Nuestra Propia Condena
Un Fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Versión castellana de Miguel García
~ o ~
Parte Dos: No sea que venga la oscuridad
~ o ~
—¿Falta mucho para llegar a tu casa? —preguntó la mujer, arrebujándose
en el abrazo del hombre, como para protegerse de un frío inesperado.
—¿Por qué estás tan así? —preguntó el hombre, mirando a la nerviosa
mujer junto a él.
—El asesino ese de verdad me tiene asustada —dijo la mujer.
—Por favor, reina. La policía dijo que tal vez el que haya sido ya se se
fue hace mucho —dijo el hombre en tono tranquilizador.
—Dijeron en la radio que el cadáver estaba demasiado dañado para
identificarlo —dijo la mujer con un escalofrío—. ¿Qué clase de persona
hace algo así?
—Bueno, sea quien sea, lo van a atrapar pronto, no me cabe duda —dijo
el hombre—. Y no te preocupes. Conmigo estás a salvo.
—Lo sé —dijo la mujer—. Pero igual da miedo.
Él le quitó con una caricia un mechón de pelo de la cara y la besó en la
mejilla.
—Pensar en eso solo lo hace peor. Vamos, mi apartamento no queda
lejos. Ya lo sabes.
Pasaron junto a la entrada de un callejón que parecía bostezar en la
oscuridad como la boca de una cueva. Por un momento, la mujer tuvo la
extraña convicción de que sí era una cueva, de que, en algún lugar en
las profundidades que parecían apenas iluminadas por la brillantez de los
faroles, una bestia horrible esperaba.
Y luego pasaron de largo junto a la entrada del callejón, y ella se relajó.
Entonces sintió a su novio caerle pesadamente encima, y se dio vuelta
para preguntar qué pasaba, y las palabras murieron en su boca al ver el
ancho corte en la garganta de él, y lo oyó boquear sofocado y vio la
sangre que le manaba del cuello, manchando su blusa blanca. La silueta
sombría sacudió gotas rojas del resplandor plateado del cuchillo, y al
tiempo que ella gritaba y se zafaba del abrazo del hombre moribundo,
intentando huir desesperada, gritando una y otra vez, el desconocido ya
estaba sobre ella.
~ o ~
Ranma entró y fue hasta la mesa del desayuno, secándose el pelo rojo
mientras su padre caminaba muellemente tras ella como panda. Como con
la mayoría de sus prácticas matinales, esta había terminado con los dos
aterrizando casi simultáneamente en el estanque.
Los Tendo ya estaban sentados. Pero no había conversación entre ellos.
Solo un silencio luctuoso que le envió escalofríos por la espalda.
—Oigan —dijo, tratando de alivianar el ambiente—. ¿Por qué tan
tristones?
—Hubo otros dos asesinatos anoche —dijo Akane en una voz que sonaba
un tanto enferma. Las palabras de Cologne del día anterior vinieron como
un fogonazo a Ranma.
—Caramba —dijo Ranma, sentándose a la mesa—. Qué horror.
El señor Tendo bajó el diario y señaló la portada, donde una fotografía a
color mostraba a dos agentes levantando un cuerpo cubierto con una
sábana hasta la parte de atrás de una ambulancia, en una calle oscura
que a Ranma le pareció conocida. Debía parecerlo, se dio cuenta.
Quedaba como a una cuadra del restaurante de Ukyo. Reconoció el
letrero de la librería que se veía en el fondo.
—Hablan de un asesino en serie —dijo el señor Tendo, con partes iguales
de rabia y miedo mezcladas en la voz—. Un sicópata que ronda las calles
por la noche.
—No puede ser —dijo Ranma—. Esas cosas no pasan por acá.
—Bueno, por lo visto sí —dijo Nabiki.
Ranma miró hacia donde estaba ella. Nabiki apartó la vista y miró lo que
parecía ser un punto de la pared particularmente interesante.
Soun le pasó el diario. Ranma hojeó hasta el artículo, tratando de no
mirar el cadáver cubierto de blanco en la foto. El cuerpo mostrado
pertenecía a Norio Iwakiyo, de vientiséis años. Era, o había sido, un
prometedor socio en Transportes Okahashi. Había salido a caminar con su
novia, Etsuko Akamori, de diecinueve años, que había sido secretaria en
Okahashi. Ella estaba desaparecida, aunque se encontró una pequeña
cantidad de su tipo de sangre en la escena. El hombre había muerto por
una única herida cortante en el cuello; no se había encontrado ningún
arma en la escena. La policía había concurrido al lugar tras la llamada de
vecinos denunciando una mujer que gritaba, cerca de las once treinta. A
la llegada de los efectivos, Norio estaba muerto y Etsuko desaparecida.
La policía no descartaba la posibilidad de que el asesinato de Norio y la
desaparición de Etsuko estuvieran relacionados con el brutal asesinato
del hombre que ahora había sido identificado como Hiroji Nishiki, de
sesenta y nueve años, sacerdote sintoísta...
Ranma dejó el diario, incapaz de seguir leyendo. Cologne había tenido
razón, por mucho que Ranma deseara que estuviera equivocada. El
santuario había sido apenas el comienzo.
—Bueno, comamos —dijo Kasumi con su acostumbrada sonrisa jovial.
Pero en sus ojos, Ranma podía ver reflejado todo lo que mostraban las
caras de los demás.
Por sabroso que estuviera, ni Ranma o su padre parecían tener apetito
para el desayuno de Kasumi. Los eventos estremecedores de la noche
previa se cernían sobre la mesa como una nube sombría, y si se hacía
conversación, era escasa.
Apartando su tazón a medio terminar, Ranma se levantó de la mesa.
—Perdón por no terminar, Kasumi —dijo Ranma—. Es que no ando con
mucha hambre. Si alguien me necesita, estoy en el dojo.
—Señor Saotome, ¿le gustarían las sobras de Ranma? —dijo Kasumi.
"No gracias", dijo Genma, levantando uno de los letreros que eran su
medio de comunicación cuando era panda. El panda se levantó, bostezó
y siguió a su hijo, de momento hija, al baño.
Ranma empezó a llenar de agua la gran bañera, luego se dio vuelta para
cepillarse los dientes en el lavabo. Detrás de ella, su padre se paseaba
de un lado a otro en cuatro patas, con sus garras haciendo sonidos
raspantes en las baldosas.
—¿Te quieres dejar de hacer eso? —dijo Ranma, volviéndose—. Me tienes
nervioso con tanto rasquido de uñas.
El panda balbuceó algo que probablemente habría sido una disculpa si
hubiera tenido la capacidad del habla, luego se sentó en el banquillo que
estaba en frente de la bañera y comenzó a asearse.
Ranma fue al piso de arriba en busca de ropa limpia para ella y su padre
mientras esperaba que la bañera se llenara. Nabiki se dirigía a su
habitación cuando Ranma llegó arriba; Ranma le dio una sonrisa vacilante,
pero Nabiki no hizo más que cerrar la puerta del cuarto sin siquiera verla.
Suspirando, Ranma esperó no haber hecho sentir demasiado mal a Nabiki;
quizá no había sido necesario ser tan franco como había sido, incluso si
Nabiki se lo había pedido. Tomó un par de pantalones cortos y una
camiseta para él, y uno de los más o menos diez gi idénticos que
colgaban en el lado del armario correspondiente a su padre.
Volviendo al cuarto de baño, encontró la bañera casi llena y a su padre,
ahora devuelto a la forma humana, ya remojándose. Ranma se quitó la
ropa sucia y se internó agradecido en el agua caliente, cambiando
rápidamente de vuelta al sexo con que había nacido.
—Buena práctica esta mañana, pa —dijo Ranma. Su padre asintió, luego
se deslizó más adentro en el agua hasta que solo la cabeza le quedó
fuera.
—Estoy preocupado, Ranma —dijo Genma, con los ojos cerrados.
—¿Por los asesinatos? —dijo Ranma.
—Así es.
—Yo también, papá. Cosas así nunca suceden por aquí; rayos, hasta
dicen que podría ser un asesino en serie, como los que hay siempre en el
occidente.
—Ten cuidado, Ranma.
—Pa, voy a estar bien. Cualquier sicópata que intente agarrarme se va a
llevar tremenda sorpresa —dijo Ranma, ufano.
—Alguien que hace estas cosas no tendrá interés de desafiarte
formalmente, Ranma —dijo Genma—. No es un guerrero. Es un asesino.
Ten cuidado, hijo.
—Bueno, papá. Me voy a cuidar.
Terminaron su baño en silencio, se vistieron y dejaron la compañía del
otro. Genma se fue a jugar unas rondas de shogi con Soun, mientras que
Ranma se dirigió al dojo. Había acordado reunirse con Akane después del
desayuno para practicar más; ella ya estaba allí, ejecutando con fluidez
los movimientos que él le había enseñado el día anterior. Ranma la miró
desde la entrada, a su cuerpo ágil y atlético pasar por los movimientos
gráciles, convirtiéndolos casi en una danza. Sonrió, con afecto y un
poquito de orgullo al observarla.
—¿Lista, Akane? —dijo por último, entrando al dojo. Akane se volvió hacia
él y entró en una postura de combate.
—Claro que sí, Ranma —dijo—. Pruébame y vas a ver.
Ranma la puso a prueba. Dieron círculos uno en torno al otro por un
momento, y luego Akane tiró un puñetazo rápido, seguido de una patada,
y el combate de entrenamiento empezó. Ranma esquivaba y se
escabullía; cada ataque de Akane lerraba por apenas unos centímetros.
—Demonios, Ranma, ataca —dijo Akane con un gruñido.
Él podía ver que se estaba frustrando; aun cuando podría haber evadido
sus ataques durante horas, Ranma podía ver que ella solo vería aquello
como una burla.
No se fue con todo contra ella; no le hacía falta. A los pocos segundos
después de haberse movido, Akane estaba tirada de espaldas, sin aliento
en el piso del dojo.
—Vas mejorando —dijo Ranma—. Casi lograste esquivarme el primer
golpe.
—G...G... Gracias —dijo Akane un tanto ahogada—. Creo.
Ranma le ofreció una mano. Ella estiró la suya débilmente para asirla.
Entonces su sujeción se volvió de hierro, y pareció perder el vahído que
había parecido tener. Sorprendido, Ranma fue hecho caer de un tirón, y
arrojado al suelo con el brazo torcido detrás de la espalda.
—Sorpresa —dijo Akane.
—Tramposa... —murmuró Ranma—. Te estabas haciendo.
—Niahhhh —dijo Akane, sacándole la lengua.
Ranma se liberó de la llave y agarró las piernas de Akane, la tumbó al
suelo, la aprisionó contra el piso y le hizo cosquillas en los costados.
Akane reía incontrolablemente, entre gritos exijiendo que se detuviera, y
amenazas con varios y terribles destinos. Ranma se detuvo y se tendió al
lado de ella en el piso del dojo, mirando y sonriéndole a su prometida, que
tenía la cara roja y todavía se estaba riendo.
—Eso te va a enseñar a no tratar de engañarme —dijo él.
—¿Tratar? Te engañé. Dame un poquito de mérito —dijo Akane,
sonriéndole.
El momento grato fue interrumpido por un fuerte sollozo proveniente de la
casa. Ranma estuvo de pie y corriendo en un momento, con Akane
siguiéndolo presurosa. En la sala de estar, Soun estaba de rodillas,
aferrado a la bastilla del vestido de Kasumi, en presencia de Genma, que
miraba a su amigo con gesto de exaspetación. Las lágrimas corrían por la
cara de Soun.
—¡No, Kasumi! ¡No vayas al mercado! ¡Por favor! Nunca podré
perdonármelo si algo te sucede —hipaba—. Por favor, por favor, por favor
no vayas.
—Papá, por favor —dijo Kasumi con voz suave—. Es pleno día. Voy a
estar bien.
—Pero voy a quedar tan preocupado cuando salgas —sorbeteó Soun—.
Por lo menos déjame ir contigo.
—No es necesario, papá —dijo Kasumi—. Ahora, quédate aquí y termina
tu juego con el señor Saotome. Me voy a ausentar una hora y nada más.
Hay cerveza helada en el refrigerador, y un plato de bocadillos en el
aparador de la cocina para ustedes dos.
—Kasumi, por favor. Déjame ir contigo —imploró Soun, cediendo en su
agarre del vestido de Kasumi.
—Papá, si de verdad estás tan nervioso, no dudo que Ranma querrá venir
conmigo, ¿verdad Ranma? —dijo Kasumi, mirando hacia donde Ranma y
Akane observaban la escena en silencio.
