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Advertencias: Gore, locura, lenguaje inapropiado y cosas oscuras. Descripciones gráficas. Muerte de personajes. Menciones de abuso. La traductora y sus horrores ortográficos…


Acto X: Pumpkin Lanterns and Clow

(Lámparas de calabaza y payaso)

Clavó el bastón que sostenía su linterna junto al que pertenecía a su gemela. Hermana, ¿estás arrancando las cabezas de los cadáveres de nuevo?

Había dos cuerpos fríos (y bastante muertos) junto a los pies desnudos de su hermana, uno de ellos cuya cabeza ya le había sido arrancada. Su corto kimono gris se deslizo más allá de sus muslos de alabastro mientras ella se colocaba a horcajadas sobre su siguiente víctima, su machete elevado en una postura profesional.

—Tenía mis ojos puestos en estos dos desde hace un tiempo —confesó ella con una sonrisa siniestra—. Tienen unas hermosas cabezas. Y no es como si fueran a necesitarlas nunca más, ¿cierto, Hermano? —Sonrió ampliamente, sus inhumanos dientes, pequeños y numerosos, y todos afilados. Rufus sabía que sus dientes eran de la misma forma. —Si lo deseas, sin embargo, te dejare los cuerpos para jugar.[1]

Sus ojos otorgaron a cada uno de los cuerpos un vistazo. —Estos especímenes no me resultan fascinantes —dijo él, alejándose de los hombres muertos y su hermana. Miranda podría tenerlos tanto tiempo como quisiera. Los gemelos tenían todo el tiempo del mundo, y ¿por qué no? Ellos eran inmortales y habían estado asentados en esa isla hasta ahora, por buenos casi trece años. Rufus debía confesar que al principio la isla había resultado bastante interesante, tanto para él como para su hermana, porque la tierra acababa de ser asaltada por monstruos, demonios y exorcistas. Cuando todo terminó, ni una sola alma quedo con vida.

Ah, eso le traía buenos recuerdos, recordar los cadáveres cuando estaban más frescos de lo que estaban ahora. Estos días, estaban demasiado fríos y huesudos, y no podía encontrar mucho que hacer con ellos. Sin embargo, cualquiera que tuviese una cabeza hacia feliz a su hermana.

Sus pies desnudos pisaron sobre el brazo casi sin carne de un cuerpo y chasqueó la lengua, agachándose sobre la tierra para examinarlo. —¿No has pesado que deberían ser enterrados pronto?

—Llegaremos a eso, eventualmente —canturreo ella alegremente.

Rufus ladeó la cabeza, tirando de la ropa andrajosa del cadáver. —Has estado asegurándomelo por trece años. —No puso particular atención al sonido de un crujido seco, o a la cabeza que llegó rodando hasta detenerse a su lado.

Su hermana gemela se sentó a su lado y cogió la cabeza, abrazando la cosa putrefacta con tanta adoración como una niña lo haría con un animal de felpa. —Aún hay un montón de cosas divertidas que podemos hacer aquí, ¿no crees, Hermano?

Rufus elevó la mirada justo cuando las sombras comenzaban a desprenderse de la noche neblinosa. Un nuevo aroma empezaba a llenar el aire, distinto al de la tierra mojada y la carne podrida. Inclino su cabeza contra su hombro mientras su hermana comenzaba a arrullar a su nueva cabeza.

—Quizá tienes razón, Hermana.

oOoOo

Para transportar a los fenómenos del claro del circo hasta la mansión, Leo buscó la asistencia de Lily, ya que Fang estaba atendiendo a Echo. Después de la guadaña de Fang, la de Lily servía igual de bien para un viaje instantáneo. Había tomado algo de persuasión, pero eventualmente la pequeña Baskerville invocó un ventarrón para envolverse a sí misma y a los otros fenómenos. Leo y Glen se quedaron atrás, observando como el remolino giraba alrededor del grupo hasta que no dejó ni rastro de ellos.

De alguna manera, con todos los demás lejos, el claro lucía mucho más sombrío, como una abandonada ciudad fantasma. Leo miró hacia cada carro y las tiendas derribadas. Al principio, consideró preguntar a Glen si los artistas circenses alguna vez volverían a actuar para un espectáculo de fenómenos, pero entonces pensó que ese no era el momento ni el lugar.

Algo en medio de la destrucción repentinamente llamó la atención de Leo, un objeto medio enterrado en el pasto seco. Desde donde estaba parado, lucia algo así como...¿un brazo? Camino hacia éste, agachándose y parpadeando con sorpresa cuando la figura de Emily fue iluminada por la luz de la luna, su suave tela rozando contra su piel.

—Jamás pensé que Xerxes Break te dejaría aquí —comentó él, dándole vuelta a la muñeca lentamente para examinarla. Nada parecido a una nota u otra pista estaba atado a ella. Miró a Emily a los ojos. —Una vergüenza que no cuide de sus pertenencias. ¿Supongo que tú no sabes dónde está?

No fue una sorpresa para él que Emily no dijera nada. Incluso así, Leo sentía que eso se debía a que ella simplemente no hablaba con él, más que con el hecho de que no pudiese hacerlo. La apoyó sobre su hombro como Xerxes haría. Ella se sentó ahí, perfectamente sujeta.

Leo volvió de nuevo hacia donde Glen estaba, inclinando ligeramente la cabeza. —¿Tienes algún plan para llegar a Sablier? —preguntó, alisando la camisa de Elliot con las manos por enésima vez. Este parecía ser un acto inconsciente ahora, pero un sentimiento casi de calma venía a él cuándo sentía la débil aura de Elliot sobre la prenda.

Glen descendió su mirada sobre él, un distraído vacío en sus ojos. También debió haber estado mirando hacia el derruido circo. —Estaba pensando que Jabberwocky era lo suficientemente grande para llevarnos a ambos sobre el agua hasta que lleguemos a la isla —respondió, el viento susurrando en su cabello oscuro—. No debería tomar mucho. Sin embargo, nuestros objetivos llevan la ventaja...

