VII
I wanna talk tonight
until the morning light
'bout how you saved my life
And you and me see how we are
-Talk Tonight, Oasis
Mañana de la graduación. Un largo día por delante en el que su familia se empeñaría en fingir que la quería. Tomarían fotos. La sacarían a comer. Y ella tendría que seguirles el juego por el pacto mudo entre ellos que permitía que Thalia viviese en su casa de momento. Notaba que su padrastro no lo aprobaba, y su madre estaba algo tensa al respecto, aunque aquella situación no durase todavía ni una semana. Por lo que, en resumidas cuentas, aquel iba a ser un día feliz.
Solo había una cosa que mejoraba la perspectiva de enfrentarse a las siguientes veinticuatro horas, y era el baile de graduación. No porque fuese de esas chicas superficiales (y en su opinión, estúpidas) que se mueren por una oportunidad para presumir delante de los demás; ella nunca, jamás sería de esas. Aunque de acuerdo, quizá le hiciera ilusión ponerse aquel vestido tan espléndido e innecesariamente caro. Un poco, y solo porque se lo ponía para Thalia. Habían ido a elegirlos juntas, aunque la chica había insistido primero en que no pensaba comprar nada, y después en que por nada del mundo pensaba permitir que ella se lo pagara cuando la rubia sugirió que no debía preocuparse por el dinero —resultó que realmente no debía preocuparse por el dinero, porque su padre tenía bastante. Al final, no había permitido que Annabeth viera el suyo. Ni siquiera había permitido que entrasen en el mismo probador, algo que ella respetó religiosamente, pensando que ya la había presionado bastante; aunque sin dejar de preguntarse qué escondería bajo tanto recato. Desde luego, nada que justificase esa baja autoestima.
Suspiró y se incorporó en su cama. Bueno, en el colchón antiguo que era ahora su cama, había cedido la suya a Thalia (a pesar de sus protestas). Su espalda no se había acostumbrado del todo al cambio y se quejó cuando la chica se puso en pie, pero ella no le prestó atención. Se tomó un momento para contemplar lo adorable que era Thalia cuando dormía, lo justo para sonreír y afrontar el largo día que empezaba.
Cuando salió finalmente de la ducha, su madre la llamó desde el piso de abajo; su voz tenía un timbre apremiante:
—¡Annabeth, diez minutos!
—¡Ya estoy! —gritó ella en respuesta mientras cerraba la puerta de su cuarto y se cambiaba a toda prisa.
Mientras se embutía en los pantalones con las piernas todavía a medio secar, alguien tocó a su puerta.
—¿Se puede? —era la voz de Luke.
—No —respondió ella de forma seca.
Él entró igualmente.
-...-
Por supuesto que el ponche llevaba alcohol. Cualquier instituto que se precie tiene que tener alcohol en el ponche de su baile de graduación. Y por supuesto que había bebido. Pero juraba y juraría que la bebida no nublaba su juicio; ponía la mano en el fuego. Lo que estaba viendo no era una ensoñación. Thalia estaba radiante. Vestida de blanco guantes negros de seda hasta los codos, con su pelo corto peinado en ondas y las mejillas encendidas, evocaba a una diva de los felices años veinte; parecía sacada de una de las lujosas fiestas del Gatsby de Fitzgerald. Su aspecto desentonaba con el ambiente general (colores ácidos y brillantes, faldas ajustadas con poco o nada de vuelo y por algún motivo, este año se llevan las pajaritas), lo que acrecentaba ese aire atemporal y etéreo que emanaba de ella; parecía refulgir con luz propia en la tenue iluminación del lugar… De acuerdo, quizá ese tren de pensamiento estuviese en manos de un maquinista con un 20% más de alcohol en sangre de lo que había supuesto. Pero era completamente cierto.
—Estás preciosa —sonrió contra su oreja, y en respuesta, ella enrojeció todavía más.
—Gracias. Tú estás preciosa —se separó un poco de ella como para reafirmarse—. Preciosa.