—¿Eh? ¿yo? —dijo Ranma, confundido. Kasumi asintió con la cabeza.
—Sí, sí, qué maravilla de idea, Kasumi. ¡Ranma! ¿Protegerás a mi hija
mayor, verdad? —dijo Soun, gateando hasta Ranma y agarrándosele de
una pierna.
—Claro, señor Tendo —dijo Ranma—. Si así se siente mejor.
—Ay, gracias Ranma. Gracias, gracias, gracias —dijo Soun.
Genma vino y palmoteó a su amigo en el hombro:
—Venga, Tendo. La crisis ya pasó. Y aún necesito derrotarlo.
Soun se puso en pie y se sacudió la ropa:
—Como si le fuera posible, Saotome. Ten cuidado, Kasumi —dijo,
alejándose.
—¿Nos vamos, Ranma? —dijo Kasumi.
—Yo también voy —dijo Akane—. Si no te molesta, Kasumi.
—En realidad, Akane, ¿sabes qué me ayudaría más todavía? —dijo
Kasumi.
—¿Qué?
—¿Podrías pelar las verduras que están en el aparador mientras
volvemos? Las necesito para el almuerzo.
—Claro, Kasumi —dijo Akane, contenta de poder trabajar en la cocina—.
Tal vez podría cocinar también algo para el almuerzo.
A espaldas de Akane, Ranma hacía gestos frenéticos a Kasumi, diciendo
que no con la cabeza y señalando a Akane.
—Sería una maravilla, Akane —dijo Kasumi, poniéndose una mano sobre la
sonrisa mientras miraba a Ranma.
—¡De acuerdo! ¡Me encargo de inmediato! —dijo Akane, y se precipitó a
la cocina.
—¿Te das cuenta de lo que hiciste, verdad? —dijo Ranma mientras salía
con Kasumi y echaban a andar hacia el mercado.
—Akane mejorará si practica, Ranma, no hay otro modo —reconvino
Kasumi con suavidad—. Y tú deberías alentarla más. En realidad cocina
para ti, a fin de cuentas.
—¿Cómo, para mí?
—Bueno, siempre quiere que tú pruebes lo que cocina —dijo Kasumi—. Es
a ti al que trata de impresionar.
—Ojalá encontrara otra manera que no fuera con lo que cocina —dijo
Ranma.
—Además —dijo Kasumi—, quería hablar contigo sin que ella estuviera.
Ranma estaba empezando a notar una angustiosa similaridad en el
enfoque de la conversación entre él y los demás miembros de la casa en
las últimas veinticuatro horas.
—¿De qué? —suspiró.
—¿Cómo se han estado llevando tú y Akane últimamente? —dijo Kasumi.
—Nos llevamos bastante bien —dijo Ranma.
Kasumi sonrió:
—Qué bueno, Ranma. Tú y Akane son un encanto de pareja.
—¡Oye! ¡Nosotros no somos...! —empezó Ranma.
Una mirada casi reprobatoria pasó por las facciones de Kasumi, y el
muchacho se detuvo.
—Ranma, con negar lo que sientes no haces más que daño a todos los
que te rodean. Sé que es probable que tu padre te haya dicho siempre
que escondas las emociones, pero a veces eso no es lo correcto. Si
intentas ocultar lo que sientes por alguien, esos sentimientos no se van a
ir —dijo Kasumi.
—Me imagino que no —dijo Ranma.
—Me alegra ver que tú y Akane se estén llevando tan bien últimamente.
Será lindo tenerte como parte de la familia.
—Gracias, Kasumi —dijo Ranma, decidiendo no dar origen a ninguna
discusión acerca de si se volvería o no parte de la familia.
—Hay otra cosa más de la que quería hablar contigo —dijo Kasumi.
—¿Qué cosa, Kasumi?
—¿Le dijiste algo a Nabiki ayer? ¿Algo que pudiera haberla hecho sentir
mal?
Ranma puso cara de asustado y no contestó.
—Por favor, Ranma —siguió ella—. Sé que está dolida por algo.
—Sí —dijo Ranma con gesto de culpa—. Creo que tal vez fue culpa mía.
—¿Qué le dijiste? —dijo Kasumi, sin sonar enojada con él.
—Me preguntó si no me caía muy bien —dijo Ranma, arrastrando los pies
mientras caminaba junto a Kasumi.
—¿Y?
—Y le dije la verdad —dijo Ranma.
—¿Y cuál era?
—Que no me cae muy bien —dijo Ranma con voz exigua, esperando que
Kasumi le gritara. En cambio, ella no hizo sino exhalar un suspiro corto.
—Ranma, Nabiki es una persona difícil de querer —dijo Kasumi—. Pero
tiene sus puntos buenos.
—¿Como cuáles? —bufó Ranma, y lo lamentó de inmediato.
—Pues, ¿quién crees que paga las reparaciones del dojo cada vez que tú
o uno de tus amiguitos le hace un agujero de un puñetazo? ¿De quién
son los portafolios de inversiones que son la principal fuente de ingresos
de la casa? —dijo Kasumi.
—De Nabiki —musitó Ranma.
—Todos desean sentirse queridos, Ranma. Aunque en la superficie no
parezca importarles lo que la gente piense de ellos. Aunque a veces
hagan cosas que hagan enojar a los demás.
Ranma asintió menesterosamente con la cabeza. Veía cada vez más que
había cometido una equivocación al dejar así a Nabiki ayer.
—Supongo mejor me disculpo con ella cuando volvamos —dijo.
—Me parece excelente idea, Ranma —dijo Kasumi, con una sonrisa.
Ya casi habían llegado al mercado; Ranma miró hacia el santuario cuando
pasaron junto a él. Las barreras de la policía aún lo rodeaban, y varios
agentes entraban y salían, como el día anterior. Había una pequeña
aglomeración de curiosos, pero el grueso de la gente que pasaba
apartaba los ojos del santuario. Una levísima expresión de descontento
pasó por la cara de Kasumi al mirar el santuario, y luego el gesto
desapareció como si nunca hubiese estado allí.
Había unas cuantas personas en el mercado, andando entre los
anaqueles y eligiendo sus compras. Ranma sostenía el canasto de
compras mientras seguía a Kasumi por la tienda, y ella depositaba en
este lo que escogía. Kasumi era una compradora cuidadosa; adquiría lo
más posible aquello que estuviera en oferta, comparando minuciosamente
precios y tamaños antes de elegir qué producto llevar. Cuando hubo
terminado, llevaron las provisiones al mostrador y esperaron en la fila
unos minutos hasta que les tocó el turno. El dueño de la tienda sonrió al
ver a Kasumi. Era un hombre algo regordete, de poco menos de
cincuenta años, con el pelo casi desaparecido del todo.
—Buenos días, Kasumi —dijo—. Siempre un placer ver tu bello rostro por
aquí.
—Me halaga, señor Ikesaka —dijo Kasumi—. ¿Cómo va el negocio?
El tendero suspiró mientras anotaba las compras en la antigua caja
registradora.
—No tan bien como de costumbre esta mañana. Creo yo que mucha
gente está nerviosa de venir por aquí, hasta de día, como ese asesinato
del santuario ocurrió tan cerca de aquí.
—Ojalá atrapen pronto a quien esté haciendo estas barbaridades —dijo
Kasumi, pasándole varios billetes al tendero. Este le pasó el cambio y
asintió con la cabeza.
—Todos los que han venido a la tienda hoy han parecido muy nerviosos
—dijo—. La posibilidad de que pueda ser una sola persona la que cometió
esos tres asesinatos es muy inquietante. Cuídate, Kasumi.
—Usted también, señor Ikesaka —dijo Kasumi, haciéndole una alegre seña
al salir de la tienda, Ranma siguiéndola con el canasto ahora lleno de
compras.
El trayecto a la casa fue grato, pero Ranma empezó a notar el aire de
nerviosismo y aprensión que pendía sobre todos los que pasaban. Las
expresiones normalmente amigables de la mayor parte de la gente habían
sido reemplazada por ceños fruncidos y miradas de desconfianza a la
gente que no parecía conocida. Había miedo en el aire, la respuesta
natural ante la serie asesinatos brutales y en apariencia sin motivo, tan
cerca del lugar donde vivían. Esto era cosa de las películas y de los
lejanos Estados Unidos, no de un lugar pacífico como este.
—Todos andan tan asustados —dijo Ranma a Kasumi en voz queda.
Ella asintió con la cabeza, con su larga coleta meneándosele sobre el
hombro.
—Lo sé —dijo Kasumi—. Horrible, ¿verdad?
—Eso.
Llegaron pronto a la casa. Cuando Ranma abrió la puerta y entró, lo
primero que le llegó fue el olor. Era una suerte de mixtura entre caucho
quemado y aguas cloacales, que lograba combinar los peores aspectos
de ambos, al tiempo que dejaba fuera los mejores aspectos, como el
hecho de que esos olores se restringieran generalmente a los basurales o
a las instalaciones de tratamiento de aguas servidas, en lugar de
presentarse en las casas. Ranma tenía bastante certeza de dónde venía
el olor.
—¿Ya llegaste, Ranma? —llamó Akane—. ¡Quiero que pruebes mi pastel!
¡Yo misma inventé la receta!
Ranma soltó un lamento y miró suplicante a Kasumi.
—Todos tenemos que hacer sacrificios por la gente que nos importa
—dijo Kasumi, sin rastro alguno de humor—. Pero hay sacrificios más
grandes que otros.
—¡RANMA! —llamó Akane—. ¡Más te vale que vengas y te lo comas ya!
¡Parece que se va prender en llamas de nuevo!
Se oyó el sonido de alguien rociando un extintor de incendios sobre algo,
posiblemente algo parecido a un pastel. Deglutiendo, Ranma enfiló a la
cocina, tratando de recordar si se había tomado la molestia de hacer un
testamento. Quizá después de que muriera de retortijones a las entrañas,
podrían usar su cuerpo para inventar alguna especie de antídoto contra
la comida de Akane.
Con nobleza de rey depuesto en camino a la guillotina, o de líder rebelde
enfrentando al pelotón de fusilamiento del dictador corrupto, Ranma
contuvo la respiración, se apretó la nariz y entró a la cocina.
~ o ~
Entre quejido y quejido, Ranma entró tambaleante a su habitación y se
derrumbó sobre el futón, sintiendo el estómago enviarle ondas de
protesta por el cuerpo entero. Por suerte, solo había probado un bocado
del pastel de Akane antes de que este inesperadamente ardiera en
llamas. Mientras Akane luchaba por apagarlo, Ranma balbuceó algo
acerca de tener que ir al baño, con la voz ahogada por el pedazo de
pastel duro como la piedra que había escondido en una mejilla. Aún así,
algo del sabor consiguió infiltrársele hasta el estómago, y el muchacho
había subido volando las escaleras y había escupido el pastel en el
excusado del segundo piso. Luego había tirado la cadena. Oyendo
ominosos retumbos en las cañerías, tiró de la manija infructuosamente
unas cuantas veces, luego suspiró y sacó la sopapa de debajo del
lavabo. Tardó un rato hacer que volviera el pastel, dado que tenía mucha
más densidad que el agua que lo rodeaba, pero al fin Ranma consiguió
desatascarlo de las cañerías. Sin saber qué más hacer con él, lo tiró al
basurero que estaba junto al lavabo y le echó un par de hojas de papel
higiénico encima para ocultarlo a la vista. Para entonces, estaba
empezando a sentirse un tanto mal, y había decidido ir a tenderse
durante un rato. Luego, el sabor del pastel empezó a hacerle total
efecto, y todo cuanto podía hacer ahora era quedarse acostado
padeciendo encima del futón. Se preguntó si no sería mejor dejar de
combatir las ganas de vomitar, y dejar que el cuerpo expeliera las toxinas
de su organismo. Pero, a menos que quisiese vomitar encima de la cama,
ello requería que se levantara del piso. Ranma decidió quedarse tirado allí.
Después de lo que pareció ser una hora, pero que más probablemente
fueron como cinco minutos, alguien entró a la habitación. Desde su
posición en el suelo, Ranma no podía distinguir detalles, salvo los pies
descalzos, que eran morenos y callosos.
—Eh, pa —consiguió graznar Ranma.
—Hola, hijo —dijo Genma, agachándose—. ¿Todo bien?
—El pastel de Akane, nada más —dijo Ranma—. Voy a estar bien en unas
horas.
—Bien, eso es bueno —dijo Genma. Ranma soltó un quejido al golpearlo
otra oleada de retortijones, y Genma incómodamente le palmoteó el
hombro—. Ya, ya, hijo. Fuerza.
