Nuestra Propia Condena
Un Fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum
Versión castellana de Miguel García
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Parte Tres: Las rosas lo han sabido la noche entera
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En su cuarto a oscuras, bajo sábanas que llevaban estampado su nombre
decenas de veces, Kodachi Kuno dormía el sueño plácido de quien cree
tener la razón en cada una de sus acciones. La mayoría de la gente del
mundo siente culpa o arrepentimiento por algunas de las cosas que hace
en su vida; no era así con Kodachi. La culpa era una emoción necia; para
evitarla, no hacer nada por lo que uno se sienta culpable, y no sentir
culpa por cosa alguna.
Los sueños de Kodachi eran gratos y apacibles cuando dormía; desde que
se había convertido en la Rosa Negra, todas sus pesadillas habían
cesado. La máscara oscura que llevaba la protegía; cubierta de sombras
y engaño, solo podía tocarla lo que ella deseaba que la tocara. Todo lo
demás resbalaba de ella tan fácilmente como el agua por el lomo de un
pato.
En sus sueños, Kodachi yacía sobre un lecho de rosas negras, vestida
con el vestido de novia que había mandado confeccionar el día en que
conoció al hombre con quien ella sabía estaba destinada a casarse. Era el
vestido que había usado en esa falsa boda de él, donde casi se había
casado por error con esa horrorosa Akane Tendo. Él venía a Kodachi en
sus sueños, vestido de blanco contraste con el negro que lucía ella. Se
tendía a su lado, la abrazaba cerca de sí, susurrando palabras de un
amor que trascendería a las eras. Se besaban; era como saborear el
cielo.
Kodachi era paciente; sabía que, algún día, su amado Ranma vendría a
ella en la vida tal como venía a ella en sueños. Eran la pareja perfecta;
ella la noche y él las estrellas. Hasta entonces, se contentaba con
conocerlo solo en sueños.
Por verídicos y profundos que fuesen sus sueños, Kodachi Kuno dormía
muy livianamente, y se despertó en un instante al oír abrirse la ventana.
Había procurado cerrarla anoche; por mucho que confiara en que
cualquier asesino que intentara hacerla su próxima víctima se llevaría un
chasco, no era razón para no tener cautela. Quizá había sido un simple
olvido.
Kodachi abrió los ojos, y vio a la silueta negra y enjuta entrar trepando
por la delgada abertura de la ventana, para encaramarse sobre su
escritorio. La figura era más que flaca; esquelética sería la mejor
descripción: los brazos y las piernas parecían demasiado esmirriados para
sostenerla. Kodachi no podía distinguir mucho más que la forma; los ojos
de la muchacha aún no se habían adaptado a la oscuridad, y la tenue luz
de luna que entraba parecía fluir evitando a la figura. Pero la poca
claridad sí resplandecía fúlgida, sobre el cuchillo plateado que el instruso
empuñaba.
La figura saltó entonces, y Kodachi saltó de la cama al piso, y rodó hacia
un lado al tiempo que el cuchillo rasgaba la almohada. El cuarto no era
una arena gimnástica, y ella tenía puesto un camisón, no calzas, pero
siempre mantenía a mano algunos instrumentos de su arte. Cogió las dos
clavas de donde sabía estaban dispuestas sobre la mesa, y las hizo volar
hacia la figura que estaba sobre la cama. Tal vez las esquivaría, tal vez
no.
El intruso derribó las clavas del aire con una pasada de su mano libre, y
saltó de la cama con agilidad felina. Más rápido de lo que ella hubiera
creído posible, estuvo encima de Kodachi y le lanzó una cuchillada al
cuello. Kodachi alzó un brazo para protegerse, y lo sintió cruzado por una
raya de dolor ardiente. Gritó y fustigó con las piernas; se quitó al
atacante de encima el tiempo suficiente para poder ponerse en pie. Tenía
que llegar a la puerta, salir a donde pudiese correr.
Aferrándose contra el cuerpo el brazo herido, Kodachi fue a tropezones
hacia la puerta cuan rápido pudo. Pudo oír a su agresor ponerse en pie
de un salto tras ella y, mientras la muchacha acercaba la mano a la
perilla de la puerta, el cuchillo entró en su espalda, cerca de los hombros.
El dolor de su brazo fue olvidado mientras ella se desplomaba hacia
adelante, todavía intentando desesperada alcanzar la puerta. Una mano
huesuda le cubrió la boca, le echó hacia atrás la cabeza y le expuso el
cuello. El cuchillo fue extraído de un tirón, el dolor aún más grande que
cuando se había clavado. Kodachi sufrió una pesadilla por primera vez en
muchos años; pero no era como las pesadillas de su infancia, porque esta
pesadilla era realidad, horrorosa realidad.
Con fuerza desesperada, dio un codazo hacia atrás, contra el cuerpo del
atacante. El movimiento del brazo jaló de manera terrible de la herida en
su espalda, pero le permitió liberarse y tratar de llegar a la puerta
nuevamente. Cuando por fin alcanzó la perilla y estuvo presta a girarla,
una mano le aprisionó el brazo, y la arrojó hacia un lado, como una
muñeca. Kodachi trastabilló sobre el asiento de su exquisito tocador y
cayó, se estrelló la espalda contra el tocador, y la cabeza contra el
espejo de este. Un choque entumecedor le atravesó el cuerpo, y sintió
rompérsele el espejo en la nuca. Pugnó por levantarse, pero entonces la
figura negra estaba de nuevo ante ella, el cuchillo destellando, y lo sintió
cortarle el abdomen. Gritó, y volvió a gritar mientras la silueta echaba
una mano hacia atrás y la abofeteaba, atormentándola. El cuchillo subió
y abrió un fino corte por su mejilla izquierda, desde el ojo al mentón.
—Cosa bonita —sibiló la figura—. Ahora sigues tú.
La mano subió y la abofeteó de nuevo; le partió el labio. Luego subió el
cuchillo, para marcarla por la mejilla derecha como lo había hecho en la
izquierda. Su mundo se disolvía en dolor; se sentía yéndose en él. La
mano sujetó su barbilla y le echó la cabeza hacia atrás, sin resistencia
por parte de ella. La oscuridad ya la envolvía. El cuchillo se aprontó,
brillante y ya mojado de sangre. Su sangre.
La puerta se abrió de golpe, la luz del pasillo inundó la habitación. Su
atacante emitió un chirrido y la soltó; Kodachi se desplomó contra el
tocador, tratando de no perder el conocimiento.
Alguien vociferaba, rugiendo un grito de pelea. Vagamente, Kodachi pudo
distinguir dos siluetas que combatían de un lado a otro por el cuarto, su
hermano blandiendo la espada de madera en alto, con destreza
impresionante, golpeando una y otra vez contra el atacante oscuro y su
cuchillo de plata, obligándolo a retroceder por el cuarto y a alejarse de la
puerta. Kodachi cerró los ojos; los ruidos de lucha aún resonaban en
torno a ella.
Sintió que la levantaban, pero, pese a todo su esfuerzo, no pudo abrir los
ojos ahora que los había cerrado. Entrando y saliendo de la inconciencia,
ciega al mundo pero aún oyendo, sintió manos suaves vendarle las
heridas, tenderla en una cama dura. Luego se movía, como dentro de una
gran nave. Alguien le apretaba fuertemente la mano, llorando al hablarle:
—¡HUYÓ! El canalla huyó cuando por poco lo tenía, hermana. Le daré
cacería hasta los confines de la tierra; le daré diez veces lo que te ha
hecho a ti. Lo juro.
Kodachi sintió que todo se desvanecía, y se hundió en la negrura incluso
mientras intentaba responder.
~ o ~
El baño estaba lleno esa mañana, con dos personas adicionales en una
casa ya atestada, pero las cosas se fueron ordenando, y todos quedaron
más o menos listos para enfrentar el día. Ranma, en lo personal, no
esperaba ansioso lo que podían traer los diarios. Enfiló a la puerta
principal para ver si había llegado. Como por alguna coincidencia
intencional, estaba a punto de asir la perilla cuando alguien tocó. Ranma
se encogió de hombros y abrió la puerta, sin ver a nadie allí por un
momento hasta que se le ocurrió mirar hacia abajo.
—Tenga usted buenos días, joven Saotome —dijo Sasuke Sagurakuge
desde su posición, en una reverencia tan baja que su frente tocaba el
piso.
Ranma contuvo un lamento; tenía tan poca tolerancia por el pequeño y
obsequioso ninja como la tenía por su empleador inmodesto y jactancioso.
Lo último que le faltaba ahora era tener que habérselas con Kuno. Lo
más probable era que Sasuke estuviera entregando un desafío de Kuno,
o alguna oferta romántica.
—¿Qué quieres? —dijo Ranma, sin hacer ningún esfuerzo por disfrazar la
hostilidad.
—Ruego me perdone por importunarlo tan temprano, pero lamento
informarle que la ama Kodachi ha sufrido un accidente —dijo Sasuke,
todavía mirando el piso.
—¿Qué clase de accidente? —dijo Ranma, sintiendo algo frío infiltrársele
en el cuerpo.
—Fue... atacada en su cuarto anoche —dijo Sasuke, levantando la vista
hasta Ranma—. El amo Kuno ahuyentó al agresor, pero no antes de que
la ama Kodachi resultara con heridas graves.
—¿Cómo... Cómo está?
Internamente, se maldijo por imbécil. Los hermanos Kuno definitivamente
no eran sus amigos, pero Cologne había dicho "alguien cercano a ti".
¿Cómo se había olvidado de ellos?
—Los médicos dicen que las heridas no hacen temer por su vida —dijo
Sasuke—, pero no despierta desde que entró al hospital. Perdió mucha
sangre.
—¿Saben cómo pasó?
—La policía está en la mansión ahora. Creen que fue el mismo asesino
que ha atacado desde ahce os noches. De alguna manera, el asesino
consiguió traspasar los sistemas de seguridad. Los revisé dos veces justo
esa noche, por los asesinatos, pero las cámaras, los sensores, no
registraron nada. Es como si nada hubiera penetrado los terrenos de la
casa, excepto por lo que se le hizo a la ama Kodachi.
Sasuke apretó un puño y se puso en pie, y en sus ojos normalmente
abyectos, Ranma vio ira verdadera.
—Una fortuna en equipos de seguridad, días de trabajo, constante
mantención y revisión, ¿y para qué? Para que la ama Kodachi acabe casi
muerta, con la ventana abierta como único indicio de que alguien entró a
la casa. Ni siquiera huellas de pisadas en el suelo bajo la ventana. Es
como si el asesino fuese invisible.
—Pero ella va a estar bien, ¿cierto? —dijo Ranma, sorprendido por la
preocupación que oyó en su propia voz.
Sasuke asintió:
—Tardará en sanar, pero sanará.
—¿Puede recibir visitas? —preguntó Ranma.
—Es justamente la razón por la que vine —dijo Sasuke—. Esperaba que la
presencia de usted pudiera ayudarla a salir de su estado de
inconsciencia.
—Voy ahora mismo —dijo Ranma.
Miró de nuevo a Sasuke. El hombrecito mismo tenía aspecto de casi
muerto en pie, y parecía tener dificultades para mantener los ojos
abiertos.
—Oye, Sasuke, ¿cuándo fue la última vez que dormiste?
—preguntó.
—Dormí unas horas anoche. Antes de que la ama Kodachi fuera atacada.
—¿Quieres desayunar? —dijo Ranma—. Estábamos por comer, y Kasumi
siempre hace de sobra.
—Me honra aceptar su hospitalidad —dijo Sasuke.
Ranma se alejó de la puerta y Sasuke lo siguió adentro. Casi habiéndolo
olvidado, Ranma se agachó y recogió el diario. No había nada sobre
Kodachi en la portada. Sasuke lo vio leer y asintió con la cabeza.
—Los diarios no lo saben aún —dijo—. La policía no los quería rondando
por la escena mientras investigaban. Para esta tarde, sin duda la noticia
estará por toda la ciudad.
—Esto va a asustar a mucha gente —dijo Ranma—. Que quien sea el
sujeto, se haya metido a una casa tan fácilmente.
Sasuke asintió. —Ese demente debe ser detenido, y rápido. Si la policía
no es capaz, entonces es tarea de otros.
—¿Eh? —dijo Ranma, mientras caminaban hacia donde lo más probable
era que todos ya estuvieran comiendo.
—Hay ciertos aspectos inquietante en cuanto al agresor —dijo Sasuke
cuidadosamente—. Admito que el amo Kuno es un tanto dado a sus
propias interpretaciones de las cosas, pero lo que dice de su oponente,
suena como si pudiera ser algo que la policía no espera en absoluto.
—¿Cómo "no espera"? —dijo Ranma.
—Debe preguntárselo al amo Kuno —dijo Sasuke—. Él podrá decirle más.
Entraron a la sala, donde el resto de la casa ya estaba sentada a la
mesa. Ya estaba aglomerada, pero encontraron espacio para ellos, y el
resto de la mesa le dirigió miradas inquisitivas a Sasuke.
—Buenos días, Sasuke —dijo Kasumi alegremente—. ¿Qué te trae por
aquí?
—Buenos días, Kasumi. Siempre es un deleite visitar tu casa. Solo
desearía que fuera bajo circunstancias más felices —dijo Sasuke.
—¿Puedo preguntar por qué? —dijo Kasumi.
Sasuke explicó al resto de la mesa el propósito de su visita de esa
mañana; cuando terminó, todos guardaron silencio un momento.
—Pobre niña —dijo Kasumi por último—. Ojalá se recupere pronto.
Los demás murmuraron su concordancia. Luego empezaron a comer, pero
el ánimo de la comida había menguado. Terminaron rápido y en silencio
general, sin que ninguno sintiera ganas de hablar. Los asesinatos habían
sido inquietantes antes; ahora que alguien que conocían había sido la
víctima, se habían vuelto verdaderamente aterradores.
Los cuatro más afectados, desde luego, eran Ranma, Ryoga, Akane y
Ukyo. Todos sabían de las advertencias de Cologne; ¿se habían cumplido
ya, o aún había más por venir para ellos?
Con el desayuno concluido y la mesa despejada, Ranma se retiró y le hizo
una seña a Ryoga. Se ubicó junto a la entrada del pasillo que daba al
dojo, fuera del área de tránsito general del resto de la casa, mientras
hablaba con el otro muchacho.
—Mira, Ryoga. Voy a visitar a Kodachi al hospital. Quédate por aquí con
Ucchan y Akane hasta que vuelva. Quiero que todos vayamos juntos al
Nekohanten a hablar con Cologne; tenemos que hacer algo con lo que
está pasando —dijo en voz baja.
—¿Que no es trabajo de la policía? —dijo Ryoga.
Ranma negó con la cabeza:
—Ya no estoy muy seguro. Sasuke me dijo que Kuno ha estado diciendo
unas cosas del sujeto con quien peleó, que suenan como si pudiera ser
más de lo que la policía cree.
