Disclaimer: los personajes de Hetalia NO me pertenecen, de otra forma hubiera habido muchísimo más Spamano y UsUk. Pero el fic sí es mi completa autoría.

Advertencia: ídem a la anterior.

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Bastardos y tomates

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Tomate

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Había algunas cuántas cosas que Romano no aceptaba del todo en ese mismísimo instante; principalmente el que su cuerpo tuviese tanta tensión por la respiración de España, quien lo abrazaba por atrás como a un peluche en la cama, sobre su cuello. No aceptaba sentir cómo cada bello de su cuerpo se le ponía en punta y que el rizo se retorciera augurando algo malo.

El mayor dormía como siempre; con cara de idiota relajado y una sonrisita que mil veces antes le hubieran provocado darle un golpe. Habían dormido así desde hacía muchísimo tiempo, tanto como para que fuese normal dirigir sus pasos a la habitación ajena sin percatarse de que, en realidad, él tenía otra. Y el mayor tampoco reparaba en eso al acostarse, ya parecía lo más puramente normal aunque ya no viviesen en el mismo lugar.

Además, Romano dormía con su hermano siempre cuando estaban juntos en casa, no es como si fuera algo extraño para él mismo compartir cama con otra persona. Raro, a esa altura, era no hacerlo.

Pero sentía el pecho desnudo del español sobre su espalda, una de las piernas pasándole por encima a las suyas y uno de los brazos por encima de su cintura. Notaba cada respiración del otro, cada gesto inconsciente y todo el calor que emanaba. Lo que lo turbaba era que no quería moverse de allí nunca y que, más que nada, quería voltearse a verle esa cara de idiota con la que dormía.

Liberó su brazo y procuró girarse lo más cauteloso que pudo.

Se ruborizó hasta las orejas cuando se descubrió tan cerca del rostro ajeno. Casi que atina a plantarle las manos en la cara y alejarlo, como cada vez que España tenía un arranque de insinuación o algún acercamiento un tanto extraño. Faltó poco para que escupiera el corazón por la boca.

Su jefe tenía los ojos cerrados en esa expresión de paz absoluta, la respiración pausada, que le daba de frente como le había estado dando en el cuello hasta cinco segundos antes, y los labios entreabiertos.

Prestó atención a éstos últimos, sintiéndose rodeado del cuerpo del mayor, con el fuego extendiéndose a cada parte de su cuerpo y llamándolo a que intentara. El país de la pasión le estaba influenciando de forma intensa el despertar y creía no saber cómo seguirle el ritmo a lo que estaba comenzando a comérselo vivo.

Después de todo ese tiempo, ¿en serio sentía algo de ese tipo por el bastardo español?

Le acarició los labios con la punta de los dedos, tan tenuemente que el otro ni se enteró, sintiéndose abochornado. Creyó que su corazón iba a lograr escucharse por todo el mundo cuando España lo apretó más, quizá en sus sueños estuviese aplastando un almohadón o al mismísimo muchacho, la cuestión era que Romano estaba a medio camino de besarlo o sufrir un colapso nervioso y empujarlo muy lejos.

—H-Hey… bastardo, despierta —tartamudeó, tan bajito que casi ni él mismo se escuchó.

Tenía el rostro del mismo rojo que los tomates, le faltaba únicamente comenzar a echar humo. Volvió a mirarlo; tras los párpados estaban unos ojos verdes tan bondadosos y hermosos que lo habían mirado como nunca antes nadie lo había hecho, ni siquiera su propio abuelo.

Le gustaba que España fuese el único en quien tuviese toda la confianza, le gustaban sus expresiones tranquilas, las ideas para poder controlar sus rabietas y enojos. Le gustaba tener a alguien a quien pedir o exigir auxilio, que supiera que haría por él lo que nadie más. Le gustaba España… y creyó estar metiéndose en un lío horroroso por ir aceptando la realidad.

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Vee~ Fratello, ¿te ocurre algo?

Italia llevaba hablándole como diez minutos seguidos y Romano no podía prestarle atención, con la vista fija en el otro lado de la sala, atravesando con los ojos al idiota de Austria, que hablaba tan cordial y hermosamente (como era) con España. Su jefe se reía divertido por alguna cosa que le decía y que, al parecer, no era divertido para el otro.

Pese a que la conversación no se viera sospechosa o con intentos de alguna otra cosa, el italiano mayor estaba lleno de celos. Quizá si hubiera estado hablando con Inglaterra, que era semi enemigo acérrimo de su jefe, hubiera estado menos perseguido que a verlo con la persona que lo entregó al mismísimo español y se quedó con su hermano menor.

—Bastardo…

Vee~ Cosa? ¿Qué es lo que pasa?

—¡Niente! —gruñó.

—Pero echas humo y estás tenso… —Su hermano menor parecía preocupado, pero él no estaba de ánimos en ese momento de charlar con alguien sobre sus problemas "románticos".

