III

So many adventures couldn't happen today

So many songs that we forgot to play

So many dreams swimming out of the blue

We'll let them come true

–Forever Young, Youth Group

Un precioso sábado por la tarde, con el sol a sus espaldas y un horizonte salpicado de árboles frente a ellas. A sus lados, la vegetación entraba y salía de su campo de visión a una velocidad de vértigo. Con las ventanillas bajadas, el aire de principios de verano les llevaba el olor de la libertad.

Porque en ese momento libertad era lo que sentía Annabeth; libertad y euforia. Dos semanas le había costado convencer a Thalia de que se vieran fuera del instituto, pero por fin, ese día había llegado. Y no había una mejor primera cita que conducir hacia ninguna parte con la ciudad y el ocaso tras de ellas.

—No es una cita —había insistido la otra chica con el entrecejo fruncido, cuando por fin consiguió hablarle de nuevo. Después de lo que ocurrió en aquel baño, las chicas que la habían acosado y el beso, Thalia había dejado de esperarla a la entrada y había tratado de alejarse de ella. No hacía contacto visual y la evitaba por los pasillos; parecía avergonzada. Pero Annabeth no la dio por perdida (si se rindiera a la primera no sería amor, ¿verdad?) y había insistido, hasta que a final accedió a quedar ese sábado.

De modo que a ella le daba igual cómo lo llamara, cita o no. Le daban igual las mil excusas que le había puesto antes y le daban igual los rumores que se pudieran formar en el instituto. Se iban a ver y punto.

Habían pasado cuatro canciones en la radio. Thalia miraba el paisaje correr con la cabeza apoyada en la ventanilla, los tonos verdes y amarillentos salpicados de dorados rayos de sol se acercaban y se alejaban en un hipnótico baile, cortado aquí y allá por postes de alta tensión. Annabeth bajó un poco el volumen de la música y se aclaró la garganta. No sabía muy bien cómo empezar a hablar.

—Bueno… Muchas gracias por aceptar. Te prometo que no te vas a arrepentir. —Acompañó sus palabras de una sonrisa algo insegura.

—¿A dónde vamos? —preguntó Thalia despegando su cara del cristal. El coche había virado hacia un camino de tierra que se perdía rumbo al norte, entre los árboles. Pronto la carretera quedó también atrás.

—No falta mucho. Es un lugar al que mi padre solía traernos a mi hermano y a mí cuando éramos más pequeños.

—Ya. —Volvió a apoyarse suavemente contra el vidrio, pero sin dejar de mirarla. Hizo una pausa—. Oye, en cuanto a lo que pasó en el baño…

—No te preocupes, está olvidado. Lo siento si hice algo que te molestó, no volveré a repetirlo. Pero quiero…

—Gracias —concluyó Thalia, interrumpiendo el discurso con el que la habían interrumpido a ella previamente—. Gracias por todo.

La sonrisa de Annabeth se ensanchó y subió de nuevo el volumen de la radio. Tenía preparadas mil excusas, pero se alegraba de no haberlas utilizado. Bajó las ventanillas y por fin detuvo el coche. Sonaba Impossible de James Arthur, pero en ese momento nada era imposible para ella.

—Es aquí —dijo, haciéndose oír por encima de la música—. Hemos llegado, pero hay que andar un poco.

Ninguna de las dos se bajó del coche, sin embargo. Se quedaron mirando hasta que terminó la canción. Siguió un silencio solemne cuando Annabeth desconectó la radio cortando al presentador del programa: "Y qué mejor para seguir a nuestro amigo James que—".

—En tu anterior instituto, el año pasado… ¿te pasaba lo mismo? —preguntó entonces Annabeth, pillando a la otra chica por sorpresa. Era algo sobre lo que había estado meditando, y aunque aquel no fuera el momento más oportuno, necesitaba rellenar ese hueco que se forma en el espacio cuando nadie habla, y fue la primera que le saltó a la mente de las muchas preguntas que surgían alrededor de aquella misteriosa chica.

Y quizá porque no se lo esperaba, Thalia asintió y murmuró un escueto "sí" por respuesta. No añadió nada más.

—Ya… Bueno. —Abrió su puerta y se bajó del coche, estirándose y animando a la otra a imitarla con un gesto—. Vamos, no nos podemos quedar aquí para siempre. El sol se acostará dentro de poco; nos perderemos la mejor hora del día.

Ella hizo lo propio y se aventuró tras Annabeth entre los árboles. El bosque acababa abruptamente, para dar paso, unos metros más allá de la última fila de troncos, a un acantilado.

—Mira —murmuró Annabeth, acercándose al borde del precipicio corriendo.

Thalia no se aventuró tanto, se quedó algo por detrás, pero la vista seguía siendo igual de hermosa. Allí abajo, el resplandor rojizo de un sol que casi había desaparecido arrancaba brillantes reflejos a un pequeño río que cruzaba un prado teñido de naranja por la luz del atardecer.

—Es precioso —contestó en el mismo tono.

