Los labios ásperos de Yami chocaron contra la frente de Yugi, consiguiendo que el muchacho se sonrojara al instante. El faraón sonrió alejándose medio paso y miró al pequeño con curiosidad, preguntándose de dónde sacaba tanta determinación el pequeño para seguir adelante con cada paso. Suspiró dándose media vuelta y avanzando hacia las escaleras.

— ¡Espera! —Exclamó Yugi alcanzándolo en las escaleras.

— ¿Qué quieres? —Murmuró curioso.

—Pues… Saber en qué consiste tu Yami no game, tú quieres que juegue, pero no quiero jugar si no sé las reglas. Y tal vez juegue si tú te dignas a explicarme.

—Ya no quiero nada. —Admitió con media sonrisa cuando Yugi lo alcanzó para caminar a su lado. Sonrió cuando el chico se sorprendió ante las palabras del faraón y sonrió aún más cuando se percató de que el joven de verdad parecía dispuesto a seguirlo. —Ganaste el juego, Yugi, aún sin darte cuenta de que lo hacías, ya ganaste. Así que no me queda nada más para retenerte. Nada excepto los problemas que tienes que entregar para mañana, resultado del castigo que te pusieron por mi culpa. En teoría, a partir de mañana, Weevil y Rex deben dejarte en paz, pero de no ser así, se enfrentarán conmigo. Duke ya les dio indicaciones claras al respecto. En teoría.

—Un momento, entonces ¿Estás admitiendo que fuiste tú quien puso a los dos fanáticos del duelo a fastidiarme la existencia? —Y tras la mueca de incredulidad de Atem, Yugi reaccionó a lo primero que había dicho. — ¡Ay, los problemas! —Soltó Yugi recordando la tarea que tenía a realizar, llevándose las manos a la cabeza. —Ya lo había olvidado por completo. No voy a poder con ello.

—Solo no. —Comentó Yami aventajándolo unos pasos y sonriéndole de reojo mientras avanzaba hacia abajo. —Vamos.

— ¿A dónde?


7.- Mou hitori no Atem.

Cote-Dark-Dangerous-Love: La verdad es que sí, ahora que sabe algo más, no creo que ni yo misma pueda detener a Yugi de tratar de salvarlo jaja. No sabía de dónde podían caer esas palabras para Atem, quería usar a Mahad para hacerlo reaccionar pero pensé en que de todos modos ya voy a meter al pobre mago oscuro en otros problemas, así que, qué mejor que alguien cuerda y solitaria para hacerlo recaacitar. Gracias por las observaciones, estás en toda la razón al creer que hay más detrás de Atem y ahora iré develándolo poco a poco, y en efecto, es esa parte luminosa que aún late en su corazón reflejado en el peque. Gracias.

Catone Historias: Qué bien que despertara tu interés. Dejo aquí la siguiente entrega, ya voy a comenzar a dejar más cosas de Atem a la luz para que otras cosas vayan cobrando sentido. Saludos y bendiciones.


Ni en sus más remotos sueños, el pequeño se habría imaginado que terminaría estudiando en casa del faraón, ayudado precisamente de su mano para seguir avanzando en la escuela. Yami seguía pegado al control de la consola mientras Yugi estaba tirado de panza en el piso frente a él, justo bajo las piernas del faraón, que había hecho por subir los pies a la mesita de centro. El más pequeño garabateaba descuidadamente una hoja tratando de hacer los deberes de matemáticas, pero varias veces se había descubierto a sí mismo echándole una ojeada al juego de Atem y perdiéndose en su destreza para acabar con sus enemigos de un solo tiro.

— ¿Sabes? —Comentó volviendo a sus apuntes y hablando con un tono que casi rayaba el sarcasmo. —A algunos de nosotros nos interesa pasar las materias. Aprender, conseguir el pase al siguiente grado, ya sabes. "Cosas de estudiantes" —Dijo al final exagerando las comillas mientras se acomodaba bocarriba.

Yami apoyó un pie en el pecho de Yugi y le alcanzó el control de la consola, suspiró antes de tomar el lápiz de la mano del pequeño y tomar sus apuntes para tratar de ver dónde se había equivocado, aunque para su sorpresa, había logrado resolver casi a la perfección todos los problemas. Sonrió cuando Yugi tomó el control con ambas manos, a punto de ceder ante la tentación.

—Tengo una propuesta para ti. —Dijo Yami con una sonrisa arrogante.

— ¿Otro Yami no game que jugar? —Exclamó sorprendido, soltando el control y enderezándose, mientras se quitaba el pie de Yami de encima.

—No exactamente, podríamos convertirlo en un Yami no game si tú quieres, pero yo no lo haría así.

— ¿Qué tienes en mente?

