La siguiente vez que despierto, me percato de que no estoy solo en mi habitación del hospital, escucho la voz de Mahad en una cantaleta patética y rebuscada, agradeciendo una y otra vez por la ayuda, pero me cuesta entender lo que dice, así que decido ignorarlo. O al menos eso había decidido hasta que la inconfundible voz dulce y aguda de Muto me saca de mis cavilaciones.

—De verdad. No fue nada. Cualquiera habría hecho lo mismo.

—Joven Yugi. —Interrumpe Mahad, con esa voz conciliadora y determinada, casi autoritaria, con la que me habla a mí cuando me entrena en el arte del Tahtib y estoy tan cegado por la rabia de la derrota que es momento de parar. —El joven amo está demasiado aislado en su mundo como para ser capaz de recibir ayuda de otros y usted, contra todo pronóstico, decidió ayudarlo. Esa es una cuestión por la que estoy profundamente agradecido, porque salvó la vida de mi joven amo. Así que sepa que le estaré eternamente agradecido por ello. Mi alma está en deuda con usted.

—B-bueno, gracias, supongo. —Casi puedo verlo sonrojarse ante las palabras de Mahad, y veo a mi tutor sonriendo de vuelta. Es tan cursi… —Debo irme. — ¿Qué? ¡No! No puedes irte todavía, tengo muchas cosas que reclamar aún. Arruinaste mi muerte y te vas así nada más ¡No se quedará así, Muto!

Maldición, no me puedo mover, sigo débil.

—Adelante, joven Yugi. Y de nuevo, gracias.


1.- Cuarto de hospital.

Catone Historias: Gracias por tu comentario, de verdad. Tengo la idea más o menos clara de ésta historia pero no estaba segura de qué recepción tendría, me alegra saber que te interesó. Sí he pensado en meter algo entre Yami y Yugi, pero ya se irá definiendo con la historia. ¡Gracias!

Decidí que seguiré escribiendo ésta historia. Ya tomó forma en mi cabeza como para dejarla tirada. Sin embargo, me encantaría saber su opinión.

¿Merece un review?


Yami despertó desorientado, abrió los ojos olvidando por completo dónde estaba o qué había pasado con él, sintió el frío bajar por su brazo y entrar en sus venas, escuchó el medidor de su ritmo cardiaco y en cuanto vio la lámpara blanca colgando del techo, todo volvió a él como un golpe en el estómago. Parpadeó un par de veces y luego dirigió la vista al asiento a su lado.

Sin saber exactamente por qué, había esperado con todo el corazón ver a Yugi Muto esperando a que despertara, en su lugar, se encontró con la figura de Mahad, su tutor, leyendo un periódico con aires distraídos mientras se llevaba el termo de café a la boca.

Sabiendo que conseguiría que su tutor se quemara la lengua por ello y decidido a conseguirlo, Yami tartamudeó.

—D-deberías estar en la empresa. —Mahad se quemó la lengua, dicho y hecho, pero también soltó el periódico y el café y se levantó en un movimiento fluido y grácil hasta situarse al lado de la cama, posó una mano sobre la frente del joven y sonrió cuando él le regresó una sonrisa cansada, de medio lado y con los ojos entrecerrados. —Por favor dime que te quemaste la lengua.

—Sí, me quemé. —Admitió sonriendo el hombre mientras acariciaba la melena revuelta de su protegido. —Me alegro tanto de que estés vivo…

—Yo no. —Espetó amargamente el muchacho mientras volteaba la cabeza hacia la ventana. —Ese imbécil de Muto arruinó mi muerte ¿Sabes? Estaba todo cronometrado de manera que nadie se enterara hasta que fuera tarde.

—Oh, sí. —Soltó Mahad con sarcasmo mientras levantaba las hojas del periódico antes de que el café las hiciera ilegibles. —Habrías sido la primera plana durante semanas y todo el mundo habría ido a dejar un loto blanco a tu tumba de faraón. Tus padres…

—No me digas que estaban preocupados, porque seguro mi padre ya investigó si puede heredarte a ti la empresa en lugar de a mí. Y mi madre seguro está en el club de amargadas amantes de libros al que siempre va…

—Vino en la mañana. —Murmuró Mahad con tristeza al escuchar a su joven amo hablar de aquella manera. Yami guardó silencio, se quedó estático y su respiración se entrecortó un momento. —Su madre vino ésta mañana. Pero usted estaba demasiado débil por los sedantes. —Yami lo miró. Mahad le daba la espalda y tenía las manos juntas. —Tengo una buena y una no tan buena noticia para usted.

