Nuestra Propia Condena

Un Fanfic de Ranma 1/2 escrito por Alan Harnum

Versión castellana de Miguel García

~ o ~

Parte Cuatro: Guarida de medianoche

~ o ~

Cologne cerró firmemente la puerta, y entró a la oscuridad de la bodega.
Encontró el interruptor con la punta de su báculo; lo usaba desde hacía
mucho como una extensión hacia las cosas para ella imposibles de
alcanzar desde el suelo, que eran muchas. En su mano libre, tenía la
daga que el gaki había empuñado en el callejón. Serviría como vínculo
con la criatura, siguiendo el principio de asociación. Pero más que el
cuchillo sería necesario para el rito; dejando el bastón y el tanto en el
piso de cemento de la bodega, fue hasta el rincón, donde había ocultaba
las cosas que no deseaba que Shampoo encontrara.

Era una caja pequeña, camuflada con un sortilegio protector obtenido por
Cologne hacía mucho, y que hacía a la caja confundirse con la pared. A
menos que uno supiera lo que buscaba, nunca sería encontrada. Cologne
la sacó y la llevó hasta donde había puesto el báculo y la daga. Sentándose
en el piso, sacó la delgada llave de entre su túnica, y giró el cerrojo. Con
un rechinido, la caja se abrió, para revelar sus contenidos.

Encontró lo que buscaba debajo del frasco que contenía el antídoto para
las píldoras de amor que Happosai había robado hacía tantos años. El
recuerdo la hizo sonreír; casi había creído que tendría que usarlo esa
vez en la playa, cuando Akane había tragado la píldora permanente.

Pensar en esa ocasión en la playa le recordó la situación entre su
bisnieta y Ranma. Tal como le había dicho al muchacho, hacía ya mucho
que ella había visto venir esto. Las leyes ancestrales eran importantes
para la tradición, pero eran pasadas por alto con facilidad cuando
convenía. Las amazonas jóvenes tendían a ponerlas en vigor con mayor
seriedad que ella, que había vivido lo suficiente para valorar la sabiduría
de nunca imponerse una regla que no se estuviera dispuesto a romper de
ser necesario. Más que como marido, le había visto a Ranma mucha
mayor utilidad como medio de enseñarle madurez y responsabilidad a
Shampoo; el muchacho era un espécimen físico admirable, y un gran
guerrero, pero no tenía mucho más que ofrecer aparte de aquello. Pero
de quererlo Shampoo como esposo, y lo quería, ella no se lo hubiera
impedido. Deseaba ser partícipe de la vida de su bisnieta, no controlarla.
Pero, desde el principio, había visto la renuencia de Ranma a casarse con
Shampoo. Complicada con la naturaleza indecisa del muchacho, y por el
hecho de que fuera un imán de sucesos absurdos a una escala que ella
jamás imaginó posible, lo que Cologne había creído que tardaría como
máximo un mes, al final del cual ella y Shampoo regresarían a China
—ya fuera con Ranma como marido de Shampoo o bien con Shampoo
aprendiendo unas cuantas lecciones valiosas acerca de la vida—, se
había extendido a más de un año de constantes maquinaciones, ardides
y pendencias, y había terminado con su bisnieta sufriendo por amor.

Todas los artificios, toda la magia, todo había sido parte de lo que ella
había intentado enseñar a Shampoo. El interés de Shampoo por las
ceremonias y los rituales que acompañaban las artes guerreras había sido
siempre mínimo; viéndolos luego como una forma de atrapar a Ranma, se
había sumergido en ellos a conciencia. Pero ninguno había sido especialmente
eficaz. Cologne jamás permitía que Shampoo se acercara a nada para lo
cual ella no pudiese proporcionar una cura de emergencia. La forma de
ganarse a un hombre no era por medio de artimañas o hechizos; eso
Cologne había esperado que Shampoo lo aprendiera rápidamente. Por
desgracia, no había sido así.

—Bueno, alguna vez tenía que terminarse —dijo Cologne, sacando la
blanca túnica doblada de la caja.

La prenda estaba inscrita con símbolos y talismanes poderosos, y
Cologne la había tenido en su poder durante casi ciento cincuenta años.
Le había sido obsequiada por un eximio mago chino que había sido su
amante durante cinco años en el siglo diecinueve. Él había terminado
como merienda para un dragón, con el que había estado tratando de
negociar, al salirse del círculo protector para pisar una cucaracha. Había
sido un hechicero de enorme poder espiritual, pero algo corto en lo que a
sentido común se refería. Pero había sido un hombre bueno, y esta túnica
era el único recuerdo que tenía de él. Con el tiempo, se la heredaría a
Shampoo. Y Shampoo con el tiempo se la dejaría a quien escogiese como
heredera. La túnica era invulnerable al desgaste, y subsanaba todo daño
o rasgadura en el momento mismo en que eran hechos. El blanco prístino
relucía aún como el día en que le había sido regalada.

Debajo de la túnica había cuatro velas: roja, azul, verde y amarilla.
Cologne las dispuso formando un cuadro en el piso, se quitó la túnica
parda, y se vistió con la delicada seda blanca de la túnica astral.

Recogió el tanto y se tendió en el cuadro formado por las cuatro velas. El
cuchillo descansaba plano contra su cuerpo, con el pomo puesto bajo la
barbilla. Cerrando los ojos, se concentró en la sensación del pomo contra
su barbilla y la seda tersa que le cubría. Sintió el calor de las velas, que
se prendieron en torno a ella con llamas vivas.

Luego vino aquella sensación de caída, de hundirse en un agujero negro
de profundidad eterna e inasible. El trance jamás se hacía menos
desconcertante cada vez que lo realizaba, así solo durara un segundo.

