Disclaimer applied.

Link al original: ( /s/7416004/1/Clockwork-Circus )

Advertencias: Gore, locura, lenguaje inapropiado y cosas oscuras. Descripciones gráficas. Muerte de personajes. Menciones de abuso. La traductora y sus horrores ortográficos.

N/T: Bien, como sé que la mayoría ya está más que a punto de sufrir un colapso por la forma en que terminó el capitulo anterior, no voy a entretenerlos tanto. Éste es el penúltimo capítulo de la historia y el más largo también, así que preparense para la montaña rusa de emociones que vienen a continuación, mientras yo los espero aquí con chocolate caliente y mantas...

Oh, y le doy la bienvenida a Miu0 quien se ha unido recientemente a esta traducción. También, LucyWilliams, ¿mencionaste fuego?

Enjoy!


Acto XV: A hellish requiem

(Un réquiem infernal)

.

Drip. Drip.

La sangre estaba salpicando a lo largo del suelo al igual que la lluvia. El pecho de Leo dolía, sus labios estaban abiertos, pero ningún sonido provenía de él. Él sólo podía observar a Glen retorcerse débilmente, jadeando en busca de aire mientras se incrustaba en la hoja de la guadaña de Jack. La mano restante de Glen sostuvo la sangrienta guadaña, como si él pudiese aplastarla en su mano. Leo ciertamente esperaba que pudiera, porque repentinamente él mismo se sentía demasiado paralizado para siquiera parpadear.

—Nosotros...nosotros te matamos —jadeó, sus ojos lentamente percatándose de la figura de Jack.

Unos ojos esmeraldas se clavaron en él, un odio puro y desenfrenado dentro de aquellas orbes verdes incluso cuando parecía que había lágrimas deslizándose por su rostro. —Aun así aquí estoy. En serio, son tan tontos. Ambos lo son —reprendió Jack con la misma voz rasposa. Carraspeó, expectorando sangre. El cristal embutido en su cuello temblaba, más líquido carmesí chorreando. Aún, Jack estaba firmemente de pie, arreglándoselas para apartar a Glen de la guadaña.

Leo jadeó cuando Glen voló al interior de uno de los puestos del carnaval, derribando las solapas de la tienda al aterrizar en el suelo. El hombre pelinegro no se movió de nuevo.

No. No, no mueras. —N-no...¡Glen ponte de pie–! —comenzó a gritar.

Repentinamente, Leo fue capturado. Una huesuda pero fuerte mano cubrió su boca, y él dejó escapar un grito amortiguado. La mano lo alzó sobre sus pies y Leo se encontró con el ensangrentado rostro iracundo de Jack. El pelinegro no pudo evitar pensar una vez más que Jack pudo haber sido un hombre atractivo alguna vez, antes de morir dos veces por la misma mano.

El sentido común le dictaba que peleara con Jack, que invocara a Jabberwocky...y aun así, todo lo que Leo podía hacer era permanecer atrapado en aquella verde mirada, sabiendo que caería exactamente como Glen lo había hecho. Lo que estaba de pie delante suyo ciertamente no era humano, y no podría posiblemente ser asesinado. Leo dedicó a su padre adoptivo otra mirada, con la esperanza de que estuviese vivo.

Él no moriría así de fácil...

Semejante ser innecesario. Justo como aquel chico —susurró Jack, aunque con su voz dañada resultó ser más como un gruñido retorcido. Su mano dejó ir la boca de Leo, sólo para alejarse danzando como una araña ebria hacia su mordido cuello y pecho. Sus uñas se presionaron alrededor de la piel cubierta justo por encima del corazón del pelinegro. —Algo que existe únicamente para alimentar este poder...

Leo de pronto se encontró a sí mismo fulminando duramente a Jack con la mirada. —Oz no era innecesario. Él tenía gente que lo amaba. ¡Él le importaba a otros! ¡Importaba para mí, justo como Glen me importa! ¡Y tú no tomarás nada más! —exclamó con rabia, golpeando a Jack en el rostro.

Mechones de cabello rubio cayeron sobre el rostro de Jack cuando su cabeza giró hacia un lado por la fuerza. Una risa ahogada escapó de los labios del rubio. —Semejante cosa tan preciada. Hablas...como si necesitara de tu permiso para tomar más... —lentamente, él inclinó más la cabeza, sus ojos husmeando entre húmedos mechones de cabello.

En un rápido movimiento, Leo estaba sobre su espalda, chapoteando en los pequeños charcos de lluvia.

—¡Como si tuvieses siquiera la habilidad de detenerme! —dijo Jack con voz ronca, sentándose a horcajas sobre el pecho de Leo. Antes de que el chico pudiese siquiera volver a recobrar apropiadamente sus sentidos, la guadaña de Jack estaba siendo abanicada, apuntado perfectamente hacia su cuello.

Hubo un grito de determinación y Jack jadeó, soltando su guadaña. Leo dejó escapar un doloroso sonido ahogado cuando el pesado báculo colapsó contra su garganta. Lágrimas llenaron sus ojos, pero al ver el machete enfundado en el costado de Jack, usó toda su fuerza para rodarlo a un lado. Leo se hizo un ovillo, sujetando su garganta palpitante, y ahogándose. Al segundo siguiente, fue tumbado sobre el suelo lodoso y Elliot estaba parcialmente encima suyo, apartándole el cabello.

—Lo siento, Leo; intenté...intenté llegar aquí tan rápido como pude... —explicó Elliot, su expresión dolorosa.

Leo luchó por ponerse de pie, sujetándose de Elliot en busca de apoyo. Inhaló pesadamente a través de la boca, cogiendo la guadaña de Jack y arrojándola descuidadamente hacia cualquier otro lado. Entonces sus ojos oscuros se ensancharon ante la vista de las piernas de Elliot, o más bien la mitad de ellas. Sus costuras habían sido cortadas limpiamente, y cada una de sus piernas terminaban en muñones justo por debajo de su rodilla, sus pantalones desgarrados. Tras el rubio había un lodoso rastro, uno que debió haber hecho mientras se arrastraba hacia donde Leo...

Notando la mirada del pelinegro, Elliot rápidamente apartó la suya. —No es nada. Te lo he dicho, soy como una muñeca de trapo. No duele.

A pesar de que su garganta ardía, Leo preguntó con un entumecedor sobresalto—: ¿Po-por qué intentaste–?

Fue empujado contra el suelo nuevamente, aunque esta vez por Elliot. El rubio apenas se las había arreglado para esquivar el ataque de Jack con el machete.

Odioso, odioso, pero que mocosos tan despreciables con los cuales liderar... —gruño Jack, levantándose sobre sus pies. Sus movimientos eran los de una marioneta con algunos de sus hilos rotos, como si a cada segundo Jack estuviese cambiando de idea sobre si moverse en esta dirección o aquella.

Leo se incorporó también, aún respirando pesadamente mientras Jabberwocky se materializaba en sus manos. —¡¿Por qué no sólo te mueres?! —gritó, destrozando sus cuerdas vocales mientras abanicaba su guadaña. La hoja de Jabberwocky mordió profundo en el brazo de Jack. Leo tiró de la guadaña, un hueso fracturándose, y el rubio le lanzó una fulminante mirada mortal.

Antes de que Leo pudiese asestar otro golpe, Jack se estiró hacia adelante, sujetando el cabello de Elliot y tirándole bruscamente en su dirección. Las manos de Elliot intentaron desesperadamente sacudirse a Jack de encima, pero dejó de luchar de pronto cuando el machete se encontró besando su garganta.

