El hospital de Raccon City estaba casi desierto a esas horas de la noche. El personal de guardia escoltó a Jill a la enfermería y la tranquilizó con un sedante fuerte para que pudiera descansar mientras la revisaban. Chris Redfield aguardaba fuera en la sala de espera junto con Joseph Frost. Éste último no estaba enterado de nada, no había visto lo que Chris vio. Solo vio la sangre y posteriormente la pérdida de consciencia de su compañera mientras la trasladaban a urgencias. Ninguno dijo una palabra desde que llegaron al hospital y una enfermera les pidió que esperaran afuera y en silencio. Chris medía en círculos la sala de espera mientras que Joseph descansaba contra una columna, de brazos cruzados.

—Entonces, ¿no viste a ninguna niña con ella? —preguntó Frost hacia su compañero. Chris seguía caminando en círculos.

—Ya te he dicho que no: estaba sola cuando llegue al callejón. Quizá otro sujeto le atacó, pero pensé que solo había dos... no debí irme así como así.

—Chris, ella me contactó por radio. Estaba a salvo y había encontrado a una niña. Además actuaste como debías. Ella es una S.T.A.R.S no es ninguna chica de pecho.

Redfield le lanzó una mirada asesina. Joseph suspiró.

—Solo digo que no es culpa tuya. No te atormentes por algo que fue imposible haber previsto.

—No escuché nada, ni un disparo, ningún otro grito además del de ella. —se pasó una mano por la frente. —Cielos, ¿cómo pudo pasar?

—Se pondrá bien. —le tranquilizó con una mano sobre el hombro. —Ya verás que sí.

Se quedaron en silencio unos minutos más, oyendo el tic tac del reloj sobre sus cabezas. Habían llamado a su capitán de equipo para informar la situación. A si mismo, Chris le dio una llamada a Barry Burton, un compañero del Alpha que quería tanto como a un hermano mayor. Barry estaba durmiendo, pero le había dicho que llegaría al hospital en cuestión de minutos. No vio necesidad de avisarle al resto, no quería alarmarlos.

Vieron llegar al capitán con paso firme a través del pasillo blanco del hospital. Traía su uniforme reglamentario, como ellos dos. Wesker estaba de guardia dentro de la comisaría, por lo que no tardó en llegar con rapidez. Joseph dijo algo por lo bajo al referirse por las gafas de sol, pero Chris estaba sumamente tenso por lo acontecido que prefirió obviar el comentario de su amigo.

—¿Dónde está? —preguntó sin molestarse en saludar a sus hombres. El rubio engominado era un rompecabezas. No sabían si estaba allí por preocupación, por simple protocolo o porque no tenía nada mejor que hacer. Pero en el fondo se preocupaba por ellos, aunque no es del tipo que te elogiaría a voz viva, es de los que elogian con insultos y maldiciones.

—La están atendiendo en la guardia. Está allí desde unos quince minutos. —dijo Chris.

Albert afirmó con energía y se abrió paso entre ellos dos antes de agregar. —Quedan revelados por hoy. Quiero un informe de lo sucedido a primera hora de la mañana.

Tanto Chris como Joseph intercambiaron unas miradas confundidas. No se moverían de allí hasta saber qué era lo que había sucedido con Jill, por lo que permanecieron en sus puestos hasta que Wesker detuvo a una enfermera para hablar, incluso se quedaron allí cuando el capitán les miró desde la distancia.

—Iré por un café, ¿quieres?

Chris negó con la cabeza y Joseph se encogió de hombros mientras le daba otra palmadita en el hombro y bajaba al primer piso hacia la cafetería. No había muchos civiles, pero era el horario de las enfermas que no paraban de hablar animadamente sobre la mujer en el segundo piso. No siempre llegaban policías heridos, mucho menos miembros de un escuadrón de élite de la jefatura. Era la noticia del momento.

Joseph intentó obviar las miradas indiscretas hacia él por el uniforme y caminó hasta la máquina de café. Colocó un dólar y seleccionó la opción de café descremado. Aguardó mientras su pedido era preparado, tomó un sobre de azúcar y escuchó a las cotillas, pero no podía oír muy claro. Como sea, seguro eran idioteces. Tomó el vaso con el café y se dio vuelta. Chocó contra una enfermera, mojando su ambo blanco.

