Disclaimer applied.

Link al original:( /s/7416004/1/Clockwork-Circus )

Advertencias: Gore, locura, lenguaje inapropiado y cosas oscuras. Descripciones gráficas. Muerte de personajes. Menciones de abuso. La traductora y sus horrores ortográficos…


Acto XII: Corpses in the Closet [1]

(Cuerpos en el Closet)

Dorado y rojo destellaban sobre la piel de Sharon mientras las luces del carnaval parpadeaban en su dirección, pero no había mucho que pudiese hacer al respecto. Oz la había raptado a medio vestir, dejándola en un camisón de tirantes blanco vergonzosamente corto. Unas esposas alrededor de su muñeca la retenían al poste de uno de los caballos de un carrusel. La atracción sólo había estado funcionando durante algunos minutos pero Sharon ya comenzaba a sentirse enferma de la música y el vértigo. Y pensar que un chico en el que había confiado fue quien le puso ahí. Lacie era buena para lavarle el cerebro al rubio de la forma correcta. Había sido apenas hace un día que ellos habían estado haciéndose bromas juguetonas, juntos. Lacie los había tomado a ella y Xerxes por tontos. Y él no era muy amable con la gente que hacía eso.

Bueno, aquí está tu recompensa; te cortas una de tus extremidades para mantener cuerdo a alguien más y terminas encadenada.

Sharon estaba en una misión para salir de esas malditas esposas. Con excepción de que no había objetos afilados a su alrededor para cortarse la mano. Pensó en halar hasta liberarse. Cierto, su piel se pelaría como una naranja y el daño sería igual de desastroso, pero su carne era reemplazable. El dolor, sin embargo, sería peor que cortarse; sería un dolor lento y agonizante. En estas circunstancias no tenía muchas opciones.

Los jadeos de sus respiraciones controladas la abandonaban. Cerró los ojos, concentrándose en liberar su mano. Las esposas arañaban profundamente dentro de su carne, mordiéndola sin piedad. Soltó un pequeño grito, pero éste fue fácilmente devorado por los sonidos del carnaval.

¿Por qué estaba ella allí? Reducida a un rehén, en serio. Realmente no podía creer que fuera así de débil. Lacie estaba lidiando con una chica que podía regenerarse, ¡por el Abyss! Con aquella resolución, Sharon haló más fuerte, gruñendo cuando la sangre comenzó a correr por su brazo. Se mordió el labio para sofocar cualquier otro sonido más.

—Vaya, eso sí que luce doloroso —murmuró una cantarina voz femenina.

Sharon elevó la cabeza con brusquedad, sus mejillas sonrojadas por el esfuerzo. Frente a ella, montada sobre uno de los caballos, estaba la revenant pelirroja que había ayudado a Oz a encadenarla ahí. También había estado un hombre con facciones similares a las de la mujer, pero en ese momento estaba ella sola. Una linterna al final del bastón en una de sus manos y en la otra un machete. Montada en el caballo de esa forma, con sus deslavados colores, ella lucia como alguna versión cómica de un guerrero de un cuento de hadas. Sleepy Hollow[2] venía a su mente, ya que la linterna había sido una cabeza hace más o menos una hora.

—¿Qué es lo que quieres? —dijo Sharon con voz rasposa. Apostaba a que Lacie la había enviado.

—Ayudarte, por supuesto —Miranda le ofreció una herida de sonrisa. Se deslizó fuera del caballo móvil como si ella ni siquiera lo hubiese tocado y le extendió el machete. —Creo que encontrarás esto bastante útil para ti.

Sharon miró con incertidumbre la sangrienta arma. ¿Se estaba burlando de ella? ¿Creía Miranda que estaba atormentándola aún más según los deseos de Lacie? Eso no podía ser cierto. Lacie sabía de la habilidad de Sharon…a menos que no fuera su mano lo que sería cortado. No tenía forma de estar segura de nada, pero eso no importaba. Justo ahora, Miranda le estaba dando una salida.