—Deberías irnos ya, entonces. —Leo extendió su brazo, la familiar sensación de la piel curtida de Jabberwocky rozando contra su palma cuando apareció en su mano. El enorme ojo giró para examinarlo intencionadamente. Leo siempre supo que su guadaña era una entidad no completamente separada de él mismo, pero jamás le había considerado realmente como algo con una consciencia como la suya. Era algo que él podía comandar, como a una bestia. Pero ese ojo que lo perforaba, le hacía darse cuenta de lo mucho que estaba conectado al propio ser de Jabberwocky.

—Momento para un poco de ejercicio, ¿hmm? —le dijo en un tono de conversación—. Bueno deberías prepárate para una larga noche. Nos dirigimos a Sablier. — Se montó en la guadaña, aguardando hasta que Glen se sujetó detrás de él antes de despegar hacia el cielo, dejando atrás el cementerio del deplorable The Clockwork Circus.

El aire frio se precipitó y dividió mientras ellos ascendían más alto hasta que el suelo fue sólo una mancha de color pasajero y el cielo se extendía por la eternidad. Incluso así, la costa de Pandora terminaba sólo a unas millas por adelante, y más allá de eso, Sablier. Hubo un pequeño apretón sobre su hombro que, notó, era Emily sujetándose a él. Suavemente, la removió y acunó su forma de muñeca dentro de su camisa, lo suficiente para que sólo sus brazos y su cabeza sobresalieran. ¿Quién sabía si Xerxes llegaría a molestarse si Emily resultaba perdida?

Parches de nubes, púrpura oscuro como los ojos de Leo, se extendían en el horizonte, pesadas y cargadas de lluvia. No cabía duda en la mente de Leo que llovería pronto; podía saborearse en el aire. Mientras montaban en el aire, evitó mirar hacia abajo a toda costa. Cierto, había volado antes pero no a semejante altura. Aunque jamás lo admitiría, encontraba los brazos de Glen a su alrededor extrañamente reconfortantes. De alguna forma, esto le recordaba a Leo sus años, su vida, con este enigmático hombre quien había sido realmente su única familia. Una madre, un padre o hermanos...Leo no podía recordar tener nada de esto. ¿Cómo podría si tenía tres años cuando Glen le encontró?

¿Y qué había con Glen? ¿Qué había poseído este hombre antes de toparse con Leo? No había ninguna forma obvia de saber las respuestas a estas preguntas ya que Glen raramente reaccionaba a algo. Él era imperturbable, pero no indiferente. Así que seguramente había algo que alguna vez fue importante para él...

Leo colocó algunos mechones de su cabello, que volaban salvajemente, detrás de su oreja, aferrándose a las palabras que le gustaría preguntar a su figura paterna. —Estas muy...dedicado a este caso —dijo—. Pero, ¿qué te hace estar tan interesado en él? No es como si te hubiese visto fuera de la mansión antes.

—Supongo que es verdad —concordó Glen fácilmente, su profunda voz de terciopelo vibrando en su pecho hacia la espalda de Leo.

—¿Creíste que no lo notaria? —preguntó Leo con los ojos ligeramente entrecerrados—. ¿Eso significa entonces que no vas a contarme? Puedo liderar con ello. —En realidad, esto no podría estar más allá de la verdad. Sabía tan poco sobre Glen. No parecía correcto no conocer a su padre.

Glen estrechó su agarre sobre el joven pelinegro. —No; pienso que deberías saber. De otra forma, tengo el presentimiento de que alguien más lo dirá en mi lugar. —Durante varios latidos del corazón, Leo no pudo oír nada a excepción de su respiración y la brisa susurrando sobre sus cuerpos.

—¿Qué tanto debería decir? —preguntó Glen, como si realmente quisiera saberlo. La pregunta contenía tal confianza e inocencia, que al principio Leo no pudo responder.

Sus manos apretaron el mango de Jabberwocky, su mirada perfectamente al frente, hacia los retazos de cielo estrellado. —Tenemos tiempo para un cuento, si eso es lo que es —respondió con una pequeña sonrisa. Cuando Glen se quedó callado, el rió. —¿Es un cuento?

—Puede ser.

Leo asintió con aprobación. "Bien. Me gustan los cuentos. No he leído mucho durante esta misión.

—Bueno, cuando supe que Lacie estaba en ese circo, admito que mi interés fue más profundo por esta misión que cualquier otra —comenzó Glen tras un suspiro—. Debe ser porque Lacie es mi hermana menor.

Se desviaron, y el pecho de Leo momentáneamente se llenó de pánico mientras descendían algunos metros de altitud. Cuando, rápidamente, volvió a recuperar el control de Jabberwocky, estuvo temblando por algunos segundos, pero Glen, como era usual, estaba impávido. Entumecido, Leo repitió—: ¿Tu hermana?

Percibió a Glen asentir. —Sí, mi única y verdadera hermana biológica.

Leo pensó de nuevo en la apariencia de Lacie: su largo cabello oscuro, teñido del color de un cuervo como el de Glen; su pálida piel perfecta y su rostro angular. Sus personalidades eran distintas, salvo por su talento para la música. Leo creyó el parecido sutil, pero de cualquier forma existente. Si ella tuviese ojos...¿Estos serían de la misma tonalidad púrpura eléctrico que los de su hermano?

Ninguna indicación fue requerida para que Glen continuara con el inicio de su relato—: Por años, vivimos juntos. Eso fue, hasta que un día conocimos...a un hombre. Su nombre era Jack. Jack Vessalius. Era un practicante de magia, honesto y sincero, y bastante peculiar en muchas formas. Él era también un muy especial amigo nuestro. —La nota de admiración era palpable en su tono, y le sorprendió a Leo el escucharla.

—Jack Vessalius. El creador de cajas musicales —dijo él con repentina claridad—. El que está...

—Él murió hace trece años. O debió haberlo hecho en cualquier caso, ya que él estaba conmigo en Sablier el día de la Tragedia —explicó Glen.

—Si puedo preguntar...¿Cómo es que ustedes dos le conocieron?

—Oh —exhaló su padre—, eso es...alguna vez él tuvo un sueño. Jack alguna vez fue un hombre muy solitario. Había vacío en sus ojos, corrompida ignorancia. Él me dijo más tarde que no deseaba estar solo nunca más. Así que, un día, el dibujo un círculo mágico...y accidentalmente nos invocó a Lacie y a mí desde nuestro hogar en el Infierno.

