Disclaimer applied.

Link al original: (/s/7416004/1/Clockwork-Circus)

Advertencias: Gore, locura, lenguaje inapropiado y cosas oscuras. Descripciones gráficas. Muerte de personajes. Menciones de abuso. La traductora y sus horrores ortográficos.

N/T: Bueno, como notarán (o ya notaron) hice una revisión completa de todos los capítulos para corregir los errores que he ido cometiendo a lo largo de esta traducción en cuanto a ortografía y gramática (aunque parece que a la página le gusta borrarle palabras y los espacios entre éstas a mis publicaciones), formato de los capítulos (porque guiones y no comillas; gracias de nuevo Gemini in Tauro por señalarlo) y algunas otras tonterías que hice por ahí en mi inexperiencia. En general, creo que todo ha quedado bien pero si notan algo raro no duden en decírme ;-).

Y dicho esto, tomaré otro poco de espacio para responder a un par de reviews que tenía pendientes desde hace mucho:

Hikary: Hola, Hikary, ¿cómo éstas? Antes que nada una enorme disculpa por haber dejado tus dos comentarios como en el olvido, pero al no tener otro medio de contacto más que mis notas en cada capítulo, y siempre estoy publicando a la carrera, terminaba dejándolos para "después" y "después"...En fin, agradezco sinceramente el tiempo que te has tomado en leer y dejar comentarios para esta traducción a pesar de sus fallos. Me alegra que tengas tan buena impresión de esta historia que es una de mis favoritas.

Ahora, respecto a tu petición de publicar la traducción en Wattpad, la verdad es que la decisión no es enteramente mía; incluso si la traducción me pertenece, en éste o cualquier idioma la historia continúa siendo propiedad de Hitsugi Zirkus y no sería educado de mi parte publicarla fuera sin su aprobación, especialmente cuando en mi petición por traducir la historia nunca mencioné esa posibilidad para que ella lo considerara antes de acceder. Por otro lado, yo preferiría no publicar fuera del sitio, entre otras razones para evitar problemas relacionados con plagio o posibles malentendidos.

Espero que mi negativa no te decepcione mucho, Hikary, y gracias por la sugerencia de cualquier forma ;-). Oh, y para nada es una molestia, al contrario; espero oír más de ti pronto. ¡Abrazos!

Y ahora si, ¡feliz lectura a todos!


Acto XIV: Slaughter and Laughter [1]

(Matanza y risas)

"La maldad es un punto de vista."

Lestat. Entrevista con un vampiro.

.

—Dime, Glen, ¿por qué querrías pelear conmigo? Somos amigos, tu y yo. Para mí, tú y Lacie, ambos son muy preciados. Jamás querría herir a alguno de ustedes. Así que, ¿por qué me dejarías morir una segunda vez por tu propia mano?

Jack permaneció en silencio por un momento, aguardando por una respuesta. Los segundos pasaron y el rubio suspiró, dando golpecitos contra su cabeza con la hoja de su guadaña. Glen odió aquella vista, como si los poderes de un demonio fueran un mero juguete de niños. De entre todas las personas, Glen esperaba que Jack respetara mejor a los demonios.

Sería una mentira, sin embargo, no admitir que era emocionante para el pelinegro el volver a pelear. Después de todo, Glen era un demonio. Y si una pelea era estilizada del modo correcto, incluso podía ser una forma de afecto o cortejo en el Infierno. Aunque la postura que Glen poseía ahora hablaba de un intento asesino. Estabilizándose, Glen se colocó sobre sus pies. El corte a lo largo de su espalda había causado que cayera al suelo donde permaneció silenciosamente, pensando en el pasado. Pensando en cómo solía ser Jack. La herida en sí misma no era dolorosa pues la tolerancia al dolor era bastante alta para los demonios, pero ésta habría sido fácilmente fatal para los humanos.

Su lengua limpió la sangre que había caído sobre sus labios, proveniente de la herida en su cabeza. Imaginaba que estaba casi emparejado con Jack ahora. En su pelea hasta ahora, le había asestado al rubio unos cuantos cortes a lo largo de las piernas, e incluso le cortó lo suficientemente profundo para golpear el hueso de uno de sus brazos.

Aun así, ningún rastro de dolor parecía alcanzar a Jack.

Glen sacudió la cabeza, sonriendo irónicamente. —Es como pensé —dijo con su voz de arrugado terciopelo—, tú ya no eres más Jack Vessalius.

La confusión era evidente en el rostro de Jack. Él elevó una ceja, arrojando perezosamente su guadaña de un lado a otro entre sus manos. —Eso es una mentira, Glen. Aunque no debería necesitar probarme a mi mismo ante mi mejor amigo —dijo él con fingida angustia.

—Yo no soy amigo de un retorcido cadáver —murmuró Glen. Cerró los ojos, una chisporroteante energía roja proviniendo de Jub-jub, zumbando con poder. Las chispas carmesíes salieron volando, haciendo añicos todas las bombillas a su alrededor y creando una lluvia de coloridos cristales.

Jack echó un vistazo hacia el espectáculo, y en ese instante de distracción Glen atacó, su guadaña siseado a través del aire.

oOoOo

Mira.

Me dije a mi mismo que él nunca me vería así, que saldría de su vida antes de que esto siquiera pasara. Él jamás sabría cuan desquiciado estaba, cuan poco tomaba el enviarme a un frenesí asesino. Se suponía que nunca sabría cuan raro era yo. Cuan extraño.

Pero mira.

Elliot estaba de pie delante de Leo con su único ojo ensanchado por la sorpresa. Sus labios estaban abiertos pero no parecía como si él pensara en qué decir. ¿Qué podría uno decir ante semejante escena? Todos los que habían visto a Leo en semejante estado se quedaban sin palabras al principio.

¿Y por qué? ¿Qué es lo que estoy haciendo mal?

«Pero matar es malo…¿no es así, señor Leo?», vino la voz quebrada de Echo a su mente.

¿Es así? ¿Quién fue el que declaró esto? Leo quería saber quién estableció que matar era malo. Si él supiera las razones tras el por qué, entonces sabría exactamente el motivo por el cual Elliot estaba dedicándole semejante mirada. Leo quería esconderse de esa mirada, y al mismo tiempo quería mostrarle a Elliot el alcance completo de las necesidades que residían en su interior.

No era un instinto demoniaco. Era sólo Leo. Quizá era momento, aquí con el suturado equilibrista como testigo, de aceptar eso.