—Qué chico tan extraño eres. Te rebané y aún así no has sangrado siquiera. ¿Están esas hermosas costuras por todo tu cuerpo...? —Jack miró directamente hacia Leo cuando se inclinó, aún hablando directamente en el oído de Elliot—. Aunque no he podido evitar notar que tu cuello no posee ninguna costura...¿Estás demasiado asustado para ver si aún vivirás incluso después de ser decapitado?

Leo ni siquiera necesitó ver como los ojos de Elliot se ensanchaban, no necesitó siquiera que Jack expresamente presionara el machete sobre el cuello de Elliot mientras él gritaba; Leo apuñaló a Jack en el estómago, empujándole a un lado al segundo siguiente, justo como el rubio había hecho sólo unos minutos antes con Glen. Un horrible golpe sordo resonó cuando el cuerpo de Jack aterrizó contra las vías de una atracción giratoria.

Viendo que al menos había comprado algunos segundos de tiempo, Leo giró hacia Elliot, acariciando su rostro. —¿Estás bien? —preguntó, ni siquiera dándose cuenta cuanto le estaba temblando la voz. Su garganta se sentía obstruida, y respirar se estaba volviendo difícil.

Elliot asintió fervientemente con la cabeza. —Sólo apresurate y mata a ese sujeto —murmuró.

Leo parpadeó, sintiéndose aterrorizado mientras echaba a un vistazo hacia donde yacía Glen. —N-no, tenemos...tenemos que ver si Glen está bien. Él tiene que matar a Jack, Y-yo no puedo, ¿de acuerdo? —cogió el brazo de Elliot, echándolo sobre sus hombros antes de recordar que el rubio no tenía pies en los cuales sostenerse, y el suelo estaba demasiado húmedo para que lo intentara.

Una mano le apartó. —No. Apresurate, tú tienes que hacer esto —Elliot insistió, echando un vistazo brevemente detrás del pelinegro antes de mirar de vuelta firmemente hacia él con su único ojo azul.

De nuevo, el miedo de Leo burbujeó en su interior y él sacudió la cabeza, su cabello, húmedo por la lluvia, azotando sus mejillas. —No puedo, Elliot, no puedo. S-si continuo peleando con él, eso va... —su voz descendió hasta ser un susurró fragmentado—, va a volver si lo hago. Voy a perder el control y ¿qué si te hago daño también? No puedo matarlo, y tú no serás capaz de detenerme cuando éste así porque tus piernas–...

—¡Cierra la boca, condenado imbécil! —gritó Elliot con el ceño fruncido, halando a Leo hacia adelante para besarle rudamente. Lágrimas o lluvia aún estaban derramándose por sus mejillas cuando Elliot se apartó, sujetando cada lado de su rostro. Un vacío y sangriento agujero y un ojo azul invierno buscaron su mirada, capturándolo completamente. —Leo...Leo, no eres tan extraño o monstruoso como tú crees que eres. ¿Ya te has olvidado de lo que te dije antes?

«¡No te he abandonado, así que no me abandones!»

Ojos púrpura medianoche se cerraron fuertemente, los labios de Leo temblando. Sí. Elliot aún estaba ahí. Incluso después de todo esto, aún estaba Elliot manteniéndolo unido, aún sujetándolo fuertemente, reprendiéndole de vuelta a su juicio. Recuerda lo que le dijiste a Glen: tú eres Leo Baskerville, ¿de acuerdo? Tú sabes lo que eso significa para ti. ¡No dejes que Jack te arrebate eso!, pensó, volviendo a abrir los ojos lentamente.

—B-bien —intentó de nuevo, haciendo que su voz sonara más fuerte—. Lo mataré.

Recibió un asentimiento de aprobación. —Iré a ver que puedo hacer por él —prometió Elliot, asintiendo en dirección hacia Glen.

—Lo siento —susurró Leo, colocando sus manos sobre las de Elliot, apretándolas antes de apartarse.

Cuando Leo regresó a una pose de pelea, fulminando duramente con la mirada bajo su goteante flequillo, Jack también estaba poniéndose de pie. En una explosión de crepitante luz, la guadaña de Jack estaba en su mano. Su brazo, que tanto Glen como Leo habían rebanado, ahora colgaba inútilmente a su lado. El fragmento de espejo parecía estar más profundamente enterrado en su cuello. Sin embargo, incluso a la distancia, Leo aún podía sentir aquellos ojos perforándole, diseccionándolo lentamente como un escalpelo sobre la piel.

La siguiente declaración pudo haber haber venido de cualquiera de ellos, o de ambos al mismo tiempo. Leo no estaba seguro, pero súbitamente el tenso silencio fue roto por una promesa:

Voy a matarte.

oOoOo

La lluvia caía a cantaros ahora, empapando la tierra y lavando su sangre...pero el paraguas ayudaba. Seguro, Xerxes parecía haberlo sacado de ninguna parte, pero Sharon le había conocido toda su vida y había aprendido hace mucho tiempo no preguntar de dónde o cómo era él capaz de aparecer repentinamente estas cosas.

Su mirada estaba agachada, sus pies desnudos caminando trabajosamente a través del suelo lodoso, con Xerxes caminando a su lado. A él no parecía importarle en lo más mínimo el estarse mojando, aunque Emily había empezado a quejarse desde hace rato. Ahora ella estaba colgada bastante alegremente sobre la cabeza de Sharon, a quien no le importaba.

—Asi que te las arreglaste para cerrar aquel círculo a tiempo.

Chapoteando en los charcos de agua, Xerxes tarareó un asentimiento. —De hecho; aunque todavía es un poco extenuante, considerando que es Halloween.

Sharon frunció el ceño, apartando sus ojos del suelo para mirarle. —Seguramente para ahora ya es bien pasada la medianoche —señaló ella—. ¿Por qué serian capaces de romper tu sello?

—Porque se trata de la magia de un solo mago contra el poder de los demonios~ —replicó Xerxes con ligereza, casi en un tono cantarín. Irritaba a Sharon cuán despreocupado podía ser él en las situaciones más difíciles. —Pero una vez que el sol salga, la conexión será cerrada una vez más hasta el próximo año.

—¿Y...Oz? ¿Estará bien él solo? —murmuró Sharon, apretando aún más su agarre en el paraguas. La ansiedad hizo que su estómago se anudará y Emily palmeó su cabeza como si pudiese sentir su angustia.

Un ojo carmesí recayó sobre ella. El aire alrededor de Xerxes se tornó considereblemente más oscuro, más serio. —Él no es más que un cadáver ahora, mi señorita. Si algo ha de acercarse a él probablemente sean aquellos revenants, aunque dudo que ellos le hagan algo —explicó el hombre de cabello plateado—. Su muerte es aún demasiado reciente. En cualquier caso, usted sabe que tenemos que irnos. Debemos enterarnos qué fue de la pequeña aventura del señor Elliot.

Sharon se preguntó si esto era una mentira, si Elliot sólo era una excusa para que Xerxes pudiese saber sobre Lacie, considerando que aún estuviese viva. A Sharon la hizo estremecerse el siquiera pensar quién estaba y no vivo en ese momento. Más que nada, esperaba que Elliot estuviese bien. Todos los que habían llegado a Sablier eran bastamente diferentes a un humano, y a pesar de que él era un fenómeno de un circo en ruinas, eso aún lo dejaba mal preparado a comparación de los otros. El que Lacie tomara su ojo lo probaba.