—¡Es porque hace calor! ¡Ya déjame, bastardo!

La discusión entre ambos se tornó como cualquiera de las que solían tener. Más allá del salón, España recibía los regaños usuales de Austria sobre cómo debió de haber educado realmente al muchacho italiano. Ciertamente, el español contó todo aquello como si fuera divertido en lugar de trágico, le parecía bien que Romano hubiese llegado a aprender a hablar español, por lo menos en media parte, y que siguiera tratándolo como a alguien en quien podía confiar.

Al parecer, quien se lo encomendó hacia tanto tiempo, no parecía gustarle el método práctico de "mejor que haga lo que quiera y sea feliz" y se encargaba de recordárselo cada vez que se encontraban.

Finalmente el moreno se fue y, de un momento al otro, Alemania apareció a su lado.

—Esos dos están peleando otra vez —le dijo, señalando a los hermanos y el alboroto en italiano que armaban en el fondo del salón—. Creo que a tu pupilo no le gustó que hablaras con Austria.

—Fue quien lo abandonó conmigo y se quedó con Italia del Norte. Romano no lo quiere… tanto —argumentó, observando la discusión que tenían.

Una mano en su hombro le hizo mirar hacia el lado contrario donde estaba Alemania. Francia también los veía, con una sonrisa pícara en lo que acomodaba su cabello sensualón.

—Yo creo que no le importó tanto eso, mon ami, más bien parecía que le molestaba que tocaran su territorio —Alemania giró la vista incómoda en otra dirección ante la mención de lo que él también creía, cruzándose de brazos. España vio al francés riéndose divertido de su conjetura y él no supo cómo apreciarlo… hasta cinco segundos después.

No podía ser menos obvio si hasta el alemán lo llegó a capturar.

—¡¿Él qué?!

—Creo que todas tus insinuaciones castas dieron validez —recalcó Francia con visible alegría y orgullo—. Qué tierno, enamorado de su ex jefe. No por nada eres el país de la pasión, ¿eh?

Pero España parecía estar hecho piedra con el alma casi saliéndosele por la boca.

—Oye, ¿qué te pasa? —Alemania lo tomó del hombro y lo sacudió para reanimarlo.

—Creo que el shock fue muy grave, ¡hay que darle respiración boca a boca! —dijo convencido el otro.

—¡No lo hagas! —revivió rápido el español, apartando de un empujón cauteloso a Francia, que se rió de lo lindo y le terminó dando palmadas divertidas en la espalda.

Si entre ellos se dijeron algo más, España no se percató. Se quedó observando cómo el italiano mayor tomaba del cuello de la camisa al menor y lo sacudía, dándole cabezazos muy a su estilo. Y lo miró intensamente un rato considerable, como si volviera a conocerlo otra vez, de otra forma…

Porque sí, desde que había comenzado a crecer quizá la cercanía se volvió de otra manera. Romano era tierno al principio, era abrazable y molestable y, si bien le quedó todo eso con el tiempo, a esa altura la ternura que tenía le provocaban ganas de no soltarlo nunca, los abrazos le parecían cortos y las bromas se hacían más insistentes, porque creía que era una buena forma de acercarse sin salir tan perjudicado o de asustarlo por hacerle ver que iba en serio.

¿Iba en serio?

Quería muchísimo al mocoso por el que pasó algunos pesares, en serio. Al verlo en sus momentos de vulnerabilidad hubo tenido tantas intenciones de acercarse sin presagios y demostrar lo que tenía…

Principalmente mientras descansaba; Romano tenía la costumbre de siempre estar sobre el lado izquierdo. No se le notaba tanto el entrecejo arrugado, ni la cara de pocos amigos, se veía relajado como si sintiera una paz de las buenas (las que ahuyentan todo tipo de pesadillas), además de tierno y muy desarmado. Como él; a veces dormía con los labios entreabiertos y su respiración era tranquila y pausada. No eran tan inconscientes los abrazos que terminaba dándole mientras dormían, menos en el último tiempo.

España deseaba que aquel gesto no se viera solamente amistoso o sin motivos… porque no era amistoso y tenía muchos motivos.

Entonces…

—¡Roma~! —El aludido le lanzó una cara de pocos amigos cuando le escuchó llamarle. No lo detuvo ni un poquito. Ya iban entrando a la casa de España luego del rejunte de países más temprano, donde el menor tuvo el descontento de verlo animado con Austria y el mayor el de haber despertado del juego parcial en el que estaba.

El italiano hubiera podido salir huyendo, pero antes de que llegara a su mente la idea de hacerlo, España lo había rebasado, encarado y cubierto con una mano su frente. Tampoco alcanzó a reprochar o preguntar qué hacía, porque su anterior jefe se limitó a mover hacia arriba la mano, deslizando así los cabellos de su rostro para poder acercarse y plantarle un beso allí.