—¡Oh, mierda! —exclamó el miembro del Alpha intentando disculparse. La enfermera gritó de la sorpresa.

—¡Caliente, caliente! —repetía intentando secarse como podía el líquido marrón que descendía sobre su chaqueta de trabajo.

—Lo siento, no te vi. Permiteme. —desató el nudo de su gorro rojo y se lo tendió. —En verdad lo siento...

—No te preocupes... estaba muy cerca tuyo, fue mi culpa. —aceptó el gorro y lo usó para limpiarse. —Le quedará una mancha.

—Descuida, no es nada. Mi turno terminó pero el tuyo debe de estar comenzando y ya tienes una medalla. —bromeó Joseph.

—Estoy aquí hasta las seis de la madrugada, aún tengo que lidiar unas horas con el café. —siguió la broma la mujer. —¿Eres amigo de la chica del segundo piso? —le devolvió el gorro.

—Sí, es mi compañera. —tomó la gorro con la mano derecha y lo guardó entre sus ropas. —¿Sabes algo de como va todo?

—No mucho, no es mi área, pero escuché que sufrió una lipotimia debido al derrame en su laberinto. —al ver la cara del oficial cambió sus palabras. —Es decir, una pérdida de conocimiento por el sangrado en sus oídos. Según escuché las membranas se vieron afectadas parcialmente, ocasionándole la pérdida de equilibrio y posteriormente el continuo sangrado. No saben las causas, pero el estrés te sorprendería como puede afectarle al ser humano.

—¿Todo esto fue por una acumulación máxima de estrés? —preguntó perplejo. —¿De verdad van a decir eso?

—Es lo que yo digo, pero soy enfermera, no soy doctora. —se encogió de hombros.

—Si con eso le dan una semana de vacaciones, no veo la hora que me sangren a mí. —dijo Frost con una sonrisa que tomó desprevenida a la mujer, que rió entre dientes. —¿A qué hora dijiste que terminabas tu turno?

—Conmigo no, oficial. —le picó el pecho con el índice. —No soy como todas. —y sin más, se alejó por su costado, no sin antes rozarle el hombro con su cuerpo.

Joseph Frost la siguió con la mirada, con una sonrisa de tiburón. Había leído en la credencial que se apellidaba Mellows. La espió hasta que la mujer giró el rostro al verle, y cuando las miradas de ambos se cruzaron, ella atinó a sonreír.

El miembro del Alpha se fue meneando la cabeza hacia la recepción del hospital. Le encantaban esos juegos. Escuchó un teléfono sonar y vio a las recepcionistas, más aburridas que cuando Irons los enviaba a ellos a vigilar una esquina.

—Disculpen, vengo a preguntar por una enferma. Mellows. Es como así de alta, cabello castaño, ojos claros, celestes o verdes creo. Nariz respingada... y tiene un 15 de 10 en la escala de atractivo.

Las mujeres se miraron entre sí.

—¿Mellows? ¿Caterine Mellows?

—La verdad que no sé su nombre, pero si no hay otra Mellows supongo que es ella.

—Disculpe, señor, pero no tenemos ninguna Mellows trabajando aquí.

—¿Cómo? —alzó una ceja. Quizá había leído mal. —Si no es Mellows puede ser... ¿Melford? Estoy seguro que las dos primeras son M y E.

—Eeeeste... señor...

—Sé que están sumamente ocupadas, lo veo en sus caras, pero vamos. Ayuden a la ley a encontrar a esta enfermera. Termina su turno a las seis si les sirve.

—Lo que no entiende, señor... —la secretaria lo estudió un segundo, antes de agregar. —Caterine Mellows era una enfermera. Ella murió hace unos...¿veinte años?

—¿Qué? —lanzó una risotada, sabía como eran las mujeres de este ambiente. —¡Pero si estuve con ella hace unos instantes!

—¿Quizá se trate de otra enfermera con el mismo nombre? —dudó la otra recepcionista.

—Debe ser. —respondió la otra, encogiéndose de hombros. —Deme unos minutos para ver si puedo...

—¿Caterine Mellows, verdad? —interrumpió Joseph, sacando su teléfono móvil. —¿Así dicen que se llama?