—¿Dónde has estado? —murmuró Leo, extendiendo una mano ensangrentada—. Estaba preocupado. Lacie…ella tomó tu ojo. —Entonces miró hacia los viscosos líquidos conectando sus dedos, su rostro cayendo ligeramente. —Intenté recuperarlo, pero ella…ella lo aplastó. Lo siento. En verdad quería devolvértelo… —Era como si las palabras no alcanzaran a Elliot. Lentamente, procesando desesperadamente la escena en contraste, Elliot avanzó varios pasos. Finalmente, pareció como si sus piernas se rindieran, y él se desplomó sobre sus rodillas con el machete resbalando de su mano. Su ojo se encontró con la mirada de Leo, inmutable, luego recorrió su cuerpo herido y ensangrentado antes de descender sobre la mutilada forma de Lacie. Había a una expresión extraña en su rostro, tanto confundida como conmocionada, como si él estuviese tratando de encajarlo todo y sólo estuviese obteniendo extraños resultados.

Y entonces…

—La mataste.

Leo parpadeó. Elliot ni siquiera le estaba mirando, pero una de sus manos sujetó la ropa por encima del pecho del pelinegro.

—Lo vi —dijo con serenidad—. La mataste. —Entonces Leo fue empujado hacia adelante, su nariz casi tocando la del rubio; el ojo azul perforándolo era duro, aun así frágil como un glacial. —¿QUÉ DEMONIOS ESTÁ MAL CONTIGO, MATÁNDOLA ASÍ NADA MÁS?

El pecho del pelinegro se contrajo, un latido completo sacudiendo su cuerpo. Sombras descendieron sobre su rostro. No era como si no le hubiesen preguntado eso antes. Demasiadas veces se lo había preguntado él mismo, a mitad de la noche cuando estaba solo en su habitación sin nada más que sus enloquecedores pensamientos y el marcar de su reloj de péndulo. La única cosa que había eximido su incertidumbre era el hecho de que podía controlarse a sí mismo. Si estaba a solas con esos sentimientos, entonces podía ser fuerte respecto a ellos.

Aun así, las pesadillas y los asesinatos ocurrían con demasiada frecuencia. Era tan fácil para él convertirse en el monstruo al que incluso una familia de monstruos temía. Encadenado y puesto de nuevo en la oscuridad. Ordenado a mantener mejor el juicio la próxima vez. Ésta era su existencia.

¿Fue así como se sintió Oz? Parecía que nada podría detenerlo. Nadie podría entenderlo. ¿Cómo es que había pensado que Elliot podría ayudarlo?

Sujetó la muñeca de Elliot, sus ojos entrecerrados. —¿Qué pasa con ese balbuceo? Sabías que yo era así.

—Maldita sea, Leo. ¡Ella era mi amiga! —rugió Elliot a través de sus dientes apretados.

—¡Y no sabías nada sobre ella! —rió el pelinegro, encontrando la situación en conjunto completamente hilarante—. ¿Sabías que tu amiga ha matado a Oz? ¿Qué hay sobre su pasado? ¿Sus pensamientos? ¿Qué sabes además de lo que te dijo? Diablos, incluso yo fui más honesto contigo. ¡Al menos yo te dije que mataba y me gustaba!

Elliot sacudió la cabeza, el molesto ceño fruncido de sus cejas atenuándose ligeramente a ser más o menos una expresión desesperanzada. —¿Por qué tenías que matarla? —demandó.

—Ella mató a Oz y te hizo daño. ¿No querrías deshacerte de ella? —desafió Leo con una ceja enarcada, aún en su estado de locura.

Una única orbe azul miró fijamente hacia él, sosteniendo toda la intensidad de cuando Elliot tenía sus dos ojos. —No. Porque yo no soy así.

—Pero yo sí —le recordó Leo, y lanzó una mirada de vuelta hacia el cuerpo de Lacie, admirando cuan retorcido y deforme se había vuelto en su colisión con el carro de la montaña rusa. Él probablemente nunca la habría puesto en tal estado con sus propias manos y guadaña. —Sólo mira lo que le he hecho. Ahora mírame y trata de ver cómo no disfruté de esto.

Por un segundo, Elliot pareció falto de palabras, horrorizadas sombras atravesando su rostro. Entonces Leo fue empujado al suelo, un fuerte puñetazo lanzado su cabeza violentamente hacia atrás. El puño colisionando con su barbilla había sido tan repentino, un familiar sabor cuproso llenándole la boca por haber mordido su lengua. Poco tiempo le fue dado para reaccionar cuando fue golpeado de nuevo.

—¡Cállate! —le gritó Elliot, sujetándole por el cuello de la camisa—. ¡¿Por qué no me dijiste?! ¡¿Por qué no confiaste en mí sobre quién eras, quién era ella, quién era Oz?! ¡¿No estoy autorizado a ello…como tu condenado amigo?!

Viendo que el furioso puño se había detenido por el momento, Leo volvió el rostro hacia un lado, la sangre siendo disparada de sus labios mientras escupía. Luego, lentamente—: ¿En verdad me habrías dejado matarla de haber sabido algo? No, ella era parte de tu pequeña familia circense —murmuró Leo, encajando sus dedos en la tierra bajo él. El aroma de la lluvia era fuerte, el aire pesado por ella.

Encontrándose con el silencio, continuó mirando a Lacie como si ella pudiese oírle también. —Pero ella se habría topado con el mismo destino sin importar nada. Incluso antes de verla asesinar a Oz, antes de que ella te hiriera a ti o al circo, incluso antes de que ella me dijera que de no haber muerto sería la mujer a la que yo llamaría ma…ma…madr…¡MADRE!—Furiosas lágrimas se desbordaron de sus ojos, él elevó la cabeza bruscamente para mirar a un confundido Elliot. —¡Así que deja de mirarme así! ¡Yo no hice nada mal!

A lo que más le temo…es a amar a alguien que sea como yo. Alguien que me rechazaría porque era yo mismo. Odio…la condenación.

Tú no hiciste nada mal.

Maté a mi…a mi…

¿Así que la habrías dejado vivir, sólo para que ella pueda dañar a otros? Como hizo con él…

Leo miró con rabia hacia la cuenca vacía atiborrada de sangre sobre el rostro de Elliot. Era difícil mantener unidos los hilos de su mente. Todo era culpa suya. Elliot no le miraría así a menos que todo fuera culpa de Leo…

Elliot jadeó cuando Leo lo apartó de encima suyo, Jabberwocky en su mano mientras sucias lágrimas embarraban el rojo en su rostro. —¡YA DEJA DE MIRARME ASÍ! ¡ELLA NO TENÍA PERMITIDO LASTIMARTE! —gritó, poniéndose de pie e ignorando completamente el dolor en su tobillo roto. Jabberwocky estaba rodeado por un humo púrpura similar a una nebulosa, emitiendo el furioso poder canalizado a través del pelinegro. Sin siquiera dedicar a Elliot una mirada, se volvió hacia Lacie y la apuñaló en el pecho con el extremo de su guadaña.

