Disclaimer applied.
Link al original:( /s/7416004/1/Clockwork-Circus )
Advertencias: Gore, locura, lenguaje inapropiado y cosas oscuras. Descripciones gráficas. Menciones de abuso. La traductora y sus horrores ortográficos…
Acto I: Clock and Scythe
(Reloj y Guadaña)
El viejo reloj de péndulo marcaba la hora ruidosamente en la esquina de su habitación. A él realmente no le importaba, porque le resultaba ligeramente relajante, escuchar el latido del tiempo sabiendo que la vida giraba en su ciclo natural en todas partes. Había muerte, sí, eso lo sabía mejor que nadie, pero en algún lugar allá afuera, también había vida nueva.
Algo nacerá sólo para morir.
La luz de la luna caía en cascada sobre el péndulo mientras se balanceaba, hipnotizando su mirada tras el flequillo largo. El latir dorado continuó marcando mientras se movía, pareciendo reprocharle por sólo estar holgazaneando en su habitación, teñida del color azul oscuro antes del amanecer. Con un suspiro se levantó de la cama y tomó los anteojos que descansaban sobre la mesa de noche. Los ha tenido casi toda su vida, durante tanto tiempo como podía recordar, pero hasta donde sabía, nunca los necesitó. Podía fácilmente leer y ver sin ellos, aunque, por alguna extraña razón u otra, Glen siempre se aseguraba de que los usara cuando estaba alrededor de otras personas.
Nunca me dice por qué, pensó, tirándose de nuevo sobre la cama. Sostuvo las gafas con el brazo extendido, mirando a través de ellas. Glen las había hecho como un espejo de un solo lado, de modo que él pudiera verlo todo, pero los demás no fueran capaces de verle a los ojos. No es como si hubiese algo malo con ellos...creo...
Se bajó de la cama y se dirigió hacia el armario para vestirse, incluso aunque eran las 5 de la mañana. Hombre, odio las misiones matutinas. Pero Glen les dijo que había hecho una cita de antemano que era muy difícil de conseguir. Eso hizo al chico preguntarse en qué tipo de locura estaba a punto de involucrarse.
Y hablando de locuras, la puerta de su habitación se abrió súbitamente y golpeó sin contemplaciones en la pared. Maldición, esa era otra abolladura justo ahí... —Charlotte, ¿Tienes que hacer eso cada vez que entras? Podrías golpear al menos una vez —regañó él, mirando a la chica que acababa de entrar a la habitación sin avisar.
Los demás la llamaban "Lotti", pero él no veía razón alguna para ser tan familiar con ella; difícilmente llamaría a su relación como de "amigos". Charlotte era la sádica hermana mayor que nunca tuvo: ella confundía a menudo las bromas con la tortura, y a los enemigos con juguetes. La dulce sombra rosada de sus ojos y cabello con frecuencia conducía a los extraños a pensar que ella era agradable. Pero estaban mal, muy mal...
—No me regañes —chilló ella, el chasquido de sus tacones acercándose a él—. Tú eres el que va tarde. Date prisa y vístete para que podamos irnos.
—¿Tan ansiosa estás de ir? —suspiró el chico mientras comenzaba a desvestirse. No le podría importar menos que Charlotte estuviera ahí. No la consideraba una verdadera dama, y creía que a ella tampoco le importaba, si entraba de esa forma en las habitaciones de otros. En su armario no había mucha ropa, a pesar de que Glen le daba dinero más que suficiente para comprarla, pero ésto no afligía al muchacho mientras alternaba entre las pijamas y su uniforme de Pendulum todos los días.
El sonido de los tacones de Charlotte, no amortiguado incluso por la delgada alfombra, se alejó de él. —¿Estas bromeando? ¿Crees que quiero pasar todo mi tiempo con esos locos? No son divertidos para jugar, a pesar de que su falta de cordura te haga pensar que sí.
...un buen ejemplo de su salud mental. El chico colgó su pijama y tomó el uniforme. —¿Locos? ¿Sabes a dónde vamos, Charlotte?
