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Advertencias: Gore, locura, lenguaje inapropiado y cosas oscuras. Descripciones gráficas. Muerte de personajes. Menciones de abuso. La traductora y sus horrores ortográficos…


Acto XI: It's Just Execution Time

(Es justo hora de comenzar)

«Era en este salón, también, que se erguía contra el muro oeste, un gigantesco reloj de ébano. El péndulo oscilaba con un sonido sordo, monótono y apagado, y cuando el minutero había recorrido toda la esfera y llegaba el momento de marcar la hora, surgía de los pulmones de bronce del reloj un sonido límpido y potente, profundo y sumamente musical, pero de nota y énfasis tan peculiares que, a cada lapso de hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir un instante su ejecución, para prestar atención al sonido; lo que obligaba a su vez a quienes bailaban el vals a cesar en sus evoluciones; y se producía un breve desconcierto en la alegría de todos...»

Edgar Allan Poe - La máscara de la muerte roja.

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A pesar de que habían pasado casi trece años, Glen sentía como si estuviese caminando al interior de la tienda por primera vez. El vestido de Lacie estaba en sus brazos y un delicado órgano descansaba en la mano de su yo pasado. Éste era el corazón de su hermana, el mismo corazón que le fue arrancado del pecho por los exorcistas. Cuando contó la historia a Leo, sin embargo, había omitido este detalle, y por una buena razón.

Adentrándose por segunda vez en su vida, se topó con una imagen casi igual de perturbadora que la primera vez. Esa noche, sin embargo, era Jack quien yacía sin vida y Lacie quien estaba arrodillada en el suelo frente a él. Glen no podía decir si la sonrisa que aparecía en el rostro de ella mientras se acercaba era sincera o no. Sus ojos estaban cubiertos por una venda, la sangre goteando siniestramente de uno de ellos bajo la tela.

—Hermano —susurró deliberadamente, elevando repentinamente la barbilla—. Reconocería tu aura donde fuera. Eres tú, ¿no es así, Glen?

—Lacie —murmuró el Baskerville, avanzando más al interior la tienda y dejando sus ojos caer sobre todo.

Velas eran la única fuente de luz en el interior, y había bastantes de ellas goteando cera negra sobre el suelo. En el centro estaba el cuerpo de Jack, físicamente intocable para la muerte, pero indudablemente sin vida. La sangre que había sido derramada hace trece años fue limpiada de su cuerpo, pero las mismas ropas todavía estaban manchadas y cubiertas con telarañas fantasmales. De pie a pocos centímetros de su cabeza, como una lápida, estaba el Reloj del Abyss.

Además de los remanentes de su vieja familia, había otras dos personas en la tienda. Uno, un hombre de cabello blanco y una penetrante mirada en su único ojo rojo que era visible. Glen se detuvo al mirarlo, pues su tonalidad rubí era la misma que los ojos de Lacie cuando estos aún estaban plantados en su cráneo. Aunque Glen había procurado su ceguera aquel día.

El otro invitado desconocido presente era un chico semidesnudo descansando en los brazos de Lacie, su rostro presionado contra el pecho de ella mientras ella le abrazaba. Rodeando sus extremidades y sobre todo su cuerpo, había costuras con forma de cruz, algunas de las cuales estaban deshilachadas por algún tipo de impacto.

Lucían lo suficientemente inofensivos, pero Glen juzgaba a las personas por su aura, no por su apariencia. Y con la escena tal y como estaba, había una pregunta rogando por el motivo de su presencia allí.

—¿Quién eres tú? —preguntó al hombre de rostro pálido.

—Oh, no te preocupes por él —dijo Lacie con voz ligera—. Él está aquí contra su voluntad. Hice que Oz se llevara a su Señorita de modo que pudiese cooperar conmigo. Xerxes Break aquí, como verás, tiene la extraordinaria habilidad de convertir a las personas en sus pequeñas marionetas con sus hilos. Creo que semejante habilidad me será terriblemente útil.

—Es como pensé entonces —murmuró Glen, apretando los labios—. Lacie, vas a revivir a Jack.

—Si —suspiro ella soñadoramente, pasando el dorso de sus dedos a través del cabello rubio del chico con costuras—. Serán sólo unos minutos a partir de ahora para que su alma se reúna con su cuerpo.

