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Advertencias: Gore, locura, lenguaje inapropiado y cosas oscuras. Descripciones gráficas. Muerte de personajes. Menciones de abuso. La traductora y sus horrores ortográficos…

N/T: Un agradecimiento enorme para los que leen, para mi querida Hitsugi Zirkus que me permite hacer esta traducción y especialmente para brujita y xXOperettaXx por sus hermosos reviews. ¡Bienvenidas y disfruten!


Acto II: Heartbeat Desires Choking

(El latido desea asfixia)

Hace algún tiempo, Glen le dijo que era un chico especial, más que cualquier otro. El hombre había sostenido su pequeña persona de seis años muy cerca de él, sus grandes manos peinando suavemente su cabello. Leo recordaba que aquel gesto le tranquilizaba aunque la piel de Glen era helada, como si de él irradiara el frío de un cementerio.

Tú eres lo que la gente ha bautizado como "Crimson Faust" dijo el hombre. Se acercó a la ventana abierta con Leo acunado a él, bañando a ambos en los rayos azul claro de la luna. Su voz, solía pensar Leo, era como el terciopelo negro que envolvía la oscuridad y todas las cosas que buscaban su presa en la noche tranquila. Era atractivo y aterrador al mismo tiempo.

¿Qué es eso? preguntó Leo.

Glen no le miraba, sus ojos estaban fijos en algún lugar lejano del bosque ralo que rodeaba la solitaria mansión. Son personas desafortunadas comenzó Glen finalmente—, que consumieron una parte de un demonio: sus ojos, su carne, su sangre, o incluso su corazón. Alguna parte que fue ingerida por el cuerpo humano y, fuese o no intencional aquel consumo, la persona desarrolla ciertas habilidades que el demonio solía tener. Más importante y peligrosa, la capacidad de manejar la guadaña de ese demonio. Su propia arma cuya forma varía según su dueño.

»Pero ser un Crimson Faust es peligroso, Leo. Siempre debes ser cuidadoso. Los seres humanos no estaban destinados a ser como tú. En su mayor parte, sin embargo, puedes controlarte a ti mismo y a Jabberwocky. Pero por no haber nacido demonio, habrá ciertas...urgencias que siempre serán difíciles de combatir. Ellas te dirán que hagas cosas malas, pero nunca debes escucharles, Leo. Nunca.

El pequeño niño asintió ligeramente con la cabeza en señal de entendimiento. Él siempre supo que era diferente, siempre supo que no era completamente humano. Y, aunque nunca le dijo esto a Glen, había extraños pensamientos que llegaban a su mente. Nunca hizo nada malo, pero ahora sabía que debía cuidarse de esos extraños sentimientos. Casi muerto de la curiosidad, preguntó—: ¿Qué parte de un demonio tengo dentro de mí?

Glen sacudió la cabeza, todavía mirando al exterior. No podría decirlo, porque yo no estaba contigo cuando sucedió. Pero dependiendo de lo que fuera consumido por el humano, su vida puede convertirse en un juego de azar. Hubo muchos que murieron porque sus cuerpos rechazaron las células de demonio dentro de ellos. Pero hay otros, humanos fuertes como tú, Leo, que se convirtieron en Crimson Fausts. Aunque siendo honesto, la probabilidad de que eso pase es de una en un billón.

Entonces, papá Leo miró al hombre de cabello oscuro con ojos grandes e inocentes, ¿qué eres tú? ¿Eres también como yo?

Esa fue la primera vez desde que comenzó la conversación, que los ojos del color de las amatistas se desplazaron hacia él. Leo se preguntó si había dicho algo malo. ¿Qué si Glen no era un fenómeno como él? ¿Quién querría serlo, cuando Glen dijo que lo que había dentro de él era malo y aterrador? Una cosa sin propósito.

...Existen comenzó el hombre, peinando hacia un lado el cabello negro en los hombros de Leo—, otros Crimson Fausts. Desde la Tragedia de Sablier hace cuatro años, más fueron convertidos, la mayoría en contra de su voluntad, ya que beber sangre de demonio es la forma más común en que ellos nacen. Bueno, yo los encontraré.

Juntos, todos tendremos un propósito.

oOoOo

Si de verdad se suponía que Zwei era un Crimson Faust, entonces las armas en sus manos tenían que ser su guadaña. Sus manos sujetaban un par de hojas gemelas en forma de dagas torcidas con sus colmillos plateados, cada hoja del largo de su antebrazo. A pesar de sus enloquecidas facciones, Zwei manejaba su guadaña con maestría, una mano experta deslizando las armas contra los miembros de Pendulum. Sin esperar otro momento, ella se abalanzó.