Luego la cara de Genma se elevó, saliendo de la vista de Ranma, y sus
pies caminaron suavemente por el piso hasta la cómoda.
—¿Qué estás haciendo, papá? —dijo Ranma.
—Sacando algo de mi dinero guardado —dijo—. Hay que pedir comida a
domicilio. La cocina no volverá a funcionar por lo menos hasta la hora de
cenar.
Eso significaba que no habría ninguna de las suculentas comidas de
Kasumi, pensó Ranma desilusionado. Por otro lado, eso significaba que
Akane no podría tratar de cocinar nada más por el día.
—Trata de dormir, hijo. Puede que eso te ayude a sentirte mejor. Llama a
Kasumi si necesitas algo —dijo Genma, apagó la luz y cerró la puerta con
suavidad.
Ranma se quedó tendido en la oscuridad por unos minutos antes de caer
en un sueño intranquilo. Su último pensamiento antes de dejarse llevar
fue su promesa a Kasumi de hablar con Nabiki cuando volvieran a la casa;
tendría que acordarse de hacer eso más tarde, cuando no se sintiera
como si fuera a morir en cualquier momento.
~ o ~
Ranma flotaba sobre nubes sedosas, todo en torno a él era diáfano y
azul. Estaba en paz, el dolor ardiente que había sentido antes
reemplazado por una frescura milagrosa que le permeaba el cuerpo
entero. Ranma pestañeó y terminó de despertar en la habitación oscura.
Alguien le enjugaba la frente con un paño suave y húmedo, susurrándole
en tono tranquilizador. No podía distinguir quién era.
—¿Ailen? —dijo una voz alegre con fuerte acento chino—. ¿Ya despierto?
—Hola, Shampoo —voznó Ranma, sus ojos ajustándose lo suficiente a la
oscuridad para poder distinguir a la amazona sentada junto a él.
—Pobre Ailen —dijo la muchacha con voz de compasión, volviendo a
enjugarle la frente—. Shampoo preocupada que comida de la violenta
termine matando a ailen. Debes quedar con Shampoo, ella mucho mejor
cocinera.
—Ahí tienes razón —dijo Ranma con una risa corta—. ¿Pero cómo llegué
aquí?
—Shampoo viene a entregar ramen para familia —dijo ella—. Ver que tú
no ahí y cocina destruida. Shampoo bien segura qué pasó.
—Akane se va a enojar si te encuentra aquí —dijo Ranma, preocupándose
también por las conclusiones que Akane pudiera sacar si lo encontraba a
él y a Shampoo juntos en un cuarto oscuro.
—Shampoo puede con violenta —dijo Shampoo con tono petulante—. Esa
no da pelea a Shampoo. Tal vez Shampoo vaya a desafiar ahora, mostrar
quién es mejor esposa para esposo.
—Shampoo, no —dijo Ranma. Se incorporó hasta una postura sentada,
sintiéndose mejor que como se había sentido antes de dormirse—. Yo
nunca, nunca te voy a perdonar si le haces algo a Akane. ¿Entiendes?
Shampoo miró al piso y no contestó. Ranma le asió las muñecas sin
mucha fuerza, hasta que ella lo miró a la cara.
—Shampoo —dijo Ranma, las palabras saliéndole más duras de lo que
pretendía—. ¿Entiendes?
—Shampoo entiende —dijo ella, asintiendo—. ¿Y por qué a Ranma importa
tanto la violenta? Esa no su esposa como Shampoo.
—Shampoo... —dijo Ranma, percatándose de que si alguna vez quería
tener alguna oportunidad con Akane, tendría que hacer algo en relación a
las otras mujeres de su vida—. Tenemos que hablar.
Shampoo no dijo nada, pero se le veía el temor en los ojos. Por último,
asintió con la cabeza, y la agachó.
—¿Puedes reunirte conmigo en el café que está cerca de tu restorán?
—dijo Ranma.
Los ojos de Shampoo se iluminaron.
—¡Ah! ¡Ranma quiere salir con Shampoo! Shampoo preocupada que
Ranma quiere hablar de otra cosa. Bueno, Shampoo ve a Ranma después
—dijo con voz jubilosa.
Antes de que Ranma pudiera decir algo más, ella lo envolvió en un abrazo
apretado, saltó a la ventana abierta de la habitación y salió. Ranma podía
ver su largo pelo morado ondear tras ella en su ruta por los tejados, de
regreso al Nekohanten.
Pensó en la sonrisa que Shampoo parecía tener siempre, en cómo ella
siempre estaba contenta de verlo. Esperó no hacer irse para siempre a
esa sonrisa con lo que tenía que decirle.
El recuerdo de Nabiki llorando junto al estanque volvió a él; ¿sería acaso
su destino hacer daño a las mujeres que conocía?
—Mejor voy a hablar con ella —dijo, y se puso en pie.
Ya lo había pospuesto demasiado, de todos modos. Ranma salió del
cuarto a oscuras hacia el pasillo. Era de esperarse que ya todos hubieran
terminado de almorzar, y que Nabiki estuviera en su respectiva
habitación. Ranma caminó hasta su puerta y golpeó.
—Adelante —dijo la voz de Nabiki desde atrás de la puerta. Ranma giró la
perilla y entró en el cuarto. Nabiki estaba tendida en la cama, con shorts
camiseta, hojeando una revista de modas con expresión de aburrimiento.
—Ehm... hola, Nabiki —dijo Ranma, titubeando nerviosamente en el
umbral.
Nabiki levantó la vista hacia él y luego devolvió los ojos a la revista.
—¿Qué quieres, Ranma? —dijo.
—Quería hablar contigo sobre lo que dije ayer.
—¿Qué pasa con eso?
—Solo quería decir que lamento lo que dije. Estaba medio tenso en ese
momento, y creo que me desquité contigo —dijo Ranma.
—Pero lo que dijiste era cierto de todos modos, ¿no, Ranma?
—No es tan así como lo dije. Nabiki, tú me haces enojar mucho, pero...
en el fondo, yo sé que no eres mala persona. Lo que pasa es que tú y yo
somos gente muy distinta. Tú eres inteligente, y yo pienso más que nada
con los puños. Supongo que no te puedo culpar por tratarme como me
tratas.
—Ranma, yo también lo siento —dijo Nabiki, dejando la revista—. Yo
también te he hecho cosas que no fueron muy simpáticas. Creo que
nunca te he pedido perdón, pero si tú tienes los pantalones de
disculparte conmigo, creo que no puedo menos que hacer lo mismo
contigo.
—Bueno, Nabiki —dijo Ranma—. Te veo por ahí, ¿sí?
—Claro que sí. Vivimos en la misma casa.
Ranma sonreía al irse, un gran peso levantado de su mente. Los últimos
dos días habían sido sencillamente grandiosos.
Excepto por los asesinatos; eso proyectaba una sombra sobre todas las
cosas. Por sí solos ya hubieran sido lo bastante malos, pero junto con
ellos estaban todas las cosas que Cologne le había dicho; de verdad
tenía que ir a hablar con la vieja. Puede que ella le dijera más de lo que
había dicho antes.
Si ella estaría dispuesta a hablar con él después de lo que le iba a decir a
su bisnieta, era un asunto en el que Ranma no tenía gran deseo de
pensar. En este momento, no tenía gran deseo de pensar en nada. Había
estado pensando mucho últimamente; ya tenía suficiente por ahora.
Ranma estaba descansando junto al estanque del patio cuando oyó a
Kasumi hablar con alguien en el pórtico trasero. Levantó la cabeza y
escuchó.
—Está allá fuera, Ryoga —oyó decir a Kasumi.
—Gracias, Kasumi —contestó la voz de Ryoga.
—¿Te gustaría quedarte a comer esta noche?
—¿Hmm? No, no quisiera molestar.
—Pero si no es molestia. A Ranma y a Akane les encantaría verte, no me
cabe duda.
—Bueno, está bien. Si no es molestia.
—Maravilloso. ¿Por qué no te quedas en la casa después de que hables
con Ranma? No sería bueno que te perdieras sin querer.
—Bueno, Kasumi. Muchas gracias.
—Hasta pronto, Ryoga.
Se oyó el sonido de las pisadas livianas de Kasumi que volvían a entrar en
la casa, y luego Ranma pudo oír la carrera furiosa de Ryoga por el patio
en dirección a él.
—¡RANMA! ¡Apróntate a morir!
Ranma movió la cabeza a un lado al oír el silbido del paraguas que
descendía. Este contundió el suelo junto a su cabeza y dejó un cráter
pequeño. Ranma tiró una mano hacia arriba y la detuvo a un par de
centímetros de la nariz de Ryoga. El muchacho perdido se detuvo en el
proceso de levantar el paraguas para asestar otro golpe.
—Qué tal, Ryoga —dijo Ranma con voz alegre—. ¿Y ahora qué hice?
Ryoga colgó el paraguas sobre su mochila y levantó a Ranma tirándolo del
cuello de la camisa. Se hurgó en los bolsillos con una mano y sacó un
pedazo de diario arrugado. Era el artículo que Ranma había leído esa
mañana, sobre el asesinato de la pareja de anoche.
—¡Qué significa esto, Ranma! ¡Cómo dejas que ande un psicópata asesino
en el vecindario! ¡Akane podría estar en peligro! —vociferó Ryoga,
rabioso.
—¡Espérate un poco! ¿Cómo me haces responsable por algo así? —dijo
Ranma con un tono de voz irritado.
—¡Tú eres el responsable de todo lo demás que ocurre por aquí!
—contestó Ryoga, zamarreando a Ranma.
—Carajo, Ryoga, ¿qué tengo que ver yo con eso? —dijo Ranma, su enojo
creciendo. Detestaba que lo culparan por cosas que no eran falta suya,
en particular cuando lo hacía Ryoga, que culpaba a Ranma por todo lo
malo que le había sucedido. Eso se debía posiblemente a que Ranma sí
era el responsable de casi todo lo malo que le sucedía a Ryoga, pero de
seguro no podía esperase que él fuera el responsable de esto.
—¿Que qué tienes que ver tú? ¿Qué tienes que ver tú? —exclamó Ryoga.
Entonces una infrecuente expresión pensativa le pasó por la cara—. ¿Qué
tienes que ver tú? —dijo reflexivamente. Luego soltó a Ranma y meneó la
cabeza—. Bueno, me imagino que no tendrás nada que ver. Ni tú caerías
tan bajo como para matar gente.
—Gracias por el voto de confianza —masculló Ranma.
—Perdón por perder un poco el control —dijo Ryoga—. Llegué a la ciudad
esta mañana y vi el artículo del diario, y pensé en lo cerca que quedaba
de la casa de Akane, y...
—Está bien, Ryoga. Andan todos nerviosos con los asesinatos estos. Yo
también ando preocupado.
Ryoga asintió. —¿Tiene idea la policía de quién es?
—La verdad, no sé. Unos dicen que es un asesino en serie, como los que
hay siempre en Gringolandia —dijo Ranma.
—Maldición. Ojalá hubiera algo que pudiéramos hacer.
—¡Ah! Me hiciste acordar. Siéntate un rato, Ryoga, quiero hablar contigo
—dijo Ranma, chasqueando los dedos.
—Bueno —dijo Ryoga con cierta suspicacia, se sentó y puso el paraguas
rojo junto a él, pero dejó el mango de madera a fácil alcance.
Ranma se sentó a su lado y le contó lo que Cologne le había dicho el día
anterior en la bodega del Nekohanten. Cuando terminó, Ryoga apoyó el
mentón en una mano y clavó la mirada en el estanque.
—Interesante —dijo—. Entonces, la momia dice que hay más de lo que
parece en estos asesinatos.
—Yo creo que sí —dijo Ranma—. Me interesó más lo que dijo de todos
nosotros teniendo un papel que cumplir en lo que venía. Estaba tratando
de imaginar a qué se refería.
—¿A quién crees que se refería?
—Bueno, a mí, supongo. Y a ella también. Y tal vez a Shampoo y a
Mousse. Y a ti también, ya que eres la primera persona con quien me han
dado ganas de hablar de esto —dijo Ranma, rascándose la cabeza
contemplativamente.
—¿Crees que haya podido incluir a Akane? —dijo Ryoga.
—Ojalá que no.
—Ojalá —dijo Ryoga, y suspiró.
—En fin. ¿Dónde has andado las últimas dos semanas?
Ryoga se sonrojó y mostró una inusitada sonrisa:
—Donde Akari.
