VI
If I was young, I'd flee this town
I'd bury my dreams underground.
As did I, we drink to die,
We drink tonight.
-Elephant Gun, Beirut
Otra vez la sangre. Siempre era la sangre. Cuando estaba desesperada, cuando las rodillas le fallaban, cuando el peso de la culpa la hacía sucumbir. Cuando no le quedaban fuerzas y el mundo se cerraba sobre ella, volvía a la sangre. Al dolor; al conocido tacto del metal sobre su piel; al frío de la cuchilla que cortaba su muñeca como si fuera un mero espejismo, un fantasma, una sombra de quien debería ser.
Volvía a la sangre porque era lo único que encontraba digno en aquel maremágnum de sentimientos, lo único que la sosegaba. El dolor físico por el dolor emocional. Así era. Y podría fingir un día más.
—¡Vamos! ¡Llegaremos tarde! —gritó Annabeth escaleras abajo.
Thalia respiró hondo. Las heridas en su piel eran tan solo superficiales y el chorro del agua arrastró consigo el rojo líquido mientras ella presionaba para cortar la pequeña hemorragia. Se lavó las manos concienzudamente para no dejar marca. Se miró una vez más al espejo mientras se colocaba de nuevo las mangas en su sitio, y en menos de un minuto estaba en el coche de Annabeth, preguntándose, no por primera vez, por qué había accedido a que le llevara al instituto.
—No, de ninguna de las maneras, me niego —había sentenciado la rubia hacía apenas media hora—. No vas a coger el autobús cuando tienes ante ti a la mejor conductora de nuestra promoción. Y no descartaría de la siguiente; he visto cada prenda al volante…
Thalia apretó los dientes cuando Annabeth hizo girar la llave del contacto y el motor se puso en marcha. El corte que acababa de hacerse era el recuerdo pulsante de que tenía que reprimir esa sensación que amenazaba con escaparse de su estómago. Aquello estaba mal. No tenía razón de ser. No debía ser. Presentarse en plena noche en su casa había sido la peor idea. Pero, ¿acaso había tenido elección? No. Quedarse en casa de su padre no era una opción; nunca en su vida había estado tan convencida de algo como lo estaba de eso.
De modo que apretó los dientes, se tragó el nudo en la garganta y procuró no pensar demasiado en que el olor a detergente de lavanda, que ya asociaba inconscientemente con Annabeth, impregnaba todo el coche. Procuró no inspirar demasiado fuerte, no robarle al aire más que lo justo y necesario de aquella fragancia. Bajó la ventanilla y dejó que la mañana limpiara sus pulmones, pensando en que no sería una tortura demasiado larga, pues apenas se tardaban unos quince minutos hasta el colegio.
Antes de que se diera cuenta, estaban en el aparcamiento del instituto, y la gente les lanzaba miradas de soslayo mientras salían del coche. Thalia podía sentir todos los ojos clavados en ella, examinándola, juzgándola. Reprobación. Asco.
El odio la embargó. Aquel fin de semana había sido tan largo para ella que casi había conseguido olvidar lo que le esperaba en el instituto. No quería tener nada que ver con aquellos gilipollas.
Al menos, se recordó no sin cierto alivio, no había vuelto a tener problemas con nadie desde lo de Lisa, y de eso hacía casi un mes.
La voz de Annabeth la distrajo de sus pensamientos.
—Perdón, ¿puedes repetirlo?
—Decía que no entiendo cómo puedes llevar manga larga en pleno junio, con este calor, a... —Hizo una pausa para mirar el reloj que había en el interior del edificio a la par que sacaba su mechero del bolsillo. Thalia ya acercó su cigarro para que la llama lo prendiera. Iba a echar de menos esa costumbre...— A siete horas de terminar el curso, ¡por no hablar de los pantalones! Entiendo que te gusten los vaqueros, pero todo tiene un límite.
Era cierto que aquel día hacía un calor infernal.
—Siete horas... —replicó Thalia pensativa, mientras exhalaba el humo. En siete horas empezaba el verano. ¿Y qué iba a hacer entonces? ¿Quedarse en casa de Annabeth? Era cierto que se habían ofrecido a acogerla por un tiempo, pero se sentía mal al pedir favores a esa familia que a penas conocía. Y además compartía cuarto con Annabeth...
—¡Thalia! Me encanta cómo pasas de mí —comentó ácidamente la rubia. Había subido todos los escalones y la contemplaba desde arriba, a las puertas del instituto, mientras a ambos lados la marea de estudiantes pasaba de largo de camino a las clases. A Thalia el corazón se le hundió en el estómago, esa debía ser la única explicación posible al dolor que le apretaba las costillas.
—Perdón —se disculpó arrojando la consumida colilla al suelo y pisándola.
La siguió al interior del edificio.
La imagen de Annabeth esperándola entre la gente aquella calurosa mañana se había grabado a fuego en el reverso de sus pestañas, era prácticamente lo único que veía al cerrar los ojos. Su cabello largo y dorado, sus ojos grises fijos en ella, sus labios...