Charlotte sonrió, chasqueando sus tacones contra el suelo a medida que también avanzaba. —Hmp, uno contra tres. Esto no parece muy justo para ti, no vale la pena el… —ella se detuvo brevemente cuando Zwei zigzagueó hacia un lado, lanzando una de sus dagas con una sonrisa desquiciada. Charlotte se movió justo a tiempo para que ésta solo pasara a su lado.

—¡Tch...!

—No seas arrogante, Lotti —le reprendió Doug, adelantándose un paso y levantando con cautela a Jack of Hearts,[1] una guadaña que tenía cuchillas cuadradas extendidas sobre la base como una baraja de navajas.

La daga de Zwei voló hacia la pared opuesta y se enterró en la piedra, alcanzando por poco una celda. Leo rápidamente la cogió y tiró de ella fuera de la pared. Captó el movimiento de la figura del Dr. Atmore, quien sutilmente trataba de maniobrar hacia el otro lado del pasillo. Leo levantó la guadaña de Zwei, listo para enviarla a volar hacia la bata blanca agitándose...

Tan pronto como lo hizo, se sintió repentinamente pesado, como si estuviese tirando de algo…como si hubiese algún tipo de fuerza entre la guadaña y…

—¡Leo! —gritó Charlotte enojada—. ¡Abyss, suelta esa maldita cosa–!

Un chillido jubiloso abandonó a Zwei, su mano sin guadaña alcanzándole, un finísimo hilo tirando desde ella, conectando directamente a...Leo amplió los ojos. Zwei lanzó su otra guadaña hacia Doug en un intento por distraerlo, tirando al mismo tiempo del hilo unido a la empuñadura de la daga, que Leo aún sostenía estúpidamente, hacia ella.

—¡Mierda! —Jabberwocky salió volando de su mano mientras era arrastrado hacia adelante. El suelo sobre el que aterrizó era duro, haciendo sus gafas caer torcidas cuando él probó el polvo y la arena. Charlotte se fue sobre él en un instante, cuando dejó ir inmediatamente la daga, tirándole hacia arriba por la parte trasera del cuello.

—¿No puedes cuidar de ti mismo? —gruñó ella, empujándole lejos—. ¡Ve a buscar tu guadaña y deja de estar jodiendola!

—Aunque él nos dio valiosa información —argumentó Doug, entrecerrando sus ojos de serpiente hacia Zwei mientras se reunía con los otros dos. Ella atrapó su mitad guadaña y ahora estaba empezando a carcajearse maniáticamente de su hazaña. —...ella las manipula con hilos.

Leo se agachó para recoger a Jabberwocky, su rostro ardiendo de vergüenza. Arrastrado como un muñeco. Nunca lograré sacarme de encima a Charlotte por esto. El insectoide ojo púrpura en su guadaña, giró con fuerza en su cuenca, logrando captar la atención de Leo en el último segundo cuando notó al Dr. Atmore y dos de los otros tres médicos, huir por el lado más oscuro del pasillo, de vuelta hacia la entrada. Los pacientes gemían a su paso, temblando y sacudiéndose como insectos moribundos.

—¿Marchándose ya? —resopló él con incredulidad. Se enderezó, mirando hacia sus compañeros. —¡Voy tras el doctor! ¿Pueden manejarla?

—Bien — gruñó Doug, apuntando su guadaña hacia Zwei.

—¿Te burlas de nosotros? —añadió Charlotte con una sonrisa irónica—. ¿También crees poder liderar con los tuyos? ¡Date prisa y no los dejes escapar!

La luz de la lámpara comenzó a desaparecer delante de él mientras corría por el pasillo, el tenue rosa del alba haciéndolo todo de un extraño rojo oscuro y azul. Sólo a unos cuantos pasos en su persecución, Leo comenzó a oír el choque de armas y la risa de Zwei, la risa de ella transformándose en las burlas de los pacientes locos llamándole: «¡Sálvame! ¡Sálvame!». Él podía ver sus rostros un poco mejor ahora, podía ver la oscuridad comenzando a desenmascararlos...

Se recordó a si mismo que ellos no podían ver en sus ojos. No realmente. Esa fue una de las pocas veces que Leo apreció las gafas que Glen le había dado. Evitó ver en aquellos ojos oscuros, sus formas sangrantes, centrando su mirada en el interminable pasillo.

Regresó a la intersección al comienzo del piso, junto a las escaleras. Había otros pasillos entre los cuales elegir, pero ¿qué si ellos hubiesen ido escaleras abajo? Me estoy oxidando en esto...que molestia.