—¿Por qué siempre me llamas así, Leo? —reclamó ella repentinamente indignada, cambiando por completo el tema—. Creo haberte dicho que me llamaras "Hermana mayor" o "Lotti".
—Prefiero no ser tan familiar —dijo Leo, colocándose su capa de un rojo oscuro sobre la ropa. Bordado en la parte posterior de la capa, estaba el contorno negro de un objeto semejante a un reloj. Donde habrían de estar los números, estaban unas formas diamantadas con pequeños diamantes negros entre ellos; éstos rodeando un símbolo en el centro del reloj. El símbolo tenía arcos y curvas, que parecían haber sido creadas por los trazos de un pincel. Para Leo, se veían como alas negras. Glen lo llamaba "Incuse",[1] el símbolo de su organización: Pendulum.
—Dices eso, pero hemos vivido juntos por años aquí en la mansión del amo Glen —señaló Charlotte, levantando provocativamente una de sus largas y delgadas piernas hacia el techo. Ella también llevaba una capa roja, pero una versión más corta que usaban las chicas de Pendulum. Sus chaquetas también eran más cortas y sus mangas llegaban un poco más abajo del codo. —Todos hemos vivido aquí. Todos nosotros, los miembros que hemos sido adoptados por el amo Glen por lo que nos sucedió.
Leo tembló, sus dedos casi tropezando con la hebilla de su capa. A la mayoría de ellos no le gustaba mencionar lo ocurrido. Cada experiencia no fue realmente acerca de flores y arcoíris. Por amor al Abyss, sabía que Lily todavía tenía pesadillas...
Pero el mismo Leo no podía recordar qué lo había hecho del modo en que era. Unirse a Pendulum no era fácil, había cierto...atributo que debías tener. Leo estaba en la organización, y poseía este atributo, pero no sabía cómo es que lo obtuvo al igual que el resto.
Cerrando la puerta de su armario, Leo fue a pararse a un lado de su cama para atarse las botas. —Mira, ¿Podrías sólo ir por Doug para ponernos en marcha? —dijo él.
—Oh, tú tampoco eres divertido. No sé por qué me molesto —espetó ella burlonamente mientras se levantaba de la cama.
Dice eso pero siempre vuelve, pensó Leo con cansancio. —Espero que ese lugar no sea sombrío.
—Leo, vivimos en Pandora —canturreo Charlotte con una sonrisa. —Todo es sombrío.
oOoOo
Pandora era una gran ciudad al nordeste, junto al mar. Quizá alguna vez fue hermosa, pero eso era un poco difícil de asegurar bajo toda esa quietud en la vida de su gente y las calles grises.
Sablier era un vecino cercano, una isla a unas cien millas de la costa de Pandora, y que después de que el lugar fuera invadido por demonios, cayó en la ruina. Los habitantes de Sablier intentaron huir rápidamente hacia Pandora, arrastrados a la ciudad, gritando y asustados. Pero Pandora se dio cuenta demasiado tarde que algunos ya habían sido afectados por los demonios; muchos con corazones perdidos. A toda prisa, los puertos fueron cerrados y a nadie de Sablier se le permitió estar en las fronteras de Pandora. Tomó semanas limpiar toda la carnicería y las Marionettes.[2]
Eso fue hace casi 13 años. Aunque no tan afectada como Sablier, cansada y débil por el ataque, Pandora se desplomó también. Hace solo tres años otras ciudades restablecieron comunicaciones con Pandora, por lo que la ciudad fue levantándose de nuevo. Los que sobrevivieron a la tragedia y la carnicería caminaban por las calles como zombis paranoicos.
En cuanto a Sablier, la iglesia de exorcistas de Pandora logró sellar a los demonios de la isla hasta que Glen les ayudó a deshacerse de todos los regentes nocivos del lugar. No muchas personas quedaron en la isla después eso, ni siquiera Cannibal Marionettes[3] o Crimson Fausts[4] como Leo y Charlotte.