Cuidadosamente, se estiró y tomó el machete, evaluando la expresión de la revenant todo el tiempo. Pero Miranda estaba tan calmada como podría estarlo, ofreciéndole una sonrisa alentadora. Sharon acunó el machete contra sí, examinando su filo, su crueldad.

—¿Por qué estás haciendo esto? —le preguntó, dirigiendo su mirada hacia ella. El espacio vacío delante suyo la hizo parpadear con sorpresa. Todo lo que quedaba era ella misma y los caballos del carrusel. Y la maldita música. La mera memoria de esto la mantendría despierta durante algunas noches.

Respiró profundamente y se dispuso a trabajar. Era un milagro que las Cannibal Marionettes no la hubiesen encontrado aún. Pero, de nuevo, quizá era obra de Lacie. No sería un buen rehén si fuese asesinada antes de que su utilidad terminara. Ahora, sin embargo…ya que estaba por salir de la atracción, no había garantía de que estuviese a salvo. La familiar empuñadura de la hoja la reconfortó mientras presionaba el machete debajo de su muñeca y la cortaba. El repentino tañir de un reloj ahogó el pequeño chillido de dolor que se le escapó.

La sangre brotó sin abandono y salpicó su camisón, pero Sharon lo ignoró mientras se ponía de pie temblorosamente. Su mano pelada golpeó el piso con un ruido sordo y ella la dejó allí, tambaleándose fuera del carrusel con el machete aún en su mano. Podía escuchar los gemidos y gruñidos provenientes de las Cannibal Marionettes acercándose entre la cadencia de los trece tañidos.

A este punto, su mano ya se había regenerado pero ella se cortó la mitad del brazo y lo arrojó hacia los monstruos aproximándose. A pesar de que lo que ellos en realidad querían era su corazón, la sangre y carne los mantendría a raya por ahora. Si eso no funcionaba, podría partirlos en dos. No tenía mucha experiencia hiriendo a otros, pero la amenaza de ser asesinado usualmente despertaba las habilidades que podrían mantenerlo a uno con vida.

Y Sharon estaba contando con ello.

oOoOo

—¡Jack!

Los ojos bien abiertos de Leo observaron la escena con confusión y horror. El cuerpo mutilado de Oz cayó al suelo, pero la angustia no apareció en el rostro de Lacie. Ella no hizo nada más que bailar alrededor del rubio caído y abrazar al hombre que recién entraba a escena. El tipo lucía mucho como una versión adulta de Oz, pero las similitudes terminaban físicamente. Todo en Leo le decía que algo estaba muy, muy mal en Jack Vessalius.

—Lacie —dijo él con éxtasis, colocando su barbilla sobre la cabeza de ella mientras le devolvía el abrazo. Era como si el apuñalamiento no hubiese ocurrido. Ellos ignoraban todo a su alrededor: el horror de Leo, el desprecio de Glen, y la malicia de Xerxes. Jack estaba sonriendo, pero su sonrisa parecía de alguna forma fracturada. Todo sobre él parecía agrietado en los bordes.

—Trece años…

—El tiempo finalmente acaba ahora. Mira —dijo Lacie, apartándose de él—. Glen está aquí también.

Jack elevó la mirada, pero Glen ya no estaba más cerca de ellos. En el tiempo en que los dos habían estado hablando, Glen repentinamente apareció detrás de Leo y había cubierto los ojos del pelinegro con su mano. Leo se agitó con confusión, aunque débilmente, pues la imagen de Oz siendo apuñalado parpadeaba en su mente dentro de la oscuridad. Aun podía escuchar a Oz jadear a pocos metros de él. Glen apretó a Leo contra si, su otro brazo alrededor de su pecho.

—Glen, pensar que estarías también aquí a mi renacimiento…

Leo entró en pánico. Era peor escuchar a Jack y no verlo, que ser capaz de percibirlo con sus ojos y oídos. Quería saber dónde estaba Jack todo el tiempo para no ser capaz de dar otro paso cerca de él. La oscuridad lo hacia todo peor. Jack estaba en todas partes aquí. ¿Por qué Glen cubriría sus ojos? ¿Por qué ahora?

