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Advertencias: Gore, locura, lenguaje inapropiado y cosas oscuras. Descripciones gráficas. Menciones de abuso. La traductora y sus horrores ortográficos. Una probada del tan esperado ElliotxLeo.
«Para Fel, mi super regañona voz de la conciencia, y Alex, dulce canto de libertad.
Gracias por estar ahí cuando me derrumbo.»
Acto VII: Death Box for Scaretales
(Caja de la muerte para cuentos de terror)
Sharon no tenía un vagón como el resto de ellos, incluso cuando Elliot decía que ella insistió en ser tratada de la misma forma que los otros artistas.
—Xerxes no lo soportaría —explicó Elliot a Leo mientras lo guiaba dentro de la pequeña tienda de Sharon, que ella compartía con el titiritero—. Entraron en discusión sobre eso. Al final, ella cedió y obtuvo ésta tienda que el señor Yura les permitió tener. Aunque a mí no me molesta y en su mayoría al resto de nosotros tampoco. Sharon tiene sus propios problemas, igual que el resto. ¿Ese cuchillo que tenía —comenzó él—, el que le pertenecía al enano? Ella probablemente lo estaba usando para cortarse de nuevo.
El interior de la rosada tienda era oscuro, salvo por la sucia lámpara de aceite colocada sobre un tocador ligeramente astillado y con un espejo roto. Manchas de sangre, que teñirían por siempre parte de la tienda, junto con la sombría luz daban al espacio un sentimiento escalofriante, como si Leo hubiese simplemente caminado dentro de la boca de un monstruo. No había cama alguna, pero si un gran tablón de madera cubierto por una sabana recostado contra una de las esquinas, aunque ésta sólo se veía lo suficientemente grande para una sola persona. ¿Dónde duerme ese hombre?
El pelinegro se sentó sobre el banquillo que Elliot le indicó. —¿Cortarse? —preguntó, enarcando una ceja. Sharon era diferente de los otros, así que Leo pensaba que no pertenecía ahí del todo. Su decoro, sus movimientos, e incluso su elegante apariencia daban la impresión de que ella era una respetable, joven aristócrata. Miró a Elliot moverse hacia el tocador roto y sacar algunos pasadores de uno de los cajones que carecían de manija.
—Toma, ponte esto. Tu flequillo sólo estorbará —le dijo, colocando los pasadores encima. Esperó hasta que Leo siguiera sus instrucciones y luego trajo la lámpara de aceite un poco más cerca.
Leo sintió sus mejillas arder, simultáneamente notando los sombreados contornos de los músculos de rubio, y cayendo en cuenta cuan desnudo se sentía sin el grueso cabello cubriendo su rostro.
Elliot asintió con aprobación. Sus manos fueron a colocarse sobre cada lado de su rostro entonces, sus dedos rozando cuidadosamente sus gafas. Debió haber notado a Leo tensarse, porque preguntó—: ¿Puedo quitártelas? No me golpearas ni da por el estilo, ¿cierto?
—Está bien —consintió él antes de darse cuenta de las palabras que estaban saliendo de sus labios. Su corazón latía violentamente, haciendo la habitación volverse más vívida con su carnoso pulso mientras Elliot le deslizaba las gafas. La sensación de estar desnudo regresó, pero se ordenó a sí mismo no retroceder o sobresaltarse.
Hubo un pequeño golpeteo cuando Elliot colocó las gafas sobre el tocador. Sus glaciales ojos azules, una suave mirada en ellos proveniente de la vacilante luz, volvieron a mirar hacia Leo, el interés evidente en su expresión. Leo rápidamente apartó la mirada, fijándola en el pecho de Elliot, pero entonces se sonrojó y miró hacia el hilo cercando uno de los tobillos del rubio antes de bajar finalmente la mirada hacia el pasto seco. Sin su flequillo y gafas, repentinamente se sentía como si no hubiese ningún lugar seguro para que sus ojos miraran, como si no le estuviese permitido posar su mirada sobre nada, y que las cosas arderían en llamas sólo con un vistazo.
Eso es ridículo.
El sonido de un resoplido, un sonido reprobatorio, escapó repentinamente de Elliot, y Leo volvió la cabeza para ver qué era tan divertido.
—¿Qué?
—Sólo pensaba —comenzó el rubio, ladeando la cabeza—, sobre el desperdicio resulta cubrir tus ojos así.
¿Desperdicio? Leo debía admitir que nunca había escuchado eso antes cuando se trataba de sus ojos. Glen simplemente fue a decirle que mantuviera sus gafas puestas y, en su mayoría, los demás jamás lo cuestionaron. Después de un tiempo, todo lo relativo a revelar su rostro sólo se volvió…poco importante. ¿Había algo extraño con sus ojos después de todo? Con un gesto reflexivo, trató de hacer que su flequillo le cubriera, sólo para recordar que se lo había recogido.
Elliot observó sus movimientos. —Yo, um…nunca he visto unos ojos como los tuyos antes —murmuró, volviéndose para hurgar a través de otro de los cajones.
El pánico se apoderó del pecho de Leo, pero la mano de Elliot estaba sobre su hombro, tranquilizándole. Se permitió a sí mismo…no, se atrevió...a mirar directamente en aquellos ojos azules de ensueño, manteniendo la compostura cuando el rubio le dedicó una cálida sonrisa. Fue tan repentino y fuera de este mundo que Leo no supo cómo reaccionar, especialmente cuando Elliot deslizó su mano para enganchar sus dedos bajo su barbilla.
—Quédate quieto —le dijo suavemente, de modo que el tono de su voz fuera ligeramente más bajo—. Nunca he hecho esto antes, excepto a mí mismo cuando Sharon está demasiado ocupada.
Leo asintió, sin decir nada mientras Elliot colocaba algo de labial negro sobre sus labios, haciéndolo lenta y gentilmente. El pelinegro trató de no reírse por la cara de concentración que el artista circense estaba haciendo.
—Oh, sobre tu pregunta anterior —dijo éste, rompiendo el silencio, incluso cuando sus cejas permanecían fruncidas—. Si, Sharon lo hace. Toma cuchillos, vidrio…cualquier objeto filoso que pueda encontrar…y se mutila alguna parte del cuerpo: los dedos, una mano, las piernas…pero a diferencia de mí, ella puede hacer crecer esas partes de nuevo. Regeneración.
Los ojos de Leo se ensancharon por un segundo. Tenía que admitirlo, había visto demasiadas cosas extrañas y espantosas en su vida antes, una de ellas sentada justo frente a él, pero nunca había oído de una persona capaz de hacer crecer partes mutiladas de sí misma nuevamente. Pensándolo de nuevo, Leo podía recordar algunas manchas rojo oscuro salpicando el dobladillo del vestido de Sharon. Aparentemente, ella había intentado esconder la evidencia de que mutilaba sus propias extremidades.