—Bueno, sí... pero...

Joseph no las estaba escuchando; entró dentro de la red privada de investigación que le permitía su estado dentro de la élite de la comisaría y rastreó el nombre Caterine Mellows. Presionó enter.

Habría caído de rodillas si no fuera porque las dos mujeres lo estaban mirando con curiosidad. Las manos le temblaban mientras veía las imágenes frente a él, la misma chica que había estado charlando y a la que le había derramado el café. Todos los titulares cargaban a gran velocidad. "Joven muere mientras dormía". "Autopsia de la enfermera del hospital Raccon General Hospital inconclusa".

—Oh, mierda. —musitó, negando con la cabeza. Se fue de allí, bajo la atenta mirada consternada de las recepcionistas, temblando y entró a los baños públicos del hospital. Caminó hacia el lavamanos y abrió todo el grifo de agua fría. No se preocupó en salpicarse la cara con agua, simplemente bajó la cabeza y la metió dentro. Ésta quedó bajo el chorro, dándole justo en la frente.

Alucinando, debía estar alucinando. ¿Estaba todo en su mente? ¿No la había derramado? Intentó recordar el contacto físico y se encontró con un alarmante vacío. No podía recordar cosas que debía. ¿Cómo olía? ¿Cómo estaba vestida?

Joseph cerró los ojos con fuerza e intentó recordar, pero no podía pensar en nada más que en su rostro y su nombre. Cerró el grifo de agua y rebuscó entre sus ropas su gorro rojo. Estaba manchado por el café, el maldito café que le derramó cuando había chocado con ella en la máquina expendedora. Tragó con dificultad y luego levantó la cabeza para mirarse en el espejo.

Sin embargo, en el espejo, vio casi veinte siluetas con ojos rojos paradas detrás de él. Joseph se giró para enfrentarlas, pero colapsó, cayendo sentado en el suelo del baño. Sus ojos se abrieron como platos en señal de temor.

Las siluetas avanzaron súbitamente, y Joseph gritó.

...
...

Barry Burton caminó por el pasillo y acortó los metros que le distanciaban de su amigo Chris Redfield. Vestía una camisa hawaiana -no tuvo tiempo a ponerse otra cosa- y unos pantalones vaqueros gastados por el paso del tiempo. Verlo a Barry vestida de esa forma hubiera despertado más que otra broma, pero Chris no estaba de humor. Se unieron en un fuerte abrazo.

—Vine en cuanto pude. ¿Cómo esta? —preguntó con voz somnolienta.

—No sabemos nada. Wesker está hablando con una de las enfermeras desde hace rato pero creo que no le dicen nada.

—¿Y tú como estás?

—En la mierda. —murmuró desganado. —Aún no puedo creer que haya pasado esto.

—Tranquilo, Chris. Todos sabemos el riesgo de trabajar vestidos así, ¿no? Duele y molesta que a uno de los nuestros le pase, pero verás como sale caminando de allí. Jill Valentine no es conocida por dejarse llevar, ¿verdad?

—Creo que tienes razón. —a su pesar, sonrió. —Gracias por venir, Barry.

—¿Qué clase de amigo sería si no vendría? ¿Crees que me gusta ver tu cara a estas horas de la noche? responde primero a lo segundo.

Ambos sonrieron y vieron como Wesker dejaba de hablar con la enfermera y se dirigía hacia ellos. Barry se alisó la camisa.

—¿Dónde está Joseph?

—Fue a por café.

—Podemos verla. —anunció Albert una vez junto a ellos. —Entraré primero, quiero preguntarle unas cosas antes de que pueda relajarse por completo. Vamos.

Los tres caminaron hasta donde la enfermera les esperaba y ésta abrió una puerta doble que daba a una habitación detrás de un vidrio. Allí vieron a Jill acostada, conectada a unos aparatos eléctricos que medían sus latidos y pulso cardíaco. Parecía lúcida y respondía a las consignas que le daba un médico frente ella. Wesker sin perder tiempo ingresó a la habitación mientras Chris y Barry veían por el otro extremo del vidrio. Se sentó a un costado y parecía someterla a un pequeño cuestionario.

—¿Qué hace? —inquirió Chris.