Oh…oh…¿es esto lo que había estado molestándome todo este tiempo? Lo sabía…yo era extraño…pero ahora quiero saber, sinceramente saber…

—¡¿POR QUÉ SOY DIFERENTE?! ¡¿POR QUÉ SOY YO EL FENÓMENO?! ¡¿QUIÉN LO DECIDIÓ?! —demandó Leo, su voz rompiéndose y su garganta quemando. Elliot probablemente había gritado algo mientras el pelinegro retorcía el mango de Jabberwocky más profundamente antes de retirarlo y hacerlo de nuevo en el estómago de Lacie. Elevó su guadaña y la dejó caer para abrir el abusado cuerpo.

Pero unos fuertes brazos le rodearon, halándolo hacía atrás. Uno sobre su pecho, sujetándolo fuertemente mientras una mano ensangrentada cubría su boca. Fue abrazado apasionadamente contra un pecho desnudo, Jabberwocky tambaleándose en su mano ante la súbita interrupción. Leo llamó a Elliot furiosamente, pero su voz salió amortiguada. Luchó, listo para morder al rubio. Pero entonces…

—¿Sabes por qué te detuve? No porque no sea cómo tú. No porque no me guste la idea de matar a alguien. ¡Sino porque soy alguien que no quiere saber lo que es no tener nada! No te he abandonado, Leo, ¡así que no me abandones! —La voz de Elliot era fuerte, de alguna forma tan bañada de luz. Mientras ésta vibraba en el pecho de Elliot, contra su oído, Leo se sentía como si estuviese ahogándose en sollozos.

Su cuerpo tembló en los brazos de Elliot, lágrimas corriendo por su rostro. Un llanto amortiguado, mezclado con la nueva humedad salada en la mano de Elliot. Leo lloró sin saber qué hacer. ¿Qué se supone que tenía que hacer él para seguir perteneciendo a un mundo? Había cosas aceptables en algunos mundos que no lo eran en otros y aun así, Leo quería estar en ambos.

Lo quiero todo. Quiero pertenecer a todas partes…

Su llanto disminuyó un poco cuando la voz de Elliot estuvo en su oído, sus labios rozando contra su piel y él esperó, su respiración luchando por estabilizarse.

—No te he abandonado —repitió el equilibrista en un tono tenso, con una emoción sincera—, así que no me abandones. Aún estoy aquí, Leo. Aún estoy sosteniéndote.

Las lágrimas volvieron, pero los sollozos se aquietaron mientras Elliot, lenta y cuidadosamente, besaba la mejilla de Leo, manchada de tierra y sangre.

—Nggh…mhnn… —gimoteó el pelinegro. Su brazo sosteniendo a Jabberwocky se relajó a su lado, el humo púrpura calmándose a una débil neblina hasta desaparecer. Se dio la vuelta inmediatamente cuando sintió al rubio relajarse, abrazando a Elliot fuertemente y sujetando las gruesas costuras sobre sus hombros mientras presionaba su sucio rostro contra su pecho desnudo.

No fue rechazado.

oOoOo

Con una puñalada final en la garganta de la Cannibal Marionette, ésta cayó sin vida al suelo y Elliot soltó el aliento. —Oh…entonces…así fueron las cosas —musitó él, extrayendo el machete. Éste goteó un camino de sangre mientras él caminaba de vuelta hacia Leo, quien estaba esperando cerca de un puesto.

Apartándose el sucio flequillo de la frente, Leo asintió secamente.

—Lacie era más que sólo un fenómeno. Ella era un cadáver reanimado. Fue quien te encontró cuando eras un niño abandonado —añadió, limpiando la hoja del machete en sus pantalones—. Gracioso, como ella fue alguien para ambos, pero en diferentes puntos de nuestra vida.

—Tal vez es el destino —bromeó Leo, intentando aligerar el ambiente como siempre hacía. Con la personalidad de Elliot, esperaba obtener alguna réplica brusca sobre cómo semejante cosa no existía. Parecía del tipo práctico que no creía en esas cosas.

No fue decepcionado. —Sí, claro —resopló con burla el rubio. Una expresión pensativa atravesó entonces su rostro. —Y luego…eres llamado un Crimson Faust. Eras un humano pero entonces, cuando tu padre te dio el corazón de Lacie…obtuviste los poderes de un demonio.

—Sí, y sólo hay unos pocos de nosotros, pero todos vivimos juntos. Somos justo como ustedes en el circo. No somos malos. Nosotros…nosotros lo intentamos…

Elliot asintió una vez. —Lo entiendo, no te preocupes. Todos ustedes se deshacen de estas cosas. Es por eso que tus hermanas tienen las mismas habilidades que tú —ofreció él con una especie de media sonrisa—. Está bien. Si se trata de tu familia estoy seguro de que la mía está a salvo con ellos. Están…todos con ustedes, ¿cierto?

—Sí. Y Doug, Fang, Lily y Echo están ahí para ellos. Aunque la verdadera amenaza está aquí —recordó Leo con solemnidad—. Estoy seguro de que somos nosotros los que estamos en peligro.

Inclinándose contra el mostrador, Elliot miró a la distancia, frunciendo ligeramente el ceño. Había hecho eso bastante durante la explicación de Leo sobre lo que había sucedido, y lo que había aprendido desde que llegó a The Clockwork Circus. Esto no molestaba al pelinegro tanto como pensó que lo haría. Al menos Elliot le estaba escuchando.

Y además…su mano fue a tocar su mejilla, la que había sido besada por los labios de Elliot. Era increíble lo mucho que aún podía sonrojarse en una situación como ésta. Aun así, él estaba simplemente…feliz de dejar de actuar totalmente desquiciado delante de Elliot. El calor en su mejilla se transformó en su sonrojo avergonzado cuando bajó la mirada.

—Yo…yo lamento lo de antes —murmuró Leo, saltando del mostrador. Sus dedos se deslizaron perezosamente sobre la piel de cuero de Jabberwocky. —Realmente no pretendía hacerlo…eso es, sabía que Lacie era alguien importante para ti, pero aun así yo… —apretó su guadaña con fuerza—. Yo simplemente no sé cómo regirme a mí mismo cuando me pongo así. Incluso Glen y los otros…no se ponen igual que yo —una risita seca le abandonó—. La última vez que pasó fui encadenado de pies y manos a mi cama.

La mirada que Elliot le dedicó era atenta y paciente. Ambas, cosas que Leo necesitaba en ese momento y él apreciaba el gesto del rubio. Cuando el pelinegro hubo terminado, Elliot se estiró y apretó el hombro de Leo, haciendo que la marca de mordida en su hombro, que Sharon hubo cocido y sanaba, le ardiera momentáneamente. No que a Leo le importara. Pequeños castigos a pequeñas retribuciones.