Sharon descendió la mirada hacia su mano, sus ojos recorriendo lo largo de su brazo. Ni una sola cicatriz había quedado como testigo de las incontables veces que ella tuvo que rebanarse las extremidades. Si ella fuese despedazada, podría regenerarse, como una flor eterna. Si lo mismo fuese hecho a Elliot, él técnicamente no podría volver a armarse, justo como su nombre artístico anunciaba.

Hubo colisiones que reverberaron a través del carnaval, delatando las peleas que se estaban desarrollando incluso mientras los tres viajaban a través del lugar. Xerxes hubo de murmurar algo sobre la energía demoniaca que podía sentir corriendo a través del aire. Incluso Sharon podía sentir los vellos en sus brazos erizarse por el poder que estaba siendo liberado en esas batallas.

Rieles rotos, puestos aplastados, caídas Cannibal Marionettes; éstas eran sólo algunas piezas de evidencia, esparcidas a lo largo del camino que marcaba la dirección que las peleas habían tomado. Sharon estuvo a punto de gritar cuando vislumbró un cuerpo, casi completamente carmesí, yaciendo al lado de una atracción de montaña rusa.

Xerxes se acercó, Sharon permaneciendo a algunos pies de distancia del cuerpo. Incluso a lo lejos, el abusado cuerpo era aterradoramente familiar. Emily haló de su cabello suavemente y, sin decir palabra, Sharon la bajó para acunarla contra su brazo. La mano de Xerxes examinó el rostro muerto, descendiendo por el cuerpo, una mueca en su expresión.

—¿Esa es...Lacie? —susurró Sharon, llevando una de sus manos a flotar sobre su boca. Cuando Xerxes se incorporó, ni siquiera intentó deshacerse del lodo en su ropa. Él se alejó tensamente, continuando su camino hacia adelante con un profundo ceño fruncido arrogándole la frente. Incluso Emily se sentía un poco más pesada en su brazo, y Sharon sabía que todos estaban pensando en lo mismo.

—¿Mi señorita? —le llamó Xerxes un poco más adelante. Ella se espabiló, salpicando a través del lodo para alcanzarle. Él estaba de pie, quieto, mirando delante de sí hacia la desastrosa escena. Cuando Sharon le alcanzó, ella se encontró con un puesto aplastado, justo como los otros que habían pasado, excepto que éste tenía dos figuras en su interior. Una estaba ataviada en negro con una capa roja, la otra...

Sharon se acercó corriendo inmediatamente, casi dejando caer el paraguas en su abrumador alivio y prisa. Sus rodillas aterrizaron sobre la lona del destrozado puesto, sus brazos enredándose alrededor de un petrificado Elliot. —¡Oh, gracias al cielo que no moriste! —exclamó ella.

Elliot la observó, su expresión incómoda por la cercanía del contacto. —¿Sh-Sharon? —él echó un vistazo más allá de ella con su único ojo—. ¿Y Xerxes? ¿Qué están haciendo ustedes dos aquí?

—¿Soy sólo aire? —chilló Emily, incrédula. Se hallaba gentilmente colocada sobre el regazo de Sharon ahora, y si su expresión pudiese cambiar, seguramente luciría molesta.

Sharon se mordió el labio, echando un viztazo de las piernas de Elliot hacia el hombre en el suelo, a su lado. —¡Ayudándote, por supuesto! —Todavía arrodillada, ella se estiró hacia Xerxes quien a penas se había acercado a ellos. Sus manos se hundieron dentro de la pequeña bolsa en la cintura de él, revolviendo nerviosamente a través de ella. Sorteó a través de la tiza, cristales, dulces, una pequeña caja que, ella sabía, era mejor no abrir. (¡Cielos, que basura guardaba él aquí!). Finalmente, encontró un gran carrete de hilo con una aguja clavada en él.

—Mi señorita, pudo simplemente haber consultado para rebuscar dentro de mi bolsa... —señaló Xerxes con sequedad, pero Sharon ya llevaba un largo rato ignorándole.

—¡El círculo ha sido cerrado, así que, naturalmente...! —comenzó ella. Su mano entregó el paraguas a Elliot, quien lo tomó, confuso. —Toma, usa esto para ti y este hombre. —Ella estaba tan frenética que no notó a Elliot frunciendole el ceño al paraguas y dejándolo a un lado.

Con una expresión distraída, ella miró boquiabierta a Elliot, sus brazos cruzados con severidad. —¡¿Dónde se supone que dejaste el resto de tus piernas?! Vamos, puedo arreglarte aquí —dijo ella con insistencia. Ya estaba empezando a anudar su hilo.

Sacudiendo la cabeza, Elliot puso su mano sobre el pecho del hombre pelinegro. ¿Cuál era su nombre? Si Sharon lo recordaba bien, era «Glen». —Él —dijo el rubio con firmeza—, necesitas ayudarlo a él, no a mi. —Sus cejas estaban fruncidas y sus labios torcidos en una expresión de sombría desesperación.

Sharon parpadeó, sorprendida, luego frunció el ceño. —Ni siquiera me dejaste ayudarte con tu ojo, y ahora tú–

—¡Pero es él quien está gravemente herido, no yo! —señaló Elliot. Más suavemente, añadió—: Él es...él es importante para Leo, ¿de acuerdo? Y fue apuñalado por la guadaña de esa sujeto, Jack —su ojo restante miró incesantemente de Sharon a Xerxes y de vuelta—. Ustedes dos pueden ayudarlo, ¿cierto?

La incertidumbre atravesó el rostro de Sharon cuando miró hacia Glen. Uno de sus brazos había sido rebanado, sin duda por la misma guadaña, y su ropa estaba desgarrada por todas partes. Lo herida más preocupante, sin embargo, parecía ser la gruesa linea que atravesaba verticalmente su cuerpo. Era difícil saber con la continua lluvia si aún estaba sangrando o no, pero un considerable charco de sangre estaba ya tiñendo el suelo bajo él. Glen no se estaba moviendo, pero aún estaba con vida. A duras penas, al parecer. Sus ojos estaban apenas abiertos y su respiración era laboriosa.

A pesar de haber estado con Xerxes toda su vida y ser parte de un espectáculo de fenómenos, Sharon no sabía mucho a cerca de la muerte. Ella sanaba, pero no podía proclamar saber cómo era que lucía la muerte. Aunque estaba casi segura de que ésta lucía como Glen.

—¿Él te ha...te ha dicho algo? —preguntó Sharon, mordiendo su labio de nuevo.

Elliot sacudió la cabeza, pero su expresión era severa, como si el hecho no importara. Como si el hecho de que Glen aún estuviese vivo en ese momento significaba algo. Sharon no estaba segura de que lo fuera.

Unas botas blancas chapotearon entre los charcos cuando Xerxes se acercó a Glen, acuclillándose junto a él. —¿Sus poderes sanadores no están funcionando como deberían, señor Demonio? —preguntó Xerxes con ligereza, inclinando la cabeza.

Sharon esperaba que Elliot estuviese impresionado por ello, pero su expresión permaneció tranquila, pareciendo confiar en Xerxes para liderar con esto. Glen, por otro lado, se las arregló para otorgarle al hombre una mirada crítica incluso con su fuerza menguante.

Una sonrisa adornó el rostro de Xerxes. —Oh sí, no es tan difícil de adivinar cuan débil te encuentras —continuó diciendo, estirándose para apartar el cabello húmedo del rostro de Glen—. Para una herida como ésta, con tu estado tan débil, dudo mucho que sobrevivas siquiera otra hora.

Aquello hizo reaccionar a Elliot. —¿Qué has dicho?