Luego se encontró mirando su propio cuerpo, tendido sobre el piso de la
bodega. No se parecía en nada al cuerpo que llevaba ahora, la apariencia
que adoptaba al viajar de aquel modo. Cologne evitaba escrupulosamente
los espejos cuando usaba la túnica, pero de todos modos sabía qué
aspecto tenía ahora. Tenía el aspecto de la muchacha que había sido, al
recibir por primera vez la túnica hacía más de cien años, antes de que los
métodos que había usado para mantener la juventud y fuerza cobraran
su precio y la convirtieran en la cosa marchita que yacía en el piso de la
bodega.

Sabía lo chocante que su aspecto le resultaba a la gente, pero hacía
mucho que ya no le importaba. Tenía poder y sabiduría, y había vivido
más de tres veces lo que una persona normal. Pero en ocasiones como
esta, cuando llevaba el cuerpo de la joven hermosa que había sido,
aborrecía más que nada en el mundo aquello en lo que se había
convertido. Por eso usaba tan poco la túnica; le recordaba a qué había
renunciado.

Cologne dio media vuelta y, caminando, traspasó la pared de la bodega,
hasta el área del comedor, donde estaban los demás. Pudo verlos,
siluetas opacas y sombrías de sí mismos. Notó el cordón rojo brillante que
se extendía desde el meñique de la mano Ranma hasta el de Akane; tal
como lo había sabido siempre. Ryoga tenía uno también, tenue y
extendiéndose muy lejos.

El padre de Ranma tenía uno también. Quizá en algún momento había sido
rojo, pero ahora era de un negro envilecido y mustio, retorcido en vez de
liso. Cologne apartó la mirada, recordando demasiadas cosas que hubiera
preferido olvidar. Se concentró en la versión astral de la daga empuñada
en su mano, y vio el delgado cordón de plata extenderse como un cordel
de pescar. Empezó a seguirlo, y atravesó edificios, tratando de no ver las
actividades nocturnas de los ocupantes.

El cordón de plata la condujo a un pequeño almacén en ruinas, ubicado,
como había pensado, cerca del centro del triángulo formado por los
ataques. Había un aviso de futura demolición bajo el letrero deslavado,
cuya única parte visible mostraba un chef sonriente, de sombrero blanco.

Cologne pestañeó, confundida. Otra edificación, una completamente
distinta, se transparentaba sobre el almacén. Era una casita de aspecto
grato, limpia y bien cuidada. Pero oprimidas contra las ventanas había
caras gritando, y sangre coagulada corría por los flancos. La verja estaba
hecha de huesos, y en el ángulo del techo brillaba un filo de navaja
cubierto de sangre. Hacía mucho tiempo habían sucedido aquí cosas
terribles, lo bastante como para dejar una impresión duradera en el plano
astral.

—Qué mejor guarida para un monstruo —dijo Cologne—. ¿Cómo la habrá
encontrado?

—Ah, pero si no la encontré —dijo una voz bisbisante detrás de ella— .
Siempre he vivido aquí, aunque a veces en espíritu.

Cologne se dio vuelta con un giro, y sacó el tanto en una cuchillada
hacia el punto de donde había venido la voz. No había nada allí.

Sintió un dolor punzante en el pecho. Miró hacia abajo. La punta de una
daga de aspecto conocido le asomaba por delante, al haberle sido
hundida en la espalda para llegar al corazón. Cologne se dio vuelta, y vio
la cara del gaki, diferente esta vez, pero la misma. El mismo cuerpo flaco,
la misma piel rugosa pegada a los huesos, pero la cosa del callejón había
sido calva y de ojos rojos; esta tenía pelo blanco, que le caía sobre los
hombros, y ojos oscuros, humanos, que ardían con igual fiereza detrás de
esa mirada. Un cordón de plata delgada se extendía desde la punta de la
daga hasta el dedo del gaki.

—Como tú has dicho —dijo el gaki—. No subestimar al enemigo.

La oscuridad se precipitó sobre Cologne, y se sintió caer de nuevo, pero
esta vez la caída no tenía fin.

~ o ~

Ranma vio a Shampoo atravesar la puerta a su manera acostumbrada,
que era haciendo un boquete a la pared. Cuando entró a la bodega con
los demás, Shampoo estaba sujetando a una Cologne que gritaba y se
convulsionaba. De la boca de Cologne manaba una espuma blanca teñida
de manchas escarlata.

—¡MOUSSE! ¡AYUDA! —gritó Shampoo, frenética.

Mousse se agachó prestamente y la ayudó a sujetar a Cologne contra el
piso. Dispersas por la habitación había varias velas apagadas, y Ranma
advirtió que Cologne vestía un bella túnica blanca, que mostraba como
único defecto una abertura ajada sobre el corazón. Distantemente,
advirtió también que vieja amazona empezaba a emitir sonidos
estentóreos.

—¡BISABUELA! —gritaba Shampoo—. ¡DESPIERTA!

Genma apartó a Ranma de un empellón y se acuclilló junto a Cologne,
luego le presionó con los dedos un punto del cuello. Las convulsiones de
la anciana cesaron y pareció relajarse. Tosiendo, esputó un poco más de
espuma, pero ya sin sangre.

—¿Dónde diablos aprendiste a hacer eso? —dijo Cologne con voz débil,
mirando a Genma.

—No por nada trabajé en la clínica del doctor Tofu —dijo Genma, sonando
orgulloso.

—¿El doctor Tofu le enseñó a usar puntos de presión? —dijo Akane.

Genma carraspeó. —Bueno, la verdad, no. Pero lo vi hacerlo muchas
veces.

Cologne trató de empuñar el bastón, pero su mano cayó, sin fuerza.

—Shampoo, pégale por mí —dijo.

—¡Sí, bisabuela! —dijo Shampoo, y le dio un tortazo en la cabeza a
Genma.

—¡Au! ¡Por qué me pegas! —exclamó este, mirando airadamente a
Cologne y a Shampoo.