La sensación del pulgar de Elliot rozando la esquina de su boca trajo a Leo de vuelta al presente, en el cual el rubio estaba maquillándole cuidadosamente para la función de esa noche. Él se movió lentamente, clavando sus ojos en los labios del pelinegro con una mirada que Leo no estaba seguro de poder clasificar más como simple concentración. Sus ojos se encontraron y Elliot parpadeó sorprendido. Con esa misma rapidez, se volvió, aclarándose la garganta.
—Xerxes lo odia pero, después de un tiempo, creo que dejó de pedirle a ella que se detuviera —dijo Elliot, colocando el labial de vuelta en el cajón. Volvió a mirar a Leo, examinándole. —No quiero arruinar tus ojos con maquillaje…¿Quizá sólo dibuje algunas marcas en ellos?
—Puedes hacer lo que quieras. Dudo que a la audiencia le importe que tan lindo me vea —dijo Leo con sarcasmo.
—A mí me importa —soltó el rubio con brusquedad. El abrupto silencio que siguió, demostró que Elliot había caído en cuenta de lo que dijo y estaba enormemente avergonzado por ello. Repentinamente, no parecía poder permanecer quieto, revolviendo a través de los cajones y tirando de sus puntadas. —Purpurina dorada. Eso estará bien. —Sacó un tarro de purpurina y sumergió sus dedos dentro, pasándolos suavemente por las mejillas de Leo y salpicando un poco sobre sus labios.
—Si pones suficiente maquillaje sobre ti, te ocultas en la pintura y purpurina, máscaras y campanillas —comenzó el rubio en un murmullo ronco—, entonces, algunas veces se siente como si ellos no estuviesen ridiculizándote a ti, sino a otra persona. Me he acostumbrado a ello, así que ahora el maquillaje es sólo un hábito, supongo.
—Estás mejor sin él —confesó Leo. Volvió su cabeza cuando Elliot terminó para examinarse en el espejo. Observó dentro de los pozos oscuros que eran sus ojos, púrpuras como la sombra de una luna envenenada…destellando como si ya hubiese purpurina dentro de ellos. El repentino criterio de comparación hizo a Leo concientizarse de sí mismo.
Fue hacia el cajón ligeramente abierto y miró dentro de éste, sacando una pequeña brocha rota del interior. La pintura líquida variaba ahí, dentro de pequeños tarros, y Leo tomó una que encontró de un tono cercano al de los ojos de Elliot. No sabía porque estaba repentinamente obsesionado con todo ese azul. Una sonrisa se formó en sus labios cuando Elliot enarcó una ceja, evaluando las acciones del pelinegro.
Sin decir nada, destapó el tarro y sumergió dentro la brocha rota. Se volvió hacia el rubio y sujetó la punta sobre su sonrosada mejilla. Lentamente, intentando que su mano no temblara, pintó un triángulo invertido debajo de cada uno de los ojos de Elliot.
—Festivo —dijo el artista circense con sarcasmo mientras Leo rociaba algo de purpurina sobre su cabello, un poco quedando sobre la pintura fresca y sus rubias pestañas. —¡Ten cuidado con eso!
—Cierra la boca y disfruta el tratamiento, tú idiota malagradecido.
—Tú eres el único malagradecido, porque parecer ser que no valoras tu vida.
—Podría haber jurado que dejamos las amenazas…—Sintió la mirada de Elliot sobre él tan certera, como si le hubiese tocado físicamente. El rubio también le estaba mirando a los ojos.
—¿Crees que podrías dejar de usar tus gafas desde ahora? —le sugirió, ladeando la cabeza—. ¿Quizá no tener tu cabello cubriendo tu rostro todo el tiempo?
Leo sacudió la cabeza, y algo de purpurina cayó sobre su ropa oscura. —No estoy seguro. La persona con la que vivía antes de llegar aquí…me dijo que siempre las tuviese puestas. Estoy empezando a ver el por qué. —Alzó sus manos y, uno por uno, se quitó los pasadores, dejándolos sobre el tocador. Su cabello cayó de nuevo sobre sus ojos. —Estoy acostumbrado a que las personas no me vean. Supongo que eso me hace sentir invencible. Se puede decir que es mi propio tipo de maquillaje, como el que ustedes tienen.
Elliot le dedicó una larga y significativa mirada. Esto sobresaltó a Leo porque no podía recordar a Elliot mirándole alguna vez con tan calmada intensidad, y rápidamente se dio cuenta de que no tenía idea de cómo lidiar con ello. Torció los labios en una mueca enfadada, girando un poco la cabeza pero aun manteniendo contacto visual. —¿Vas a parpadear en algún momento? —dijo, ocupándose en devolver la pintura.
—Lo siento —dijo Elliot rápidamente, bajando la mirada hacia sus labios pintados de negro. Frunció el ceño, como si se preguntara por qué se estaba disculpando en primer lugar. Soltó un largo suspiro. —Yo sólo…estaba tan…equivocado. —Dejó escapar una risa ahogada mientras colocaba una de sus manos sobre su frente—. Eres como nosotros.
Leo se estiró y metió sus gafas dentro del bolsillo de sus pantalones muy cuidadosamente. —¿Cómo lo sabes? —preguntó, asombrado.
Elliot se puso de pie y se dirigió al exterior a través de las solapas de la tienda. El frío aire del atardecer les saludó afuera, pero el artista circense no tembló en lo más mínimo. —¿Lo sabías? ¿Que todos nosotros nacemos con algo perdido? —preguntó él, pero Leo no podía decir si era retórico o no. El rubio siguió hablando de cualquier forma. —Es lo que Vanessa siempre me decía, para tranquilizarme durante esas noches cuando no podía dormir. Sin embargo, no supe a qué se refería hasta que conocí a Lacie.
Leo aguzó el odio ante el nombre. Lacie. A quien tendría que vigilar a partir de ahora. ¡No debería estar alrededor de Elliot en ese momento cuando tenía una investigación que completar en menos de dos días! Aproximándose al tema tan casualmente como pudo, preguntó—: ¿Siempre estuviste con ella?
—Ella llegó al circo sólo unos meses después de que yo lo hiciera, cuando tenía más o menos seis años. Eso fue cuando mi familia descubrió que no podía morir y Vanessa era más alta que el techo. Lacie no tenía amigos. No hablaba con nadie. En todo caso, parecía ser demasiado ensimismada. —una pequeña sonrisa bailó sobre sus labios—. Eso fue antes de que Oz y yo fuésemos sus amigos.
Oz y Elliot. Ambos tenían una relación cercana con Lacie, más que cualquier otra persona en el circo. Durante el desayuno, ella había estado sentada al otro lado de Elliot, levantándose únicamente para conversar con Oz. Leo la había notado sólo vagamente. Ella estaba tan separada del resto…¿Por qué?
