Disclaimer: nunca viene mal recordar que los peersonajes pertenecen a Rick Riordan.
V
I'll show you mine if you show me yours first
Let's compare scars, I'll tell you whose is worse
Let's unwrite these pages and replace them with our own words
-Swing Life Away, Rise Against
Llamaron al timbre. Annabeth se había mostrado reacia al principio, pero al final había accedido a que Thalia fuera a verla. De todos modos, algo en el tono de voz de la chica había despertado su curiosidad.
—¡Ya voy yo! —gritó.
Corrió escaleras abajo para abrir la puerta, afuera se escuchaban voces… No se esperaba para nada lo que se encontró.
—¡Annie, cuánto tiempo! —Sonrió su hermano, abrazándola—. ¿Supongo que esta chica es tu novia?
Ella se zafó de sus brazos. Detrás de él, Thalia se había sonrojado levemente.
—Piérdete, Luke. No sé qué haces aquí, y no me importa.
—¿No es obvio? He venido a haceros una visita. Por Dios, Annie, qué mayor estás. ¿Qué tal el instituto?
—No es de tu incumbencia —Annabeth agarró a Thalia por el codo, la metió en casa y subió las escaleras de nuevo hacia su cuarto, gritando un "mamá, Luke está en casa" justo antes de cerrar la puerta de un portazo. Se apoyó en ella con evidente alivio.
—¡Hija, espera! —Le llegó el amortiguado sonido de la voz de su madre desde la planta baja.
—Y bien, ¿qué es lo que querías? —preguntó la chica procurando sonar lo más natural posible, con una sonrisa algo forzada.
Se separó de la puerta despacio, e invitó a Thalia a imitarla mientras tomaba asiento en la cama. Ella le hizo caso, mirando a su alrededor con curiosidad.
—Ehm… Bonito cuarto —respondió ella cambiando de tema.
—Gracias, llevo decorándolo desde los trece años.
Realmente, su cuarto era una de las cosas que más orgullosa la tenían. Las paredes, pintadas de celeste, estaban recubiertas de pósters de películas de Tarantino y bandas británicas; debajo de la ventana, una mesa de estudio recubierta de papeles, libros y bolis; y sobre esta, un corcho con fotos. El armario resultaba pequeño en comparación con su extensa biblioteca.
—Te ha quedado bien —asintió Thalia con la mirada en algún punto del edredón que acariciaba inconscientemente.
—Gracias —repitió Annabeth, y quizá sonara algo seca. La imagen de su hermano no se le iba de la cabeza—. Pero ¿por qué me llamaste antes? Parecía importante.
Pero parecía que la otra chica era incapaz de hablar. Intentó empezar tres veces, hasta que finalmente dijo en un susurro:
—Yo… he discutido con mi padre. No lo soporto más.
No se atrevía a levantar la vista de la cama, sus manos jugueteaban nerviosas con la colcha. La otra chica comprendió que había mucho más detrás de aquellas palabras de lo que parecía. Que era algo más que una discusión, o su padre (no sabía cómo era, pero suponía que no especialmente cariñoso); que era otra cosa lo que ella no soportaba.
Pero no se sentía capaz de ayudarla, no sin saber en qué la tenía que ayudar exactamente. Entonces Thalia tomó aire y, sin dejar de mirar al mismo punto fijo de la cama, dijo en un hilo de voz, como leyendo los pensamientos de Annabeth:
—No quiero fingir más, no quiero huir toda mi vida de errores que no puedo evitar cometer; no quiero tener que empezar de cero cada vez. No quiero sentirme culpable cada vez… —se cortó de repente y sacudió la cabeza, y aunque no pareciera nada especialmente conciso, Annabeth no necesitaba nada más. Ya sabía por dónde continuar.
Puso su mano sobre la de Thalia, encima de la colcha, y le hizo alzar la barbilla con la derecha. Contempló con detenimiento el fondo de aquellos hipnóticos ojos azules. Había leído suficientes libros juveniles como para saber que su vida se había convertido en uno desde el momento en el que aquellos ojos entraron por la puerta de la clase; con su pelo corto y aquel aura misteriosa rodeándolos; y había leído suficientes libros juveniles como para saber que eso significaba que estaba enamorada, a pesar de conocerla de un mes escaso. Así que cuando habló, no pudo evitar que sus palabras sonaran como las de alguno de esos estúpidos libros juveniles; sólo que ya no le parecían para nada estúpidas, y eran completamente originales.
—Conmigo no tienes que fingir. Y me dan igual los errores que te hayan asignado, que creas haber cometido. Me da igual tu pasado; puedes dejarlo todo atrás. Lo único que me importa es lo que decidas hacer a partir de ahora.
»Mírame —continuó en un susurro, pues Thalia había apartado la vista—. Mírame. Lo estoy diciendo en serio. Quiero ayudarte.
