Disclaimer: los personajes no me pertenecen, son creación de Rumiko Takahashi

Advertencia: AU, Ooc, posibles faltas de ortografía. Puede aburrir.

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¿Pues qué les digo? Que me hacen mis días con sus reviews, por más cortos que estos sean. En serio, me alegran mis semanas y me motivan para seguir.

Y qué más... pues nada, disfruten del cap.

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Kagome despertó sobresaltada, con la respiración agitada y una fina capa de sudor sobre su frente. Sus ojos castaños observaron sus alrededores y al reconocer su habitación se tranquilizó. No recordaba mucho, sólo que el imbécil de Inuyasha le había pedido una estupidez y que ella había salido corriendo, después unos ojos azules, cálidos y amables, oscuridad y nada más. Quizás lo último fue un sueño. Pero la pregunta ahí era, ¿cómo había llegado a su casa, sana y salva? Hasta donde ella sabía, Inuyasha no había ido tras ella, se había quedado en el departamento de Kikyo… ¿verdad?

Intentó incorporarse, pero un dolor agudo en el brazo la detuvo. Sus ojos viajaron rápidamente y se abrieron desmesuradamente al encontrarse con una jeringa conectada a una pequeña bolsa de color amarillento. ¿Qué había pasado exactamente?

— ¡Oh, Kagome! —la voz de su madre la sobresaltó—. Qué bueno que estas despierta —su rostro mostró una sonrisa tranquilizadora. La señora se sentó a las orillas de la cama de su hija, observándola con todo el amor del mundo—. Realmente nos diste un buen susto, hija.

— ¿Qué paso, mamá? ¿Cómo llegué aquí? —preguntó con voz pastosa, volviendo a recostarse, ya que tanto movimiento la había mareado.

— ¿No lo recuerdas? —las finas cejas de su madre se fruncieron, pero no parecía realmente consternada—. Te desmayaste y un amable joven te trajo.

¿Un joven?

Iba a preguntarle a su madre, pero la puerta de su cuarto se entreabrió lentamente, dejando asomar la cabeza de su hermano menor.

—Pasa, hijo. Tu hermana ya se encuentra mejor —el semblante de su madre volvió a relajarse y el niño entró con algo de desconfianza.

—Hermana… —comenzó él, tímidamente— ¿te encuentras mejor?

Kagome sintió una calidez expandirse dentro de su pecho al ver cómo su familia se preocupaba tanto por ella. Sobre todo, le enternecía el hecho de que su hermanito, al que siempre que tenía oportunidad lo molestaba, estuviera preocupado por ella. La chica estiró el brazo libre en dirección a su hermano, indicándole que se acercara hacia ella. El menor casi corrió a su encuentro, se sentó justo al lado de su hermana y la abrazó con fuerza, escondiendo su rostro entre la curvatura del cuello de Kagome y el hombro.

—Me encuentro mejor ahora, Souta —susurró contra la cabeza de su hermano. Aquel abrazó la reconfortó de una forma que pensó no necesitar en esos momentos. Pero el recuerdo del asunto pendiente con Inuyasha la obligó a romperlo. Los ojos marrones de Souta la miraron un momento—. Lo siento, hermanito, pero necesito hablar con mamá sobre algunas cosas —le sonrió sin ganas—. ¿Podrías darnos unos minutos? —Souta asintió rápidamente y se incorporó con pesar, pero no tardó mucho en salir de la habitación. Kagome suspiro y cerró sus ojos, todo el peso emocional que había sentido, regresó a sus hombros al recordar su último encuentro con Inuyasha. Le haría el mentado favor al tarado ese, pero no por él, sino porque ella se negaba rotundamente a casarse con alguien que ni siquiera podía respetarla como una igual. Porque eso de que Taisho le presentara a su exnovia era una clara muestra de que los sentimientos de Kagome le eran indiferentes al menor de los Taisho—. Mamá… —comenzó ella, sintiéndose incomoda— yo… yo sé que la señora Izayoi y tú insisten en… unirnos a Inuyasha y a mí en matrimonio y todo, pero… —sus ojos castaños viajaron del techo al suelo, mirando a cualquier lado menos el rostro de su madre, ya que no se creía capaz de enfrentarla— …pero realmente no quiero… no queremos casarnos…