Glen permaneció en silencio, pero Leo podía percibir lo tenso que estaba. No de miedo o de aprehensión como Leo, sino en concentración. Él era un demonio listo para saltar si era necesario. La historia que había contado a Leo antes, de pronto parecía tan distante y únicamente un cuento de hadas. Leo no podía imaginar a Jack siendo amigo de alguien.

—¿Qué? —apremió Jack—. ¿Sin saludo alguno? Ah, ¿estás demasiado conmocionado y paralizado por la felicidad? Debiste haber estado solo por mucho tiempo sin nosotros…

—Jack —murmuró Glen, pero Leo creyó haber sido el único en escucharlo.

El terror abruptamente sacudió por completo el cuerpo de Leo, poniéndosele la piel de gallina. No sabía cómo, pero de pronto tenia el presentimiento de que Jack miraba directamente hacia él. Jadeó, pero se recordó a si mismo mantener la calma, apretándose contra Glen para darse seguridad.

—¿Quién es el chico, Glen? Luce un poco andrajoso, ¿hmm?

Leo llego a la conclusión de que si no mataba a Jack, él sería asesinado primero. Y, fuese un instinto humano o demoniaco, Leo tenía que deshacerse de lo que amenazara su vida antes de que eso lo destruyese.

En ese momento, Oz gimió, y hubo un húmedo estallido de burbujeo que debió haber sido él mismo removiendo uno de los cuchillos de su espalda. Leo deseó que se quedara quieto y cerrara la boca, pero sabía que eso no iba a pasar.

Justo en ese momento, la atención de Jack se desvió del pelinegro…directamente hacia Oz. —¿Aún estás vivo? —preguntó con impaciencia, como si las personas que no morían inmediatamente fueran un gran motivo de irritación para él—. Dime, Lacie; es este el chico, ¿cierto?

—¡Oh, casi lo olvido! —exclamó ella—. Es él.

Leo se esforzó para recuperar su voz. Tenia un sentimiento enfermo devorándole las entrañas. —¿Q-qué–? —Intentó moverse lejos de Glen y apartarlo, pero estaba siendo sostenido demasiado fuerte. —¡No! —gritó—. ¡¿Qué está haciendo?! ¡¿Qué está haciendo?!

Hasta el momento, Jack había sido bueno para romper las expectativas y poner las cosas sangrientas, y había poco en lo que Leo creyera que Jack haría, y terminara bien. Lo que sea que fuese a pasarle a Oz aquí, sería horrible y sería a manos de Jack.

—En realidad no nos conocemos mucho, pero no te preocupes, Oz —dijo Jack alegremente—. Se habrá acabado antes de que lo notes. Ni siquiera serás capaz de sentir dolor.

Leo se agitó violentamente, sus gritos trasformándose en desesperadas suplicas, su voz rota. —Glen…¡Glen, detenlos! ¡Detenlos! ¡No lo dejes herir a Oz! No los dejes…¡No lo mates! —La oscuridad de su falta de visión estaba sofocándolo y, en un último intento desesperado, empujó a Glen tan fuerte como pudo. Esta vez lo logró, y casi pierde el equilibrio. Enceguecido, caminó a trompicones hacia Oz.

—¡No, Leo! —exclamó Glen, intentando detenerlo sólo con su voz.

El pelinegro trastabilló, pero ganó suficiente lucidez para darse cuenta de lo que ocurría antes de desplomarse en el suelo.

Ahora, Oz estaba sobre su espalda con Jack encima de él, sujetándolo contra el suelo. En una de las manos de Lacie estaba el cuchillo que Oz se había arrancado y, en un rápido movimiento, ella lo clavó en su pecho. Los ojos de Oz se agrandaron por la sorpresa y por un segundo se quedó sin habla, pero luego comenzó a convulsionar y luchar contra Jack quien sólo sonrío ampliamente. Los gritos empezaron entonces cuando Lacie comenzó a tasajear su pecho, arrojando el cuchillo a un lado y escarbando dentro de la herida con sus manos, buscando algo. Leo supo, incluso antes de verlo, que era el corazón de Oz lo que ella estaba buscando.