—¿Por dónde, Jabberwocky? —preguntó Leo, presionando su guadaña más cerca de él, con su frente rozando contra la piel correosa del mango. Miró hacia arriba, observando el ojo girar de nuevo, buscando con fervor...Éste finalmente se detuvo, la hendidura negra de la pupila señalando el pasillo de su derecha. Leo asintió y comenzó a correr a toda velocidad por el frío sendero; otro largo pasillo de locura y penumbra.

No pasó mucho tiempo para que fuera capaz de escucharlos. Sus zapatos chocaban sonoramente contra el duro suelo y sus respiraciones dejaban un rastro del aroma de sus bocas abiertas. Leo casi quiso golpearse por no detectarlos antes.

—¡Deténganse justo ahí! —exclamó. Sostuvo a Jabberwocky en un ángulo bajo, balanceando su pierna por encima del mango, y se aferró con fuerza mientras la antigua ala de la cuchilla lo impulsaba hacia adelante, disparándole a través de los tres médicos del asilo. Se precipitó contra las celdas enrejadas y la pared de ladrillo por el empujón. Leo metió el pie hacia adelante para deslizarse hasta detenerse, desmontando su guadaña.

—Ya está bien, entonces. No van a seguir jugando al gato y el ratón conmigo, ¿o sí? —dijo el pelinegro con condescendencia, empujando sus gafas hacia arriba—. Me aburro con demasiada facilidad.

El Dr. Atmore gruñó, tambaleándose sobre sus pies, usando la barra de metal tras de sí para apoyarse, e ignorando el balbuceo sin sentido proveniente del interior de la celda. Se peinó sus rizos rubios del rostro, y Leo estaba perturbado por ver que el hombre aún se las arreglaba para plasmar una sonrisa de payaso en su rostro. —Interesante... ¡Interesante! —exclamó el doctor impresionado, sus hombros temblando mientras comenzaba a reír—. ¡Esas guadañas son realmente útiles, ¿no es así?!

Entre los otros doctores recuperándose y los trastornados comentarios del Dr. Atmore, Leo empezaba a sentirse tenso. Agarró con fuerza a Jabberwocky, sosteniéndole amenazadoramente. —Debo decir que usted es tan raro como sus pacientes —murmuró con el ceño fruncido.

—¡Oh, pero los Crimson Fausts son incluso más extraños! —argumentó el Dr. Atmore con deleite, enderezándose—. ¡Tan extraños, de hecho!

Una punzada de molestia rugió suavemente dentro de Leo, pero trató de mantener sus emociones a raya. —Reúna a sus amigos aquí y síganme de vuelta con la chica que soltó sobre Charlotte y Doug.

El Dr. Atmore sacudió la cabeza, haciendo que su cabello rubio golpeara sus mejillas. —Quiero decir, ser tan especial, tan biológicamente mejorado como para no rechazar las células de demonio en tu cuerpo —continuó diciendo como si no hubiese escuchado a Leo del todo, sus ojos brillando obsesivamente—, e incluso poseer el arma que una vez le perteneció a ese demonio, ¡tomándola como tuya! ¡Extraordinario, tan extraordinario!

—Sea cual sea su intención hacia nosotros —comenzó Leo con voz amenazante—, no va a salir de aquí sin que nosotros le silenciemos. Si quiere que acabemos matándolo, me temo que no dudaremos.

Esto sólo hizo al Dr. Atmore soltar una risa ahogada. —Tan frío. Semejante determinación despiadada. ¡Como si el corazón de un demonio estuviera latiendo dentro de ti! —se burló.

Leo se sobresaltó, casi dejando caer a Jabberwocky de nuevo. ¿Qué? En serio, ¿exactamente qué...? —Usted no sabe nada de nosotros —corrigió él con firmeza—. ¡No sabe que solíamos ser completamente humanos–!

—¿Y quién querría tal cosa? —inquirió el hombre rubio. Ante el silencio atónito de Leo, explicó—: ¿Con qué fuerza humana ha mejorado el mundo? Los humanos son demasiado débiles; sus cuerpos son demasiado frágiles, y sus mentes demasiado inestables —hizo un gesto a su alrededor, a los pacientes alterados, para enfatizar—, que ninguna persona podría, posiblemente, soportar el cambiar al mundo.

»Pero tú, un Crimson Faust, tienes un poder sobrenatural. Un poder demoniaco. Y aún —una mirada ligeramente reprobatoria cruzó su rostro, torciendo momentáneamente su sonrisa en una mueca grotesca—, tú lo desperdicias. No cambias nada ni ayudas a nadie.