A pesar de que sabía que el gesto pasaría desapercibido para su hermana invidente, Glen invirtió todo su desprecio en la penetrante mirada que le dedicó. —¿Estás haciendo esto pese a saber cómo fue tu propio renacimiento?

—Esto es diferente —rebatió Lacie—. Los métodos son completamente distintos. Además, ya tengo la solución a uno de los errores de la última vez. Lo que me recuerda...—su rostro se inclinó hacia donde Glen estaba de pie—, ¿dónde está, Glen? Sé que después de todos estos años de ocio, debiste haberlo escondido en alguna parte.

En lugar de desmoronarse bajo el peso de su pregunta, Glen contraatacó con su propia acusación. —Tú enviaste a ese chico a atacar mi mansión —dijo, con una voz que estaba peligrosamente cerca de ser amenazante. Pero no estaba en su naturaleza violentarse, mucho menos con su propia sangre, así que fue capaz de mantener la compostura, incluso cuando la imagen del asesinato de Charlotte estaba fresca en su memoria.

—No pretendía herirte. Ni siquiera sabía de tu afiliación con aquel chico hasta que Oz me lo contó. Vino diciéndome del hombre en mis memorias, con cabello oscuro como las sombras y hermosos ojos púrpuras. Aunque mentiría si dijera que no estaba esperando verte de nuevo. Creí que quizá habías vuelto al Infierno. Pero ahora...veo que fue muy tonto de mi parte. —Soltó una suave risita ante su propia ridiculez. Lacie echó un vistazo al chico entre sus brazos, ambos tumbados en el suelo. —Pero ahora, es el destino, ¿no te parece? El que todos podamos reunirnos.

—No; es inevitable —le corrigió Glen, adelantándose algunos pasos. —Por años, he dirigido una organización que se especializaba en asesinar Cannibal Marionettes. Yo envié a esos tres ahí. He estado siguiéndote a ti y al circo por semanas.

Por primera vez, el hombre de cabello blanco mostró señales de vida. Su cabeza se animó hacia ellos, una expresión ligeramente perpleja en su rostro.

—He estado esperando, Lacie. Esperando por ambos–…

Nada más pudo ser dicho. Una gran cantidad de energía oscura contaminó la tienda, girando hacia abajo a un único punto, como un remolino. El huesudo brazo del reloj se movió con un estruendo antinatural. Todas sus extremidades, previamente en movimiento, se detuvieron entonces, golpeando hacia arriba el trece negro. Un distorsionado timbre bramó como campanas fúnebres, agitando el interior de Glen mientras el reloj repicaba y repicaba, por trece años de espera.

oOoOo

—Así que, después de todo te deshiciste de las gafas como te dije —señalo Oz con interés—. Sí, tenía razón. Te ves bien.

Leo clavó su mirada en el carnaval ante ellos mientras la Rueda de la Fortuna les llevaba más y más alto. Emily aún estaba sentada sobre su hombro, pero no había hecho ni un sólo movimiento desde que Oz les encontró. Él se había olvidado por completo de las gafas, cierto, porque estas ya no importaban. Nada lo hacía excepto que esta noche terminara.

—Oz voy a ir directo al punto —dijo con las manos sobre su regazo.

Sin perder un segundo, Oz rió secamente. —Bueno, ésta sería la primera vez, ¿no es así, Señor Crimson Faust? —dijo él, pero sin ninguna de las acusaciones que la pregunta debió haber tenido. De hecho, Leo podría haber jurado que Oz sonaba triste. Cuando alzó a mirada, encontró a Oz mirándole con ojos vidriosos. —Así que —dijo—, ¿cuándo ibas a revelarme esto, o que eras parte de Pendulum?

Leo sacudió la cabeza. —Jamás iba a hacerlo, honestamente. Tengo prohibido hacerlo. Aunque supongo que le echaste un buen vistazo al diseño en mi chaqueta aquella noche, ¿eh? —preguntó con una sonrisa avergonzada.

Oz no lo notó, o prefirió ignorar el gesto amigable. —Entonces realmente no ibas a decir nada —concluyó con monotonía. Y tan falto de emociones como sonó el rubio, esto no hizo nada por esconder el desamparo en sus ojos esmeraldas.