— ¿Cuál es la buena? —Murmuró cansado por la rabia, pero curioso aún de lo que su tutor tenía por mostrarle. Mahad dio vuelta sobre sí mismo mostrando un viejo libro de pasta dura que consiguió que Yami sonriera ilusionado.

— ¡Montecristo! —Soltó sentándose de golpe mientras su tutor le entregaba el libro con una sonrisa de oreja a oreja. — ¿Cómo conseguiste meterlo al hospital? —Soltó antes de acercarlo a su nariz y hojearlas con el pulgar para que el aroma de las páginas le llegara a la nariz. Fue casi como un suspiro a ojos cerrados antes de que el joven hojeara el libro hasta encontrarse con su separador y mirar a su tutor.

—En realidad lo trajo su madre. Sabía que lo estaba leyendo.

— ¿Ella va a volver? —Y aunque trató con todas sus fuerzas de no sonar esperanzado, sus ojos revelaron la añoranza de ver a aquella mujer aunque fuese una vez.

—No lo sé. Está…

—Ocupada, lo sé. —Admitió sintiéndose como un imbécil por albergar esperanza de verla. — ¿Cuánto tiempo estuvo aquí?

—Tres horas, sentada en esa silla mientras acariciaba su mano y se preguntaba qué había hecho mal. Ella lo ama.

—Al menos ella lo hace…

—Su padre…

—Quiere un heredero. —Irrumpió con rabia mientras se reacomodaba entre los almohadones del hospital. Una enfermera entró para revisar sus signos vitales y dejar la charola de comida, sonrió al muchacho, pero él sólo volteó el rostro y se abrazó con violencia al libro.

—Préstame tu mano, querido. —Dijo amable mientras apagaba el lector de pulso.

—No soy su querido. —Espetó violento entregando la mano, en cuanto sintió su índice libre de presión, sonrió aliviado y miró a Mahad, quien lo miraba con reproche mientras la enfermera tomaba notas y se llevaba la charola anterior, llena de comida.

—Si no comes éste plato, te lo meterán con lavativa. —Amenazó Mahad. —Ya hice los trámites.

En cuanto la enfermera cerró tras de sí, Yami miró en dirección a su tutor y compuso una mueca. —La comida sabe a engrudo, Mahad, no me obligues a comerla.

Aquel enigmático hombre miró sobre su hombro y negó con la cabeza, casi como si estuviera decepcionado. Sin embargo, sonrió de medio lado para Yami y negó con el índice antes de dirigirse a su portafolio. —Tengo un trato para usted.

—Por eso eres el oscuro mago de finanzas de mi padre. —Concedió hastiado.

—Si se come todo lo que hay en su plato… —Condicionó sacando una bolsa de papel del portafolio. —Le daré… —Yami olfateó el aire y tragó saliva en seco. —Una parte de mi almuerzo, papas en rodajas hechas adobadas, con queso fundido. —Yami se lamió los labios y asintió comenzando a comer, tragando con dificultad mientras Mahad se sentaba a los pies de su cama y sonreía. —Yo también lo quiero, joven amo… Para mí, más que un protegido, es un amigo, Atem…

—Yami. —Cortó con la boca llena, tragó en seco y miró a Mahad. —Llámame Yami. Todo el mundo lo hace, todos creen que soy la oscuridad en carne propia. Incluso mis padres, que ya no saben ni qué hacer conmigo, saben que soy la oscuridad encarnada, así que qué más da. Todos me llaman Yami.

—Atem…

—Dime la verdad, Mahad. —Suplicó con los ojos comenzando a llenarse de lágrimas pero bajando la cabeza para que su único amigo real no lo viera débil. —Te ordeno que seas sincero conmigo. Todo el mundo, mis padres, los chicos en la escuela, la servidumbre de la casa, los padres de otros chicos, todos creen que soy la oscuridad encarnada, que no albergo bondad en mi corazón… ¿Tú también crees que soy eso? ¿Yami?