—¿Como qué? —dijo Ryoga, arqueando una ceja, dubitativo.
—Bueno, sea quien sea este sujeto, pasó por los sistemas de seguridad
de la casa de Kuno como si ni existieran. Sasuke no es muy buen ninja,
pero sabe lo suyo cuando se trata de seguridad; los Kuno tienen
suficientes trampas en esa casa hasta para hacer que Indiana Jones
cuelgue el sombrero.
—¿Indiana Jones? —dijo Ryoga.
Ranma hizo caso omiso de la pregunta y siguió presionando:
—Y no había ni huellas ni nada. Tengo que hablar con Kuno antes de
sacar conclusiones. Pero como están pasando estas cosas, no creo que
la policía pueda encargarse.
—Está bien —dijo Ryoga con una afirmación de cabeza.
Ranma salió a buscar a Sasuke; el ninja estaba en la cocina hablando con
Kasumi mientras ayudaba a lavar los platos.
—Ya estoy listo para ir, Sasuke —dijo Ranma.
—Muy bien —dijo Sasuke. Se dio vuelta y le hizo una reverencia a Kasumi
—. Te agradezco por el desayuno.
Kasumi sonrió. —Qué amable.
Ranma dejó escapar un bufido leve. Sasuke se irguió y salió de la cocina,
con Ranma siguiéndolo. El ninja salió por la puerta principal y guió a
Ranma doblando la esquina, donde una gran limosina negra lucía
patentemente foránea en el vecindario. Ranma vio a unas cuantas
personas en sus pórticos mirarla con interés. Sasuke no hizo caso de las
miradas y sacó un llavero del uniforme, buscando en este hasta
encontrar las llaves del vehículo. Abrió la puerta del lado del conductor y
le hizo una seña a Ranma para que fuera a la puerta del acompañante;
Ranma abrió la puerta y entró. El interior de la limosina era tan
impresionante como el exterior, y Ranma se reclinó confortablemente en
el asiento. Sasuke entró y giró la llave en el arranque.
El trayecto al hospital fue lento y en silencio. Ninguno de los dos tenía
mucho que decir al otro. Ranma pasó el rato tratando de pensar en qué
hacer; ¿sería la siguiente víctima alguien más que él conocía?
Obviamente, algo debía hacerse. Tenía que hablar con Cologne, saber
qué opinaba. Quizá ella tuviera algunas ideas.
Debía hablar con Kuno, también, recordó. Sasuke había mencionado que
Kuno había peleado con el atacante de Kodachi; quizá él fuera capaz de
confirmar las sospechas de Ranma, de que había un lado más incierto del
asesino, que ni la policía creía.
Ranma no era un novato en las cosas que el mundo consideraba
extraordinarias o hasta imposibles; conocía bien el toque de la magia.
Como en todas las cosas, había en ella un lado claro y uno sombrío. Las
aguas de Ryugenzawa podían sanar la herida más grave, pero su uso solo
era hecho posible por la existencia de su terrible guardián.
¿Era el asesino algo más que humano, un ser que podía pasar por
cámaras y sensores para entrar en una casa y no dejar rastro de su
presencia? ¿Un ser capaz de no dejar huellas digitales o de pisadas tras
su bestialidad? ¿Un ser que mataba noche tras noche si no era detenido?
—Ojalá que no —murmuró Ranma para sí.
—¿Cómo? —dijo Sasuke.
—Nada.
Se estacionaron frente al hospital unos minutos después. Ranma podía
ver la media docena de furgonetas ya estacionadas allí. Sasuke maldijo y
dio un manotazo contra el volante mientras arrimaba la limosina a un
lugar vacío.
—Ya se enteraron —dijo—. Tratemos de pasar sin que se percaten de
quienes somos.
Ranma y Sasuke salieron del auto y caminaron con la mayor discreción
posible hacia la entrada principal de la clínica. El área de más allá estaba
llena de periodistas y camarógrafos, que parecían estar todos haciendo
preguntas al mismo tiempo a un hombre de pelo oscuro, que llevaba una
bata blanca y parecía más exasperado a cada minuto.
—Sí —decía mientras los dos entraban—, sí, la víctima está en esta
clínica. Su condición es estable; la policía investiga el asunto en este
momento. No sé nada más que eso.
—Hemos sabido que había alguien más —dijo por sobre la barahúnda un
hombre petiso que aferraba una libreta de notas, con el lápiz en pose de
escribir—. Un hermano o algo así.
—Como dije, no tengo libertad de comentar eso —dijo el médico—. Ahora
hagan el favor de no seguir interrumpiendo el funcionamiento de la
clínica.
Ranma y Sasuke rodearon el grupo de periodistas apiñados, y enfilaron a
los ascensores lo más rápido posible sin llamar la atención. Los reporteros
parecían distraídos, haciendo preguntas al frustrado médico, y no les
prestaron atención. Sasuke pulsó el botón, y las puertas se abrieron casi
de inmediato. Los dos subieron al ascensor con cierto alivio.
—Está en el tercer piso —explicó Sasuke al presionar el botón iluminado
con el tres—. La tuvieron en cirugía hasta hace como una hora.
—¿Va a tener algún daño permanente? —preguntó Ranma.
—Sufrió varias heridas punzantes en la espalda y abdomen, bastante
profundas y graves. Tenía un corte en el brazo, seguramente por
bloquear el cuchillo con él. Todo sanará, con el tiempo —explicó
Sasuke—. El asesino también le hizo algo de daño en el rostro. Lo más
probable es que lleve las cicatrices por el resto de su vida.
Ranma suspiró. Kodachi no le caía muy bien. Era cruel, despiadada, y tal
vez no cuerda, pero era alguien que él conocía, y nunca le hubiera
deseado algo así a nadie.
El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron; Ranma y Sasuke salieron
para dejar entrar a varias enfermeras. Sasuke mostró el camino,
serpeando por el laberinto de corredores de la clínica, hasta que llegaron
al cuarto donde estaba Kodachi. El número sobre la puerta era el 315; la
puerta estaba cerrada, y el letrero sobre esta indicaba que era un cuarto
privado. Sasuke la abrió y entró, Ranma siguiéndolo con algo de cautela.
La habitación era aireada y jovial, con ventanas grandes y paredes
pintadas de azul. Kodachi Kuno yacía en una cama de hospital cerca de
la ventana, con un conducto intravenoso que llegaba a su brazo desde la
bolsa que colgaba de una percha. Desde allí, Ranma podía verle las
vendas en la cara y brazo, pero la sábana delgada que la cubría casi
hasta el mentón no revelaba nada más.
Tatewaki Kuno estaba sentado en una silla junto a la cama, pareciendo
en camiseta y pantalones. Estaban arrugados, como si hubieran sido
puestos con premura. Ranma estaba bien seguro de que así había sido.
Tampoco tenía bokken que parecía portar siempre. El alumno superior
estaba hecho un asco, francamente. Tenía el pelo de punta en algunos
lugares, y sus ojeras delataban la falta de sueño. Levantó la vista al
entrar Ranma y Sasuke.
—Veo que viniste —dijo en voz neutra, mirando a Ranma.
—Sí —dijo Ranma.
Kuno se levantó de la silla y, para sorpresa de Ranma, le hizo una venia
leve:
—Te doy las gracias. Por rivales que seamos, tu preocupación por el
bienestar de mi hermana habla mucho de ti, aunque en poco disminuya
a mis ojos la malignidad que te imputo.
—Gracias —dijo Ranma, intentando entender de qué hablaba Kuno.
—¿Imagino que quisiera estar a solas con ella unos minutos? —dijo
Sasuke a un lado de Ranma.
—Creo que sí —dijo Ranma, mirando a Kuno.
Sería más fácil si el temperamental alumno superior no estaba en la
habitación. Kuno asintió en silencio, salió del cuarto con Sasuke y cerró
por fuera. Ranma miró la puerta un momento, luego se sentó en el
asiento en que Kuno había estado al entrar él. Kodachi yacía pálida e
inmóvil a su lado, y respiraba de modo suave y regular. Ranma miró le
miró la mano por un momento, luego decidió que no haría daño y que no
había nadie mirando: puso una mano junto a la de Kodachi, y envolvió los
dedos en torno a los de ella, sorprendido de lo fuerte que se descubrió
apretando la mano de la muchacha.
—Hola, Kodachi —dijo Ranma, mirando el rostro delicado, en cuyas
mejillas resaltaban las compresas blancas—. Yo... La verdad no tengo
idea qué decirte. Te conozco casi desde que llegué aquí, pero en realidad
no te conozco.
Algo le llamó la atención en la mano que estaba sujetando; un tejido
cicatrizal blanco sobresalía en la muñeca, apenas visible. Dos cortes
largos, que formaban una equis pálida en el brazo. Parecían estirados y
desdibujados, como hechos hacía años.
—No —dijo Ranma con voz tenue, siguiendo las líneas blancas con la otra
mano—, no te conozco para nada.
Las cicatrices de la muñeca estaban descoloridas; nunca se irían del
todo. Con el tiempo, las cicatrices que llevaría de la noche anterior
también se irían disipando. Pero ¿y las cicatrices del alma?
Ranma cerró una mano sobre la otra, y sostuvo la mano inerte de
Kodachi entre las dos suyas.
—Kodachi —dijo—, ojalá me puedas escuchar. Vamos a agarrar al que
hizo esto. Yo y Kuno y todos los demás. No vamos a dejar que esto le
pase alguien más.
Ranma suspiró y apretó la mano de Kodachi:
—Quiero que te mejores muy pronto, ¿sí?
—Ranma...
Las palabras eran frágiles y apenas audibles, pero la voz que las había
dicho era clara. Ranma se levantó con entusiasmo de la silla y miró a
Kodachi.
—Ranma... Has venido —dijo ella, con los ojos todavía cerrados.
—Sí... Aquí estoy —dijo Ranma.
No hubo respuesta. Se quedó allí parado durante un momento, asiendo la
mano de ella en la suya, sintiendo cómo su pulso se había hecho más
fuerte y estable. Luego volvió a dejarle con cuidado la mano sobre la
cama y se levantó, mirando todavía a la muchacha herida en la cama
ante él. ¿Qué la había llevado a hacer una cosa tal, hacía tantos años,
que dejara esas marcas en ella?
Ranma no lo sabía, y no estaba seguro de llegar a saberlo alguna vez.
Atravesó la habitación hasta la puerta y la abrió. Kuno y Sasuke estaban
apoyados contra la pared, hablando entre ellos en voz baja.
—Saotome —dijo Kuno de modo ansioso cuando lo vio salir, y luego su
voz volvió al docto tono normal—. ¿Sucedió algo?
Ranma asintió:
—Me habló. Sabía que era yo.
Kuno suspiró con gesto de alivio.
—Alabados los cielos. No dudo que despierte pronto.
—Sí —dijo Ranma, compartiendo algo del alivio de Kuno.
Recordó que todavía tenía que hablar con Kuno. Por agradecido que
hubiera parecido Kuno con su presencia, Ranma aún no estaba seguro de
si podía sacarle muchas respuestas a un hombre que lo consideraba un
gran rival.
—¿Alumno superior? —dijo, tratando de no sonar sarcástico al decirlo—.
¿Puedo hablar contigo un momento?
Kuno asintió y le hizo una seña a Sasuke. El ninja dio media vuelta y se
alejó de ellos por el pasillo, hasta dejarlos solos.
—¿Qué quieres consultar? —dijo Kuno.
—Sasuke mencionó que te pareció que había algo extraño en el hombre
con el que peleaste anoche —dijo Ranma—, el que atacó a Kodachi. ¿Me
puedes decir qué era lo extraño?
El rostro de Kuno se ensombreció.
—No fue un hombre, Ranma Saotome. Los hay que llevan la máscara de
humanidad sobre su monstruosidad, pero algunos demonios no llevan
máscara alguna. Así era el demonio contra el que luché anoche.
—¿Cómo es eso? —dijo Ranma, con una sensación fatal creciéndole
dentro, al percatarse de lo acertada que podía estar su teoría.
—No vive hombre alguno que esté formado por semejante piel y huesos
—dijo Kuno—. Y si un hombre tal existiera, no tendría ni un centésimo de
la fuerza y velocidad de aquel con quien luché. Me fue sumamente difícil
defenderme contra él; creo incluso que puede haber huido más producto
de la sorpresa que de alguna amenaza real que yo haya podido
representar.
Ranma pestañeó. Nunca había oído a Kuno admitir que pudiera haber algo
que él no fuese capaz de vencer en combate, en despecho de todas las
evidencias de lo contrario.
—De haberse tratado de un combate real, de no haber contado con la
ventaja de la sorpresa, y de no haber sentido aquel demonio la necesidad
de huir luego de ser descubierto, yo también yacería aquí hoy con mi
querida hermana —dijo Kuno—, o acaso algo peor.
—¿Cómo era? —preguntó Ranma.
—Una piel como cuero seco, estirado sobre hueso antiguo. Y nada en
medio, carne, músculo o tendón.
—Kuno —dijo Ranma—, ¿puedes venir conmigo un rato? Quiero que hables
con la bisabuela de Shampoo.
—¿Esa antigualla arrugada? —dijo Kuno, en tono incrédulo—. ¿Qué
asistencia puede ofrecerme ella?
—Sabe mucho —dijo Ranma—. Por favor, alumno superior.
—Muy bien —dijo Kuno—. Pero voy en aras de mi venganza por mi
hermana, y no porque tú lo solicites.
—Como quieras —dijo Ranma.
Por ganas que sintiera de responder a los parloteos de Kuno y darle al
alumno superior una buena patada en la cabeza, iba a necesitar que
Kuno hablara con Cologne antes de hacer eso.
—¡Sasuke! —llamó Kuno.
El ninja levantó la vista desde donde estaba tomando un trago de agua
en la fuente que estaba por el pasillo, y vino corriendo.
—¿Mande, amo Kuno? —dijo Sasuke.
—Ve y prepara el coche para nosotros. Bajaremos en unos minutos.
Deseo despedirme de mi hermana.
—Muy bien, amo —dijo Sasuke, con una reverencia honda antes de
enfilar hacia los ascensores.
Ranma se quedó en el pasillo mientras Kuno volvía a entrar al cuarto de
Kodachi. Salió unos minutos después, con una sonrisa leve.
—Ella sabía que yo estaba allí, Saotome —dijo—. Si bien no habló, sentí
su presencia al asir su mano.
—Me alegra que esté bien —dijo Ranma.
Kuno asintió con aire ausente y se encaminó a los ascensores sin otra
palabra. Ranma se encogió de hombros y lo siguió. Descendieron en
silencio, pero cuando las puertas se abrieron en la planta baja, los
asaltaron los flashes de las cámaras y las preguntas hechas a gritos.
Detrás de la multitud de periodistas, el médico que antes había estado
respondiendo preguntas les gritaba infructuosamente.