—Si la historia que sé es la correcta, son trece años, ¿cierto? —Xerxes continuó como si no hubiese escuchado una sola palabra. Se inclinó más cerca, y Sharon apenas podía oirle por encima de la lluvia. —Eso es demasiado tiempo. Nunca tomaste ventaja siquiera del hecho de que estabas en la Tierra, ¿o si?

Los ojos de Glen perforaron a Xerxes, aunque su expresión era, aún en su mayoría, calmada pero exhausta. Sus manos viajaron temblorosamente hasta su pecho, sus dedos curvándose alrededor de su herida. Pequeñas piezas fragmentadas de electricidad danzaban sobre la herida, pero eran demasiado débiles, fugaces. Sharon frunció el ceño ligeramente y se preguntó lo que aquellos destellos significaban.

La curvatura en los labios de Xerxes creció. —Bueno, eso fue hermoso. ¿Puedes hacerlo?

Tanto Elliot como Sharon observaron fijamente, no queriendo perderse nada, y esperando. Sharon sabía que esta noche traería muerte, y quizá incluso una no deseada e inesperada pérdida. Depositando sus ojos sobre las rojas lineas de electricidad corriendo por todo el corte, ella esperaba que este hombre no fuese una de ellas.

oOoOo

Cobarde, pensó Leo, apartando las telarañas sobre la entrada de la casa embrujada. Jack casi inmediatamente lo había guiado hacia una ridícula cacería de fantasmas en el segundo en que Leo había ido tras él. Entre más él corría, sin embargo, más se aflojaba el vendaje que Elliot había hecho alrededor de su tobillo.

Algunos hilos plateados se le pegaron, colgando desagradablemente junto a la fría humedad de la lluvia. Listones negros se desvanecían en el aire, apenas visibles por el resto de la oscuridad – un furioso rastro que guiaba hacia Jack. Aunque las emociones de Leo no estaban mucho más bajo control y unas nubes púrpuras rodeaban a Jabberwocky.

La casa embrujada era pequeña y estrecha, con dos delgadas paredes y espeluznantes criaturas que continuaban apareciendo de manera desordenada, mucho para fastidio de Leo. Él ya había cortado en dos un par de fantasmas y un vampiro. En semejante espacio tan estrecho con las paredes cubiertas de sangre y sombras, todo lo que se movía, Leo consideraba que se trataba Jack. Una inquietante música se reproducía constantemente, acompañada de gruñidos y gritos grabados que el pelinegro intentaba ignorar. Los únicos sonidos aterradores para él eran los estridentes chillidos de una risa demente, porque aquellos sonidos en realidad podrían ser Jack.

Soltando un gruñido impaciente mientras rebanaba a una bruja que se desternillaba de la risa, Leo elevó la mirada hacia la polvorienta escalera a la que guiaba el camino.

—¿Entonces siempre eres así de dramático o sólo yo soy un caso especial? —gritó escaleras arriba. Sus ojos se esforzaron para ver en la escasa luz, pero no podía ni siquiera encontrar ya los listones negros. Cuando todo lo que obtuvo por respuesta fue el parloteo de los murciélagos, Leo hizo una mueca. Esperaba que Jack no lo guiara hasta ahí como una distracción. ¿Qué si ni siquiera estaba ya dentro de la casa embrujada?

Caminó escaleras arriba cuidadosamente, receloso de cada movimiento y sonido. Entonces, el escalón sobre el que estaba parado se movió hacia un lado, y Leo gritó de la sorpresa, cayendo. Un profundo suspiro se le escapó después de que golpeara su cabeza contra la barandilla. —En serio, no volveré a asistir a un carnaval...todo esto simplemente lo arruinó —musitó por lo bajo mientras alzaba la mirada hacia la escalera. Cualquier otro escalón se movía de un lado a otro.

Leo se sacudió, manteniéndose a si mismo más equilibrado esta vez. Aquella caída seguramente dejaría un chipote, el más sosegado de todos sus dolores aquella noche.

—¿Me he perdido la señal de advertencia o alg–? ¡Yah! —Leo casi cae de nuevo cuando se aplastó contra la pared, esquivando la mordida de la guadaña de Jack cuando ésta pasó martilleando a escasos centímetros de él. Leo tomó una bocanada de aire, fulminando con la mirada al hombre rubio en la cima de las escaleras. —Finalmente decidiste salir de tu escondite, ¿no es así?

Incluso en la tenue luz, Leo podía ver la fría sonrisa de Jack. —Simplemente me gusta el drama —replicó el hombre, elevando de nuevo su guadaña.

El pelinegro dejó escapar un gesto burlón con su propia sonrisa cruel. —Aha~. Verás, yo no tengo mucho sentido artístico.

La desconfianza atravesó el rostro de Jack cuando Jabberwocky fue tragado por un destello de púrpura. —¿Qué haces? —preguntó lentamente.

—Disculpame —dijo Leo, el destello púrpura doblándose y envolviéndose—, ¡por querer ir directo a tu muerte! —Su brazo se disparó hacia adelante, extendiéndolo hacia Jack. Una sombra negra abandonó la neblina que desaparecía y la forma provisional de Jabberwocky voló y enterró sus garras en el brazo y el rostro del rubio.

Jack se tambaleó de espaldas, gritando de rabia, su brazo inútil balanceándose mortalmente mientras él golpeaba ciegamente con su guadaña. Leo se sujetó rápidamente de la barandilla para mantener el equilibrio mientras corría escaleras arriba. En la cima, sujetó el brazo de Jack mientras Jabberwocky trabajaba con sus garras y pico sobre cada centímetro que podía del hombre, gruñendo por el esfuerzo cuando arrojó al rubio por las escaleras. Jabberwocky graznó, volando por encima antes de posarse sobre la mano extendida de Leo, mirando cómo Jack caía.

En un estallido de sombras, la guadaña de Leo estaba en su mano de nuevo y él aguardó para ver cuál sería el siguiente movimiento que Jack haría.

Jack estaba tumbado en el suelo, su guadaña quieta en su mano, rubios mechones de cabello cubriendo sus ojos. Sus labios se movían, pero Leo no podía descifrar la incoherente voz por encima de los sonidos de la casa embrujada. Sus ojos entrecerrados con escepticismo, descendió las escaleras de nuevo, manteniendo su agarre firme sobre Jabberwocky.

Entonces escuchó las palabras, repetidas como en un mantra.

—...culpa. Tu culpa. Tu culpa. Todo es culpa tuya. Tuya, tuya, tuya —gruñó Jack, apretando los dientes. Lentamente, como si se encontrara en un estado poseído, se levantó, aunque aún estaba mirando hacia el techo. Leo retrocedió, instintivamente presionando la hoja con forma de ala de Jabberwocky contra su garganta expuesta, justo por debajo del fragmento de espejo.

Imperturbable, Jack continuó —: Es culpa tuya que Glen quisiese matarme. Es culpa tuya que él no quisiese nada con Lacie y conmigo —acusó él con un rugido—. Él no era así antes de ti. Él era mi mejor amigo. Yo no estaba solo con él. ¿Por qué...él ya no quiere estar conmigo?

Un pequeño dolor ardió en el pecho de Leo, pero se rehusó a creer que las palabras de Jack le afectarían. Sacudiendo la cabeza, dijo—: No me harás caer con eso. Nada es mi culpa. No debiste haber intentado traer a Lacie de vuelta a la vida.

Una risa sacudió el cuerpo de Jack mientras éste sonreía ampliamente hacia el techo. —¡Tú harías lo mismo! ¡Por Glen! ¡Por aquel chico!