Leo perdió momentáneamente el aliento, donde fue arrastrado por el aire frío. —El...Infierno —enuncio quedamente, como si nunca hubiese escuchado el nombre antes pero le fascinara profundamente.

—Sí. Porque justo como la criatura que fue y destrozo The Clockwork Circus yo soy, y Lacie alguna vez fue, un demonio.

El aire se detuvo. El mundo se extendía eternamente, abrumadoramente interminable. Leo debería haber estado aterrado, debería haber estado impresionado y furioso. Cualquiera de estos sentimientos seguramente sería una reacción apropiada para la declaración que Glen acababa de hacer. Pero todo lo que él pudo hacer fue dejar su boca colgar ligeramente, los ojos bien abiertos, un sentimiento ligero en su pecho. Sin darse cuenta, su rostro se ruborizó y una sonrisa aliviada estaba danzando en sus labios.

Aliviado. Si, estaba bastante seguro de que así era como se sentía. Y tan eufórico que sólo quería reír, lo cual hizo pero brevemente. —Eres un demonio. Entonces no eres humano.

La voz de Glen sonaba ligeramente confundida cuando dijo—: Sí, creo que eso es lo que implicaba… —Leo imaginaba que el hombre estaba frunciendo el ceño—. No estas molesto por las noticias, yo esperaba…preguntas. Un arranque de algún sentimiento impulsivo que te hiciera actuar irracionalmente. Pero que estaría justificado —añadió.

Leo sacudió la cabeza. —Eso es…creo que debería estar sintiéndome así. Pero de alguna forma estoy feliz. Esto significa que tú eres diferente, justo como yo. Cuando era pequeño, estaba preocupado de que…tú pensaras diferente de mí porque yo no era humano. Pero todo este tiempo, tu tampoco lo fuiste. —Sonrío ampliamente, incapaz de deshacerse del desvergonzado sentimiento de alivio. —Eso me hace sentir más cercano a ti. ¿Es eso lo que estoy tratando de decir? —adivinó con una risa.

—Quizá estas teniendo un arranque de algún sentimiento impulsivo que te hace actuar irracionalmente —corrigió Glen con algo que sonó como una burla despreocupada—. Entonces, he estado mintiéndote toda la vida, ¿sabes?

—Debería estar furioso por eso al menos. En realidad, quizá lo esté más tarde, sin embargo —confesó Leo, disminuyendo su sonrisa un poco. Se abalanzaron más hacia abajo cuando el agua entró en su campo de visión. Más adelante estaba una masa de negro: Sablier. Sería tan sólo cuestión de minutos antes de que llegaran a la decrepita montaña. —Pero por ahora, creo que el resto de la historia funcionará. Empieza con Jack de nuevo. ¿Cómo es que les invocó a ti y a Lacie desde el Infierno?

Los antebrazos de Glen se flexionaron a sus costados cuando el hombre se encogió de hombros. —Él era un practicante de magia, como ya mencioné antes. Ya había entrenado por años, pero estaba más allá de sus capacidades el invocarnos. De haber sido otro par de demonios, no puedo decir que su seguridad habría estado garantizada —dijo honestamente—. Pero Lacie y yo teníamos mejor control sobre nuestros deseos. No lo asesinamos. Él estaba…tan feliz de vernos. Fue una sensación extraña. Jamás había conocido a semejante hombre antes…

Leo descendió su mirada hacia Jabberwocky, encontrándose con el único ojo insectóide de su guadaña mientras contemplaba silenciosamente lo que esto quería decir respecto a su padre. —En todos estos años, ¿alguna vez has comido un corazón? —preguntó quedamente, pero intentó mantener la crítica fuera de su voz. Él en realidad no tenía ningún derecho de condenar a Glen por semejantes acciones y, para ser honesto, a él realmente no le importaba. Pero el meollo del asunto era que Glen era un demonio, lo mismo que el culpable de la destrucción del circo.

A Glen no le tomó mucho responder. —Después de algunas semanas…es difícil resistir la tentación cuando se está entre humanos. Es por eso que nunca dejaba la mansión. Sin embargo —dijo sin dudar—, había ocasiones en las que ordenaba a Charlotte traerme uno de los humanos que estábamos torturando…

Tragando la espesa saliva en su boca, Leo rápidamente asintió para demostrar que no necesitaba escuchar más.

Captando la indirecta, Glen continuó—: Bueno, nos convertimos en sus amigos. Entonces un día, alguien descubrió sobre las prácticas de Jack, sobre que Lacie y yo éramos demonios. La iglesia amenazó con matarnos a todos, pero mi…mi hermana… —su voz era queda ahora, sólo por encima de un susurro. Presionó su frente contra el cabello de Leo, sus músculos repentinamente tensos. —Ella tomó la responsabilidad por todos nosotros. Confesó que ella era un demonio y que había manipulado a Jack con sus prácticas de magia. Les dijo que yo era inocente. Que Jack y yo podríamos ser salvados si ella moría. Y entonces…fue atada y torturada. Vertieron agua bendita por su garganta. Quemaron cruces sobre su piel. Cuando todo terminó, la quemaron viva y le arrancaron el corazón.

»Jack desesperó conmigo por semanas. Con el tiempo, sin embargo, su pena se convirtió en esperanza, el deseo en obsesión. Revolvió a través de sus libros de magia, y yo observé sin decir una sola palabra, porque ambos queríamos la misma cosa: traer a Lacie de vuelta a la vida.

Detuvieron su vuelo por completo. Cerniéndose sobre las oscuras olas de la playa, Leo se volvió para mirar a Glen, el aire salado agitando su cabello en todas direcciones. —Espera, ¿Lacie realmente murió? ¿Los humanos asesinaron un demonio?

Orbes púrpura perforaron dentro de él. —Con los métodos correctos, no es imposible, Y los métodos correctos fueron usados en ella.

—Pero yo vi a Lacie. Hablé con ella. Todos en el circo sabían de su existencia —rebatió Leo ligeramente.