—¿Cómo se encuentra su hermana, señor Kuno?
—¿Es cierto que usted peleó con el asesino?
—¿Tiene alguna pista la policía?
Ranma miró a Kuno. La turba de reporteros les hacía imposible abandonar
el ascensor, y la cara del alumno superior estaba empezando a adquirir
un color rojo. Ranma retrocedió cuando el otro muchacho abrió la boca, y
entonces empezó:
—¡PERROS! ¡DEMONIOS! ¡Asquerosos e impúdicos chacales de la prensa!
¡No se interpongan en mi senda hoy, porque carezco de paciencia para
ustedes, ni para ningún otro tipo de alimaña! —vociferó Kuno, y avanzó a
grandes zancadas, su alta estampa abriendo a empellones un camino
entre el gentío. Simplemente caminó por encima de cualquiera que se le
pusiera por delante, y todos aprendieron bastante pronto a no hacerlo.
Ranma lo siguió rápidamente, sin hacer caso de las preguntas que les
gritaban.
Los siguieron afuera, hasta el coche, llevándoles el rastro, tomando fotos
y repitiendo las mismas preguntas una y otra vez. La mano de Kuno se
crispaba a ratos, yendo hacia el bokken que esperaba tener a su
costado. Ranma tenía pocas dudas de que el muchacho ya lo habría
estado usando sobre los periodistas, de haberlo tenido. Kuno abrió con
vehemencia la puerta del lado del pasajero y la cerró de golpe una vez
dentro. Ranma brincó al asiento trasero y miró por la ventana mientras,
Sasuke sacaba el vehículo de su lugar de estacionamiento, con los
reporteros todavía tomando fotos. Cuando abandonaron el
estacionamiento, varios furgones se movieron para seguirlos.
—Piérdelos, Sasuke —dijo Kuno con voz fatigada, desde el asiento
delantero.
Sasuke asintió y pisó el acelerador. Ranma se sintió apretado contra el
asiento, al acelerar la limosina a velocidades no muy razonables para un
automóvil de ese tamaño. Sasuke torció repentinamente por una esquina,
haciendo rechinar los neumáticos, y luego Ranma se limitó a cerrar los
ojos y se recostó contra el asiento, mientras la limusina se cimbraba
fuerte de izquierda a derecha durante los siguientes minutos. Cuando
volvió a abrir los ojos, estaban a unas calles de la casa Tendo, sin ningún
furgón de noticias a la vista.
—Creo haberlos perdido, amo Kuno —dijo Sasuke—. Pero no por mucho
tiempo.
—Muy bien —dijo Kuno—. Ven, Saotome. Caminemos desde aquí; Sasuke
puede hacer que lo sigan a otro lugar.
—Bueno —dijo Ranma; se desabrochó el cinturón de seguridad y bajó del
auto con Kuno.
La limosina salió en reversa y regresó por donde había venido.
—¿Podemos pasar primero por donde los Tendo? —dijo Ranma,
recordando que había querido ir en grupo con Ryoga y los demás.
—¡Desde luego! ¡Visitaré a mi amada! —dijo Kuno.
Ranma apretó los dientes, pero lo dejó pasar. Después de que Kuno le
dijera a Cologne lo que sabía, juró. Pero no antes.
Lejos del hospital y de su hermana, Kuno empezaba a volver con rapidez
a su forma de ser habitual. Había sacado otro bokken de alguna parte.
Conociendo a Kuno, quizá tuviera repuestos en el coche.
—¡Juro que castigaré a ese demonio, Saotome! —dijo Kuno, blandiendo la
espada de madera para dar énfasis—. ¡Nadie pone una mano sobre la
hermana de Tatewaki Kuno en manera tan funesta!
—Sí, eso mismo, Kuno —masculló Ranma mientras caminaban.
Al menos la ira de Kuno no estaba enfocada sobre él; siempre y cuando
le preocupara castigar al asesino en lugar de Ranma, tal vez fuera de
alguna ayuda en lo que estaba por venir. Kuno no era mal peleador, a
decir verdad. Tan solo limitado por su estilo basado en un arma, y el
hecho de que tuviese casi la inteligencia de un batracio.
Llegando a la casa Tendo, entraron por la puerta principal, que estaba
sin cerrojo. Kasumi llegó desde la cocina y les sonrió.
—Bienvenido, Ranma —dijo, antes de dirigir su atención a Kuno—.
Tatewaki, lamento tanto las noticias acerca de tu hermana. Espero que
se recupere pronto.
—Se agradecen tus deseos, Kasumi Tendo —dijo Tatewaki con una venia
leve.
—Oye, Kasumi, ¿y Akane y todos los demás? —preguntó Ranma.
—Están todos en el patio —dijo Kasumi—. Acabo de llevarles limonada.
—Gracias, Kasumi —dijo Ranma, enfilando al patio, Kuno siguiéndolo.
Encontraron a Akane, Ukyo, Ryoga y Nabiki sentados en el borde del
porche trasero, bebiendo sorbos de limonada desde vasos altos,
conversando. Los cuatro levantaron la vista al aproximarse Kuno y
Ranma, y las caras de todos, salvo la de Nabiki, mostraron ligera sorpresa
ante la presencia de Kuno.
—¡Mi amor! —exclamó Kuno, bajando los brazos como para estrechar
entre ellos a Akane.
Ranma apretó el puño, e intentó calmar la respiración. Akane levantó un
brazo le dio un fuerte manotazo a Kuno en el costado de la cabeza, golpe
que lo hizo girar como un trompo hasta caer de bruces frente a Nabiki.
—Hola Kuno-baby —dijo ella, bebiendo un sorbo del vaso—. Es un gran
placer verte.
Kuno resopló:
—Eres tan farisea y tu lengua es tan ácida como siempre, Nabiki Tendo.
Es bueno saber que hay ciertas constantes en este mundo caótico.
—Siéntate, Kuno-baby. Estoy jugando contigo, nada más; lo haces muy
fácil. Toma un poco de la limonada de Kasumi. Está muy rica —dijo Nabiki.
Kuno puso cara de fatigosa aceptación y cruzó las piernas debajo de él,
al ir de estar tirado en el piso hasta una posición sentado cerca de
Nabiki. Nabiki le sirvió un vaso y se lo pasó con una sonrisa traviesa en la
cara. Kuno aceptó el vaso sin devolver la sonrisa y bebió un sorbo largo.
Bajando el vaso, asintió en silencio su agradecimiento, antes de beber
nuevamente. Ranma se sentó con las piernas estiradas y se sirvió un
vaso, el hielo que flotaba en la jarra tintineando contra el vidrio.
—¿Cómo está Kodachi? —le preguntó en voz baja Akane a Ranma.
—Creo que va a estar en pie y dando la lata de nuevo en un par de
semanas —dijo Ranma.
—Qué alivio —dijo Ryoga—. Por mucho que me las deba por lo que me
hizo en la competencia de gimnasia esa, me alegro de que esté bien.
—Pero ¿qué te hizo Kodachi a ti en esa competencia? —dijo Akane,
volviéndose hacia Ryoga con cara de extrañeza—. Ni siquiera te vi ahí.
—Ehh... eeh... —dijo Ryoga.
Ranma emitió un lamento a espaldas de Akane y se dio un palmazo en la
frente. Akane miraba a Ryoga, esperando una respuesta. Ranma le hizo
señas frenéticas a Ukyo, señalando a Ryoga y a Akane con las manos.
Cerca de allí, Kuno y Nabiki hablaban en voz queda, al parecer olvidados
de los demás.
—Ryoga, corazón, ¿me puedes llenar el vaso? —dijo Ukyo, tendiéndole su
vaso vacío a Ryoga.
—Claro, Ukyo —se apresuró a decir Ryoga, alegrándose por la
distracción, mientras tomaba el vaso de Ukyo y le servía de la jarra de
limonada con una mano levemente tiritona.
—¿Qué le hizo Kodachi, Ranma? —preguntó Akane, volviéndose hacia su
prometido.
—Ehm... Parece que pensó que él podía interferir con la pelea, así que...
—dijo Ranma, tratando de pensar—. Le... ¿Ryoga, qué cosa que te hizo?
Ryoga levantó la vista y casi escupió la limonada.
—Me emboscó fuera del gimnasio y me amarró —dijo con cara de
desesperado.
—Ah. No sabía —dijo Akane.
Ranma y Ryoga soltaron sendos suspiros de alivio.
—¿Les dijo Ryoga lo que quiero hacer? —les preguntó Ranma a Akane y a
Ukyo.
—Ajá —dijo Ukyo—. ¿Crees que tal vez debamos llamar primero antes de
ir?
—Sí —dijo Akane—. El restaurante está funcionando hoy, ¿mo?
Ranma asintió:
—Sí. Mejor llamo a Cologne y le digo lo que pasó.
Se levantó y comenzó a encaminarse hacia adentro, y casi chocó con
Kasumi, que venía saliendo.
—Ah, Ranma, justo venía a buscarte —dijo Kasumi—. Tu mamá está al
teléfono.
Ranma pestañeó cara de sorpresa. Esa sí que era coincidencia. ¿Y por
qué lo estaría llamando su madre?
—¿Hola? —dijo, contestando el teléfono de la mesa que estaba cerca del
porche trasero.
—"Hola, hijo" —dijo su madre desde lejos, en la otra punta de la línea.
—Hola, mamá —dijo Ranma, y el sonido de la voz de su madre le hizo
recordar lo mucho que la echaba de menos. Se había acostumbrado
tanto a su ausencia durante más de diez años, que su partida de hacía
unos días para visitar a una amiga no le había afectado en realidad; se
había despedido de su madre con un abrazo, deseando saber qué decirle,
pero sin encontrarse dentro las palabras que necesitaba.
—"¿Cómo estás, Ranma?" —preguntó su madre.
—Bien, mamá —dijo Ranma, antes de soltar espontáneamente—: Te echo
de menos.
Pudo oír el gusto en la voz de su madre cuando respondió:
—"Yo también te hecho de menos, Ranma. Estaba leyendo el diario en la
mañana y me enteré de esos asesinatos espantosos que han estado
ocurriendo cerca de donde estás, y me preocupé por ti. ¿Esta todo bien
por allá?".
Ranma no quería preocupar a su madre pero, aún más que eso, no quería
mentirle otra vez:
—No, no todo está bien, mamá. Andan todos preocupados por lo que
está pasando. Anoche atacaron a Kodachi.
—"¿Una de esas niñas que conoces?" —preguntó su madre.
—Sí, algo así.
—"Ay, cielo santo —dijo Nodoka—. ¿Va a estar bien?".
—Sí, va a estar bien. Fui a verla en la mañana —dijo Ranma.
—"Me parece muy amable de tu parte, hijo —dijo su madre—. Ojalá la
policía atrape pronto a quien esté haciendo esto. Casi vuelvo a casa tan
pronto como lo supe, pero Tamiko tuvo un embarazo muy difícil, y no sé
cómo podría arreglárselas sin mí".
—No te preocupes, mamá. Vamos a estar bien.
—"Ranma —dijo Nodoka—. Quiero que tengas cuidado, ¿sí? Este tipo de
cosas es trabajo de la policía".
—Mamá, voy a tener cuidado —dijo Ranma—. Pero no voy correr a
esconderme tampoco.
—"Lo sé, hijo. Eres un joven valiente y tu madre está muy orgullosa de
ti".
—Gracias, mamá —dijo Ranma.
—"Ahora tengo que colgar. No quiero causar una cuenta telefónica
elevada".
—Nos vemos, mamá.
—"Te quiero, hijo".
—Yo... Yo también te quiero, mamá —dijo Ranma, las palabras sin salirle
como él quería.
—"Adiós" —dijo Nodoka.
Hubo un chasquido del otro lado de la línea, y ella se había ido. Ranma
colgó el teléfono y marcó el número del Nekohanten. Sonó dos veces, y
luego contestó Shampoo.
—"¡Nihao! —dijo—. Nekohanten, ¿en qué ayudo?".
—Hola, Shampoo —dijo Ranma, rápido—. ¿Puedo hablar con Cologne?
—"Ranma... —dijo Shampoo, perdiendo en la voz la alegría que había
tenido al contestar—. Voy por bisabuela" —dijo con tono frío.
Ranma suspiró y se masajeó las sienes con la mano libre; podía sentir los
comienzos de una jaqueca.
—"¿Hola? —dijo Cologne—. ¿Qué sucede, Ranma?".
—Cologne, anoche atacaron a Kodachi Kuno y casi la mataron. Ya no nos
podemos quedar tranquilos y esperar que la policía se encargue de esto.
No creo que sepan con lo que están tratando —dijo Ranma.
—"¿Y tú sí lo sabes?" —dijo Cologne con una traza de sarcasmo.
—Kuno vio lo que trató de matar a su hermana —dijo Ranma—. No parece
que sea humano.
—"¿Y cómo era?".
—Como un esqueleto con piel —dijo Ranma—. Así dijo que era.
Hubo silencio al final de la línea. Por último, Cologne habló de nuevo:
—"Ranma, ¿quién más está en la casa? ¿Aparte de tu familia y la familia
Tendo?".
—Ukyo, Ryoga y Kuno están aquí —dijo Ranma—. Vamos todos a hablar
contigo. Le conté a Akane y a todos lo que dijiste; pensé que nos podría
servir su ayuda.
—"Muy bien —dijo Cologne—. La clientela ha estado escasa de todos
modos. Poca gente se atreve a dejar la supuesta seguridad de sus
casas, incluso durante el día. Vengan en una hora, más o menos; tengo
que hablar con Shampoo y Mousse, y revisar algunos de mis libros".
—Gracias —dijo Ranma.
—"Yo también he tenido vagas impresiones que me hicieron pensar que
hay más en esto de lo que la policía cree —dijo Cologne—. Pero no tengo
manera de estar segura. Adiós, Ranma".
Antes que Ranma tuviera oportunidad de responder, se sintió un
chasquido al otro extremo de la línea, y luego no oyó sino el zumbido del
tono de marcar. Colgó el teléfono y se restregó de nuevo la cabeza. No
parecía que la jaqueca se le fuera a pasar pronto. Y de verdad no estaba
deseoso de ver a Shampoo ahora; era seguro que Ukyo percibiría lo que
había pasado, y podía hacerse impresiones equivocadas. ¿Por qué tenían
que ser tan enmarañadas sus relaciones con las mujeres?
—¿Y por qué diablos quise arreglar mis problemas románticos justo
cuando todos tenemos que trabajar juntos? —murmuró.