Glen es una persona asombrosa, pensó Leo. Pero aún no sé mucho acerca de él, a pesar de que soy el único que ha estado a su lado por más tiempo. Glen me dijo que me ha tenido desde que yo tenía tres años, y él es el hombre que me crió. No tenía esposa, ni familia. Dentro de la mansión, nadie tenía lazos de sangre unos con otros. Leo a veces se preguntaba si Glen adoptó a los Crimson Fausts porque no tenía familia propia.
Esa es otra cosa. Él cuida de nosotros, y comienzó esta organización, pero yo ni siquiera sé si él también es un Crimson Faust. Una figura paterna, un hombre amable y tranquilo, y un aristócrata solitario. Estas eran las únicas cosas que Leo podía decir que sabía sobre Glen Baskerville.
—Hey —gritó Doug de pronto—. Casi llegamos.
La «Casa de Pandora para Trastornados e Inestables» era, asumió Leo rápidamente, un asilo. Para ser honesto, no estaba enterado de que hubiera un asilo en la ciudad. Las personas en los casos que Pendulum solía tomar nunca eran lo suficientemente humanas para ser retenidas en una institución, aunque parecían estables al principio.
En el interior del carruaje que Doug había conseguido para ellos, Leo miró desde el edificio gris acercándose hasta Charlotte. —¿Un asilo? ¿Qué estamos haciendo aquí?
—¿El amo Glen no te lo dijo? —pregunto ella inocentemente, inclinando ligeramente la cabeza.
Leo frunció el ceño, malhumorado por el agitado viaje. —No, ¿quieres ponerme al tanto? Ya que soy parte de esta misión, en cierto modo no quiero morirme — dijo con sarcasmo.
—Eh, Jabberwocky te protegerá —dijo Charlotte, agitando su mano despreocupadamente—. Ya sabes, si se trata de una situación de vida o muerte.
—Vives para eso —instigó Leo con desdén. Aunque la misión los pusiera en peligro mortal, teniendo una chica sádica con talento para matar como Charlotte, era algo bueno que ella hubiera sido asignada con él. Aun así, ¿Con quién tendrían que pelear en un asilo? ¿Los doctores? ¿Pacientes que no conocen su propio nombre? El pelinegro le miró fijamente. — Todavía no me has explicado nada.
El carruaje se detuvo de pronto y Leo luchó para mantenerse en su asiento mientras se balanceaba hacia adelante. Charlotte, a quien parecía no interesarle su angustia, se bajó inmediatamente sin la ayuda del sirviente con un suspiro de—: De acuerdo, terminemos con esto.
Leo casi deseo que ella pudiera ver la mirada furibunda que le estaba dedicando tras las gafas. Doug salió también, con una explicación de—: No estamos en una misión de eliminación. Es una de reclutamiento.
¿Reclutamiento? ¿Aquí?
Oh Abyss, tenían que estar bromeando...
Cuando Leo se unió a los otros, se encontró a sí mismo en el patio del asilo. Este era básicamente un gran círculo pavimentado, rodeado por césped tan corto que era prácticamente tierra. Un círculo de hierba más pequeño contenía una erosionada fuente que seguía arrojando agua clara. A unos pocos metros delante de ellos, estaba la robusta fachada del asilo, gris e imponente, con alrededor de 5 pisos de altura. Solo podían verse algunas cuantas ventanas, pero ni una sola estaba abierta.
—Me gusta —dijo Leo sarcásticamente. — Luce adorable.
—Si vas a hablar de esa forma, puedes esperar en el coche —replicó Doug, cruzándose de brazos. Asintió con la cabeza hacia el edificio. —Mira, ese es el tipo al que tenemos que ver.
Un hombre de unos 40 años salió por las descascaradas puertas del frente, una bata blanca volando detrás de él y rizos rubios enmarcando su rostro. Éste sonrió cordialmente mientras se acercaba a ellos, las manos en los bolsillos de su pantalón. —Hola, ustedes deben ser los doctores de Reveille, ¿Cierto?
Ah, una coartada, concluyó Leo a sabiendas.