—¿Te das cuenta de la suerte que has tenido de no matarme? ¡Ese punto
requiere años de entrenamiento para usarlo correctamente en un
individuo relajado! —siseó Cologne.

—Y ni me lo agradecen —masculló Genma.

—¿Qué sucedió? —dijo Mousse.

—Falté a una de mis propias reglas —dijo Cologne—. Supuse que el gaki
no tendría conocimiento del método que yo iba a usar. En cambio, usó un
método similar para dar conmigo y atacar a mi cuerpo astral.

—¿Cuerpo astral? —dijeron todos, perplejos.

—Ya no importa. Tienen que ir todos a matar esa cosa —dijo Cologne.

—¿No vienes con nosotros, bisabuela? —dijo Shampoo.

—Hija, apenas puedo hablar en este momento. Mi espíritu quedó
sumamente agotado por el asesinato de mi cuerpo astral. Tendré que
descansar muchos días para volver a la normalidad. Pero me fue bien
ubicando la guarida del gaki. Hay un almacén cerca del centro del
triángulo que patrullamos, pronto a ser demolido, con un chef en el
letrero...

—Sé donde queda —dijo Ukyo.

—Bien. Ahí es su escondite. Temía que huyera; ahora sé que no lo hará.
Esa lugar le proporciona un lazo con este plano existencial, aunque no
tengo certeza de por qué. No lo abandonará, por temor a que se hagan
ritos que lo expulsen de este plano. Pero esos requieren más tiempo del
que tenemos ahora. Vayan y eliminen a esa cosa. Yo tengo que
descansar aquí.

—No te podemos dejar aquí sola —dijo Ranma—. Ya sabemos que puede
haber más de una de esas cosas. ¿Y si viene por ti?

—Se agradece la preocupación, Ranma —dijo Cologne—. Pero en esta
ciudad no hay lugar más seguro contra el gaki que esta bodega. Tengo
muchos talismanes poderosos en este local. Voy a descansar aquí.
Ustedes tienen que partir rápido, o el gaki se escapará. Aunque dudo que
lo haga, con la necesidad que tiene de ese lugar.

—Muy bien —dijo Ranma—. Vámonos.

Shampoo abrazó fuerte a su bisabuela:

—Adiós, bisabuela. Todos volvemos bien.

—No me cabe duda —dijo Cologne—. Ahora tengo que descansar. Vayan,
y buena suerte.

Salieron de la bodega en silencio, y de ahí a la calle fuera del restaurante.
Se acercaba la medianoche. Ranma miró el cielo oscuro, la luna apenas
una astilla pálida.

—Vamos —dijo, y saltó al tejado del Nekohanten—. Esta cacería ya duró
demasiado.

Mientras los nueve se alejaban por los tejados, la figura que se había
ocultado en el callejón salió, con movimientos cautelosos. La puerta del
restaurante no había quedado asegurada de manera muy considerable.

~ o ~

El almacén era como Cologne había dicho. No era más grande de lo que
suelen ser los almacenes, y se empinaba unos dos pisos de alto. Había
tablas cruzadas en las puertas amplias, clausurando la entrada, pero
Sasuke encontró un acceso lateral que se abrió fácilmente.

—Ahora sí —dijo Ranma—. Esta cosa tal vez nos está esperando.
Ganamos en número y en habilidad. Pero tengan cuidado y cuídense la
espalda.

Ranma encabezó el ingreso, con los demás detrás de él, en un grupo
aproximadamente circular. Las linternas rasgaban la penumbra,
exponiendo filas y filas de estanterías llenas de cajas de cartón
polvorientas. El olor del polvo era abrumador, pero bajo este subyacía un
tenue olor a sangre.

Se dispersaron, manteniéndose a la vista uno del otro. Pero no había
señal de nada viviente.

—Al menos debería hacer ratas —dijo Akane, pegándose a Ranma—. En
los lugares así siempre hay ratas.

—La cosa debe habérselas comido —dijo Ranma. Akane hizo una mueca
de recelo.

Genma estaba alumbrando con su linterna hacia la izquierda de la puerta
por donde habían entrado, cuando sintió el sonido de metal chocando
con el suelo. Fue su única advertencia, al tumbarse sobre él la estantería
más cercana. Logró apenas apartarse antes que el enorme estante se
estrellara contra el suelo, derramando cajas por el aire en su caída. Una
de ellas lo alcanzó en la cabeza, tirado donde estaba, y la caja se abrió
con un bullicio metálico, derramando ollas y sartenes por el piso. Mientras
las voces de los demás exclamaban de sorpresa, Genma oyó un rumor
seco.

Instintivamente, rodó hacia un lado, todavía atontado con el golpe en la
cabeza. El cuchillo dirigido a su ojo erró y le hizo un corte en el hombro.
Genma gritó, y lanzó una patada en la dirección desde donde había
venido el cuchillo, y sintió su pie descalzo impactar algo que se sintió
como acero forrado en papel.

—¡Acá está! —llamó; se puso en pie de una voltereta, y arrugó la cara
por el dolor que le atravesaba el hombro.

Se oyó un batir de pisadas sobre la estantería cercana, y Genma alcanzó
a entrever algo delgado y rápido que corría por la parte superior de la
estantería.

—¡Papá! ¿Estás bien? —llamó Ranma, corriendo hasta su padre.

Genma asintió:

—Estoy bien. Anda por arriba de los estantes —dijo—, ten cuidado.

Hubo un relampagueo plateado en el haz de la linterna de Kuno. El
muchacho gritó y tiró un mandoble preciso con la espada. El cuchillo de
carnicero saltó girando y cayó al piso.

—¡YIAAAAA! —vociferó Kuno, precipitándose en la dirección de donde
había venido el cuchillo. La estantería delante de él se tambaleó y cayó,
sepultándolo bajo una pila de cajas antes de venírsele el armatoste
encima.