Annabeth rio y Thalia le guiñó un ojo al girarse para ir a servirse otra copa. ¿La cuarta? ¿La quinta? Una vocecilla en su cabeza, posiblemente su conciencia, Pepito Grillo, le decía que no era bueno que bebiera tanto, que debería controlarla; pero era más fuerte la voz que insistía ¡qué carajo! Un día es un día y le está sentando bien desinhibirse. (Posiblemente dicha voz estuviese también afectada por ese extra de alcohol). Además, pocas veces tenía ocasión de ver esa preciosa sonrisa que con tanta facilidad se le asomaba hoy a los labios. Ella volvió y le puso un vaso en la mano, dio un sorbo del suyo y apoyó en su hombro la mano libre.
—Me encanta esta canción —dijo, tan cerca que Annabeth podía oler el perfume alcoholizado de sus palabras.
Más tarde no recordaría qué canción era; solo el peso de los brazos de Thalia sobre sus hombros, el tacto de su espalda bajo la fina tela del vestido, la cadencia lenta con la que ambas se movían, los ojos cerrados de ella y la media sonrisa de la que no era del todo consciente. Solo bailar pegadas y estrechar a aquella chica entre sus brazos, pensando que nunca en su vida había querido proteger tanto a alguien como en ese instante quería protegerla a ella. Sentía sus corazones latir acompasados al ritmo de la música.
Allí, en medio del gimnasio del instituto, escenario de cualquier clásica película de drama adolescente, Annabeth se sentía justo como la protagonista de una de ellas. Eso debía haberla molestado, pero por algún motivo solo la hizo sonreír tontamente para sus adentros. Y como buena película de drama adolescente, se acercaba el momento del flashback.
Las palabras de Luke se abrieron paso entonces desde el rincón recóndito al que las había desterrado aquella mañana, nada más escucharlas; y por segunda vez en la noche, sus sentimientos la sorprendieron, acercándose más hacia la desazón que hacia esa rabia que creía que albergaba. ¿Cuánta verdad había en el fondo en aquel alegato que, en su momento, no quiso achacar más que al orgullo herido de su hermano?
-...-
—Es importante —dijo él cerrando la puerta tras de sí.
—Estoy ocupada, por si no lo has notado —comentó ella con calculada frialdad mientras seguía vistiéndose, dándole la espalda.
A continuación, siguió un silencio que se prolongó hasta que la rubia terminó de vestirse. Tenso, cargado de anticipación. Era la clase de silencio que se crea justo antes de que se abra el telón.
—¿Y bien? —inquirió ella cruzándose de brazos en un gesto violento y desafiante.
—Seré breve. Sé que todo esto que has estado levantando entre nosotros es solo una pose porque te sientes vulnerable desde la muerte de papá y…
—Suficiente. Largo de aquí —lo cortó Annabeth tirándole lo primero que encontró su mano (los pantalones del pijama). Su voz seguía siendo inexpresiva, pero en su interior algo empezaba a zozobrar y se asomaba por los bordes de su discurso—. No sé quién coño te crees ni a qué estás jugando. No me vengas ahora, después de todo este tiempo, a echarme toda esta mierda encima con tu psicología barata, como si la culpa fuera solo mía. ¿Quieres recuperar a tu hermanita? Lo siento, pero esa chica que conocías ya no existe. Y nunca te voy a perdonar que la abandonaras.
—…Y no espero de ti tu confianza ni que hagas lo más mínimo por salvar esta relación. Ya somos adultos. Es tu decisión. Solo quería decirte que deberías pensártelo dos veces antes de involucrarte sentimentalmente con esta nueva chica. Conozco a su familia, conozco su historia; seguro que tú has oído alguno de los rumores en el instituto. Es autodestructiva. No pienses que vas a salvarla con tu amor. No pienses que es romántico y que ella encontrará un nuevo rumbo gracias a ti. Solo te hará sufrir.
De nuevo, más silencio. Annabeth le sostuvo la mirada, impasible, obviando la tristeza y la preocupación que fingían aquellos ojos azules (porque la fingían, no podían sentirla de verdad).
-...-
Fin del flashback. Annabeth sintió que su corazón se paraba y se aferró a Thalia con más fuerza. No era tonta. Sabía que su hermano le había dicho todo aquello para desestabilizarla, para hacerla dudar. Pero al mismo tiempo no era ajena a las cosas que Thalia ocultaba con sus mangas largas, con sus silencios, con sus medias sonrisas fugaces (desechadas tan pronto como era consciente de ellas). Sabía, o intuía, lo que estaba pasando. ¿Era eso lo que la había atraído de ella en primer lugar? ¿Esa aura de soledad, de problemas? ¿Esa mirada rota y frágilmente remendada?