El hombre sólo asintió como si alguno de ellos le hubiese respondido. —Muy bien. Soy el Dr. Atmore[5], por favor síganme dentro lo más rápido posible. Oh, aún no sé sus nombres.
—Cindy —informó Charlotte mientras se estiraba—. Cindy Dove. Estos son mis colegas Allen Arcana y —revolvió el cabello de Leo cariñosamente—, Will Truet.
El Dr. Atmore extendió los brazos con gusto, a pesar de que Leo pensó que el gesto se veía extraño en comparación con su entorno. —Bienvenidos. Como he dicho, por favor, síganme rápidamente.
En la puerta había dos cansados guardias que se veían todo menos alerta en sus puestos. Ellos miraron brevemente a los tres recién llegados y al médico, quien les sonrió y saludó amablemente, y a quien ellos no dieron respuesta alguna.
El interior de la institución era justo como Leo imaginó que sería: el suelo era duro y en su mayoría de pulido mármol blanco, y los techos eran bajos, luces tenues incrustadas en las baldosas con algunas bombillas parpadeando, encendido y apagado. —Espero que ninguno de ustedes sea propenso a convulsiones —bromeó el Dr. Atmore, haciendo que las sombras aparecieran y desaparecerán demasiado para el gusto de Leo. El vestíbulo era grande y vacío, salvo por una pared dedicada para los estantes de archivos y una mujer en su escritorio, distraída por los montones de papeles que la rodeaban.
El médico los guió a un tramo de escaleras que conducían al segundo piso, lleno en su mayoría de otros empleados ociosos en batas blancas merodeando sin rumbo, las narices enterradas en los papeles en sus manos. En el tercer piso había pasillos y pasillos de puertas, todas cerradas con cadenas cubriendo las ventanas.
—Cada planta es para condiciones generales que nuestros pacientes puedan tener, y desde aquí, los separamos basados en...cuanto somos capaces de curarlos —explicó el Dr. Atmore, la sonrisa jamás abandonando su rostro. Leo no sabía si el eufemismo era realmente necesario con un cartel como «Casa para Trastornados e Inestables» en las afueras del edificio. Casi estaba empezando a sospechar que la locura de los pacientes aflojó un poco los tornillos del doctor, también.
Charlotte parecía pensar lo mismo. —¿Quieres decir, basado en cuan dementes y peligrosos son? —corrigió ella secamente.
—Ya veo que no se anda con rodeos, señorita Dove —el rubio doctor rió—. Ahora bien, si no mal recuerdo, su empleador ha especificado en su carta el paciente que van a ver. Y debo decir, oportunamente, que no estoy seguro de cuánto tiempo serán capaces de lidiar con ella. Tendrán mucho trabajo por delante.
Leo lanzó una mirada a Doug mientras subían al cuarto piso. La nueva recluta era una lunática...
—...Me disculpo por la caminata tan larga; no hemos tenido tiempo de poner los elevadores. Ella está en el quinto piso donde ponemos, como la señorita Dove dijo, a los "peligrosos".
La significativa mirada que Leo dio a Doug se hizo más intensa. Oh, mejor. Ella era una lunática lejos de recuperarse. El robusto hombre ignoró al pelinegro y continuó subiendo las escaleras.
Las ventanas al final de los pasillos proveían la única luz que, en realidad, no era mucha viniendo del sol que no había salido aún. El piso apestaba a anestesia y un fuerte olor que hizo a Leo pensar en navajas de afeitar, y una brisa escalofriante parecía estar soplando de la nada. Las puertas de esas habitaciones, cada una a dos pies de distancia, eran ligeramente diferentes de las demás que, en vez de puertas, tenían gruesos barrotes asegurados con candados. En la oscuridad matutina, Leo difícilmente podía distinguir los contornos de las figuras que se asentaban tan quietas, y pares sobre pares de orbes resplandecientes, brillando hacia él. Apenas si pudo contener un escalofrió de miedo.
Charlotte le pasó repentinamente una mano por el cabello. —Vamos, Will. Has visto cosas peores que esto, ¿No es así — le preguntó con una dulce sonrisa. Él lo sabía, sin embargo, y sabía que era un recordatorio de no arruinar la misión.