—Puedo sacar mejores calificaciones que tú en éste ciclo de evaluaciones. Mi nombre en la pizarra estará por encima del tuyo. —Yugi soltó una carcajada, retorciéndose en el suelo mientras el faraón se enderezaba y miraba con curiosidad al pequeño. —No me crees. —Soltó sorprendido el faraón mientras pasaba sobre el pequeño y se dirigía hacia la mesa más alta a recoger su vaso. Cuando por fin Yugi pudo dejar de reírse, miró al faraón y sonrió de medio lado.

—Tú, más alto que yo. —Comentó sorprendido.

—Puedo hacerlo. Ese es mi punto. Antes de que llegaras, y pregúntale a Tea si quieres, yo era el número uno de la escuela.

—Atem. —Murmuró como si hablara con un niño pequeño. —Soy el número dos de la escuela, si crees que puedes ponerte en segundo lugar en lo que queda del bimestre…

— ¿Segundo? ¿Quién habló del segundo lugar?

— ¡Atem!

— ¿Qué los tiene tan escandalizados? —Espetó Mahad entrando a la sala, sin embargo, se quedó mudo cuando vio al pequeño Yugi. Normalmente era Duke quien discutía con el joven egipcio, arrancándole quejas y haciéndolo renegar y reír a carcajadas, pero ver al joven que había salvado la vida y que había desatado una guerra interna en el corazón de su protegido, eso era una sorpresa. —Perdón. No era mi intensión molestar.

—Descuida, Mahad. No molestas. —Comentó Atem con media sonrisa, levantó su vaso en dirección al recién llegado como si brindara por él y añadió. —Molestas más cuando no estás y tengo que ponerme a leer poesía en voz alta.

— ¿Poesía? —Repitió Yugi incrédulo.

—Me gusta leer poesía. —Soltó ofendido mientras se cruzaba de brazos. —Yugi, ya es tarde. —Dijo al final Yami mientras miraba su reloj. —Y tú deberías irte a casa antes de que oscurezca. Mañana ya es viernes, así que deberás estar fuerte para el último día de la semana. Mañana inicia mi apuesta contigo.

—Si a Yugi no le molesta esperar un rato más. —Dijo Mahad sonriendo mientras recogía los trastes sucios de la mesa. —Yo puedo llevarlo a su casa, pero primero debo enviar unos informes para la empresa que están en mi computadora personal. ¿Qué dicen, jóvenes?

—No hay problema. —Murmuró Atem mirando a Yugi. —Siempre que éste pequeño quiera probar su destreza con los controles.

—Te vencería con los ojos cerrados. —Soltó divertido con el reto en la mirada.

Mahad sonrió sorprendido al ver a ambos muchachos bromeando entre ellos con toda naturalidad. Suspiró pensando en que por primera vez en mucho tiempo veía a su joven amo riéndose a carcajadas como un niño pequeño y no angustiado por todo lo demás. No era como si Duke no lo hiciera reír, cuando estaba con Yugi, era más él.

.

— ¿Easter… eggs? —Murmuró Joey confundido cuando vio al profesor de educación física sostener un par de diademas con orejas de conejo.

—Así es, joven Wheeler. La clase de hoy será una cacería de huevos de pascua, están ocultos por todo el gimnasio, algunos a simple vista y otros están ocultos en lugares extraños, la cacería termina cuando encuentren los cuatrocientos huevos ocultos.

— ¡¿Cuatrocientos?! —Exclamaron Joey y Tristán al unísono, sorprendidos por la cantidad que tenían que encontrar.

—Y voy a necesitar a dos estudiantes que me ayuden a llevar el conteo oficial de la cantidad de huevos que hayan sido encontrados en el juego, de esa manera sabremos cuando realmente se haya terminado.

—Yo. —Dijo Tea levantando la mano mientras avanzaba hacia el profesor, pensando que así se libraría del esfuerzo físico de la clase además de la humillación pública. Tenía años sin participar en una búsqueda de huevos de pascua y no tenía buenos recuerdos de ello. Al verla, el profesor extendió un par de orejas y le señaló la cabeza.

—Tiene que usarlas durante el juego.

— ¿Qué? —Exclamó extendiendo la "e" de más.

— ¡Vamos Tea! —Animó Tristán en tono de burla mientras la chica se aproximaba a pasos calmados pero firmes hasta el profesor. —Después de todo sólo son orejas.

—Sí Tea. —Agregó Joey en el mismo tono. —Te verás simpática con ellas.

— ¿Qué les parece si hacemos una apuesta? —Soltó Tea ofendida, señalándolos a ambos. —Si ustedes obtienen menos de veinte huevos cada uno, tendrán que llevar las orejas una semana completa.

—Suena divertido. —Dijo el Faraón con voz potente. — ¿Qué dices, Muto? —Añadió con una expresión de reto, mezcla de diversión y de desafío. — ¿Quieres jugar ese juego conmigo?