—No es como si tu hubieses sido sincero conmigo, Oz —señaló el pelinegro abruptamente, ligeramente a la defensiva por ser quien asumiera la culpa—. Jamás me contaste nada sobre quien eras. ¿Dónde, en tu lista de cosas por hacer, está: «Mencionar a Leo que estoy ayudando a Lacie a traer a los demonios de vuelta al mundo»?

—Probablemente en ninguna parte considerando que no es verdad —replicó Oz con sencillez, descansando los antebrazos sobre la barra que los aseguraba—. Yo sólo estoy ayudando a Lacie con sus propios problemas. Lo hice porque ella fue la primera en sacarme del infierno en el que había nacido. No que yo haya nacido en el Infierno —corrigió cuando Leo le dedicó una mirada incierta—. No soy como tu líder. Sólo soy mitad demonio, de parte de mi padre. Aunque no es como si lo hubiese conocido.

—Ni siquiera sabes lo que quiere Lacie de ti.

Unos ojos verdes destellaron en su dirección, los bordes sangrando de un rojo rubí. —Entonces, ¿me dirás que quieres de mí? —contraatacó él, elevando casualmente una ceja. El gesto probablemente luciera inofensivo, pero Leo podía percibir la malicia como si esta fuese tangible en el aire mismo. —No; he tenido mi cuota de tortura. La he tenido por toda una vida, muchas gracias.

Cuando finalmente alcanzaron la cima, la atracción tembló al detenerse, dejándolos a la altura más alta, la punta de todo. Mientras su cabina se balanceaba ligeramente a un periodo de calma, la mirada de Leo se aventuró bajo ellos. La escena lucía plana pero colorida, como una pintura. Pero de todas las luces que entintaban y brillaban, ninguna del, alguna vez brillante, carnaval alcanzaba más allá de las inciertas sombras que envolvían el resto de Sablier. Incluso así, o quizá por ello, era la vista más impresionante que Leo hubiese contemplado. Era una lástima que no fuese en un mejor contexto.

En un mundo mejor, Glen les habría llevado a él y a los otros a un lugar similar a éste, sólo que no habría monstruos en él, y estarían bañados por la luz del sol. Leo no habría odiado la luz solar como lo hacía ahora, porque habría sido un chico que siempre había vivido en la luz. No habría visto a nadie morir o matado a alguien. Y Glen los habría llevado al carnaval. Lily habría querido subir a todas las atracciones a pesar de su estatura y habría arrastrado a Fang y Doug con ella. Echo habría estado insegura, sujetándose de la manga de Leo mientras tenía la mirada fija en un animal de felpa que querría. Charlotte habría estado riendo todo el tiempo, justo como Lily, permaneciendo al lado de Glen.

Siendo como era, Leo estaba sentado al lado de la persona que mató a Charlotte.

—Oz —dijo él. A una buena distancia, un par de Cannibal Marionettes chillaban ruidosamente cerca de una montaña rusa. —Fui al circo y vi lo que hiciste. Gilbert y los otros me dijeron sobre el demonio que ellos vieron. ¿No te importa eso?

Leo no tenía que volverse para observar la sorpresa de Oz. El rubio rió, en un fallido intento por dejarlo pasar. —Bueno, lo que yo creo es que no importa si ya está hecho, ¿cierto?

—Entonces, ¿qué vas a hacer después de esto? ¿Qué hay de Gilbert?

—Oh, sí —Oz rió con ligereza, mirando a la distancia—. ¿Cómo está él?

—Aterrado —respondió Leo, incapaz de creer que Oz preguntase. Se volvió hacia el rubio con cicatrices, sus cejas fruncidas por la preocupación. —¿Cómo más podría estar cuando tú lo destruiste todo? —Cuando Oz fue apenas vagamente capaz de suprimir su sobrecogimiento, el pelinegro retrocedió un poco. Pero sólo un poco. —Miró dentro de tus ojos, ¿sabes?

