ADVERTENCIA: Debido a unos traumas de la infancia, el Natsu que veremos en éste capítulo solo comparte con el original el nombre. Tiene la personalidad completamente cambiada y espero no tener quejas de ningún tipo sobre esto.

Ah, sí. Hay una escena de violación, pero imagino que la mayoría de mis lectores ya están preparados para esto.


La luz de la luna le revelaba a Lucy que pronto sería media-noche y seguía sin encontrar un techo, o comida. Estaba débil, cansada y hambrienta. A su señor padre de seguro le encantaría verla en aquellas condiciones además de verla muerta. Su señor padre… De tan solo recordarlo las lágrimas cálidas con un origen frío empezaron a salir de sus bellos ojos chocolate. ¿Si se sentaba a descansar alguien aparecería, sacaría un cuchillo y atravesaría su corazón mientras yacía dormida? Pero hacía tanto cansancio. Decidió sentarse debajo de un árbol -por un breve periodo de tiempo- y descansar. Juró haber escuchado el aullido de una de las fieras del bosque, aunque al agudizar el oído no escuchó nada más. ¿Y si al salir de esa pequeña zona la esperaban lobos hambrientos con sus colmillos amarillentos por la sangre de victimas anteriores? Eso no hizo más que hacerla quedar tiesa en el árbol, como una muñeca sin alma alguna dentro de aquel cuerpo de porcelana. Finalmente se quedó dormida sin querer.


El pisar de las ramas hizo interrumpir su sueño. Asustada, se paró inmediatamente y vio hacia todos los lados, alarmada. Mas en lugar de un leñador con un aspecto mil veces más agresivo que el de Laxus Dreyar, se encontró a un hombre quien no paraba de mirarle con asombro y algo de decepción. No era un leñador ni un mercenario claro estaba. Tenía una mirada dorada que no se apartaba de su cuerpo, y una fría sonrisa. Todo eso se quedaba corto, pues su rostro no podía haber nada más que lo que los humanos conocían como uno de los mayores placeres: el deseo carnal. Convenciéndose a sí misma de que era un simple producto de su paranoica imaginación tras lo ocurrido anteriormente con el leñador, decidió pedirle ayuda al joven ya que no parecía alguien que quisiera hacer daño. ¡Qué tan equivocada estaba!

-D-disculpe -habló- ¿usted sabe dónde estoy? Verá, me perdí entre las profundidades de éste extenso bosque -explicó. El joven de cabellos rosados como un anochecer en el invierno se llevó una mano a la barbilla en forma pensativa.

-Yo, ¿te has perdido, Bella?-"Bella", esa palabra resonó en su mente dándole nauseas que el joven, y no supo por qué, pero asintió insegura-. Te encuentras en la frontera entre Ishigar y Álvarez. -Al escuchar eso se puso pálida y encontró por qué se sentía tan cansada, aunque también significaba que estaba a salvo.

-Gracias, muchas gracias. -Y se dio cuenta de algo-: ¿Sabe dónde podía pasar la noche? Es que no puedo ir a mi hogar.-"…ya que no tengo uno…"

-Oh, por supuesto. Hay una cabaña de mi pertenencia cerca, puede pasar la noche junto a mí. -La inocencia y bondad ciegas de Lucy hicieron que no notará segundas intenciones. No había aprendido nada. El dolor no le hacía pensar bien y descansar sonaba tentador… Aceptó sin pensarlo mucho-. Por cierto, mi nombre es Natsu Dragneel, príncipe de Álvarez. -dijo mientras caminaban. Eso hizo parar en seco a Lucy, a pesar de ser una princesa -aunque lo mejor era no revelar su identidad- se sorprendió y decidió adaptar el papel que seguro el príncipe creía que tenía: una pueblerina.

-S-su majestad, no tenía idea -se disculpó-. D-dejad que me presente, mi nombre es Lucy, solo Lucy… -Muchos campesinos huérfanos no contaban con apellido y ambos países contaban con un sinfín de Lucys, nadie notaría que ella era una princesa.

