a caminar.
Dejaría que se aleje, y cuando estuviera lo suficientemente lejos, la atraparía.
No sería fácil. Sabía que ella lo esperaba.
Una vez más recordó cuando trabajaban juntos, a su hermano Ivan cuando logro salir con ella una vez después de muchos ruegos y todos los detalles que le había contado… La dedicación que le ponía al trabajo y la sonrisa que siempre traía al resolver algún caso. El trataba con todas sus fuerzas de llamar su atención a su persona. Primero la había halagado, luego le había dado regalos, había puesto de pretexto a su hermano para hablarle todos los días, hacia que saliera tarde para que pudieran estar solos… Aunque en un precinto tan ocupado como era el uno, era difícil de lograr.
Laura… ¿Por qué no había podido entenderlo? ¿Por qué había preferido a ese imbécil de John antes que a él?
Ah, pero se había encargado del muy bastardo. Laura era suya y nadie más que él tenía derecho a gozar de ella, de su amor y de su tiempo.
Pero ella no había querido darle mas que el trato de subordinado - jefe. Había terminado por denunciarlo ante Recursos Humanos por acoso laboral y sexual y había quedado asentado en su hasta entonces inmaculado expediente. Y entonces ella había renunciado. Sus superiores, para no dejar ir a una persona tan valiosa, la habían cambiado de ciudad y de precinto, lo que lo había enfurecido.
Recordó la sangre de Laura sobre sus manos cuando la marcó. El la había besado mientras estaba inconsciente. Había sido lo más caliente que había hecho en su vida. El recuerdo aún lo excitaba. Y necesitaba más.
Maldita fuera!
La observó llegar a la estación de trenes y aguardó a que ella subiera para seguirla. Miró sobre su hombro. Nadie la seguía. Sólo él.
Desde el otro vagón apenas podía verla. Mejor así, si ella se diera cuenta de su presencia, su plan estaría arruinado.
Se acomodó en un asiento y esperó. Ya imaginaba dónde se dirigía.
Eres predecible, después de todo, Laura.
El vello se erizaba en su nuca y los escalofríos no dejaban de recorrer su columna.
Laura supo que él estaba cerca incluso antes de verlo con su estúpida gorra de béisbol y la negra chaqueta. ¡Dioses! ¿Acaso el entrenamiento no le había servido de nada? ¿Qué clase de policia era el muy incompetente?
Laura rió para sí, a pesar de saber lo que le esperaba. Terminó de escribir el mensaje de texto y lo envió. Si Sebastián creía que tenía una sola oportunidad, estaba muy, muy equivocado. Aunque siempre existía la posibilidad de que algo saliera mal.
Se bajó dos estaciones antes de lo que Sebastián suponía. Ella sabía qué tipo de mensajes hacerle llegar. Esto lo confundiría.
Salió de la estación y caminó por una calle lateral. Conocía el lugar como la palma de su mano.
Al llegar a la entrada de su edificio, abrió la puerta y rápidamente cerró tras ella. No encendió las luces. No se la iba a hacer fácil.
Marcó la clave de la alarma y volvió a dejarla lista. Sonrió de nuevo. Sebastián nunca había aprendido a evitar las alarmas. Lástima que aquella fatídica noche no hubiera estado activada.
El celular vibró en su bolsillo. Nuevo mensaje de texto.
Estoy en la recamara. Recuerda la contraseña.
Laura contestó.
Gracias. :) .
Esperaba que todo saliera bien, teniendo en cuenta que el plan se iba formando a medida que se desarrollaba. Aún no tenía idea de cómo resultaría al final.
Pero no tenía ni tiempo ni ganas para algo mejor. O salía bien, o fracasaba. Ya estaba cansada de esconderse.
Otra vibración en su bolsillo. Laura leyó el mensaje.
Te deje unas velas en el primer cajón a tu derecha.
Un pequeño sonido de satisfacción escapó de su garganta. Saga era genial.
Cuando encontró las velas, encendió una y fue a la cocina.
Iba a ser una larga, muy larga noche.
Podía sentir su respiración.
Sus pasos eran más silenciosos de lo que recordaba, pero aún así los oía.
Él entró despacio por la ventana que daba a las escaleras de emergencia. Laura no había creído que fuera capaz de desactivar la alarma.
Bien, había aprendido. Eso estaba bien, aunque Laura agradeció que le tomara tanto tiempo, eso ayudaba a sus preparativos.
Miró hacia la esquina y vio la cámara nightshot y la grabadora digital de voz. En orden y funcionando.
Buenas noches, Sebastián. –dijo Laura con voz Laura. Sebastián se quedó de piedra. Maldición. –Nunca pensé que dejarías atrás tu ineptitud y te convertirías en un buen acechador.