Quizá le hiciese daño, quizá no; le daba igual. Estaba dispuesta a arriesgarse, a tomar los mandos de aquel avión kamikaze y volar lo más lejos posible antes de estrellarse. Miró a Thalia a los ojos y sus irises azules le devolvieron la mirada, con anticipación, antes de fundirse en un beso lento, como los últimos acordes de la canción que en aquel momento terminaba.
No se quedaron a escuchar la siguiente. Salieron del gimnasio del instituto en dirección al aparcamiento y se montaron en el coche. La luna era una fina uña que apenas asomaba entre las nubes, tímida, achantada por la intensidad de la luz eléctrica que arrojaban las farolas. Era una noche fresca para estar en verano y los grillos y las cigarras cantaban en armonía, música difícilmente audible por los corritos que hacían botellón en el parking. En seguida todo eso se perdió en la lejanía del espejo retrovisor.
Condujeron aproximadamente cinco minutos en silencio, con sus dedos entrelazados. Annabeth trazaba lentos círculos con su pulgar en el dorso de la enguantada mano de la otra chica.
—Toma este desvío —dijo ella entonces, sobresaltándola.
La rubia obedeció con una sonrisa; la había entendido al vuelo. Metió cuarta y aceleró al incorporarse a una desierta carretera secundaria que se alejaba de la ciudad. Pronto un paisaje de alargados árboles negros las rodeó. Metió quinta sin importarle el límite de velocidad. Al poco encontró la ruta de tierra que se perdía rumbo al norte. Volvió a meter tercera. Sus faros eran la única luz artificial que perturbaba aquel camino casi olvidado. La luna apenas alumbraba aquella noche, por lo que las estrellas refulgían especialmente cuando Annabeth detuvo por fin el coche y apagó el motor. Allí, en la semioscuridad de la noche, se miraron.
—¿Vamos? —inquirió Thalia. Estaba tomando mucho la iniciativa, en contraste con lo reservada que solía ser. La rubia se preguntó una vez más qué porcentaje de aquella valentía se debía al alcohol y cuál era la confianza que ella había labrado. Su discusión con Luke intentó ocupar de nuevo su mente, pero la apartó rápidamente. No iba a dejar que jugara con ella; no en ese momento, no esa noche.
Ambas salieron del vehículo y caminaron el trecho de bosque que las separaba del acantilado. La noche había quemado el color dorado del prado y el viento soplaba allí con libertad, revolviéndoles el cabello. Thalia se abrazó y Annabeth la rodeó con sus brazos para escudarla del frío.
—Voy a irme —dijo la morena girando su rostro hacia ella para mirarla directamente a los ojos. Posó suavemente la mano en su mejilla—. Cuando acabe el verano. Voy a irme lo más lejos posible.
Annabeth se mordió el labio.
—¿Lejos de tu padre o lejos… de mí?
—Lejos de todo. No me puedo quedar aquí. Tengo que empezar de cero, otra vez. —Hizo una pausa y pareció meditar a fondo sus palabras—. No quiero hacerte daño…
La rubia la cortó.
—Hagamos nuestros los días que tengamos. Me da igual el mañana, o que te acabes yendo. Podemos intentarlo. Me iré contigo si es necesario.
Ella se apartó suavemente.
—No lo entiendes Annabeth, no… Esto no…
—¿No qué? ¿Es porque somos chicas? —dio un paso en su dirección. Ante su silencio, continuó—: Thalia, nadie debe imponerte que lo que sientes está mal. Esto no es un error, sé que en el fondo lo sabes. Lo que digan los demás no importa, lo antinatural es esconderte de lo que eres. Solo te va a generar más dolor.
—Volvamos al coche. Tengo frío.
—¡Espera! —Annabeth la agarró por la muñeca cuando esta ya se había girado. Pero ¿qué le iba a decir? ¿Que la quería? ¿Que no la abandonara?