-No hay problema, Luigi -sonrió-. Se hace cada vez más tarde. Te llevaría a mi castillo, pero queda tan lejos que tendremos que conformarnos con una cabaña hasta la llegada del amanecer. -A Lucy no le importó ni que dijera mal su nombre, ni tampoco fuera a dormir en una cabaña en lugar de un castillo-. Solo para nosotros dos.


La cabaña era grande, del tamaño de un árbol milenario (y tal vez construida a base de la madera de uno). Tal vez podría quedarse a vivir aquí por un tiempo, si se le pedía al príncipe Natsu que había complacido cada uno de sus caprichos. Vivir tranquila en el bosque, con la compañía de los animales y, de vez en cuando, del dulce príncipe Natsu. Todo parecía tan perfecto gracias a Su Mano Salvadora. Pero, todo acabó en un abrir y cerrar de ojos.

Sintió que algo la sostenía con fuerza y la tiraba hacia una litera de la cabaña; era nadie más que el príncipe Natsu.

- ¡O-oye! -No entendió lo que sucedía hasta volvió a ver su mirada lujuriosa, ésta vez comprobó que de verdad era deseo carnal lo que surgía de aquellos ojos dorados de los que había cogido cariño en unas horas. Ahora estaba viendo cada parte de su ser.

-Usted me ha decepcionado, joven Lucy. -Abrió los ojos enormemente ante la declaración.

- ¿P-por-por qué?

-Creí que estabas muerta. -Y todo se derrumbó-. Muerta, parecía un cadáver. Un bello cadáver con los labios rojos como la sangre, las mejillas sonrojas como un par de manazas perfectas. Oh, y la piel blanca. ¡POR QUÉ! -Acarició su cabello mientras se lamía los labios. Natsu estaba encima de ella y Lucy solo se encontraba a su merced.

-No sé de lo que me habla, suélteme. -Natsu no la dejó escapar. Empezó a desagarrar su vestido con una fuerza brutal mientras tomaba de sus lágrimas. Recorrió con sus cálidos y malditos dedos todo lo de ella. Su rostro, su cuello, sus piernas, sus pechos, su flor, todo.

No quería eso.

No quería esa vida, no así.

A Natsu no le importó que fuera virgen, simplemente la penetró lo más fuerte que pudo mientras se reía de sus lágrimas y la comparaba con un cadáver.

-Un cadáver no estaría llorando, no es divertido. -dijo mientras derramaba su semilla, por tercera vez, dentro de su vientre. Las sensaciones, más que placenteras como lo describían muchos libros, eran horribles. ¿Cuál placer pudo haber sentido? Una pesadilla en la realidad, así lo describía.

Intentaba imaginar que estaba en otro lugar, pero siempre que lo intentaba ahí estaba la mirada iracunda de su padre deseándole la muerte. Juraría escuchar la risa de Jude Heartfilia ante la escena. Tan vergonzoso, tan doloroso… Tal vez debería morirse y complacer a todos de una vez por todas.

Natsu gruñía contra su oído de vez en cuando y le dejaba marcas en el cuello. Si la dejaba vivir después de todo, querría cortarse el cuello para eliminar cualquier recuerdo de esa horrible noche. Pero… No la iba a dejar vivir… Era un enfermo que quería un cadáver en lugar de ella, no lo haría, no lo haría. NO LO HARÍA. Y su padre, estaría feliz… Pensó en su madre y en su sonrisa, por ella viviría…

Natsu se puso los pantalones y de ellos sacó una daga.

- ¿No lo disfrutaste? Pues yo sí. Creí que debía de darte un regalo de despedida, una belleza no puede ser desaprovechada. -Rechazó su destino, y, con las pocas fuerzas que le quedaban, logró pedir ayuda.

Y alguien vino.

Pero... Ese día fue dotada con el blanco.