—¡Amo Kuno! —exclamó Sasuke, y acudió veloz, para luego intentar
frenéticamente levantar el anaquel.

Otro cuchillo voló desde lo oscuro y alcanzó a Sasuke en el brazo. El
ninja soltó un grito y cayó de espaldas, aferrándose la herida.

—A ver cómo te queda esto —gruñó Ryoga, y estiró ambos brazos por
delante, con las palmas ahucadas—. ¡SHISHI HOKODAN!

El rayo amarillo, llameante, rompió por sobre la estantería tumbada
encima de Kuno, y arrasó las de más allá, tirándolas al suelo en una
cacofonía de ruido. Iluminado por la cegadora brillantez de la descarga,
pudo verse al gaki, de ojos refulgentes, de pie sobre una de las
estanterías junto a la corrida que Ryoga acababa arrasar.

—¡ALÚMBRENLO! —vociferó Ranma, girándose a apuntar su linterna en
dirección al gaki. Los demás hicieron lo mismo, y la criatura sibiló y se
dejó caer de la estantería, para perderse de vista—. ¡Ojo arriba de los
estantes!

—¡Yo voy, Ranma! —gritó Shampoo, saltó a la parte superior de uno y se
equilibró con cuidado. Echó a correr en dirección al gaki, saltando de
estantería en estantería y casi haciéndolas volcarse.

—¡Shampoo! ¡Espera! —exclamó Mousse, corriendo por el piso tras ella.
Ukyo lo siguió, con la espátula alzada en posición de ataque.

—¡Vamos! ¡Lo podemos flanquear por el otro lado! —dijo Ranma, y asió de
la mano a Akane y a su padre.

Ahora no había tiempo para ver cómo estaban Kuno y a Sasuke. Cuando
pasaron junto a Ryoga, que aún se reponía de descargar su ataque de ki,
el muchacho perdido exclamó de sorpresa y salió tras ellos.

Ruidos de violencia llegaron desde la dirección a donde Shampoo había
ido. Ranma oyó a Mousse gritar, y luego el sonido de una cadena
chocando contra algo metálico. Ranma apuntó la linterna en dirección al
sonido mientras corría, y vio una cadena envuelta en torno al estante
sobre el cual se hallaba el gaki. La cadena tiró hacia el costado y el
estante se volcó; el gaki saltó a un lado y aterrizó sobre otra estantería.

—No, señor —dijo Ranma.

Evocó en su interior los sentimientos de confianza en sí mismo, la certeza
de poder doblegar a cualquier adversario, e hizo volar desde las manos
una ráfaga de energía.

—¡MOUKO TAKABISHA! —gritó.

El gaki pareció casi sorprendido cuando la descarga lo golpeó para
impelerlo por el aire del almacén, hasta estrellarse contra la pared
trasera. Su chillido sonó horrorosamente humano.

—¡Ukyo, Mousse, Shampoo, vayan antes que se levante! —gritó Ranma,
corriendo hacia el punto donde lo había visto caer.

—¡Allá voy, corazón! Shampoo está noqueada, y ya sabes que Mousse
no se le va a despegar —exclamó Ukyo desde más adentro del almacén.

—¡Ukyo! ¡Con cuidado! —exclamó Ranma.

La única respuesta de Ukyo fue un grito, y cuando Ranma llegó al punto
adonde la había visto ir, con Genma, Akane y Ryoga siguiéndole de cerca,
la vio enfrentándose con su espátula de combate contra el gaki. La
criatura parecía moverse más lento que antes, y un brazo le colgaba
inerte a un costado. Pero fintaba y estocaba diestramente con el largo
cuchillo empuñado en la mano buena, y Ukyo parecía en duros aprietos,
usando su ventaja en alcance para mantenerlo a raya. Al llegar los
cuatro en su auxilio, la criatura se acercó de un salto a Ukyo, la pateó en
la cara y la derribó. En un segundo estuvo sobre ella, tirándole del pelo la
cabeza hacia atrás, y le puso el cuchillo contra la tráquea. Su brazo
herido parecía haberse recuperado con terrible rapidez, y Ranma cayó en
la cuenta de que había sido una treta.

—¡ATRÁS! —siseó la cosa, con una voz estentórea y susurrante— . Atrás
o la degüello.

Entró levemente el cuchillo, haciendo correr una fina línea de sangre por
el cuello de Ukyo. Ranma bullía de rabia, pero mantuvo la calma. De
cerca, con la linterna apuntada a la criatura, pudo por fin verla bien.

El gaki era un esqueleto. Un esqueleto con piel, y con ojos que ardían
rojos, pero esqueleto al fin. No era más que pellejo y hueso; las manos
humanas se habían convertido en garras, al tensarse la piel sobre los
huesos de los dedos. Los dientes humanos se habían vuelto colmillos
predadores, cruelmente filosos y aguzados, al haberse disuelto las
encías.

—Suéltala —dijo Ranma.

—Váyanse —sibiló el gaki—. Salgan de mi casa. La suelto cuando se
vayan.

—No le hagas caso, Ranchan —dijo Ukyo, con voz temblorosa—. Me va a
matar apenas se vayan. Agárralo. No... No te preocupes por mí.

—Cállate —dijo el gaki. Le echó violentamente la cabeza hacia atrás, y
Ukyo gritó de dolor.

—Desgraciado —dijo Ranma—. Tómame a mí en vez de ella.

—Ah, no —dijo el gaki—. A mí no se me engaña tan fácil. Creo que mejor
me llevo a tu amiguita. Hace bastante que no pruebo un bocadillo; ese
niño gritón con la espada de palo no me dejó anoche.

—Bueno, si ya está muerta de todos modos —aventuró Ranma—. ¿Qué
nos impide pasarle por encima y agarrarte?

El gaki sonrió. —Porque serías el responsable de su muerte, niño imbécil.
Y no vas a matar a tu amiga, ¿o sí?