—Kagome, hija, eso lo dices porque no lo conoces muy bien… si sólo le dieras una oportunidad-

— ¡No lo entiendes, mamá! La razón por la que me desmaye… fue porque Inuyasha me llevo a conocer a su exnovia, y ella y él me pidieron que… que hablara con la señora Izayoi y la convenciera de que Kikyo era buen partido. A lo que quiero llegar es que, si Inuyasha llega al punto de presentarme a su antigua pareja, es porque realmente no quiere nada conmigo. Y yo no quiero estar con alguien que no me quiera, mamá —las lágrimas habían amenazado por resbalar, pero Kagome las retuvo—. Por favor, entiéndelo. No quiero a Inuyasha como amigo ni como esposo y él tampoco me quiere. Así que… por favor… si de verdad me quieres…

Naomi contempló consternada a su hija. Es verdad que al principio ella pensaba que todo esto era porque su hija seguía encaprichada con el joven Hōjō, pero al saber hasta dónde había llegado Inuyasha, pues sintió pena por su hija, por un capricho suyo y de Izayoi, su hija había vivido una experiencia desagradable e incómoda. Suspiró derrotada, lo único que ambas mujeres querían, era unir sus familias. Y visto que Sesshomaru era demasiado grande para su Kagome, ella obviamente pensó en Inuyasha. Pero bueno, Izayoi era todavía joven, quizás podía tener una hija y a ella la emparejaría con Souta.

—Hablaré con Izayoi, tú descansa, hija. Ahora lo primordial es que te recuperes —su mano derecha apartó unos mechones de la frente de su hija— siento que es mi culpa que hayas pasado por esto —y en cierta parte lo era—, así que duerme todo lo que quieras. Puedes faltar a la escuela, si quieres.

Kagome sonrió agradecida por la comprensión de su madre y cerró los ojos. Escuchó como su madre se levantaba y salía de su habitación, al saber que se encontraba sola respiro profundamente y sintió que ya todo perdía importancia. Sus pensamientos la mecieron por un mar de inconsciencia.

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Kagome le había hecho caso a su madre y se permitió faltas dos días a clases, sus amigas la habían visitado y puesto al tanto de tareas y chismes de la escuela. Así que no se había atrasado tanto. Al tercer día, se había levantado mucho antes de que su despertador sonara, ya que había descansado mucho. Rápidamente se puso el uniforme y bajo para desayunar. Al terminar se percató de la hora y se dio cuenta de que contaba con bastante tiempo. Así que decidió irse en su bicicleta.

Se puso los audibles y comenzó a pedalear tranquilamente. Dejándose llevar por el ritmo de la música. La briza matutina mecía su cabello ondulado, refrescando su piel. No se percató del tiempo, sólo sabía que ya había llegado a la entrada del instituto. Dejo su bicicleta y camino adentro de las instalaciones.

Los pasillos estaban casi desérticos, probablemente había llegado más temprano de lo que había pensado. Llego hasta su salón y al encontrarlo solo, decidió que lo mejor sería repasar los apuntes que sus amigas le habían prestado, porque probablemente los profesores le preguntarían a ella, ya que había faltado.

Sacó la libreta y comenzó a leer, totalmente concentrada. No se percató de que, poco a poco, sus compañeros iban llegando, acomodándose en sus respectivos lugares.

— ¿Kagome? —La voz de Eri la trajo a la realidad— ¿ya te sientes mejor? Pensé que te tomarías más días de reposo —comento con una pequeña sonrisa, mirando atentamente a su amiga.

—Ya me encuentro mejor, Eri —le dijo, devolviéndole la sonrisa—. Además de que me aburría mucho en mi casa, no había mucho que hacer. Y no quería perderme tantas cosas —al ver que sus tres amigas la miraban, con algo de indecisión, agrego: —y realmente las extrañaba, chicas.