—¿Y…sus ojos? Oz me contó sobre ellos. ¿Ya estaban así, o Yura le hizo algo?
—No sé qué habría hecho si hubiera sido él quien le hizo eso —respondió Elliot, sus ojos estrechándose y sus dedos curvándose en puños—. Yo…yo probablemente…—Su cuerpo entero temblaba, una terrible mueca en su rostro presentándose, amenazadora.
Leo conocía muy bien el sentimiento quemando en su pecho. Lo mismo pasó cuando pensó en lo que el Dr. Atmore haría a los otros Baskervilles, su familia; o cuando Elliot le dijo que había permitido que Yura lo tocara, lo ultrajara…
—¿Lo matarías? —ofreció con voz ronca.
Abruptamente, Elliot hizo una parada delante de su vagón, su mano suspendida a unas pulgadas de la manija de su puerta. Sus dedos se curvaron, vacilando, antes de tocar de nuevo su palma, un puño que golpeó sordamente a su costado. —No me importa lo que esas personas digan sobre nosotros. No somos peligrosos. Somos humanos. Nunca…en mi vida… —Se inclinó hacia adelante para descansar su cabeza contra la puerta, y Leo se quedó mirando su espalda desnuda. —Nunca he asesinado a nadie.
—Yo lo he hecho. Muchas veces —dijo Leo, impasible. Volvió a pensar en todas las veces que atravesó personas usando a Jabberwocky, cuantas veces se deshizo de una nueva Cannibal Marionette. Pensó en el Dr. Atmore, aquellos doctores…—Y no sólo a aquellos monstruos. Personas también.
Elliot se precipitó a dar la vuelta, y la purpurina voló por todas partes. —¿Por qué me dirías algo como eso?
—Dijiste que confiabas en mí. Yo debo confiar en ti también. Ese es mi secreto: he asesinado personas. Por muchas razones, algunas no muy claras para mí. —Parpadeó, avanzando lentamente para recargar su espalda contra el carro azul. Se cruzó de brazos, reflexionando. —El sentimiento…las primeras veces, fue horrible. No quería hacerlo. Pero tenía que, de otra forma habría sido asesinado. «No quiero morir», una vez que tengo ese pensamiento, el resto es automático. Matar o morir. Lo superé. No me fue tan difícil. ¿Sabes por qué?
Lentamente, Elliot negó con la cabeza. Sus cejas arrugándose por en concentración, toda su atención en el pelinegro. La mirada en sus ojos no era juiciosa, sin embargo.
Él se inclinó, observando a través de su flequillo al artista circense. —Muy en el fondo, ha estado esta locura devorándome por años. Quizá toda mi vida. No importa. Cada vez que asesino, esa locura devora más de mi mente, y me hace disfrutarlo. —Una sonrisa que no le pertenecía bailó en sus labios.
—Me gusta asesinar ahora, Elliot. —Su sonrisa se amplió sólo un poco más—.Lo adoro. Hace que mi corazón se acelere. Me hace sentir vivo. Acabar con una vida es tan fácil, porque soy bueno separando el alma de la carne. Una risa. Una mano sobre sus ojos mientras apretaba su estómago. La risa vibraba por todo su cuerpo, y la locura se carcajeaba dentro de él, gritos altos resonaban en su mente y su voz, ahogándolo.
—Abyss…Oh, Abyss… —Se deslizó hacia el césped muerto, chillando, sus uñas clavándose en su rostro.
Elliot estaba a su lado en un segundo. —¡Leo!
—Quiero asesinar a alguien. ¿Crees que otra CM aparezca esta noche? ¡Eso espero! —exclamó Leo alegremente, balanceándole hacia adelante y hacia atrás. No podía sentir a Elliot sujetando sus hombros, era como el ligero toque de una ilusión—. Asesiné a una mujer y un niño pequeño ayer. Oh, ellos sabían cómo gritar, incluso cuando eran esos monstruos. Los gritos son importantes ahora, Elliot, de otra forma no vale la pena el esfuerzo. No es tan divertido ¡No tan divertido!
La sensación de su mejilla siendo desgarrada le despertó súbitamente. Cuando su mente finalmente volvió en sí, estaba tirando sobre el pastó, el mundo de costado. Elliot estaba arrodillado a su lado, su respiración pesada. Le echó un vistazo, sus mejillas ardiendo por el sentimiento de ser golpeado. La vergüenza quemaba su interior cuando finalmente se atrevió a buscar en los ojos azules observándole.
—Yo…yo estoy tan…—retrocedió. Oh, Abyss. Glen le advirtió no perder el control. Pero todo lo que él hizo fue hablar sobre asesinatos…¿Era tan fácil hacerlo estallar ahora? ¿Qué tan estable era? Sacudió la cabeza.
El extraño siempre había sido él.
—No —dijo Elliot con voz firme y fuerte—. Está bien. Estás bien. Tú estás bien. Te saqué de ello.
Un sonrojó tiñó de rojo el rostro de Leo. —Gracias.
El rubio sacudió la cabeza, un suspiro de alivio dejándole. Su expresión se suavizó y ayudó a Leo aponerse de pie. —Es muy gracioso. Lacie se pone igual que tú a veces.
—¿Qué?
Elliot apartó la mirada hacia el vagón de Lacie. —No me gusta hablar sobre esto, especialmente cuando es sin permiso de Lacie, pero ya que eres parte de The Clockwork Circus ahora, eventualmente te darás cuenta. —Detrás de él, a la distancia, el sol comenzaba a asentarse y todo se convertía lentamente en un brillante, brillante rojo. Un montón de actividad se llevaba a cabo en el interior de la carpa principal, el resto de los fenómenos arremolinándose dentro y fuera.
Elliot se movió más cerca, dedicándole a Leo una mirada impávida. —El exterior de Lacie no es su único problema. Hay algo mal en ella también en su interior. —Sus manos pasearon por su garganta, frunciendo profundamente el ceño, pero aún sin cortar contacto visual con el pelinegro. Leo no podía apartar la mirada tampoco, no cuando Lacie estaba siendo mencionada.
—Cada cierto tiempo, un apetito extraño domina su cuerpo. Ella siempre trata de combatirlo, pero…—Elliot sacudió la cabeza—. No puede hacerlo por mucho tiempo. Ella nunca asesina personas, al menos sí lo hacía, ya no más. Así que cuando está hambrienta, hacemos que Sharon venga, gracias Abyss por su generosidad. Ella se mutila alguna parte del cuerpo y se la da a Lacie. Y luego Lacie…ella come la piel, toda la carne y las venas, todo hasta el hueso. Oz y yo…no podemos dejar que el señor Yura sepa de esto. Nunca permitiría un caníbal como ella. La mataría, o peor, abusaría más de ella…
Los ojos de Leo estaban bien abiertos. —Lacie es…caníbal…
—Ella sabe lo que es eso, o por lo menos cómo es ese tipo de deseo violento —Elliot intentó aclararlo, ahora enredándose con sus explicaciones—. Por favor, no la juzgues. No es su culpa. No sé qué está mal dentro de ella, pero le ayudaré como sea que pueda. Oz y Sharon, también. O cualquiera en el circo.
