¡Hola! No tienen una idea de lo feliz que me sentí al recibir todos sus reviews, realmente es gratificante saber que hay personas que apoyan esto, así que aquí les traigo la actualización.
No sé con que tanta regularidad pueda actualizar, se me vienen encima los finales y me quitaran tiempo.
Ok, sólo para aclarar un par de cosas, esto es un AU, Percy, Annabeth, Piper, Leo, Jason y Nico tienen la misma edad (17-18) Hazel tiene 16 y Frank 17.
Como denota el resumen, la historia es principalmente Solangelo, pero presenta otras parejas, por lo que las narraciones serán Solangelo, otra pareja, Solangelo, y así, excepto quizá algunas excepciones.
Eso sería todo, me voy a dormir, en Costa Rica son las 4:30 de la mañana y voy en bus para la capital, 3 horas de sueño xD
Lamento los horrores ortográficos y de redacción.
Percy Jackson le pertenece a Rick Riordan.
Chapter 1: My life is in ruins, please, someone help me.
Leo llegó a casa cerca de las 7:00p.m.
Desde la muerte de su madre vivía con su tía Rosa. Y todos los días se repetía una misma rutina. Leo llegaba tan tarde como le era posible. Su tía le gritaba un par de insultos, él le respondía otros, y se encerraba en su cuarto.
—¡Mocoso! —no había ni terminado de entrar a la casa cuando ya la escuchó.
—¿Qué? —respondió de mala gana.
—¡No me hables en ese tono! ¡No arreglaste tu cama antes de irte!
—Me voy a volver a acostar en ella, ¿por qué carajos la arreglaría?
Su tía abría la boca para replicarle cuando Leo le pasó de largo, y subió las escaleras hasta llegar a su cuarto.
Leo tiró con fuerza la puerta y se dejó caer en la cama.
Los días eran cada días más cansados, sentía como el sol poco a poco dejaba de iluminar su vida, que de seguir así terminaría siendo un oscuro agujero.
Un sollozo ahogado por el puño rompió el silencio de la habitación.
Leo estaba harto, harto de andar con una sonrisa todo el día, cuando por dentro estaba quebrándose, harto de fingir que todo estaba bien cuando no lo estaba, harto de decir que su tía solo tenía un poco de mal carácter, cuando en realidad era un monstro, harto de vivir su vida.
"Live the life you l ve, love the life you live"
Cuando nació, su madre había escrito esa frase, con grandes y ornamentadas letras, en la pared del cuarto de Leo.
La o de love se había caído el día que su madre murió. Estaba guardada, en esa pequeña caja donde estaban las cosas que mantenían a Leo con vida. Pero no tenía la suficiente fuerza para pegarla, no, la frase permanecería incompleta, al igual que lo estaba su vida, desde que aquel incendio se había cobrado la vida de Esperanza Valdez.
Desde aquel día, la vida de Leo no volvió a ir bien.
Nadie nunca había sabido nada del padre de Leo y sus abuelos estaban muertos; así que, al ser su único familiar vivo, a regañadientes, su tía Rosa tomó la custodia de Leo. Leo creía que lo hacía únicamente por la pensión que él recibía de parte del Estado, pero que aún no podía cobrar por ser menor de edad, y se encargaba de siempre decirle que la muerte de su madre era su culpa.
—Tres meses —murmuró para sí mismo —Tres meses.
En tres meses Leo cumpliría los dieciocho años. Llevaba meses haciendo planes, tendría la pensión hasta que dejase de estudiar, o cumpliera los 25, la primera, se conseguiría un trabajo de fin de semana, terminaría la preparatoria, y luego estudiaría mecánica en alguna universidad pública.
Y luego… Luego encontraría algo que hacer, lo único importante era alejarse lo más posible de su tía.
Leo aspiró hondo, y expiró lentamente. Repitió el proceso por varios minutos, hasta que se hubo calmado. Se frotó con brusquedad los ojos, tratando de eliminar cualquier rastro de llanto de ellos.
Su mirada se dirigió al escritorio, las piezas de una computadora reposaban sobre él.
A pesar de ser un adolescente del siglo XXI, Leo no tenía una computadora, ningún modelo le convencía completamente. Así que había decidido armarse una él mismo, a su gusto y capacidad.
Leo era un genio en la mecánica, herencia de su madre pensaba. Su tía Rosa nunca le daba ni un céntimo, así que desde hacía mucho se las arreglaba por sí mismo; literalmente. Leo se dedicaba a arreglar cosas, todo comenzó cuando el televisor de su vecino se descompuso, sin saber exactamente qué estaba haciendo, Leo lo desarmó y lo arregló. El televisor quedó mucho mejor de lo que estaba antes de descomponerse, y su vecino le dio diez dólares en agradecimiento. Ahí descubrió su don para la mecánica, y su forma de subsistir sin tener que tragarse el orgullo y pedirle dinero a su tía.
Hacía casi un año que Leo había comprado su actual teléfono celular, de última generación en ese momento, producto de duros meses de ahorro. El único problema era que los tipos de la manzana tendían a envejecer sus aparatos con horrible rapidez.
Pero el teléfono estaba en perfecto estado, y Leo sabía cómo hacer que funcionase por los próximos 20 años si así lo deseaba.