—He querido mencionar sobre lo joven que luce el señor Truet —comentó el Dr. Atmore con una mirada calculadora sobre Leo.
—Tiene dieciséis años, pero nuestro jefe considera que cuanto antes obtenga experiencia, mejor. No te preocupes, si te da miedo, Will, sólo quédate cerca de Sissy, ¿Okey~?
—...¿Dónde está ella? —preguntó Leo, sacudiéndose a Charlotte.
El Dr. Atmore ya estaba andando por uno de los pasillos. —Por aquí, por favor. Ella tiene una de las habitaciones más pequeñas que tenemos, para darle menos libertad. Obtener menos ideas, ya saben —explicó en un murmullo.
Leo no lo entendía. Colocar a un persona demente en una situación claustrofóbica era como lanzar más leña al fuego. Caminó por el oscuro sendero al lado de sus compañeros, intentando concentrarse en el ondeante blanco que podía distinguir de la bata del médico y no en los rostros ocultos de él a la luz matutina. Sus tacones sonaban mientras caminaban, pero él escuchaba algo desplazándose, algún tintineo de metal sobre metal. ¿Hierro? ¿Cadenas? ¿Cerraduras? También había una pesada respiración que hacía que se le erizara el cabello de la nuca.
He visto peores. He visto peores, se recordó a si mismo justo como Charlotte lo había hecho. Entornó los ojos, pensando en toda la sangre que había visto, los cuerpos que había matado antes, los gritos que había causado, y el hambre salvaje en los ojos de aquellos afectados por los demonios.
Justo cuando Leo estaba empanzando a temer que el pasillo jamás terminaría, los pasos cesaron, y él abrió los ojos mientras se daba cuenta de que se habían detenido. El doctor estaba frente a un pequeño y negro abismo rectangular, dispuesto verticalmente. Leo sabía que esa era una celda, pero realmente no podía entender como la poca luz que tenían no estaba realmente a su favor.
Había una suave respiración enganchada a un jadeo ahogado, la voz ronca medio transformándose en gemidos y gruñidos. —¡Ah–ah!...¡Nah! ¡N–no...!
El Dr. Atmore se acercó a la ventana, donde una mesa de noche estaba asentada debajo esta. Leo no pudo hacer nada salvo alejarse de la celda cuando la persona encerrada dentro empezó a inquietarse más, diciendo cosas sin sentido, aparentemente a nadie en particular. Sobre la mesa de noche a la que el doctor se dirigió había una lámpara de acero. El Dr. Atmore regresó con ella encendida, la luz haciendo desistir las sombras. Los otros pacientes se movieron salvajemente en sus "habitaciones", intentando escapar de la repentina explosión de luz. Para ser honesto, Leo no estaba seguro si se sentía más seguro con la luz presente.
—Vamos, vamos, ¿Quieres despertar un poco, cariño? —pidió el Dr. Atmore, apuntando la lámpara hacia la celda frente a la que estaban parados. Lo que estaba dentro, era algo que difícilmente podía ser llamado humano en opinión del pelinegro. La celda no era muy profunda, sólo lo suficiente ancha para contener a una persona de pie. La criatura tenía manchas negras y de color rojo oscuro empañando su pálido cuerpo. Las peores marcas venían de las correas de metal sobre su cuello, hombros, cintura, muslos y tobillos, sosteniéndola a la pared. Sus labios estaban partidos y sangraban y sus ojos estaban inyectados en sangre, oscuras sombras violetas bajo ellos. Cabello corto y claro, manchado de negro y grasiento. Tenía el aspecto de un cuerpo en descomposición. Ella se veía como un demonio.
El frío, envolviéndose alrededor de Leo, parecía clavar dagas en su piel mientras ella hacía contacto visual con él. Ella siseó, mostrando sus afilados dientes. Inútilmente se retorcía, tratando de zafarse de sus correas de metal que sólo se clavaban más en su piel. Ella gimió como un animal, el pecho agitado con sus pesadas respiraciones. El aliento liberado era violento y Leo se atrevió a compararlo con carne podrida.