Los rostros de sus amigas se iluminaron, en señal de agradecimiento y todas rieron, como si compartieran un chiste privado.

El maestro de inglés llego y la clase comenzó. Tal como Kagome había pensado, el docente le pregunto a ella, pero como ya dominaba el idioma, no tuvo problemas en responderle. Las clases transcurrieron rápidamente y pronto llego la hora del almuerzo. Sus amigas y ella decidieron que querían un poco de aire, así que con permiso de nadie, subieron a la azotea, donde compartieron alimentos y más chismes.

Kagome no participo mucho en la conversación, pero disfrutaba que sus amigas lucieran tan animadas y felices, sin preocupaciones ni nada. Sintió un poco de celos, deseaba que la última semana se borrara de su vida, para así no tener recuerdos del horrible encuentro que Inuyasha había planeado con Kikyo, pero ella no iba dejar que pequeñeces como esas la amedrentaran. Había decidido olvidarse de todo, absolutamente de todo. Su madre le había prometido que hablaría con la señora Izayoi, y parece que habían llegado a un acuerdo. Ahora Inuyasha era libre de estar con la señorita belleza y ella podría vivir tranquilamente.

—Oye Kagome, ¿qué ha pasado entre Hojo y tú? —la voz de Yuka capto su atención.

—Hum… tuvimos unas diferencias y decidimos terminar… no me ha hablado desde entonces y no creo que me quiera hablar. Pero qué se le puede hacer —dijo encogiendo los hombros. Si, el tema de su exnovio también le había dejado de importar. Después de tener dos días solo para ella, comprendió el motivo por el que su madre no había tomado en cuenta a Hojo. Él no era apasionado, no poseía un carácter fuerte y en un futuro, Kagome terminaría aburriéndose de él. Le dolía que hubieran terminado en tan mal términos, pero no podía hacer nada por remediarlo, porque si lo buscaba, probablemente él recobraría la esperanza y ella no quería lastimarlo más.

—Que mal, en verdad parecía que él estuviera muy enamorado de ti, Kagome —Ayumi le dio una mordida a su almuerzo.

—Si —susurró con pesar—. Pero supongo que no hay nada que se pueda hacer, ¿no? Es mejor dejar las cosas como están —sus amigas asintieron al mismo tiempo.

El tiempo de almuerzo termino y todas regresaron a clases. Gracias a Dios eran de historia japonesa, una materia que se le daba muy bien, así que se dio el lujo de mandar todo al diablo y concentrarse en sus pensamientos.

—Higurashi —el maestro la reprendió al ver que no prestaba atención a su clase—. ¿Podría decirme de qué estaba hablando hace un momento?

—Hum… —sintió sus mejillas arder al percatarse de que toda la clase estaba mirándola detenidamente, ya que rara vez ella se desconectaba de todo— hum… e-estaba hablando sobre el motivo de las antiguas guerras civiles… —al ver que el maestro no decía nada, se animó a continuar—. Los motivos eran la posesión de tierras, las riquezas de los señores Feudales y otras más, como la ambición por secuestrar a las hermosas princesas de los reinos y…

—Es suficiente, Higurashi —dijo con voz neutral pero su expresión se suavizo— no quiero volver a verla distraída en mis clases.

—Si señor —Kagome inclino la cabeza a modo de disculpa y regreso su vista a su libro. Sintiendo aun sus mejillas arder. Suspiro pesadamente.

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Por fin las clases habían terminado. Kagome iba a recoger su bicicleta cuando una silueta en la entrada de la escuela le llamó la atención. Sintió que el aire se salía de golpe de sus pulmones al reconocer aquellos ojos azules. El joven al verla sonrió de lado, dejando ver unos hermosos colmillos blancos. Para ese punto, las piernas de Kagome se redujeron a gelatina. Era el tipo del elevador, del que su madre había comentado, él la había llevado a su casa.