Una sonrisa torturada destrozó el rostro de Oz. —Mmm. La repulsión era obvia pero debí haberlo visto venir. Si Gil no estuviera aterrado de ello, no creo que nada sería capaz de asustarlo —Oz rió un poco. La inapropiada demostración de placer debió haberle recordado a Leo de Lacie, pero él sabía que Oz no era como ella. Podía verlo claramente. Cuando el rubio apartó la mirada de nuevo, el viento se levantó y revolvió su cabello suavemente. —Estuve en lo cierto al nunca decirle, creo.

La declaración hizo a Leo fruncir el ceño. —¿No le amas?

—Oh, sabes eso también —dijo Oz, pero su máscara estaba comenzando a desmoronarse—. Por supuesto que amo a Gil. Creo que, mirando atrás, desearía haberlo expresado mejor. Lo molestaba y reprendía demasiado. Por supuesto, él nunca dijo nada respecto a ello.

—Entonces, ¿no crees que él habría estado bien contigo ya que él te ama?

Oz soltó un bufido. —Para ser el hijo adoptivo de Glen Baskerville, sí que piensas inocentemente. ¿Le dirías a la persona que amas cuántas personas has matado, Leo? —contrarrestó, sardónico, su rostro cayendo en undesagradable desprecio—. ¿Vas a decirle que estás mucho más dañado de lo que él está? Esperas que yo vaya con Gil y le diga: «Imagina tu peor pesadilla. Ahora multiplícala por 10 y eso es lo que soy en realidad». —El rubio se echó hacia atrás, haciendo que el asiento se balanceara violentamente. —Si me dices cómo eres capaz de hacer eso, entonces eres un mejor hombre que yo.

Una repentina oleada de simpatía se apoderó de Leo ante sus palabras. Oz ni siquiera sabía que sus ojos estaban destellando de rojo, o que sus dientes estaban haciéndose más largos y afilados. Las luces proyectaban sombras antinaturales sobre su deformado rostro, capturándolas.

A pesar de la frustración quemando sus entrañas, Oz repentinamente parecía tan infantil e inocente que Leo sabía que el rubio no tenía idea de cuan frágil era su mente.

Aquella frágil mente era la razón por la que Oz nunca dijera nada a Gilbert. Era la razón de que ayudara a Lacie, a quien había conocido antes que al hombre alado. Era la razón por la que guardaba una foto de su hermana. Más que nada, era la razón de que aún no matara a Leo.

Y Leo se estaba mirando en un espejo. Aquellas lágrimas en esos ojos enrojecidos eran las suyas. Aquel rostro con cicatrices era el suyo. Este mundo nocturno era el suyo. Toda la sangre derramada del mundo le pertenecía a ambos.

—No espero ser perdonado por esto. No es como si me hubiese rehusado a hacer nada de esto —dijo Oz amargamente, pareciendo calmarse un poco. La atracción chirrió de forma desconcertante mientras volvía lentamente a ponerse en movimiento. —Así que nunca quise que Gil supiera sobre mí. No quería que nadie supiera.

Leo le escuchaba, pero estaba mirando el cielo mientras lo hacía. Había un sentimiento premonitorio de hundirse en las profundidades inalcanzables mientras estaban más y más cerca del suelo. Sólo había una única diferencia entre Oz y él, y esa era que el chico mitad demonio ya estaba roto. El pensamiento de ser fragmentado así era repentinamente la noción más conmovedora del mundo. Él no terminaría como Oz. No lo haría.

Pero, con la situación como estaba ahora, Leo comenzaba a pensar que ya era demasiado tarde.

—No te quedes con ella —dijo el pelinegro lentamente. Apartando la vista de la oscuridad, tomó la mano de Oz. —Puedes ayudarnos a mí y a Glen. Sé que Lacie significa mucho para ti, pero ella no lo es todo. Y tú no eres nada para ella. Aquí eres desechable. Si te quedas aquí, ¡Lacie te destruirá!