Ranma no contestó, tan solo apretó los puños. Detrás de él, Akane
contuvo un sollozo.

—¿O sí, chiquillo? ¿Me vas a atacar, haciendo que rebane el lindo cuello
de tu amiga? ¿Vas a ver cómo la hago chorrear sangre por el piso,
sabiendo que es culpa tuya? ¿O vas a dejar que me vaya con ella, para
saber que al menos no eres el causante de su muerte? —dijo el gaki,
terminando la frase con un seco gorjeo de diversión.

—¡Ranma, no importa! Esta cosa no puede seguir... —empezó Ukyo.

—Te dije que te calles —dijo el gaki, subió rápidamente el cuchillo y le
hizo a Ukyo un corte en la mejilla.

Ella soltó un quejido callado, y Ranma juró en silencio que, pasara lo que
pasara, iba a perseguir a esta cosa hasta el fin de la tierra si era necesario.

El gaki empezó a bajar nuevamente el cuchillo al cuello de Ukyo. Para
Ranma el tiempo pareció ir más lento.

—¡AHORA!

La cadena salió fustigando desde la oscuridad de un estante detrás del
gaki y de Ukyo, se enrrolló en la muñeca que sujetaba el cuchillo, que
aún volvía de cortar la cara de Ukyo. La cadena se recogió violentamente,
y Ranma oyó huesos romperse. El cuchillo cayó con estrépito por el piso
y el gaki chilló de dolor y furia, asió a Ukyo del pelo, le azotó la cabeza
contra el piso y bajó él también la cabeza como para desgarrarle el cuello
sin más que los dientes.

No llegó a hacerlo. Hubo un relampagueo de metal, y una estrella ninja se
hundió en el ojo izquierdo del gaki. Luego Ranma y Ryoga estuvieron
sobre él, como respuesta instantánea al oír el grito de Mousse. El puño
doble de Ryoga martilleó la cabeza del gaki, que soltó el pelo de Ukyo y
cayó lejos. La patada de Ranma lo alcanzó en el costado mientras caía, y
lo estrelló contra la pared. Ranma se le fue encima en un instante,
bramando de furia y golpeando una y otra vez, mientras detrás de él
Ryoga ayudaba a Ukyo a ponerse en pie y la abrazaba, luego se quitaba
el pañuelo de la cabeza y le limpiaba la sangre de la cara. El corte no era
profundo, y quizá no necesitaría puntos.

—¡Ranma, Ranma, ya murió, para! —decía alguien, tironéandole el brazo.

Akane. La bruma roja se desvaneció de los ojos de Ranma, y advirtió que
tenía las manos llenas de cortes. Había, al parecer, golpeado algunas
veces la estrella ninja clavada en la cabeza del gaki. Se irguió, y miró a la
criatura tirada en el suelo, sobrecogido por lo que acababa de hacer. La
cara del gaki era una ruina sangrante, con la mandíbula obviamente
destrozada. El resto de la criatura no había quedado mucho mejor, con
muchas de las costillas fracturadas y asomando por la piel seca como
pergamino.

Mousse llegó hasta su lado. Se oyó un rozar de telas, y en la mano le
apareció una espada larga y recta, que ofreció a Ranma.

—Asegúrate —dijo—. Tienes que asegurarte.

—Hazlo tú, Mousse —dijo Ranma, entumecido.

Mousse asintió, y practicó un único y rápido corte, que cercenó
limpiamente de los hombros la cabeza del gaki. Ranma se dio vuelta para
ver a Ukyo en brazos de Ryoga, sollozando en silencio mientras el
muchacho le daba torpes palmaditas en la espalda, pareciendo muy
incómodo con toda la situación.

—Mousse —dijo Ranma—. Le salvaste la vida a Ucchan. Gracias.

—Le puedes agradecer a Sasuke también —dijo Mousse.

El ninja salió de detrás de un estante, sujetándose el brazo herido.

—Y eso que fue con la mano mala —dijo, con una mueca de dolor.

—¿Shampoo está bien? —preguntó Ranma.

—El gaki le agarró un pie y la tiró del estante. Se pegó en la cabeza al
caer, pero estará bien —dijo Mousse—. Retrocede un poco, Ranma, por
favor. Tú también, Akane.

Lo hicieron. Mousse hurgó en un bolsillo de su túnica y extrajo un frasco
pequeño. Derramó el líquido sobre el cuerpo del gaki, que empezó de
inmediato a humear y disolverse. Los huesos mismos se deshicieron al
desaparecer la carne. Vertió unas gotas sobre la cabeza, y lo mismo
ocurrió.

—¿Y eso qué es? —preguntó Ranma.

—Algo que Cologne nos dio a Shampoo y a mí —dijo Mousse—. Para
encargarse de la cosa una vez que muriera.

—¿Por qué no nos dio a nosotros también? —preguntó Ranma.

—Ciertos secretos deben quedar entre amazones —dijo Mousse, críptico,
luego volvió a ocultar el frasco.

Genma se aproximó y puso una mano en el hombro de Ranma:

—Buen trabajo, muchacho.

Ranma le sonrió y miró a Ukyo y a Ryoga. Ryoga seguía con Ukyo
abrazada, y pareciendo más abochornado a cada segundo.

—Voy a ver cómo está Shampoo —dijo Mousse, y se alejó raudo—. Y
después más vale que nos vayamos. La policía podría aparecer pronto.

—Trataré de desenterrar al amo Kuno —dijo Sasuke—. Se le oía como
sufriendo dolor, así que creo que está vivo.

Ranma se acercó a Ukyo y le tocó el hombro. Ella levantó una mirada
llorosa del hombro de Ryoga, y prorrumpió en un llanto renovado al verlo.
Ranma a su vez sintió lágrimas en los ojos al abrazarla fuerte.