—Miren el marrano suertudo —dijo Ranma, dándole a Ryoga un codazo
leve en las costillas. Ryoga lo miró con cara de enojo.
—Cállate, Ranma —dijo sin mucha rabia verdadera.
—Y, ¿cómo te llevas con Akari? —dijo Ranma. Él había puesto empeño
para emparejar a Ryoga con Akari, en parte por creer que con eso podía
deshacerse de este, pero también porque creía que Ryoga merecía un
poco de felicidad en su vida.
La sonrisa de Ryoga se ensanchó más aún:
—Ah, es maravillosa, Ranma. Es amable, y tierna, y cariñosa, y hermosa,
y ni siquiera le molesta que yo me convierta en esa criatura atroz.
—¿De verdad estas contento con ella, entonces?
Ryoga afirmó con la cabeza. —No puedo creer que al principio pensé que
se estaba burlando de mí. Hombre, hay que ver como le gustan los
cerdos.
—¿Entonces me imagino que te vas a olvidar de Akane?
—¿Qué? ¿De dónde sacas eso? Yo... —dijo Ryoga. Entonces exhibió una
sonrisa algo amarga, y volvió a mirar el estanque—. Me estoy pareciendo
a Kuno, ¿ciertp?
—Algo así —dijo Ranma con una sonrisa. Le complacía el estar llevándose
tan bien con Ryoga en este momento. Si tan solo pudiera conseguir que
Ryoga se olvidara de Akane y se concentrara en Akari, las cosas estarían
fabulosas.
—No sé, Ranma. En lo profundo de mi alma, sé que Akane me quiere solo
como P-chan. Pero aún así no puedo soportar dejarla atrás.
—¿Por eso te fuiste de la casa de Akari? —dijo Ranma.
—En realidad, salí a dar de comer a los cerdos, y creo que me confundí y,
antes de darme cuenta, terminé aquí. De verdad debería llamarla y decirle
que estoy bien.
—Ryoga —dijo Ranma, tratando de pensar en la mejor manera de abordar
el tema—. Las cosas han estado un poco distintas entre Akane y yo
últimamente.
—¿Cómo "distintas"?
—No hemos peleado tanto como antes. Y como que estamos más unidos
desde la última vez que te vi.
—Ah —dijo Ryoga, mirando el suelo—. ¿Dime algo, Ranma?
—¿Qué, Ryoga?
—¿De verdad te interesas por Akane? ¿Más que como amigo?
—Sí, Ryoga. Creo que eso es lo que te trato de decir —dijo Ranma,
observando con cuidado la cara de Ryoga. Le sorprendió ver que otra
sonrisa cruzaba la cara de Ryoga.
—Me alegra oír que al fin lo aceptas, Ranma —dijo Ryoga—. Me di cuenta
hace mucho tiempo, creo. Pero hasta ahora, no lo sabía con seguridad.
—Creo que yo tampoco sabía —dijo Ranma con una risa.
—Espero que tú y Akane sean muy felices juntos.
Ranma pestañeó.
—¿De verdad lo dices en serio, Ryoga? —dijo. Ryoga asintió con la
cabeza.
—Creo que sí. Akari y yo también nos hemos compenetrado —dijo Ryoga,
con un profundo rubor.
—¿O sea que...? —dijo Ranma, dirigiéndole a Ryoga una sonrisa pícara.
—No hasta que nos casemos, depravado —dijo Ryoga con un gruñido—.
Pero nos ha faltado poco unas cuantas veces.
Ranma se rió, echó la cabeza hacia atrás y miró el cielo:
—Hubiera creído que te desmayarías antes de poder darle ni un beso una
mujer.
—Bueno, hizo falta repetido acondicionamiento para ayudarme a perder
mi nerviosismo —dijo Ryoga—. Akari y yo tuvimos que practicar mucho
para que saliera bien.
Ranma se rió de nuevo, sacudiendo la cabeza.
—Hemos cambiado montones desde el año pasado, ¿cierto, Ryoga?
Digo, llevamos hablando más de cinco minutos y ninguno de los dos ha
tratado de despachurrarle la cabeza al otro.
—Creo que sí, Ranma. Creo que sí —dijo Ryoga—. Todos tienen que
madurar tarde o temprano. Hasta dos inmaduros como nosotros.
Los dos se rieron entonces, y por unos momentos quedaron sentados en
silencio, dos viejos amigos que acababan de percatarse de que lo eran,
mirando hacia la amplia extensión azul que parecía llena de posibilidades
infinitas. Pero sobre ese cielo brillante pendían nubes negras que, aunque
no visibles al ojo, estaban en las mentes de los dos.
~ o ~
Ryoga esquivó la patada y saltó hacia atrás, para caer sobre los talones
antes de tirar un puñetazo directo a la cabeza de Ranma. Ranma saltó
alto en el aire para evitarlo, y Ryoga saltó tras él. Continuaron el
combate en pleno aire, furiosas patadas y puños siendo bloqueados y
eludidos por ambos mientras alcanzaban la cúspide del arco descrito por
sus saltos y empezaban a descender al suelo. Ryoga estiró una mano,
asió a Ranma por la camisa y lo volteó como para estamparlo de cabeza
contra el piso. Ranma rodó y fustigó con los pies contra el estómago de
Ryoga, se dio vuelta y proyectó a Ryoga lejos de él. Aterrizó de pie
mientras Ryoga se estrellaba en el suelo; se levantó casi de inmediato y
se fue contra Ranma.
Ranma esquivó hacia un lado, pero Ryoga soltó un puño que pescó a
Ranma en el costado de la cabeza y lo mandó girando al piso. Rodó a un
lado, evitó el nudillazo que Ryoga condujo hacia su cabeza, y se levantó
con una voltereta mientras Ryoga extraía el puño desde el hoyo que le
había hecho al piso. La patada voladora de Ranma lo alcanzó en las
costillas, ataque que derribó a Ryoga y lo dejó tirado en el piso. El ojo de
Ranma captó el reloj; eran las cuatro menos cuarto. Había estado tan
absorto en su encuentro de entrenamiento, que había olvidado fijarse en
la hora. Tendría que darse prisa para encontrarse a tiempo con Shampoo.
—Oye, Ryoga —dijo, mientras Ryoga se ponía en pie de un brinco de
donde había caído—. Tengo que encontrarme con alguien.
—¿Hmm? ¿Con quién? —dijo Ryoga.
—Con Shampoo.
Ryoga bajó los párpados a la mitad:
—Así que después de venirme con todo ese cuento de cuánto te
importaba Akane, te vas corriendo a salir a escondidas con Shampoo.
—En realidad, Ryoga, voy a decirle a Shampoo que nunca me voy a casar
con ella, y a tratar de no hacerla sufrir al decírselo —dijo Ranma, con
palabras como el hielo.
Ryoga agachó la cabeza.
—Perdón, Ranma. Cuesta romper las viejas costumbres. Suerte.
—Gracias, Ryoga. ¿Por qué no llamas a Akari mientras vuelvo? Seguro que
a Kasumi no le va a molestar que uses el teléfono.
—Ay, volver a oír su voz... —dijo Ryoga, con una sonrisa idiota.
Ranma le hizo una seña con el pulgar hacia arriba y salió del dojo por la
entrada trasera, que conducía hacia las calles.
Mientras corría hacia el café donde había quedado de encontrarse con
Shampoo, pasó junto a una furgoneta de la policía que iba por la calle. La
voz que venía del altavoz montado sobre el vehículo era suave pero
autoritaria.
—"Atención, ciudadanos —decía—. Por su propia seguridad, se ha
declarado un toque de queda desde las nueve de la noche. Por favor,
procuren estar bajo techo y con las puertas cerradas para las nueve de
la noche".
La gente en torno a Ranma miraba la furgoneta policial con ojos
aprensivos. Ranma volvió a mirarla mientras doblaba la esquina y movió la
cabeza.
—Esto no es bueno —dijo con un suspiro.
Llegó al café poco después; mirando el reloj digital visible sobre un
edificio de oficinas a muchas cuadras de distancia, vio que eran unos
minutos pasadas las cuatro.
Ranma respiró hondo y empujó la puerta de conducía adentro. Escrutó el
interior; había pocos clientes en el café. Shampoo estaba sentada a una
mesa del rincón, con una tetera de té frente a ella. La vio sonreír y
llamarlo con una seña mientras entraba. Él le respondió con una sonrisa
exigua, y atravesó el salón hasta la mesa.
—Hola, Shampoo —dijo, deslizando la silla hacia afuera, para sentarse
frente a ella.
—Nihao, Ranma —dijo Shampoo, sonriendo luminosamente—. Pedí té.
—Gracias.
Shampoo levantó la tetera y le sirvió una taza. Él la tomó y se la llevó a
los labios, aspirando la fragancia de las hierbas antes de beber un sorbo
breve.
—Shampoo tan feliz de salir con Ranma —dijo Shampoo, poniendo sus
manos sobre las de Ranma al bajar él la taza hasta la mesa—. ¿Ranma
dice ahora a Shampoo lo que siente de verdad?
Shampoo no podía haber estado más acertada en sus palabras, pero
Ranma estaba bastante seguro de que estaría esperando una respuesta
distinta a la que él le iba a dar.
—Eso —dijo, asintiendo con gesto compungido—. Shampoo...
Tragó saliva y se aclaró la garganta, mirando nervioso la cara sonriente
de Shampoo. Ella también había cambiado en el último año, podía ver él.
Tenía el rostro más delgado y estaba más alta. Había ido de adolescente
bonita a mujer de hermosura devastadora. Era de esperarse que hubiera
madurado por dentro también, y que fuera capaz de tolerar lo que él
tenía que decirle.
—Sigue, Ranma —dijo Shampoo—. Puedes decir a Shampoo.
Ranma recordó lo que le había dicho a Akane el día anterior, y eso le dio
las palabras que necesitaba.
—Shampoo, tú eres muy simpática. Eres muy bonita, peleas bien, eres
una gran cocinera y tu marido va a ser muy feliz de tenerte como
esposa.
La sonrisa de Shampoo se ensanchaba a cada elogio que Ranma le daba.
El muchacho inspiró y continuó.
—Pero, Shampoo, ese marido no voy a ser yo —dijo, desviando la mirada
ante el gesto de conmoción y dolor que vio en la cara de ella—. Lo
siento.
—Ranma... Ranma broma, ¿verdad? —dijo Shampoo con tono
desesperado.
Ranma negó con la cabeza de modo muy triste:
—Shampoo... No sé si son tus leyes o si de verdad me quieres. No puedo
cambiar lo que siento por ti, Shampoo.
—No, ailen. La violenta te hace decir esto —dijo Shampoo, con dolor y
rabia en la voz. Volcó la silla al ponerse de pie—. Shampoo va a enseñar.
—¡NO! —exclamó Ranma, y saltó de la silla—. ¡Nunca, JAMÁS trates de
hacerle algo a Akane! Si la tocas, Shampoo, te juro que...
Los pocos clientes del café los miraban ahora, al joven que trataba a
gritos a la chica que estaba con él, cuyos ojos empezaban ahora a
desbordarse de lágrimas.
—Ranma... —dijo Shampoo.
—Lo siento, Shampoo —dijo Ranma, y agachó la cabeza.
Con un lamento, Shampoo huyó del café. Ranma maldijo en voz alta y
corrió tras ella, sin tomar en cuenta las miradas de los demás
comensales. Afuera, Ranma vio a Shampoo abrir la puerta corrediza del
Nekohanten, unos edificios más allá. Se encaminó rápidamente hacia el
Nekohanten, pero luego la puerta se abrió de golpe y alguien de túnica
blanca salió desenfrenado, con largo pelo negro ondeando tras él.
Mousse traía los anteojos puestos firmemente sobre los ojos, y detrás de
las gruesas lentes su mirada ardía de furor.
—¡SAOTOME! —vociferó—. ¡VAS A PAGAR!
La nanigata estaba en las manos de Mousse más rápido de lo que Ranma
hubiera creído posible, y se precipitó hacia Ranma, haciendo estocadas
rápidas y precisas con la lanza larga. Esta no era como la mayoría de las
demás veces en que había peleado con Mousse; no había patos de
madera ni yoyós esta vez. Mousse iba por sangre. Contaba con el
alcance y con la sorpresa, y cólera pura lo impulsaba. Toda persona tiene
ciertos detonantes; con Mousse, bastaba únicamente con que alguien
lastimara de cualquier forma a Shampoo.