Soltando uno o dos sonidos de arcadas, Leo trató de recomponerse y se tambaleó sobre sus piernas de nuevo con Jabberwocky en sus manos.

Oz no podía morir. No aquí. ¡Él tenía una familia circense, tenía a Gilbert, tenía a su hermana pequeña! No, él no podía morir aquí.

Supo que se había terminado cuando Lacie extrajo el débil corazón latiente, las arterias y venas sacudiéndose. Oz cayó, inmóvil, al suelo, tan rápidamente como un títere con los hilos cortados. Supo que se había terminado, pero eso no le detuvo de aullar de desesperación y elevar su guadaña, sediento de sangre.

Su cuerpo se congeló, pero no lo notó al principio tan ciego como estaba por la ira. Sus brazos aun estaban elevados en el aire para balancear a Jabberwocky, pero sus piernas estaban detenidas a medio movimiento. Simultáneamente, se dio cuenta de que estaba atrapado en los hilos imaginarios de Xerxes. Leo contuvo el aliento, descendiendo su mirada sobre Lacie, Jack y el cuerpo de Oz.

Lacie estaba sonriendo, acunando el corazón de Oz como si se tratase de un delicado bebé entre sus manos. —Gracias, Xerxes. Eso podría haber sido desastroso. —Ella debió haberle dicho a Jack todo a cerca Xerxes mientras estaba atrapado en el reloj. Su expresión era cuidadosamente neutra, y Leo quería apuñalarlo por ello. Repetidamente.

Así que fue por esto que Glen nunca había detenido nada hasta ahora. Lacie había traído a Xerxes y secuestrado a Sharon justo por esta razón. Leo era un tonto por olvidar este hecho, y se maldijo por ello. Un poder que incluso hace a un demonio dudar. Lacie hizo un sabio movimiento.

—¿Qué vas a hacer con eso? —demandó él, mirando en dirección al corazón de Oz.

Fue como si no hubiese hablado en lo absoluto. Jack parpadeó sorprendido, apartándose del cuerpo sin vida de Oz, sus ojos esmeraldas fijos en el rostro de Leo. El pelinegro se tensó, aunque sabía que pelear contra los hilos de Xerxes era inútil.

—Jack, déjalo en paz —llamó Glen, su voz tensa—. Él no tiene nada que ver con esto.

Jack elevó una ceja, extendiendo una sangrienta mano para apartar el flequillo de Leo. El toque hizo que la bilis del pelinegro se le subiera hasta la garganta. Una sonrisa que habría sido hermosa bailaba en los labios de Jack. —Por el contrario —dijo él, husmeando dentro de los ojos bien abiertos de Leo—, él tiene todo que ver con esto. Reconocería estos ojos en donde fuera. —El viento se alzó, arrojando el largo cabello rubio de Jack a su alrededor.

—En verdad —murmuró, hablando sólo a Leo—, ha pasado algún tiempo desde la última vez que te vi. Y…que guadaña tienes ahí. Jabberwocky, si recuerdo bien.

Una ligera incredulidad trepó por la expresión de Leo. —¿Qué? —susurró. Eso fue todo lo que pudo manejar.

Ninguna respuesta real llegó, y Jack rió suavemente antes de apartarse. Se volvió hacia Lacie y suavemente tomó el corazón de entre sus manos. Su latido era ahora tan débil que difícilmente parecía estarse moviendo, pero el pulso aun era dolorosamente alto en la cabeza de Leo.

—Mitad demonio es mejor que no tener guadaña alguna —le dijo Jack a Lacie, abriendo su boca. La respiración de Leo se volvió laboriosa cuando Jack presionó sus labios contra el órgano y lo tragó completo, sorbiendo ruidosamente las arterias que dejaron un rastro de sangre sobre su barbilla. Leo parpadeó, mirando fijamente los labios manchados de carmesí que acababan de consumir el corazón de Oz.

Era justo como en el asilo, excepto que entonces…había sido él quien había…

—Así que para eso era él realmente —dijo Glen con solemnidad. Estaba detrás de Leo, sujetando su hombro. Fue entonces que se dio cuenta de que podía moverse de nuevo. No que su cuerpo estuviese funcionando de forma suficientemente apropiada para él.