—Será divertido ganarte, Atem. —Respondió Yugi en la misma actitud. —No puedo esperar para verte las orejas puestas.

Todo el mundo se quedó helado ante aquel intercambio y el profesor dio un silbatazo para recuperar la atención de los estudiantes.

—Aún necesito otro contador.

—Yo. —Dijo Duke quitándole a Tea las orejas de las manos y colocándoselas entre la banda y el cabello. Guiñó para las chicas que permanecían atentas a sus actos y luego miro a Tea de reojo. —No sólo el pequeño tiene gente fiel y sin ganas de hacer deportes el día de hoy.

—Que así sea. —Comentó la chica arrebatándole las otras orejas al profesor y colocándolas en su sitio, fastidiada por la situación.

—En las bancas están las canastas que deberán usar para la cacería, así que todos tomen una y den todo de sí. En cuanto escuchen el silbatazo.

Todos salieron corriendo hacia las bancas, Atem fue el primero en llegar y lanzó una canasta en dirección a Yugi, que se había quedado considerablemente atrás en esa primera carrera. La canasta rebotó un par de veces en las manos del pequeño pero logró tomarla y salió disparado hacia la entrada del gimnasio. Había creído ver algo cuando iba llegando y ahora se daba cuenta de que, en efecto, había visto tres huevos de pascua pintados de colores llamativos. Sonrió al tener esa pequeña ventaja y se lanzó a la búsqueda de más.

Tomó un segundo para buscar a Atem entre el grupo de estudiantes que se perseguían por todo el lugar, pero al no verlo al nivel del suelo, levantó la vista hacia la cuerda que trepaban en los calentamientos para percatarse de que atada a la campana del techo había una canasta, se preguntó cuántos huevos de ventaja le daría aquello al faraón, pero prefirió continuar con su propia cacería.

En dos ocasiones había visto a Joey y a Tristán jalonearse alegando que habían llegado primero a esos huevos, pero decidió ignorarlos y aprovechar el hecho de ser chaparrito para meterse en rincones complicados para el resto de sus compañeros, como debajo de las graderías y entre los casilleros, donde encontró bastantes huevos de pascua.

—Oye, Yugi. —Exclamó Atem llamando la atención del chico cuando éste salía de debajo de las gradas. Cuando el pequeño se levantó y miró en su dirección, Atem lanzó un huevo pintado de violeta hacia sus manos. —Tal vez lo necesites.

—Soy más fuerte de lo que aparento, faraón. —Respondió desafiándolo, pero cuando vio la canasta rebosante de Atem, salió corriendo en busca de más huevos de pascua.

Tea y Duke habían estado gritando la suma final de la cantidad de huevos que los estudiantes habían logrado conseguir hasta ese momento, pero la hora de la verdad sería el conteo final. El profesor dio el silbatazo que anunciaba el final y todo el mundo dejó de correr para reunirse al centro del gimnasio.

La mayoría de los presentes parecían agitados y necesitaron de un momento para reponerse, Yugi incluido en ese grupo; Atem a duras penas parecía haberse agitado a pesar de haber subido a los lockers, las graderías dos veces, trepado la soga y buscado en la parte superior de las gavetas de equipo deportivo. Se alejó el cabello de la cara con una mano y sonrió cuando Yugi le dedicó una sonrisa cómplice. El menor tomó el huevo que Atem le había dado y se lo lanzó de regreso con media sonrisa de altanería.

—Veintiséis. —Dijo triunfante cuando el mayor se acercó a él para volver a depositar el huevo en su canasta. —Veintisiete con el tuyo.

—Consérvalo. Tengo treinta y nueve.

— ¿Qué? —Exclamaron Tristán y Joey mirando sus canastas y contando por tercera vez, percatándose de que tenían diecisiete y dieciocho respectivamente. Tea se acercó para contar ella misma y sonrió colocándole sus orejas a Tristán, mientras que Duke le ponía las suyas a Atem, consiguiendo que el Faraón lo agarrara por el cuello con un brazo y le hiciera cerillito en la coronilla.

— ¡Ya, perdón! No aceptas una broma inocente.

—No te burles de tu rey o afrontarás las consecuencias. —Bromeó Atem soltando a su paladín, bromeando en público por primera vez en meses. Inmediatamente después miró a Yugi con media sonrisa y esperó a que el muchacho lo viera para quitarse las orejas que le habían puesto. — ¿Contento, Muto?

—Sí.

.