—Mousse, cálmate —dijo Ranma, esquivando hacia un lado al pasar la
lanza silbando junto a él. Buscó una abertura, y no encontró ninguna
mientras Mousse retraía la lanza, que casi le sacó un pedazo de brazo a
Ranma. Esto era malo; podía fácilmente salir herido o hasta muerto de
aquí. Tenía que calmar a Mousse o desarmarlo.
En la siguiente estocada, Ranma asió la nanigata por la vara al pasarle
por el lado, la giró y redireccionó el golpe de la lanza hacia una pila de
cajas cercanas. La hoja filosa se ensartó en una caja, y Mousse se vio
obligado a soltarla al impulsarse Ranma por sobre la vara y lanzar una
patada con dos pies que Mousse esquivó apenas. Ranma intensificó el
ataque, sabiendo que si se le daba un segundo siquiera, Mousse tendría
otra arma en las manos. Normalmente, podía vencer con facilidad a
cualquier oponente armado; sabía qué esperar de alguien que usaba una
sola arma. Pero Mousse usaba tantas distintas, que pelear contra él era
tan impredecible como pelear contra un oponente desarmado.
Ranma tiró un puñetazo al pecho de Mousse. Mousse lo eludió echándose
atrás, la túnica girando en torno a él. Lanzó ambos puños hacia Ranma, y
el chasquido metálico fue la única advertencia que tuvo Ranma antes de
casi acabar con veinte centímetros de garra de acero incrustados en la
cabeza. Mousse llevaba ahora sus largas garras de combate, en ambas
manos.
—¿Qué le has hecho, Saotome? —dijo Mousse con desprecio—. ¿Qué le
has hecho para hacerla llorar así?
—La rechacé —dijo Ranma, atrapando las muñecas de Mousse al intentar
éste alcanzarlo con las garras—. ¡¿Te quieres CALMAR ahora?!
Mousse pareció desinflarse. Las garras se deslizaron de vuelta a las
mangas.
—Le has dicho a mi Shampoo que no la amas —dijo Mousse con suavidad.
—Eso hice, en pocas palabras —dijo Ranma.
La cara de Mousse se iluminó.
—¡Oh, día feliz! ¡Shampoo, serás mía por fin! ¡Ranma Saotome, te
agradezco desde el fondo de mi corazón! —dijo, con una sonrisa ancha.
Ranma lo cogió por la manga cuando Mousse daba media vuelta para irse:
—Déjame darte un consejo, Mousse. Puede que ahora no sea el mejor
momento para ir corriendo donde Shampoo a decirle todo eso de cuánto
la quieres. Este va a ser un tiempo difícil para ella, y ahora le hace falta
un amigo mucho más de lo que le hace falta un marido. Sé su amigo,
Mousse. Después puedes intentar algo más.
Mousse asintió. —Tus palabras parecen sinceras, Ranma Saotome. No
dudo que sean correctas. Me disculpo por mis acciones precipitadas; me
has hecho más bien en este día del que yo nunca te haya hecho a ti.
—Nos vemos, Mousse —dijo Ranma, alejándose.
Mousse asintió y enfiló de regreso al Nekohanten. Quizá algo bueno
saliera de lo que Ranma había tenido que hacerle a Shampoo, después de
todo.
Ranma caminó de vuelta a la casa con la cabeza gacha y el ánimo aún
más abajo. Había temido este momento; la hora en que tendría que
decirle finalmente a una de sus prometidas que no sería la elegida. Ahora
que ya había terminado con eso, sentía alivio y tristeza al mismo tiempo.
Entró por la puerta principal. Oyendo los sonidos de la risa de Akane en la
sala de estar, entró para verla sentada en el sofá con Ryoga.
—Sí, y entonces me di cuenta de que estaba en España —dijo Ryoga,
obviamente terminando alguna anécdota de sus viajes. Akane se reía, y
Ranma no pudo evitar sonreír. Ryoga parecía mucho más cómodo cerca
de Akane que antes; era bueno ver eso. Siempre y cuando el marrano no
se anduviera haciendo ideas.
—Qué tal, Ranma —dijo Akane.
—Hola, Ranma —dijo Ryoga, levantando una mano en señal de saludo.
Brincó por sobre el respaldo del sofá y se acercó a Ranma.
—¿Cómo te fue? —dijo, lo bastante bajo para que Akane no pudiera oír.
—Todo lo bien que podía irme, creo —dijo Ranma—. De verdad me siento
mal por hacerle daño a Shampoo.
—Akari me dijo algo una vez —dijo Ryoga— que todo aquel que teme
sentir dolor, teme también sentir amor.
Le dio una palmada en el hombro a Ranma de manera amistosa. Ranma le
ofreció una sonrisa débil.
—¿Llamaste a Akari? —le preguntó.
Ryoga asintió. —Sí. Le dije que tenía algunas cosas que hacer aquí, pero
que volvía lo antes posible.
—¿Y cuándo es el casamiento, socio? —dijo Ranma, y le dio un codazo
leve en las costillas.
Ryoga se sonrojó. —La verdad es que todavía no lo sabemos —dijo, serio
—. Aún no estamos totalmente en edad.
—Me alegra que hayas encontrado a alguien, Ryoga —dijo Ranma.
—Gracias, Ranma. Nunca creí que oiría algo así de ti.
—Oye, nunca creí que lo diría. ¿A qué te referías con cosas que hacer
aquí?
—Me dijiste que Cologne dijo que teníamos algo que ver en lo que iba a
pasar, ¿no? —dijo Ryoga—. Bueno, creo que mejor me quedo por aquí
para esperarlo.
—¡Oigan! ¿Me están excluyendo adrede de esta conversación?
—dijo Akane desde el sofá.
—Perdona, Akane. Cosas de hombres —dijo Ranma, luego fue hasta el
sofá y se sentó junto a ella.
Ryoga se instaló en el apoyo del brazo junto a Akane, con los pies en el
piso. Akane se acomodó un poco, poniéndose más cerca de Ranma. Los
dedos de ella rozaron los de él, y le sonrió.
—¿Dónde te estás quedando, Ryoga? —preguntó Akane.
Ryoga la miró, confundido por un momento. Ranma sabía, desde luego,
dónde se quedaba Ryoga por lo general cuando andaba por ahí. Sin
embargo, Ryoga no se quedaría más allí si Ranma tenía algo que decir en
el asunto.
Ryoga pareció no tener respuesta; Ranma intervino:
—Creo que Ryoga acostumbra acampar por aquí cerca, ¿cierto Ryoga?
Ryoga asintió con la cabeza. —Sí. Acampar. Eso.
Akane apretó los labios. —Pues no me gustaría que te quedaras así de
solo afuera, no con todos los asesinatos que están ocurriendo.
—Eso —dijo Ranma, descubriéndose de acuerdo con Akane—. Nos
preocuparíamos por ti.
—Te vamos a hacer una cama aquí abajo —dijo Akane con firmeza.
—Yo... no quisiera incomodar —dijo Ryoga.
—Ryoga —dijo Akane—. Tú eres mi amigo. No es incomodidad, para nada,
¿verdad, Ranma?
—No —dijo Ranma—. Claro que no.
—G... Gracias —dijo Ryoga, profundamente colorado y desviando la
mirada—. Me honra su hospitalidad.
Los tres vieron televisión juntos hasta la hora de la cena. Akane se movió
paulatinamente hasta que su cabeza descansaba en el hombro de
Ranma. Él le pasó un brazo por los hombros, mirando hacia donde estaba
Ryoga. Ryoga los miró a los dos, con tristeza en los ojos, pero con una
sonrisa en la cara. Ranma podía ver que estaba esforzándose por
demostrar su aprobación por la nueva relación de Ranma con Akane, y
por mucho que lo agradeciera viniendo de Ryoga, esperó que no hubiera
muchos problemas después. El hecho de que Ryoga hubiera estado tan
preocupado por Akane cuando hablaran de los asesinatos en el patio le
decía a Ranma que Ryoga todavía abrigaba sentimientos por ella; pero los
sentimientos que ahora abrigaba por Akari parecían ser más fuertes.
No había nada particularmente bueno en la televisión; Akane insistía en
ver capítulos repetidos de "Sailor Moon" y "Guerrera Mágica Rayearth", lo
que causaba a Ranma y a Ryoga exagerados ataques de arcadas, al
tener ambos muy poca tolerancia por los animés de niñas mágicas.
Ranma no dejaba de preguntar por qué los monstruos nunca atacaban
cuando las niñas estaban haciendo sus discursos de entrada de cinco
minutos de duración, hasta que Akane le dio un leve palmazo en la
cabeza y le dijo que se callara, que estaba tratando de ver el programa.
Al final, claro, el bien triunfó sobre el mal y el poder del amor superó a las
fuerzas de las tinieblas. Al final, Ranma le quitó el control remoto a Akane
mientras rodaban los créditos de "Guerrera Mágica Rayearth", y logró
encontrar la última media hora de un western estadounidense hecho en
Italia y mal doblado, y por un rato pudo olvidarse de los asesinatos y de
las advertencias, y de las lágrimas en los ojos de Shampoo, y reírse con
su amigo y su prometida de los diálogos que siempre parecían oírse un
segundo antes de que los personajes abrieran la boca para hablar, y que
generalmente terminaban un segundo antes de que la cerraran.
Nabiki llegó justo cuando el héroe terminaba su sermón a los malos y
empezaba el tiroteo final. Se sentó por delante del sofá y miró junto a los
demás, elevando los ojos de exasperación cuando el héroe le disparó a
un villano que estaba en el balcón de arriba, de modo que cayera sobre
uno de sus secuaces que estaba abajo. Luego estalló en carcajadas con
todos cuando el revólver del hombre que estaba en el suelo se disparó
mientras caía bajo el peso del hombre del balcón, para alcanzar
limpiamente a un tercer hombre que estaba a punto de romperle una silla
en la cabeza al héroe desde atrás.
Al final, la justicia triunfó y el pueblo se salvó. El héroe se alejó
cabalgando hacia el horizonte con la bella profesora de la escuela
sentada a mujeradas en la grupa del caballo, y los créditos empezaron a
rodar. Ranma y Ryoga aplaudían y chiflaban, mientras Akane y Nabiki se
limitaban a criticar.
—Hora de cenar, todos —llamó Kasumi.
Los cuatro se precipitaron al comedor por el porche trasero. Genma y
Soun se levantaron del juego de shogi, cada uno retrocediendo despacio
mientras mantenían un ojo sobre el otro.
La cena fue un episodio vivaz. Ranma y Ryoga se hacían puyas mutuas
en tono bromista, ambos profiriendo amenazas que, al menos esta vez,
no tenían ninguna intención de llevar a cabo.
—Los noto muy compadres de repente —dijo Nabiki después de un rato—.
¿Qué pasó?
—¿Cómo que compadres, Nabiki? —preguntó Ranma secamente—. Ryoga
y yo somos enemigos eternos, ¿cierto Ryoga?
—Claro que sí, Ranma —dijo Ryoga, y le dio a Ranma un puñetazo leve en
el hombro.
Nabiki puso una teatral cara de hastío.
—¿Ahora a quién voy a usar para mis apuestas? —dijo—. Ya nadie tiene
ganas de apostar por ti y Kuno, Ranma.
Ranma se encogió de hombros. —Lo siento.
—Da tanto gusto verlos a los dos llevándose mejor —dijo Kasumi—.
Siempre pensé que los dos eran buenos amigos, pero parecían pelear
tanto.
—Sí, pues, yo espero que las peleas no paren —dijo Ranma—. Ryoga es
el único que conozco que me se acerca en habilidad. No quiero estar
falto de práctica.
—Con estar cerca se refiere a que soy un poco mejor que él
—dijo Ryoga, con una sonrisa sediciosa.
—Con estar cerca me refiero a que has logrado en ocasiones ser un
poquito difícil de derrotar —contestó Ranma.
—¡¿Ah, sí?! ¡Voy a hacer que te tragues esas palabras, Ranma!
—gruñó Ryoga.
—¡Muy bien, Ryoga! En el dojo después de comer —dijo Ranma.
Ryoga asintió y apuró el paso comiendo, al igual que Ranma.
—Sabía que no iban a durar mucho —dijo Nabiki.
El teléfono sonó entonces. Kasumi se levantó y lo contestó.
—¿Hola? Está cenando en este momento, ¿hay problema si él la llama
des... Ay, cielos... Muy bien —dijo Kasumi—. Es para ti, Ranma.
—¿Quién me llamará ahora? —dijo Ranma, se levantó de la mesa y Kasumi
le pasó el fono—. ¿Hola?
—"Ranma" —dijo la voz inconfundible de Cologne al otro extremo de la
línea.