—¿Qué quieres decir con su interior?
Los ágiles dedos de Elliot se movieron hacia su pecho desnudo, deteniéndose en el centro. —Quiero decir, Lacie no tiene un corazón. Nunca lo he visto físicamente, pero…—Una expresión triste desgastósu semblante—. Ella siempre está helada. No tiene pulso. Si presionas una oreja contra su pecho, no escucharás o sentirás nada. Pero no creo que ella haya nacido de esa forma. Sharon me dijo una vez…que la piel sobre el lugar donde debería estar su corazón…está completamente llena de cicatrices.
—¿Cómo es que está viva? —susurró Leo.
Ante esto, el rubio se encogió de hombros. —¿Cómo es que cualquiera de nosotros está vivo? —añadió amargamente, tocando sus suturas.
Era imposible. Lacie no estaba muerta y no se comportaba para nada como una Cannibal Marionette lo haría, a pesar de lo que Elliot dijo que ella no tenía, literalmente, un corazón. ¿Podría ella en realidad ser sólo una pobre chica invidente con el interior retorcido? Leo estaba escéptico a la idea, pero ella había sido su enlace para obtener más información desde el interior. Los demonios no tienen ese tipo de deseos por la carne; ellos no la comen. Todo lo que les preocupa son los corazones. Pero Lacie no ha matado a nadie, o se ha comportado como una CM. Tampoco como un demonio o monstruo.
—No entiendo cómo se siente…tener tu mente dominada por algo que no puedes controlar. No sé lo que significa esa especie de locura —admitió Elliot, bajando la mirada—. Pero creo que Lacie sabe por lo que estás pasando. Así que, si alguna vez necesitas hablar al respecto, deberías ir con ella.
Una oportunidad. Y Leo iba a tomarla. —Creo que lo haré —concordó. Una sensación incomoda se instaló en su estómago. No podía creer cuán fácilmente las palabras salieron de su boca, cuán práctica se volvió su lengua indagando las respuestas que buscaba. Este papel, que había estado tomando por años durante misiones encubiertas, era como un atuendo que usaba a menudo, tan a menudo como se ponía la chaqueta de Pendulum. Lacie era alguien importante para Elliot, y su misión era exponer su afiliación con el demonio. Elliot ni siquiera sabría que estaba siendo manipulado hasta que Lacie estuviera muerta y Leo se hubiese marchado.
Elliot sonrió, una sonrisa pequeña que aun así aminoró la culpa de Leo. Asintió con aprobación y se puso de pie. —Estarás bien. Nosotros estamos aquí. —Se inclinó y presionó sus labios contra la frente de Leo, enredando sus dedos brevemente en su anudado cabello negro. Retrocedió. —Yo estoy aquí —se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la carpa principal, prometiendo regresar en un minuto.
Inmediatamente, fue como si un nuevo tipo de locura estuviera desgarrando a Leo, excepto que ésta estaba arañando su camino hasta su corazón. Y como toda locura, se sentía tentadoramente bien.
Leo se instó a ponerse de pie, sacudiendo el polvo de sus pantalones. Rápidamente, pensó en cómo estaba traicionando a Elliot. Y justo así, la locura se enfurruñó profundamente dentro de las partes más oscuras de su ser. ¿Cuántos tipos de locura había ahí y cuántos de ellos eran buenos?
El viento agitó su encaje y cabello. La purpurina siguió quedándose en sus ojos mientras caminaba hacia el vagón de Lacie. Esperaba encontrarla ahí. Si las cosas quedarían resueltas ese día, era mejor hacerlo en privado, lejos de todos los demás que estaban ocupados preparándose para la función. Él lo terminaría allí. Iría rápidamente por Lily y Echo, y se marcharían.
Pero todo eso sería únicamente si Lacie podía darle respuestas.
«Un, dos, tres,
Soy una muñeca, una muñeca mecánica
Dame cuerda, entonces comenzaré a moverme~» [1]
Leo dejó de caminar ante el sonido de la voz de Lacie, melodiosa y libre. Estaba más cerca de lo que pensó, o quizá simplemente era que su voz estaba siendo acarreada fácilmente por el viento otoñal. Pieza por pieza, nota por nota, sus oídos y mente escuchaban sus palabras, intentando registrarlas…¿Qué era esa extraña sensación en su pecho?
«Lu~lulu lululu lu~lulu,
La~lala lalala Ah~ah,
Baila, baila, hasta que este cuerpo se decaiga.
¡Baila, baila, hasta que este cuerpo se decaiga!»
Esta canción…¿Por qué le resultaba tan familiar? ¿Dónde la había escuchado antes? Esas palabras…
«Con flexibles articulaciones,
La pasión de mi amo me hace caminar~»
Las hojas crujían bajo sus pies mientras retrocedía un paso, pero eso no detuvo a Lacie de cantar. Ganando compostura, Leo caminó hasta su carro, extendiendo la mano para deslizar las puntas de sus dedos sobre la pintura descascarada. Ésta arañó su piel, cortándole.
«Lu~lulu lululu lu~lulu
La~lala lalala Ah~ah
Baila, baila, hasta que este cuerpo se decaiga.
¡Baila, baila, hasta que este cuerpo se decaiga!»
La ventana estaba abierta para husmear al interior pero, incluso más interesante, fue el que Leo viera la puerta entreabierta. Se dirigió hacia ella, echando un vistazo dentro. Lacie estaba ahí, recostada en el suelo y mirando hacia el techo. Sus manos estaban extendidas delante de ella, las puntas de sus dedos desplegados hacia el cielo y sus caderas balanceándose. Su venda estaba sobre sus ojos, pero sin atar. Entre más ella se movía, ésta más se deslizaba de su rostro. Sus manos y dedos se agitaban a través del aire, como si estuviera dirigiendo algún tipo de hechizo con sus palabras.
Justo como las melodías en el piano de Glen.
«Soy una preciosa muñeca, una muñeca mecánica.
La pasión de todos hace que me mueva.
Eventualmente nuestra cuerda se detiene, muerta.
Inmóviles muñecas caen dormidas~»
Un escalofrío se clavó en la columna de Leo cuando Lacie lentamente dejó caer sus brazos, sus articulaciones desmoronándose como dos flores marchitas. Con el tiempo, sus brazos se doblaron frente a su pecho como si ella estuviese acunando algo, como si un bebé fantasmal estuviera abrazándola y ella estuviese cantándole para dormir.