Luego de comprar el teléfono, Leo comenzó a comprar las piezas de la computadora. Ya solo le faltaba el touchpad algo que perfectamente podía conseguir y colocar luego.
Leo puso manos a la obra.
Pasaban las nueve cuando decidió parar, no porque estuviera cansado o porque no supiera que seguía. Solo decidió dejar algo de diversión para los días venideros.
Miró por la ventana. Los miles de edificios de Nueva York le daban el claro ejemplo de paisaje citadino.
Leo decidió que le vendría bien tomar algo de aire fresco, lo más fresco que pudiera estar el aire en Nueva York.
Y quizá pasar por aquella tienda italiana a renovar su provisión de Fonzies.
Tomó su chaqueta, que descansaba sobre el respaldar de la silla, y se miró al espejo. Leo sonrió, varias veces hasta que consideró que no se veía falsa su sonrisa. Pero por más que intentó, la sonrisa no subió a sus ojos, que seguían tan apagados como siempre.
Bajó las escaleras a paso rápido.
—Voy a salir —anunció.
—No, ya es muy tarde y si algo te pasa…
—Perderás mi pensión y tendrás que trabajar, lo sé, pero no me importa, no estaba pidiendo permiso.
El departamento de su madre, porque sí, para Leo seguía siendo el departamento de su madre, estaba en el sexto piso de un bloque. El elevador estaba descompuesto desde que Leo tenía memoria, así que debía de bajar todas las escaleras. Bueno, no es como si no estuviera acostumbrado.
Leo caminó las cinco cuadras que habían desde su departamento al parque más cercano.
Caminó despacio, sorbiendo la Coca-Cola que había comprado en la tiendo italiana (porque aunque fuera italiana, la Coca-Cola era universal) y con la bolsa de Fonzies colgando de su mano.
Finalmente, se dejó caer en una de las bancas del parque. Su reloj marcaba ya las 9:45, y no era tan estúpido como quedarse hasta tan tarde en la noche, podían asaltarlo y robarle los Fonzies, lo cual sería la más grande catástrofe que el mundo hubiese experimentado.
Levantó la mirada al cielo. La contaminación no dejaba ver muy bien las estrellas; pero siempre había algunas que se negaban a ser eclipsadas. Leo recordó aquellas noches en las que su madre se sentaba con él, a enseñarle a leer y escribir.
Una lágrima rodó por su mejilla, y luego de esa, muchas. Se cubrió los ojos con el antebrazo y se mordió los labios con fuerza.
—Deberías dejarlo salir, parece que te estás muriendo por dentro.
La voz a su lado le provocó un sobresalto.
Era una chica, bonita, muy bonita, Leo no pudo evitar sorprenderse, era la chica más bonita que había visto jamás.
Tenía el cabello color caramelo, y este caía grácilmente por encima de su hombro, en la oscuridad no pudo distinguir el color de sus ojos, pero Leo estaba seguro de que eran hermosos. Y su piel, su piel era de un cremoso tono melocotón, sin una sola imperfección, y Leo apostaba que debía de ser más suave que la misma seda.
—¿Qué? ¿Me vas a ver como idiota toda la noche?
Leo reaccionó, sacudió la cabeza de derecha a izquierda, y se dio un par de bofetadas mentales.
—L-Lo siento —tartamudeó, y volvió a reprenderse mentalmente por eso.
—¿Y? ¿Por qué te estás muriendo?
—No es nada.
—Imagino que eso le dices siempre a tus amigos, cuando te sientes mal frente a ellos, ¿no?
Leo la miró incrédulo, ¿qué diablos con esa chica? No tenía idea de quien era, y le hablaba como si le conociera.
—Sí —se sorprendió a sí mismo respondiéndola sinceramente.
La chica sonrió y se sentó a su lado.
Antes de que Leo pudiera darse cuenta, ya le había contado todas sus penas, no sabía porque lo hacía, sus labios parecía moverse solos, sus cuerpo se relajaba y su cerebro parecía un tanto ido.
Dicen que es más fácil contarle tus males a un desconocido que a un amigo, porque no importa que un desconocido te juzgue, si es un amigo…
Cuando terminó, ella colocó su mano sobre la de Leo. Leo estaba en lo cierto, eran muy suaves, y se sentían bien.
Permanecieron en silencio un rato, hasta que la chica se incorporó, dispuesta irse.
—Espera —Leo la detuvo —, no me has dicho tu nombre.
—Ni tú el tuyo, chico de los Fonzies.
—Me llamo…
—No es necesario, te sentirás mejor de saber que le constaste tus males a una persona sin nombre.
La chica sonrió de nuevo, agitó la mano y se alejó caminando.
Leo permaneció quieto, embobado, y sonrió.
Sin darse cuenta, estaba mostrando su primera sonrisa verdadera en los últimos años, casi sentía su rostro doler, pero se sentía bien, increíblemente bien.
La volvería a ver, lo haría así tuviera que peinar Nueva York, buscando de casa en casa, de calle en calle. Pero lo haría.
En el siglo XXI no cualquier desconocido se sienta a consolar a otro.
En definitiva, esa chica parecía ser especial. Se dijo, mientras corría a su casa, ya iba a ser medianoche.
"Even for me, life had its gleams of sunshine."
― Charlotte Brontë, Jane Eyre.
Ag, no me culpen, siempre tiendo a pensar que las personas que lucen muy felices fingen :C