—Ho-hola —balbuceó cuando él camino hacia ella y lo tuvo justo enfrente. Le sacaba una cabeza de altura, así que tuvo que hacerse para atrás para poder apreciar la belleza de sus facciones masculinas.

—Hola —susurró con voz ronca, sus ojos azules en ningún momento la habían dejado de ver—. Vine porque quería saber cómo te encontrabas —su sonrisa se ensancho cuando un sonrojo rosado apareció en las mejillas de la chica—. Me alegro que estés mejor. La primera vez que te encontré, estabas toda pálida y te desmayaste —su mano izquierda se atrevió a rozarla, acomodando un mechón azabache detrás de su oreja. Su gentil tacto le produjo un delicioso estremecimiento que la recorrió de cuerpo completo.

—G-gracias por ayudarme aquella vez… sin ti… probablemente… —se obligó a relajarse, pero la presencia de ese apuesto chico la ponía realmente nerviosa. Además de que se comportaba como el príncipe encantador que siempre quiso de novio—. No sé qué hubiera sido de mí si tú no hubieras aparecido —susurró con la voz rota, pero al menos ya no tartamudeaba.

—Por favor, no pienses en eso —sus ojos azules miraron a su alrededor, percatándose de las curiosas miradas que los otros estudiantes les brindaban. Y es que Kouga no llevaba puesto el uniforme característico de aquel instituto. Además de que se veía más maduro que cualquier estudiante. Sonrió con burla—. Parece que hay mucha gente aquí —Kagome se sonrojó más al darse cuenta también— ¿quieres ir algún lado?

Su corazón se paralizo. ¿Él la estaba invitando a salir?

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Decir que estaba enojado era poco, se encontraba cabreado y lo que le sigue. Pensó que todos sus problemas se solucionarían después de aquella charla con Kagome, pero cuando su madre entró al día siguiente, con cara de pocos amigos y le dijo que sabía todo y que no lo iba a obligar a casarse con ella, él pensó que todo estaba en su lugar. Pero las siguientes palabras de su madre le helaron la sangre.

Inuyasha, Naomi habló conmigo y me explicó las cosas que sucedieron —sus ojos caobas lo miraban seriamente— y la verdad es que no pienso obligar a la pobre Kagome a casarse con alguien tan… tan… —sus delicadas manos se apretaron en un puño, controlando las palabras—. Entonces decidí que no habrá boda —al ver que su hijo menor sonreía, su enojo se incrementó—. Pero ni creas que voy a aceptar que te cases con esa mujer, desde siempre te he dicho que Kikyo no es de mi agrado. Si tú insistes en juntarse con ella, no me vuelvas a pedir algo, que yo nunca voy aceptarla, Inuyasha.

Pero mamá…

Es mi última palabra y tu padre también está de acuerdo conmigo —sus ojos se suavizaron, dejando ver el brillo de las lágrimas— si tanto la amas, cásate con ella, pero Inuyasha olvídate de mí —su mano derecha cubrió sus labios rojos, reteniendo el sollozo que quería escapar. Salió de la habitación, sin darle más tiempo a Inuyasha de hablar.

Había conseguido no casarse con Kagome, pero de qué servía eso si su madre no aprobaba una relación con la mujer que siempre había amado.

— ¡Maldición! —gruñó, estampando su puño contra la pared.

Después de esa conversación unilateral con su madre, no la había visto. Al parecer su progenitora le huía. Y eso le dolía. Ya que con su padre nunca tuvo una buena relación. Su madre era la única persona en toda la familia Taisho con la que él siempre se sentía cómodo.

Tampoco había visto a Kikyo. Aquella mujer al saber que la señora Taisho no la aceptaba ni así, decidió castigar a Inuyasha con su frío silencio. Como si fuera su culpa de que por alguna razón su madre no la quisiera.

— ¡Keh! Malditas mujeres problemáticas —a pesar de que sus labios estaban formando una sonrisa fanfarrona, sus cejas estaban fruncidas. No sabía qué hacer. Tampoco había sabido nada de Kagome desde aquel encuentro.