Cuando ella bajó la mano; Thalia, que había cerrado los ojos, volvió su palma hacia arriba y entrelazó sus dedos con los de la chica, provocándole un leve cosquilleo en la nuca. Un par de lágrimas corrían silenciosas por sus mejillas.
—No puedo volver —murmuró—. ¿Lo entiendes? No puedo volver, nunca más. Y, al mismo tiempo, es el único sitio en el que sé estar.
—No vas a volver —le garantizó Annabeth, apretando su mano y ladeando la cabeza para apartarse un par de mechones de la cara—. Te puedes quedar aquí el tiempo que necesites. Te aseguro que no es ninguna molestia —añadió al ver que la chica iba a abrir la boca para replicar.
—¿No os molestaré?
—¿Bromeas? Toma —Annabeth se puso en pie, le soltó la mano tras un momento de vacilación y sacó de su armario una camiseta vieja de Misfits y unos pantalones de pijama desparejados—, creo que son de tu talla. Ahora vuelvo.
Antes de que Thalia pudiera responder, ya había cerrado la puerta tras de sí y bajaba los escalones de dos en dos.
Se paró en la entrada de aquel espacio diáfano que recogía el salón, el comedor y la cocina, conteniendo la respiración. Era consciente de que aquel favor iba a costarle caro, pero estaba dispuesta a pagar el precio. Total, ¿qué eran un par de semanas actuando como si de repente le gustara el novio de su madre, hasta que ella se buscara otro nuevo? O, más bien, no iban a pedirle mucho más ¿verdad?
«Por ella», se dijo. Por ella sería capaz de tragarse su orgullo frente a su madre.
Soltó de golpe todo el aire y dio un paso al frente, carraspeando para llamar la atención de los dos adultos frente al televisor.
—Mamá, mi amiga se va a quedar a dormir esta noche —dijo con aplomo—. Probablemente por un par de semanas.
Luke levantó la mirada de lo que fuera que estuviese trajinando en la cocina con repentino interés, pero no dijo nada. Su madre bajó el volumen de la tele y la miró con una ceja alzada.
—¿Por un par de semanas? ¿De qué la conoces exactamente?
—Es una compañera de clase.
—¿Por un par de semanas? —Repitió la mujer—. ¿Sus padres están de acuerdo?
—No creo que les importe.
—¿Crees? —su madre arqueó aún más la ceja inquisitivamente.
—Estoy convencida de que no les importa. Por favor, mamá, ya soy mayorcita.
—Quisiera hablar con ellos para estar segura. No la conozco de nada. Ni siquiera nos la has presentado. ¡Un par de semanas, por amor de Dios, Annabeth!
—Mamá, ya sabes que nunca te pido demasiado, pero de verdad necesito este favor. Ni notaréis que está.
—En esta casa hay unas normas, jovencita. —Su madre había fruncido el entrecejo. Apagó el televisor definitivamente y dejó el mando en la mesita, justo en frente. Murmuró "por un par de semanas" y se apoyó en el respaldo del sofá, con los brazos cruzados. Annabeth no necesitó que dijera nada más, era como un código entre ellos: se acercó hasta colocarse justo al otro lado, de espaldas al aparato. Había adoptado su pose de niña buena, con el pelo echado sobre su hombro derecho y las manos juntas tras la espalda de forma casual—. No es porque notemos o no que está. Sabes que nos tendrías que haber avisado con antelación.
—Es que…
—Ha sido mi culpa, mamá, perdona —intervino Luke.
La mujer lo miró sorprendida, Annabeth no varió ni un ápice su postura. Cuando levantó la vista hacia él, nada en su mirada habría delatado que ella tenía menos idea de lo que pasaba que su madre. Todos sabían la relación que ambos mantenían. Tras la breve pausa, Luke retomó la palabra.
—Annabeth no tenía ninguna intención de traerse amigas a casa. Simplemente he conocido hoy a esa chica por casualidad, hace algunas horas, y cuando me ha contado que conocía a Annie del instituto, he acabado invitándola a pasar aquí algunas noches. Pero como, nada más abrir la puerta, Annie se fue inmediatamente con ella, no me dio una respuesta, y se me había olvidado comentároslo.
—¿Es eso cierto? —El novio de su madre, que hasta entonces había permanecido callado (aunque no había tenido la decencia ni de quitarle la mano de la pierna a la mujer en todo el rato que llevaban allí), abrió entonces la boca—. ¿Puede bajar ella a corroborarlo?
Annie le dirigió una fugaz mirada de asco, pero la transformó rápidamente en la expresión respetuosa que ya tenía tan dominada antes de contestar con toda la educación que la ocasión merecía:
—Es cierto, me lo ha contado antes. Sus padres no están, y no la dejan quedarse sola. Iba de camino a casa de sus tíos cuando se encontró con Luke. No pensaba aceptar pero él insistió mucho…
—Muchísimo —apuntó su hermano con dramatismo—, puede que hasta la amenazara un poco.
