II
Help me if you can, I'm feeling down
And I do appreciate you being 'round
Help me get my feet back to the ground
Won't you please, please help me
-Help, The Beatles
Había pasado una semana desde que hablaron por primera vez. Annabeth siempre la esperaba a la entrada del instituto, para fumarse juntas un pitillo antes de entrar en clase. También hacía una semana que Thalia había empezado a fumar.
El humo del cigarro la saludó, como siempre, con su olor seco y adictivo, antes incluso de que la propia Annabeth lo hiciera. Era una mañana algo fría y demasiado nublada para estar en mayo, y la chica llevaba puesta su chaqueta de cuero y se arrebujaba en ella; el pitillo en una mano y la otra tratando de apartar de su cara los mechones rubios de pelo con los que jugueteaba el viento.
—Buenos días —saludó cuando expulsó el humo de sus pulmones, ofreciéndole su paquete para fumar. Thalia aceptó un cigarrillo.
—Lo serán para ti —murmuró colocándoselo entre los dientes. Grandes ojeras marcaban sus ojos claros; había pasado una mala noche. Su padre se había enfadado cuando le encontró un paquete en su cuarto; no por el hecho de que su hija fumara, sino porque pensaba que se lo había quitado a él. Y en consecuencia, la había castigado.
—¿Ha pasado algo? —inquirió Annabeth prendiendo el mechero y acercándolo al cigarro, mientras ella hacía un cuenco con las manos en torno a éste para que el viento no lo apagara.
—Nada —negó Thalia suavemente tras dar la primera calada del día, que tan necesaria se había vuelto; respirar profundamente y tirotear de las mangas del jersey hasta que le cubrieron la mitad de sus palmas.
—Entonces, son buenos días, ¿no?
—No hace muy buen tiempo —observó la morena.
—Está bien, tú ganas. Es un día de mierda.
Los chicos seguían entrando en el instituto. Algunos solos, otros acompañados. Algunos se paraban en la puerta a charlar, otros lo hacían dentro. Algunos incluso llevaban los apuntes en la mano y repasaban para el examen. Ninguno les prestaba atención a ellas.
—Es un día de mierda —asintió Thalia algo después, rompiendo el silencio de nicotina que había dejado fluir entre ambas. En su mano, su cigarro estaba a medio consumir, y su vista de había perdido en algún punto del gris horizonte recortado de algunos edificios.
—¿Estás segura de que no ha pasado nada? —repitió la otra chica, siguiendo su mirada sin llegar a ver lo mismo que ella—. Puedes contármelo, si quieres. No te voy a juzgar.
Claro que no había pasado nada. Sólo había sido un sueño, nada más. No había cardenales en su piel, no había cicatrices en sus muñecas, no había un agujero en la puerta de su cuarto. Todo había sido una maldita pesadilla. Una puta pesadilla. Sólo eso.
Se sentía tan condenadamente bien, allí, con ella; que cualquier otra cosa que no fuera el viento contra su cara, el cigarrillo en su mano, la mirada inquisitiva de Annabeth sobre su persona o el barullo de antes de las clases de fondo le parecía lejano e irreal. Se sentía tan condenadamente bien que el mundo le importaba bien poco en ese preciso momento. Se sentía tan condenadamente bien que podía seguir fingiendo que no había pasado nada un poquito más.
—Claro. Todo va genial.
—De acuerdo —concedió al final Annabeth, y las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba en una pequeña sonrisa. Dejó caer el consumido cigarrillo que había estado fumando y lo aplastó con su deportiva.
No era la primera vez que lo pensaba, ni sería la última, pero aquella chica era demasiado guapa. Su larga melena rubia, que nunca iba odiosamente perfecta; el brillo inteligente —pero para nada egocéntrico— de sus profundos ojos grises; su tono de voz, firme como una roca en medio del océano. Si tan sólo no fuera una chica… O si tan sólo la propia Thalia no fuera una chica… Habría aspirado a algo más que a fumarse un pitillo con ella todas las mañanas antes de entrar en clase.
Pero no, se lo tenía que recordar a sí misma a menudo, no podía pensar así. Tenía que buscar algún chico. Porque lo otro estaba mal. Era un error de la naturaleza. Y por su madre.
—Será mejor que vayamos entrando en clase —dijo apartando de sí esos pensamientos, y justo entonces sonó el timbre. Apuró su cigarro, lo estrujó contra el muro del instituto, lo tiró al suelo y se apresuró a seguir a Annabeth, que le había hecho caso y se había internado ya en el edificio.
o-o-O-o-o
Las horas y los profesores se sucedían con depresiva monotonía. Y, en el recreo, las cosas no iban mucho mejor. Simplemente, no iban. Su vida parecía estancada en el fondo de un pozo de paredes estrechas y frías. Preguntas no formuladas que nunca obtendrían respuesta. "¿Por qué?" "¿Qué hice mal?" Preguntas cuya respuesta prefería ignorar. Si eso era la vida, cada vez le gustaba menos.
Entró en el cuarto de baño y se miró en el espejo.
—No, no hace falta que vengas, sé cuidarme solita. —Eso había espetado a Annabeth cuando ella también se levantó con intención de acompañarla al servicio. De nada había servido que la chica insistiera e insistiera, al final Thalia se había salido con la suya.
Y allí estaba ahora. Sola frente al espejo. Un brillo diferente en sus ojos le devolvió la mirada. No era capaz de mirar su reflejo por mucho tiempo.
Se sentía avergonzada.