El pelinegro inhaló afiladamente, sus ojos ensanchándose, pero rápidamente se deshizo del pánico, de la creencia de que podría ser verdad. —Te equivocas. Yo no estoy demente como tú —tronó Leo, presionando más cerca a Jabberwocky.

—Mentiroso. Tú también estás demente —declaró Jack.

Leo sonrío, sintiendo la necesidad de reír burbujeando en su estómago. —No estabas escuchando. Yo jamás declaré que no estaba demente, tan sólo dije que no estaba tan demente como tú —señaló.

Entonces Jack agachó la cabeza, desordenados mechones de cabello rubio enmarcando su rostro. Su sonrisa era delgada y amplia, como si estuviese complacido con la respuesta de Leo pero no quisiese admitirlo. Jabberwocky pudo fácilmente cortarlo, pero Jack golpeó la guadaña hacia un lado con la propia y se puso de pie. La mirada que dedicó al pelinegro fue tanto maliciosa como compasiva; un pobre chico que no tenía oportunidad contra él. Esto hizo que Leo se congelara de pronto.

—Lo dices como si eso te convirtiera en una mejor persona —dijo Jack mirando lascivamente hacia Leo. Su voz era baja y sus vocales rotas casi hacían las palabras incomprensibles pero Leo las captaba, cada una, mientras eran mortalmente murmuradas de los labios de Jack como una maldición. —Nada te diferencia de mí. Harías lo mismo. No mientas. Dada la oportunidad, sin titubear, tú derribarías todo en tu camino para colocarte en el mismo plano que aquellos a los que amas. Después de todo... —él estaba apretando los dientes cuando repentinamente alzó la voz—: ¡Le hiciste lo mismo a Lacie, ¿no es cierto?!

Ah. Leo lo recordaba. Se recordaba mirando dentro de los ojos dispares de Lacie y pensando en cómo ella había herido a Elliot. Odiándola por ello. Asesinándola horriblemente por ello.

¡No!

¡Él no debería escuchar aquellas palabras! ¡Él no era como Jack! Lo prometí. ¡Le prometí a Elliot y Glen que no le dejaría arrebatarme mi identidad, maldita sea!

Leo aulló cuando la guadaña de Jack abanicó hacia él, la punta encajándose en su costado y estampándolo contra la endeble pared de la casa embrujada, derrumbando parte de ésta. El aire frío golpeó su rostro cuando cayó en el exterior, desplomándose en el lodo empapado por la lluvia. La hoja de la guadaña fue arrancada de él y Leo gritó de dolor, la sangre caliente brotando desde su costado. Maldiciones volaron a través de su mente sobre cuan estupido había sido al distraerse, y luchó para recomponerse.

¿Cómo se suponía que mataría a Jack? Rebanarlo e incluso dejar uno de sus brazos completamente inútil ni siquiera le había acarreado dolor. Apuñalarlo en la garganta obviamente no lo había matado. Leo tomó grandes bocanadas de aire, sujetando fuertemente su nueva herida mientras observaba fijamente al rubio que se aproximaba.

Se las arregló para esquivar el siguiente ataque, y abanicó a Jabberwocky, dejando escapar a Jack por centímetros.

¿Cómo matarlo? ¿Cómo matar a un hombre que había escapado de la muerte dos veces...?

«¿Estas demasiado asustado para ver si aún vivirás incluso después de ser decapitado?». Jack había amenazado a Elliot con ello. Leo lo recordaba tan claramente. Seguramente Jack sabía cuanto podía soportar su cuerpo, sabía que no podía sentir dolor. Aún así, cuando Glen lo había matado, él realmente había gritado, rogado porque no le matara de esa forma.

Probablemente porque...él pensaba que el cristal rebanaría su garganta...

A pesar de que repentinamente sintió quebrada la rama en su tobillo, el hueso roto punzando, incluso con su horrible herida de puñalada, y Jack abanicando su guadaña hacia él una y otra vez...repentinamente Leo podía ver con claridad. Tras evadir el siguiente golpe, Leo se lanzó hacia delante, tacleando a Jack contra el suelo. Ambos cayeron sobre la húmeda superficie y Leo rápidamente colocó a Jabberwocky de cabeza, enterrándola a través del brazo funcional de Jack.

La sangre salpicó hacia arriba, al rostro de Leo, cuando el músculo se desgarro y el hueso se rompió. La guadaña de Jack se desvaneció, su brazo yaciendo muerto en el suelo. Leo no pudo evitar reír entre dientes ante la ironía. —Eso fue por Glen — murmuró cuando Jack gruñó con rabia, sus ojos esmeraldas perforando en su interior—. ¿Qué harás ahora? No puedes usar ninguno de tus brazos; ya no puedes invocar a tu guadaña.

Jack le fulminó con la mirada. —¡Debimos haberte dejado en las calles! —bramó él, tan forzadamente que volvió a expectorar sangre—. ¡Ya eramos felices antes de ti! ¡No te necesitábamos! ¡Glen y Lacie...eran míos! ¡No tuyos!

La expresión de Leo cayó un poco, suavizándose. Ahora que Jack ya no podía hacerle realmente nada, él se relajó un poco, sentándose sobre la caja torácica del rubio. Así que este era el hombre que, de no haber muerto Lacie, habría sido otro de sus padres. Tristemente, la ultima expresión que él había visto en el rostro de Lacie había sido una igual de apática como la que Jack estaba haciendo justo ahora. Leo se preguntó que cara habría hecho cuando Oz murió, cuando descubrió lo de Charlotte...

Alguien no puede simplemente perderlo todo y no luchar por ello. Ya sea la vida, una familia, amigos...un hogar...

La lluvia continuaba cayendo, aplastando la ropa de Leo y su cabello contra su piel. Jack parpadeaba contra las gotas, pero Leo juraba que lo que corría a ambos lados de su rostro no era del todo lluvia. Leo se estiró, apartando los mechones de cabello rubio.

—Sí. Tu perteneces a ellos, ¿no es así? —preguntó el pelinegro quedamente.

Jack se congeló ante el toque de Leo, sus ojos ensanchándose. Luego gruñó, sacudiendo la cabeza para apartar la mano de Leo. —¡Tú no me conoces! ¡No sabes nada sobre mí!

—En realidad, me recuerdas mucho a cómo yo era antes de esta misión —murmuró Leo, soltando una risita divertida cuando se dio cuenta de que era verdad. Hace algunos días, ¿no sería él mismo contra quien estaba peleando? ¿Una persona, desesperada por pertenecer a algún lugar lo suficiente como para matar y arruinar mundos por ello?

—Jack —comenzó Leo suavemente, convirtiendo sus manos en puños, sujetando a Jabberwocky con más fuerza—, amo a mi familia. A todos ellos. Amo a Glen. Amo a los fenómenos del circo. Amo a Elliot. De haber tenido la oportunidad de estar con ustedes dos, estoy seguro que los habría amado a ti y a Lacie. Al principio de nuestras vidas, tú y yo probablemente nunca creímos que pertenecíamos a lugar alguno. Glen me lo dijo, ¿sabes? Me dijo que cuando tú los invocaste a él y a Lacie, estabas solo.

El pánico y la conmoción congelaron la expresión en el rostro de Jack. Él comenzó a sacudir la cabeza, embarrando lodo en su cabello. Sus piernas comenzaron a patear contra el pelinegro, aunque más bien débilmente. Leo simplemente esperó que terminara de hacer su berrinche. —¡No, cierra la boca! ¡Cierra la boca!

—Estabas solo y necesitabas a alguien.