Ante esto, la ira tembló en el cuerpo de Leo, hasta el punto que casi aulló de frustración. Jabberwocky se apoyó pesadamente en su mano, sintiendo la angustia del pelinegro y rogando por ser usada. Tal vez sólo cortaría al hombre un poco, rebanarle la lengua, o quizá la garganta...Oh, ya podía imaginarse el gorgoteo de la sangre asfixiando al médico, dejándolo sin habla, salvando un certero grito de alarma...

«Habrá ciertas urgencias que tendrás, y debes mantenerlas a raya». Glen siempre le decía eso. Tenía que calmarse. Ese sentimiento como fuego líquido estaba quemando su mente, abrasando sus venas. Era algo que tenía que calmar en su interior.

—¡Los Crimson Fausts tienen un propósito, como el resto de ustedes! —replicó Leo. Los otros médicos se colocaron a sus costados, y él se turnaba para lanzarles miradas, observándolos bajo sus gafas. —Nosotros peleamos, justo como los humanos lo hacen. Cuando la Tragedia de Sablier ocurrió, ¡¿usted cree que nosotros fuimos los únicos sub-productos de la llegada de los demonios?! ¡Hay monstruos, humanos transformados, y ellos están ahí afuera por lo que pasó!

—¡Pero ustedes pueden hacer más! ¡Mucho más! ¿Por qué mantenerse ocultos? ¡No muchos humanos saben de su existencia! —chilló el Dr. Atmore, sonriendo amablemente, aunque desesperado. Casualmente colocó sus manos en sus bolsillos, inclinando la cabeza ligeramente. —Vamos, incluso hice una amplia investigación sólo para averiguar quiénes eran, dónde se reunían todos ustedes. ¡Cuando encontré a Zwei, pensé que estaba al borde del descubrimiento! Me gustaría que considerara algo por un momento, señor Baskerville.

Leo observó a los otros dos médicos con cautela, bajando lentamente a Jabberwocky para demostrar que estaba escuchando.

Complacido por la respuesta, el Dr. Atmore dijo—: ¿Qué pasaría si uno no necesitara tener contacto directo con un demonio para obtener sus poderes? ¿Qué es tan especial acerca de sus cuerpos que pueden adaptarse a sus células? Mantén estas preguntas en mente, porque son la base de mi hipótesis.

—¿De qué? —Leo se atrevió a preguntar en un hilo de voz.

—Transfusiones de sangre —el rubio doctor respondió simplemente, alegremente, deleitándose con orgullo por su brillante respuesta—. Estoy hablando de una segunda generación de Crimson Fausts en la que seres humanos como estos pacientes, como yo, pueden compartir tu sangre y la de los que son como tú y adquirir los mismos poderes. ¿Puede imaginarlo, señor Baskerville? ¿Puede?

No. La bilis repentinamente era demasiada para mantenerla a raya, un sabor amargo entrando en su boca y haciendo que la garganta del pelinegro se cerrara. Asqueado, torció los labios en una mueca, su mundo girando momentáneamente. Cualquier esperanza que Leo tuviese por la supervivencia de este hombre, se desvaneció con esa oración, tan rápido como se extingue una vela. Con esfuerzo, Leo sonrió incrédulo, respirando entrecortadamente mientras soltaba una risa repulsiva.

Mal...tan mal...

—¿Qué? ¿Mi sangre, la sangre de mi familia...dentro gente como usted? ¿Nuestra maldición ingerida voluntariamente por ustedes, desquiciados pedazos de mierda? ¿Está seguro —agarró con ambas manos a Jabberwocky, sus uñas clavándose en la piel reseca—, que no son todos ustedes los que se supone tengan dentro estas células, escapando y escondiéndose de la luz?

El Dr. Atmore rió. —¡Zwei es sólo la punta del iceberg! ¡Ah, la información que puede ser recabada una vez que tenga más muestras! Por favor, ¿no podrías sólo —sus manos salieron repentinamente de sus bolsillos y Leo captó el brillo de otra jeringa—, imaginarlo? —Con una risa casi divertida, el hombre hundió la aguja en su brazo, el sudor recorriendo por su frente y cuello.

Estúpido e inútil. No te acerques a nosotros. Tus manos...

—...nunca debe contaminar a mi familia —murmuró el pelinegro con una convicción inusual. Los otros dos médicos ya habían avanzado, precipitándose por Leo, pero él les esquivó fácilmente. No había duda en sus pasos cuando levantó a Jabberwocky hacia el hombre cacareando, como la sombra de un segador, barriendo la cuchilla alada hacia abajo justo dentro de un cráneo blando. Un crujido nauseabundo y húmedo resonó por el pasillo, seguido del enloquecido alarido de victoria de alguien. ¡Alguien que suena como yo!