Lacie se estiró de nuevo, tan repentinamente que sus brazos permanecieron rectos. Sus palabras se detuvieron abruptamente, dejando un espeluznante silencio. Luego sus extremidades cayeron al suelo con pesadez y ella se recostó casi como un cadáver delante de él. Lentamente, ella giró su cabeza, sus largos mechones de cabello, abismalmente negro, crujiendo contra su venda que cayó en una especie de montón sobre el suelo y alrededor de su cuello. Mirando hacia él estaban dos agujeros, los parpados arrugándose donde el globo ocular normalmente sobresale.
—Tú no eres Oz ni Elliot —declaró ella en un hilo de voz.
—Soy Leo —confirmó el pelinegro con un asentimiento de cabeza, sabiendo muy bien que ella no podía verlo pero aun así pareciendo educado.
—Perdona mi desconfianza. La ceguera me hace difícil vivir. Me gusta estar entre lo que resulta familiar para mi —dijo Lacie, volviéndose hacia el techo de su carro—. Es por eso que me quedó aquí. Y canto porque eso llena el aire y me hace sentir segura cuando no hay nadie conmigo.
Los escalones a su carro crujieron mientras Leo se acomodaba en ellos, esperando ser invitado al interior. —Tengo personas así, también. Esto es lo máximo que he estado con otras personas a excepción de Lily y Echo —confesó. Y era verdad. Él nunca había tenido mucho contacto a largo plazo durante una misión encubierta, cada encuentro duraba tanto como lo que conoció al Dr. Atmore. El circo estaba dándole muchas primeras veces.
—¿Qué era esa canción que estabas cantando? —se encontró preguntando. Parpadeó sorprendido ante el sonido de esto dejando su boca.
—Una canción de cuna —respondió ella con una ambigua sonrisa—. Una que solía cantarle a alguien.
—¿Tu amigo de la caja musical? —propuso. Cuando ella se volvió bruscamente hacia él, añadió—: Oz me lo dijo cuando tocabas tu caja musical la noche anterior. —Mientras hablaba, se permitió echar un vistazo alrededor del carro. No había mucho dentro, salvo por un baúl que, estaba seguro, estaría lleno de ropa. Un reloj de bolsillo descansaba entre los pies desnudos de ella, la cadena envuelta alrededor de su tobillo. Sobre una de las esquinas estaba un objeto rectangular cubierto por una sabana púrpura. Leo frunció el ceño al verlo; seguramente era algo digno de mención…
Lacie de pronto apartó su atención de nuevo hacia sí misma. —Si, es lo que este reloj de bolsillo es. Él me lo dio. Es la última cosa que me dio.
—¿Tu amigo murió? Lo siento.
Fervorosamente, Lacie sacudió su cabeza. —No, no está muerto. Sólo…esperando.
Los ojos de Leo viajaron de vuelta sobre el objeto cubierto ahora que ella estaba distraída de nuevo. Casi tan pronto como lo hizo, escuchó los latidos de su corazón en los oídos. O al menos pensó que eran suyos porque el sonido era tan alto que no podía decir de dónde provenía. Lacie aún estaba tendida sobre el suelo.
Sopesando sus acciones, él preguntó lentamente—: ¿Puedo entrar? Sé que no te agrado, pero–
—¿Cómo sabes eso?
—Elliot me lo dijo.
Ella tarareó, pero había evidente sospecha en su tono. Se puso de pie y se dirigió hacia el objeto cubierto, recargando su espalda contra este. Recogiendo sus piernas, ella señaló—: Adelante.
Intentando con todas sus fuerzas no mirar hacia las cuencas vacías de sus ojos, Leo trepó dentro. —Elliot…me dijo sobre ti, ya sabes. Sobre lo que estás pasando.
Sus labios temblaron, y ella giró la cabeza hacia otro lado. —El hermano Elliot se está volviendo un poco, demasiado parlanchín —dijo con voz temblorosa.
—Él dijo que podríamos llevarnos bien —añadió el pelinegro para tranquilizarle.
En su lugar, esto pareció atraer el efecto contrario a la situación. —¿Y cómo concluyó eso? —preguntó Lacie, enarcando una ceja, una acción que sentaba mal a su rostro sin ojos. Su voz era suave, sin embargo, insegura aunque sonaba como si hubiese un rastro de esperanza.
Pero de ninguna maldita forma él le dejaría saber sobre lo que le dijo a Elliot. Sólo entonces él había expresado sentimientos que jamás había puesto en palabras antes, sin importar cuán inevitables y obvios hubiesen sonado. La única otra persona que adivinaría siquiera que semejantes cosas existían dentro de la mente de Leo era Glen. No iba a permitir que Lacie supiera de ello, incluso si tenía que matarla al final.
—Solía conocer a alguien que también hacía música —dijo Leo casualmente, dejando a Lacie saber que estaba iniciando una nueva conversación—. Aunque no cajas musicales. Pero él tocaba para mí en el piano cuando era pequeño. He estado intentando aprender yo mismo desde hace algunos años.
—No vas a encontrar ningún piano por aquí, sin embargo —suspiró Lacie, presionando la parte posterior de su cabeza contra el terciopelo púrpura—. La música no existe aquí. Excepto por aquellos riéndose de nosotros. Excepto para sus susurros. Cantar hace que se marchen.
Leo no necesitó preguntar a qué se refería. Para Lacie, quien no podía ver, el mundo exterior era incluso más aterrador, lleno de personas que querían atormentarla pero a los que ella ni siquiera podía ver. Por una fracción de segundo, Leo casi sintió pena por ella. En ese momento, ella estaba bloqueando el acceso hacia la figura rectangular, así que él decidió sentarse en la esquina adyacente a éste. Le echó un buen vistazo antes de mirar a Lacie. —¿Qué es eso que está detrás de ti?
Ella se crispó visiblemente. Un nervio. Un indicio. —Una cosa que alguien me dio hace mucho tiempo. Estoy cuidándole en su lugar.
—¿Un cadáver? —bromeó el pelinegro con una pequeña risa.
—No —dijo Lacie inexpresiva—. Pero debo cuidarle. Es difícil cuando eres invidente, pero es por ello que permanezco aquí. Conozco todo lo que me rodea. También es por ello que sabía que estabas justo afuera del carro.
—¿Es algo importante para ti? —Al principio, Leo pensó que quizá había sido demasiado brusco y Lacie sospecharía de él. Como sea, su tono sonó lo suficientemente considerado para hacerlo pasar por una pregunta curiosa, y ella no demostró resentir la pregunta.