Tan pronto como las palabras abandonaron sus labios, Leo supo que estas eran verdad. Oz deseaba ser necesitado. Deseaba pertenecer a algún lugar, encontrar donde encajaba. Gilbert no sabía que Oz era un demonio, y de esa forma era una incertidumbre aún si Oz le amaba. Lacie sabía sobre Oz y quería usarlo para hacer su sueño realidad. De los dos, Lacie era la menos probable en deshacerse de él, y era por eso que Oz la escogió. Leo podía entender esto. Pero no dejaría que el rubio resultara más herido de lo que ya estaba. Y no permitiría que dejara atrás a los que realmente esperaban por él…

Oz se quedó quieto. El aire a su alrededor era tenso y su pequeño pecho había ascendido, conteniendo el aliento. Esas eran las palabras que Oz no quería escuchar. Estaba cansado de oír las cosas que no quería. Después de su padre, después de Isla Yura, ¿Cuántas veces tenía que aprender a no cuestionarse nunca para qué sería usado por otros?

Estaban en el fondo de nuevo, y la atracción se detuvo lentamente, ominosamente. El movimiento controlado intencionadamente reflejaba la propia paciencia de Oz agotándose. Sin volverse hacia Leo, levantó la barra y se inclinó contra la cabina. No estaba diciendo nada, pero las palabras tras el gesto estaban implícitas y el mensaje fuertemente recibido. Oz había tomado su decisión.

Leo cerró los ojos, su pecho contrayéndose dolorosamente. Probablemente habría sentido a Emily halando de su cabello ligeramente, el mejor gesto tranquilizador que ella podía ofrecer. Oz se balanceó cuando Leo se puso de pie y silenciosamente descendió por las escaleras. Sin embargo, apenas Leo había tocado el maldito suelo del carnaval cuando un discordante timbre le hizo ponerse rígido. Era como el tañir de una campana con trasfondo de órgano, y enviaba un miedo desenfrenado por todo su cuerpo. Ninguna pregunta o cavilación atravesó su mente, tan sólo el singular hecho de que el Reloj del Abyss había llegado a trece.

El tañido resonó a través del carnaval, pareciendo silenciar todos los otros ruidos y sonidos con su propia dominancia y poder. Éste chilló una y otra vez, y Leo sabía que continuaría terriblemente hasta que trece campanadas hubiesen sido dadas. Rápidamente, Leo se recompuso y se dirigió hacia la tienda en la que Glen había desaparecido, aunque no tuvo que ir demasiado lejos para encontrarse con Glen y Lacie, afuera. De pie, justo detrás de ella, estaba Xerxes Break.

Lacie hablaba animadamente con Glen, sosteniendo sus muñecas e inconsciente de la expresión atormentada en el rostro de él. Leo les ignoró a ambos y caminó hacia Xerxes, quien le dedicaba a la tienda tras de sí, una mirada mezcla de malicia y curiosidad. El insoportable repique no había mejorado cuando se acercó a su fuente, pero el pelinegro lo aguantó y tomó al pálido hombre por los hombros.

El ojo carmesí de Xerxes lo encontró y parpadeó con sorpresa. —Ara~, Señor Leo Baskerville. Y trajo a Emily con usted —canturreó, arrancando a la muñeca del hombro de Leo—. Niña traviesa, tú, dejándome sólo así.

¿«Dejarte»? —chilló ella, incrédula—. ¡Hay asuntos más importantes!

—Estas muy en lo cierto, Emily —concedió Xerxes sombríamente, colocándola sobre su propio hombro una vez más. Fijó su mirada sobre Leo, el reloj repicando haciendo su apariencia más siniestra. —Debo confesar que no pensé que vendrías aquí.

—Sharon y Elliot —dijo Leo con la voz áspera, tan calmadamente como pudo. Leo estaba contando. Ocho campanadas del Reloj del Abyss.

El disgusto destello en la expresión de Xerxes. —Tendré a mi señorita de vuelta en un futuro cercano. Y en cuanto a Elliot…creo que es mejor que terminemos primero con esto antes que nada, ¿no crees? —Infantilmente, Leo comenzó a protestar, pero se detuvo ante la mirada severa de Xerxes. —¿Crees que yo no estoy inquieto sin saber sobre mi señorita? Debemos poner nuestras prioridades en orden primero.

Quizá Charlotte le había influenciado más de lo que pensaba porque estaba a punto de decir que encontrar a Elliot era su mayor prioridad, cuando Oz pasó volando por su lado y hacía donde estaba Lacie.