El Dr. Atmore cayó al suelo, retorciéndose y gimiendo, un charco espeso y pegajoso de sangre esparciéndose por su rostro y el suelo.

En un elegante giro, Leo deslizó su guadaña en un arco horizontal, cortando justo en el vientre de los otros dos hombres. La sangre que dejaron atrás, podía haber llenado el estómago de muchos monstruos, sus órganos humeando mientras salpicaban el suelo y las paredes. Leo dejó escapar un ataque de risas emocionadas, sus ojos brillando con fascinación por la sangre que de pronto caía como una lluvia escarlata.

—¡Ahehehehe~!

Unos gemidos bajos a sus espaldas le recordaron al humano que estaba detrás de él, el humano de palabras airadas e intenciones dolorosas. Morir, morir, ¿quién morirá? ¿Tú o yo?

Todo parecía llegar a basarse en ese pensamiento. ¿Tú o yo? ¿Quién morirá? ¿Quién morirá?

—¡MUERE. MUERE. MUERE! —Leo casi gritó de alegría, elevando a Jabberwocky y poniéndole de nuevo en el cuerpo humano una y otra vez, un nuevo géiser de sangre pintándole de rojo en cada ocasión. Hubo un satisfactorio chapoteo de piel siendo rasgada y líquidos brotando con cada herida nueva. El pelinegro enfatizaba sus palabras con cada puñalada mientras exclamaba—: ¡Mira! ¡Mira! ¡Sangre es lo que querías! ¡Lo. Que. Querías!

Quiero. Quiero.

La quiero, la quiero.

Dámela, entrégamela. Es mía. ¡Es mía!

¡La quiero!

Jabberwocky repentinamente golpeó el suelo, tiñéndose de carmesí. Su dueño se arrodilló en la sangre sin reparos, los ojos muy abiertos y una mirada morbosamente complacida que no podía ocultarse, incluso bajo su cabello largo y enormes gafas redondas. Miró a través de su único ojo como las pálidas manos excavaban a través de la carne, rompiendo el cadáver aún más con las uñas, buscando y buscando...

Cuando Charlotte y Doug, con una inconsciente Zwei en brazos, finalmente llegaron, encontraron a un chico de desordenado cabello azabache, riendo triunfantemente a carcajadas mientras presionaba un corazón latiente contra sus labios con manos empapadas.

oOoOo

Charlotte lo miró con un profundo ceño fruncido en su rostro. —No estás bien —declaró rotundamente.

—No creo que merezca esto de todas formas —dijo Leo con voz ronca. Estaba mirando hacia el dosel sobre la cama, de un color azul claro que era ligeramente reconfortante para él. Era un color suave, de alguna manera seguro. Tan diferente de lo que pasó...

—Ya han pasado seis días —objetó él. Se sentó en la cama lo mejor que pudo, pero fallando horriblemente. Aunque Glen ya había removido las cadenas de sus piernas, dejó los eslabones de hierro limitando sus brazos para evitar que Leo invocara a Jabberwocky.

—Lo siento —el hombre de cabello oscuro había dicho en un tono cortante—. Pero si te pones en contacto con la guadaña, tu posibilidad de sintonizar los instintos demoníacos se hará mayor y más difícil de ignorar. Ésto es temporal. Hasta que te calmes.

Leo recordaba como Glen lo había dicho «la guadaña, los instintos», sin remplazar la palabra con su guadaña, sus instintos. Honestamente, la estaba pasando mal averiguando si debía estar agradecido o no por ello. Había sido un Crimson Faust lo suficiente, y nunca le importó asociarse con demonios.

En realidad, creo que la experiencia en el asilo ha refutado eso, le interrumpió su mente. Las imágenes oscuras se reproducían de nuevo en su memoria como fotografías borrosas. De cierta forma, lo que había pasado no parecía ser real, como si fueran las memorias de alguien más y no las suyas. Estas se sentían extrañas en su mente. Lo que le asustó un poco, sabiendo lo que había hecho. Si pensaba demasiado en ello, todavía podía sentir la presión de sus labios donde había acunado el corazón del Dr. Atmore. Sus labios temblaron con la necesidad de vomitar, pero se mordió la parte interior de la mejilla para detener esa sensación.

Charlotte le había detenido justo cuando él había abierto la boca para devorar ávidamente el órgano. Gracias Abyss...

Hubo un crujido de ropa cuando Charlotte se levantó, alisando su falda. —No importa cuánto tiempo ha pasado, mocoso —criticó ella con firmeza—. El amo Glen te mantendrá así hasta que hayas vuelto a la normalidad.