Su voz fue suave, un sueño fugaz bordeado por garras sangrientas, mientras ella murmuraba—: Si no fuera importante, no habría de ser hurtado en primer lugar. —Ella dirigió los agujeros que eran sus ojos hacia él, y Leo casi estaba asustado de captar un vistazo de algo dentro de aquellas cuencas vacías. Ellas amenazaban con jalarlo dentro y arrastrarlo hacia la desconocida profundidad de un infierno abismal y encerrarlo para siempre, lejos de la luz, porque los inquietantes agujeros eran demasiado oscuros. Teniendo la oportunidad, no había duda en la mente de Leo que ella le mataría. Tenía la habilidad de hacerlo, con o sin ojos.
Había algo realmente fuera de lugar con esta chica.
Con el corazón latiéndole violentamente, Leo preguntó—: ¿Cuál es su nombre?
Sabiendo que se refería al creador de la caja musical, Lacie respondió—: Jack. Sólo Jack. —Ella se movió, su vestido crujiendo pero su rostro mirando todavía hacia él. —Creo que es gracioso, cuanto me produces la misma sensación que él. Y eso también me desconcierta —hizo una pausa—, que pareciera que estás escondiendo algo dentro de ti.
Hubo un resonante estruendo, seguido por el sonido de arañazos contra metal y aleteos, como alas batiéndose. Sobresaltado, Leo buscó alrededor el origen del repentino disturbio. Una sombra cayó sobre los dos, una sombra que pertenecía a un enorme murciélago revoloteando justo afuera de la ventana enrejada, tratando de entrar. Su envergadura era del largo del brazo de Leo, y tenía goteantes colmillos y enormes ojos negros. Un chillido, como un resonante grito, desgarraba desde su garganta.
—Leeeeeeo Baaaaskervilleeee...
La forma provisional de la guadaña de un demonio. Sus ensanchados ojos purpura medianoche se encontraron con el destello demoniaco de las pequeñas y brillantes orbes del murciélago, y supo este hecho inmediatamente. Corrió para colocarse delante de Lacie, protegiéndola de la enorme bestia, incluso si su mirada lo seguía únicamente a él, incluso cuando chillaba su nombre de nuevo. Sin perder un sólo segundo, el murciélago siseó y se alejó volando, dejando detrás un horrible olor a podredumbre.
—¡Espera aquí! —dijo a Lacie mientras saltaba fuera del vagón. Tan pronto como sus pies tocaron el suelo, echó a correr, siguiendo el pútrido olor que lo llevó hacia el bosque.
No. No escaparas. Esperó hasta que estuvo en la orilla del bosque antes de invocar y montar a Jabberwocky. Un rastro de ramas rotas y arboles destrozados fue dejado tras el paso del murciélago. Cada cuanto, éste gritaba su nombre, incitando a que escalofríos reptaran por su piel.
¿A quién le pertenece esta guadaña? Seguramente si la seguía, le guiaría al demonio. No había duda en su mente de que sería el mismo demonio que estaba manipulando el circo.
Un último estallido y crujido de madera se escuchó como un latigazo antes de que todo quedara silencioso. Leo redujo la velocidad de Jabberwocky, tocando ligeramente el suelo con sus pies. El aire se sosegó y el tiempo pareció congelarse. No había ningún sonido, salvo por débil crujir de las hojas que de pronto parecían encerrar susurros. Sus frías manos sujetaron la correosa piel del mango de Jabberwocky, sintiendo la vida de su guadaña, la única otra presencia que podía sentir. Revoloteó lentamente hacia donde el camino de destrucción había terminado. Las ramas encima de él estaban ilesas, lo que significaba que no había salido volando.
Entonces debió haber regresado a ser una guadaña…Y si ese era el caso, entonces ¿dónde estaba el demonio? Leo desmontó a Jabberwocky y golpeó el extremo de este contra el suelo. Sus sentidos se agudizaron, miró alrededor, manteniendo sus oídos alerta mientras esperaba…esperaba…
—Leo Baskerville —llegó un acechador susurro, pareciendo provenir de todas direcciones. Era definitivamente masculino, pero no podía recordar si ya había escuchado esa voz o no, el tono se ocultaba en susurros estáticos. —He sido indulgente contigo y los otros hasta ahora. Sé por qué estás aquí y sé que no te irás hasta que uno de nosotros esté muerto.
—Supongo que no vas a salir de tu escondite —declaró el pelinegro, un marcado tono de molestia en su voz. Alzó la mirada hacia el ojo de Jabberwocky que giraba en cada dirección dentro de su cuenca, intentando localizar la presencia. —Y se me ha dicho toda mi vida que los demonios tienen un fuerte sentido de orgullo. Parece cobarde de tu parte el matarme mientras te ocultas.
—No tengo miedo de matarte —prometió el demonio con convicción—. Y lo haría frente a frente. Podríamos pelear hasta la muerte justo aquí. —Hubo una pausa antes de que la voz declarara llanamente—: Pero no voy a hacerlo. No está dentro de mis intereses y es muy innecesario.
Leo caminó lentamente alrededor del bosque, aún buscando pero sin éxito. El maldito demonio se había camuflado muy bien, aunque él realmente no debería haber esperado menos. Rebuscó en su memoria, tratando de recordar todas las cosas que Glen le había dicho sobre los demonios: que eran astutos, que eran leales únicamente a sus propios intereses, y que entre más corazones consumieran, más fuertes eran. Todos principios que no le eran de ayuda ahí.
Nunca he peleado contra un demonio antes. Por un momento, consideró enviar a Jabberwocky para traer a Echo y Lily, pero sabía que no duraría mucho sin su guadaña.
—¿Cuáles son tus intenciones con el circo? ¿Por qué estas convirtiendo personas en Cannibal Marionettes? —su tono era firme, demandante. Eso estaba bien, así el demonio no sospecharía cuan mortificado estaba por dentro. El ojo de Jabberwocky finalmente se detuvo y Leo trituró a través de las hojas en la dirección que su guadaña señaló para él.
Los demonios venían en muchas formas. Glen le dijo que en el mundo humano era más conveniente para ellos usar un rostro humano para mezclarse. Aquello no significaba que estaría viendo a una persona si la infernal criatura se revelaba a sí misma. Aun así, Leo prometió tomar a quien sea y lo que sea como un enemigo. En caso de duda, asesínalo todo, venía resonando oscuramente en su mente.
El demonio finalmente respondió—: Estoy ayudando a cumplir un sueño —dijo suavemente, como si estuviera en trance—, para quien me diese un propósito. Haré lo que sea para proteger ese sueño. Y estoy haciéndolo todo para que se haga realidad. Asesinar humanos es un precio demasiado pequeño para verlo realizado, y es muy necesario.
—Divides decisiones entre lo que es y no es necesario. Esa es una mentalidad muy pobre, ¿no lo cree, Señor Demonio?