— Lacie lo escogió para mí —explicó Jack, lamiéndose los dedos para limpiarlos—. Como sin duda podrás recordar, la razón de que Lacie se volviese loca la última vez fue porque no le devolviste su corazón, ¿recuerdas? Ella dejará de estar hambrienta de carne, sin embargo, una vez que se lo entregues. —Parpadeó, ligeramente sorprendido. —Hmm, en realidad tenía un sabor satisfactorio.

Cuando hubo terminado de lamer la sangre, guiñó un ojo hacia Leo. —¿Qué tal? ¿Glen ha estado cuidando bien de ti?

Repentinamente Lacie canturreó, poniéndose de pie. —Espera, espera —dijo, colocando sus manos tras su cabeza—, yo también quiero verlo. —Gradualmente, su venda ensangrentada se aflojó. Una extraña mezcla de confusión y aprehensión burbujeó en el estomago de Leo, y con una buena razón.

Lacie dejó caer su venda, y lo que Leo vio lo hizo querer gritar.

Ya no había más dos agujeros vacios sobre de las mejillas de ella. Dos ojos le estaban devolviendo la mirada, enmarcados por su oscuro flequillo. Uno era rojo sangre, y tenía un aterrador parecido al de Xerxes. Aunque fue el segundo ojo lo que verdaderamente capturó la atención de Leo y su horror. El ojo derecho de Lacie, aun derramando sangre a través de su rostro, era de un gélido azul que conservaba todo el brillo de cierto rubio.

No había forma de que estuviese seguro. Ni siquiera conocía la situación en su totalidad. Y aun así, Leo sabía que estaba mirando al ojo derecho que alguna vez perteneciera a Elliot. Sólo vagamente, Leo fue capaz de mantener el equilibrio, sosteniéndose a sí mismo en el último segundo con un jadeo, sus piernas temblando mientras Lacie miraba hacia él.

La alegría fluyó a través de la expresión de ella, y aplaudió una vez con sus manos.

—¡Oh! ¡Leo! —exclamó, sus nuevos ojos ensanchándose en un gesto de locura—. ¡Pensar que te vería de nuevo! ¿Me extrañaste?

Adoptando una postura defensiva, Leo colocó a Jabberwocky delante suyo. Lacie sonrió radiante ante la vista, como si nada pudiese complacerla más. —Oh, ¿es ese mi querido Jabberwocky al que veo? Pensar que estuvo delante de mi nariz todo este tiempo.

—Detente, Lacie —dijo Glen, con un tono que fue poco menos que un gruñido.

Leo difícilmente podía entenderles. Todo lo demás estaba paralizado para él ahora. Bolas de algodón rellenaban sus oídos, haciendo sus voces y la música del carnaval sonar amortiguados. No podía dejar de mirar dentro de ese ojo azul, el ojo de Elliot.

—¿Qué has hecho? —susurró, temblando—. ¡¿Qué le has hecho a Elliot?!

Su declaración cortó la dicha de Lacie. Ella se quedó quieta, inclinando la cabeza. —¿Por qué estás tan molesto? Él tiene dos ojos, ¿no es así? No veo ningún problema en tomar uno. —Frunció el ceño ligeramente, cruzándose de brazos. —Y no le he matado.

Muerto. Elliot no estaba muerto. No estaba muerto. Pero aún así estaba, el Abyss sabrá dónde, sangrando de una, recientemente vacía, cuenca ocular. Y era culpa de Leo. Lacie había sido orillada a esto por su culpa. Pudo haber sido cualquiera, pero terminó siendo Elliot. Elliot quien menos lo merecía de entre todos los demás. Se sentía como si su corazón y su cuerpo estuviesen siendo absorbidos hacia la oscura tierra donde estaba siendo enterrado vivo por la culpa y el remordimiento. Quería morir…

—¿Estás furioso?

No. Él no quería morir.

Él quería matar.

Lacie juntó sus manos, girando felizmente y riendo. —¡Oops! ¡Hice que se enfadara conmigo ahora!