—¿Se puede opinar sobre la normalidad de un Crimson Faust? —Leo preguntó suavemente, enarcando una ceja.

—¡Cállate! ¡Tú has deshonrado nuestro nombre! —exclamó ella, convirtiendo sus manos en puños—. ¡Se supone que nosotros podemos controlar ese tipo de cosas! Eso fue... —Sus ojos rosados se deslizaron, interesados de pronto en el suelo. Luego, con algo de esfuerzo, ella se estiró y le acarició la cabeza con brusquedad—. Solo quédate aquí. Por favor.

Leo parpadeó sorprendido. —Charlotte...

—Y Abyss, ¡¿Cuándo vas a llamarme "Lotti"?! —gimió, alejándose con una rabieta. Se detuvo en la puerta, mirando a la otra persona en la habitación. —No juegues demasiado con él, Zwei. Ha sido un chico muy malo.

La chica en la silla asintió lentamente, mirando hacia sus pies descalzos mientras Charlotte caminaba al pasillo, dejando la puerta abierta.

Leo la miró con atención. Desde que fue traída a la mansión, Glen se encargó de ella. Fang, quien tenía más experiencia en medicina, explicó que lo que el Dr. Atmore había puesto en ella era una droga que la hacía más fuerte y más rápida, y hacía que la adrenalina le corriera a la cabeza. Leo pensó que eso explica los cortes y magulladuras que Charlotte y Doug tenía por todo el cuerpo, a pesar de que ellos eran los más poderosos del grupo.

—¿Así que es culpa de los medicamentos que ella fuera lanzada a esa casa de locos? —preguntó Charlotte irónicamente.

Fang no pensaba eso. Tampoco Glen. Pero éstas habían ayudado a hacerla demasiado tensa para funcionar. Así que todo lo que necesitaron, fue esperar a que la droga saliera de la maltratada chica para ordenar sus pensamientos. En dos días, ella ya podía formar fragmentos de palabras coherentes. Pero cuando Fang le había llamado por su nombre, ella se limitó a elevar la mirada y responder—: Soy Echo.

Con un profundo suspiro, Leo hundió la cabeza en sus almohadas. —Deberías corregirle. Dijiste que tu nombre es Echo, ¿verdad? —le dijo suavemente.

La chica levantó la mirada, fijando sus ojos azul rey en él. Todavía sorprendía a Leo lo mucho que ella había mejorado. Lily había tomado baños con ella, y le cortaron un poco el cabello, que ahora brillaba como la luz de la luna y apenas tocaba sus hombros. Las oscuras medias lunas bajo sus ojos se desvanecieron, pero todos sabían que los cortes y mallugaduras de sus ataduras de hierro no serían una cosa fácil de borrar.

—Echo no va a discutir con sus benefactores —dijo ella en voz baja.

Leo se encogió de hombros. —Si eso es lo que quieres. A mí me gusta Echo —dijo.

—¿..se encuentra bien, señor Leo? ¿No necesita algo?

También estaba eso. Echo era educada y de voz suave, pero parecía especialmente apegada a Leo. A pesar de haber sido encadenado desde que volvió a la mansión, ella se quedaba a menudo en su habitación, haciéndole plática. Leo tenía que admitir que había estado tenso al principio, pero su temor resultó ser infundado. El aura de Echo era mucho más tenue y relajada de lo que había sido la de Zwei.

Él negó con la cabeza. —Estoy bien.

—De acuerdo, Echo se irá si lo desea. No me importa.

Con una pequeña sonrisa, él sacudió la cabeza de nuevo, haciendo crujir su cabello contra las almohadas. —No, quédate aquí. Me siento un poco solo. Si te parece bien, puedo preguntarte: ¿sabes leer?

—Más o menos. Echo solía conocer a un hombre que leía para ella, y aprendí. —Ella se levantó, mirando significativamente hacia los libros acomodados contra la pared. —¿Le gustaría que le leyeran una historia?

—Me encantaría. —Movió las manos, sólo para tener su alcance sofocado por las cadenas alrededor de sus muñecas. —En cierto modo no puedo hacerlo por mi cuenta.

—¿Cuál historia le gustaría?

—¿Qué te gusta? Hay una gran probabilidad de que tenga el libro.

Echo lo consideró un momento. —Me...me gustan las historias...con finales felices. A Echo le gustan los libros felices. Con romance en ellos.

Leo esbozó una sonrisa divertida. —¿De verdad? Bueno, en ese caso, toma ese verde de la parte inferior. A mí también me gustan los finales felices.

oOoOo

Estaba cubierto en sudor cuando Lily y Charlotte llegaron a su habitación dos días después. Era a causa del extraño sueño que había tenido. Desde el incidente en el asilo, Leo cerraba los ojos cada noche sólo para tener ese extraño sueño. Había luces de muchos colores, y un reloj de péndulo marcando, marcando...El péndulo se mecía de un lado a otro delante de él, y allí...apenas más allá...