—¡Cierra la boca! ¡Tú no me conoces! ¡Glen y Lacie–!

—...eran tus mejores amigos, y tu familia. Los amabas.

¡ELLOS ERAN MÍOS! —gritó Jack. Comenzó a ahogarse de nuevo, tosiendo y carraspeando violentamente. Al final, había sangre escurriendo de sus labios y él yacía débilmente en el suelo, su energía agotada. Era doloroso de ver. Leo sabía que él mismo podría haberse convertido en esto algún día.

Elevó los ojos hacia su guadaña, y Jabberwocky le devolvió la mirada fijamente. Leer cualquier expresión dentro del enorme ojo era casi imposible, pero Leo sabía que Jabberwocky estaba ahora mirando hacia Jack con solemnidad. Leo una vez más presionó la hoja contra la garganta de Jack, lo suficientemente fuerte para hacerle sangrar. El rubio se congeló, sus labios ligeramente abiertos mientras la lluvia y las lágrimas caían por su rostro.

—Te prometo que estarán juntos de nuevo —dijo Leo quedamente. La idea de matar a Jack súbitamente hizo que un sentimiento enfermo brotara en su pecho. Trató de invocar de nuevo su ira, pensando en cómo Jack había ayudado a matar a Oz, herido a Glen...

Pero nada. Nada más que la entumecedora realidad de que Leo estaba asesinando a alguien una vez más. —¿Qué pasa, Jack? ¿Ningun grito o protesta? ¿Nada que decir en absoluto? —el pelinegro tronó con ligereza, frustrado. Quizá si obtenía algún tipo de reacción de parte de Jack, podría sentir algo justo ahora.

Para su sorpresa, Jack simplemente sonrió suavemente, humanamente, y cerró los ojos. Leo apenas captó la palabra que rodó de la lengua de Jack antes de que Jabberwocky le cortara la cabeza.

—...Juntos...

Los charcos bajo su cuerpo sin cabeza rápidamente se mezclaron con la espesa sangre.

oOoOo

Leo estaba agotado. Se sentía como si hubiesen pasado días sin que él durmiera, y le tomó toda su energía siquiera ponerse de pie y caminar derecho. Aún había un horrible vacío en su interior, abismal y afiliado. La misión estaba finalmente completada con Jack ahora muerto (Leo en realidad se había quedado por algunos minutos para estar seguro), y aun así sólo el más mínimo rastro de alivio le había golpeado.

Jabberwocky, ensangrentada y luciendo exactamente tan exhausta como Leo con su ojo medio abierto, estaba siendo usada ahora como una especie de bastón, el pelinegro apoyándose pesadamente contra la guadaña. Leo estaba más que sucio con barro y lluvia, y sangre, pero a él le importaba menos su apariencia y más el encontrar un lugar donde dormir.

La casa embrujada no había estado tan lejos de donde había dejado a Elliot con Glen, pero la caminata de regreso parecía muy larga. Dio vuelta en una esquina, sin embargo, y casi choca con alguien. Repentinamente alerta, Leo retrocedió y apuntó a Jabberwocky hacia Elliot.

El equilibrista parpadeó, sorprendido. —Leo, soy yo —dijo él rápidamente, intentando recuperar el equilibrio.

Una exhalación de alivio abandonó a Leo y bajó a Jabberwocky. Al segundo siguiente despidió a la guadaña. —Tú...estás de pie —murmuro con agotada sorpresa.

Elliot asintió, moviéndose tensamente hacia Leo y corriendo una mano por su oscuro cabello. —Si, Sharon y Xerxes me encontraron y repararon. Quería salir a buscarte tan pronto como Sharon terminó la última puntada. —le ofreció una sonrisa insegura, acariciando el rostro de Leo—. Parece que la has pasado difícil.

El pelinegro se empujó hacia adelante para descansar su cabeza contra el pecho de Elliot, cerrando los ojos. —Jack está muerto. De verdad esta vez. Yo...lo decapité. —explicó.

No esperaba que la voz de Elliot se volviese más suave, más gentil mientras respondía —: Es un alivio. Y veo que luces bien —rió él y descansó su cabeza sobre la de Leo, abrazándolo, y Leo estaba agradecido de que no hubiese dicho algo sobre que lucía cuerdo—. No que tenga dudas al respecto.

Sonrojándose levemente ante el abrazo, Leo murmuró —: ¿Elliot? Te amo.

Los fuertes brazos suturados a su alrededor le apretaron. —Sí. Estoy...tan feliz de que estés bien.

Leo tarareó ausentemente. —¿Elliot? Estoy exhausto.

—Pronto abandonaremos la isla. Xerxes está haciendo un...círculo de transporte. Como sea que él lo llamara. —Tras un apacible momento de descanso sobre Elliot, el rubio se tensó, apartando a Leo al tomarle de los hombros. —Leo, hay algo que–

Lo notó tan pronto como Elliot le apartó. Leo simplemente lo supo. Su labio tembló mientras luchaba por contener el torrente de tristeza. —Glen murió, ¿no es así? —susurró. ¿Estaba alucinando? Se sentía como si la voz de alguien más lo hubiese dicho.

Elliot no dijo nada, pero bajó la mirada. Cuando entrelazó sus dedos con los de Leo, el pelinegro no se negó, entumecidamente siguiéndolo de vuelta hacia los otros. Se encontraba repentinamente agradecido por el aguacero que rompía el silencio.

El cuerpo de Glen aún estaba entre los restos del puesto, inmóvil como había estado cuando Leo se fue. Incluso entonces, Leo había pensado que el demonio estaba muerto, pero era sólo eso: un pensamiento. Honestamente no había esperado que se volviera realidad. Si lo hubiese hecho, quizá habría pensado más en cómo Glen sobreviviría, estaría con vida...

Sharon y Xerxes estaban apiñados a cada lado de él, y fue Sharon quien se sobresaltó, mirando hacia Leo. Ella abrió la boca, luciendo como si estuviese a punto de estallar con las palabras que cruzaban por las mentes de todos, pero entonces ella hizo una mueca, bajando la mirada. —Lo siento. Yo no...sé nada sobre demonios. Xerxes dijo que un tratamiento humano no funcionaría, que los demonios recurren a su propio poder para sanar pero–... —se detuvo de pronto ante la mirada de Xerxes.

Entumecido, Leo asintió, dejándose caer de rodillas al lado de ella.

Estúpido Glen. Estúpido, estúpido Glen. Finalmente saliendo tras trece años en aquella mansión, encerrándose a sí mismo entre oscuridad y secretos, ¿y qué fue lo que obtuvo? Aquello lo mató. Leo tomó una profunda y temblorosa respiración, tragándose el llanto. Aunque entre más sus ojos viajaban sobre las destrozadas extremidades, el pecho ensangrentado y los ojos cerrados, ensombrecidos con el inconfundible velo de la muerte, Leo sentía que se fracturaba.

—Ungh...nngh... —sujetó la ropa sobre su pecho y lentamente reposó su frente contra la herida que mató a Glen. Al principio, sólo un llanto silencioso escapaba de él mientras su cuerpo temblaba violentamente, luchando por mantenerse en una pieza. —Gl-Glen...¡Glen! ¡Papá! —finalmente gritó. Cálidas lágrimas escocian sus ojos, cayendo rápidamente, su cuerpo entero llenándose con aquella salada tristeza. Salvajes y horribles gimoteos le escapaban, pero el hecho de que su dolor estuviese tan libre y rompiéndolo era lo que hacía que la perdida fuese más real.

Charlotte...

Oz...

Glen...

