Nota de Autor:

¿No les pasa que la inspiración les viene a altas horas de la madrugada? Pues, parece que a mi sí.

De antemano, gracias a todos los comentarios, follows y favoritos (L) Realmente su apoyo y críticas me motivan a querer continuar la historia, sé que este capítulo es corto pero bue, prefiero postearlo a que no postear nada. Y sé que avanzo a ritmo de tortuga, pero es parte de mis prácticas masoquistas (?)

Prometo que ya se resolverán las dudas, todo a su tiempo *mirada malévola y manipuladora de fondo*

De momento, disfruten este pequeño extracto que posteo. Mañana, cuando reviva (?), prometo que responderé cada review.


Capítulo 1
El miedo solo se transforma

—¡Sora, a comer!

—¡Voy! —gritó como respuesta la aludida, sin saber si realmente le habían escuchado debido al ruido del secador de pelo. Al sentir un aroma amortiguado llegando al cuarto de baño para ir a parar directamente a su nariz, fue cuando su apetito la obligó a apresurarse y limitarse a dejar las cosas por doquier con tal de ir a la cocina rápido.

Otra creación de Mimi, concluyó, a cada paso que daba mientras el olor aumentaba su intensidad y parecía envolver toda la casa de manera deliciosa.

Parecía ser dulce, pero probablemente no un postre. Su olfato no debía ser el sentido que tuviera más desarrollado, ya que sus conclusiones no rebasarían más allá de lo básico.

Lo primero que vio al dar la vuelta en el pasillo fue la figura de Mimi sosteniendo dos platos de sopa en sus manos, directo a la mesa del comedor. La señora Takenouchi no tardó en aparecer con platos y servicios en ambas manos, encogiéndose un poco:

—Le dije a Mimi que no era necesario, pero insistió tanto…

—¡Es lo mínimo! ¡Me están recibiendo!

Sora pudo imaginárselo: Mimi asaltando la cocina de un lugar a otro, obligando a su madre a que se limitara a quedarse sentada mientras la miraba y dándole a probar distintos sabores con una cuchara, ansiosa de escuchar opiniones e iluminándose cada vez que éstas resultaban positivas.

—Debes probar la sopa, Sora. Quedó estupenda—vio a Mimi por el rabillo del ojo, conteniendo una risita orgullosa.

—Veamos…—Sora esperó que Mimi pusiera el plato frente suyo, dejándola cara a cara con una mezcla de aspecto cremoso, decorada prolijamente al puro estilo Tachikawa— ¿De qué es?

—Sin preguntas hasta el final—le cortó, empujando un poco más el plato contra ella en un intento por apresurarla.

Como era de esperarse, estaba delicioso y Mimi no podía estar más contenta consigo misma. "Sopa de patatas dulces asadas con un agregado de…" y Sora ni siquiera supo qué era el otro ingrediente.

Mimi también se lució con el plato de fondo, rellenando champiñones a la plancha con alguna mezcla que contenía más cosas con nombres que Sora jamás había escuchado. Pero su madre y ella dejaban que Mimi hablara, que se perdiera en los detalles como siempre solía hacer, porque siempre era así, y eso parecía despejarla de todo.

Sobre todo cuando más lo necesitaba.

—Podrías quedarte aquí, Mimi—soltó en tono casual la madre de Sora, aunque esta captó la propuesta oculta en el comentario—. No me molestaría que siguieras haciendo tus experimentos en la cocina.

Mimi pinchó un champiñón, dejando el tenedor inmóvil entre sus dedos. Compuso su expresión para adoptar una sonrisa despreocupada.

—No es necesario, señora Takenouchi. Sora me va a acompañar a ver el departamento donde estaré hoy en la tarde.

—Mimi, cariño, no sería ningún problema que te quedes aquí—la miró con el tipo de ojos maternales que dejan inmune a cualquiera, por lo que Sora esperó que Mimi dijera que sí y que incluso llorara por la emoción.

Pese a eso, no hizo más que terminar su plato mientras replicaba:

—No es necesario, en serio. Estaré bien.

Sora se preguntó si se lo decía a su madre o si realmente intentaba convencerse.


—¿Estuvo intenso el cine? —preguntó, viendo a Hikari lanzando su copia de las llaves de la casa sobre la mesa. Su hermana, como siempre sucedía con todo lo asociado a Takeru, se ruborizó.