Yami siempre se quedaba de último en las duchas. La rutina era la misma todo el tiempo, él y Duke entraban primeros a las duchas y el pelinegro se arreglaba para entrar a las regaderas, Yami por su parte se quedaba sentado en las bancas, con los pies descalzos, y algunas veces, recostado en el suelo o en las bancas con las manos sobre sus ojos. Duke le avisaba cuando quedaban unos cuantos chicos y se iba al estacionamiento a esperarlo, eso y a coquetear con las chicas de último curso, que sí o sí, siempre caían rendidas ante sus encantos de galantería. Cuando Yami se hacía presente y estaba interesado en coquetear con alguna de ellas, no había nadie que le ganara a su gallardía y soberbia, digna de un faraón; pero a solas, Duke era el rey, seguido de cerca por Seto Kaiba.

Claro que a este último poco le importaba ser popular, quería ser el mejor, y aunque jamás lo admitiría, estaba feliz desde que Atem había dejado de serlo, dado que durante un ciclo completo, desde su llegada a la escuela, tuvo que arreglárselas para competir con el faraón. Y de pronto, de un día para otro, el joven egipcio se olvidó de ser el mejor en la escuela, dejó de lado todo cuanto había construido y se convirtió en el compinche de Duke en la juerga estudiantil, y dejó de sobresalir en lo escolar.

Y Kaiba había sido el mejor, hasta que otro transferido se había entrometido. ¡Ese Yugi, sí que lo había metido en apuros!

Ahora, ¿La razón por la que Yami se quedaba siempre de último? Sencillo.

El tahtib. Aquel estilo de pelea ancestral que en el presente era tomado más como un baile que como un arte marcial. Mismo que su antiguo tutor y consejero de su padre, le había obligado a aprender desde los cinco años, cuando aún vivían en Egipto y eran una de las familias más importantes.

Pero no era el tahtib como tal, sino su espalda baja, marcada por los golpes que había recibido innumerable cantidad de veces, más de lo que un niño pequeño merecía o podía soportar. Pero él era el orgullo de los dioses, según su padre, portador del linaje de los faraones del mundo antiguo, y como tal debía comportarse.

Tenía doce cicatrices distribuidas por la parte baja de su espalda, que sería perfecta si no tuviese aquellas marcas que lo hacían parecer más un esclavo que un faraón.

Antes no le habría importado mostrar las cicatrices, pero en el momento en que decidió hacer la guerra contra su padre, se dio cuenta de que no había manera de mostrarse débil ante él, ni ante él ni ante nadie.

Usando la toalla, secó su cabello casi con violencia y luego salió de las duchas envolviéndose la cintura. Escucho unos golpecitos sobre el metal, cuestión que lo puso a la defensiva.

— ¿Quién anda ahí? —Espetó cauteloso, avanzando con la espalda pegada a los casilleros. — ¡Muéstrate! —Ordenó nervioso.

La débil voz de Yugi lo tomó por sorpresa, el joven sonaba cansado y al borde del llanto cuando balbuceó un pedido de auxilio. Yami avanzó siguiendo la voz de su hikari y sintió la rabia cuando se percató de que la voz provenía de uno de los casilleros. Abrió el candado con un golpe del extintor y recibió el cuerpo delgado del joven en sus brazos. Yugi lucía cansado y tenía hinchados los ojos, en alguna ocasión se había quejado de ser demasiado sensible, pero era una de las características que más admiraba y quería Yami del menor. Suspiró apresándolo contra su pecho y murmuró.

— ¿Quién te hizo esto, mi hikari?

—Atem... —Murmuró el pequeño reconociendo la voz del faraón y acurrucándose contra su pecho. —No lo sé, cuando me di cuenta ya estaba en el casillero.

—No me mientas a mí, mi hikari. —Reprendió molesto mientras se acomodaba mejor en el suelo para sostener al pequeño. —Dímelo. O te haré a ti lo que pienso hacerle al que te metió al casillero.

Yugi abrió los ojos muy a su pesar y trató de buscar en los ojos de Yami algún atisbo de broma, sin embargo, el faraón permanecía estoico.

—Puedes llegar a ser muy cruel cuando te lo propones. —Murmuró molesto, sabiendo que Yami no se detendría ante nada hasta sacarle la verdad al muchacho.

—O es contigo o es con él. —Amenazó con el entrecejo fruncido y apretando al pequeño contra su cuerpo. Suspiró cuando vio la duda en la mirada del pequeño y sonrió sabiendo que ya no tenía mucho sentido que tratara de resistirse.

Y tras unos minutos de pensarlo, Yugi murmuró derrotado. —Tetsuo Ushio... Atem… ¿Por qué vas a cobrar venganza contra él?

—Porque… Yo soy el único que puede tratar de corromper tu espíritu, y cualquier otro que se atreva a poner una mano en ti, tendrá que vérselas conmigo y con la fuerza y poder de los dioses de Egipto.

— ¿Por qué? —Soltó confundido. De nuevo al borde del llanto.

—Porque tú eres… mou hitori no boku… Aibou.