Mahad se acercó al muchacho y le levantó el rostro, plantó un beso en su frente, tomándolo por sorpresa y consiguiendo que respingara, a veces olvidaba que Mahad seguía viéndolo como a un niño pequeño, muy pequeño e indefenso. Siempre tenía ese trato cálido con él, como si tratara a un cachorrito o a un animal herido e indefenso que necesitaba ser cuidado. —Atem… —Comenzó su argumento en un tono paternalista y ceremonioso, como siempre. —Te conozco desde que naciste y conozco cada una de tus tretas y estrategias. Te cargué, cambié tus pañales y me aseguré de alimentarte y cuidarte cuando estabas enfermo y el señor y la señora no estaban. ¿Y tú vienes y me preguntas si es que creo que eres digno de ser llamado Yami…? No, Atem. No lo creo. Creo que sólo eres un niño asustado corriendo una suerte horrible por los tiempos que estamos viviendo. Y creo que tienes mucho potencial pero que debes dejar de ser tan bravucón. Eso creo. Por eso yo mismo no te llamo Yami.

—Bah, tu argumento está vendido. —Murmuró antes de lanzarse a los brazos de Mahad y llorar ahí, sabiendo que había recibido una respuesta sincera. —Vete. —Dijo al final mientras se limpiaba el rostro y se llevaba otro bocado a la boca. —Seguro mi padre te llamó hace horas y tú has estado asegurándote de que me encuentre bien.

—De acuerdo, joven amo. Pero volveré en la noche. ¿Le traigo algo?

—Una hamburguesa. No quiero sólo las papas.

—Lo intentaré.

—Nada de lo intentaré. Haz esa magia seductora de siempre que hace que las mujeres caigan rendidas a tus pies. Y tráeme mi hamburguesa. —Dio otro bocado y con la boca llena, añadió. —De verdad quiero una. ¿La traerías? ¿Por favor?

—Sólo porque lo pides por favor. —Accedió sonriente.

.

—Yugi… La tierra a Yugi. —Llamó Tea por enésima vez mientras pasaba su mano frente a los ojos de su amigo. El muchacho se sobresaltó y resbaló de su asiento hasta caer al suelo. — ¡Yugi!

—Descuida Tea, estoy bien. —Murmuró sobándose la nuca mientras se levantaba. —Es sólo…

—Estás pensando en Yami de nuevo, ¿No es así?

—Así es. —Admitió muy a su pesar. —Entiendo todo lo que me contaste de él, y lo que Joey y Tristán dicen, pero no puedo creerlo. Simplemente no me creo que un muchacho tan rudo como dicen que es, pueda tener en su expresión tanto sufrimiento y tanta paz al mismo tiempo. Debiste verlo en el baño.

— ¿Cómo fue que lo encontraste, Yugi?

—Bueno… fue, extraño.

Flashback.

Yugi había corrido hasta la puerta del baño y dos chicos que iban pasando le detuvieron la mano en cuanto tocó la perilla.

Yo que tú no entraría. —Dijo uno.

Así es, o desatarás la furia del Faraón, no creo que sea algo que quieras. —Y tras decir aquello, ambos siguieron con su camino.

¿Del Faraón? Qué extraños son en ésta escuela.

E ignorando a ambos, empujó un poco la puerta, topándose con resistencia al otro lado. Aunque al principio creyó que se debía al pestillo que la mantenía en su sitio, tras un par de intentos, la puerta cedió un poco, no lo suficiente, así que Yugi empujó con más fuerzas. Alguien cayó de lado y el muchacho se apresuró a entrar. Vio el cuerpo de Yami rodeado por un charco de sangre y se alarmó al instante, el muchacho estaba casi inconsciente y tenía un cutter en una de las manos, sus muñecas habían sido cortadas de lado a lado varias veces y la sangre salía lenta pero constante.

¡Oye! —Gritó Yugi arrodillándose a su lado y levantando su rostro. —Oye, quédate conmigo. ¡Auxilio! —Gritó mirando la puerta, que se había quedado entreabierta gracias a su mochila. — ¡Ayúdenme, alguien! Por favor. Despierta. —Murmuró mirándolo de nuevo y hurgando en las orbes violetas del muchacho, que cada vez respiraba más despacio. — ¡Auxilio! —Gritó con todas sus fuerzas mientras sostenía a Yami en sus brazos, desesperado.

End flashback.

—Tuve suerte, supongo, porque un profesor iba pasando y me escuchó gritar. Primero creyó que me estaban haciendo daño, pero cuando vio la sangre… —Murmuró con un escalofrío mientras le daba la espalda a Tea. —Honestamente pensé que no lo lograría, y estaba asustado por el muchacho.

—No lo sé, Yugi… Creo que él es muy afortunado de que lo encontraras, pero…

— ¿Tú lo habrías dejado morir?