Glen asintió con lentitud. —Eso es porque Jack tuvo éxito en traerla de vuelta —replicó simplemente, como si esto fuera un hecho fundamental de la vida y no un sombrío acontecimiento. Señalo por delante de ellos con un movimiento de la cabeza. —Estamos perdiendo tiempo.

Cuando estuvieron volando a través del aire otra vez, Glen explicó—: Fue la noche del carnaval y él quería que viniera con él. A pesar de que nosotros no participábamos en la festividades. Me llevó a una tienda abandonada detrás de la Rueda de la Fortuna, un lugar donde no seriamos molestados. Un complejo círculo mágico había sido dibujado, pero no con tiza como estaba acostumbrado ver a Jack hacer. Éste estaba escrito con sangre.

No había mucho que Leo pudiese afirmar conocer sobre la magia y sus prácticas. Pero Glen tenía bastantes libros sobre el tema en la biblioteca, que él había leído algunas veces. La sangre sólo era usada para hechizos personales, y de todos los materiales, era la sangre la más ligada a la magia porque era esencia pura. Uno literalmente se ataba a sí mismo a un hechizo cuando se usaba sangre, así que nunca era usada a la ligera.

—Para poder traer a Lacie a la vida, necesitábamos algo que tuviese su aura residiendo en él. Jack ya me había dicho de antemano que trajera el vestido blanco que mi hermana siempre usaba, y así éste fue añadido.

»Cuando Jack finalizo su hechizo…hubo una brillante luz roja que pareció devorarlo todo. La energía podía claramente sentirse en cada rincón, sofocante y paralizante por el poder absoluto en ella. Cuando ésta se desvaneció, temí lo peor, que nada había pasado —admitió Glen con una nota de culpabilidad—. Pero funcionó. Lacie estaba tendida en el suelo delante de Jack, respirando. Estaba desnuda, pero en su cuerpo no había signos de haber sido quemada. Lo único que estaba ahí eran las brutales cicatrices sobre su corazón.

Leo parpadeó. Lentamente, las piezas comenzaban a unirse. —La trajeron de vuelta pero ella no tenía corazón —jadeó él. Las cicatrices que Sharon había visto antes eran las mismas que Glen y Jack habían visto; las que fueron causadas cuando su corazón demoniaco le fue extirpado. Era eso a lo que el hombre pelinegro se refiera cuando decía que ella alguna vez había sido un demonio. Ahora ella era…¿Qué? ¿Parte de los No-Muertos? ¿Un zombi? Ciertamente no una Cannibal Marionette como Leo originalmente pensaba.

Sintió a Glen temblar. —Fui tan tonto. Esa era la razón por la que fue tan fácil traerla de vuelta. Ella estaba ahí en cuerpo, pero no en esencia. Y el precio fue demasiado alto. —Siendo consciente de ello o no, los dedos del hombre estaban curvándose sobre la tela de la camisa de Leo. —Maldito Jack…porque uso su propia sangre, ¡fue su vida la que fue sacrificada!

—Y ahora Lacie quiere traer a Jack de vuelta a la vida —concluyó Leo, las piezas finales comenzando a encajar.

—Ella se presentó con un método diferente. Uno sólo conocido por demonios —murmuró Glen—. Existe un objeto llamado «Reloj del Abyss». Este fue diseñado por el Rey del Infierno en persona para contener el alma mientras al mismo tiempo cuida del cuerpo de modo que no se descomponga. Y basado en lo que has descrito, estoy seguro que Lacie tiene el Reloj y el alma de Jack se encuentra en su interior.

—Este reloj —comenzó Leo con un contemplativo ceño fruncido—, ¿tiene el poder para reunir el alma y el cuerpo?

Glen asintió. —Sí, éste sana la frecuencia espiritual entre las dos, de modo que son conectados una vez más. Esto normalmente toma años. Uno no puede simplemente poner un alma de vuelta en un cuerpo. La acción podría ser comparada con atrapar humo con una jarra abierta. No puede hacerse.

—Así que el periodo de trece años de Jack casi termina…—Leo calculó el tiempo en su mente mientras procesaba también la información que Glen acababa de darle—. Y en ese entonces, Jack había estado lidiando con magia de sangre sin ninguna experiencia real. Había sido en Halloween, cuando los demonios pueden fácilmente deslizarse a nuestro mundo…¿Sería posible que quizá…?

Afortunadamente, Glen sabía lo que Leo estaba intentando preguntar. Escuchó un resoplido que fue su padre soltando una seca risa. —Así que también has armado eso. Sí, es verdad —dijo él.

—Hace trece años, Jack y yo causamos la Tragedia de Sablier. Nosotros trajimos a los demonios a esta tierra. Paso cuando trajimos a Lacie de vuelta, y el circulo de sangre abrió un camino hacia el Infierno. No sabíamos que esto sucedería, pero sucedió. Ahora he perdido a ambos; a mi mejor amigo y a mi hermana.

Leo escucho la tristeza y el evidente remordimiento en la voz de Glen cuando el hombre murmuró—: Quizá incluso más.

oOoOo

El choque de las olas hacía eco por debajo de ellos mientras la isla que era Sablier surgía cada vez más grande. Gradualmente, Jabberwocky descendió su vuelo en un ligero ángulo de manera que los dos Baskerville tocaron la fría arena mientras descendían. Una gaviota graznó sobre sus cabezas antes de tomar vuelo, adentrándose en la isla. Un embarcadero estaba reducido a estillas algunos metros más delante de ellos y, más allá de éste, estaba un decrépito puerto sin botes funcionales. Incluso a la distancia en la noche, Leo podía ver los huesos enterrados en la arena y la sangre tiñendo eternamente los costados de los ruinosos botes. Hacia adelante estaban algunos edificios que podrían haber sido tiendas o pequeñas casas. Era imposible saberlo ahora. Y aún más adelante, pasando las palmeras danzantes, debía encontrarse el carnaval.

—Aquí yacen los restos de Sablier —dijo Glen solemnemente, citando el memento mori [2]escrito por los exorcistas que ayudaron a derrotar a los demonios.