"Por favor, que Akane no se enoje por esto", rogó en silencio. Y entonces
sintió el brazo de Akane rodearle el cuello, abrazándolo a él y a Ukyo.
Ryoga se les unió también, y los cuatro se quedaron así unos momentos,
abrazados, alegres de estar vivos y juntos.

Mousse volvió cargando a una Shampoo semiconciente, y Sasuke regresó
para informar que Kuno estaba vivo y moderadamente sano, y que, pese
a estar considerablemente golpeado, nada parecía estar roto. Lo
desenterraron de la pila de cajas, y Ryoga se lo echó sin ninguna
ceremonia a la espalda, a estilo bombero, haciendo caso omiso de las
lánguidas quejas de indignidad proferidas por el kendoka.

Oyeron las sirenas en la distancia al salir del almacén. Una vez más,
siguieron la ruta de los tejados, y llegaron de regreso al Nekohanten.
Shampoo, ya recuperada, sacó su llave y la metió en la cerradura, luego
se detuvo.

—¿Qué pasa, Shampoo? —preguntó Mousse.

Shampoo no dijo nada, y no hizo sino abrir la puerta con solo mover la
manija, sin girar la llave.

—Mousse —dijo Shampoo—, ¿cerré puerta con llave, cierto?

Mousse asintió. Shampoo entró corriendo, los demás siguiéndola
aceleradamente.

—¡BISABUELA! —gritó Shampoo, desesperada, al entrar—. ¡BISABUELA!

—Sigue dormida —dijo el hombre, volviéndose en el taburete junto al
mostrador.

—¡Identifíquese! —dijo Mousse, adelantándose un paso y sacando un par
de cuchillos en cada mano.

El hombre tuvo una pistola en la mano antes de que Mousse tuviera
oportunidad de arrojar cuchillo alguno.

—¿Por favor? —terminó Mousse.

—Siéntense, todos —dijo el hombre con toda calma—. Hay mucho de que
hablar.

Todos se sentaron con gran cautela ante una de las mesas, con los ojos
escrutando el comedor en busca de secuaces ocultos. Mousse siguió en
pie. El hombre guardó el arma y señaló con la mano una silla junto a
Shampoo. Mousse se guardó los cuchillos en la manga y se sentó.

Ranma miraba al advenedizo. Parecía de unos veintitantos, de rasgos que
llamaban la atención, sin ser atractivos. Era muy alto y delgado, con una
nariz larga y estrecha que se asemejaba vagamente a un pico. Llevaba el
cabello negro cortado a longitud mediana, y vestía un traje de una sola
pieza, hecho de un material negro, abultado en ciertos lugares.

—Me llamo Shigeki Kiyokuro. Soy cazador, por decirlo así, de monstruos
que caminan tanto en dos piernas como en más —dijo, juntando las
yemas de los dedos y haciéndose más adelante en el asiento.

—Bien por usted —dijo Shampoo—. ¿Qué busca en restaurante?

—Quiero hablar con todos ustedes —dijo Shigeki, sonriendo—. Hay
ciertas cosas que discutir.

—¿Como qué? —dijo Ryoga—. A ver, qué tal lo siguiente. ¿Eras tú al que
perseguimos hoy al principio?

—Creo que sí —dijo Shigeki—. Es gran mérito que me vieran.

—Gracias —dijo Ryoga, seco.

—Primero que nada, quisiera contarles algunas cosas —dijo Shigeki—.
Entendido que visitaron cierto almacén esta noche, ¿no? Tal vez les
interesará saber que antes de 1959 había allí una casa, propiedad de un
hombre llamado Kosaku Akamizu. Pero él no vivió ahí hasta entonces; se
le internó en un manicomio para criminales dementes poco después de la
segunda Guerra Mundial, al descubrirse que su manera de capear la
restricción de alimentos era llevarse huérfanos engañados a su casa para
faenarlos. Todos lo creyeron desquiciado, por supuesto. Él alegaba ser un
hechicero, y que los ritos que había efectuado con sus víctimas le
permitirían regresar después de la muerte. El día que lo sentenciaron al
sanatorio, dijo: "Así me encierren entre paredes de piedra y barrotes de
acero, una parte mía vagará libre. Un día, el resto de mí se le unirá".
Hace una semana, murió de una enfermedad degenerativa, que los
médicos no pudieron identificar. Lo enterraron en un cementerio cerca de
allí. Al día siguiente, el cuidador encontró la tumba abierta. Yo mismo
inspeccioné la tumba, y vi que que se había abierto desde dentro.

—¿Y cómo sabes todo eso? —preguntó Ranma.

—Tengo mis métodos —dijo Shigeki, e hizo una impresionante encogida
de hombros, que hizo que todo su cuerpo delgado se moviera un tanto—.
Cambiando el tema, quedé muy impresionado con el esfuerzo de todos
esta noche. Lograron destruir a la criatura, ¿no es verdad?

—Sí —dijo Ranma—. Ya no existe.

—Excelente —dijo Shigeki, y esta vez había calidez genuina en su
sonrisa—. Le han hecho un buen servicio al mundo.

Se levantó del asiento y estiró su largo cuerpo. Ranma estimó que medía
cerca de un metro noventa.

—Me gusta mantener listas de gente a la que podría interesarle sumarse
a mí en estas cacerías. No siempre las llevo a cabo yo. A veces no hago
más que poner en la dirección correcta a los que han demostrado ser
aptos. Hoy pensaba encargarme yo mismo de la criatura; me sorprendió
descubrir que había otros cazándola, y decidí ver si les iría bien.

—¿Qué beneficios ofrece a los miembros de esa lista? —dijo Genma.

—La oportunidad de usar sus destrezas para servir al mundo —dijo
Shigeki—. La oportunidad de ser esa única luz, etcétera. No tengo
plan de salud ni pago sueldo.

—¿Y por qué lo haces tú? —dijo Ranma con cierta desconfianza.