—Severo, pero justo —se resignó éste—. Aunque tú puedes decir lo que quieras. Yo tengo una agenda justo como todos los demás.
Leo se estaba acercando, lo supo mientras sentía cierto zumbido en el aire. Esto hacia a su pecho estremecerse y su corazón temblar, con el peligro de romperse. El aire se sentía pesado, como si una invisible sábana de oscuridad se hubiera materializado y le cubriera. Casi lo sofocaba al respirar, pero él presionó una mano en su nariz y rostro, y siguió adelante.
—Bueno, me temo que tus planes conflictuan con los míos. Me preguntó: ¿qué podemos hacer al respecto?
—Estas indefenso, Leo Baskerville. Las células de demonio quizá te hayan otorgado ciertos poderes, pero éstos no son nada frente a lo que yo puedo hacer. Incluso con los otros que trajiste, sólo morirás inútilmente —declaró el demonio, tan llanamente que sonó aburrido, como si fuera un hecho que tuviera que repetir a menudo—. No importa cuántos de ustedes intenten acercarse a mí, todos tendrán el mismo final. Y no quiero que la cortina de ésta función caiga tan pronto. —Hubo una risita infantil entonces, una que hizo a Leo detenerse. Él había escuchado esa risa antes, ¿cierto? No, no podía ser…
Con un resuelto agarre sobre Jabberwocky, Leo murmuró—: "No me subestimes. He entrenado toda mi vida para matar. —Comenzó a caminar de nuevo, más y más cerca de la fuente de podrida oscuridad, del aroma a sangre, sexo y carne podrida…esto hizo a su mente girar, de modo que difícilmente captó las palabras que recibió en respuesta.
—¿Con un juguete robado? —inquirió el demonio con diversión—. No tienes ni idea de cómo usar una guadaña apropiadamente. Porque no es tuya en primer lugar. Tú la robaste. —La siguiente frase la dijo con tanta malicia que Leo se aventuró a adivinar que estaba sonriendo—: Y no creerás cuántos de los que están allá abajo adorarían desgarrarte miembro por miembro por eso.
La voz estaba justo en su oído y podía sentir al demonio tras de sí. Giró, deslizando a Jabberwocky a través del aire…
Pero lo que estaba frente a él no era lo que estaba buscando. El espacio delante suyo ondeaba como el agua, como si el escenario del bosque fuera una ilusión y, atrapados en su interior, vio rostros sombreados. Probablemente no habían pasado más de dos segundos desde que Leo se quedó congelado por la sorpresa, cuando la cacofonía de gritos y chillidos comenzó.
—PODRIDO PODRIDO HUMANO LADRÓN TE ATREVISTE A ROBARNOS TE CORTAREMOS DERRAMAREMOS TUS ENTRAÑAS Y TE DEJAREMOS PODRIRTE DELANTE DE NOSOTROS LO HAREMOS LO HAREMOS LO HAREMOS
La superficie líquida ondeó por todas partes, los rostros de los demonios se presionaban contra la fuerza invisible, sus rasgos amoldándose en la superficie como máscaras. Uñas y pesuñas, y garras y manos, intentaban alcanzarle, deseando su muerte. Podía saborear su deseo de sangre, tan agrio y viscoso como veneno.
—¿Lo sabías? —dijo el demonio de nuevo, su voz dentro de la cabeza de Leo para ser escuchada por encima de las otras—. Cada trece años, en la Noche de brujas, la línea entre los mundos del Infierno y la Tierra se adelgaza incluso más. Todo lo que se necesita es un pequeño empujón, y todos los demonios serán libres. Y después, supongo…todos morirán. —Como si fuera para ilustrar el punto, Leo fue repentinamente lanzado por una fuerza hacia adelante y dentro de la riña de demonios aprisionados.
—HUMANO QUE SE ATREVIÓ A ROBARNOS LADRÓN LADRÓN SERÁS TORTURADO MATAREMOS A TODOS LOS DE TU CLASE PODRIDO PODRIDO HUMANO
Leo cayó sobre las hojas muertas que cubrían el suelo del bosque, rápidamente gateando hacia atrás con Jabberwocky aún en su mano. Él estaba fuera de su alcance por ahora. Con un último chillido, el aire dejó de moverse, relajándose hasta que no hubo evidencia de lo ocurrido. Leo estaba respirando pesadamente, su corazón latiendo veloz. El sonido de un reloj de péndulo estaba marcando en su odio, incluso cuando no había ninguno cerca de él.
«¡Es casi la hora!», había declarado su sueño.
El cielo se había oscurecido mientras estuvo en su persecución, y ahora la luna era visible a través de la telaraña de ramas, alzándose más y más alto…
A la distancia, escuchaba voces, risas y música. El espectáculo estaba por comenzar. Sus oídos zumbaban con el sonido de relojes y corazones, y gritos. Leo quedó clavado en el suelo, demasiado tembloroso para moverse. Todo estaba vivo, y todo iba a matarlo. Cerró sus ojos fuertemente, queriendo alejar el sonido del reloj, pero este sólo fue reemplazado por el latido del corazón de alguien más.
—Casi la hora —murmuró él. La vida y la muerte estaban a su alrededor, contando las horas hasta que el caos y las pesadillas tomaran el control.
Mientras podía finalmente recomponerse, escuchó la voz del demonio una vez más, antes de caer dentro de las profundidades de la oscuridad—: Cuídate, Leo Baskerville. Porque, desde ahora, demonios y Cannibal Marionettes por igual iremos tras de ti y tu familia, y no tomaremos prisioneros, sólo mataremos.
oOoOo
Elliot y Oz estuvieron a su lado, algunos segundos después de que Leo se hubiese ido. El sentimiento de alivio en el pecho de Elliot, que se había construido cuando había estado con Leo, se evaporó tan pronto como sus ojos cayeron sobre el monstruoso murciélago que había atacado el carro de Lacie. Él y Oz no le habían alcanzado a tiempo antes de ver al pelinegro salir tras éste.
Más monstruos…¿Por qué esas criaturas vienen a nosotros?
Acunando a Lacie, quien estaba extrañamente calmada, admitió para ambos su peor temor—: No creo que el circo sea seguro ya. —No era que lo hubiese sido antes, pero todos esos accidentes y monstruos nunca habían aparecido antes. Algo estaba mal, muy, horriblemente mal.
Lacie no dijo nada, y simplemente murmuró—: No te preocupes, Elliot. Por favor, no lo hagas. Es casi la hora. ¿No estás emocionado? Es casi la hora.
Captando su extraño tono, Oz se inclinó, presionando su frente contra la de ella. —¿Crees que el apetito venga ésta noche? Ha estado…—dudó—, ha estado pasando con mayor frecuencia. Lo hemos notado, Lacie.