Charlotte arrugó la nariz. —¿Es ella entonces? —pregunto con las manos sobre sus caderas.
—Si —dijo el médico. De su bolsillo extrajo un anillo de cobre que sostenía muchas llaves. Tarareó una melodía mientras rebuscaba entre ellas, sin tomar cuidado de la trastornada chica acribillándole con la mirada. Entonces él tomó una llave, cogiendo el candado e insertándola dentro con un pequeño chasquido. Los otros pacientes enloquecieron implorando por su propia liberación mientras hacían ruidos sin sentido, pidiendo la atención del Dr. Atmore y sus propios candados abiertos. Ignorándoles, el doctor abrió suavemente la puerta.
—Tengo a otro médico viniendo para acá con un carro listo para que puedan llevársela —dijo, sonriéndole cálidamente a la chica. Sin ningún rastro de temor, alcanzó un mechón de su cabello. Ella grito débilmente, intentado sacudir su cabeza de un lado a otro para salir de su alcance. Era como si su mandíbula se hubiera dislocado para permanecer abierta y le hubiese sido metido algodón en la boca, haciendo sus ruidos amortiguados y sordos como los de un zombi.
—¿Qué van a hacer con ella en Reveille? — preguntó el Dr. Atmore, volviéndose hacia el trío.
—¿Nuestro jefe no se lo dijo? —replicó Leo porque, en realidad, él no sabía nada del contenido de la carta que Glen envió. A juzgar por las repentinas miradas en el rostro de Charlotte y Doug, el pelinegro podía asegurar que ellos tampoco.
—Oh, pero quiero asegurarme de que estará bien cuidada —dijo el médico seriamente, como si estuviera hablando de una mascota.
Charlotte sacudió su mano con desinterés. —No tiene que preocuparse por eso. Ella estará bien con nosotros.
—¿De verdad? ¿Lo prometes? —Una nota de histeria superó el tono del Dr. Atmore de repente, la última pregunta saliendo en una súplica demasiado alta. Pero cuando Leo le miró, vio que la sonrisa no se había ido y todavía estaba clara como el día en su rostro trastornado. El doctor se movió hacia la chica de nuevo, y ella tembló violentamente ante sus movimientos. —Ella aún no está completamente curada. Muchas, muchas noches tiene pesadillas sobre algo entrando en ella y destruyéndola. Es la raíz de su demencia, ya saben. Incluso ahora...difícilmente puede distinguir amigos de enemigos.
Se escuchó el sonido de ruedas arrastrándose por suelo lleno de baches, el ruido rebotando por las paredes junto a los pacientes en movimiento. Algunos segundos después, tres médicos habían salido a la luz, el carrito siendo rodado entre ellos. Sus rostros eran delgados y demacrados, sus ojos oscuros y abismales, y no llevaban sonrisas amplias como el Dr. Atmore.
—¿Por qué tantos? —preguntó Charlotte—. Nosotros podríamos haberla llevado abajo.
Ante esto, el Dr. Atmore asintió en reconocimiento. —Sí, ustedes han tenido experiencia con semejantes criaturas violentas.
—Es una chica —Leo se encontró diciendo—. No se refiera a ella de ese modo. Ella es tan humana como usted y yo.
Hubo una pequeña pausa que sólo fue rota por el Dr. Atmore limando sus uñas sobre las deslustradas correas de hierro de la muchacha. Sobre la que estaba en su pecho, como una cerradura. En cuestión de segundos, otra llave fue puesta dentro lánguidamente. —Sí, veo su punto de vista sobre el tema...pero su conclusión tiene varios fallos, señor Baskerville.
Mierda.
Leo frunció el ceño, ofreciéndole una pequeña sonrisa. —¿De qué habla? Soy Will, ¿Recuerda?
Encarándolos a ellos y a los otros médicos, el doctor replicó cortésmente. —Ah, lo siento. Estoy un poco confundido. Verán, hubo alguna vez una tragedia que golpeó a Sablier y Pandora, una que liberó muchos demonios de los confines de su mundo.