La otra chica se giró para mirarla y tragó saliva. ¿Qué se suponía que iba a hacer ahora? Hasta entonces había ido a lo que iba surgiendo, y las cosas le habían salido bien. Pero ahora que estaban allí, que le había enseñado su sitio especial… ¿Qué debía hacer? Tenía unas ganas increíbles de volver a besarla, pero no creía que fuese una buena idea. Era el momento de decir algo, pero ¿el qué? Ella nunca se había sentido así, nunca se había quedado sin palabras, nunca dejaba que el silencio le ganara. Aunque puede que no hubiera sido el silencio. Quizá, esta vez, la había vencido Thalia Grace.

—Este lugar —continuó ella, ajena a las dudas de la otra chica—, es como si el tiempo aquí no importara demasiado, como si pudiéramos quedarnos así para siempre. Gracias por traerme.

Annabeth se giró y la miró directamente a los ojos. Empezó a hablar casi para sí misma.

—Cuando yo tenía nueve años, mi padre nos traía mucho por aquí. A mi hermano y a mí. Muchas veces incluso acampábamos para ver las estrellas. Yo solía pensar que mientras el sol siguiera reflejándose en el río y la hierba se pusiera naranja todas las tardes, nosotros estaríamos siempre juntos, y vendríamos a ver el atardecer. Pensaba que el prado que se extendía bajo nuestros pies se hacía de fuego para nosotros y sólo para nosotros.

»Pero entonces mi padre murió, y mi hermano y yo nos fuimos distanciando. Cuando, el curso pasado, empezó la universidad, yo conduje hasta aquí sola. Y el prado era naranja y el río dorado y todo estaba exactamente como cuando venía de pequeña. —Hizo una pequeña pausa y soltó una risa triste—. Y sonará absurdo; los pensamientos de una niña chica, pero al principio me desilusioné al ver que daba igual que ellos ya no estuvieran, que la naturaleza seguía su curso como si nada... Luego pensé que era una alegoría de mi propia vida, que aquello significaba que yo también debía seguir adelante aunque estuviera sola.

Concluyó su relato, y no sabía muy bien qué esperaba que ocurriera a continuación, pero por primera vez se sintió cómoda en el silencio; no le importó que no hubiera nada que decir, ya lo había dicho todo. Las palabras dejaron de ser importantes.

Sin romper el silencio, Thalia acortó el pequeño espacio que las separaba y la abrazó firmemente. El sol se había puesto ya completamente, y el cielo se degradaba de un tono anaranjado a uno azul violáceo que daba paso a la noche. El viento empezó a mecer las copas de los árboles, pero Annabeth no sentía el frío, sólo sentía a Thalia apretándola contra ella; sus brazos rodeándola y su respiración pausada.

Se quedaron allí por un tiempo indefinido, sentadas al borde del acantilado, fumando; hasta que se hizo demasiado de noche y las estrellas y la luna sustituyeron al astro rey. Annabeth suspiró.

—En fin. Creo que ya es hora de ir volviendo. Supongo que tus padres estarán preocupados.

—A mi padre le importo una mierda —murmuró Thalia pasándole el cigarro—. ¿Tu madre no estará preocupada?

—Me importa una mierda mi madre —contestó ella con una sonrisa irónica, colocándose el pitillo casi consumido en los labios—; y ya está acostumbrada a que vuelva tarde. Además, seguramente ella y su novio están tan ocupados ahora mismo que yo soy el último de sus problemas.

—Annabeth…

—¿Qué? Es cierto. Su orden de prioridad es: mi hermano Luke, y después su nuevo novio cuyo nombre no me he molestado en aprender. Yo ni siquiera estoy en la lista.

—¿Y tu hermano no estará preocupado por ti? —Esta pregunta provocó una carcajada por parte de Annabeth—. Vale, olvídalo. —Volvió a coger el cigarro y le dio una profunda calada.

—A mi hermano sólo le interesa su propia mierda. Y a mí me parece perfecto. —Se incorporó y se limpió el polvo de los vaqueros—. Anda, volvamos al coche.

Thalia tiró los restos del cigarrillo por el borde del acantilado y la siguió.

—Ha sido increíble, gracias por enseñarme este lugar —dijo mientras la otra chica arrancaba el coche y conducían de vuelta a casa—. Ojalá… —se interrumpió a mitad de la frase y sacudió la cabeza.

—¿Ojalá qué? —inquirió Annabeth, que observó extrañada cómo la expresión de Thalia se tornaba triste.

—Nada, era una tontería.

—Vamos, puedes contármelo.

—No, no era nada, en serio. Deberíamos acelerar, ya es demasiado tarde.

—Está bien, como quieras —suspiró Annabeth, encendiendo la radio y pisando el acelerador.

—Esa es mi casa —señaló Thalia un rato después apuntando a un chalet idéntico a todos los de la calle. El camino de vuelta se había hecho interminable, aunque habían ido mucho más rápido—. Gracias por traerme. —Esbozó una sonrisa que ni ella terminaba de creerse del todo y se quedó un segundo allí, como congelada. Al final murmuró—: Ojalá las cosas fueran distintas —y salió del coche antes de que a Annabeth le diera tiempo de procesar lo que acababa de decir. Cuando quiso reaccionar Thalia ya había cerrado la puerta de su casa.