Diez campanadas. Los oídos de Leo se sentían como si fueran a comenzar a sangrar, y se sobresaltó por la resonancia del sonido taladrándole los tímpanos. De alguna forma se las arregló para concentrarse hacia donde estaba Oz. El rubio había intentado tomar a Lacie de la mano pero aparentemente fue frustrado por el baile de ella mientras lo arrastraba junto a la atracción.

—¡Lacie, detente! —le gritó, forzando a ambos a detenerse. Su rostro estaba sólo parcialmente oculto bajo los mechones dorados de su cabello, pero la mueca en sus labios era suficiente para saber que no estaba feliz.

Once campanadas del Reloj. Lacie dejó de bailar pero aún estaba sonriendo. Ésta carecía de la demencia que sus sonrisas solían poseer; era serena, una imagen de felicidad. Ella se estiró y lo abrazó. —¡No podría haber hecho esto sin ti, Oz! —suspiró, apretándose contra él—. Y ahora puedo tener a mi familia de vuelta.

—¿Oz encaja en esa familia? —demandó Leo con los ojos entrecerrados.

Lacie levantó la cabeza y la giró en dirección a Leo. Ninguna respuesta vino de ella, y el doceavo tañido gritaba claramente la obvia respuesta. Y como si eso lo asentara, Lacie hizo un sonido exasperado, sacudiéndose a Oz de un empujón.

El rubio cayó al suelo, sin pelear. Sus ojos verdes estaban bien abiertos, la desesperanza llenándolos. —Tú…tú…

—No he hecho nada que no supieras ya —espetó Lacie, cruzándose de brazos. Trotó hacia donde estaba Glen y se apoyó contra él. Leo se preguntaba cómo es que ella sabía a dónde se dirigía. Glen le permitió inclinarse sobre él, pero la miraba con lo que parecía decepción. —Sabías que te estaba usando. Sabías que iba a destruirte. Sabías lo que deseaba.

La respuesta de Oz fue dada con la última y treceava campanada. El sonido los clavó donde estaban, y paralizó la expresión de Oz. Las reverberaciones del timbre se desvanecieron, se fundieron y volaron hacia la noche. Leo lanzó una mirada hacia la tienda donde sabía que Jack y el Reloj del Abyss debían estar, pero no hizo ningún movimiento hacia esta. La oscuridad parecía lentamente deslizarse a su alrededor con cada segundo que pasaba.

Oz se estremeció. —No —murmuró, bajando la mirada. Se movió gradualmente, su cuerpo doblándose sobre sí mismo hasta que estuvo en algún tipo de posición arrodillada, sobre sus manos y rodillas. Sus uñas se clavaban en la tierra mientras temblaba, susurrando la misma palabra una y otra vez. Cuando Oz elevó la mirada de nuevo, sus ojos eran de un empañado color rojo, como si sangre hubiese sido derramada sobre ellos.

¡MALDITA SEA! —gritó, saliendo disparado de su sitio e invocando a su gran guadaña. La arqueó, listo para atacar a Lacie…

La sangre se roció sobre las figuras de Lacie y Glen. Ésta salpicó sus rostros y goteó por su piel. Los ojos de Oz brillaban de un tono carmesí, y procedió a gritar aunque esta vez de dolor. Leo parpadeó, tambaleándose ligeramente y preguntándose cuando es que su nuevo invitado se había hecho presente.

—Ahora bien —dijo el invitado con un suspiro cansado—, apreciaría que no intentaras matar a nadie aquí.

Oz tosió secamente, vomitando algo de sangre en el rostro de Lacie antes de derrumbarse sobre la tierra en una pila. Su guadaña se quebró, antes de fragmentarse como cristal. Había dos cuchillos sobresaliendo de su espalda, dos cuchillos que Leo reconoció como los que usaba Oz en el circo para su acto. Sólo que ahora habría una permanente llamada a escena.

Cuando Oz cayó para empezar a jadear y gruñir de agonía en el suelo, su asesino se enderezó. Sangre vieja y nueva manchaba su ropa, las nuevas salpicaduras escurriendo por su atractivo rostro. Suspiró de nuevo y elevó su mirada de ojos verdes, corriendo una mano a través de sus largos mechones rubios, manchándolos de sangre en el proceso.

—Bueno —dijo Jack con una sonrisa—, esa fue una maravillosa forma de despertar.

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Editado: 10/12/2016