Ranma se sorprendió de que no lo hubiera llamado yerno, pero entonces
recordó que tal vez tenía una muy buena razón.
—Hola, Cologne —dijo—. ¿Por qué llamas para acá?
—"Dejaste muy afectada a mi bisnieta esta tarde, Ranma —dijo Cologne
con un matiz de hostilidad en la voz—. Muy afectada".
—Lo siento, Cologne. No sabía qué más decirle —dijo Ranma.
La voz de Cologne se suavizó al contestar:
—"Lo sé, muchacho. Hiciste lo mejor que pudiste. Hace mucho que lo
veía venir, aunque fue una gran sorpresa para Shampoo".
—¿O sea que no vas a...?
—"Hay mucho que debo considerar, Ranma. Puede que no ames a mi
bisnieta, pero, según nuestras leyes, ella está obligada a casarse
contigo. Pero ahora no es momento para conflictos entre tú y yo, Ranma.
Temo que en los días venideros todos tendremos que trabajar juntos, por
doloroso que les resulte a algunos".
—¿Cómo está Shampoo ahora? —dijo Ranma.
—"Mejor —dijo Cologne—. Creo que se quedó sin lágrimas hace cerca de
una hora. Mousse está con ella en este momento, y me sorprende decir
que el chiquillo está sirviendo para algo".
—Eso es bueno, Cologne.
—"Discúlpame, Ranma. Me he permitido distraerme de mis verdaderas
intenciones —dijo Cologne—. Dime, ¿sabes dónde está tu amigo Ryoga?"
—Sí, está aquí con nosotros en la casa —dijo Ranma, confundido.
—"Eso es un alivio".
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —La aprensión de Ranma crecía.
—"Sin duda te habrás enterado de demás asesinatos" —dijo Cologne.
—Sí.
—"Se está haciendo más fuerte. Lo puedo sentir. Hace apenas unos
minutos, sentí una gran premonición de peligro para alguien cercano a ti,
lo más probable es que para uno de tus amigos. Temo por cualquiera de
ellos que se encuentre solo".
—Ukyo —dijo Ranma, con una sensación fría difundiéndosele por el
cuerpo—. Ukyo vive sola.
—"Es urgente que no se quede sola esta noche, Ranma. Debes encontrar
algún pretexto para llevarla a la casa de los Tendo a pasar la noche".
—Pero... al papá de Akane le daría un ataque, y qué decir de Akane...
—"Ranma, tienes que hacerlo —dijo Cologne—. Debo colgar, Ranma.
Shampoo parece haber lanzado a Mousse por la ventana".
—Adiós —dijo Ranma, y colgó.
Ahora qué iba a hacer, se preguntó mientras volvía a sentarse a la mesa.
—¿Qué deseaba Cologne? —preguntó Kasumi.
—¿Hmm? No mucho —dijo Ranma, con las ideas en Ukyo.
Cologne se oía mortalmente seria; Ukyo podía estar en verdadero peligro.
Necesitaba preguntarle a alguien más acerca de esto, pero no quería
causar pánico.
Sus ojos cayeron sobre Ryoga; ya le había contado sobre la advertencia
de Cologne. Tal vez a él se le ocurriera algo.
Ranma comió lo último de su cena en silencio y se levantó de la mesa.
Ryoga lo siguió mientras se dirigía al dojo.
—¿Qué dijo Cologne? —preguntó.
—Dijo que Ukyo puede estar en peligro —dijo Ranma—. Carajo, tengo que
inventar alguna razón para que ella se quede a pasar la noche aquí, que
no haga enojar a Akane o a su papá.
Ryoga sacudió la cabeza con aire nervioso:
—Eso es malo. No me gustaría que le pasara algo.
—Sí —dijo Ranma—. Pero no se qué puedo hacer.
—Habla con Akane —dijo Ryoga—. Dile que estás preocupado por que
Ukyo esté sola, siendo que el último asesinato fue tan cerca de su
restaurante. Pregúntale si se puede quedar a pasar la noche en la planta
baja, conmigo.
—Esa es buena idea, Ryoga —dijo Ranma—. Gracias.
—No te preocupes. Ve a hablar con Akane. Estaré en el dojo.
—Eso, todavía nos falta arreglar nuestro pequeño desacuerdo de la cena
—dijo Ranma.
Ryoga sonrió y se alejó hacia el dojo, mientras Ranma regresaba en
busca de Akane.
~ o ~
—... y sería solo hasta que agarren a ese sujeto, Akane. De verdad estoy
preocupado por ella.
—¿Seguro de que esa es la única razón por la que quieres que se quede
aquí, Ranma? —preguntó Akane en tono de desconfianza.
Estaban en el cuarto de Akane, Akane tendida en la cama y Ranma
sentado en la silla del escritorio.
—Akane —dijo Ranma, luego de suspirar—, ¿quieres saber dónde estuve
en la tarde? Salí a tratar de decirle a Shampoo que no me quiero casar
con ella, sin hacerla sufrir, y creo que no me salió muy bien, ¿me
entiendes? ¿Por qué no puedes confiar en mí alguna vez?
—¿Que hiciste qué? —dijo Akane, con los ojos abiertos de par en par.
—Rechacé a Shampoo, ¿entiendes? Le dije que no iba a ser su marido
—dijo Ranma.
—Ranma... ¿De verdad hiciste eso?
—¡Por supuesto! ¿No me crees o qué?
—Ay... Debe haberte costado. ¿Crees que ella vaya a estar bien?
—Sí. Shampoo es fuerte, y sé que Mousse va a estar a su lado
—dijo Ranma—. Aunque ella no quiera.
—Bueno, Ranma —dijo Akane—. Confío en ti. ¿Se quedaría abajo con
Ryoga?
Ranma asintió. —Sí. Gracias, Akane. Ahora voy por ella.
—¿Alguna vez vas a... decirle a Ukyo lo que le dijiste a Shampoo?
—preguntó Akane.
Ranma suspiró:
—Supongo que tendré que hacerlo, tarde o temprano. Pero necesito un
tiempo para pensarlo. Va a ser mucho más difícil de lo que fue con
Shampoo, eso lo tengo claro.
—Está bien, Ranma —dijo Akane—. No te tardes.
Ranma se levantó de la silla y puso una mano en el hombro de Akane.
—Muchas gracias, Akane. Me alegra saber que confías en mí de esta
manera.
Se inclinó y le dio un beso rápido en los labios, luego salió de la
habitación.
—Creo que me puedo acostumbrar a que se porte así —dijo Akane con
una sonrisa suave, y se levantó a cerrar la puerta.
~ o ~
Ranma llegó donde Ukyo justo cuando el último cliente se iba con una
sonrisa de satisfacción. Ukyo estaba fuera, entrando el letrero del local.
—Hola, Ranchan —dijo con una seña de la cabeza—. ¿Qué haces aquí tan
tarde?
—¿Puedo entrar un ratito, Ucchan? —dijo Ranma—. Te tengo que
preguntar algo.
—Claro, corazón. Ponte cómodo —dijo Ukyo.
Ranma la siguió adentro del restaurante, y cerró la puerta. Ukyo dejó el
letrero del local junto a la entrada principal y empezó a limpiar una de las
mesas.
—¿Qué me quieres preguntar, Ranchan?
—Bueno, sabes de los asesinatos que han estado sucediendo, ¿no?
—¿Cómo no voy a saber? Uno fue como a una cuadra de aquí —dijo
Ukyo, con un visible escalofrío pasándole por el cuerpo—. Tuve a dos
policías aquí como diez minutos en la mañana, preguntando si había
tenido algún cliente sospechoso en los últimos días.
—¿Y has tenido alguno? —dijo Ranma.
—Nadie fuera de lo común. Solo mis habituales.
—De todas maneras, Ukyo. Me preocupa que estés sola, con lo que está
pasando por aquí.
—Qué tierno de tu parte, Ranchan —dijo Ukyo, dándole una sonrisa
breve.
—De verdad me sentiría mejor si te vinieras a quedar con los Tendo esta
noche —dijo Ranma—. No sé qué haría si te pasa algo.
—¿No le molestará a Akane? —preguntó Ukyo.
—No, ya se lo pregunté. Ryoga se va quedar allá también; podemos tener
algo así como una pijamada.
—Claro. Será divertido, me imagino —dijo Ukyo—. Y estoy un poco
nerviosa por quedarme aquí sola. Déjame cerrar el local y buscar ropa,
¿sí?
—Bien. Yo te ayudo.
Los dos se pusieron a trabajar, limpiando mostrador, mesas y parrilla, y
procurando que todas las puertas y ventanas quedaran bien cerradas.
Ukyo subió las escaleras hasta su pequeña área de habitación, y bajó
con un bolso deportivo lleno de ropa. Por último, cogió su gran espátula
de donde colgaba sobre el mostrador y se la terció a la espalda.
—Muy bien, ya estoy lista, Ranchan. Vamos.
Ukyo le echó el cerrojo al restaurante con su llave, luego se la echó al
bolsillo y le hizo una seña con la cabeza a Ranma. Caminaron juntos por
las calles, rápido; el sol estaba empezando a ponerse, pero ya avanzaban
trechos largos sin ver a ninguna otra persona. Los que veían parecían
presurosos por ponerse a resguardo lo antes posible. Fue con cierto alivio
que llegaron a la casa Tendo y entraron, cerraron firmemente y echaron
llave a la puerta.
—Ya llegué, todos —llamó Ranma, quizá tanto para tranquilizarse él como
para avisarles a los demás.
Como fuere, nadie contestó. Ranma se encogió de hombros y continuó
por el pasillo hacia la sala.
—Deja tus cosas ahí en la sala —dijo Ranma—. Después te ponemos un
futón. Ryoga va a estar aquí abajo también.
—¿Tengo que dormir en la misma habitación que Ryoga? —murmuró Ukyo.
—Sí... No hay mucho espacio en ninguna otra parte —dijo Ranma—. Lo
siento.
—Más le vale que no ronque —dijo Ukyo con voz de resignación.
Siguió a Ranma hasta la sala de estar y dejó su bolso junto al sofá,
poniendo la gran espátula encima.
—Hablando de Ryoga, tengo que encontrarme con él en el dojo
—dijo Ranma—. Tenemos que ajustar cuentas. ¿Quieres venir?
—Claro, Ranchan —dijo Ukyo—. Siempre puedes contar conmigo para
hinchar por ti.
Ranma fue hasta el pie de las escaleras y se rodeó la boca con las
manos:
—¡Oye, Akane! ¡Llegó Ukyo! ¿Quieres venir al dojo con nosotros?
—Sí, bajo en un minuto —gritó Akane, sacando la cabeza por la puerta
de su habitación.
Tardó menos que eso, en realidad, y pronto los tres iban por el pasillo
que conectaba la casa con el dojo.
—Gracias por recibirme, Akane —dijo Ukyo.
—De nada, Ukyo. También eres amiga mía —dijo Akane—. Me sentiría
terrible si te pasara algo.
—Oye, Akane, ¿por qué no nos llevamos el futón abajo y dormimos en la
sala con Ucchan y Ryoga? —dijo Ranma.
Akane se rió. —Claro. Sería divertido. Podríamos echarte un poco de agua
fría, y Ukyo y yo te podríamos maquillar.
—Sí, Ranchan. Te hace falta ayuda con tu feminidad —reconvino Ukyo.
—¡Oigan! Yo no quiero ser femenino. Yo soy hombre.
Ryoga estaba en el dojo, tal como había dicho. Ranma se había
preocupado un poco de que pudiera haberse perdido en el camino, pero,
en realidad, Ryoga era bastante bueno para orientarse por el dojo.
—Así que decidiste dar la cara, Ranma —dijo, golpeándose la palma
abierta con el puño.
—Acabemos con esto —dijo Ranma.
Ukyo y Akane se sentaron junto a las paredes del dojo, mientras Ranma y
Ryoga se enfrentaban a cada lado del piso de madera.
—Dale, Ranchan —llamó Ukyo—. Trapea el piso con él.
Ranma pegó primero: se abalanzó adelante y golpeó al sorprendido Ryoga
decenas de veces con el puño. El entrenamiento de velocidad que
Cologne le había dado había servido para realzar aún más su ya
fenomenal velocidad y destreza, que para su oponente convertía cada
intento por bloquear los puñetazos un movimiento desperdiciado. Su
último espectáculo fue un gancho al mentón de Ryoga, que mandó a este
volando hacia atrás y al suelo. Pero Ranma sabía que la pelea no había
terminado; Ryoga era ridículamente duro de herir.
—Parece que te has hecho más fuerte desde la última vez que peleamos
—dijo Ryoga, poniéndose en pie—. Ahora como que me hiciste cosquillas.