—Lo normal, supongo. Wesker es eficiente, no puedo negar eso. —se rascó la poblada barba roja. —Necesita un informe para entregarselo a Irons. Tiene que atar cabos sueltos.

—Joseph dijo algo de una niña. —Chris miraba a través del vidrio. —Que ella encontró a una niña en el callejón, pero cuando llegué no vi nada. Solo a ella... y... —recordar esa sensación le deprimía como nunca. Odiaba tener esa imagen de Jill, como sufría, como gritaba...

Barry apoyó una mano amistosa en su cabeza. —Tranquilo, ella está bien. Fin de la historia.

Chris asintió y esperaron pacientemente hasta que Wesker terminó con su tarea. Salió de la habitación, se despidió de ellos y se fue. Ahora era su turno: Chris y Barry ingresaron. El rostro de Jill se iluminó.

—¡Barry! ¡Chris! ¡Que alegría verlos! —Jill gritaba como si estuviera en un recital, ambos hombres se miraron.

—Parece que todavía estás sorda. —bromeó Chris, elevando la voz.

—Es el efecto tapón, según el médico. Siento que hablo muy bajo y por eso grito, pero se solucionará en unas horas. —sonrió. —¿Dónde está Joseph?

—Roguemos que te mejores en las horas que no estás de servicio, de lo contrario todos estaremos aquí con un sangrado de oídos que ni te imaginas. —dijo Barry, besando su frente.

—Fue por café, pero hace mucho ya de eso. —Chris sacó su teléfono móvil y le dio una rápida llamada. Pero atendió su contestador automático. Chris hizo una mueca. —Lo lleva apagado. Quizá se fue a descansar. ¿Hasta cuanto tienes de reposo aquí?

—Hasta que se me vaya este efecto molesto. —contestó. —¿Pudieron atrapar a los delincuentes?

Chris cambió su expresión a una seria. Barry estudió el rosto de su amigo. —No, no pudimos. A Joseph lo eludió y el mío... también, me eludió. —se encogió de hombros. —Pero ya los atraparemos.

—¿Quién lo diría? Chris Redfield deja escapar a un ladrón. —Jill le sacó la lengua. —Esto es para anotarlo en una pizarra.

—Sí, bueno. —Chris sonrió de lado. —En una semana borraré eso de la pizarra porque lo tendré esposado y bien cuidado en una celda.

Estuvieron hablando por unos minutos hasta que una enfermera interrumpió diciendo que era mejor dejarla descansar. Sus compañeros se despidieron y caminaron hacia la puerta de salida del hospital.

—Bueno, Barry. Creo que dormiré hasta la noche del próximo día. —se despidió Redfield. —No tengo más energías para nada.

—Yo al revés; me quitaste el sueño malnacido. Veré si adelanto horas en el trabajo. —ambos sonrieron. —Chris, ¿puedo preguntarte algo?

—Dispara.

—¿Qué paso con el que perseguías? —Chris desvió la vista. —Si no quieres hablar de ello, está bien...

—No sé lo que vi. —dijo finalmente, con las manos en los bolsillos del pantalón. —Le disparé, vi como cayó. Estaba lejos, pero no tan lejos como para no notar que se moviera o escondiera en algún sitio. Cuando me acerqué, ya no estaba. Literal como te digo, Barry. Desapareció. Solo estaban sus ropas y... esto. —metió la mano en su chaqueta y sacó la fotografía en blanco y negro.

—¿Quién es este? —preguntó examinando la fotografía de cerca.

—No tengo la menor idea. Pero se ve que no era famoso con las mujeres.

—¿No te dice nada? ¿No lo conoces?

—Nada de nada. Tampoco sé porque me la llevé conmigo. Simplemente la tomé como para no irme con las manos vacías, pero te la regalo. Puedes enseñarsela a Polly cuando no quiera cenar.

—Seguro servirá: la cara de este tipo es horrible.

Ambos rieron y se despidieron. Barry subió a su camioneta y le dio arranque. Notó entonces una cucaracha en el asiento del acompañante. Con asco le dio un pequeño golpe con los dedos y la mandó a volar fuera del vehículo. Con eso cerró las puertas y comenzó su vuelta a su hogar.