—No tienes que preocuparte por ello —le dijo Elliot bruscamente, su rostro ni deshonesto ni apasionado. Él simplemente estaba declarando un hecho. —Si puedo detenerte como lo hice en el circo, entonces no hay nada por lo qué preocuparse.

—Pero ella era tu…—comenzó a debatir.

—Sí, pero ya entendí por qué pasó —interrumpió Elliot, bajando la mirada con una breve tristeza. Otorgando otro pequeño apretón al hombro de Leo, se enderezó y comenzó a caminar de nuevo.

Habían dejado el cuerpo de Lacie apenas hacia algunos minutos. Se sentía como toda una vida. Antes de irse, Elliot había recogido la barra de metal del suelo, rasgando también algo de la camisa de Leo (en realidad, del rubio). Leo, apoyándose pesadamente sobre la barandilla rota, observó silenciosamente cómo la bota alrededor de su tobillo era sacada cuidadosamente. Había aullado de dolor una vez mientras Elliot sujetaba apretadamente el pedazo de tela alrededor de un vara y su tobillo, forzándolo más o menos a mantenerse unido y enderezarse antes de volver a colocar la bota.

—Si esta larga noche continua, no podemos tenerte quedándote atrás —había dicho Elliot, elevando su mirada hacia el pelinegro.

Su tobillo aún dolía, por supuesto, pero siempre había peores heridas. Siempre. Con una ligera cojera siguió a Elliot mientras continuaban haciendo su recorrido de vuelta a la Rueda de la Fortuna. No había ninguna forma segura de saber si ahí era dónde todos estaban, pero al menos Sharon y Xerxes aún debían estar en la tienda tratando de cerrar el círculo.

Las Cannibal Marionettes aparecían de vez en cuando, y dolía ver a Elliot, quien le dijo que nunca había asesinado, convertirse en un chico que masacraba monstruos. El único alivio del pelinegro era que no había tantas como antes. Leo se permitió creer que, incluso aunque había algunas rezagadas después de que Glen exorcizara Sablier, no había habido tantas. Aun así, para que queden algunas aquí…

Sablier había sido alguna vez su hogar. Alguna vez, él había vivido en una pequeña mansión con Glen, y Lacie y Jack. Por algunos preciados días, ellos habían sido su familia. Cuan sombrío se había vuelto todo, divertía y asustaba a Leo. Me volví tan retorcido como esta isla…

Sus dedos se deslizaron de nuevo alrededor de la tela sobre su corazón. En algún lugar dentro de él, estaba el corazón de Lacie. Cuando él era aún un niño ignorante, Glen alimentó a Leo con el fresco corazón latiente de Lacie.

Glen lo hizo de modo que Lacie jamás estuviese "completa" de nuevo. ¿Había una razón para eso, también? ¿Sería ella algo diferente si tuviese su corazón? Y…¿luché yo contra él? ¿O era aún demasiado joven y simplemente confié en él?

Esos pensamientos rondaban su mente mientras Jabberwocky se apoyaba contra él. Unos oscuros ojos púrpura lanzaron una mirada hacia la guadaña, estudiándola silenciosamente. Así que ésta había pertenecido alguna vez a Lacie. En algún punto, sus blancas manos habían sujetado el mango de suave piel. Era una extraña revelación; Jabberwocky siempre había estado en su posesión. Era extraño, el cómo al principio odiaba ser considerado el maestro de la guadaña, aun así aquí estaba él repentinamente volviéndose posesivo con ella.

El Dr. Atmore lo había mencionado. Si sólo el perturbador doctor supiera cuan literal había resultado ser el caso de Leo. No la sangre o el ojo, o la carne de un demonio. Sino su corazón completo.

Cuando pasaron caminando por una especie de atracción giratoria, una colisión se alzó por encima de todos los demás sonidos del carnaval, agitando el aire. Leo rápidamente miró a su alrededor, buscando la fuente de éste, su cabello volando sobre su rostro. Sujetó el brazo de Elliot, apuntando a su izquierda. —¡Provino de ahí!

Elliot elevó una ceja, escéptico. —Ese no es el camino hacia la Rueda de la Fortuna —señaló secamente.

—Lo sé, pero tienen que ser al menos Jack y Glen. Los dejé junto con Xerxes cuando fui tras Lacie —explicó Leo, todavía intentando halar al rubio hacia la colisión.

Sin embargo, el equilibrista continuó resistiéndose, dedicando a Leo una mirada incrédula. —¡Debes estar loco! Los vi comenzar a pelear cuando fui a buscarte; no hay forma de que nos involucremos en eso —declaró con firmeza. Entonces, con un firme tirón, Leo tropezó y cayó contra su pecho.

—¡Para eso! ¡Tenemos que ir! —rebatió Leo con el ceño fruncido, apartándose de Elliot—. Se trata de mi padre, ¿de acuerdo? ¡No voy a dejarlo con un zombi-psicópata-mutila-semidemonios cuya alma proviene literalmente del infierno!

Elliot emitió un sonido frustrado, echando los brazos hacia arriba. Luego miró a Leo, dudativo, sus labios formando una delgada línea mientras parecía pensar. Leo parpadeó, frunciendo ligeramente el ceño mientras Elliot clavaba silenciosamente su mirada en él. Ansiosamente, lanzó una mirada hacia donde Glen podría estar, sintiéndose muy impaciente.

Finalmente, el rubio suspiró gruñonamente y se dirigió dando pisotones en dirección a la colisión. —¡Bien! ¡Bien! No es como si no pudieses arreglártelas, ¿cierto? ¡Bueno, entonces yo también! —declaró, rebanando el aire con su machete.

Sonriendo agradecido, Leo le siguió rápidamente.

Entre más se acercaban, más denso parecía volverse el aire con oscuridad, lluvia y magia. Entre más navegaban a través de las atracciones y los puestos, más fuertes se volvían las voces.

Nunca antes Leo había sabido que Glen peleara. Era un pensamiento ajeno, casi imposible. No que Glen luciera débil o pareciera frágil. Aquellas dementes noches en el piano probaban lo contrario. Pero el fundador de Pendulum le parecía más como un hombre oculto entre las sombras, quien no se ensuciaba las manos pues tenía subordinados que lo hicieran por él. ¿Sería bueno en una pelea? Ni siquiera había abandonado la mansión en tantos años…

Leo sujetó la mano de Elliot, su corazón latiendo violentamente. —¡Vamos, apresúrate! —imploró, corriendo tan rápido como su tobillo roto se lo permitía.