Aun recordaba el dolor y furia en aquellos ojos castaños, la forma en que salió huyendo del departamento de Kikyo. Él pensaba ir a por ella, pero Kikyo lo había retenido y él le había restado importancia, pensando que sólo era un berrinche más de aquella insolente niña. Pero desde entonces, el sentimiento asfixiante de la culpa no lo había dejado respirar tranquilo.

Suspiró pesadamente, dejándose caer en la suavidad de su cama. ¿Por qué las cosas se tenían que complicar tanto? Es decir… él nunca deseo hacerle daño a nadie. Él odiaba ver a las mujeres sufrir. Y ahora, por razones del destino, tenía a tres mujeres sufriendo por las irresponsabilidades de sus actos y decisiones. Pero tampoco es como si Inuyasha pudiera hacer gran cosa, es decir, lo del matrimonio arreglado nunca estuvo en sus manos, y por más que trato de explicarle eso a Kikyo, ella nunca lo escuchó y se atrevió de culparlo, ¡como si él lo hubiese pedido! Y sólo ahora aceptaba que su modo de intentar resolver las cosas, usando a la inocente de Kagome, probablemente no haya sido su mejor idea. Pero en casos desperrados medidas desesperadas. Esas eran las excusas con las que escudaba sus acciones, aunque sabía que era absurdo.

—Lo mejor sería ver cómo está Kagome, ahora —susurró con voz apagada. Sus ojos dorados estaban centrados en el alto techo de su habitación.

Estuvo a punto de levantarse pero el sonido de su móvil lo detuvo. Estiró el brazo derecho y lo alcanzó.

—Diga —respondió con voz cansada.

¡Yo también me alegro de escucharte, Inuyasha!

—No estoy de humor, Miroku, no molestes ahora —cerró los ojos pero su expresión se relajó al escuchar a su amigo.

Sólo llamaba para hacerte una pregunta. ¿Qué ha pasado entre la señorita Kagome y tú?

— ¿Por qué lo preguntas? Ya te dije que ella no está interesada en ti, maldito pervertido…

De eso estoy seguro, te lo pregunto porque acabo de ver a Kouga con ella, y parecían muy divertidos. Así que por supuesto que pensé en ti…

— ¡¿Qué qué?! ¡¿El imbécil de Kouga está con Kagome?! —se incorporó rápidamente, con la respiración agitada.

Vaya que eres lento, que sí, Inuyasha. Estaban juntos. Al parecer él la estaba llevando a su trabajo…

— ¡¿Qué mierdas quiere ese asqueroso lobo rastrero con Kagome?! —rugió Inuyasha, comenzando a perder la cordura.

Kouga, su antiguo enemigo. Desde que tenía memoria, siempre habían competido por todo. Incluso hubo una época, donde Kikyo, harta del comportamiento infantil del menor de los Taisho, había comenzado a salir con Kouga, claro que Inuyasha se enojó tanto que se enfrentó contra el moreno a golpes. Recuperando a Kikyo y acrecentando su enemistad contra Kouga. Pero qué mierdas estaba buscando ese lobo con Kagome…

¿Qué quieres que te diga, Inuyasha? Yo pensé que tú sabrías algo sobre esto, pero veo que sabes tanto como yo… ¿quieres que los siga?

— ¡No! Iré yo mismo y lo enfrentaré.

Inuyasha… no te precipites… por favor, por la gloria de tu bella madre no hagas algo estúpido.

— ¡Cierra la boca, Miroku! —gritó antes de colgar y salir precipitadamente de su habitación.

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Kouga la había llevado a una veterinaria, algo retirada de la ciudad. Ya que era más un rancho que un centro médico animal. O en palabras de Kouga, era un albergue para aquellos animales de la calle o abandonados. Él los curaba primero y después se encargaba de cuidarlos.

Si había algo que más amara Kagome en esta vida eran los animales, cualquier animal le parecía hermoso y tierno, y si ella viviera en una casa grande, probablemente se la pasaría recogiendo a gatitos y perritos. Pero lastimosamente no podía permitirse tal capricho. Además de que su madre se moriría de ver sus preciados muebles cubiertos de pelos.