Era extraño cómo funcionaba el cerebro humano. Tratar de no pensar en algo significaba tenerlo en la cabeza todo el día. Tratar de desterrar los sentimientos...
Thalia estaba enfadada consigo misma, y con el mundo, y también con Annabeth. Porque ella le había dado esperanzas, porque le hacía creer que todo se iba a arreglar, porque le daba a entender que la quería cuando ni si quiera sus padres la habían querido, cuando ni ella misma se quería.
Aquello no podía ser posible. Annabeth tenía que estar fingiendo. Seguro que se había enterado de los rumores que circulaban sobre ella en el instituto y quería comprobarlo de primera mano; gastarle una broma pesada.
La idea le dolió tanto que tuvo que mirar a la chica, sentada dos pupitres a su derecha. Ella le sonrió de medio lado al cruzarse sus ojos. Parecía una sonrisa sincera. Sus entrañas le gritaban que podía confiar en ella. Que podía quererla. Que, de hecho, ya lo hacía. Y no se aceptaban devoluciones.
Pero el miedo no iba a irse así como así. Todo su equipaje, lo que había sufrido a lo largo de los años, le impedía saltar al vacío. De qué sirve la fe contra la experiencia y el dolor. No, no podía dejarse llevar. No podía engañarse a sí misma de nuevo, convencerse de que todo iba a estar bien, llevarse otra herida, desilusionarse una vez más.
De modo que tomó la decisión. Tenía que olvidarse lo más pronto posible de las últimas semanas y buscar otro modo de seguir con su vida. Terminar con aquella estupidez que nunca debería haber empezado.
La simple idea de apartar a la chica de su vida hizo que un nudo se formara en su estómago. ¿Realmente era eso lo que quería? Objetivamente, era lo que creía mejor para ella. O, lo que creía mejor para Annabeth. Alejarse les haría bien a ambas. ¿Segura? No, claro que no estaba segura. Pero pensaba mantenerse firme.
Ya era verano. El jueves era la ceremonia de graduación; y después, libertad. O algo parecido. Iba a trabajar los próximos tres meses en la tienda de discos del centro, aquella que estaba enfrente del supermercado. Con eso y sus ahorros, y algo de dinero que le había dejado su madre en una cuenta del banco a su nombre, se iría a la universidad más lejana posible (le habían admitido en tres, dos de ellas estaban a más de cinco horas en coche de aquel sitio de mierda; la otra cerca de Nueva York), y allí empezaría de cero. No le quedaría mucho, pero ya se las apañaría.
Su madre. Le rondó la idea de ir a visitarla, a lo mejor ella podría ayudarla, prestarle algo de dinero, quizá pedirle perdón; pero lo rechazó rápidamente. No quería saber nada de ella.
Cuando sonó el timbre anunciando el final del año escolar, Thalia se levantó abruptamente de la silla y salió apresuradamente de la clase con la mochila al hombro, sin esperar a nadie. No tardó en escuchar cómo Annabeth la llamaba, pero se obligó a seguir andando sin girarse.
La rubia le dio alcance de nuevo en el párking del instituto.
—¡Hey, Thalia! ¡Deja de correr! Parezca que quieras huir de mí —dijo riendo mientras apoyaba una mano en su hombro para que aminorara la marcha. En realidad, Thalia habría apostado lo que fuera a que era una de esas risas forzadas. Había algo que le preocupaba, y no lo iba a dejar pasar—. Bueno. Ya está. La graduación, el baile y luego, adiós instituto. Esto es todo.
Esperaba alguna clase de respuesta por parte de Thalia, pero al ver que esta no se produjo, continuó hablando.
—He estado barajando unas cuantas opciones para la universidad, y no sé... Lo cierto es que me preguntaba qué tenías pensado tú; ya sabes, a dónde habías pensado irte, si seguiremos en contacto, esa clase de cosas.
Había llegado el momento de cortar aquello por lo sano. Sus latidos se detuvieron. Inspiró hondo. Había pensado que no iba a tener corazón para hacerlo, y sin embargo, cuando habló, su voz sonó mucho más firme y segura de lo que ella realmente se sentía.
—Annabeth, lo cierto...
—¡Ah, por cierto! —Le interrumpió de repente, ignorando su tono serio y levantando el índice como si acabase de recordar lo más importante del mundo—. El baile. Yo no soy mucho de esas chorradas, pero creo que sería bonito su fuésemos juntas. ¿Qué te parece?
Acompañó su frase con una sonrisa.
¿Cómo coño se podía una negar a eso? Si había una manera, Thalia necesitaba saberla ya, ahora mismo; antes de que sus labios la traicionasen y dijeran ese temido sí que ni en su cabeza se atrevía a formular.
Demasiado tarde, ya ni recordaba lo que iba a decir en primer lugar.
—Sí, claro. —Carraspeó y repitió, más alto esta vez—: Por supuesto que sí.
Nota: Wow. Mucho tiempo sin actualizar. No esperéis el próximo capítulo muy pronto, soy un desastre para estas cosas. Por lo menos, la historia progresa.