—Porque si no lo hago yo, ¿entonces quién? —dijo Shigeki.

Se llevó una mano a un bolsillo del traje y sacó un alto de tarjetas, luego
avanzó distribuyéndolas a cada uno:

—Este número es de un buscapersonas; si les interesa, llamen y dejen
el número donde se les pueda contactar. Yo les devolveré la llamada
apenas me sea posible. Andaré por esta área, atendiendo ciertos
asuntos, durante quizá una semana. Si me contactan en ese lapso, les
contestaré en minutos. En cualquiera otra ocasión, podría tardarme un
tiempo.

Llegó a la puerta y la abrió:

—Espero saber de algunos de ustedes, como mínimo. Dinero no les puedo
ofrecer, y jamás van a oír aclamación alguna por sus hazañas, pero
pueden al menos saber en su interior que trabajaron para repeler a la
oscuridad.

Abrió la puerta y se fue; la puerta se cerró detrás de él sin hacer ruido.

Ranma se reclinó en su silla y recorrió el salón con la mirada.

—Bueno, ese sí que fue un final adecuadamente extraño para el día
—dijo.

—¿Y ahora qué, intrépido líder? —dijo Ryoga con un bostezo.

—Ni idea —dijo Ranma—. Tengo que acostarme. Estoy cansado.

—Voy a llamar a casa —dijo Akane—. Shampoo, ¿puedo usar el teléfono?

—Claro, Akane —dijo Shampoo—. Voy a ver bisabuela.

Shampoo se levantó de la mesa y se encaminó a la bodega. Ranma se
dirigió a Ukyo:

—Ukyo, ¿quieres quedarte con nosotros de nuevo?

Ukyo asintió y bajó la mirada. Había estado muy callada en el regreso
desde el almacén, y Ranma no creía haberla oído hablar siquiera. El corte
en la cara de la muchacha estaba ahora vendado, pero se le estaba
formando un feo moretón en el ojo, producto de la patada del gaki.
Ranma le asió suavemente una mano.

—Ukyo, cálmate. Ya pasó.

—Casi... Casi muero hoy —dijo Ukyo con un hilo de voz—. Y no quería.
Pude haber echado la cabeza hacia adelante, haberme resistido, y así no
me habría podido usar como escudo contra ti. Pero no tuve el valor.

—Ukyo, eso no habría sido valor. Habría sido un suicidio.

—Eso —dijo Ryoga desde su asiento a un lado de Ranma—. Además,
Ukyo, si no estás tú, no habría quién me diga lo idiota que soy.

Eso produjo una sonrisa breve en Ukyo.

—Ryoga, ¿quieres dormir donde nosotros también? —preguntó Ranma.

—Sí —dijo Ryoga—. Lo agradecería.

Akane volvió de usar el teléfono. —Ya, les dije que estamos bien. Mi papá
está muy aliviado.

—Me lo imagino —dijo Ranma.

—Me parece que nos vamos a retirar —dijo Sasuke, levantándose de su
asiento—. Amo Kuno, ¿se siente bien para caminar?

—Así es, buen sirviente —dijo Kuno, poniéndose en pie un tanto
tembloroso—. Ningún vulgar estante descompone a Tatewaki Kuno.

—Nos vemos —dijo Ranma.

El resto de la mesa se unió en las despedidas a Kuno y a Sasuke, que
hicieron una reverencia y se marcharon. Shampoo llegó de la bodega, con
una sonrisa de alivio.

—Bisabuela durmiendo todavía —dijo—. Shampoo cree que dormir buena
idea también.

—Me suena muy bien —dijo Genma, y se puso en pie con un bostezo—.
Volvamos a la casa, niños.

Se despidieron de Shampoo y de Mousse, salieron del Nekohanten y
tomaron la ruta de los tejados por última vez, siguiendo el rumbo, los
cinco, desde las tinieblas de la noche hacia la luz que les esperaba en la
casa Tendo.

~ o ~

Ukyo se hallaba sentada bajo un árbol, con el sol brillante cayendo por
entre el dosel de hojas para jugar en su rostro. Tocó la línea pálida que
era el recordatorio que llevaba de aquella noche de hacía dos semanas, y
casi le parecía poder sentir menos la luz del sol en esa parte de ella.
Durante la noche que se había quedado en la casa Tendo había estado
bien, pero la noche después de aquella, al volver a su restaurante, a
dormir en su propia cama, había despertado gritando de un sueño que no
pudo recordar. Sin saber qué más hacer, había llamado a la casa Tendo,
se había disculpado profusamente con Kasumi por despertarla, y había
pedido hablar con Ranma. Después de un minuto al teléfono con ella, él le
había dicho que iba para allá, y había colgado antes de que ella pudiera
responder.

Se había quedado toda la noche con ella, hablándole y ayudándola a
ahuyentar la oscuridad. Esa noche, Ukyo había empezado a entender un
poco más de qué sentía él por ella; sospechaba haberlo sabido desde
hacía mucho. Jamás sería más que su mejor amiga; era algo que ahora
debía aceptar. Él no se lo había dicho de la misma forma que a Shampoo,
pero eso no amortiguaba en nada lo violento del golpe.

Pero, tal como se lo hubiera sugerido a Ranma en una ocasión, que
parecía demasiado lejana para haber sido hacía menos de una semana,
estaba ahora en un picnic con él.

Y con el padre y la madre de él. Y Akane, sus hermanas y su padre. Y
Ryoga y Akari. Y Shampoo, Mousse, Cologne, Kuno y Sasuke. Kodachi
seguía en el hospital, pero estaba despierta y haciéndoles un infierno a
los médicos y enfermeras con sus exigencias perentorias de ser dada de
alta en el acto.

Podía ver a Ranma tratando de rehusar un bocado de algo que Akane
había preparado: movía y apartaba la cabeza de lado a lado, tratando de
esquivar las estocadas de los palillos que Akane le apuntaba a la boca. Al
final, dio en el blanco y el muchacho tragó por reflejo. Ukyo vio que los
ojos se le agrandaron de sorpresa.