Leo desmontó a Jabberwocky pero no despidió a su guadaña. Si Lacie estaba de hecho en Sablier, él necesitaría estar listo para pelear en cualquier momento. Tomó a Emily de su camisa y la colocó de vuelta sobre su hombro donde la sintió acomodarse en su sitio. Al mismo tiempo, Glen desmontó y comenzó a examinar el lugar. Leo escuchó una voz en su oído. Era el mismo susurro que parecía venir de todas partes, aquella voz masculina estática y demasiado familiar.

Así que comprendiste que debías venir a Sablier. Y trajiste a Lord Glen contigo. Lacie estará muy complacida por ello.

Sintió a Glen tensarse y vio el reconocimiento en el rostro del hombre pelinegro. Aparentemente él también podía escuchar la voz en su propia mente. Era sólo cuestión de tiempo antes de que el demonio les alcanzara. El hecho que la visita mental fuera tan esperada hizo sonreír a Leo.

—Creí que nos recibirías en la puerta, Oz.

Ah, ¿qué es esto? ¿Reconoces mi voz?

—Aún está estática —admitió Leo, cerrando los ojos mientras hablaba, visualizando a su interlocutor delante suyo—. Y de alguna manera suena…Ah, me gustaría decir«de otro mundo». Sí, así suena tu voz en mi cabeza. Pero cuando me detengo y escucho de verdad, puedo reconocer tu voz como la he escuchado en el circo.

Un escalofrió recorrió la piel de Leo, como si Oz estuviese respirando sobre su cuello. —Nuestras frecuencias no son completamente compatibles. Eso es de esperarse, supongo, ya que tú no eres completamente demonio. ¿Imagino que Lord Glen puede percibirme mejor tú? —preguntó con un canturreo.

El ceño fruncido en la expresión de Glen se profundizo mientras asentía. —Sin embargo, ha pasado algún tiempo desde que me comunique con otro nacido demonio. Sin embargo…incluso nuestras frecuencias no parecen armonizar bien.

Hay una razón para ello, también —dijo Oz, pero no explicó nada más. Soltó el ligero sonido de una risa que captó la atención de Leo. —Pero esto fue de ayuda para la situación, ¿no lo crees? Si hubieses reconocido mi voz antes, me habrías matado demasiado pronto, ¿huh?

Leo no pudo negarlo. Cuando todo se redujera a ello, sabía que tendría que asesinar a Oz. Probablemente dudaría, quizá incluso se arrepentiría…pero no podía negar su deber, tampoco. Oz había asesinado personas. Oz estaba trabajando con Lacie para traer a Jack de vuelta a la vida y liberar a los demonios dentro de su mundo, de nuevo. No había duda en la mente de Leo, que él tenía la intención de matar al chico que se había convertido en su amigo. Sus pesadillas lo decían también: si Lacie era su reflejo, Jack el péndulo…entonces el rubio alejándose de él era Oz.

Como sea —dijo Oz con un tono animado—, sólo me detuve para enviarles mis saludos ya que no puedo estar ahí yo mismo. Pero busquen la entrada al carnaval, y tendré dos asistentes para guiarlos juuuuusto a nosotros~

—¿Quiénes son nosotros? —preguntó Leo, sujetando su cabeza, pero no recibió respuesta alguna. Los susurros se habían ido, dejándolo con el vacío de sus propios pensamientos. Tratando de calmarse a sí mismo, presionó el mango de Jabberwocky contra su frente en un intento de centrarse de nuevo. Después de algunos segundos de bizarra meditación, Leo se apartó y miró de vuelta a Glen.

—Entonces ese es nuestro demonio, ¿no es así? —dijo Glen, con un tono de alguna forma divertido.

Más que responder la pregunta con explicaciones, Leo asintió sin palabras. Cada vez que pensaba en Oz como era en el circo…esto hacia que el conocido escozor de dolor en su corazón se hinchara con más veneno. Intentando seguir con el tema, preguntó—: Ya que nos dirigimos a la entrada del carnaval, ¿supongo que no recuerdas dónde está?

Probablemente percibiendo como Leo evadía la pregunta, Glen no presionó el tema anterior. Caminó hacia adelante, su chamuscada chaqueta ondeando con la brisa marina mientras miraba intencionadamente hacia el frente. —¿Ves aquellas sombras a la distancia, justo detrás de esos edificios? Si fuerzas la mirada lo suficiente, podrás ver la Rueda de la Fortuna desde aquí. Ahí es a donde nos dirigimos.

La oscuridad era la única invitación a entrar. La niebla nocturna flotando sobre todo, envolviéndose en árboles y quedándose en las sombras, oscureciendo cualquier vista que los dos Baskerville pudiesen tener. No obstante, Leo miró hacia donde Glen había indicado y de hecho vio un curioso contorno circular con líneas cruzando su interior. La caminata no parecía muy larga en lo absoluto. Y espero que tampoco el final de toda esta locura, pensó Leo.

Caminaron en silencio hacia su destino, con nada más que el viento oceánico y el arrastre de sus botas sobre arena y concreto para romper el silencio. Los sentidos de Leo estaban al límite por cualquier indicación de un ataque sorpresa. Después de todo, ahora estaba parado en lo que alguna vez había sido la cuna de las Cannibal Marionettes. Y a pesar de que le fue dicho que Glen y los exorcistas se deshicieron hasta de la última criatura viva en la isla, siempre había una oportunidad para lo inesperado.

—Si tú eres un demonio —comenzó Leo, mirando de reojo al hombre más alto—, ¿entonces porque ayudaste a los exorcistas a deshacerse de todos los demonios? ¿Eso no es asesinato o algo así?

—Preferiría no dañar a ninguno de mi especie, y ese pensamiento me cruzó la mente cuando estaba ejecutando la tarea —confesó Glen sencillamente, paseando a su lado como si simplemente estuviesen haciendo un recado—. Pero no quería que ningún daño cayera sobre la humanidad. Tenía que deshacerme de las Cannibal Marionettes, si acaso. Y encontrar Crimson Faust, si los había allá afuera.

Un pensamiento le ocurrió a Leo y dejó escapar—: ¿Me encontraste cuando los demonios estaban tomando el lugar?