Demasiada. Demasiada muerte al mismo tiempo.

Probablemente hubo sentido algo cálido presionarse contra su espalda, acariciando su columna de arriba a abajo. Probablemente intentó pelear contra los brazos de alguien mientras le sostenían. Probablemente había encajado sus uñas en la piel de esa persona, aferrándose como si su vida dependiera de ello mientras una singular, casi infantil idea lo golpeaba.

Glen siempre había mantenido sus pesadillas a raya. Siempre había cuidado de él lo mejor que podía. Glen había sido su padre. A mitad de la noche, cuando no podía dormir, había ido a la habitación de Glen y trepado en su cama. No podía recordar a Glen alguna vez durmiendo. ¿Los demonios necesitaban dormir? ¿O...se trataba de algo más?

¿Qué más daba? Aquellas noches de tranquilidad se habían acabado.

oOoOo

Algo así como unas cuantas horas debieron haber transcurrido. Para Leo, se sentía como si sólo acabara de cerrar sus ojos en un parpadeo. Y aun así, cuando los abrió, ya no estaba lloviendo. Él estaba mirando al cielo, el cual era definitivamente más claro que antes, con sólo algunas vagabundas nubes grises flotando alrededor. Leo lentamente se incorporó y giró. Justo así de rápido, un pequeño sonrojo estuvo sobre sus mejillas.

Elliot le ofreció una pequeña sonrisa. —¿Te encuentras bien? Estabas llorando y luchando contra mi. Después como que te dormirste en medio de todo ello —le explicó con una pequeña risa entre dientes. Era forzada, cuidadosa. Pero la mano que se estiró para peinar su cabello seco no lo era. —Dejé que descansarás en mi regazo mientras Xerxes y Sharon estaban fuera.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —Ahora que había dejado de llover, la ropa seca de Leo era incómoda y él podía sentir toda la tierra y sangre que se había pegado a su piel.

Un ojo azul miró hacia el cielo, como si la hora estuviese escrita ahí. —Quizá una hora o dos. Casi amanece —dijo él.

Leo asintió en silencio. La música del carnaval se había ido ahora, y las luces y atracciones ya no funcionaban más. Xerxes y Sharon debieron haberlas apagado. Sus ojos echaron un vistazo hacia un lado. Glen aún yacía allí, y Leo parpadeó sorprendido cuando vio a Lacie y Jack también, incluso la cabeza decapitada de este último. La destrozada y ensangrentada Lacie a la derecha de Glen, y el decapitado Jack yaciendo a su izquierda.

La respiración de Leo se volvió laboriosa y se apoyó sobre Elliot. —¿Qué es–?

—Si no te gusta, puedo ponerlos en otro lugar —le interrumpió Elliot, acariciando el antebrazo de Leo. Su ojo contenía una expresión pensativa. —Sólo pensé...ya que ellos eran amigos...incluso si Lacie y Jack cambiaron...

—Debo admitir que siento curiosidad sobre eso —manifestó una voz suave y femenina. Sharon estaba de pie delante de ellos, su fino camisón ondeando con la brisa otoñal. —Sobre el cambio de Lacie y Jack, quiero decir. ¿No eran aún ellos mismos?

Antes de que Leo pudiese siquiera tratar de entender sus palabras, Xerxes caminó detrás de ella, una lata de algo en su mano que estaba vertiendo por todo el terreno. Cuando ésta estuvo vacía, él la arrojó a un lado, sacando otra del interior de su chaqueta. Emily estaba balanceándose sobre la cabeza de Xerxes con cada paso que él daba.

—Eso, mi señorita, es de alguna forma cierto —comenzó a explicar él. Leo no estaba sorprendido de ver una paleta saltando en su boca mientras hablaba. —Verán, no se supone que alguien sea devuelto a la vida. Cuando la muerte sucede, sucede. No se supone que sea revertida. Si lo fuera, algo inhumano seguramente nacería.

Elevó una mano, señalando a una Cannibal Marionette muerta a unos pocos metros más allá. —Tómalos como ejemplo. Cuando fueron reanimados, se convirtieron en monstruos. Si trata de insuflar vida a algo que está muerto, no puedes esperar que esté realmente tan vivo como lo estuvo alguna vez.

Lentamente, Leo echó un vistazo hacia Glen y los otros dos, analizando las palabras de Xerxes. —Pero ellos eran lo mismo en el fondo, ¿cierto? —él pensó en Jack, en su sonrisa mientras abrazaba la muerte sabiendo que se reuniría con Lacie y Glen.

Xerxes se encogió de hombros y destapó la lata en su mano. Inspeccionándola más de cerca, Leo notó que se trataba de una lata de gasolina. Sus ojos se ensancharon cuando Xerxes comenzó a salpicarla alrededor y encima de los tres cadáveres. Salió disparado de los brazos de Elliot. —¿Qué haces? —demandó, sus ojos ensanchados de horror.

—Antes de que este demonio muriera —explicó Xerxes casualmente, vertiendo el resto de la gasolina antes de desecharla—, fue su petición que Sablier fuese quemada hasta sus cimientos. No puedo desobedecer semejante última voluntad cuando sé que esto eliminará permanente a todos los monstruos aquí. Ya no hay nada más para Sablier. Mi señorita y yo estuvimos ocupados esparciendo la gasolina que encontramos en una tienda, alrededor del carnaval. Una vez que pongamos esto en marcha, deberá devorar la isla entera.

Leo siguió los charcos de gasolina formándose en los pliegues de la ropa de Glen, sintiendo pánico. —¿...sólo así? —susurró.

—Sólo así —replicó Xerxes sin titubear.

No. Era...era demasiado pronto, ¿cierto? Leo no quería dejar a Glen aquí, dejarlo solo. ¿Qué diría a los otros? ¿Cómo les explicaría la muerte de Glen...y Oz? Cuando esta noción lo golpeó, parpadeó sorprendido. —Oz —dijo lentamente. Entonces su cabeza se elevó bruscamente, sujetando la blanca chaqueta que Xerxes usaba. —¿Qué hay de Oz? Glen y Jack, y Lacie eran mi familia y yo...yo puedo entender que ellos mueran aquí juntos en Sablier...pero ¿qué hay de Oz? ¡Tenemos que llevarlo con nosotros! Gilbert y los demás...su hermana...

Sorbió su nariz, y miró dentro del ojo carmesí de Xerxes, implorando, manteniendo su expresión tan firme como le era posible. Silenciosamente, Leo retó a Xerxes, o cualquiera, a protestar. Oz no podía ser dejado aquí. Esta isla estaba atestada de muerte, putrefacción, y la sangre no se suponía que fuera el ataúd de Oz. No Oz, quien era oscuro y cálido, mentiroso y sincero...

«Leo es mucho más amistoso de lo que pensé».

«Bueno, entonces ninguno de nosotros tiene por qué sentirse solo aquí, ¿huh? No te preocupes, lo que sea que pase aquí, tienes hermanos y hermanas para protegerte.»

«¿Le dirías a la persona que amas cuántas personas has matado, Leo? ¿Vas a decirle que estás mucho más dañado de lo que él está? Esperas que yo vaya con Gil y le diga: "Imagina tu peor pesadilla. Ahora multiplícala por 10 y eso es lo que soy en realidad"»

—Iré por él —declaró Elliot tras él con voz firme. Leo le miró con enormes ojos agradecidos mientras pasaba a su lado. —Dibujaste el círculo justo aquí, ¿verdad, Xerxes? Traeré a Oz hasta aquí. No está lejos.