Ella saltó hacia adelante y golpeó su mejilla, ignorando la amenaza de su guadaña. —Ven y atrápame, si es que deseas matarme —dijo esto sin falsa inocencia alguna. Contenía toda la malicia que pretendía.

—¡Lacie! —exclamó Glen, luciendo enfurecido y preocupado.

—Matarte sería misericordioso —siseó Leo con una voz que no era la suya, con una lengua que no podría, posiblemente, ser suya. Con esto, Leo supo que instintos se apoderarían de él a continuación.

Lacie sonrió y se alejó bailando, sonriendo y comenzando a cantar. Sin mirar a nadie más, sin tomar nota de nada más que la chica danzando lejos de él, Leo se lanzó tras ella.

oOoOo

Tan pronto como el pelinegro se movió, Glen reaccionó, olvidándose por completo de los hilos de Xerxes. Pero la fuerza que lo detuvo de avanzar no era un poder sobrenatural, sino un par de ensangrentados brazos rodeándolo.

—No debes, Glen —dijo Jack contra su oído—. Él es su presa después de todo. Lacie estará bien por su cuenta.

—No iba a protegerla —Glen se sofocó, ligeramente frustrado.

Jack elevó la mirada hacia su amigo con un pequeño fruncimiento de cejas. —No puedo evitar pensar que algo anda mal.

—Todo anda mal —dijo Glen. Por el rabillo del ojo observó a Xerxes alejarse. Mejor para Glen, aunque esperaba que Leo no estuviese en problemas. Descendió su mirada sobre el rubio. —No se supone que volvieras, Jack. No se supone que nada de esto debiera ocurrir de nuevo. Tuve trece años para detenerlo y aún...

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Jack, como si estuviese más curioso que horrorizado—. Trajiste a Leo por Lacie, y tú estás aquí por mí.

Glen cerró los ojos. —No quiero herirlos. A ninguno de ustedes. —Fue girado para encarar a Jack, el aliento del rubio sobre él. Unos labios se presionaron contra los suyos, con sabor a decadencia. Glen estaba mórbidamente fascinado por ello. No se apartó, pero tampoco reaccionó.

—Entonces no lo hagas —susurró Jack—. ¿No dijiste que has estado esperando por nosotros?

Incluso si dolía, y realmente lo hacía, Glen sabía cuan equivocado estaba Jack. —No me dejaste terminar con tu "renacimiento" siendo anunciado. —Retrocedió varios pasos, pretendiendo no notar la inocente confusión en el semblante de Jack.

—Lo que estaba diciendo —comenzó, extendiendo su brazo lentamente—, es que por trece años he estado esperando por ambos de modo que pueda matarlos.

La expresión de Jack se nubló por un breve segundo. Luego se oscureció. Glen sabía, mirando aquella profundidad en el interior de Jack, que él había sentido que llegarían a esto.

Una guadaña apareció en la mano de Glen con una explosión de electricidad roja y salvaje, su propia arma a la que no había invocado desde antes que Jack muriera. La última vez que la había usado había sido para matar a los exorcistas que habían asesinado a Lacie, y en ese mismo día él había recuperado el corazón de su hermana.

A diferencia del mango de Jabberwocky, que se curvaba ligeramente, la guadaña de Glen se erguía como un delgado bastón de metal negro. La hoja estaba dividida a lo largo de sí misma, haciéndola parecer como si la guadaña estuviera sonriendo, y estaba teñida de chisporroteos carmesí. Glen la sostuvo firmemente, dirigiéndose a Jack, sin alterarse.

El rubio examinó la guadaña, su rostro iluminado con interés. —Oh, ¿no es ese Jub-Jub? —preguntó con una oscura sonrisa bailando en sus labios mientras elevaba la mirada hacia Glen—. ¿Estás seguro que quieres hacer esto?

—Suena como si quisieses que pasara —murmuró Glen, procediendo a abarcar el espacio entre ellos con su guadaña.

—Me gusta jugar con mis amigos.