Glen no dijo nada, pero se mantuvo caminando resueltamente con sus manos en los bolsillos de su abrigo. Quizá esa fue toda la respuesta que necesitaba. La mirada de Leo corrió sobre los edificios ensangrentados y las calles montadas con cadáveres, preguntándose cómo, si acaso, él encajaba en ese mórbido rompecabezas del trágico pasado de Sablier.

Algo captó la atención de Emily. Leo la sintió girarse ligeramente sobre su izquierda y él echó un vistazo, pero sólo vio la hoja abierta de una ventana rota. En el interior no había nada más que carne que tuvo trece años para descomponerse y atraer a toda clase de sabandijas. Leo arrugó la nariz, ante el aroma que irradiaba del edificio, antes de darse cuenta que el infernal perfume cubría cada rincón de la isla.

Este lugar se ha convertido en un completo cementerio patas arriba, pensó Leo con disgusto, avanzando hacia las sombras del carnaval.

Dos luces a la distancia captaron repentinamente la atención de Leo. Éstas estaban perfectamente quietas y flotando a pocos pies en el aire. Un oscuro arco por encima de las luces gradualmente se volvía más visible conforme se acercaban. Aquello únicamente tenía sentido para Leo, considerando que el corazón de la Tragedia descansaba justo adelante.

Glen se detuvo cuando estuvieron directamente delante del arco, el cual proclamaba «Gran Carnaval». —Asumo que estos son nuestros asistentes —le dijo a Leo, su mirada clavándose sobre las dos figuras frente a ellos.

Una era un muchacho y la otra una muchacha, pero era ahí donde acababan las obvias diferencias. Ambos tenían el cabello rojo, sus hebras tan lacias como navajas. Sus labios eran tan rojos que estos parecían ser heridas en sus rostros, y ciertamente eran su cabello y boca el único color que ellos poseían. Envueltas alrededor de sus delgadas figuras había prendas grises que lucían como kimonos; un fajín negro alrededor de sus cinturas. Su piel, incluso iluminada por las luciérnagas de luz de sus linternas gemelas, emitía una palidez cadavérica. Acunada entre los brazos de la mujer había una cabeza decapitada, sus ojos abultados, el cráneo hundido y los dientes podridos. El hombre golpeó un abanico sin extender contra su hombro.

Un destello de interés iluminó los ojos de Glen sólo momentáneamente, haciéndolos brillar en la oscuridad casi como los ojos de Leo podrían hacerlo. —Qué curioso. En todo mi tiempo como demonio jamás me había encontrado con Revenants.[3] Eso es lo que son ustedes dos, ¿cierto?

El hombre se encogió de hombros con indiferencia. —Revenants, ghouls,[4] demonios sepultureros —señaló—. Tenemos demasiados nombres. Pero a mí me llaman Rufus, el Hermano.

La mujer les sonrió, revelando sus afilados dientes mientras mecía la cabeza de un lado a otro como si este fuera un bebé balbuceante. Un muerto y podrido bebé balbuceante. —A mí me llaman Miranda, la Hermana —se presentó ella. Entonces sostuvo en alto su cabeza, mirando dentro de sus protuberantes ojos. —Aunque debo confesar que no sé quién fue este joven muchacho alguna vez. Que mal que no pueda presentarlos.

—Podemos dejarlo así —aseguró Glen con una extraña sonrisa amplia que Leo nunca había visto antes. Él le dedico a Emily una mirada insegura, alisando su vestido. —Tenemos entendido que a la señorita Lacie le gustaría vernos.

—Hemos estado aquí por años, eligiendo entre la decadencia que los demonios dejaron a su paso —dijo Miranda—. Jamás pensamos que alguien volvería. Pero supongo que esta noche es una noche para visitantes. Que adecuado para semejante noche —suspiró románticamente—. Me gusta la idea de un baño de sangre y gritos bajo la gracia de la muerte.

—Traer el Infierno a este mundo no es nuestra primera opción para celebrar el Día de Brujas —dijo Glen pacientemente, relajando su postura un poco. Pero Leo no pudo obligarse a hacer lo mismo. Sentía a Emily halando de su cabello suavemente mientras comenzaban a seguir a los Revenants dentro del carnaval, y encontró sus acciones extrañamente reconfortantes. Sujeto su camisa, pensando en Elliot. Oz no había dicho nada sobre él. Seguramente, si algo malo hubiese pasado, Oz le habría dicho. Leo tenía que admitir que estaba teniendo sus dudas respecto a todo ahora.

Una voz baja, crujiente pero femenina, llego a sus oídos para murmurar—: No puedes esperar que haya navajas en cada manzana que muerdas, ¿sabes?[5]

Y así, Emily dejó a Leo con una incómoda idea del por qué alguien pondría navajas en una manzana en primer lugar.

Cada atracción en el carnaval estaba oxidada por la exposición a la lluvia y la sangre a través de los años. Basura y alambres estaban esparcidos por todas partes y el viento hacia que todo crujiera y gruñera siniestramente. Los globos sombríos y desinflados colgaban lánguidamente de los postes o se agitaban tristemente sobre tableros de tiro. Animales de felpa ensangrentados tenían su relleno esparcido y flotando atravesó del suelo como espíritus errantes. Cada tanto, Leo podría jurar que había visto una sombra moverse en su periferia o haber escuchado algo como frenéticas respiraciones. Lo que sea que los exorcistas o la gente de Pandora dijera, él sabía que Sablier aún tenía algunos habitantes desagradables.

Rufus volvió la mirada hacia él como si pudiera percibir su aprehensión. —No te preocupes por ellos. Ha habido algunos rezagados en estos trece años —explicó él con simpleza. Abrió su abanico, revelando brillantes plumas con forma de navajas en el interior del marco de madera. —Admito que eran pocos y muy distanciados. Sin embargo, uno de los recién llegados parecía empeñado en hacer algunos nuevos.

—Oz —murmuró Leo por lo bajo. ¿Decidió él tomar algunos humanos por el camino, matarlos y luego tomar sus corazones para hacerse más fuerte antes de la pelea que seguramente tendrían? Trató de centrar su mente para llamar a Oz y preguntarle al rubio en persona, pero no obtuvo nada en respuesta. Las Cannibal Marionettes se removieron alrededor, zambulléndose entre las sombras y rondando tras las atracciones y puestos. Sus risas burlonas haciendo eco de un lado a otro.