—Es muy lindo que te preocupes tanto por ellos —susurró Kagome, cuando Kouga la ayudo a bajarse de la camioneta—. No conozco a muchas personas que le interesen los animales —le sonrió con timidez. Se sentía cohibida a su lado.

—Supongo que es algo que he heredado de mi padre —sus ojos azules examinaron el blanco rostro de la chica frente a él y sonrió complacido. Realmente era muy guapa y podía apreciar que tenía un buen corazón—. Él siempre me crio diciéndome que debía respetar cualquier clase de vida. Creo que su amor por los animales fue lo que me motivo a estudiar veterinaria y después abrir mi propio albergue.

Comenzaron a caminar rumbo a los establos, donde había algunas yeguas, unas con sus potrillos y otras aún en estado.

—Son muy hermosas —los castaños ojos de Higurashi miraban maravillados a las yeguas, unas limpiando la cabeza de su potros y otras acostadas delicadamente, procurando no dejar todo el peso en sus pancitas. Su corazón se llenó de calidez al percibir la armonía del lugar. Se sentía tan bien.

— ¿Quieres ver a los perros? Ayer dos de las madres tuvieron cachorros.

¡Ow! Cachorritos. Siempre se alegraba viendo cachorritos.

Le sonrió a Kouga y lo siguió. Por primera vez desde que el destino la había llevado hacia Inuyasha, ella se sentía en paz. Estar con Kouga era como dejarse llevar por un río, lento, suave y relajante.

Kouga le regresó la sonrisa y se estiró su brazo, tomando la mano izquierda de Kagome, entrelazó sus dedos y al ver el adorable sonrojo en las mejillas de la chica, su corazón palpito alegre. Él nunca había creído en eso del amor a primera vista, pero cuando la había visto, pálida y débil en el elevador, su corazón pareció latir de verdad, como si fuese cosa del destino. Y él había tenido muchas novias, amantes incluso. Es decir, él era consciente de su atractivo físico. Pero nunca se había sentido de la manera que Kagome lo hacía sentir. Saber que ella no le era indiferente, le llenaba de una forma que probablemente lo hubiera asustado, pero todo alrededor de ella se sentían tan bien, tan correcto. Que nunca se puso a pensar en lo absurdo e irreal que era sentirse así por una chiquilla que realmente no conocía de nada.

Sus ojos castaños parecían atrapados dentro de aquellos azules. Y la calidez de su mano la envolvía y relajaba todavía más.

¿Qué era este sentimiento que Kouga estaba despertando en ella? Acaso…

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Como podrán ver, este capítulo es apreciablemente algo más largo que los otros, de ahora en adelante intentare escribirlos así, pero eso significa que puede que tarde un poco más. Hum… ¿qué les digo? La razón por la que me he apresurado en escribir, es porque… me hace muy feliz ver que les gusta tanto el fic.

Bueno, pues a agradecer se ha dicho.

Gracias a iimischa, desirena y coneja por marcar el fic como favorito/alerta.

Danita-inu: yo también los mandaría muy lejos x'D. anii: me alegra que te guste la historia, espero que te haya gustado el cap., y gracias por comentar. Kag-akane: gracias por comentar. Michell: oh si, bebé, apareció el sensual de Kouga. Las cosas se pondrán interesantes

Si te ha gustado el cap., por favor deja un review, me ayuda mucho, me motiva para seguir y es mi sueldo. Nos leemos en el siguiente capítulo.

Gracias por leer, sus reviews, favoritos y follow.

Los amo a todos. Feliz semana.

Cuando le quité la flecha del pecho, sus manos grandes me cogieron rudamente de los hombros. ¡¿Quién eres?! exigió, zarandeándome bruscamente. Poseía los ojos más hermosos que yo había visto jamás, pero estos no parecían enfocarme. ¿Estás ciego? susurré casi sin aliento.

Próximamente…