—Te informo, Jack, que sólo porque he perdido la práctica no significa que tienes ventaja alguna aquí. Después de todo, ¿quién de nosotros es el polluelo?

—Cierto —concordó el rubio con ligereza, y sin tomar ofensa alguna. Al segundo siguiente, la guadaña de Oz, ahora de Jack, se manifestó en la mano del rubio—. Aunque, afortunadamente para ambos, yo no creo en gentiles primeras veces.

oOoOo

Siendo honesto, Xerxes no sabía lo que Lacie esperaba conseguir con secuestrar a Sharon y mantenerla como rehén por sus poderes. Desconocía los métodos con los cuales Sharon estaba siendo retenida, pero tenía fe en sus habilidades para librarse a si misma. No es que ella haya deseado dichas habilidades. Eso había sido culpa de él por haberse enredado en su vida.

Y él había hecho su misión en la vida el corregir ese error.

Ahora que Lacie se había ido y Jack estaba ocupado con el demonio, Xerxes tenía la oportunidad de seguir un nuevo rastro de sangre que lo llevaba directamente dentro de la tienda de la que acababa de salir. Apartando la solapa, fue casi inmediatamente sofocado por el espeso aire que acarreaba pesadamente la magia infernal. Ya la atmosfera se estaba volviendo distorsionada, heladores chillidos provenientes de los demonios resonando en la tienda. Cada pocos segundos veía una mano o un rostro tomando forma en el aire.

Sharon estaba allí, el sudor escurriendo por su frente, y había sangre pegada a su piel y vestido. El torbellino acarreado por la magia girando, tiraba de su cabello y ropa. Estaba feliz de ver que ella tenía todas sus extremidades regeneradas, aunque sospechaba que debía haber abusado muchas veces de si misma en su camino hasta allí.

Ella estaba arrodillada, luciendo al borde de las lágrimas ante la vista de Elliot tendido en el suelo con una sangrante cuenca ocular. Él chico respiraba pesadamente con los dientes apretados, y se mantenía parpadeando su único ojo como si tratara de asimilar la situación. Xerxes caminó hacia ellos, suspirando con desaprobación. —Bueno, ellos ciertamente no tienen idea de cómo cerrar un círculo de sangre apropiadamente, a pesar de ser un practicante de magia y un ex-demonio —dijo, colocando una mano sobre su cadera.

Sharon levantó violentamente su cabeza. —Estas aquí —dijo sin aliento, calmadamente. Rápidamente limpió sus inminentes lágrimas. —¿Puedes cerrarlo? Si puedes, al menos, hacer eso…y yo puedo ayudar a Elliot, aunque…

Él podía verlo en su rostro, lo que ella estaba pensando.

Cuidadosamente, ella se encontró con su mirada. —¿Lo recuperaste? —inquirió. Elliot dejó escapar un pequeño aullido de dolor, sujetándose la cuenca del ojo vacio. Sharon tomó su otra mano, descendiendo su mirada hacia él con preocupación.

—No —replicó Xerxes con simpleza—. Pero ella lo tiene. Y el suyo también. Dudo que podamos recuperarlos.

Una expresión adolorida cruzó las facciones de Sharon, pero él la ignoró. No sabía cómo liderar con alguien cuando estaba así, era demasiado para él incluso pensar en palabras reconfortantes.

En su lugar, preguntó sombríamente—: ¿Qué fue lo que te hicieron?

—Fui esposada de una mano.

Xerxes elevó una ceja. —¿Sólo una mano?

Sharon asintió.

—Bueno, son más estúpidos de lo que pensé.

Sharon alcanzó algo tras ella y extrajo un machete. —Tenía esto también para ayudar.

—Ah, esa es mi señorita —elogió el hombre de cabello platinado con una sonrisa complacida. Cuando el chillido particularmente alto de un demonio se escuchó, Xerxes suspiró. —Supongo que debería arreglar este problema de inmediato.

Mientras se inclinaba para examinar el círculo, Sharon gritó por encima del creciente ruido. —Serás capaz de detenerlo, ¿cierto?

—Señorita —rió él—. ¿Exactamente por quién me toma?