Ella se paró, pero no se volvió. Transformó su agarre para cogerle la mano. La luna brillaba sobre su blanco vestido y el viento ondeaba su falda otorgándole un aspecto etéreo. Grabó a fuego esa imagen en su memoria, cada detalle, cada pliegue, cada onda de su pelo.
El momento pasó y no dijo nada. La siguió de nuevo hasta el coche. Se sentó en el asiento del conductor. Echó la cabeza hacia atrás para serenarse. ¿Por qué era tan complicado? Lo único que le pedía en ese momento al mundo era poder estrechar a aquella chica entre sus brazos una vez más, besarla, sentirla, no olvidarla. Y que mañana pasara lo que tuviese que pasar. Solo esa noche. ¿De verdad era tanto pedir?
Thalia se montó a su lado. Se mordió el labio. Por un momento, pareció que iba a decir algo, pero se lo pensó mejor y permaneció callada. Annabeth arrancó de nuevo el motor y encendió la radio; no tenía ganas de hablar. Desde una emisora de viejos éxitos, los acordes de Pink Floyd inundaron el vehículo.
—Esta canción —comentó Thalia, con la cabeza vuelta hacia el paisaje que se deslizaba por la ventanilla, cuando emprendieron el camino de vuelta— últimamente, siempre que la escucho me hace pensar en ti.
Annabeth la miró de reojo sin apartar la vista de la carretera. Estaba sonando Wish you were here. En aquel momento se le ocurrió una idea: en realidad, Thalia soportaba bastante bien el alcohol. Durante toda la noche, solo había sido más efusiva que de costumbre; ni tenía dificultades al hablar, ni se reía demasiado, ni había hablado en un tono más elevado de lo necesario. Todo lo que había hecho y dicho, había sido porque quería hacerlo. ¿Cómo no se había dado cuenta?
—Sé que esto que siento no está bien. Que no debería sentirlo. Pero no puedo evitarlo. De verdad que lo he intentado. Y cuando estoy contigo me permito creer que a lo mejor, la vida puede ser distinta a como siempre me han enseñado… Pero es mentira. Nada va a cambiar. Todo esto sigue siendo un tremendo error.
—No es un error —Annabeth frenó en seco en medio de la carretera, se bajó y abrió la puerta de Thalia. Se arrodilló a su lado y la miró directamente—. Mírame. Nunca va a ser un error. Lo que sientes es solo tuyo y nadie tiene el derecho de juzgarlo. La homofobia que has interiorizado no va a desaparecer de un día para otro —Thalia apretó los labios pero no apartó la vista—, pero tienes que entender que eso, ese odio hacia ti misma, es lo que no deberías sentir. Te mereces mucho más.
Lágrimas silenciosas empezaron a resbalar por sus mejillas. Annabeth se puso de pie y se inclinó sobre ella para besarla, porque si no era entonces, ¿cuándo? Reprimió una sonrisa amarga al recordar que su primer beso fue en una situación similar. Thalia estiró los brazos y la rodeó, y ella puso una mano sobre su cara, acunándola.
La morena rompió el beso con una exhalación cuando la otra mano de Annabeth acarició la base de su cuello, solo para sonreír y juntar de nuevo sus labios. Pero ella no se dejó. La besó ligeramente en la comisura para luego trazar un camino con su lengua por la fina línea de la mandíbula hasta llegar a su oreja.
—Deberíamos pasarnos al asiento de atrás —susurró antes de continuar su recorrido. Se detuvo en su cuello y Thalia inspiró profundamente y enterró sus manos en la rubia melena de la chica.
Annabeth inhaló el aroma de su piel, una mezcla entre perfume dulce y cigarrillos. Se sentó a horcajadas sobre ella y se detuvo para contemplarla. Una sombra le cruzó fugaz la mente. No pienses que puedes salvarla. Solo te hará sufrir.
—¿Estás segura de esto?
Como toda respuesta, Thalia la atrajo de nuevo hacia sí, buscando sus labios.
N/A: Sé que llevo mucho tiempo sin actualizar, perdón n.n' No voy a volver a prometer nada que no pueda cumplir, así que no puedo decir cuándo publicaré el próximo capítulo, pero lo publicaré.