Suspirando, miró hacia afuera, al porche de atrás, de donde venían los
sonidos de los demás riéndose y hablando. ¿Sentía alguno el peligro que
sentía él? Les había contado a Ukyo, a Ryoga y a Akane acerca de la
advertencia de Cologne, pero ninguno de ellos había visto a Cologne
como él, la preocupación que había en la impasible matriarca. Para ellos,
el asesino no era el ser sobrenatural en que se había convertido para
Ranma; ya no era capaz de pensar que podía tratarse simplemente de un
hombre. No creía que alguien hubiera podido atravesar los sistemas de
seguridad de Kuno sin dejar huella, y la forma en que Kuno describía al
adversario por cierto que hacía imaginar algo que no era humano. Por
supuesto, debía tener en cuenta que Kuno podía estar interpretando los
hechos a su manera, a lo cual era proclive.
Pero la descripción dada por el muchacho había sido demasiado simple
para eso; el atacante que había descrito no había parecido ser un
demonio imponente, poderoso. Había parecido un ser de piel y hueso,
desmesuradamente rápido y fuerte. Y Kuno no había estado desvariando
al hablar de él, había sonado serio y seguro de cuanto decía.
Ranma suspiró; de verdad esperaba que Cologne supiera qué hacer a
continuación, porque él no tenía la menor idea.
~ o ~
Ranma entró al Nekohanten, actualmente mujer, con cara de rabia. Ukyo
y Akane entraron detrás de ella, Ryoga arrastrando del cuello sin mucha
suavidad al inconciente Kuno.
Kuno se había comportado extraordinariamente tolerable; no había hecho
ningún avance hacia Akane después que ella lo tumbadara en el porche,
y hasta había permanecido bastante callado mientras caminaban.
Luego, por supuesto, se encontraron con una vieja que rociaba agua de
un balde. Le había llegado a Ranma, y Ryoga se había agachado justo a
tiempo. Kuno, naturalmente, había aferrado a Ranma en un feroz abrazo,
al percatarse de que su amada diosa de la trenza había llegado. Ranma le
había aplicado un preciso puñetazo en el mentón y había salido a grandes
trancos hacia el Nekohanten.
Su malhumor se estaba diluyendo cuando llegaron, pero todavía se sentía
tenso y enojado, y esta era una ocasión en la que necesitaba tener
calma. Cologne, Shampoo y Mousse ya estaban sentados en torno a una
de las grandes mesas circulares del restaurante, en el centro de la cual
se hallaban apilados libros viejos y varias hojas sueltas.
—Bienvenidos —dijo Cologne—. Acerquen unas sillas, niños. Tenemos
mucho que discutir.
—Necesito agua caliente primero —masculló Ranma.
Cologne bajó una mano hasta el piso, levantó una tetera y se la arrojó a
Ranma. La pelirroja la atrapó con los dos brazos y se la vertió encima
para regresar a su sexo normal.
—Gracias, anciana —dijo Ranma, sacudiéndose el agua del cabello.
—De nada, muchacho. Ahora, todos, traigan unas sillas y siéntense.
Lo hicieron, tomando sillas de las mesas cercanas. Shampoo estaba
sentada entre Mousse y Cologne, por lo cual Ranma estaba agradecido.
Puso su silla junto a Cologne, y pronto estaban todos sentados en torno
a la mesa. Cupieron apretados, pero se las arreglaron. El semiconciente
Kuno estaba apuntalado en una silla entre Ryoga y Ukyo, con los dos
evitando que se cayera encima de ellos por medio de un sistema de
empujones, que servía para mantener derecho a Kuno. Cuando todos
parecieron haber encontrado su lugar, Cologne saltó a la mesa y empezó
a hablar:
—Creo que todos sabemos por qué estamos reunidos aquí —dijo—. Hemos
venido hoy a hablar de los recientes asesinatos. Todos están enterados,
ya sea por Ranma o por mí, de las impresiones que he estado teniendo en
los últimos días. Estas han venido ya sea como sueños mientras duermo,
o como repentinos destellos de intuición, que parecen no tener relación
con cualquier otra cosa que esté pensando en dicho momento.
—¿Nos puedes decir cómo son esos sueños? —preguntó Ranma.
Había querido desde hacía ya un rato que Cologne entrara en más
detalles en cuanto a qué había estado viendo.
—Son imprecisos —dijo Cologne—. Pero se han ido aclarando, aunque no
mucho, con el paso los días. Empecé a tenerlos unos días antes del
primer asesinato; no significaron nada para mí entonces, y apenas los
recordé. Durante los últimos siete días he tenido el mismo sueño cada
noche, y cada noche se aclara más. Al principio, no veía sino atisbos;
mucha gente de pie rodeando a una silueta alta y delgada. Todos tenían
miedo, pero estaban decididos. La primera cara que vi fue la tuya,
Ranma, solo por un momento breve, en una de las personas que
rodeaban a la figura solitaria. Noté entonces que parecíamos estar dentro
de un antiguo templo sintoísta; ese fue el sueño que tuve la noche en
que fue asesinado el sacerdote, y me dio al principio la idea de que
Ranma, al menos, iba a estar envuelto en esto.
Cologne hizo una pausa por un momento, y miró a los otros en torno a la
mesa antes de continuar:
—A la noche siguiente, tuve el mismo sueño; salvo que esta vez pude
ver que el enfrentamiento tenía lugar en una calle oscura y desierta de la
ciudad. Pude entrever otras caras: la de Ryoga Hibiki, la de Ukyo Kuonji y
la de Akane Tendo. Esa fue la noche del asesinato de la joven pareja en
la calle.
Cologne dirigió su mirada hacia Ukyo ahora:
—Durante la tarde de ese día, estaba cocinando cuando sentí un peligro
gravísimo para alguien a quien Ranma conocía. Él supuso que se trataba
de ti o de Ryoga Hibiki.
Cologne miró a Kuno ahora, que empezaba a volver en sí:
—Esa noche, quien sufrió el ataque fue hermana. En el sueño de esa
noche, la escena era en los salones de una casa lujosa; había aroma a
rosas en el aire, mezclado con olor a sangre. Vi más caras, también: la
de mi bisnieta y la de Mousse, y la tuya y de tu sirviente. Vi también la
de tu padre, Ranma. Todos estaban listos para combatir a esta figura
alta y sola, la única cuya cara aún no podía ver. Y luego, la figura en el
centro se volvió a mirarme y, por un momento, mostró una cara terrible,
y entonces me sonrió y se rió.
La conversación estalló cuando Cologne hizo un lapso de silencio, cada
uno ofreciendo sus propias interpretaciones de lo que acababan de oír.
Cologne, por último, dio bastonazos contra la mesa hasta que todos
volvieron a callarse.
—Tatewaki Kuno, tú de entre todos nosotros te has enfrentado a este
asesino —dijo Cologne—. ¿Lo crees humano?
Kuno negó con la cabeza:
—Si un hombre puede ser solo huesos y piel, y empero pelear con la
fuerza de diez, entonces acaso pudiera ser humano. De lo contrario, no.
Cologne sacó un libro de encima del alto que había al centro de la mesa,
y lo abrió enfrente de Kuno. Una amplia ilustración de dos páginas se
extendía por las páginas ajadas, y todos se amontonaron alrededor para
verla.
—¿Aquello con lo peleaste se parecía a una de estas criaturas? —dijo
Cologne.
La ilustración representaba una planicie yerma, un desierto vasto en el
que deambulaban cientos de seres innaturales. Parecían ser esqueletos
humanos, con piel estirada de manera tan tensa sobre los huesos, que
podían distinguirse todos los detalles de su estructura ósea. Peleaban
entre ellos, o estaban sentados en el suelo devorando a los vencidos.
Algunos estaban en lo que parecía ser el lecho de un río muerto,
llevándose a la boca lodo seco. En un área espeluznante de la ilustración,
varios de ellos se reunían en torno a una hembra obviamente preñada,
devorando lo que parecían ser versiones infantes de sí mismos. Había
huesos diminutos esparcidos por el suelo en torno a ellos.
—Qué horrible —dijo Ukyo.
—Sí —dijo Kuno—. Esos seres son, de modo inequívoco, de los mismos
que aquel contra el cual luché.
—La imagen es una reproducción, del siglo diecinueve, de una ilustración
que aparece en un texto budista chino del siglo doce —explicó Cologne—.
Los seres descritos allí se llaman gaki, y reciben castigo por su derroche
de comida en este mundo. En el mundo en que viven, padecen de hambre
y de sed continuamente, pero no pueden saciarse por más que coman.
Para completar el castigo, están sentenciados también a nunca morir de
hambre o sed. Comen lo que sea en un intento vano por satisfacer sus
apetitos, pero nada puede hacerlo.
—¿Entonces crees que sea uno de estos gaki el que está cometiendo los
asesinatos? —dijo Ranma.
Cologne asintió:
—De la descripción de Kuno, suena como si pudiera serlo. El monje que
escribió el texto continúa diciendo que, a veces, un gaki particularmente
poderoso puede conseguir pasar a este mundo para alimentarse. Tienen
predilección por la carne humana.
—Por eso no dejaban que nadie mirara dentro del santuario —dijo Akane
—. No querían que vieran el cadáver.
—Y la chica que desapareció... —dijo Ryoga, sin necesitar completar el
final.
—Pero ¿por qué no han atrapado todavía a esta cosa? —dijo Ranma—.
¿O por qué ni siquiera la han visto? Si siempre anda hambreada, ¿por qué
sale solamente de noche?
—Los gaki alguna vez fueron humanos, muchacho. Todavía conservan
toda su inteligencia, la cual, combinada con su hambre infinita y su
existencia sobrenatural, los hace muy peligrosos. No necesitan comer
carne humana; simplemente la disfrutan. Puede muy bien esconderse en
alguna parte durante el día, viviendo de insectos o ratas, antes de salir
por las noches a cazar presas más grandes —dijo Cologne.
—¿Pero qué se supone que hagamos? —dijo Mousse, quitándose los
anteojos y limpiándolos en el borde de la túnica.
—Mi plan es el siguiente —dijo Cologne; sacó una hoja de papel del alto y
la dispuso sobre la mesa. Una inspección más cercana revelaba que era
un mapa del distrito de Nerima, con tres puntos grandes de color rojo
vivo, conectados para formar un triángulo tosco. Estas tres áreas son los
lugares donde ha atacado el gaki: el santuario, la calle y la mansión
Kuno. Esto debería darnos una idea acerca de su radio.
—¿Y? —dijo Ranma, sin saber bien adonde iba aquello.
—Nos vamos de cacería —dijo Cologne, ceñuda.
—¿QUÉ? —dijeron todos al unísono.
—Somos cultores de las artes marciales —dijo Cologne—. Estamos mejor
equipados que la policía para hacernos cargo de esta criatura, si es lo
que creo que es.
—Cierto —dijo Ryoga—. Tenemos el deber de proteger a los que no
pueden defenderse por sí mismos. Estoy contigo, Cologne.
—Bisabuela siempre puede contar con Shampoo —dijo Shampoo.
—Si Shampoo va, yo voy —dijo Mousse.
—En venganza por mi hermana —dijo Kuno—. Consagro a ti mi ayuda.
Ukyo y Akane miraban a Ranma, como buscando guía. Ranma aún
reflexionaba lo que Cologne acababa de decir; era un plan peligroso, pero
no se le ocurría ningún otro. Había que parar a esa cosa, y ahora.
Miró a Akane; sabía que los demás podían arreglárselas. Pero de Akane,
de ella no estaba muy seguro. Sabía que querría sumárseles; ella
detestaba sentir que no era lo bastante experimentada para ser de
ayuda. Y todo intento por disuadirla de aquello no serviría de nada; solo
la haría decidirse más, y enojarse con él. Pero tenía que intentarlo de
todos modos, después, cuando estuvieran lejos de todos los demás. No
podía dejar que Akane enfrentara algo así.
—Sí —dijo Ranma—. Voy.
—Yo también —dijo Ukyo.
—Yo también voy —dijo Akane.
—Muy bien —dijo Cologne—. Mi plan es que nos dividamos en tres
grupos; todos patrullaremos una sección, en espera de encontrar alguna
seña del gaki. Si podemos, alertaremos a los otros grupos y convergeremos
juntos sobre él; no intenten combatirlo por su cuenta sin necesidad. A
juzgar por lo que Kuno ha dicho, el gaki es fuerte y rápido, y parece
también ser astuto. Debemos además estar atentos a la policía: el toque
de queda continúa esta noche, y lo estaremos infringiendo mientras
hacemos esto. No creo que sea mucho problema; simplemente evítenlos.
Si los detienen, no corran ni intenten resistirse; la policía está muy tensa
con esto, y puede que lleven armas. ¿Alguna pregunta?
Kuno levantó una mano:
—Puedo ofrecer ciertas tecnologías que podrían ser útiles en nuestra
cacería. Las traeré en el tiempo que tenemos.
Cologne asintió. —Bien. Sugiero que todos volvamos a reunirnos aquí a
eso de las siete; podemos comer juntos y discutir lo demás. Comenzaremos
a salir como a las ocho, una hora antes de que empiece el toque de queda,
de modo que puedan hacerse una idea del trazado del área que les
corresponda. Esta será una prueba para todas sus destrezas; que
tengamos éxito.
Kuno se levantó primero:
—Debo ir mi hogar, y buscar las tecnologías que necesitaremos para esta
noche.
Con un rápido movimiento, Kuno se encontró de rodillas junto a Akane,
aferrando su mano en la de él.
—Hermosa Akane, solo espero el momento en que pueda volver a verte.
Se puso en pie de un brinco, justo antes que Akane pudiera pegarle, y
miró a Ranma de manera hostil.
—Y tú, Saotome, dale mis saludos a la diosa de la trenza, la próxima vez
que la veas.
—Sí, cómo no —dijo Saotome con cara de aburrimiento.
—¡Adiós! —exclamó Kuno, se dio media vuelta y chocó con la puerta.
Retrocedió tambaleante, abrió la puerta y salió de la manera más digna
que pudo, lo que no era mucho, considerando que seguía tambaleante
con el portazo.
Ranma apartó la silla y se levantó; los que habían venido con él siguieron
el ejemplo. Cologne estiró su bastón y lo puso sobre el brazo de él.
—Ranma —dijo—. Ten la bondad de quedarte un momento. Tenemos que
discutir asuntos que no tienen relación con estos asesinatos.
Ranma miró a los demás; Ryoga y Akane parecían saber a qué se refería
Cologne. Ukyo simplemente parecía confundida. Pero ninguno de los tres
se movió para irse.
—Bueno —dijo Ranma, y les hizo una seña con la cabeza—. Ustedes
adelántense. Nos vemos en la casa.
Ukyo dio un paso al frente e hizo ademán de asir el extremo del bastón
de Cologne. La anciana amazona lo levantó velozmente y lo apuntó hacia
la muchacha, y Ukyo se detuvo.
—¿Qué es todo esto, Cologne? —dijo Ukyo—. ¿Otra artimaña tuya y de
tu nieta cabeza hueca para llevarse a Ranma? Creí que ni tú tendrías la
bajeza de seguir con tus trucos en un momento como este.