Bien consciente de su herida, Elliot gritó—: ¡Tranquilízate! ¡Llegaremos allí a tiempo para ayudar!

Sin creer por completo en aquella declaración, Leo mantuvo su ritmo apresurado, casi tropezando más de una vez. Su agarre en Elliot se estrechó. El rubio no se apartó, no discutió más; sólo entrelazó las manos de ambos.

Leo se detuvo rápidamente cuando alcanzaron la derruida entrada del Laberinto de los Espejos. Algo similar a pequeñas chispas rojas danzaban en el aire antes de desvanecerse completamente. El interior estaba oscuro y parecía interminable. Ominoso. Y aun así, dentro Leo podía escuchar los gritos y alaridos, risas y burlas. Glen y Jack.

—Ellos están aquí —exhaló Leo, rápidamente adentrándose en la oscuridad. Pero entonces se detuvo cuando un pensamiento lo golpeó y se volvió a mirar a Elliot. El rubio parpadeó, sorprendido ante la súbita pausa. Leo clavó su mirada en él durante un latido antes antes de empujarlo suavemente. —Tú quédate aquí afuera.

Una protesta inmediata era obvia. Elliot frunció el ceño. —No vas a entrar tú solo, idiota —dijo obstinadamente, apartando las manos de Leo.

Leo suspiró. —Mira, lo que está ahí dentro no es humano. Ambos poseen los poderes de un demonio, y así mismo yo los tengo. Puedo manejarlo. —Cuando pareció que el rubio sólo replicaría aún más, impulsivamente se colocó de puntillas para besar a Elliot, más bien torpemente, en la boca. Fue tembloroso, y por culpa de su tobillo roto casi cae de lado, pero entonces Elliot estaba sujetando sus brazos firmemente, apretándose contra él. El beso fue roto pero sólo brevemente de modo que sus labios pudiesen encontrarse de nuevo de forma menos desastrosa, simplemente entrelazándose felizmente. El corazón de Leo latía violentamente bajo su piel, tan rápido que estaba perdiendo el aliento.

El pelinegro pudo haber permanecido así para siempre. Pero tenía un nuevo objetivo: matar a Jack Vessalius una vez más sin permitir que nadie más muriera. Reluctantemente, Leo se apartó, bajando la mirada y su rostro sintiéndose caliente. Elliot presionó sus frentes juntas suavemente, frotando los antebrazos de Leo con sus pulgares.

—Tú mismo dijiste que no eras un asesino —le recordó Leo, una mano lentamente viajando hacia arriba por su estómago con suturas, sus dedos deslizándose sobre los hilos en el pecho del rubio…—Yo poseo instintos que tú no tienes. El tipo de instintos que se necesitan aquí. Así que tú sólo…estarás en el camino.

Elliot dejó escapar un pequeño resoplido. —Maldita sea, Leo. Si te escucho gritar al menos una vez… —amenazó él, sujetando los brazos de Leo dolorosamente fuerte. El mango del machete se presionó contra él como una gruesa espina.

Asintiendo, Leo se apartó, dando un paso hacia atrás. —Será de victoria por mi último asesinato —bromeó él con una risa. Agitó la mano fugazmente antes de darse la vuelta y dirigirse de nuevo hacia la oscuridad.

En realidad, se volvía realmente fácil ser tragado por las sombras, aunque él de ninguna forma estaba perdido. Aquí y allá aparecían las chispas rojas que habían estado afuera en la entrada. Aunque él difícilmente podía ver algo además de éstas, y no proporcionaban la luz suficiente para que pudiese saber hacia dónde se estaba dirigiendo. Varias veces se tropezó con una superficie sólida, haciéndole dar vuelta y murmurar para sí mismo con impaciencia.

Sus voces pronto estuvieron lo suficientemente cerca para que Leo pudiese descifrar cada palabra y exhalación. Una furiosa luz de color rojo cereza repentinamente iluminó la escena y Leo jadeó.

Glen estaba sosteniendo una guadaña que Leo nunca antes había visto, pero por supuesto esto se debía a que nunca la había visto siendo invocada por su dueño. La guadaña de Jack se curvaba ligeramente, múltiples medias lunas sobresaliendo cerca de donde la hoja se encontraba con el mango. Rasgados listones de sombras negros y chispas carmesíes destellaban en el aire cada vez que las guadañas se agitaban y encontraban con un horrible sonido metálico. Las heridas eran evidentes en ambos, aun así los dos estaban luchando incansablemente. Tanto así que ni siquiera parecieron notar la llegada de Leo.

—¿Cuándo vas a detenerte, Glen? ¡Te digo, esto realmente hiere mis sentimientos! —dijo Jack con un tono que indicaba que no estaba herido en lo más mínimo.

Silenciosamente, Glen abanicó su guadaña horizontalmente, apuntando hacia las piernas de Jack y una roja electricidad voló. El rubio apenas se las arregló para evadir, riendo todo el tiempo. Las luces zigzaguearon sobre el rostro de Glen y Leo se sorprendió ante el cambio en el rostro del hombre pelinegro. Sus irises estaban brillando, el contorno de sus ojos delineados con profundas sombras negras, otorgándole la apariencia de una bestia salvaje. Al igual que Oz, unos colmillos sobresalían de sus pálidos labios.

Leo casi parpadeó demasiado pronto y por poco se pierde la cola que se estiró y se deslizó alrededor del tobillo de Jack, balanceándolo contra la pared. El cristal de los espejos se fragmentó pero Jack ni siquiera gritó. Glen estaba sobre él, inhumanamente rápido, su guadaña sólo cortando superficialmente en el vientre de Jack cuando el rubio se apartó.

—¡Te estás volviendo veloz, Glen! —se burló Jack, divertido. Rebanó verticalmente, el extremo de su hoja colisionando contra el techo cuando Glen esquivó. Leo se apartó rápidamente cuando los escombros y vidrios llovieron, dejando un enorme agujero en el techo del pasillo. Más luz descendió a través de éste, y Leo silenciosamente se deslizó hasta una parte más ensombrecida para mantenerse oculto. Allí no parecía haber superficie alguna que no estuviese cubierta por espejos. Todo alrededor, estaban los reflejos de Glen y Jack. Sobre las paredes, el piso y ahora el fragmentado techo.

¡Tú no perteneces a este mundo! —rugió Glen con una voz con la que Leo no estaba familiarizado. Ésta se relacionaba con las voces de los demonios en el bosque. Bruscos rugidos y suaves susurros, ambos dentro de la misma voz. —¡Deshonras a mi amigo usando su cuerpo y clamando ser él!