Xerxes siguió con la mirada al rubio alejándose. Por un instante, Leo estuvo preocupado de que protestara en contra de ello, pero entonces él sonrió de lado y se sacudió el agarre del pelinegro. Leo se encontró con los ojos de Sharon, pero ella únicamente le dedicó una mirada de tristeza y se encaminó hacia un extraño diseño dibujado en el lodo. Él sospechaba que ese debía ser el círculo que usarían para salir de la isla.

—Un demonio bastante interesante, tu padre —dijo Xerxes repentinamente, asustando a Leo—. No creo que apreciaría la lastimosa expresión en tu rostro justo ahora.

Frunciendo el ceño, Leo se tocó el rostro. ¿Cómo podría alguien siquiera conocer su expresión bajo todo ese cabello? Bajando las manos, preguntó —: ¿Hablaste con él? ¿Él...estaba sufriendo?

—Si crees que no era doloroso, entonces te diré que no estas afrontando la realidad —declaró Xerxes, quien ahora estaba inclinado sobre Glen, sonriendo un poco—. Diré esto, sin embargo, él lucho tanto como pudo. Puedes ver sobre la herida dónde intentó sanarse a sí mismo. Aunque al final simplemente no fue suficiente. —Elevó la mirada, captando la de Leo. —No estoy diciendo esto para ser cruel.

—Lo sé. Creeme, he estado alrededor de suficiente crueldad toda mi vida —suspiró el pelinegro—. No soy...ya no soy tan ingenuo. Sé que cosas malas siempre pasarán.

La muerte siempre pasará. Y así mismo la vida. Algo nacerá sólo para morir. Leo cerró los ojos, recordando que aquellos pensamientos habían acudido a su mente hace no más que unos cuantos días antes. Lentamente tomó una profunda respiración. Cuando exhaló, se sintió un poco mejor. No mucho. Pero mejor.

Desearía que no tuvieses que irte. Siento que debería estar gritando un poco más, queriendo matar a alguien. Me siento como si mi locura se hubiese vuelto más grande, pero no se manifiesta. ¿Por qué? ¿Me he vuelto despiadado? ¿Simplemente no me importa tanto como pensé?

Es porque eres mas fuerte ahora —murmuró una voz. Leo no sabia si era la suya. O...o de Glen. Aquello sonaba como algo que Glen le habría dicho alguna vez. Pero Leo no podía recordar alguna ocasión en su vida en que se sintiera fuerte. Si era fuerte ahora, ¿no sería capaz de sentirlo? ¿Era la fuerza algo tangible?

Para el momento en que Elliot regresó con Oz en su brazos, Leo había dejado de tratar de pensar. No quería pensar por un largo tiempo. Cierto, aún se sentía un poco cansado, pero se apartó el cabello, colocándoselo tras la oreja.

Ofreció a Elliot una sonrisa amarga mientras se acercaba. —¿Crees que soy infantil por no quererlo aquí? —sus ojos abismales danzaron sobre el cuerpo de Oz. Se mantuvo esperando. En los libros que siempre leía, el amigo supuestamente muerto abriría los ojos y tendría fuerza suficiente para decir una última cosa...pero el destrozado pecho de Oz no subió. Sus rubias pestañas no temblaron. Su cuerpo yacía completamente lánguido entre los brazos de Elliot, carente de vida.

Elliot sacudió la cabeza, también descendiendo su mirada sobre Oz. —Él es mi familia, como tú dices. Debe estar con nosotros. Puedo explicarles lo de Lacie —dijo, lanzando una mirada hacia ella. Su distorsionado cuerpo lucia fuera de lugar junto a los otros, pero entre más le miraban los chicos, más parecía encajar. —Aquí es donde ella pertenece, ¿cierto?

Sin decir una palabra, Leo asintió. Más partes del cielo eran de un ligero tono de azul ahora, y las tonalidades rosadas estaban levantándose hacia el este. Pronto, sería de mañana y el camino hacia el Infierno se cerraría completamente una vez más hasta el próximo Día de Brujas.

Pero no si éste era destruido con el resto de Sablier.

Lo siento, Glen. Lo siento, Oz. Jack y Lacie...Lo siento.

Cuando Leo alzó la mirada de nuevo, Sharon estaba guiando a Elliot dentro del, ahora luminoso, círculo. Una pequeña ráfaga de viento parecía saltar de éste, alborotando sus cabellos. Xerxes se acercó a Leo, Emily aún sobre su cabeza. Él extendió su mano, sosteniendo algo hacia Leo.

Eran cerillas.

—Mi señorita y yo nos aseguramos de extender la gasolina en tantos lugares como fue posible. Una vez encendido, el carnaval arderá en segundos, la isla en minutos —informó Xerxes.

—¿Me harás hacerlo? —preguntó Leo con incredulidad, su voz estridente.

—Es tu hogar —señaló Emily con su usual voz crujiente.

Leo fervientemente sacudió la cabeza, retrocediendo. —No, no lo es. Quizá alguna vez, pero...no podría destruirla. —Pero incluso mientras lo decía, se estaba estirando sombríamente para alcanzar las cerillas. Porque el hecho era que, aun cuando ya no lo era más, Sablier alguna vez había sido su hogar. Dónde nació y fue encontrado por Glen, Jack y Lacie. Él había pertenecido alguna vez aquí, con ellos. Pero ahora que se habían ido, Leo pertenecía a otro lugar y sólo parecía correcto que fuera él quien destruyera los restos de su hogar.

Xerxes le pasó las cerillas y Leo miró cuidadosamente de éstas hacia los tres cuerpos de quienes fueron sus padres. Elevó la mirada directamente hacia Elliot quien sostenía el cuerpo sin vida de Oz. Él parecía haber limpiado la sangre de su vacía cuenca ocular, y le estaba otorgando a Leo una calmada y tierna mirada alentadora. Con una rápida inhalación, Leo encendió una cerilla y se paró junto a Glen y los otros.

Tras él, escuchó la suave voz de Sharon. —¿Están muertos?

Leo elevó una ceja, sintiendo la necesidad de reír ante la simple pregunta. Por supuesto, esto era algo natural. Dado que Jack había vuelto una vez, ¿por qué no podrían Lacie y Glen hacer lo mismo? Pero Leo lo sabía mejor que nadie, especialmente con el fuego que sostenía.

—¿Importa? —se dio la vuelta y arrojó la cerilla encendida hacia los cuerpos empapados en gasolina.

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Anotaciones:

[1] Una pequeña nota flotante para fanarts incluidos en el capítulo. Eliminen espacios y agreguen el "com" después del "devia nart."

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arlekaakun. devia ntart. /art/Un-deux-trois-312295322


N/T: *gasp* Oh, wow. ¿Chocolate? ¿Mantas? ¿Un doctor? En realidad no sé que decir salvo que la pesadilla se terminó. No más Jack y su posesividad obsesiva, no más Lacie con sus Cannibal Marionnettes y demonios traídos desde el Infierno, no más isla de Sablier, Glen también se ha ido y...y mejor no sigo...*sigh*

Hay mucho que procesar, ¿cierto? Siéntanse libres de hacer estallar la caja de comentarios con el contenido de sus irreparablemente rotos corazones(?). Yo lo haría.../3

Y dicho esto, la próxima actualización será en dos semanas y también será la última(aww!) ya que estaré subiendo el epilogo de está maravillosa historia junto a la lista de reproducción con las canciones que sirvieron a Hitsugi de inspiración para escribir, así que estén pendientes.

Les mando un enorme abrazo(porque sé que lo necesitan) y gracias por leer.

Any.