Shampoo parecía indecisa entre romper en llanto o atacar a Ukyo. Ranma
vio a Mousse poner suave pero firmemente una mano en el hombro de la
muchacha. Cologne miró a Ukyo con hostilidad.
—No me acuses antes de conocer todos los hechos, niña —dijo, en un
cuchicheo rabioso.
Ukyo abrió la boca para contestar, pero la expresión del rostro de
Cologne la detuvo. Ranma le puso una mano en el brazo.
—Ucchan —dijo—. No pasa nada. Ve con Akane y Ryoga.
—¿Seguro, Ranchan? —dijo Ukyo.
Ranma asintió. —Voy a estar bien.
Todavía mirando con desconfianza a Cologne y a Shampoo, Ukyo se fue
con Akane y Ryoga. Ranma volvió a sentarse y miró a los tres amazones.
—Mousse, ve arriba. No tienes parte en esto —dijo Cologne.
—¡Por supuesto que tengo parte en esto! ¡Yo amo a Shampoo...!
—exclamó Mousse.
La bofetada que Shampoo le dio resonó por el salón, y el muchacho
cayó de la silla al suelo, sorprendido.
—Shampoo... —dijo, levantándose y tocándose la impresión roja de la
mano de ella en la cara.
—Ve arriba, Mousse. Tú eres hombre tonto —dijo Shampoo duramente—.
¿Cuándo das cuenta que nosotros nunca más que amigos?
Con el dolor patente en los ojos, Mousse caminó hasta la cortina que
separaba el área del restaurante de aquella donde vivían los tres. Con la
mano en la cortina, se volvió a mirar una vez a Shampoo, que bufó con
desdén y volvió la cabeza a otro lado. El sonido de las pisadas del
muchacho al subir las escaleras se fue alejando hasta que ya no pudieron
oírse. Ranma pudo ver que Shampoo ya no desviaba la vista del lugar
donde Mousse había estado, sino que miraba la cortina con una expresión
intensa, ira y tristeza manifiestas en el rostro.
—Shampoo —dijo Cologne con firmeza—. Él debe entender que nunca
poderá tenerte en la forma que desea.
—Pero bisabuela... —empezó Shampoo. Cologne la cortó en seco,
hablando fuerte en mandarín. Shampoo se sobresaltó y replicó del mismo
modo. Cologne dijo algo más, con mayor suavidad esta vez, y Shampoo
bajó los ojos hasta la mesa.
—Debemos discutir esta situación entre tú y Shampoo —le dijo Cologne a
Ranma—. Se ha prolongado demasiado de este modo, contigo buscando
evitar el matrimonio con ella al tiempo que no revelas tus verdaderas
intenciones.
—Ya le dije —dijo Ranma, aliviado de tener por fin una oportunidad de
hablar— que no me voy a casar con ella.
Shampoo se encogió como si la hubieran golpeado, y pareció como si
pudiera echarse a llorar. Ranma se sintió acongojado al ver a la
normalmente exuberante Shampoo tan afligida, pero no había nada que él
pudiera hacer.
—Pero según nuestras leyes, ella debe casarse contigo —dijo Cologne—.
Ya regresó una vez deshonorada a nuestra aldea, por fracasar en llevar a
cabo su misión de matar a una extranjera. ¿La harás quedar en deshonra
nuevamente por no casarse con el hombre que la venció?
Ranma apretó los dientes:
—Yo no quiero que Shampoo quede en deshonra, pero no voy a dejar que
una ley que yo ni sabía que existía me obligue a casarme con ella. Yo no
la vencí para poder casarme con ella; yo solo trataba de evitar que
lastimara a Akane.
—Sin embargo, te has mostrado como su superior en combate
—dijo Cologne—. Según nuestras leyes, tienes el derecho a casarte con
ella, y ella debe casarse contigo o con ningún otro hombre.
—Ah, por favor —dijo Ranma—. Te puedo nombrar muchos otros que
podrían mostrarse superiores a Shampoo en combate...
—Ranma, bisabuela, Shampoo aquí —dijo Shampoo en voz queda—. ¿Por
qué hablan como si no estuviera?
Ranma se sintió avergonzado; él y Cologne habían estado hablando de
Shampoo como si ella no hubiera estado.
—Perdona, Shampoo —dijo.
—Me disculpo también, niña —dijo Cologne—. Eres tú quien debería hablar
con Ranma de esto.
—Ranma, Shampoo no entiende por qué tu no quieres casar —dijo
Shampoo—. Shampoo muy buena esposa.
—Shampoo, lo que quiero saber es por qué te quieres casar conmigo
—preguntó Ranma—. ¿Es por esas las leyes?
—Shampoo quiere casar contigo por muchas razones, Ranma. Porque tú
le ganas en combate, porque tú eres hombre fuerte —dijo Shampoo—.
Pero más que nada, Shampoo quiere casar contigo porque te ama.
Ranma suspiró. —Shampoo... Me cuesta decir esto. He evitado decirlo
durante mucho tiempo, porque no te quería hacer daño.
Ranma miró a Shampoo. Tenía una expresión como la que había tenido en
el café el día anterior. Recordó las palabras que Cologne había dicho
cuando enviaron arriba a Mousse.
—Shampoo —dijo Ranma con cuidado—. Yo no te amo. Nosotros nunca
vamos a poder ser más que amigos. Nunca vas a poder tenerme en la
forma que deseas.
Las lágrimas corrían por la cara de Shampoo ahora, pero no había sollozos
que las acompañaran. No hizo más que apoyar la cara contra los brazos
sobre la mesa y continuó estremeciéndose con un llanto silencioso
mientras Ranma la miraba, incapaz de decir ninguna palabra que hiciera
que Shampoo dejara de sufrir.
—Muy bien —dijo Cologne, tajante—. Si esa es tu decisión, Ranma.
—Lo siento mucho, Cologne. No me puedo casar con Shampoo —dijo
Ranma—. No importa cuántas pociones o hechizos me eches.
—Creo que es mejor que te retires —dijo Cologne—. Shampoo y yo
tenemos cosas que discutir.
—Bueno —dijo Ranma, poniéndose en pie.
Cologne daba palmaditas suaves en el hombro a Shampoo, y miró a
Ranma. Tenía ira en los ojos, pero también comprensión.
—Lamento que haya tenido que ocurrir esto —dijo Cologne en tono
fatigado—. Ranma, procura hablar con tu padre sobre lo de esta noche.
Vi su cara en mis sueños; él también debe participar en esto.
—De acuerdo —dijo Ranma.
Salió, miró al cielo y sacudió la cabeza. Oyó pies aterrizar ligeros detrás
suyo, y se dio vuelta para encontrarse con Mousse.
—Hola, Saotome —dijo Mousse—. ¿Cómo salió todo?
—Casi igual de bien que ayer —dijo Ranma—. Creo que Shampoo y
Cologne por fin podrían entender que no me voy a casar con ella.
Mousse asintió con la cabeza.
—¿Puedo caminar contigo un momento, Saotome? Quisiera hablar
contigo.
—Claro —dijo Ranma—. Empezó a caminar despacio, Mousse
desplazándose con suavidad a su lado—. ¿De qué quieres hablar?
—Quiero ofrecer disculpas por mi comportamiento del año pasado —dijo
Mousse, mirando hacia adelante, sin poner la vista en Ranma—. Soy una
persona testaruda, y me ha llevado mucho tiempo darme cuenta de que
no eres verdaderamente tú el que nos separa a Shampoo y a mí. El
problema está en mí.
—¿Cómo en ti?
—Me he engañado, creyendo tanto tiempo que tú eras el único obstáculo
en mi camino hacia el corazón de Shampoo —dijo Mousse—. Eso me ha
llevado a acciones que consideraría reprobables bajo otras circunstancias.
Me disculpo. Ahora que por fin le has hablado a Shampoo de tus intenciones,
y descubro que ella aún me rechaza, me veo obligado a aceptar que el
problema radica en ella o en mí. Y puesto que la culpa no puede ser de ella,
por fuerza el inadecuado soy yo.
—Mousse —dijo Ranma—. ¿Intentaste lo que te dije la última vez que
hablamos?
—Ah, sí. Y siempre pareció funcionar muy bien. Ella me contó lo que le
habías dicho, ¡y cuando lloró la abracé y no me hizo nada!
La voz de Mousse estaba llena de júbilo mientras hablaba, pero luego
volvió al tono bajo y decaído que había tenido antes.
—Pero cuando le dije que no te necesitaba, que me tenía a mí, y que la
amaría para siempre, me echó por la ventana.
Ranma se dio un palmazo en la frente.
—Mousse, si tuvieras un perro que siguiera volviendo por mucho que le
pegaras, ¿que pensarías?
—Pensaría que tengo un perro muy tonto. Pero no veo qué tiene que ver
eso con... Ah. —Mousse cayó en la cuenta. —¿Quieres decir... que eso
piensa ella de mí?
—No digo que la cosa esté tan mal —dijo Ranma—. Pero tú vives
portándote como si ella fuera lo más grande del universo, hasta cuando
te trata como a un felpudo, y no me extraña que no te respete.
—¿Pero qué puedo hacer? Nunca podría levantar la mano para detenerla
—dijo Mousse—. Antes me clavaría un cuchillo en el corazón.
—Mousse, cuando dije que fueras su amigo, no quise decir ser su amigo
cinco minutos y luego volver a portarte como lo haces siempre —dijo
Ranma—. Dije que fueras su amigo. No trates de obligarla a quererte.
Esta va a ser una época difícil para ella, y tú puedes ayudarla a que la
supere. Pero si ella te quiere, déjala ir a ti cuando esté lista.
—¿Portarme como si no la amara? —dijo Mousse, pasmado—. ¿Cómo
puedes sugerir aslgo así?
—Mousse... Ni yo sé muy bien de qué estoy hablando, pero creo que el
amor no se trata de decirle a alguien que lo quieres. Eso lo puede hacer
cualquiera. Uno demuestra su amor de verdad ayudando a alguien cuando
de verdad le hace falta.
—Tus palabras tienen algo de sensatez —dijo Mousse—. Quizá un cambio
en mi abordaje es lo que hace falta. Estoy en deuda contigo, Ranma
Saotome. Adiós.
Mousse saltó a la azotea de un edificio cercano, hizo una seña y se fue,
blanco contra el azul del cielo.
~ o ~
—Bueno, ¿de qué querías hablar conmigo? —dijo Akane, sentada en su
cama.
Tan pronto como había llegado a la casa, Ranma le había pedido hablar
en privado. Habían dejado abajo a Ukyo y a Ryoga, y habían subido a la
habitación de Akane.
—Pasa lo siguiente, Akane —dijo Ranma, sentado al revés en una silla y
descansando los brazos sobre el respaldo mientras la miraba—: No quiero
que vengas con nosotros en la noche.
—¿Por qué? ¿Crees que solo voy a estorbar, no? —dijo Akane.
Ranma levantó las manos en gesto apaciguador.
—Akane, no estoy diciendo eso —dijo, despacio—. Por una sola vez, deja
que te lo explique antes de sacar conclusiones.
—A ver. Explícalo —dijo Akane, en tono rabioso. Cruzó los brazos sobre el
pecho y lo miró con discordia.
—Akane, para alguien que hasta ahora entrena artes marciales más que
nada como cosa aparte, algo que se hace como ejercicio, eres bastante
buena. Pero todos los demás llevan entrenando casi toda la vida —dijo
Ranma, esperando sonar convincente.
—Ah, no me vengas con eso, Ranma. Solo porque no me haya pasado
todos los días de mi vida entrenando no significa que le dé menos
importancia que ustedes a los ideales o principios de las artes marciales.
Es mi deber usar esas habilidades para defender a otros —dijo Akane.
—Akane, esta cosa es peligrosa. No es un chico que quiere salir contigo.
Es un asesino. Me preocupa que algo te pueda pasar.
—Ranma —dijo Akane—, es lindo que te preocupe lo que me pase. Pero
no me puedes decir que estás preocupado porque mis habilidades no
sean adecuadas para lo que vamos a enfrentar. Kuno combatió y espantó
a esa cosa anoche él solo, y tú sabes lo fácil que yo lo derroto a él.
—Kuno lo tomó por sorpresa —dijo Ranma—. Y ya sabes que él no va con
todo cuando pelea con mujeres.
—Ranma, tú no quieres que vaya porque te preocupa que algo me pueda
pasar, no porque creas que mis habilidades no son suficientes.
Ranma se percató de la verdad en las palabras de ella; Akane era quizá
tan buena como Kuno, o al menos más inteligente.
—Sí —dijo Ranma, poniéndose una mano en la nuca, en ademán nervioso,
mientras sentía el rubor subirle a la cara.
—Bruto machista y pedante —dijo Akane.
—¿QUÉ? ¿Por qué me dices eso?
—Ranma, tú siempre me estás protegiendo. Y esta vez, cuando tengo la
oportunidad de pelear junto a ustedes en vez de esperar que todos los
demás vengan a rescatarme, me la quieres negar.
—No es eso, es que me... —empezó Ranma, pero no pudo terminar la
oración, sin saber qué decir que desmintiera las palabras de ella.
—Ranma, no me puedes proteger siempre, como si fuera alguna especie
de tesoro que hay que tener guardado. No quiero y no pienso vivir así. A
veces tienes que confiar en que me pueda cuidar sola. Ahora, hay dos
maneras en que podemos hacer eso. Puedes aceptar que yo vaya, y
podemos seguir llevándonos tan bien como en estos últimos días, o
puedes tratar de impedir que vaya y ver qué logras con eso.
Hubo silencio entre los dos por unos momentos.
—Bueno —dijo Ranma secamente—. Ven. Pero ten cuidado; quiero que
estés en el mismo grupo que yo, ¿de acuerdo?
—¿Por qué, para que me puedas tener vigilada? —dijo Akane, airada.
—Sí. Quiero poder ayudarte si te hace falta. También porque, las pocas
veces que podemos dejar de pelear el tiempo suficiente para trabajar
juntos, hacemos un equipo bien bueno.
—¿De verdad lo dices en serio? —dijo Akane, sonando sorprendida.
—Sí, por supuesto que lo digo en serio.
Akane se estiró y puso sus manos sobre las de él, donde estas
descansaban en el respaldo de la silla.
—Gracias, Ranma —dijo, dándole una de esas sonrisas que hacían que el
rostro se le iluminara—. Me alegra oír eso de ti.
Ranma sonrió y empezó a bajar la cabeza hacia la de ella, sabiendo en el
alma que el momento era propicio. Vio a Akane cerrar los ojos,
expectante.
Alguien golpeó a la puerta cerrada del cuarto de Akane. El golpeteo fue
como un choque eléctrico entre los dos; Akane saltó a sentarse muy
derecha en su cama, con las manos dobladas inocentemente en la falda.
Ranma giró en la silla y miró la puerta como si pudiera descifrar quién
estaba tras ella. El golpeteo vino de nuevo, y luego se oyó la voz de
Ukyo.