Jack rió ante ello, danzando en torno a los vidrios rotos en el suelo. De alguna forma, esto lucía fuera de lugar en muchas formas, como si Jack se estuviese moviendo a un ritmo diferente que el resto del mundo a su alrededor. Abrazándose a sí mismo, el rubio dijo—: ¡Pero ésta también es el alma de Jack! ¿Vas a decirme que tampoco es mía?

La cola de Glen, gruesa, negra, escamosa y luciendo tan larga como su guadaña, se enredó flojamente alrededor de una de las piernas de Jack. —No te pertenece realmente. Aquella pobre alma de mi mejor amigo fue corrompida por los poderes provenientes del Reloj.

—¿Oho? —dijo Jack, divertido. Sonrió ampliamente, abriendo los brazos. Parecía como si ninguna alegría más grande existiese para él en el mundo. —¡Entonces ven y reclámala una vez más como deseas!

Dejando escapar un gruñido inhumano, Glen desapareció de su vista. La sorpresa también cruzó por el rostro de Jack junto a un ligero entretenimiento. Dio media vuelta, justo para ver a Glen azotarlo con su cola, enviándolo a desparramarse en el suelo tan fuerte que los espejos tras él se fragmentaron.

Sin darle al rubio la oportunidad de recuperarse, Glen desapareció de nuevo y apareció al lado de Jack. El pelinegro tiró de él por el brazo y luego flexionó su pierna hacia arriba para propinarle un golpe que tuvo que haber roto la quijada de Jack. El rubio frunció el ceño mientras caía contra la pared. Antes de que Glen pudiese reaccionar, Jack hubo balanceado su guadaña, la hoja rebanando limpiamente el brazo del pelinegro desde el codo.

Glen siseó, tambaleándose e inclinándose contra su propia arma. El rojo destello de electricidad pareció opacarse un poco, afilado en contraste con el carmesí esparcido sobre los espejos. Leo apenas se las arregló para sofocar un grito, mordiéndose la lengua lo suficientemente fuerte para hacerse sangrar por segunda vez aquella noche.

No fue suficiente. Saltó sobre sus pies, corriendo precipitadamente sobre la escena. —¡Papá! —llamó en advertencia. Jabberwocky detuvo el ataque de Jack justo a tiempo, humo púrpura y listones negros estallandodonde las dos infernales armas se encontraron.

Los ojos enloquecidos de rabia de Jack se abrieron con sorpresa, y Leo le enfrentó con una severa mirada penetrante. Apartó la guadaña, haciendo al rubio retroceder. Manteniendo a Jabberwocky en una pose de pelea, sus ojos púrpura medianoche lanzaron una mirada hacia atrás donde Glen estaba intentando incorporarse.

No debiste —reprochó el demonio, perforándole con sus destellantes ojos púrpuras—. Los demonios sanan más rápido que los humanos.

—De hecho, tu lado demoniaco está manifestándose —resopló Leo, dedicando una cautelosa mirada penetrante de vuelta hacia Jack—. ¿Por qué no me dijiste sobre la cola? Habría sido divertido jugar con ella cuando era pequeño. — Glen rió secamente, colocándose lentamente al lado de Leo.

La expresión de Jack se volvió impasible mientras los estudiaba a ambos. —Aah, Leo. Glen fue el que te nombró, ¿sabes? —con los labios curvados hacia abajo con desagrado, tamborileó sus dedos con impaciencia sobre el mango metálico de su guadaña. —¿Por qué nos interrumpiste justo ahora? Glen es una cosa, pero odiaría tener que rebanar también a nuestro adorable hijo.

—Tú y Lacie quizá hayan ayudado a encontrarme —comenzó Leo, el humo púrpura de Jabberwocky volviéndose denso—, ¡pero Glen ha sido el único padre en mi vida! ¡Él me crió, no tú!

Ignorando el gruñido de protesta del demonio, Leo arremetió hacia Jack y abanicó. Con movimientos casi aburridos, el rubio detuvo a Jabberwocky y envió a Leo a estrellarse poderosamente contra los espejos sobre una de las paredes. Pequeñas esquirlas se encajaron en su piel mientras el cristal reflejante se agrietaba, brillantes espinas colgando de su ropa. De alguna forma, incluso con el dolor estallando en su espalda y tobillo, se las arregló para recordar lo que Elliot le había dicho y se mantuvo callado sólo con un pequeño jadeó abandonándole.

—No tienes lugar aquí —declaró Jack, dándole la espalda al pelinegro y de vuelta hacia Glen—. Ahora bien, ¿quieres reasumir nuestro juego? —preguntó, extendiendo su mano.

Algún tipo de sonrisa torva, que lucía espantosa con aquellos colmillos sobresaliendo, danzó sobre de los labios de Glen. —Así que incluso tú estás tan ansioso por morir —murmuró él, sosteniendo en alto su guadaña. En lugar de colocarse en una pose defensiva, sin embargo, el arma desapareció con un destello de rojo.

Jack, e incluso Leo, miraron a Glen como si estuviese loco. ¿Qué tipo de maldito plan tienes?, pensó Leo, recomponiéndose lentamente.

—¿Qué tipo de broma es ésta? —suspiró Jack—. ¿Agotado ya de usar tus poderes? —Leo no pudo evitar pensar que el rubio también debía estar casi a su límite, considerando que había devorado el corazón de Oz sólo hace un poco más de una hora.

Con una pequeña sonrisa, Glen se desvaneció una vez más, repentinamente apareciendo delante de Jack. Agarró su brazo que sostenía la guadaña por el extremo y lo sujetó fuertemente. Los huesos se dispararon fuera de la piel de Jack y su ropa cuando Glen rompió la extremidad. Jack le dedicó una mirada penetrante, gritando, pero más de ira cuando la guadaña cayó de entre sus manos que de dolor. Glen dio vuelta al rubio, pateándolo hacia el suelo, para luego colocarse sobre él y sujetar un puñado de su cabello.

Entonces Leo lo notó. Los espejos hechos añicos. Los fragmentos irregulares de cristal que, como dientes dispares, sobresalían de los marcos rotos. Nada había tras ellos, nada que detuviera a Glen de…

Jack pareció darse cuenta al mismo tiempo mientras luchaba por sacudirse al demonio de encima. —Glen — dijo él erráticamente, intentando apartar la cabeza—. Glen, no lo hagas.

El hombre pelinegro permaneció firme, manteniendo su agarre en el cabello de Jack. Su cola se enredó alrededor de las piernas del rubio para prevenir que pateara, pero sus brazos estaban libres para que él intentara apartarse del suelo. La garganta de Jack revoloteaba peligrosamente sobre la punta de un fragmento dentado del espejo.

Lo siento —fue su única simpatía.