—¡¿Q-Qué crees que estás haciendo, bastardo?! —Menuda sorpresa, su cara fue todo un poema de rojo y tomates y su pecho casi explota, en compañía de su estómago y el revoltijo que le propinó.

En seguida, España le sujetó de ambas mejillas, acercándose hasta unir sus frentes y así haciendo que se percatara de cómo los ojos verdes parecían inundarlo de la intensidad con la que lo miraban. Y el español tenía una expresión seria, una sonrisa que distaba de ser como las de costumbre.

—¡E-Estás muy cerca! —chilló. ¿Y por qué demonios no le hablaba o respondía algo? Trató de alejarse inútilmente, justo para verse atrapado en un abrazo roba almas que le tensó cada músculo del cuerpo. La siguiente bocanada de aire que entró a sus pulmones le permitió relajarse un poco y mostrarse un poco menos nervioso—. ¿Y-y a-ahora qué te pasa?

—Roma —suspiró, conteniéndose de cambiar de idea y llegar a decir otra cosa—. Si te digo lo que pasa, ¿no huirás aterrado?

—¡No me digas cobarde, bastardo!

—Pero lo eres —dijo el otro, separándose de él para verlo de frente, divertido. Romano tenía las mejillas rojas y trataba de no seguirle la mirada, se notaba visiblemente nervioso y tembleque, lo que le producía ternura… y calma, la calma siempre había sido un componente esencial para tratarlo en esas situaciones.

Sin calma, no habría llegado nunca a ese momento, donde acariciaba con sus pulgares las mejillas del muchacho que tanto quería y que, no tan repentinamente, tenía ganas de besar. Le acarició los labios con uno de sus pulgares, sutil y suavemente, recordándole a Romano cuando hubo hecho lo mismo hacía días a él. Se ruborizó más al verse prestando atención a eso. España se veía tan tranquilo…

—N-No v-voy a huir, tomate idiota —tartamudeó, cosa de apurarlo a hablar, porque comenzaba a tensarse demasiado de los nervios.

—Tú pareces el tomate ahora —Usó un tono burlón, pero la voz le sonó grave en los oídos a su compañero, que en serio ya no le gustaba estar en medio del salón en esa pausa momentánea. Casi hipa al verlo inclinarse otra vez en su dirección—. Un lindo y hermoso tomate.

—Idiota.

Cuando sintió sus labios por primera vez sobre los suyos, el corazón le latía tan desbordado que hubiera atinado a dar marcha atrás y salir corriendo si no hubiera tenido una de las manos de España en su nuca y la otra en su cintura. Como si el muy jodido supiera que podría llegar a querer huir de todas formas.

En realidad lo sabía, por eso lo mantuvo, por eso acarició con tersa suavidad su boca y tomó el tiempo de disfrutar cada segundo. Paciente, sé paciente. No fuera a terminar de acobardarlo; tenía que instarlo a continuar, a corresponder, no solo a dejarse hacer. El revuelo de las manos de Romano subiendo a su pelo en una caricia tranquila, mientras comenzaba a mover los labios en respuesta, le hizo sonreír ligeramente entre el beso.

Ahondó en sentido explorador, recorriendo la cavidad entera hasta que el menor optó por cortarlo, percatándose de la respiración agitada y de los nervios y del rubor alborotado que tenía. España observó a sus instintos decirle que se le lanzara encima ante la vista. Pero, en lugar de hacerlo, sonrió como solo él sabía, volviendo las manos a acunar el rostro ajeno para acariciarle las mejillas con cariño.

—Romano —murmuró, agachándose lo suficiente para seguir mirándolo directamente a los ojos. El muchacho se notó demasiado transparente en la mirada del otro. No podía lograr tranquilizarse y el rubor no lo abandonaba, estaba seguro de que temblaba como un papel y que se veía como lo más idiota del mundo. Pero los ojos de su acompañante no decían lo mismo, como de costumbre, lo veían como si fuera lo mejor del mundo.

¿Por qué era así?

—¡Maldito bastardo! —espetó, haciendo reír al otro. Un nudo de conmoción subiéndole por la garganta.

—Roma, te quiero —le dijo, en un susurro para que lo escuchara. El aludido casi siente otra vez al corazón casi salírsele del pecho.

No responde… con palabras. Lo besa por segunda vez, tomando la iniciativa, con el rostro en rojo y las lágrimas mojándole la cara.

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La especie de epílogo es lo que sigue. No lo anoté como three-shot porque, la verdad, el tercer capítulo es más un anexo que escribí de capricho y aunque me guste y forme parte posiblemente importante de la historia, no quita que lo importante esté en estos dos primeros, el tercero más bien es… especial.

Agradezco a quienes leyeron y, si llegaste hasta acá, ¡deja un comentario para saber qué pensás!

¡Cuídense mucho!

Ciao!