—¿Ranchan? ¿Estás ahí dentro?
—Sí, Ucchan. Pasa —dijo Ranma, tratando mentalmente de deshacerse
del rubor que estaba bastante seguro de tener.
La puerta se abrió y Ukyo se asomó, sin poner pie dentro de la
habitación.
—¿Interrumpo algo? —dijo medio en broma—. Llevaban tanto rato aquí
dentro, que pensé que podría haber pasado algo.
—Nooo, nada, Ucchan —dijo Ranma, un tanto demasiado rápido, se dio
cuenta—. Conversábamos, nada más.
—Está bien —dijo Ukyo—. Me ofrecí a preparar okonomiyaki para el
almuerzo, para que podamos comer pronto.
—Suena bien —dijo Ranma. Se levantó de la silla y estiró los brazos por
sobre la cabeza—. Voy a ver si puedo interesar a Ryoga en una sesión de
práctica.
—No la hagan como la que tuvieron anoche —dijo Akane, severa—. Los
vamos a necesitar a los dos en buenas condiciones para esta noche.
Ranma asintió. —Seré suave con él.
Ukyo se apartó del umbral y dejó pasar a Ranma, luego lo siguió por el
pasillo hasta las escaleras.
—¿Y de qué hablaban tú y Akane? —dijo Ukyo mientras Ranma ponía el
pie sobre el primer peldaño y empezaba a bajar.
Él se detuvo y pensó por un momento antes de dar lo que le pareció una
respuesta inteligente:
—Cosas.
—¿Cómo es que puedes hablar tanto con Akane, pero no puedes decirme
nada a mí? —dijo Ukyo desde atrás de él, luego se inclinó y le dio unas
palmaditas en la cabeza—. Supongo que eres del tipo recio y callado
cuando estás conmigo. No importa, me gustas igual.
Ukyo le dio otra afectuosa palmadita en la cabeza y pasó por su lado, su
pelo largo rozando la cara del muchacho por un instante al pasar. Ranma
se quedó quieto un momento, luego suspiró.
—Perdóname, Ucchan —murmuró tan quedamente que ni siquiera tuvo
certeza de haberlo oído.
~ o ~
Sobándose la quijada, Ranma se incorporó hasta quedar sentado, y
rechazó la mano que ofrecía Ryoga para ayudarlo a levantarse. Se
levantó por sí mismo, un poco tambaleante, y miró a los ojos a su
compañero de entrenamiento.
—Caramba, Ryoga, ¿qué te dieron de comer tus papás cuando naciste?
—dijo Ranma—. ¿Anabólicos?
Ryoga se encogió de hombros. —Los hombres de mi familia siempre han
sido fuertes.
—¿Y las mujeres? —preguntó Ranma.
Ryoga se volvió a encoger de hombros. —También son fuertes.
—Hora de almorzar, chicos —llamó Nabiki desde la entrada del dojo—. Tu
padre se va a comer tu parte si no te das prisa, Ranma.
—Más le vale que no —dijo Ranma, y brincó hacia la entrada, con Ryoga
siguiéndolo de cerca. Pasaron veloces junto a Nabiki, dejando el pelo
corto de la muchacha ondeando en la brisa de su pasada.
—De verdad que les entra apetito haciendo estas cosas —dijo Nabiki,
continuando tras ellos a paso más sosegado.
Ranma y Ryoga llegaron a la mesa justo cuando Ukyo estaba sirviendo el
okonomiyaki. Como siempre, se veía y sabía delicioso, y pronto toda la
casa se había instalado a almorzar.
—Es tan amable de tu parte prepararnos el almuerzo —dijo Kasumi,
llevándose delicadamente un trozo a la boca.
—Es lo mínimo que puedo hacer, Kasumi. Todos han sido tan hospitalarios
conmigo —dijo Ukyo, sonrojándose y mirando a otro lado.
—Sí —dijo Ryoga entre bocados—. Gracias por dejar que nos quedemos
aquí, señor Tendo.
—El placer es mío, Ryoga —dijo Soun—. A fin de cuentas, ustedes son
amigos de Ranma y de Akane. Y con estos asesinatos, no podemos ser
menos que cuidadosos. Todos tenemos que hacer lo posible por
protegernos.
Ranma levantó la cabeza. Eso le había recordado que todavía tenía que
hablar con su padre sobre lo de esta noche. Todos los demás iban a
tener que saberlo también.
—Tengo que decirles algo —dijo Ranma, dirigiendo su comentario a Soun,
Genma, Nabiki y Kasumi—. ¿Ya saben que salimos todos esta mañana
después que volví del hospital?
Ranma procedió a relatar lo dicho en la reunión del Nekohanten esa
mañana, con los otros tres que habían estado allí añadiendo uno u otro
detalle. Cuando terminaron, Kasumi tenía la expresión un tanto
descompuesta, mientras que Soun parecía aún más cerca de la histeria
que lo habitual. El padre Ranma mostraba una de sus expresiones
indescifrables, al igual que Nabiki.
—Entonces, ¿estás diciendo —dijo Soun, despacio— que todos quieren
salir esta noche, violando el toque de queda, para dar cacería a un
asesino en serie que creen es un monstruo sobrenatural?
Ranma asintió con la cabeza.
—Suena terriblemente peligroso —dijo Kasumi—. ¿Están seguros de que
es buena idea?
—Peligroso —dijo Soun, con la cara arrugándosele en un gesto de
aprensión—. Akane, ¿piensas ir también?
—Sí, papá —dijo Akane—. ¿Algún problema?
—No, ni el más mínimo, aparte de que mi niñita haya asumido la labor de
salir en la noche a cazar monstruos carnívoros —dijo Soun, con el labio
inferior tiritando.
Ranma retrocedió. Ya venía.
—¡AY, AKANE! —sollozó Soun—. ¡POR FAVOR NO VAYAS! ¡SÉ QUE ALGO
TERRIBLE VA A SUCEDER! ¡ES MUY PELIGROSO! ¡LA POLICÍA PUEDE
ENCARGARSE! ¡QUÉ VA A PENSAR TU MADRE! ¡ES MUY ARRIESGADO!
—¡PA-PÁ! —dijo Akane—. ¿Por qué tienes que exagerar por todo?
—¿Exagerar? ¿Exagerar? Saotome, ¿soy acaso de los que exageran las
cosas? —dijo Soun, volviéndose y aferrando el cuello de la camisa de
Genma.
—Pues, sí, Tendo. Usted siempre ha sido un tanto inclinado a perder el
control de sus emociones y llorar como niño de tres años
—dijo Genma, empleando el legendario tacto y sensibilidad heredados por
su hijo.
—Todos están en contra mía —dijo Soun, con la cara hundida en las
manos—. Hasta mi más viejo amigo me ha dado la espalda en mi hora de
necesidad.
Kasumi le daba palmaditas a su padre en el hombro:
—Ya, ya, papá. Si Akane piensa que puede con esto, no me cabe duda
de que puede. Y sabes que Ranma no va a dejar que le pase nada.
Soun levantó la cabeza y se abalanzó al instante por la mesa, agarró a
Ranma de la camisa y tiró de él hasta que tuvieron las caras como a diez
centímetros.
—¡Sí! ¡Por supuesto! Tú protegerás a mi niñita, ¿cierto, Ranma? Tú eres
el prometido, después de todo —dijo Soun, con lágrimas de júbilo
manándole de los ojos.
—Sí... señor Tendo... deje respirar... —jadeó Ranma.
—Es mi prometido también —dijo Ukyo entre dientes.
Soun soltó a Ranma y miró a Ukyo:
—¿Cómo dices, Ukyo?
—Nada, señor Tendo —dijo Ukyo en voz alta.
Genma remató el último pedazo de su tercer okonomiyaki, que momentos
antes había sido el segundo de Soun.
—Bueno —dijo, limpiándose la boca con una servilleta—. Parece que ya
todo está bien, ¿no, Tendo? Ranma cuidará de Akane, ¿verdad, hijo?
—Yo también me voy a encargar de que nada le pase —dijo Ryoga, luego
se percató de la cantidad de atención que ahora le prestaban, y devolvió
la vista a su okonomiyaki, con las orejas ardiendo.
—Es muy amable de tu parte, Ryoga —dijo Akane—. Eres un amigo tan
atento y leal.
Ranma vio a Ryoga estremecerse un tanto, y suspiró casi de forma
inaudible antes de mirar a su padre.
—Bueno, papá —dijo Ranma—. De verdad nos serviría tu ayuda en esto.
Su padre pareció henchirse de orgullo:
—Ah, Ranma. Al fin has comprendido lo útil que puede ser en la batalla
la sabiduría de tus mayores.
—En realidad, solo te lo pido porque Cologne vio tu cara en sus sueños,
igual que la de todos los demás —dijo Ranma.
La aguja verbal reventó el globo del ego de Genma, y su padre hizo un
gesto de enojo y empezó a mirar la mesa en busca de algo más para
comer.
—Tengan mucho cuidado —dijo Kasumi.
—Lo tendremos, Kasumi —dijo Ranma, en lo que esperó fuera un tono
tranquilizador.
Por dentro, todavía estaba nervioso por lo que pudiera suceder en la
noche. Eran un grupo de rivales, en general, aunque algunas de esas
rivalidades estaban en camino de terminar. Pero habían trabajado bien en
el pasado, cuando necesitaban hacerlo; Ranma estaba seguro de que
podrían hacerlo ahora. Pero este enemigo era distinto de cualquiera que
hubieran enfrentado antes. No tenía ideales marciales, no tenía nociones
de amor ni de poder. Por lo que Cologne había dicho, lo único que
impulsaba al gaki era la necesidad de satisfacer su hambre infinita. Y
antes de poder intentar siquiera combatirlo, tenían que encontrarlo, y
eso podía ser lo más difícil de todo.
~ o ~
—"¡Algo debe hacerse! Si no estamos a salvo en nuestras propias casas,
¿entonces dónde?".
La cámara se alejó de la mujer y volvió a enfocarse en el reportero. Su
rostro agraciado estaba contorsionado en la misma expresión sombría que
usaban todos los miembros de los medios de comunicación cuando tenían
que hablar de algo serio.
—"Como puede verse —dijo el reportero—, el ánimo en el distrito de
Nerima es de temor. Con el último ataque resultando en una adolescente
gravemente herida, atacada en su propio dormitorio por el mismo hombre
de quien se cree es el responsable por el asesinato de Hiroji Nishiki, de
cincuenta y nueve años, de Norio Iwakiyo, de veintiséis, y la desaparición
de Etsuko Akamori, de diecinueve. En una petición televisada ayer, la
madre de Etsuko rogó por el retorno de su hija. La policía afirma no haber
renunciado a la esperanza de que la muchacha pueda ser encontrada con
vida. Cuesta creer que hace solo tres días esta área fuera considerada una
de las más seguras de todo Tokio. Ahora, con un toque de queda a las
nueve de la noche y la policía patrullando sus calles, la pregunta en la
mente de todos es: ¿cuándo terminará?".
—Esta noche, si de nosotros depende —dijo Ranma, apretando el puño.
Akane le puso una mano en el brazo.
—Los papás de esa pobre chica —dijo Ukyo—. Me gustaría creer que hay
alguna esperanza, pero por lo que dijo Cologne de esa criatura...
Ukyo no terminó, solo apoyo el mentón en las manos y se inclinó hacia
adelante en el sofá, y suspiró. Estaba sentada entre Ryoga y Ranma, con
Akane sentada a la derecha de Ranma. El sofá era justo lo bastante
grande para que cupieran los cuatro.
—Bueno, ya nos encargaremos de esa cosa —dijo Ryoga, palmoteando
con gesto incómodo a Ukyo en el hombro. Ella se volvió y le dio un amago
de sonrisa.
—Gracias, corazón —dijo—. Lo único que espero es que todos salgamos
bien de esto.
Las noticias de la tarde no habían hablado de nada más que de los
asesinatos; habían mostrado algunas imágenes de Ranma y Kuno saliendo
del hospital, en particular del discurso que Kuno les había dado al salir del
ascensor. Uno de los reportajes había exhibido una foto de Kodachi que
parecía haber sido ampliada de un anuario del colegio, y la había
identificado como una de las más prometedoras gimnastas del Japón.
Hubo también abundantes imágenes de la muchedumbre que se había
agolpado fuera de la jefatura de policía para exigir un mayor esfuerzo por
parte de la policía en atrapar al asesino. Un periodista le insinuó a un
sargento de aspecto atosigado que la policía no tenía la capacidad de
atrapar a un asesino serial, y faltó poco para que se llevara el micrófono
metido en la garganta.
Al final, Ranma apagó el televisor y se levantó.
—Ya no puedo ver más esto —dijo—. Me está poniendo tenso. Voy a dar
una vuelta.
—¿Quieres que vaya contigo, Ranchan? —dijo Ukyo, empezando a
levantarse.
—Ucchan, perdona. Tengo que estar solo un rato —dijo Ranma. La cara
de Ukyo se derrumbó por un momento, pero luego le sonrió, luminosa.
—Claro, Ranchan —dijo en lo que a Ranma le sonó como una voz alegre
—. Entiendo.
Ranma se calzó los zapatos en la puerta principal y salió, mirando el
barrio y sacudiendo la cabeza. Todavía no eran ni las cuatro y las calles
parecían desiertas. La vista familiar de niños jugando en el terreno baldío
cercano a la casa Tendo ya no estaba, reemplazada por una vacuidad
que parecía cernirse sobre todas las cosas.
Mientras caminaba por la calle, pudo oírse adelante el sonido de agua
golpeando el suelo. Ranma se detuvo, escrutó la calle, y vio por último la
figura encorvada de la anciana diminuta que tiraba agua a la calle. Eso le
arrancó una sonrisa tenue; debía haber sabido que al menos ella estaría
allí. Ranma corrió en dirección a ella, tratando de medir el paso lo mejor
que pudo. Cuando la porción de agua roció el pavimiento, y mientras el
cucharón de la anciana se metía en el cubo para sacar más, Ranma saltó
hacia adelante y por encima del creciente charco de la calle. Podía jurar
haber sentido el agua pasar junto a él, pero aterrizó al otro lado del
charco, todavía varón.
—¡Eso! —gritó triunfante, haciendo un bailecito—. ¡No me dio esta vez!
Echó a correr calle abajo, con un vistazo hacia atrás para ver a la
anciana que lo mirada con cara de extrañeza. Ahora no le importaba; el
pequeño triunfo había bastado para levantarlo parcialmente del ánimo
umbroso en que había estado.
Corrió por las calles casi vacías, sin destino en mente, deleitándose con
la sensación del aire en la cara, de su trenza agitándose detrás. La poca
gente de las calles que lo veía lo miraba como creyéndolo loco; tal vez lo
estaba un poco ahora. Su victoria sobre la anciana del agua había sido
más que eso para él: había probado que podía lograr cualquier cosa, si
ponía empeño. Había evitado que lo convirtiera en mujer la persona que
siempre lo conseguía. Había llegado muy lejos con Akane, había hecho
cosas con ella que antes solo había soñado, y eso había sido tan bueno
como lo había imaginado. Había tenido por fin el valor de hacer algo que
había evitado por mucho tiempo, saldar su "matrimonio" con Shampoo.