Un chico. Le daba la espalda a Leo, alejándose lentamente. El péndulo se mecía, haciendo al chico aparecer y desaparecer...

¡La hora, ya es casi la hora~!

Luego, sangre. El péndulo se detendría y él estaría mirando su reflejo distorsionado, una venda sobre sus ojos mientras su reflejo exclamaba: «¡Ya es casi la hora!». De pronto, el reflejo sería sustituido por un rostro que nunca podía recordar al despertar. Labios, una nariz... pero la cara ensangrentada. Estropeada. Los ojos...

—Hey —dijo Charlotte, regresándolo a la realidad. Ella ya no usaba un camisón de dormir, sino uno de sus vestidos más modestos que caía justo por debajo de sus rodillas. Lily estaba saltando con entusiasmo al lado de ella. —Tengo una sorpresa para ti.

—Si viene de ti, sólo puedo suponer —dijo Leo. Se movió incómodo, con ganas de limpiar el sudor de su frente. Desde que estaba encadenado y no podía moverse de todos modos, sus gafas estaban algo torcidas, y en más de una ocasión le había pedido vergonzosamente a Echo que las colocara correctamente en su sitio. Echo casualmente no estaba todavía, así que le pidió a Lily hacerlo cuando ésta saltó sobre él.

—¡Semejante cuatro ojos! ¿Es genial usar gafas? —preguntó Lily, empujándolas hacia arriba en su nariz.

Él se burló ligeramente. —En realidad no. Es molesto, pero ¿qué se le va a hacer?

Lily pasó una de sus pequeñas manos por su cabello. —Estas todo sudado —le dijo, arrugando su nariz con disgusto—. ¿Por qué?

—No te preocupes por eso. Está haciendo un poco de calor aquí —aseguró con una sonrisa. Luego miró fijamente a Charlotte. —Entonces, ¿cuál es la sorpresa?

Ella agitó su mano, yendo a sentarse en la silla usualmente ocupada por Echo. —¿Quieres descolgarle, Lily?

La pequeña asintió, buscando en los bolsillos de sus tirantes. Orgullosamente, ella sacó una llave, sosteniéndola frente a Leo. —¡Mira, mira! El amo Glen piensa que estás mejor ahora, así que nos dijo que te dejáramos ir —le animó ella. Se acercó a una de sus muñecas y abrió el eslabón antes de pasar a la otra.

Sus brazos cayeron a sus costados, y él trabajó cuidadosamente las torceduras en sus hombros doloridos. —Descolgarme, dijiste. No creí que eso fuera tan literal. Así que, ¿Estoy oficialmente curado ahora?

—No te alegres demasiado —dijo Charlotte, cruzando sus piernas—. El amo Glen aún quiere te vigilemos, especialmente durante las misiones. Y da la casualidad de que tienes una. —Ella levantó un sobre en su mano, agitándolo como una bandera. Estaba sellado con la marca de Pendulum, un Incuse. Los ojos de Leo se abrieron ligeramente al verlo. Por lo general, Glen usaba un sello diferente cuando enviaba cartas, no queriendo llamar la atención sobre la organización.

¿Qué pasa entonces?

Leo se sentó, todavía frotando las articulaciones de sus brazos. —Estuve encadenado por más de una semana y me dan una misión? —preguntó tontamente.

—Sí; son tú, Lily y Zwei. Aunque siendo honesta, aún no confío mucho en Zwei. Ella todavía me asusta. Y tú —enarcó una ceja—, bueno, estás tú. ¿Puedes manejarlo?

—Sólo dime de qué se trata —dijo él impacientemente, ceñudo.

Charlotte frunció el ceño. —Mañana por la tarde, irán al claro del bosque en la frontera de Pandora. Allí habrá un evento al que deben asistir. Cuando lleguen, le darán esta carta a un hombre llamado Isla Yura —comenzó a explicar, entregándole el sobre a Lily, quién se lo dio a Leo—. Glen hizo contacto previo con él anónimamente para esta reunión. Aparentemente, en este evento habrá una Cannibal Marionette, posiblemente algunas más.

—¿CM's?¿En Pandora?[2]

—Esta no sería la primera vez, aunque sí, ha pasado un tiempo —concordó ella

Lily se sentó cerca de Leo mientras él estudiaba el sobre entre sus manos. —¿Qué clase de evento es? —preguntó lentamente, delineando la cera rojo oscuro del sello. Esta se parecía demasiado a la sangre.