Pero lo que llamó la atención de Leo cuando hicieron una parada frente a la Rueda de la Fortuna fue el canto que danzaba a través de la noche. La voz llenaba el aire con una canción de cuna engañosamente dulce, un goteo de miel envenenada que era la esencia misma de Lacie.

Leo sintió los vellos de sus brazos erizarse ante el sonido de su canto. Cuando la escuchó por primera vez, aquella noche ejecutando su acto con Elliot, recordó cuan encantadora era su voz, cuan sorprendido estaba que semejante sonido angelical existiera. Recordó las brillantes estrellas que vería si cerraba los ojos y escuchaba su canción. De alguna manera, en ese entonces se sentía muy a salvo y nostálgico, como si estuviera en los brazos de alguien quien le había sostenido alguna vez, alguien a quien quizá habría llamado "madre" antes.

A pesar de que su voz era justo igual de suave, igual de prometedora de reinos de magia, Leo se sentía al borde. La canción de Lacie era el tenebroso reflejo en los espejos, el profundo abismo de la noche, cristal fracturándose en tantas y tantas piezas brillantes como estrellas que en su lugar gotearían hasta la última gota de sangre en él.

Unas manos repentinamente cubrieron su ojos junto a una risa justo detrás suyo. La canción de Lacie se había desvanecido justo así.

—¡Oz! —jadeó el pelinegro, sujetando una de las muñecas del rubio. Apartó las manos y se giró para mirar a Oz sonriéndole amplia pero misteriosamente.

—¿Te diviertes sólo mirando los alrededores? —preguntó, inclinando la cabeza ligeramente. Su rostro con cicatrices era apenas visible en la noche, pero Leo podía ver un sinestro destello rojo en los normalmente verdes ojos de Oz que eran con seguridad demoníacos. Cuando Leo no respondió, Oz continuó—: Muchas de las atracciones no han sido usadas en mucho tiempo. Pero si uno simplemente moviera este interruptor de aquí…

Se movió hacia adelante y Leo rápidamente se cambió a una postura defensiva. Pero Oz ignoró por completo a Leo, Glen y los dos revenants, para acercarse a la Rueda de la Fortuna y alcanzar una gran caja gris frente a esta. El candado estaba bastante oxidado, y sólo le costó a Oz un simple tirón poder abrir la caja y revelar una complicación de botones e interruptores en su interior. Oz movió el más grande, y el carnaval a su alrededor súbitamente estalló en vida.

Las luces lo iluminaron todo en blanco, y rojo y azul, amarillo y verde, y rosa. Las atracciones crujieron y chirriaron, recuperando su movimiento mientras sus componentes comenzaban a girar o saltar o deslizarse. Voces pre-grabadas de payasos riendo y objetos pitando, sonaban alrededor como campanas de alarma. Leo vio varias Cannibal Marionettes gritar de sorpresa y volar hacia las partes más oscuras hasta que se ajustaran a la nueva vista y los sonidos a su alrededor.

La más brillante de todas las atracciones era la Rueda de la Fortuna. Muy lentamente, ésta se estremeció con un giro hasta que empezó sus revoluciones a un ritmo regular. Polvo oxidado cayó sobre ellos mientras las luces de la rueda destellaban y cambiaban en un complejo patrón como si fuera un fuego artificial estacionario. La mirada de Leo estaba fijada en su esplendor. Jamás había visto semejante panorama, ni siquiera durante sus varias misiones a través de los años. De hecho, había leído acerca de ellas pero jamás las había visto. Sin pretenderlo, le otorgó al carnaval a su alrededor el mismo tipo de atención que le daría un niño.

Leo miró a Oz sonreír cuando sus ojos se encontraron. Él rió suavemente y se giró hacia Glen, quien estaba de pie justo a su lado. —Disculpe, ¿Lord Glen? —canturreó él, justo de tal forma que Leo pudo escuchar cuan falsa era su inocencia—. Tenía entendido que Lacie estaba esperándole en la tienda justo detrás de esta atracción. Ha pasado una eternidad desde que se han visto el uno al otro, ¿cierto? Debería hacerle una visita a su pequeña hermana.

Los ojos de Glen se entrecerraron ligeramente con sospecha, pero algo pareció convencerlo que Oz estaba diciendo la verdad. Le dedicó una significativa mirada a Leo antes de precipitarse hacia la tienda alguna vez abandonada. Los ojos de Leo le siguieron. Dio un brinco cuando sintió a Oz tomar lentamente su mano libre con las suyas.

—En cuanto a nosotros, Leo —comenzó el rubio con una sonrisa torcida que hizo al estómago de Leo retorcerse en nudos—, mientras los adultos están hablando, deberíamos divertirnos. ¡Subamos a la Rueda de la Fortuna! —Obteniendo sólo una mirada en blanco como respuesta, Oz hizo un puchero, halando de Leo. —¡Vamos! ¡Es más divertido con dos personas, y Elliot no puede estar aquí!

Con sólo la mención del nombre de Elliot, Leo estuvo animado una vez más. Todavía manteniendo un firme agarre sobre Jabberwocky, el pelinegro sujetó a Oz por los antebrazos, empujando al ex-artista hacia él. —Oz, tú no dañarías a Elliot —dijo a la carrera, necesitando esa confirmación.

Oz parpadeó, luciendo sorprendido. —Por supuesto que no lo haría —frunció el ceño, apartando ligeramente a Leo—. Puedes escoger creerme o no, pero Elliot era mi amigo. Y yo no lo lastimaría más de lo que ya está.

Honestamente, Leo no sabía si creerle o no. Nunca había sentido algo parecido a traición antes, pero estaba seguro que esa emoción era lo que sentía hacia Oz ahora. Él había confiado en Oz, incluso habían comenzado a convertirse en amigos. Pero su relación seria una mentira, un arma de doble filo, y Leo sabía que no debería condenar a Oz. Después de todo, ¿no había estado Leo a punto de infringir estos mismos hirientes sentimientos en él si alguna vez mataba a Lacie? ¿Sería él capaz de liderar con ello si Oz le miraba con implorantes ojos esmeraldas sobre ese rostro deformado y dijera:«Tú no dañarías a Lacie»?