Algún tipo de entendimiento se había alcanzado entre él y Ryoga, y había
surgido la amistad que había estado en espera bajo las capas de
rivalidad.
Ranma se detuvo y miró el entorno. Estaba en el parque donde todo
había empezado de verdad hacía apenas dos días, cuando en la rama del
árbol Akane se había acercado y lo había besado. Entonces, el parque
había estado lleno de gente, toda libre de preocupación y disfrutando del
verano. Hoy no había nadie; todos temían salir, amedrentados por la cosa
monstruosa que rondaba las calles y que al parecer no podía ser
detenida.
—Un parque no debería estar vacío —se dijo Ranma en voz queda—. La
gente no debería tener miedo de no estar segura ni en sus casas.
Levantó la vista; el árbol por encima de él parecía lo bastante alto. De
un salto rápido, estuvo tres metros sobre el suelo, equilibrándose con
cuidado en la rama. Tres saltos más lo llevaron a la copa del árbol, para
contemplar Nerima. Siguió con los ojos la ruta que llevaba de regreso al
dojo Tendo. Desde allí, siguió el laberinto de calles hasta el Ucchan y el
Nekohanten. Más allá, en el área más acomodada de la ciudad, estaba la
casa Kuno. Podía distinguir el reloj en la torre de la secundaria Furinkan.
Este era su hogar: el único lugar, desde que tenía seis años, al que se
sentía pertenecer. La gente que le importaba, sus amigos y familia. ¿Qué
derecho tenían unos monstruos de amenazar su seguridad?
Se iba a encargar de que la gente ya no tuviera que temer. Tenía amigos
que le ayudaran; juntos, iban a detener a esa cosa, y
a detenerla esta noche.
Ranma se dejó caer hacia adelante, enganchándose con los pies a la
rama en que había estado de pie, y cayó hasta agarrar la rama de más
abajo. Dio una voltereta sobre las manos y rebotó sobre la rama más
cercana al suelo, luego se catapultó y giró en el aire hasta aterrizar de
pie en el suelo sin ningún tropiezo. Echó a correr de regreso a la casa
Tendo, con la confianza en sí mismo y en sus amigos reemplazando a la
negrura que había antes allí.
~ o ~
Los cinco se disponían a partir al Nekohanten, con Kasumi, Nabiki y Soun
con ellos en el pasillo para despedirse. En esos momentos, Soun abrazaba
ferozmente a Akane, que empezada a retorcerse un tanto en el apretón.
La hija menor de la familia Tendo estaba vestida con su gi amarillo, y
exhaló un suspiro de alivio cuando su padre la soltó por fin. Este se volvió
hacia Ranma mientras Kasumi se inclinaba para abrazar a su hermana.
—Ranma, hijo —dijo Soun, poniendo una mano en el hombro del
muchacho—. Quiero que cuides a Akane. Y ten cuidado tú también; no
quiero perder a mi futuro yerno.
Ranma estaba a punto de abrir la boca, pero luego la cerró cuando el
señor Tendo le guiñó despacio el ojo y sonrió, antes de volverse hacia
Genma.
—Saotome, viejo amigo —dijo Soun—. Ojalá hubiera mantenido mi
entrenamiento para haber podido acompañarles en esto.
Genma extendió la mano y asió la de su más antiguo amigo.
—Pelearé por los dos, Tendo. No se preocupe.
—Cuídate, Ranma —dijo Kasumi, sonriendo al poner las manos
en los hombros de Ranma y besarlo suavemente en la frente.
Él se sonrojó y se miró los pies mientras Kasumi repetía el gesto con
Ryoga, y le daba luego un abrazo fraternal a Ukyo.
Nabiki levantó una mano en despedida desde su posición detrás de Soun
y Kasumi.
—Suerte —dijo.
—Ah, hombre —dijo Ranma—. ¿Por qué nos estamos emocionando tanto?
Todos vamos a estar bien, no se preocupen.
Akane dio paso un vacilante hacia Nabiki.
—Nabiki... —dijo, extendiendo los brazos.
Nabiki soltó un suspiro afectado, y abrazó holgadamente a su hermana
durante un momento, antes de soltarla y aproximarse a Ranma.
—Cuídala —le dijo.
—Por supuesto —dijo Ranma—. Vamos, chicos. Vamos a llegar tarde si no
nos ponemos en marcha.
Haciendo señas y diciendo los últimos adioses, salieron a las calles, hacia
el anochecer, y los otros tres Tendo se quedaron iluminados en un
cuadro de luz, de pie en la puerta abierta, mirando irse a los demás.
Ranma miró hacia atrás, pero no vio la puerta cerrarse mientras la tuvo
a la vista.
Cuando llegaron al Nekohanten, Kuno y Sasuke ya estaban allí, sentados
a la misma mesa donde se habían sentado más temprano aquel día. Kuno
no acusó la presencia de los demás cuando entraron, pero Sasuke hizo
una seña con la mano y sonrió. Encima de la mesa, delante del ninja,
había un gran maletín diplomático, de apariencia muy costosa.
—Bienvenidos —dijo Cologne, saliendo de la cocina—. Por favor,
siéntense a la mesa. Traeremos la cena en un momento.
Los cinco se sentaron en torno a la mesa. Ranma terminó sentado junto
a Sasuke, con los otros cuatro sentados a su derecha. Nadie se sentó
junto a Kuno.
—¿Qué hay en el maletín? —preguntó Ranma, señalándolo.
Sasuke palmoteó el cuero negro del costado como si fuera una querida
mascota.
—Lo verán en unos minutos —dijo.
Shampoo y Mousse salieron de la cocina, cada uno portando una bandeja
con cinco boles de ramen. Vapor fragante emanaba flotando de los
tallarines y llenó el restaurante con un aroma apetitoso. Mousse y
Shampoo dispusieron los boles delante de cada cual y tomaron sus
asientos. Por último, Cologne salió de la cocina y tomó asiento entre
Mousse y Shampoo. Con un floreo, rompió los palillos y miró a todos los
comensales.
—Bien —dijo—. ¿Qué esperan? Comamos.
Así lo hicieron; la comida era una maravilla, la conversación, liviana.
Ranma lo sentía como si celebraran una fiesta en lugar de estarse
aprontando para cazar a un asesino. Pero no pudo evitar adherirse. Era
para ellos una oportunidad de distenderse antes de lo que podía ser una
batalla muy difícil para todos. Ranma se dio cuenta de que a todos les
hacía falta esto: necesitaban sentir que se encontraban entre amigos.
Tener una comida juntos era solo el preludio para lo que harían esta
noche, que era contar unos con otros. Al final, la comida fue concluida y
la conversación terminó; Cologne hizo tintinear su vaso de agua con un
palillo, y se aclaró la garganta.
—Por muy divertido que esto sea —dijo secamente—, tenemos que hacer
algo más importante que vida social. Todos saben lo que haremos esta
noche; hay unos cuantos detalles que necesitan completarse. Sasuke, si
eres tan amable.
—Gracias, honorable anciana —dijo Sasuke, y se puso en pie sobre la
silla. Esto sirvió para elevar su cabeza hasta el nivel de la de todos los
demás que estaban sentados. Se agachó y levantó la valija diplomática
de donde la había puesto en el piso al empezar la comida. Empujando su
plato hasta el centro de la mesa, puso el maletín de costado e introdujo
la combinación antes de abrir los pestillos. Levantó la cubierta, y toda la
mesa se inclinó para ver más de cerca.
Anidados en espuma plástica había tres aparatos como del tamaño de
teléfonos móviles. Todos parecían idénticos salvo por los colores; rojo,
verde y azul. Sasuke extrajo con gran cuidado el rojo, y lo sostuvo a la
vista de todos.
—Estos son localizadores posicionales prototipo, fabricados por Industrias
Aoshi, una empresa propiedad de la familia Kuno —dijo Sasuke—. Están
destinados a uso militar, policial y de seguridad. Estos tres son parte de
un conjunto interconectado; amo Kuno, ¿si puede ayudarme a
demostrar?
—Desde luego, mi buen sirviente —dijo Kuno, levantándose de la silla.
—El interruptor del lado es el encendido —dijo Sasuke—. La carga de la
batería dura doce horas, así que tendremos energía más que suficiente
para esta noche.
Sasuke atravesó el salón para situarse cerca de la puerta de entrada.
—Amo Kuno, encienda el localizador. Tengan la bondad de reunirse
alrededor del amo Kuno, y los demás alrededor mío, por favor.
Genma terminó de pie cerca de Kuno, con Cologne encaramada en sus
hombros para ver. Los demás se apiñaron en torno a Sasuke. Ranma
pudo ver de cerca que el localizador tenía una pantalla pequeña que
ocupaba cerca de la mitad del espacio de éste, con un altavoz y un
micrófono ubicado por debajo. Había tres botones más abajo: uno era
negro y redondo con un símbolo de exclamación en él, mientras que los
otros dos eran cuadrados y tenían impresos los números 1 y 2. En la
pantalla, parpadeaba un punto azul con un 1 en el centro; una flecha
salía del punto y señalaba en dirección a Kuno. A lo largo de la flecha
parpadeaba el número 4.
—El punto azul indica la dirección del localizador azul, portado por el amo
Kuno —dijo Sasuke—. El número junto a la flecha es la distancia en
metros, y el número al interior del punto es el número de botón que
deben presionar para comunicarse con el localizador azul. La flecha
siempre apunta en la dirección del otro localizador.
—En la pantalla del amo Kuno, para los que están mirando, el punto rojo
y la flecha indican la dirección y la distancia del localizador rojo, portado
por mí. ¿Queda claro todo hasta ahora? —dijo Sasuke.
Hubo varios murmullos de afirmativa; la tecnología, aunque sofisticada,
parecía bastante fácil de usar.
—Ranma, ¿serías tan amable de tomar el localizador verde de mi maletín y
encenderlo? —pidió Sasuke.
Ranma fue hasta el maletín, sacó el localizador verde, y presionó el
interruptor del costado. La pantalla se encendió, desplegando un punto
rojo y uno azul, e indicando la dirección y distancia de cada uno.
—Esto nos permitirá conocer la posición de los demás equipos —continuó
Sasuke—. El botón redondo, al presionarlo, envía una señal de alarma a
todos los otros localizadores conectados a él. Una vez enviada, no se
detiene hasta que todos los otros localizadores presionen también el
botón de alarma. No lo presionen a menos que de verdad estén en
muchas dificultades; suena lo bastante fuerte como para delatar su
ubicación a cualquiera que esté cerca, incluyendo la policía.
Sasuke tomó aliento y miró en derredor:
—¿Todos entienden los localizadores?
Todos afirmaron que entendían el uso de los localizadores. Sasuke asintió
y miró a Cologne, que seguía encaramada sobre los hombros de Genma.
—Como ha dicho Sasuke, le entregaremos uno a cada equipo —dijo
Cologne—. Son tres equipos. El equipo con el localizador rojo serán
Ranma, Genma y Akane. El equipo con el localizador verde serán
Shampoo, Mousse y yo. El equipo del localizador azul serán Kuno,
Sasuke, Ukyo y Ryoga.
Cologne miró intensamente a todos los del salón:
—Y antes de oír ninguna discusión, pregúntense si están discutiendo por
creer que su equipo no les conviene. Si es por cualquiera otra razón, no
quiero oírla. Ahora no es momento para altercados. Debemos tenernos
confianza mutua y trabajar juntos. Después de eso, podemos volver a los
altercados.
Hubo risa forzada por todo el salón ante eso último. Se dividieron en sus
grupos. Akane fue responsable del localizador del equipo de Ranma,
mientras que Mousse y Sasuke lo llevaron por los suyos.
—Ahora bien —dijo Sasuke—, no es necesario que cuiden mucho los
localizadores. Los componentes están revestidos en plástico a prueba de
golpes, y pueden seguir transmitiendo incluso si los controles externos
sufren algún daño. Si el cartucho de la batería es arrancado, seguirán
funcionando hasta por quince minutos con una carga interna.
—Si llegan a encontrarse con el gaki —dijo Cologne—, transmitan a los
otros dos equipos para traerlos hasta su ubicación. No luchen contra él
a menos que sea necesario; es mejor si todos convergemos y lo
atrapamos. Es importante que nos encarguemos de él antes de que
advierta que hay alguien más que la policía siguiéndolo. No puede
alertársele de nuestra presencia hasta que estemos listos para destruirlo.
Sasuke, ¿creo que hay un artículo más?
Sasuke asintió con la cabeza, y fue hasta el maletín diplomático; levantó
una parte de este de modo quitar la sección donde estaban los
localizadores. La retiró de la mesa y la dejó a un lado.
—Una para cada uno —dijo.
Los contenidos de la mitad inferior de la caja parecían ser pequeñas
linternas de bolsillo, de cabeza inusitadamente grande. Todos tomaron
una. Ranma miró la suya: había dos botones, uno grande de color rojo y
uno más pequeño de color blanco. Curioso, empezó a llevar el dedo al
botón rojo cuando sintió a Sasuke sujetarle el brazo.
—Nadie toque el botón rojo —se apresuró a decir Sasuke—. Estas
linternas emiten un haz muy potente. Serán útiles si tenemos que entrar
en algún lugar oscuro. El botón blanco las enciende de manera normal; el
botón rojo, presionado una vez, carga la linterna. Presionándolo de nuevo
la carga completa se consume en un breve segundo de iluminación; sirve
para muy probablemente cegar al enemigo. Tengan cuidado al usar eso;
miren a otro lado o cierren los ojos si es posible.
Sasuke miró a los presentes. —Eso es todo, creo.
—Entonces estamos listos para irnos —dijo Cologne.
Fue hasta el mostrador y cogió varios pedazos de papel, buscó entre
ellos y pasó uno a los miembros de cada equipo.
—Estos muestran las calles que van a patrullar. Iremos un poco más allá
del área del triángulo formado por los tres incidentes. Esperemos que
esto sea adecuado para encontrar al gaki. El área no es tan extensa;
sospecho que el gaki tiene su guarida en un lugar cercano al centro del
triángulo, pero no es seguro. Debiéramos ser capaces de llegar en auxilio
de los demás dentro de diez minutos, si nos movemos rápido. Cuando
estén patrullando, estén atentos a la policía; estamos violando el toque
de queda haciendo esto. Si se encuentran con el gaki, traten de seguirlo
a distancia, sin alertarlo. Intervengan si les parece que pueda lastimar a
alguien, pero, si pueden, traten de atacarlo en grupo junto a los demás
equipos. Es importante que nos encarguemos de él esta noche; si
escapa, sabrá que estamos buscándolo, y podría tomar mayores
precauciones.