Avergonzada porque esta última semana le había gustado más de lo que pensaba admitir. Avergonzada porque ella le había gustado más de lo que pensaba admitir. Pero sólo era cuestión de tiempo que las cosas fueran a más, que su padre se enterara. Y entonces, ¿a dónde iba a ir a parar todo aquello? ¿Al olvido, a otra mudanza?
Abrió el grifo y se lavó la cara con agua fría para apartar todo aquello de su mente. Tenía que cortar eso que sentía de raíz antes de que creciera demasiado. Respiró profundamente. Aún estaba a tiempo. Y su vida sería como hasta entonces había sido... Aunque no durara mucho.
Un par de personas abrieron la puerta entonces. Iban charlando y riendo, pero se callaron en cuanto la vieron.
—Vaya, mira quién está aquí —dijo una con fingida sorpresa. Thalia maldijo mentalmente y se giró para encararlas, su expresión era una máscara indiferente.
—Thalia Grace —escupió la otra, un curso mayor, que se acercó a ella con cara de asco—. ¿Siempre tienes que fastidiarme el día?
Para entonces ya estaban a unos pocos pasos de ella, mirándola fijamente. Thalia apretó los puños e intentó pasar entre ambas en dirección a la puerta, pero no se lo permitieron.
—¿Por qué te vas, si acabamos de llegar? —inquirió con un tono falsamente amable la primera. Una sonrisa cruzó su rostro, una sonrisa de anticipación. Le resultaba divertido. Aquello le resultaba jodidamente divertido.
Thalia apretó aún más los puños, hasta dejar blancos sus nudillos, y les sostuvo la mirada. La salida la tenía bloqueada. Las chicas andaban hacia ella lentamente, acorralándola contra la pared. Su dignidad estaba al borde de una caída mortal (otra vez). Se sentía frustrada, aterrada, amargada; la rabia le hizo un nudo en la garganta y se quedó allí; la impotencia una piedra pesada que cayó sobre su alma.
Ni siquiera recordaba sus nombres. ¿Para qué darles esa satisfacción?
—Te ha hecho una pregunta, responde —ordenó la mayor, apartando de su cara, impecablemente maquillada, un mechón de pelo oscuro con un movimiento de su mano. Ahora la habían acorralado completamente, pero Thalia no contestó. Continuó con la barbilla alta y sus ojos clavados en los de su interlocutora, sólo en una de ellas (no se creía capaz de soportarlos los dos, aunque sentía cómo la otra la perforaba con la mirada), a pesar de la contradicción de emociones que era en ese momento, y que le gritaba que se hiciera pequeña y se escondiera lejos, muy lejos de allí.
No había sitio al que huir, sólo quedaba enfrentarse a la realidad.
—Parece que no te hace caso, Lisa.
—Entonces tendré que hacerle hablar.
Esquivó los primeros intentos, pero no había mucho que pudiera hacer pegada, como estaba, a la pared del baño. Contraatacar ni siguiera se le pasó por la cabeza. La chica a la que acababan de llamar Lisa le sujetó la cara y le empujó la cabeza contra la pared en un golpe seco. Un zumbido se instaló en sus oídos. Un segundo golpe, acompañado de alguna clase de insulto, y se le nubló la vista. Su compañera le encajó un puñetazo en el estómago. No era muy fuerte, pero estaba bien dado. Thalia se dobló por la mitad, o lo habría hecho si no la tuvieran todavía sujeta.
¿A qué venía tanta brutalidad? En el fondo, Thalia no sentía que hubiera hecho nada malo. ¿Por qué le atacaban esas chicas, entonces, y por qué con tanta saña?
No era capaz de distinguirlo claramente, o igual es que prefería no escucharlo, pero le estaba susurrando al oído. Palabras de odio, de asco.
—¿Sabes? La gente como tú no merece vivir. Sois un error de la naturaleza, unos monstruos con aspecto humano —murmuró Lisa apretando fuertemente sus mejillas—. Porque sí, sé lo que eres. Todo el mundo lo sabe. Se habla por los pasillos. La razón por la que te has cambiado a este instituto. —Entonces la agarró del pelo, la llevó hasta un retrete y la obligó a arrodillarse—. Espero que a ti se te quiten las ganas de seguir.
No, no podía ser. Aquello no podía estar pasando de verdad.
Contuvo la respiración justo antes de que el agua lo inundara todo, y lo único que podía pensar era en lo estúpidamente cliché que era aquella situación: su cabeza, en el váter; sus vanos esfuerzos por salir a coger aire; el sonido amortiguado de triunfo de las otras chicas…
Seguramente no llegó a estar ni un minuto con la cabeza en el agua, pero cada segundo se le hizo eterno. Le llegaban ecos lejanos de lo que parecía otro mundo, un mundo irreal que nada tenía que ver con ella. Y entonces todo cesó. La mano que mantenía su cabeza sumergida la soltó, y ella salió a coger aire y se dejó caer; temblando, se arrastró lejos del retrete.
Cuando enfocó la vista, Annabeth se había agachado y la miraba con preocupación, una mano apoyada en su hombro.
—Thalia… —murmuró—. Oh, Thalia…
Las lágrimas se confundían con el agua que corría por su cara, que goteaba su pelo, que se deslizaba por su cuello y empapaba los bordes de su jersey. Pero tenía la sensación de que la otra chica sabía que estaba llorando a pesar de todo.
Annabeth puso una mano tiernamente en su mejilla y le hizo alzar la vista. Azul chocó contra gris y antes de que Thalia pudiera entender cómo, ella ya la había besado.
—Te ayudaré. Saldremos de esto —prometió Annabeth antes de abrazarla con fuerza.