—Por supuesto que lo han hecho— replicó ella con una sonrisa torturada—. Los dos me conocen muy bien.
—¿Va a ocurrir esta noche, Lacie? —le urgió Elliot, tomando una de sus manos. Ella estaba fría como el hielo. Sin un corazón, nunca hubo calidez alguna dentro de ella. Elliot deseaba poder iluminar su interior como una vela para mantenerla cálida. Sobre el suelo, cerca de los pies de Oz, notó la tela plateada de su venda. Era extraño, porque ella difícilmente se la quitaba…
La cantante circense negó con la cabeza. —No. Estoy bien.
»Nunca he estado mejor.
oOoOo
Charlotte Baskerville no estaba del todo sorprendida de caminar por los pasillos de la mansión y no encontrar actividad alguna dentro de sus frías paredes. Sabía que el sol afuera no despertaría el deseo de nadie por levantarse. A veces pensaba que se debía al hecho de que todos ellos eran Crimson Fausts, y así ellos cargaban una parte de un demonio en su interior.
¿No era verdad que a los demonios no les gusta la luz?
Se dirigió hacia una de las pesadas cortinas cubriendo las altas ventanas ojivales[2] y las apartó ligeramente para husmear a través de ellas. Afuera estaba el bosque que crecía alrededor de la mansión, como algún tipo de pared natural. Y más allá, Pandora. El sol de la tarde era brillante incluso a través de las nubes invernales de un ligero gris mientras se hundía en el horizonte, hiriendo sus sensibles ojos.
Charlotte ajustó su concentración de modo que no estuviese viendo ya directamente al exterior, sino a su propio reflejo frio sobre el vidrio. Llevó una de sus manos a sus labios, deslizando su lengua ligeramente sobre ellos. Hace mucho tiempo, su demente padre vertió la sangre de un demonio en su taza de jugo, y se la dio a beber. Así fue como ella cambió.
Maldecida por mi propio padre. Charlotte no conoció a su propia familia por mucho tiempo como para recordarlos bien. Todo era simplemente un puñado de memorias que ella había acumulado de su brumosa infancia. Ella podría resentir al hombre que le había hecho esto todo lo que quisiera, pero nunca se sentía bien, lanzando la palabra "padre" así.
¿Qué era un padre? Seguramente, si Charlotte en verdad hubiese tenido uno, le hubiese importado el hecho de que la haya traicionado.
Luego el amo Glen la encontró, apuñalando a su propio padre hasta la muerte una noche.
Oh si…el amo Glen era su padre, ¿cierto? Ella sentiría ese escozor abrazador si él alguna vez hiciera algo en su contra. Por supuesto, había poco que él hiciera con lo que ella no estuviese de acuerdo. Todo lo que él hacía era perfecto ante sus ojos. Quizá fuera sólo mera reverencia hacia su salvador lo que ella sentía hacia él, hacia el oscuro hombre que no le hubo condenado con sus ojos o palabras, incluso cuando ella cometió asesinato frente a él, volviendo su vestido rosado de un oscuro rojo. De alguna manera, sin embargo, Charlotte sabía que no era exactamente así.
Sus mejillas se sonrojaron mientras pensaba en sus sentimientos. Quizá ella simplemente no estaba destinada a tener padres, pero estaba bien con ello. No los necesitaba para tener un propósito, tampoco para encontrar un lugar al cual pertenecer. Ese tipo de cosas fueron cubiertas en el momento en que ese enigma de hombre la acunó en sus brazos, como si fuese una frágil muñeca que ha sido lanzada una de tantas veces. Charlotte disfrutaba de ese sentimiento, aunque pareciera contradictorio a la personalidad con la que los otros estaban familiarizados.
Sus manos alisaron el formal vestido rojo brillante que usaba. Hoy en día, ella rara vez se arreglaba porque tendría que salir y viajar a algún lugar para exterminar Cannibal Marionettes. A Charlotte no le importaba el trabajo, porque el amo Glen lo deseaba, y siempre se veía de alguna forma aliviado cuando ella y los otros volvían de una misión completada. Eso era agradable también, el hecho de que alguien que le importaba estuviera esperando a que su ensangrentada forma regresara.
Así que se permitió usar el vestido esa tarde. Aplicó brillo a sus labios con una modesta sombra de rosa y recogió su cabello con horquillas de flores y mariposas en colores rojo y negro. Si lo pedía amablemente, se preguntaba si el amo Glen le permitiría pasar parte de la noche con él, quizá observarlo tocar como un dios etéreo en su piano, ver uno de esos alces de labios que se permitía muy rara vez…
Sonriendo suavemente para sí misma, Charlotte volvió la mirada al brillante orbe del sumergido sol. Éste golpeaba el bosque intensamente, ardiendo con su luz acogedora y prendiéndolo en llamas.
La expresión controlada de Charlotte se fracturó repentinamente. No, espera…¡No! Las cortinas volaron mientras ella se apartaba de la ventana y corría por el corredor, sus tacones golpeando pesadamente contra la alfombra.
—¡Amo Glen! ¡Amo Glen! —gritó alarmada, su voz repentinamente captando toda la atención en la mansión. Recogió su falda para correr más rápido, pensando en cuan inconveniente era mientras se dirigía al cuarto de su amo. —¡El bosque se está incendiando! ¡Algo anda mal, amo Glen! ¡Hay un incendio! ¡Un incendio!
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Anotaciones:
[1]"Ball-Jointed Dolls" por Hatsune Miku y MEIKO. La traducción al inglés de ésta canción pertenece a motokokusanagi2009 en youtube.
[2]La ventana ojival, o apuntada, es un elemento arquitectónico originario de la arquitectura islámica y presente en la gótica, que se caracteriza por ser bastante delgada y terminar en punta.
N/T: De acuerdo, creo por esta vez sí que me he pasado…pero el mundo real demanda cada día más de mí y ha tomado como hobbie arrojarme a la cabeza cosas con más peso del que me siento capaz de soportar…
Como sea, ya estoy de nuevo en la escuela y empiezo a hacer huecos en mis horarios para poder andar rondando (me sorprende que las vacaciones no me hayan rendido para nada ¬.¬). Una disculpa por la larga espera. No prometo no volver a hacerlo porque como dicen: "Uno pone y Dios dispone". Espero que me entiendan un poco. Intento recuperarme.
También sé que tengo por ahí un par de personitas (Shadechu Nightray y JinxyTaiga) a las que les debo replicas de MP. Prometo ocuparme de ello en lo que va de esta semana. ^v^
Como siempre, y antes de despedirme, quiero agradecer a todos los que leen, comentan, agregan a favoritos y siguen esta traducción. ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Son todos tan geniales!
¡Un saludo y hasta la próxima~!
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Editado: 03/12/2016