La pregunta tomó a Tea por sorpresa y ella se quedó helada un instante. Yugi la encaró con aquella sonrisa amable que lo había caracterizado siempre. Tea negó con la cabeza regresándole la sonrisa y luego se encaminó al escaparate cercano a la puerta para seguir acomodando las figuras de cartas que habían recibido para la tienda.

La campanilla de la entrada se abrió y Mahad entró con aires despistados a saludar.

— ¡Joven Yugi! —Exclamó cuando reconoció al chico que acomodaba las cartas en los muestrarios. —Qué sorpresa verlo por aquí.

—Hola Mahad, ¿Cómo está?

—Bien, un poco atareado pero feliz. Pasaba por aquí y vi un poster en la entrada sobre duelo de monstruos. El joven amo tiene un deck bastante interesante pero pensé en obsequiarle algo que no tuviera. Ya sabe, para que se entretenga mientras está fuera de circulación.

—Mahad, ¿Por qué siempre le llamas amo a Yami?

Mahad bajó el rostro hasta que sus ojos se oscurecieron. —Se llama Atem. —Murmuró triste al escuchar el apodo que el joven tanto odiaba y protegía al mismo tiempo.

— ¿De verdad? —Soltó Yugi sorprendido genuinamente. —No lo sabía, todos en la escuela lo llaman Yami.

Mahad miró sorprendido al muchacho y luego asintió. —Tú eres nuevo en la escuela ¿No es así? El transferido… Mi familia ha trabajado para la familia del joven amo desde hace años, trabajo para su padre y me convertí en tutor del joven hasta que su madre decidió sacarlo de casa y meterlo a una escuela. Siempre le llamamos amo al jefe de la familia, es una costumbre que conservamos de Egipto.

—Así que Atem es de Egipto. —Murmuró Yugi sorprendido. —Creo que tengo algo que le puede gustar. —Murmuró rebuscando entre sus cajones. Al cabo de un rato encontró una cajita dorada con un ojo al centro. —Mi abuelo me dijo que si podía resolverlo, podía conservarlo, pero ya tengo un año tratando con ello. ¿Se lo darías a Ya… a Atem? No le digas de dónde salió si no quieres. Pero quiero que lo tenga.

—Yugi, no sé si tu rompecabezas… —Murmuró Tea con voz trémula mientras caminaba hacia su amigo.

—Descuida, estará bien en sus manos. —Entregó el rompecabezas a Mahad y sonrió volviendo a la parte de atrás de la vitrina. Mahad sonrió agradecido y miró de nuevo a Yugi.

—Quisiera comprar un regalo para el joven amo. Pero no sé qué llevarle.

—Un peluche. —Sugirió Tea con sarcasmo. —Seguro le gustaría.

—Yugi. —Murmuró Mahad mirando a su alrededor, como si la idea de Tea fuera de las mejores que hubiese escuchado en su vida. — ¿Qué peluche crees que podría gustarle al joven amo?

— ¿Yo? —Soltó sorprendido, señalándose sin poder creer que Mahad fuese a creer en él tan a ciegas. Repuesto del susto, miró a su alrededor hasta dar con un Kuriboh que tenía el tamaño de su cabeza, salió de detrás del aparador y tomó el peluche en manos para mirarlo bien antes de encarar a Mahad. —Le daría éste.

—Bien. Gracias. —Murmuró antes de pagarlo y salir de la tienda.

—Eso fue extraño. —Admitió Tea. — ¿Por qué le diste tu rompecabezas del milenio? Era un regalo de tu abuelo de Egipto y tú se lo sueltas al mayor bully de todos los tiempos. No lo entiendo.

—Tea, él es egipcio. Creo que el rompecabezas podría estar en mejores manos con él que conmigo. Además… Estar en un hospital, cuando despertó se veía tan solitario… Es como si le doliera la soledad. —Murmuró bajando el rostro y sonrojándose ligeramente. —No quisiera que él tuviera que sentirse solo.

—Yugi.

—Tal vez es lo único que necesita. Alguien que tenga fe en él. Así como tú la tuviste en mí, ¿Recuerdas? Hace tanto tiempo.

—Tal vez tengas razón. —Admitió con voz trémula. —Bueno, lo hecho está hecho. Sigamos acomodando esto para terminar de ayudar a tu abuelo.

—Sí. —Yugi volvió al escaparate para darse cuenta de que Mahad había dejado su cartera.