Ranma se precipitó hacia él, preparándose para catapultarse por el aire,
pero Ryoga se movió con inesperada ligereza, y martilleó a Ranma en las
costillas con un puño cerrado. El impacto hizo a Ranma tambalearse hacia
un lado, tratando de recuperar el aliento, pero no cayó. Eludiendo
mientras retrocedía, evitó la patada lateral que tiró Ryoga como sucesión
del puñetazo, y contraatacó con una patada que Ryoga desvió con un
antebrazo. Luego, estuvieron muy cerca, y Ranma supo que si Ryoga
lograba ponerle una mano encima, sería algo malo. Ranma era más rápido
que Ryoga, y, en su opinión, más diestro, pero Ryoga sin lugar a dudas
tenía la ventaja en fuerza y resistencia. La única manera de vencerlo era
pegar rápido y evitar que él pegara, continuar agotando a Ryoga hasta
poder rematarlo con unos cuantos ataques bien situados.
Pero lo que le había dicho a Ryoga en la cena era cierto; este era la
única persona, a quien Ranma viera con regularidad, que fuese un
peleador lo bastante bueno como para ofrecer un desafío verdadero. Una
pelea contra Ryoga no era como una pelea contra Kuno o incluso como
contra su padre; era algo en lo que de verdad tenía que poner todo de
sí, si quería tener una oportunidad de ganar.
Pelearon durante lo que parecieron ser horas, dos guerreros en la flor de
su capacidad combativa. Cien ataques eran ejecutados; cien ataques
eran evadidos o bloqueados. Ryoga tomo presa de Ranma; Ranma se
liberó y contraatacó. Batallaron de ida y vuelta por el piso del ruedo de
madera, cada uno en busca de aberturas en las defensas del otro y
encontrando pocas o ninguna. Técnicas eran usadas de maneras
inesperadas, o inventadas en el momento.
Por último, estaban el uno frente al otro, a cada lado del piso de madera,
acezantes y cercanos al agotamiento. Ryoga había recibido literalmente
cientos de patadas y puñetazos de Ranma, pero su sobrenatural
resistencia a daños de todo tipo le permitía continuar. Ranma no siempre
había conseguido esquivar los golpes de Ryoga, y cada golpe que Ryoga
entraba dejaba a Ranma sintiéndose como víctima de un mazazo.
—Muy bien, Ryoga —dijo Ranma, retrayendo el puño—. Ya es hora de
terminar esto.
—Exactamente lo que estaba pensando —dijo Ryoga; se alistó para
atacar.
Rugiendo sus gritos de combate, Ranma y Ryoga acometieron uno contra
el otro, cada cual sabiendo que lo que ocurriera en los próximos segundos
determinaría probablemente el resultado de la pelea.
Ranma tiró un nudillazo al mentón de Ryoga, y sintió satisfacción al oírlo
conectar y ver el aturdimiento en los ojos del otro muchacho. Había
ganado, pensó, triunfal, mientras Ryoga se iba hacia atrás en un traspié.
Entonces el puño de Ryoga pareció salir de la nada y para chocar contra
una sien de Ranma. Este se tambaleó un momento, luego cayó al suelo
junto al cuerpo tirado de su oponente.
—Francamente, Ukyo —dijo Akane, viniendo a situarse junto al caído
Ranma—. Me jor sería que lo declararan empate después de los primeros
quince minutos, ¿no?
—Qué te puedo decir, Akane. Ryoga es porfiado como mula, y ya sabes
que Ranma no es mucho mejor.
Ranma decidió cerrar los ojos un rato.
~ o ~
Volvió en sí, tirado en el sofá de la sala de estar. Ryoga estaba sentado
con las piernas cruzadas frente al sofá, con una bolsa de hielo sujeta
contra un chichón que se le inflamaba arriba del ojo derecho.
—Ya me preguntaba cuándo ibas a despertar —dijo Ryoga.
—¿Cuánto rato estuve inconciente? —dijo Ranma.
—Como diez minutos. Eso es lo que me dijo Akane cuando desperté hace
cinco minutos.
—¿Y las chicas? —dijo Ranma.
—Haciendo palomitas de maíz en la cocina —dijo Ryoga, señalando con el
pulgar en dirección al armario del pasillo.
—Palomitas... Ni Akane puede arruinar palomitas de maíz, ¿no? Y Ukyo
está con ella, cierto...
El sonido de voces discutiendo se oyó venir de la cocina.
—Te estoy diciendo, Akane, que a las palomitas nunca se les ha echado
salsa de soya —oyó Ranma decir a Ukyo.
—¡Pero se le echa al arroz! ¡Y las palomitas también son blancas!
—¡Akane, una no cocina guiándose por los colores de los ingredientes!
—¿No?
Ranma se lamentó y trató de decidir si debería fingir estar inconciente un
ratito más. Al final, decidió abstenerse; ojalá Ukyo consiguiera controlar a
la bestia en que Akane se convertía cuando estaba en la cocina.
—¿Y los demás? —preguntó Ranma, incorporándose.
Ryoga pareció pensarlo durante un momento.
—Creo que Nabiki está en su cuarto. Tu papá y el señor Tendo están
también arriba, en el cuarto del señor Tendo, con su juego de shogi.
Kasumi, no sé muy bien —dijo Ryoga, contando los nombres con los
dedos mientras hablaba.
—No importa, Ryoga. Quédate aquí. Voy a ver dónde está Kasumi.
—¿Para qué? Debe estar por ahí, en alguna parte —dijo Ryoga.
—Quiero asegurarme de saber dónde están todos esta noche, nada más.
—De verdad te preocupó lo que dijo Cologne, ¿verdad? —preguntó
Ryoga.
Ranma asintió:
—Eso. Ella no es de andarse con bromas. Kasumi tiene que estar por ahí;
solo me quiero quedar tranquilo —Se levantó del sofá y subió las
escaleras; revisaría primero en la habitación de Kasumi.
Llamó a la puerta. No hubo respuesta, y llamó de nuevo, más fuerte esta
vez. Aún sin recibir respuesta, giró con cuidado la perilla.
—¿Kasumi? —llamó con suavidad, mirando adentro.
La luz estaba apagada y no había nadie. Ranma cerró la puerta y fue a la
habitación de Nabiki. Nabiki podría saber dónde estaba su hermana
mayor. Ranma llamó a la puerta.
—Pasa —dijo la voz de Nabiki.
—Hola, Nabiki —dijo él, entrando al cuarto.
—Qué tal, Ranma —dijo Nabiki. Estaba sentada a su escritorio, revisando
hojas sueltas de papel antes de ingresar cifras en un cuaderno—. ¿Cómo
va tu fiestecita?
—Bastante bien. ¿Has visto a Kasumi?
—No desde poco después de la cena. ¿Por qué? ¿La andas buscando?
—Sí, algo así —contestó Ranma, saliendo de la habitación—. Gracias de
todos modos, Nabiki.
Casi fue hasta la habitación de Soun a preguntar, pero no quería causarle
pánico al señor Tendo, que se horrorizaba con bastante facilidad en todo
cuanto concercía a cualquiera de sus hijas.
Ranma bajó las escaleras. Ryoga levantó la vista desde donde estaba
sentado en el sofá. Ranma negó con la cabeza y fue a pararse junto al
sofá.
—No hubo suerte —dijo—. No está en su cuarto, y Nabiki no sabe dónde
está.
—¿Crees que se encuentre bien? —dijo Ryoga, con preocupación en la
voz.
—No sé, Ryoga. Voy a echar una mirada aquí abajo, ¿sí?
—Llámame si hace falta —dijo Ryoga.
Ranma asintió, y salió a buscar por la planta baja. Aún podía oír los
sonidos de Akane y Ukyo en la cocina. Pero no oía ni veía señal alguna de
Kasumi. Con una aprensión gradual creciéndole por dentro, entró al área
que dividía el baño del resto de la casa, donde guardaban la lavadora, la
secadora y los cestos de ropa. En efecto, la ropa de Kasumi estaba
impecablemente doblada encima de uno de los cestos. Debe estarse
bañando, advirtió Ranma con alivio. El consabido letrero de "ocupado"
colgaba de la perilla de la puerta que conducía al cuarto de baño.
Excepto que, si Nabiki no la había visto desde poco después de comer,
¿no era un baño tremendamente largo? Ya iba más de una hora y media
desde la cena, e incluso para algo tan relajante como un baño, eso era
un rato desmesurado.
Ranma volvió por la sala de estar y entró a la cocina. Akane y Ukyo
miraban a la máquina de palomitas esputar los esponjosos granos blancos
en un cuenco grande dispuesto en la mesa.
—Oye, Akane —dijo Ranma—. ¿Cuánto rato lleva Kasumi en el baño?
—¿Cómo, todavía no sale? —dijo Akane, los ojos abriéndosele de par en
par al volverse a mirar a Ranma—. ¡Me dijo que iba a entrar poco después
de que saliste a buscar a Ukyo, y que la llamara cuando volvieras! ¡Me
olvidé totalmente!
—¿Que ya no habría salido por su cuenta? —preguntó Ranma.
Akane asintió. Ranma empezó a sentirse casi enfermo; ¿por qué no había
puesto más cuidado?
—¿Crees que le haya podido pasar algo? —preguntó Akane, empezando a
parecer asustada.
—Mejor vamos a revisar —dijo Ukyo—. Vamos, Akane.
Los tres entraron rápidamente a la sala de estar. Ukyo se inclinó y tomó
la gran espátula de encima de su bolso, y Ranma le hizo una seña a
Ryoga para que se les sumara.
—¿Qué pasa? —dijo Ryoga con voz nerviosa.
—Nada todavía, Ryoga —dijo Ranma—. Vamos.
Los cuatro caminaron en silencio al lavadero. Akane fue hasta la puerta y
tocó.
—¿K... Kasumi? ¿Estás ahí, Kasumi? —dijo, con el miedo elevándosele en
la voz—. ¡Kasumi, contéstame!
No hubo respuesta. Akane asió la perilla y trató de abrir la puerta. Estaba
con seguro.
—N... no —dijo Akane, retrocediendo—. Kasumi nunca asegura la puerta.
Nunca.
—A un lado, Akane —dijo Ranma—. ¡KASUMI! —gritó, lo bastante fuerte
para que quizá pudieran oírlo en la planta alta. Golpeó la puerta con el
puño. Sin recibir respuesta, retrocedió, se aprontó y dio contra la puerta
con el hombro, al darse cuenta ahora de que algo andaba muy mal. La
puerta se sacudió pero no cedió. Ranma retrocedió para otro intento,
pero Ryoga le asió el brazo y avanzó, apartándolo de un empellón. Ranma
estaba a punto de protestar, pero entonces Ryoga hincó dos dedos en la
cerradura.
—¡BAKUSAI TENKETSU! —vociferó.
La sección de la puerta con la cerradura detonó en una lluvia de astillas;
Ranma sintió una de ellas clavársele en una mejilla, pero eso estaba lejos
de importarle ahora. Ryoga abrió la puerta de un violento jalón y entró al
cuarto de baño; Ranma y los demás lo siguieron.
Ranma escrutó la escena al entrar: el baño estaba lleno de vapor, y
Kasumi yacía inmóvil en la bañera, con la cabeza apoyada contra el borde
y los ojos cerrados.
Ranma sintió lágrimas empezar a correrle por las mejillas; tras él, oyó a
Akane romper a llorar. Frente a él, Ryoga gruñó y atravesó la pared de un
puñetazo, con un crujido.
—¡NO! —rugió el muchacho perdido, con los ojos llenos de lágrimas—.
¡NO!
Kasumi abrió los ojos, y miró a las cuatro personas que habían irrumpido
de pronto en el baño.
—Hola —dijo con toda calma, en la manera que solo Kasumi podía lograr
al verse ante cuatro personas que acababan de echar la puerta abajo
mientras ella se daba un baño—. Perdón. Debo haberme quedado
dormida. ¿Está todo bien?
—¡KASUMI! —exclamó Akane, que se precipitó por entre Ryoga y a
Ranma y cayó de rodillas junto a la bañera—. ¡Estábamos tan
preocupados! No contestabas y la puerta estaba con seguro y tú nunca
aseguras la puerta y llevabas tanto rato adentro y...
Kasumi acarició el cabello de Akane con una mano mojada.
—Akane, Akane. Estoy bien. Estaba muy cansada y me quedé dormida en
la bañera. Por lo general no tengo el sueño muy pesado, pero creo que
no te oí. Le puse seguro a la puerta para que Ryoga no entrara aquí sin
querer.