La pequeña chica a su lado saltó sobre la cama con entusiasmo. —¡Oh, será muy divertido! ¡Siempre he querido ir a uno!

Charlotte sonrió en la forma maliciosa que siempre lo hacía. —El evento —dijo—, es un circo ambulante.

oOoOo

Todo el mundo a su alrededor era bullicioso y concurrido, manos trabajando para poner los postes y cuerdas de amarre, armando la carpa para el espectáculo. Sus vagones y los caballos habían sido puestos a un lado, cerca del bosque; donde la mayoría de las personas discapacitadas se alojaban para no entorpecer al resto. Elliot se abrió paso entre los coches, asegurándose de que nadie lo viera escapar, o de lo contrario lo acusarían de holgazanear en el trabajo.

Todos los carros eran iguales, sólo que pintados de diferentes colores. Todos ellos eran aproximadamente dos veces el tamaño de un carruaje y tenían la forma de una caja. Las ventanas estaban cubiertas por barrotes de hierro en el exterior, cortinas rojas por dentro. Todas cubiertas en ese momento a excepción de una en el extremo. Con una pequeña sonrisa, Elliot se asomó dentro.

—Hey Lacie, ¿estás ahí? —la divisó fácilmente a la luz de la mañana, sentada en un rincón, mirando a lo lejos—. ¿Por qué tan pensativa?

Ella le miró, o mejor dicho, su cabeza se volvió en su dirección; sus ojos estaban cubiertos como de costumbre, con la venda que él le había dado una vez hace mucho tiempo. Le hacía feliz que ella la llevara, pero también le entristecía un poco el recordar por qué se la había dado en primer lugar.

Una pequeña sonrisa se extendió sobre los labios de ella. —Elliot, ¿qué estás haciendo aquí?

—Sólo quería asegurarme de que estuvieras bien —explicó él, tímidamente, apoyándose en los barrotes—. Estaremos ocupados la mayor parte del día instalándonos, así que estarás sola. Incluso Oz tiene que trabajar —añadió esto porque, además de él, Oz era el que estaba más tiempo con Lacie.

Ella asintió, jugando con su largo cabello oscuro que se desparramaba por el suelo. —Está bien, sabes que suelo estarlo —dijo ella—. Además, soy inútil en las mudanzas. En realidad no me gusta mucho mudarme y tener que familiarizarme con nuevos entornos. Sólo cuando estoy aquí o en una carpa, lo conozco todo.

—¿Dentro, es lo que significa seguro para ti? ¿Enjaulada por tu seguridad? —Elliot se encontró preguntándole.

—Trato de no pensar en ello de esa forma. Al menos somos felices aquí, ¿cierto?

Elliot luchó por encontrar una forma de responderle, pero ella continuó como si no le hubiese preguntado nada en primer lugar. Hubo el susurro de tela y cabello mientras ella buscaba detrás de su cabeza, desatando gentilmente su venda. Su rubio compañero le miró inquisitivamente.

—¿Qué haces?

—Nada —le respondió dulcemente mientras la tela plateada caía sobre su regazo—. Yo sólo…a veces pienso sobre cómo era antes de convertirme en un fenómeno. —Sus manos lentamente se enrollaron en la venda. Elliot captó la acción y, encontrando la puerta del vagón, se deslizó dentro.

Caminó hacia ella y se sentó. —No había mucho que tuviésemos antes de esto —le recordó él suavemente, buscando y tomando su mano—. Fuiste encontrada por Isla Yura, justo como él nos encontró al resto de nosotros. Tú nos dijiste que no recordabas tu pasado. ¿Alguna vez has pensado que es porque era tan doloroso que te forzarte a ti misma a olvidarlo?

A este punto, Lacie estaba temblando. —Sí, pero…pero ¿qué si no era así antes? ¿Qué si alguien me hizo esto, como lo que pasó con Oz? —preguntó ella en un hilo de voz que podía ser fácilmente estrangulado. Ella miró hacia Elliot, sus parpados abriéndose.

—¿Estás mirando hacia otro lado? —preguntó ella, cuidadosamente.

—No —le aseguró, sosteniendo con fuerza sus manos. Él nunca miraría hacia otro lado, nunca dejaría que Lacie se sintiera más sola de lo que ya se sentía…

…incluso si sus ojos, que se suponía debían estarle devolviendo la mirada, fuesen sólo vacías cuencas negras.

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Anotaciones:

[1] Jack of Hearts: Jack de corazones.

[2] CM's: Abreviación de "Cannibal Marionettes". De ahora en adelante será empleada con frecuencia.


Editado: 27/11/2016