Lentamente, Leo asintió. —Te creo —dijo, solemne.

Eso pareció complacer a Oz sinceramente. Se giró hacia Rufus y Miranda, quienes simplemente habían estado de pie ahí, observando también el canturreo del carnaval. Cuando Oz los arrastró a ambos hacia las escaleras para guiarlos a la Rueda de la Fortuna, él dijo—: Hey, vigilen a los otros monstruos por nosotros, ¿de acuerdo? —Para lo cual Leo sabía que se refería a las Cannibal Marionettes.

Impasible, Rufus aceptó y Miranda comenzó a disfrutar de la nueva vida a su alrededor.

Oz los llevo hacia la Rueda y ésta se detuvo cuando estuvieron a menos de dos pasos de distancia. Leo se preguntó cómo era que la atracción se había detenido cuando ningún mecanismo parecía estar siendo operado por alguien, pero entonces captó el guiño que Oz le dedicó. El rubio fue hacia uno de los asientos y se dejó caer, deslizándose para darle espacio a Leo de sentarse a su lado.

Leo le dedicó a Emily una mirada y luego despidió a Jabberwocky. Entonces se trepó y acomodó al lado de Oz, el asiento frío y balanceándose de forma incierta bajo sus pesos combinados. Bajo la barra de seguridad sobre ellos antes de que Oz pudiera hacerlo, con o sin sus poderes demoniacos. Miro directamente hacia el frente, esperando que la Rueda comenzara a girar de nuevo, recibiendo nada más que a Oz mirándole fijamente.

—¿Porque despediste a tu guadaña? —preguntó Oz, su voz descendiendo una octava, aunque su tono no era malicioso. Fue por esto que Leo pudo admitir lo que deseaba decir.

—Mi razonamiento es, que si hubieses querido matarme, ya lo habrías hecho. ¿Por qué todo el teatro con un carnaval y la Rueda de la Fortuna? —preguntó, retóricamente. Le ofreció la mejor sonrisa que pudo al rubio. —Además, estoy bastante seguro de que podrías derrotarme en un segundo.

En vez de responder, Oz dejó caer su cabeza hacia atrás para reír mientras comenzaba en su paseo.

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Anotaciones:

[1] Rufus y Miranda: La canción "Song of Sending to a Grave"/"Canción para enviar a la tumba" por Kagamine Rin y Len inspiro a Hitsugi para añadir a estos dos personajes en la trama como Revenants.

[2] Memento mori: Expresión en latín que significa "recuerda que morirás" y designa un elemento o representación artísticos que sirven para recordar la inexorabilidad de la muerte.

[3] Revenants: Un Revenant en un fantasma corpóreo o un cuerpo animado que ha regresado de la tumba con un propósito, por ejemplo, tomar venganza. A menudo son confundidos con los vampiros y zombies pero, de hecho, se considera a éstos como una variante de los revenants.

[4] Ghouls: También llamados Demonios necrófagos, los ghouls son monstruos o espíritus malignos que, según el folklore árabe, viven en lugares inhóspitos o deshabitados y frecuentan los cementerios donde profanan tumbas y se alimentan de los cadáveres. Se dice también que secuestran niños para devorarlos, gustan de beber sangre y robar monedas.

[5] "No puedes esperar que haya navajas en cada manzana que muerdas, ¿sabes?"; me animé a hacer una pequeña investigación por algún dato curioso sobre la frase y me topé con toda un historia. Al parecer, la frase está relacionada con un reportaje publicado en el New York Times a finales de los 60's en los que se exponían más de 20 casos sin confirmar de niños en New Jersey, Estados Unidos, que habían encontrado navajas de afeitar en las manzanas que recibieron en Halloween como parte de la vieja tradición de "Dulce o Travesura". Incidentes similares se presentaron en Canadá en ciudades como Toronto y Ottawa, lo que sólo contribuyó a fomentar el miedo por los dulces de Halloween envenenados (y más atentados), lo que al mismo tiempo animó a muchas familias a organizar Fiestas de Halloween en vez de enviar a sus hijos a recibir dulces de dudosa procedencia.

[6] Este capítulo incluye los links de dos fanarts que seguidores de Hitsugi hicieron para "Clockwork Circus". Yo decidí agregarlos al final como una nota flotante(?) para comentarles también que todos los links a estos trabajos(porque son varios) están enlistados en el perfil de Hitsugi por si quieren echarles un vistazo. ¡A mí me encantan! Aquí los links:

gugeta . devian tart #d4swnp0

blanknightroad . deviant art #d4ty5cu


N/T: Bueno, lo prometido es deuda. Me disculpo por las largas pausas que les he hecho sufrir entre cada capítulo pero sigo haciendo mi mejor esfuerzo para terminar esta traducción lo más pronto posible. De hecho ya tengo casi todos los capítulos hechos pero aun debo pasarlos a la computadora porque he tomado el (¿mal? ¿buen?) hábito de ir escribiéndolos en hojas recicladas durante mis tiempos libres, lo que va a resultar en un esfuerzo doble pero ¿qué se le va a hacer? También intentaré responder a sus reviews en los próximos días o en su defecto hasta el siguiente capítulo.

Nuevamente agradezco profundamente a todos los que siguen leyéndome, dejando comentarios, agregando a favoritos, alertas y en general soportando mis retrasos. ¡Son todos maravillosos!

Y desviándonos de tema, ¿ya alguien de por aquí ha visto el primer capítulo del nuevo manga de Mochizuki Jun-sensei? Se llama "Vanitas no Carte" para quien quiera checarlo. Yo aún no he tenido la oportunidad de leerlo aunque si he estado viendo algunas imágenes que ya circulan por Tumblr y creo que me he vuelto a enamorar…jajaja.

Feliz Navidad y un estupendo inicio de año 2016. ¡Coman mucho y atibórrense de galletas!

¡Un abrazo para todos!

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Editado: 06/12/2016