Mierda. Sobre ambos lados, Leo pudo sentir como Charlotte y Doug se tensaban mientras la llave giraba lentamente y después hacía clic en su lugar. Al sonido de éste, la chica atada se removió más, chasqueando su mandíbula. La saliva goteaba de su boca, corriendo por su barbilla y la correa sobre su cuello que estaba clavándose en su garganta. Sus siseos eran roncos.
—Muchos fueron masacrados. Muchos fueron atacados. Hubo algunos que sobrevivieron, excepto que, —el Dr. Atmore se volvió hacia ellos, quienes se congelaron al sentir como los otros doctores presionaban sus palmas sobre sus hombros—. Excepto que ellos no eran necesariamente humanos después de todo, justo como ustedes tres. Justo como esta chica.
Tenemos que salir de aquí. Las manos sobre sus hombros comenzaban a lastimar y Leo volvió la vista hacia el médico que le sostenía. Su rostro fue repentinamente sujeto por fríos dedos y forzado a regresar la mirada hacia el rostro del Dr. Atmore, sus ojos clavados en esa aterradora sonrisa.
—Ustedes no son de Reveille, ¿no es así? ¡Ustedes son Crimson Fausts, bajo la protección de Glen Baskerville, fundador de Pendulum! —lanzó su mano hacia adelante para liberar violentamente a Leo y retrocedió unos pasos, la sonrisa desvaneciéndose mientras una expresión enfadada repentinamente se apoderaba de su rostro.
Charlotte fue la primera en reaccionar, lanzando al demacrado hombre que la sujetaba y empujándolo contra los barrotes detrás de ella. Doug rápidamente siguió su ejemplo, tomando las muñecas de su captor y balanceándolo hacia adelante, de modo que su espalda chocara contra el duro suelo con un sonido sordo. Mientras el médico que le tenía sujeto estaba distraído, Leo buscó por aire, su mano curvándose al parecer en la nada, hasta que un objeto que asemejaba un bastón apareció en ella. Empujó el final del mismo hacia el rostro del médico, escuchando un crujido suave como el hueso roto de una nariz.
El objeto en su mano tenía un mango largo y negro, seco como piel vieja y con un redondo ojo amatista, encajado en la parte superior del mismo. Era un poco más alto que Leo, un ala negra con piel tan afilada como una navaja se adherida a su alrededor como el escudo protector de un demonio. Esta era el ala de su guadaña, Jabberwocky. Mirando hacia los lados, Leo vio a sus compañeros tomar sus propias versiones de guadañas – que sólo se le conceden a los Crimson Fausts.
—...Como pensé —comentó el Dr. Atmore secamente, retrocediendo. Tenía una mano en su bolsillo de dónde sacó repentinamente una jeringa llena.
—¿Qué es eso? —demandó Charlotte, elevando a Leon amenazadoramente; su guadaña tenía tres garras como dagas, brillando a la luz de la lámpara en el suelo.
—Zwei —dijo el Dr. Atmore, dirigiéndose a la chica atada—. ¿Tú podrías, porque creo que serán muy útiles para nosotros, maltratarlos un poco?
—¡Lotti! —exclamó Doug, pero la jeringa ya estaba descendiendo y la aguja encontró su camino en la carne expuesta del estómago de Zwei.
Sus ojos se abrieron, el negro de sus pupilas dilatándose como lagunas negras. El Dr. Atmore sonrió triunfante, retrocediendo hacia las sombras para ser el espectador de su acto. Zwei estaba tomando respiraciones profundas, una última rasgando su garganta en forma de un terrible chillido que atravesó el pasillo e hizo que los otros pacientes comenzaran a gemir en una cacofonía de desesperación salvaje y hambre.
—Maldición. ¡¿Que había en eso?! —chilló Charlotte.
El cuerpo de Zwei se contorsionó, tirando de ella hacia adelante hasta que las correas que la limitaban se rompieron y ella cayó al suelo con un chasquido de metal y un ruido sordo de carne. Los ojos que miraban hacia ellos en la tenue luz de la mañana, brillaban con la intensidad de un demonio, la sonrisa formada por aquellos afilados dientes torcidos y perversos. Como algo de las pesadillas de Lily, pensó Leo.