—Así que la acompañó hasta aquí. Es muy tímida y casi no se ha atrevido a decirme que la había invitado, porque no quería molestar.
La estancia quedó en silencio. Luke y Annabeth se miraron por encima de las cabezas de los adultos; ella interrogándole con los ojos, él sonriendo levemente, de medio lado.
—Pero… —empezó de nuevo el hombre.
—Está bien, puede quedarse —interrumpió la mujer, todavía mirando a su hijo mayor— Pero que no se repita. Sólo un par de semanas. Estrictamente un par de semanas. ¿Queda claro? Si de verdad lo necesita. Ni un día más.
—Gracias, mamá, eres la mejor —sonrió Annabeth dulcemente. Dudó entre acercarse para darle un beso o no, pero comprendió que sería sobreactuar, y que su madre la cataría. En muchos sentidos, era exactamente igual que ella. No se fiaba de nada ni de nadie.
Pero Luke era su punto débil. Eso también lo sabían todos. Cuando eran más pequeños (cuando aún se llevaban bien), y querían sacarle un helado o una visita a la feria en verano, unas pocas palabras de Luke y la mujer ya quedaba hechizada. Aceptaba a casi cualquier cosa, bajo el pretexto de "yo cuido de Annie, mamá, tranquila".
Pero ahora era distinto. Annabeth ni siquiera entendía por qué había tenido que entrometerse en su vida ese retrasado. Podía arreglárselas sola. Ahora seguro que esperaba que le diera las gracias, se arreglara mágicamente su relación o alguna estupidez del estilo.
—Eh, Annabeth —la llamó, tocándole el hombro, cuando ella ya estaba a punto de entrar de nuevo en su habitación. La aludida se giró.
—Gracias —dijo secamente, esperando poder zafarse.
—Escucha…
—No —lo cortó ella—. Agradezco de verdad tu ayuda, pero no la había pedido y no la voy a volver a necesitar. Métete en tus propios asuntos, esto no te concierne en lo más mínimo. Aléjate de Thalia. ¿No tienes ninguna animadora con la que follar?
—Menos mal que la agradeces —replicó el con dureza—. Tranquila, no pensaba inmiscuirme más. Sólo venía a decirte que no vas a recibir más favores por mi parte, así que espero que este merezca la pena.
Se fue de nuevo escaleras abajo, y ella se encerró en su habitación. Sabía que su hermano se había marcado un farol impresionante, pero para ser justos, quizá ella se había pasado un poco.
«Se lo merece», pensó. «Y lo sabe, en el fondo sabe que se lo merece. Por eso intenta arreglarlo».
—¿Estás bien? —preguntó Thalia en cuanto ella se despegó de la puerta.
—Perfectamente —sonrió. Comprobó que se había puesto su camiseta por encima de una negra de mangas largas y ajustadas. Su sonrisa se ensanchó—. Veo que te queda bien.
—Ah, sí —se tiró del bajo de la camiseta distraídamente—. Es muy grande.
—Me gustan las camisetas anchas.
—¿Tus padres han puesto muchas pegas?
—No, no especialmente. Mi padrastro sobre todo, pero ya me lo esperaba. Mi madre ha acabado cediendo.
—¿Así, por las buenas? Me siento muy mal por invadiros…
—No digas tonterías; no estás invadiendo nada. Es genial tenerte por aquí. Quédate el tiempo que necesites. Pero no se te ocurra volver a tu casa con ese monstruo.
En ese momento, y tras los golpes de cortesía, por la puerta asomó la cabeza de su madre.
—Buenas noches —dijo con una sonrisa, mirando a Thalia—. Annie, he venido a traerte tu saco de dormir. ¿Vais a estar bien, chicas?
—Genial mamá, no te preocupes. Muchas gracias.
Annabeth cogió al vuelo el saco que su madre le lanzó. Thalia le sonrió de vuelta. La mujer cerró la puerta tras una última mirada a todo el cuarto y a las chicas.
Annabeth sacó del altillo de su armario un par de almohadas, una esterilla y una manta y lo colocó todo en el suelo. Abrió su saco, e hizo el ademán de meterse en él.
—Espera, no. Ni hablar —la retuvo Thalia—. Esto ya es demasiado. No pienso quitarte tu cama.
—No me estás quitando nada —suspiró la chica, terminando de acomodarse. Se echó la manta por encima y se apoyó en su codo, de costado—. En serio, acuéstate. No hay ningún problema. No me hagas atarte a la cama.
—Pero…
—Nada de peros. A la cama.
La seriedad en su tono no se correspondía con el brillo de su mirada. Thalia se mordió el labio y terminó obedeciendo.
—Buenas noches —dijo, apagando la luz.
—Buenas noches. Mañana me debes una charla.
Thalia no contestó.
Nota: mil años después de la última actualización, he aquí el siguiente capítulo. Intentaré que el próximo no tarde tanto, pero no puedo garantizar nada n.n'