—Está rico —dijo—. Increíble, se puede comer. ¿Segura que lo hiciste tú,
Akane?

—Kasumi me ayudó —dijo Akane—. Pero yo mezclé los ingredientes y
todo.

—Felicidades —dijo Ranma—. Cocinaste algo no tóxico.

—Gracias, Ranma —dijo Akane—. ¿Quieres más?

—Claro —dijo Ranma.

Akane sonrió y le ofreció nuevamente los palillos. Ukyo podía ver ahora
dónde estaba el corazón de él; con ella, donde siempre había estado,
aunque los dos no se hubieran dado cuenta hasta hacía poco.

Vio a Shampoo mirarlos a los dos desde su lugar junto a Mousse y
Cologne. Mousse le decía algo, que ella parecía no estar escuchando.
Ukyo casi no tenía duda de haber exhibido la misma sonrisa triste con que
Shampoo miraba a Ranma.

Kuno estaba haciendo un apasionado recuento de su rol en la cacería,
que en resumen había consistido en que una estantería le cayera encima.
Sasuke asentía justo cuando correspondía, comiendo uno de los
okonomiyaki que Ukyo había traído como contribución al picnic. Notó que
Ukyo lo miraba, y le sonrió antes de devolver la atención a su patrón.
Sasuke era más de lo que ella había creído; les había servido
admirablemente en su rol como experto en tecnología, y no cabía duda
de que la había salvado de salir herida o hasta muerta, al darle al gaki
con una estrella en el ojo.

Ryoga y Akari estaban sentados juntos, Ryoga pareciendo cómodo pero
ansioso con un brazo sobre los hombros de Akari. La novia de Ryoga se
había mostrado agradable, pero un poco tímida al reunirse con todos.
Ella y Ryoga platicaban en voz baja. Cerca de allí, el descomunal cerdo
luchador de sumo de Akari expresaba su contento, dando cuenta de un
plato de comida.

Shampoo se dio vuelta y le dijo algo fuerte en chino a Mousse. El
muchacho se encogió, y murmuró lo que sonó como una disculpa, antes
de ponerse de pie y alejarse. Ukyo se levantó y, con una mirada breve
en dirección a Ranma, que tenía a Akane cogida de la mano y miraba
furtivamente de uno a otro lado, como si ya no fuera obvio para todos lo
que estaban haciendo, salió tras él.

Lo encontró mirando hacia lo alto de un árbol, a cierta distancia de allí,
con los brazos ocultos en las mangas de la túnica. Llegó hasta su lado, y
le tocó suavemente un brazo.

—Hola —dijo ella, al volverse Mousse a mirarla.

El muchacho entornó los ojos, y la sorpresa afloró en su cara.

—¿Kodachi? Te hacía en el hospital —dijo.

Ukyo se rió:

—No, Mousse, soy Ukyo.

Mousse se sonrojó y apartó la mirada.

—Perdón, Ukyo.

Sacó una mano de la manga con sus anteojos, pero Ukyo puso una mano
sobre la de él y lo detuvo.

—No te preocupes —dijo—. Me gusta verte los ojos. Son bonitos.

Y así eran. Profundos e inescrutables, pero con dolor tras ellos. Mousse
se puso aún más rojo, y volvió a guardar las gafas.

—Gracias —murmuró—. ¿Te has puesto a considerar la oferta que se nos
hizo?

—Sí —dijo Ukyo—. No sé bien todavía si quiero aceptar o no. Da la
sensación de que se puede poner muy peligroso a veces, incluso más que
la noche en que me pasó esto.

Se llevó una mano a la cara y se tocó el corte, que aún sanaba.

—Pero ¿quién más si no? —dijo Mousse—. Hay una responsabilidad
asociada a nuestras artes.

—¿Ya decidiste? —preguntó Ukyo.

—Lo he discutido con Shampoo. Ambos lo llamaremos pronto para
aceptar. Shampoo no desea regresar aún a China; cree que será
ridiculizada por fracasar en cumplir las leyes. A Cologne no le interesa la
oferta. Creo que lo que le ocurrió la sacudió más de lo que quisiera que
supiéramos.

—¿Qué tal va todo con Shampoo? —preguntó Ukyo.

Mousse suspiró:

—No muy bien. Me temo que no puede verme como algo más que un
amigo, pese a lo mucho que deseo poder llenar su corazón y sus
pensamientos, como ella llena los míos.

—Te entiendo —dijo Ukyo.

Mousse la miró brevemente, y sonrió con algo de tristeza.

—Claro que entiendes, ¿verdad? —dijo—. Los no correspondidos, unidos...

—Jamás serán vencidos —terminó Ukyo—. Nunca te di bien las gracias
por salvarme la vida, Mousse.

—Era lo único que podía hacer.

—Creí que habrías preferido quedarte con Shampoo.

Mousse negó con la cabeza:

—Eso quería, pero cuando oí a esa... cosa amenazar tu vida, no pude
evitar ir en tu auxilio. Lo que hice fue peligroso, y tuve suerte de que no
resultaras herida.

—Me salvaste la vida, tonto. Yo soy la que tuvo suerte.

—Gracias —dijo Mousse.

—No —dijo Ukyo—. Gracias a ti.

Le puso una mano en el hombro, se le acercó y lo besó en la mejilla.
El pelo largo de él le rozó el rostro, como una seda negra, y sintió al
muchacho tensarse de sorpresa por un momento. Luego lo sintió relajarse
y rodearla con un brazo, y Ukyo apoyó la cabeza en el hombro él y
levantó la vista, para mirar el cielo a través de la gloria estival de la
hojas. Se extendía, y parecía infinitamente azul y eternamente profundo,
sin nube alguna.

~ o ~

FIN