—¡G-Glen, no lo hagas! ¡Soy…soy tu mejor amigo!¡Jamás iría así de lejos! ¡No te mataría! —gritó Jack, el pánico real en sus ojos convirtiéndolos en amplias piscinas de verde—. ¡No! ¡No mates a tu mejor amigo! ¿Glen? ¡GLEN! ¡NO ME MATES, GLEN!

Leo cerró los ojos, sobresaltándose cuando escuchó el sonido del cristal siendo clavado en la carne. Cualquier otra súplica que Jack hubiese estado a punto de gritar se perdió en una mezcla de sangre. Cuando Leo abrió lentamente sus ojos de nuevo, Glen aún estaba sobre el rubio. La guadaña se había ido, así como la cola de demonio. Cuando Glen se volvió a mirarlo con fatiga, sus facciones eran normales y humanas una vez más.

El aliento, que ni siquiera sabía que estaba conteniendo, escapó de los labios de Leo. Jabberwocky desapareció cuando el pelinegro le despidió. Con lentitud, se relajó, desplomándose de espaldas contra un espejo fracturado. Glen se incorporó y caminó hacia él, sin dedicar otra mirada de vuelta a Jack. Su semblante revelaba toda la tortura que él no podía expresar con palabras y acciones.

Violeta brillante se encontró con púrpura oscuro salpicado de dorado. —¿Lacie? —inquirió Glen suavemente.

—Está muerta. De nuevo —exhaló Leo, lanzando una mirada hacia el cuerpo sin vida de Jack—. Y…y Jack está muerto. De nuevo.

—Lo creas o no, todos nosotros experimentamos múltiples muertes —dijo Glen ambiguamente, extendiendo una mano. Sin decir palabra, Leo la tomó, incorporándose temblorosamente. Asintiendo con aprobación, el hombre pelinegro señaló con la cabeza hacia su derecha. —Vamos, recuerdo la ruta de salida.

Aún otra habilidad proveniente de los demonios de la que los Crimson Faust convenientemente carecían, además de no ser capaces de sanar rápidamente, era aparentemente ser capaces de ver en la oscuridad. Leo se sonrojó cuando se cansó de tropezarse contra las cosas y simplemente se sujetó de la capa de Glen.

Elliot aún estaba en la entrada, recargado contra la derruida pared y acribillando lentamente el suelo con el machete. Un profundo ceño fruncido arrugaba su frente, pero cuando alzó la mirada hacia los dos Baskervilles, el alivio fue evidente en su rostro. El sonrojo de Leo se profundizó cuando el machete fue abandonado y Elliot caminó hacia él. Unos brazos suturados lo envolvieron, sus manos sujetando su revuelto cabello.

—Bien —dijo el rubio con un tono de alguna forma estupefacto—. Bien, entonces…Estás bien…De acuerdo. Se…se acabó, entonces…

Leo rió, sus brazos yendo a sostener a Elliot contra él. —Heh, miren al pequeño Elliot siendo tan adorable —le molestó, incluso aunque había lágrimas de alivio nublando su visión.

Elliot le apretó aún más fuerte. —Cállate, idiota —dijo él, su barbilla descansando sobre la cabeza de Leo.

oOoOo

Permanecieron así sólo algunos segundos. Una ligera lluvia había empezado a caer mientras Glen y Leo habían estado dentro del Laberinto de los Espejos y lentamente el suelo comenzaba a volverse blando. Glen dijo que ya no podía sentir ninguna otra presencia demoniaca, lo que significaba que Xerxes debía haber tenido éxito en cerrar el círculo. La Rueda de la Fortuna se cernía cada vez más cerca a medida que ellos avanzaban a través de la lluvia. Después de recoger a Sharon y Xerxes, iban a salir de la isla, y destruirla.

—Un círculo ha sido abierto en el mismo lugar dos veces, y aún hay CM's en el área. Nadie debería de ser capaz de volver aquí otra vez —declaró Glen en voz baja.

Leo elevó la mirada hacia él con sorpresa. —¿Qué hay sobre esos dos de antes? —preguntó—. ¿Qué si hay más personas en los alrededores?

—Ellos no eran humanos —explicó Glen—. Únicamente merodean donde hay muerte y decadencia. En realidad no me sorprendería si se han marchado ya —sus ojos lanzaron una mirada de reojo más allá de Leo y hacia Elliot, o más bien hacia el machete en su mano—. ¿No es ese de la revenant Miranda?

Elliot parpadeó, sosteniendo en alto el arma y examinándola. —No parece tan especial —dijo él con una ceja elevada—. Simplemente la tomé porque Sharon la tenía cuando desperté en la tienda. Aunque no podría decirte cómo es que ella la obtuvo. —Pensativamente, preguntó—: ¿Todos ellos utilizan estas cosas para pelear?

—Ellos no necesitan pelear —corrigió Glen pacientemente, tomando con calma todas las preguntas que los chicos le lazaban—. Esto es porque no pueden morir. Ni tampoco pueden ser heridos. Aparecen y a veces pueden sentirse sólidos, pero ellos son un peculiar tipo de fantasma de este mundo. No pueden sangrar.

¿No pueden morir? ¿No pueden ser heridos? Aun así, ellos merodean donde haya muerte. Apartándose el cabello húmedo del rostro, Leo asintió hacia el brazo medio cercenado de su padre. —¿En serio no te duele? —preguntó con escepticismo.

Glen movió su brazo, dedicándole al muñón una mirada crítica. —Ha dejado de sangrar —dijo con simpleza, como si eso respondiera la pregunta. La mera expresión despistada en el rostro del demonio hizo a Leo reír suavemente. Extraño. Todos a su alrededor eran extraños.

Puedo vivir con ello, pensó con una sonrisa.

Caminando con dificultad más allá de una línea de puestos, Glen preguntó—: Aunque…podría preguntar lo mismo a ustedes dos. Parece que ambos se han enfrentado también a enemigos formidables.

Leo parpadeó y miró a Elliot, quien imitó su reacción. En realidad, había olvidado cuan apaleados estaban ambos, pero aquello fue porque estas cosas le pasaban a Leo a menudo. Aunque mentalmente se reprendió por no haber preguntado siquiera una vez si Elliot estaba bien con su maldito ojo excavado, profundos cortes sobre la piel y unos cuantos hilos saltados. Leo no estaba nada mejor: un tobillo roto, el cuello desgarrado y algunos moretones sobre el pecho y la espalda, junto a varios cortes y mordidas de Cannibal Marionettes.

—Ah…

—Oh…

—¡TÚ IDIOTA, ¿POR QUÉ NO ME DIJISTE SOBRE TU CUELLO?!

—¡TENEMOS QUE CONSEGUIR ALGO PARA TU OJO!