—Consíguete a alguien para ir y averígualo.

—Llegaste atrevida, ¿efecto Takaishi?—se mofó, esquivando un cojín lanzado directamente a su cabeza.

Se quedaron charlando hasta que Hikari se quedó absorta mirando una película que parecía fascinarle y que él no comprendió, por lo que decidió regresar a su habitación y encender su computadora.

Hora y media después de vídeos, unas cuantas partidas de un juego que era su vicio y una que otra ida al baño, Taichi acabó viendo fotos almacenadas en las carpetas más recónditas de sus archivos. Incluso había olvidado que algunas existían.

Unas cuantas eran familiares (donde la mayoría le dieron un poco de vergüenza ya que se infiltraban imágenes de una versión más pequeña de él exhibiéndose tal como había llegado al mundo), otras eran de los años de primaria, en muchas estaba con Hikari y en varias más aparecía Sora. Como si se infiltrara en cada uno de sus momentos.

Empezó a sopesar si fue bueno encontrarlas. Las miró con detenimiento, como si tratar de reconocer a las dos personas que aparecían al otro lado de la pantalla. Cavilando sobre sentimientos que parecían estar molestándolo desde hacía unas cuantas semanas.

Seguía mirando a esas personas, y se preguntaba si era posible que sentimientos que tuvo tantos años atrás lograsen abrirse paso hasta dar de lleno con su presente. La barrera que se había obligado a construir, firme y resolutiva, tan impecable hasta entonces, parecía presentar las primeras grietas.

Sus dedos se tamborileaban sobre las teclas, inquietos. Casi inconscientemente, abrió un documento en blanco y comenzó a redactar, como un cuerpo inerte guiado por un sendero gracias a algo superior.

Querida Sora…

Mientras escribía, no dejaba de pensar en varias cosas. Primordialmente, que nadie jamás sabría de la existencia de esa carta. Aún sin saber para qué la escribía, sentía que necesitaba hacerlo. Nunca la enviaría, jamás querría cometer una deslealtad tan grande hacia Yamato pasándole a su novia una misiva de esa calaña, y mucho menos querría poner a Sora en aprietos vía poner en riesgo la amistad que tenían desde hace tanto tiempo.

Taichi se quedó mirando la carta, ya terminada.

Y rogaba para que esos sentimientos que parecían emerger volvieran a ahogarse en sus entrañas.


Veía la habitación en penumbra, junto con las formas sombrías de los objetos dibujándose con algo de difuminado. Mimi volvió a acomodarse entre las sábanas, cerrando los ojos e intentando concentrarse en estar quieta.

—¿Mimi? —la llamó una voz en la oscuridad.

—¿Aún estás despierta? —inquirió en un susurro, girándose para mirar hacia la cama de Sora.

—Quiero seguir tu ritmo.

—Perdona, no era mi intención…

—Descuida—la tranquilizó—. Oye, Mimi…

No respondió. Quizás ya no podía seguir evitando los interrogatorios.

—¿De verdad no prefieres quedarte aquí?

—Estaré bien, Sora. Me acostumbraré—lo último sonó como una duda.

—Pero tú odias dormir en un lugar donde estés sola—pudo imaginar a Sora, mirándola a través de la oscuridad con la preocupación marcada en su ceño fruncido.

—Como dije, me acostumbraré—empezó a concentrarse en su respiración, tratando de mitigar la inquietud que volvía ante la mención del tema.

—Tu apartamento es bonito. Falta tu toque y será todo un hogar.

—Sí, espero—murmuró bajito, sin hacer más esfuerzos por disimular.

Se extendió el silencio. Mimi esperaba que Sora se hubiese quedado dormida, y cuando deseaba que lo mismo le pasara a ella, volvió a escuchar una voz soñolienta.

—¿Mimi?

—¿Sí? —sus ojos parecían arder y estaba incomodándole.

—Tienes razón. Todo va a estar bien.

Quiso abrazar a Sora. Abrazarla y hablarle sobre sus berrinches y miedos infantiles, y llorar para que la reconfortara porque nadie más parecía querer hacerlo. En vez de eso, se limitó a derramar unas pocas lágrimas sobre la almohada para luego apartarlas con brusquedad y tratar de dormirse de una vez por todas.