Cologne los miró a todos:
—No subestimen a su oponente y trabajen juntos. No tengo dudas de
que lo vamos a lograr.
Ranma miró por del salón, a los nueve que serían sus compañeros en la
cacería. Tenía confianza en las destrezas de todos. Pero en alguna
parte, en lo profundo de él, se preguntó si todos pasarían de aquella
noche ilesos.
~ o ~
Ranma se apretó contra la pared del callejón, enfocando la mente en
borrar todo indicio de su presencia. Detrás suyo, Akane y su padre
hicieron lo mismo. Su padre era bastante bueno para el sigilo, y para
otras raterías en general, pero un artista marcial experimentado habría
encontrado a Akane en un segundo. Pero lo poco que ella sabía era
adecuado para evitar la atención de los pequeños grupos de policías que
patrullaban por el área de a dos y de a tres.
Oyó el sonido de pisadas pasar cerca del callejón, oyó el rumor suave de
las voces de los agentes, que sonaban altísimas en el silencio total que
ellos tres trataban de mantener. Y luego habían pasado, alejándose por
la maraña de calles, y los tres se pusieron de nuevo en movimiento.
Ranma le dio una mirada al localizador rojo portado en la mano de Akane;
el punto azul estaba a poco más de seiscientos metros de distancia, en
tanto el punto verde estaba a casi novecientos metros en la otra
dirección.
Hasta ahora, lo único que habían encontrado en casi dos horas de
patrullaje era la policía, que había sido fácilmente eludida. Se
mantuvieron en los callejones y tejados, saliendo a las calles solo si era
necesario. Ranma estaba bastante seguro de que el gaki estaría haciendo
lo mismo, y de que tendrían mejores oportunidades de ubicarlo en áreas
encubiertas antes que en las calles que patrullaba la policía.
Lo más probable era que ni siquiera saliera a cazar hasta más tarde,
después de medianoche, cuando menos. El primer asesinato había
sucedido como a esa hora, y el ataque a la pareja había tenido lugar a
eso de las once y media. Kodachi había sido atacada como a las dos de
la mañana, según lo que Sasuke le había dicho. Pero era importante que
se acostumbraran a las áreas que estaban patrullando, y que supieran
cómo moverse por ellas con rapidez si se presentaba la necesidad.
Pero Ranma ardía por acción; no tenía la costumbre de estar esperando
de ese modo, en busca de que pasara algo. Sentía urgencia por algo con
qué poder pelear, algo que pudiera golpear.
—Ranma, señor Saotome —dijo Akane, atropellándose—. Sasuke está
transmitiendo.
Padre e hijo se acercaron para oír.
—"Repito, equipos rojo y verde, aquí azul. Avistamos una figura
moviéndose de manera furtiva por los tejados. Se dirige hacia la
ubicación de ustedes, equipo rojo. Vamos persiguiéndolo. Estén atentos
a él".
La voz de Mousse vino del altavoz:
—"Azul, aquí verde. Vamos en dirección al rojo. Tal vez debamos
dispersarnos por el área de rojo e intentar tra...¡SHAMPOO!".
La calma de la voz de Mousse fue reemplazada por preocupación
frenética en su última palabra. Hubo un sonido de choque, como si el
localizador que había estado sosteniendo hubiera caído o sido tirado.
—"Equipo rojo, aquí azul. Todavía tenemos el desconocido a la vista
—dijo Sasuke. El tono de su voz era uno de pánico cuidadosamente
controlado—. Perseguiremos. Vayan a ver qué le sucedió al verde. Azul
fuera".
—Carajo —dijo Ranma—. Vamos. Akane, es más rápido si te cargo.
Sin esperar respuesta, Ranma alzó a Akane en brazos y se fue por los
techos de las casas y tiendas, hacia el verde parpadeante del localizador
de Mousse. Akane mantuvo sus brazos rodeando el cuello de Ranma, y
sujetó firme el localizador para que el muchacho pudiera ver el camino.
Mientras saltaba la brecha entre dos edificios, la voz de Cologne llegó por
el altavoz.
—"Rojo, azul, aquí verde. No cabe duda, encontramos al gaki. Escapó.
El pato resultó herido. Azul, puede que nos enfrentemos a más de una
criatura. Tengan cuidado. Rojo, reúnanse con nosotros".
Ranma, Akane y Genma descendieron hasta un callejón un minuto
después. Cologne examinaba algo en el suelo, mientras Shampoo
sujetaba un fajo de tela de la túnica de Mousse contra la mancha roja
que el muchacho tenía en el costado y que se extendía rápidamente.
Mousse estaba recostado contra la muralla del callejón, con la cara
pálida.
—¿Está bien? —dijo Ranma, depositando a Akane de pie.
Mousse le dio una sonrisa exigua y levantó la mano izquierda.
—Mejor de lo que parece —dijo. Con un sobresalto, Ranma vio que tenía
una tira de género empapada de rojo envolviéndole los dedos meñique y
anular—. Eso me va a enseñar a no cargar objetos filosos en la
vestimenta.
—Cállate, Mousse —dijo Shampoo.
Mousse soltó un gruñido al apretar ella el fajo con otra tira de tela,
creando un vendaje improvisado. El muchacho se levantó con cuidado,
luego se tambaleó hacia el lado. Shampoo lo atrapó suavemente por los
hombros y lo sostuvo erguido.
—Shampoo... —dijo Mousse.
Shampoo lo soltó cuando estuvo segura de que podía tenerse en pie, y
apartó la mirada.
—Es porque salvaste vida de Shampoo y nada más —se apresuró a decir.
—¿Qué sucedió? —dijo Genma.
Cologne levantó la vista desde lo que fuese que estuviera examinando.
—Mousse avistó al demonio, que saltó hacia Shampoo desde el techo
—dijo Cologne—. La apartó de un empujón y recibió él la cuchillada.
—En realidad —dijo Mousse, alzando una hoz curva de aspecto nefasto,
unida a una cadena—, el cuchillo rebotó contra una de mis armas y me la
clavó en el costado. El gaki me tenía atrapado contra el suelo y no atiné
a sacar un arma, así que solo le di un puñetazo en la cabeza. Me atrapó
la muñeca con la mano que no sujetaba el cuchillo, y me sacó de un
mordisco las puntas de dos dedos.
Mousse concluyó levantando la mano izquierda vendada. Akane arrugó la
cara en una expresión de recelo.
—Conseguí alcanzarlo en el costado con uno de estos —dijo Cologne,
mostrando un pequeño cuchillo arrojadizo, filoso como navaja—. Se le
quitó de encima a Mousse y huyó, justo antes que Shampoo le aplastara
la maldita cabeza.
—Casi aplasto cabeza de Mousse, en vez —dijo Shampoo gratamente—.
Pero Shampoo alcanza a parar.
—Carajo —dijo Ranma—. Ahora sabe que vamos tras él.
Cologne le dio una sonrisa y sacudió la cabeza.
—No tiene importancia —dijo, bajando la mano hasta el suelo del callejón,
y recogió algo entre el pulgar e índice—. Dejó esto.
Ranma se acercó para ver lo que tenía. Era una elegante daga tanto, con
una hoja larga y suavemente curvada que parecía lo bastante filosa
como para cortar el aire. La empuñadura estaba tallada en marfil, con un
complejos diseño de hojas y flores. La belleza del arma era estropeada,
sin embargo, por las manchas de sangre seca en la hoja.
—Ah, qué bien —dijo el muchacho con voz seca—. Ahora estamos en un
callejón violando el toque de queda, con el arma asesina en la mano,
mientras el verdadero asesino se escapó, a lo mejor a algún lugar donde
no lo vamos a encontrar nunca.
—Muchacho, lo que me has visto hacer no es nada comparado a lo que
puedo hacer. Con decir que yo...
Cologne fue interrumpida cuando la voz de Sasuke llamó desde el
localizador que ella había dejado a un lado:
—"Verde, rojo, aquí azul. Perdimos a sea quien sea que estábamos
persiguiendo. ¿Cómo está todo por allá?".
—Bien, azul —dijo Cologne, presionando el botón para transmitir—.
Encontrémonos de vuelta en la base. Ha habido un cambio en los planes.
—"Muy bien, verde —transmitió Sasuke, sonando dubitativo—. Supongo
que es la que más sabe de esto".
—Siempre sé, azul —bufó Cologne, recogiendo el localizador
en su otra mano.
—Todavía no explicas cómo esta daga nos va a ayudar a encontrar al
gaki —dijo Ranma.
—Con este objeto que estaba en posesión de la criatura —dijo Cologne—,
puedo trazar una ruta hasta ella, por medio de canales espirituales.
—Gracias, Madam Cologne —masculló Ranma.
Cologne le dio en la cabeza con el localizador y saltó al tejado.
—No seas insolente, muchacho. Te sorprenderé siempre —llamó hacia
abajo en voz baja—. Vamos. Hay que salir de aquí antes de que llegue la
policía.
—¿No deberíamos llevar a Mousse al hospital? —preguntó Akane.
—Demasiadas preguntas —dijo Mousse—. Además, la herida en mi
costado no es profunda. Falta mucho para que mi trabajo de esta noche
termine.
—¿Y tu mano? —dijo Ranma.
Mousse resopló. —Por suerte no soy zurdo. Vámonos.
Los seis se fueron por los tejados, dirigiéndose con el mayor sigilo posible
al Nekohanten. Las patrullas de policía que pasaban por las calles ni
siquiera miraban hacia arriba. Cuando llegaron, los miembros del equipo
azul ya estaban allí, y salieron de las sombras de un callejón cercano al
Nekohanten cuando los equipos rojo y verde bajaron al suelo.
—¿Están todos bien? —dijo Ukyo, examinando con la mirada a los demás.
—Mousse está herido, pero vivirá —dijo Ranma.
Mousse asintió con la cabeza, aunque tenía la respiración pesada, y
estaba encorvado. A su lado, Shampoo miró con gesto de preocupación
por un momento, luego se volvió hacia otro lado sin decir nada.
—De modo que te ha lesionado el mismo demonio que damnificó
a mi hermana —dijo Kuno.
Ranma notó que la siempre presente espada de madera del patricio había
sido reemplazada por una vaina negra reluciente, con la empuñadura
ornada de la katana interior levemente desenfundada para exponer un
poco de la hoja filosa.
—Entonces, ¿qué es de la criatura a la que dimos seguimiento?
—siguió Kuno.
—No lo sé —dijo Cologne—. Si más de un gaki ha atravesado la frontera
entre su mundo y el nuestro, esto podría ser más de lo que esperábamos.
—Hay que tener cuidado —dijo Ryoga—. Puede que esté sucediendo más
de lo que creímos.
Cologne asintió. —Bien. Entremos. Voy a efectuar cierto ritual que me
permitirá buscar al gaki, para lo cual debo estar sola y no ser interrumpida.
Lo haré en la bodega; los demás permanezcan en el restaurante. Cuando
salga, ojalá rápidamente, podremos ir a buscar al gaki. Lo más probable
es que la herida que le hice, y el que sepa que lo están persiguiendo, lo
hayan hecho retirarse a su guarida. Enfrentarlo allí le hará el escapar más
difícil que al abierto, pero también estaremos en su territorio.
—No importa —dijo Ranma, con una voz de ribete duro—. Lo que sea que
tengamos que hacer, esa cosa cae esta noche.
Cologne sonrió torvamente. —Exactamente lo que estaba pensando.
Enfilaron al comedor, y se sentaron ante algunas mesas para esperar.
Shampoo se apresuró al piso de arriba, y volvió con un botiquín, luego
sentó a Mousse y le ordenó estarse quieto mientras lo componía
debidamente. Cologne entró a la bodega y cerró la puerta por dentro,
diciendo que saldría pronto. Los demás se sentaron desperdigados; una
energía nerviosa corría por todo el salón. Kuno tenía su katana sobre los
muslos, sentado de piernas cruzadas, con los ojos cerrados, contra la
pared del salón. Cerca de allí, Sasuke inspeccionaba el localizador verde,
en busca de cualquier daño que hubiera podido sufrir al tirarlo Mousse
para ir en ayuda de Shampoo.
Ranma estaba sentado a una mesa con su padre, Akane, Ukyo y Ryoga.
—Casi lo teníamos —dijo Ryoga—. Pero lo perdimos de vista y se escapó.
Ukyo estaba puliendo la parte plana de su espátula de combate.
—Eso —dijo—. Ryoga y yo íbamos al frente, y se tiró a un callejón y se
perdió como si nunca hubiera estado ahí.
—¿Alguno lo pudo ver de cerca? —preguntó Ranma—. ¿Pareció como si
hubiera podido ser otra cosa?
—Saltaba por los techos como condenado —dijo Ryoga—. Y era como los
diablos de rápido. No sé qué otra cosa podría haber sido.
Se oyó un leve jadeo de Mousse. Ranma se dio vuelta para ver a
Shampoo untarle yodo en los extremos mutilados de los dedos. Por lo que
Ranma podía ver, en ambos dedos habían quedado solo las primeras dos
falanges.
—Chsst, Mousse —dijo Shampoo con voz suave—. No querer se infecte.
Ella procedió a vendarle delicadamente el brazo, luego de terminar con su
costado. Sostuvo la mano vendada en la suya por un momento más de lo
necesario, luego se puso en pie.
—Bisabuela estado buen rato dentro —dijo Shampoo.
Ranma miró el reloj de la pared; Shampoo tenía razón. Habían pasado casi
diez minutos desde que entrara. Pero, por otro lado, Ranma no tenía idea
de cuánto tardaría Cologne en hacer lo que fuera que estaba haciendo.
—Mejor no molestarla, Shampoo —dijo Ranma.
Shampoo asintió y se sentó en el piso, junto a la silla de Mousse.
—Se siente algo anda mal —dijo.
Mousse le puso la mano ilesa en el hombro:
—No me cabe duda de que está bien.
Shampoo le sonrió y colocó una mano sobre la de él:
—Gracias, Mousse —dijo—, por salvar a Shampoo hoy.
Mousse se sonrojó y agachó la cabeza, con su largo pelo negro
ocultándole el rostro.
—Sh... Shampoo...
—No te hagas idea, Mousse —dijo Shampoo—. Yo dando gracias nada
más.
Ranma sonrió brevemente y se volvió hacia Ryoga. Estaba a punto de
abrir la boca para hablar, cuando los sonidos desgarrados de alguien en
indecible suplicio atravesaron el salón. Alaridos terribles venían de detrás
de la puerta de la bodega.
—¡BISABUELA! —gritó Shampoo, se levantó al punto y se precipitó a la
puerta.
Mousse la seguía cerca. Kuno abrió los ojos de golpe y se puso en pie de
un salto, katana en mano en un segundo.
—Mierda —dijo Ranma, y saltó de su silla.
La cosa no sonaba nada de bien.
~ o ~