No, igual que en todas nuestras pesadillas.
—Parece que si te vas a divertir con esta gente loca después de todo, Charlotte...
oOoOo
Elliot estaba de pie sobre una delgada cuerda. Los gruesos hilos arañaban sus pies desnudos mientras él se movía lentamente sobre la cuerda que estaba tendida tan larga como su tienda, con los brazos extendidos perpendicularmente a su pecho. Tenía los ojos entrecerrados, como si estuviera caminando a través de un sueño mientras miraba fijamente al frente, hacia su destino en el otro lado; uno que nunca podría alcanzar. Siempre caía antes de que eso pasara.
Estaba a unos veinte pies de altura. No tan alto como debía estar la real. Y no había ninguna red de seguridad. La real tampoco tenía una. Isla Yura decía que era para crear más suspenso en el acto de Elliot. Pero siempre había una verdad implícita: no tenía sentido poner una red cuando se esperaba que cayera, y entonces se rompiera, se rompiera en las muchas piezas que había sido cortado.
Elliot dejó de caminar, balanceándose en algún punto a lo largo de la otra mitad de la cuerda. Otros tres pasos y lo hubiese logrado. Por un momento, se quedó parado ahí, su cuerpo jamás temblando o sus pies tambaleándose. Después de años de hacerlo, Elliot realmente dominaba la cuerda floja.
Era una verdadera lástima que no se le permitiera cruzar el camino completo. Enseñarle a la audiencia cuan talentoso era. Oz incluso le enseñó algunos trucos que podría usar, acrobacias mortales que ahora él podía ejecutar. Pero no, no, eso era inaceptable. Eso no era anormal. No era extraño. No tanto como su acto lo era.
La brisa de Octubre proveniente desde afuera alborotó su cabello rubio, trazando sobre las partes rotas de su cuerpo, casi pareciendo liberar los puntos que le mantenían unido.
«Humpty Dumpty sentado en una pared...»
Sus ojos azules se cerraron, la oscuridad que les envolvía abriéndose a las posibilidades de que él pudiera cruzar la cuerda completa sin tropiezos, que pudiera colgar de ella boca abajo, que pudiera...que pudiera...
Una sonrisa en su rostro mientras Elliot daba un paso hacia adelante y…
Su pie se deslizó más allá de la cuerda y su cuerpo se precipitó hacia un lado. Ahí estaba esa sensación, esa larga y vaporosa sensación en su pecho que casi le hizo creer que podría volver a subir...
Cayó con los ojos cerrados.
No había ninguna red. Igual que siempre.
.
Anotaciones:
[1] Incuse: Término que se usa para designar las impresiones que se hacen sobre las monedas. Podría traducirse como "grabado" o "escudo de armas"; dado el contexto de la historia, sin embargo, lo correcto es "escudo de armas".
[2] Marionettes: Marionetas.
[3] Cannibal Marionettes: Marionetas Caníbales.
[4] Crimson Fausts: Su traducción literal es 'Faustos carmesíes'. Como dato curioso, Fausto es el protagonista de una leyenda alemana que narra sobre un estudioso de gran éxito que, insatisfecho con su vida, hizo un pacto con el diablo e intercambió su alma por conocimiento ilimitado y placeres mundanos.
[5] Dr. Atmore: El nombre es una referencia a la canción "Dr. Atmore's Elixirs of Good Humor and Fortification" de Midnight Syndicate. Algo perturbadora. Aquí el link para quien quiera escucharla: (youtube)/watch?v=C7FjUjrluWs
N/T: ¡Hola a todos! ¿Qué dicen? ¿Les va gustando la historia? No olviden dejar un comentario aquí abajo con todas sus dudas, quejas, sugerencias y ataques de locura(jajaja); y agregar a favoritos tanto esta traducción como la historia original. ¡Feliz fin de semana para todos!
Editado: 27/11/2016