—¿Qué sucede? ¿Qué son todos esos gritos? —dijo Genma, luego de
entrar corriendo al baño. Nabiki y Soun estaban tras él.
—No pasa nada, papá. Un pequeño malentendido, nada más —dijo
Ranma.
—¡RANMA! ¡RYOGA! ¿Qué hacen aquí mientras mi hija mayor se baña?
—exclamó Soun, alzándose titánico por sobre los dos muchachos. Estos
huyeron rápidamente del baño, de regreso a la sala, y se dejaron caer en
el sofá.
—Diablos. De verdad me preocupé por un momento —dijo Ryoga.
—Me dices a mí. Entramos y ella no se movía, estaba tan seguro de que
había pasado algo terrible... —dijo Ranma.
—Ranma —dijo Ryoga—. ¿Crees que debamos contarles a todos los
demás lo que dijo Cologne?
—No sé —dijo Ranma—. No quiero asustarlos. Tal vez deberíamos
contarles a Ukyo y a Akane después, a la noche.
Ryoga asintió. —Me parece.
Genma y Soun entraron a la sala, y se situaron tras el respaldo del sofá.
—¿Quizá no les molestará explicar por qué me rompieron la puerta del
baño? —dijo Soun.
—Sí. Ten la bondad de explicarte, Ranma —dijo Genma.
—Bueno... Eh... —empezó Ranma.
—... Nadie sabía dónde estaba Kasumi, y llevaba allí dentro tanto rato...
—continuó Ryoga.
—... Y la puerta estaba con seguro, y no sabíamos si ella estaba bien...
—... Y no contestaba cuando la llamamos...
—Descuida, papá —dijo Kasumi, entrando en la sala envuelta en una
toalla—. Me había quedado dormida en la bañera. Con todos esos
asesinatos que están ocurriendo, no los puedes culpar. Estaban
preocupados de que yo pudiera estar en problemas.
—Sí. De verdad nos tuviste asustados un rato, Kasumi —dijo Akane, de
pie junto a su hermana.
—¿Alguien quiere palomitas de maíz? —preguntó Ukyo, saliendo de la
cocina con un cuenco lleno de ellas. Nabiki salió detrás de ella con otro
cuenco—. Hicimos un poco más de las que necesitábamos nosotros
cuatro.
—Encantado, Ukyo —dijo Genma.
Ukyo y Nabiki trajeron los cuencos, y toda la casa se instaló frente al
televisor mientras se disolvía la tensión que había llenado el aire hacía
solo unos minutos. Las tres hermanas Tendo se acomodaron en el sofá,
que Ranma y Ryoga habían desocupado para tenderse en el piso delante
del televisor. Ukyo los apartó y se sentó entre ellos, mientras Genma y
Soun se sentaban en el piso, cada uno en un extremo opuesto del sofá.
Los cuencos de palomitas eran pasados de uno a otro, y pronto todos
estaban muy contentos comiendo mientras Ranma encendía la televisión.
—Veamos qué hay —dijo, buscando algo bueno.
—"¡EN VIVO! ¡Desde el Anfiteatro de Tokio! ¡La Liga Americana de Lucha
Libre se enfrenta a Japón!".
—Miren que tengo suerte —dijo Ranma, y se instaló.
Hubo lamentos colectivos por parte de todos los demás.
—Ranma, ¿cómo aguantas ver esto? —dijo Nabiki, antes de meterse un
puñado de palomitas en la boca—. Es todo mentira.
—¿Es mentira? —dijo Genma, sorprendido.
—Por supuesto que es falso, Saotome. ¿Acaso no lo sabía?
—dijo Soun.
—Desde luego que sí —se apresuró a decir Genma por entre una
bocanada de palomitas.
Sonó la campana; los titanes chocaron en el ring; la risa llenó la
estancia.
~ o ~
Genma, Soun y Kasumi se fueron después del primer combate; Kasumi
diciendo que no le gustaba mucho la violencia, y Genma y Soun diciendo
que volverían a su juego y dejarían en paz a los jóvenes. Llevando una
botella de sake de la cocina, se dirigieron al piso de arriba después de dar
las buenas noches. Nabiki se quedó hasta que terminó el evento, luego
les dijo a todos que no metieran mucho ruido, y que no hicieran nada que
ella no haría. Ranma consutó qué era exactamente lo que ella no haría, y
Nabiki pensó un momento antes de decir que fuera lo que fuera, al menos
no lo haría gratis.
Saltaron por los canales durante otros diez minutos, pero no encontraron
nada de interés. Al final, Ranma apagó el televisor.
—Akane, Ucchan —dijo—. Ryoga y yo tenemos que decirles algunas
cosas.
Y así lo hicieron. Fue más que nada Ranma el que habló, en realidad,
contándoles a las dos muchachas acerca de la advertencia hecha por
Cologne el día anterior, y de la llamada telefónica que había recibido
durante la cena esa misma noche, advirtiéndole del posible peligro para
uno de sus amigos.
—Pero igual se te hubiera ocurrido invitarme, ¿cierto Ranchan? —dijo
Ukyo.
—Sí, claro —dijo Ranma, esperando sonar sincero.
Ukyo pareció contenta. Akane simplemente pareció un poco enojada.
—¿Por qué no me contaste esto ayer? —preguntó, mirando a Ranma con
cara de descontento.
—No quería que te murieras del susto ni nada de eso, Akane —dijo
Ranma.
—¡Yo no me muero del susto! —dijo Akane, acalorada.
—¿No? ¿Te acuerdas cómo estabas en esa cueva embrujada? —contestó
Ranma. De reojo, vio a Ukyo y a Ryoga intercambiar una mirada, y
recordó el extraño comportamiento de ellos dos en la cueva.
—¡Pues si me hubieras escuchado en vez de estar burlándote de mí, tal
vez no me habría "muerto del susto"!
—Ehm... Akane... Acuérdate de que tenemos que guardar silencio —dijo
Ryoga.
Mascullando algo que Ranma no pudo descifrar, Akane miró hacia otro
lado, y se puso a examinar un interesante punto de su blusa.
—Entonces, ¿tiene alguna idea Cologne de qué está sucediendo?
—dijo Ukyo.
—La verdad, no —dijo Ranma.
—¿Ha ido con la policía? —dijo Ukyo.
Ryoga resopló. —Hola. Tengo trescientos años de edad, soy una maestra
de las artes marciales y vengo a decirles que los vientos negros han
empezado a soplar —dijo, en una imitación bastante decente de Cologne.
Ukyo se rió.
—Lo que quiero saber —dijo Ranma— es si el que tengamos un papel que
cumplir significa que vamos a ser los que tengan que detener al que sea
que esté haciendo estas cosas. O si significa que quien sea que esté
matando gente vendrá por uno de nosotros.
Todos se uedaron callados un momento, recordando el temor anterior por
Kasumi. Ranma se puso de pie y miró de uno a otro lado.
—Voy a revisar que todas las puertas y ventanas estén cerradas
—dijo—. No está de más tener cuidado.
—Voy contigo, Ranchan —dijo Ukyo, y se levantó rápidamente.
Akane no dijo nada. Ranma intentó cruzar la mirada con la de ella, pero
ella no parecía querer mirarlo.
—Bueno —dijo él, con un suspiro tenue—. Vamos, Ucchan.
Recorrió la planta principal, revisando las puertas y ventanas que daban
al exterior. Toda aquella sin cerrojo, la aseguraba. Estaba a punto volver
a la sala de estar cuando se acordó del dojo.
—Voy a revisar el dojo —le dijo a Ukyo cuando salieron de la cocina—.
Puedes volver si quieres.
Ukyo negó con la cabeza. —No. Voy contigo.
Ranma se encogió de hombros y encabezó el camino al dojo. Encendió las
luces y revisó detenidamente toda la estancia. Todas las ventanas
estaban bien; la puerta que daba hacia fuera estaba asegurada, pero
Ranma le puso el travesaño de todos modos. Cuando se dio vuelta, Ukyo
estaba de pie allí, con una sonrisa, pero con el brillo de lágrimas en los
ojos.
—Ucchan, ¿qué pasa? —dijo él con voz suave.
Ella dejó escapar un sollozo breve y se derrumbó contra él. Ranma la
rodeó con los brazos y la estrechó, sin saber qué más hacer.
—Perdón, Ranchan —dijo ella, secándose los ojos—. Es que tengo miedo,
eso es todo.
—Ah, anda, no voy a dejar que te pase nada —dijo Ranma; retiró los
brazos y la asió de los hombros—. Tú eres mi mejor amiga en el mundo,
Ucchan.
—Lo sé. Sé que no vas a dejar que me pase nada —dijo Ukyo, y se sorbió
la nariz—. Pero no estoy preocupada por mí. Me preocupas tú.
—¿Ah? —dijo Ranma.
—Estas cosas siempre se centran en ti, Ranchan. Y por muchos artistas
marciales o príncipes que con hayas peleado, nunca te has enfrentado a
nadie así antes. Sea quien sea ese sujeto, es un monstruo con forma de
humano. Estoy tan preocupada de que salgas herido, o hasta muerto.
—Ucchan... —dijo Ranma, falto de palabras.
—Nada más prométeme que te vas a cuidar, ¿sí? No seas demasiado
orgulloso, pide ayuda. Todos te apreciamos, Ranma. Yo te aprecio, Akane
te aprecia. Diablos, hasta Ryoga te aprecia.
—Ya lo sé, Ucchan. Yo también te aprecio —dijo Ranma.
Ukyo le rodeó la cintura con los brazos, y por un momento Ranma temió
que lo fuera a besar, pero luego ella se limitó a abrazarlo fuerte,
descansando la cabeza contra su hombro. El pelo de ella olía a fresco y
limpio, y el aroma a flores indefinidas de su champú hizo cosquillas en la
nariz del muchacho. Se sentía tan bien que a uno lo abrazaran así.
—Te quiero tanto —dijo Ukyo—. No sé qué haría si alguna vez te pasa
algo.
Las palabras de Ukyo hicieron que el dolor se clavara en el corazón de
Ranma. Recordó lo que le había dicho a Akane, y la expresión de la cara
de Shampoo esa tarde. Algún día, tendría que hacerle a Ucchan lo que le
había hecho a Shampoo, pero no sabía si alguna vez tendría el valor, de
verdad que no. Ukyo lo amaba; acababa de decirlo ahora. Lo había
demostrado de muchísimas maneras.
Y se dio cuenta de que él también la quería; la quería como a la mejor
amiga que había tenido. Una amistad que había nacido de la alegría y del
pesar, de la traición y del perdón, y que se había fortalecido por todo
aquello.
Pero por mucho que la quisiera, por profunda que fuera su amistad, él
nunca podría amarla de la forma en que ella lo amaba. Porque él sabía
que su corazón era de otra, y aunque no sabía si esa otra lo
correspondía, esperaba con todo su ser que así fuera.
Por último, Ukyo lo soltó. Ranma llevó una mano hasta el rostro de ella y
le limpió una lágrima.
—Volvamos a la sala —dijo—. Si nos tardamos mucho más, Akane y
Ryoga se pueden empezar a preocupar.
Ukyo asintió con la cabeza y sonrió. Caminaron juntos en silencio,
habiendo sido dicho lo necesario por ahora, ambos sabiendo muy bien lo
que aún quedaba por decir.
~ o ~
Ranma estaba tendido en su futón, vestido con pijama. Podía oír cerca la
respiración suave de Ryoga; la muchachas estaban como a tres metros
de allí. El enojo de Akane se había diluido paulatinamente, y la
conversación había pasado de asuntos serios a una charla distendida.
Habían recordado las aventuras juntos, repasando triunfos y derrotas.
Ryoga había contado unas cuantas anécdotas de los lugares por los que
había deambulado en sus andanzas, y Ranma había confidenciado algunas
de las cosas que su padre había hecho cuando estaban viajando juntos.
Por último, se habían cansado e ido a acostar a sus camas, pero la
conversación continuó, como siempre lo hacía. La primera en quedarse
dormida fue Akane; Ukyo la siguió pronto. Ryoga se quedó despierto un
rato más, pero la conversación que hacía estaba puntuada con bostezos
y ronquidos. Al final, solo Ranma seguía despierto, a solas con sus ideas.
Se preguntó qué traería el día de mañana. ¿Se estaría quieto el asesino
esa noche, o se desparramarían por las páginas de los diarios las noticias
de otra atrocidad más? Así, fue con un alma intranquila que Ranma
encontró el sueño esa noche, o quizá el sueño lo encontró a él.
—