Leo apartó de un manotazo la preocupada mano de Elliot. —Cierra la boca, yo obtengo este tipo de cosas todo el tiempo. No moriré —dijo bruscamente, haciendo una mueca de preocupación. Tocó el rostro de Elliot suavemente, peinando hacia un lado el flequillo corto antes de halarlo. —¡Y de todos modos yo no soy el que tiene un maldito agujero en la cara! ¡No puedes decirme que eso no duele!

—¡Cálmate! —gruñó Elliot, apartándolo de un manotazo—. No es así. He tenido tiempo para acostumbrarme. —Como si fuera para traicionar su declaración, de pronto soltó un gruñido afilado, sujetándose la cuenca vacía.

Antes de que Leo pudiese presionarlo aún más, Glen intervino—: Bueno, entre más pronto salgamos de Sablier, más pronto Fang y yo podremos echarles un buen vistazo a ambos —señaló, empujando a los dos hacia adelante.

Aquello pareció apaciguarlos…por ahora, al menos. Pero no detuvo a Leo de sentirse culpable de no haber podido hacer nada para ayudar a Elliot. Y se esforzó para no recordar la sensación de aquel hermoso ojo azul siendo aplastado en su mano. Justo ahora, su mano se sentía demasiado sucia, pero esto no le previno de evocar la experiencia de tener la sangre y los fluidos empapando su palma y dedos. Dejó que la lluvia mojara su mano un poco más antes de limpiarla en sus, igualmente sucios, pantalones.

Si todo esto no le garantizaba un baño, entonces no sabía qué lo haría.

Tras un segundo de silencio, Glen remarcó—: Así que, parece que lo sabes todo, entonces. Sobre hace trece años. Sobre nuestro pasado.

Leo sabía que las declaraciones estaban dirigidas a él. Simplemente no estaba seguro de cómo responder a ellas. No era como si estuviese comprendiendo por completo. El pelinegro estaba tan furioso como el infierno sobre ser convertido en algo no humano cuando era demasiado joven para recordarlo. Estaba molesto de que Glen no le dejara saber nada de lo que estaba pasando. ¿No merecía saber? ¿No era esa una labor paternal?

Glen estaba inclinado en su dirección mientras caminaban y un pequeño ceño fruncido unía sus cejas. —Estoy seguro de que lo sería, pero no tenía otra opción al respecto —dijo él.

Leo saltó. —¿Leíste mi mente? —preguntó con asombro.

—En realidad, estabas murmurando para ti mismo, así que nos inclinamos para escucharte —dijo Elliot, y el pelinegro saltó de nuevo cuando se dio cuenta que estaba rodeado por ambos lados.

Frunciendo el ceño a través de un sonrojo, Leo caminó más rápido para sacárselos de encima. —No es la gran cosa, ¿de acuerdo? —refunfuñó, los puños contra sus costados.

Glen estaba a su lado de nuevo en un segundo. Asombraba a Leo cómo no había visto cuán infantil podría ser su padre adoptivo. Aunque, de nuevo, ¿no había mencionado Lacie algo sobre que él no era bueno con los niños? Con un suspiro paciente, Leo decidió darle una repuesta más completa.

—Eso es…Entiendo por qué lo hiciste, pero…ha sido tan duro ajustarse a esta vida. Estoy feliz de que tú y los otros estuviesen ahí, pero…yo simplemente nunca quise ser así, eso es lo que habría dicho alguna vez. Pero siendo de esta forma…es justo quien soy ahora, ¿cierto? No puedo cambiarlo. —Se encogió de hombros, su flequillo pegándose de nuevo contra su rostro cuando elevó la mirada hacia Glen, —Esta es la vida que conozco y estoy bien viviéndola. Así que me quedaré así, como el Crimson Faust, Leo Baskerville.

Unos ojos púrpuras se ensancharon por la sorpresa, luego estallaron con calidez. Leo sonrió, ligeramente avergonzado al verlo, y entonces Glen sonrió también. Una mano acarició a través de su cabello antes de que Glen se inclinara para frotar su nariz contra él. Leo se tensó, sus mejillas calentándose antes de recordar que era así como los demonios mostraban afecto. Rió con incomodidad, pero estaba feliz.

No he conocido a otro padre. Éste es mi verdadero padre. Y Leo no se arrepentía en lo más mínimo.

—Gracias…por llamarme «padre» una vez más.

—¡LEO! —gritó Elliot.

El tierno momento terminó. El pelinegro rápidamente se dio la vuelta, su corazón atenazado en un gélido agarre ante el tono de voz de Elliot. Entonces sus ojos se ensancharon, sus labios abriéndose en un grito silencioso cuando la familiar hoja de una guadaña repentinamente atravesó el pecho de Glen, alzándolo en el aire. La sangre cayó sobre el rostro de Leo junto a la fría lluvia, y sus rodillas cedieron.

—Gl-gle…n

Con un fragmento de vidrio todavía cortando a través de su garganta, Jack dijo con una voz ahogada y rasposa—: Mataste a tu mejor amigo. Eso. No. Fue. Muy. Lindo.

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Anotaciones:

[1] Slaughter and Laughter: El título proviene de una frase que la hermana de Hitsugi garabateó junto a un dibujo que hizo en una libreta de ella: «No puedes deletrear 'slaughter' (matanza) sin 'laughter' (risas)».


N/T: Wow...el dicho «Hierba mala nunca muere» jamás fue tan literal antes de Jack la-tercera-es-la-vencida Vessalius. Es decir, el tipo fue casi decapitado y aun así va por ahí como si nada apuñalando gente el muy mal-...*gasp* Oh, Glen, no... :'(

¿Alguna vez han visto las películas de "Cementerio de mascotas"? Siempre que llegó a esta parte de la historia no puedo evitar recordarlas. No es como si se parecieran las tramas pero hay algo...¿soy la única?

En otros temas (más amables, muchas gracias) ¡Leo besó a Elliot! jajaja. Estaba tan ansiosa por llegar a esta parte. Y su reencuentro...¿qué opinan de la reacción de Elliot ante la muerte de Lacie y las revelaciones de Leo? ¿Fue como lo esperaron?

Oh, ¿qué hay de la forma demoníaca de Glen y su guadaña? ¿Y del GlenxJack, ligero pero presente? ¡Cuenten, cuenten! xD

Antes de despedirme, les recuerdo dejar sus comentarios aquí abajito, agregar a favoritos tanto ésta traducción como la historia original, y visitar a Hitsugi Zirkus para agradecer su genialidad.

La próxima actualización la haré más o menos en dos semanas para que estén pendientes. ¡Estamos a dos capítulos de terminar~!

Un saludo a todos y gracias por leer.

Any.