Llevaría tiempo descifrarlo, sin embargo. Cada practicante de magia tenía su propio sello cuando elaboraba un hechizo de cualquier clase, una especie de firma. Sin embargo, Xerxes era más que lo suficientemente poderoso para liderar con algo hecho por Lacie. Ella quizá haya tenido conocimiento sobre algunos de sus poderes, pero ciertamente no de todos ellos.

—Engáñame una vez, y la culpa es tuya —dijo él, tocando el flequillo que cubría su ojo izquierdo, los mechones siendo arrastrados por el viento mágico—. Engáñame dos veces, y te mato.

Sharon frunció el ceño. —¿No es «engáñame dos veces y será la mía»?[3]

—Detalles. Deberías atenderlo de inmediato —le recordó él, mirando intencionadamente a Elliot.

Para sorpresa de ambos, Elliot se sentó en un movimiento, gruñendo por el dolor y doblándose sobre si mismo. —¡No! —dijo él con aspereza—. ¡No estoy muerto, así que estaré b-bien!

—¿Te estás escuchando? —jadeó Sharon, intentando hacer que se recostara—. ¡Estas sangrando abundantemente!

—¿Moriré, sin embargo? Viviré al menos una hora, ¿cierto? —demandó él, golpeando el suelo con puño—. Eso será todo lo que necesite.

Sharon dudó, mordiendo su pulgar. —Pero deberías–…

—¡No, me niego a permanecer en ninguna parte! —gritó Elliot, tropezando para ponerse sobre sus pies. Cayó más de una vez, gruñó ligeramente por el dolor, pero eventualmente se las arregló para mantener el equilibrio. La sangre proveniente de su ojo perdido escurría por su mentón y pecho. Miró hacía atrás, su único ojo bien abierto ante la imagen de los demonios tratando de cruzar hacia ese mundo.

—Todas estas cosas ocurriendo…¿qué demonios es esto? —dijo. Sacudió la cabeza. —Qué mierda. ¿Dónde…dónde está Leo? Si es que él es parte de esto. Lo escuché antes. Y…y Oz…

Tras intercambiar una mirada con Sharon, Xerxes dijo—: Eres un tonto si crees que puedes ir tu solo, y desarmado además.

De inmediato, Elliot dirigió su atención violentamente hacia el machete cerca de Sharon. —Dame eso. Lo usaré contra esos monstruos. —Sin esperar siquiera una respuesta, se aproximó y lo cogió con su mano izquierda, la otra todavía ocupada con su cuenca sangrante.

Xerxes le dedicó una mirada evaluadora. —¿De qué tanto es consciente, señor Elliot?

El rubio igualó la intensidad de su expresión. —Lo suficiente como para no querer estar aquí ociosamente. No puedo permanecer quieto cuando gente está meriendo allá afuera. Oz es…y allá en el circo…—Su agarre se intensificó sobre el machete, resuelto. —No voy a perder a nadie más, maldición.

Ante esto, Xerxes no pudo evitar sonreír ampliamente. Le agradaban los chicos como Elliot. —Bien, entonces será mejor que salgas de aquí —dijo él, volviéndose hacia el círculo.

—¡Xerxes! —exclamó Sharon, pero su protesta no importó. Elliot se había ido tan pronto como el peliblanco terminó su oración.

Los de tu tipo siempre mueren. Prueba que me equivoco, sólo esta vez, señor Elliot.

.


Anotaciones:

[1] Corpses in the closet/cuerpos en el closet: También escrito como: "Skeletons in the closet" o "Skeletons in the cupboard"; es una frase coloquial usada para describir un hecho no revelado sobre alguien que, de ser descubierto, tendría un impacto negativo en la percepción que se tiene de dicha persona.

[2] Sleepy Hollow: "La leyenda del jinete sin cabeza"; es un relato corto de terror escrito por Washington Irving en 1820 en su colección "The Sketch Book of Goeffry Crayon".

[3] Fool me once, shame on you; fool me twice, shame on me: Engáñame una vez y la culpa tuya; engáñame dos veces y será la mía.


Editado: 11/12/2016