Vaya Laura, eres suspicaz. Tú también me sorprendes bastante. Pensé que sólo eras una maldita puta manipuladora buscando a quien tirarte.
Tal vez Sebastián, tal vez. Pero no serás tu.
Estaban a un paso el uno del otro. Laura mantuvo la calma. Sabía que eso desequilibraba a Sebastián.
Ella encendió una cerilla y su rostro se iluminó. Tenía un arma en su mano apuntándole.
También ella la tenía. Encendió una vela.
- Siéntate Sebastián, vamos a hablar.
- ¿Y luego?
- Y luego ganará el más fuerte. O el que dispare primero.
- Yo no quiero dispararte, Laura –dijo Sebastián calmadamente.
- Lo sé. Quieres hacerme tuya. ¿verdad? Puedo oler el deseo en el aire, Sebastián.
- Eres inteligente después de todo.
- Mmmm, no lo sé. Tal vez tú seas muy transparente. Siéntate o te volaré las pelotas. –insistió.
Sebastián vio la silla a su lado. Lentamente, y sin dejar de apuntar a su cabeza, tomó asiento.
- ¿Vas a servir el té, Laura?
- Tal vez te sirva cianuro. Pero primero vamos a charlar.
- Vaya. Nunca quisiste hablar conmigo. Nunca me escuchaste.
- Era muy difícil no escucharte, Sebastián. No hacías más que gritarme y reganarme.
- Ahí te equivocas. –Laura sonrió.
- Sabes Sebastián, a pesar de lo atento que eras, jamás hubieras llegado a mi cama como tanto querias.
Sebastián rió a carcajadas. Su rostro, otrora tan apuesto, interesante, se había vuelto una máscara de locura y desesperación.
Laura lo miró con lástima y miedo. ¿De cuántas cosas había sido capaz este despojo de hombre?
- John era un idiota, se merecía morir. No lo hizo y se fue como perro con la cola entre las patas.
- Lo sé. Pero era mi elección con quien salía o no. No tenias por que meterte.
- ¡Porque tú eras mía! –Gritó, poniéndose de pie- y matare a cualquier imbécil que te toque.
- Siéntate Sebastián, no me obligues a dispararte.- Laura permanecía calmada.-¿Por qué disparaste contra Saga? ¿Acaso tenías miedo de acercarte lo suficiente?
-¡Es un maldito niño bonito! Sé todo sobre él. No volverá a tenerte. No es hombre para ti.
-¿Y quién es hombre para mí? ¿Tú?
-¡Pudiste ser mi esposa! –Sebastián estaba perdiendo el control.
-No seas ridículo. Ni en mil años accedería a eso.
-Entiendelo de una vez. Nada va a impedir que lo seas Laura.
Esta vez, fue Laura quien rió a carcajadas. El dedo de Sebastián temblaba sobre el gatillo.
-Dime, Sebastián. ¿Asesinaste a esa recluta? ¿Y a uno de tus hombres?
-Ellos no eran nadie.-dijo haciendo un gesto, quitándole importancia.-Sólo basura sin nada que ofrecer.
-¿Y por qué, entonces?
Él la miró a los ojos. Maldita mujer, siempre había sabido leer sus intenciones
Observó a Laura, tan tranquila, tan hermosa, tan en control de sus emociones. Quería romper ese control, quería que sacara su lado salvaje, él sabía que lo tenía. Tenía que tenerlo. Como él, sólo necesitaba descubrirlo y él se lo quería enseñar.
Si no podía tenerla, se iba a encargar de dejarla conectada a él, de hacerla como él. Ese sería su legado a Laura.
Monstruo, lo había llamado. Tal vez lo fuera. Pero él la iba a convertir en un monstruo a ella también. Eran uno, los dos. Así lo había decidido el día que la vio por primera vez.
Con un rápido movimiento, Sebastián tiró el arma y se arrojó sobre ella. Sabía que no le iba a disparar. Había visto el brillo del cuchillo asomar bajo su camiseta. Ella no dispararía.
Cayó sobre su cuerpo derribándola de la silla. Cayeron enredados sobre el duro piso y se enfrascaron en una brutal pelea. Un dejo de satisfacción recorrió la columna de Sebastián.
La estaba tocando. Podía sentir su piel, su olor.
Haciendo uso de todas sus fuerzas, intentó sujetarla, pero ella era muy buena. Demasiado buena. Maldita sea, no en vano había sido entrenadora de combate cuerpo a cuerpo.
Con un par de movimientos, Laura volteó a Sebastián boca abajo y lo inmovilizó. Ya lo tenía asegurado cuando la puerta se abrió de golpe.
-¡No dispares! –gritó Sebastián.
Pero ella no hizo caso. Con mano temblorosa, el hombre en el umbral alzó el arma y apuntó.
Laura se quedó con la boca abierta mirando al hombre.
Un disparo la sacó de su ensoñación.
