Puff... llevo todo el día montando muebles... ha sido un infierno... por suerte tenía este capítulo terminado desde ayer. Sí, se que he tardado una barbaridad... pero entendedme... han sido unas semanas muy chungas con tanta reforma.

Bueno Diana, ahora podrás tener más. La historia está empezando y no la abandono aunque tarde.

Mika, espero no haberte perdido... la cosa ha llevado su tiempo.

Kykyo... no te haces una idea de la cantidad de cosas que tengo que escribir. Pero merece la pena.

15marday... tiene que pasar un tiempo... o no... quién sabe.

Guest... LO SIENTO. No puedo hacer más, de verdad.


Aveline

El agua era como un helado bálsamo bajo el ardiente sol. Los baños solían ser rápidos y desagradables, pero aquel día incluso tuve jabón. Me puse mis harapos y me subí a la parte trasera del carruaje, entre los barrotes. Por suerte, aquel no había sido un día de muchas ventas. Tan sólo otra esclava más y yo. Aquella mujer se había dedicado a trenzarme el cabello durante el viaje. No hablamos. Yo tenía demasiadas cosas en que pensar.

Aveline y Regina acababan de conocerse. Yo ya no era Emma Swan, ya no existía aquella conexión entre las dos. Tenía que empezar de cero, desde más abajo que nunca. No me despedí de mi compañera cuando bajé del carruaje. Hacía calor, pero Regina lo combatía con un parasol. Iba vestida de azul y se encontraba apoyada en la valla cuando llegamos. El esclavista me empujó, pero mi equilibrio era muy preciso y no consiguió tirarme.

_ ¡No manches la mercancía, anormal!_ Gritó Regina, cogiéndome del brazo._ Si la llegas a tirar…

Me quedé quieta, simplemente observando a la morena, su fuerza y sus arrestos al enfrentarse al esclavista, un hombre que acostumbraba a controlar a hombres fornidos de casi dos metros de altura, pero que se veía intimidado.

_ Tome sus quinientos dólares y lárguese.

Los billetes cambiaron de manos y Regina me llevó dentro. Liberada de las cadenas la verdad es que me sentía mucho más cómoda. Ella me sujetaba con fuerza, como si temiese que fuese a intentar escapar, pero esa lección ya la tenía aprendida.

_ ¿Vas a portarte bien?_ Me preguntó, directamente.

_ Con usted sí._ Dije, con perfil bajo.

_ Eso suena bien… no me gustaría… tener que gastar mi látigo contigo.

_ Gracias señora._ Dije, mientras atravesábamos la puerta de entrada, blanca.

Al ver al señor y la señora Gold en la entrada bajé la vista y me mantuve en perfil bajo. Había visto a otros esclavos hacerlo. Su esposa y él hablaron con Regina y la felicitaron por su cumpleaños como si yo fuese un mueble, fingiendo que no existía.

_ Que extraño… por lo que decía el esclavista ya tendría que haberte dado una buena paliza a estas alturas._ Dijo Regina, cuando nos quedamos solas._ ¿Qué diferencia hay?

_ Quiero estar aquí._ Dije, sincera.

_ ¿Por qué?_ Preguntó, mirándome fijamente.

Me quedé callada. Regina me tomó del mentón con rudeza y me obligó a mirarla. Era mucho más baja que yo.

_ ¿Por qué?_ Insistió.

Yo guardé silencio, y ella me dio una bofetada que resonó en la habitación. Emma habría llorado desconsolada, como Aveline, apenas sentí una leve quemazón.

_ Dime por qué._ Dijo, empujándome contra la pared.

_ Si tanto interés tiene, es por usted._ Pestañeó._ Podría explicárselo, pero dudo que lo entendiese.

_ Quizá mejor de lo que crees._ Dijo, soltándome._ Ve a vestirte. Esta noche tenemos visita y tienes que encargarte de los invitados.

_ Sí, señora.

Regina Gold

Había algo en aquella esclava… en la forma en la que me miraba, que no entendía. Era como si algo, en mi interior, despertase después de mucho tiempo. Cuando la pegaba… algo en mi interior se retorcía. Era demasiado intensa, demasiado furor contenido… encerrado en la esclava más dócil que había visto en mi vida. Había gato encerrado, no sabía lo que era, pero podía jurar que pensaba averiguarlo.

Tal como le indiqué, se visitó con uno de mis viejos vestidos, uno blanco. El blanco parecía sentarle muy bien. Mientras la observaba cambiarse, no pude evitar fijarme en sus formas. Tenía un cuerpo atlético, tonificado y su piel tenía un tono bronce muy agradable a la vista.

Mi familia era… consciente de mis preferencias. Les había prometido que me casaría, pero eso no quitaba que sintiesen cierta repulsión ante lo que yo deseaba. Y por eso había tenido que ser muy discreta… pero tenía intención de facilitarme las cosas de un modo u otro.

Me mordí el labio mientras la miraba. Estaba cansada de sentirme sola. Cansada de tener que salir en la oscuridad para buscar a alguien con quién desfogar mis instintos. Esos días habían terminado. Tomé a Aveline de la cintura y la empujé contra la pared.

Ella emitió un gemido. Estaba atrapada en aquel vestido que le quedaba estrecho. Y yo me pasé la lengua por los labios. Estaba tensa. Y eso me gustaba. Parecía nerviosa.

_ No te he traído aquí para que me des clase de francés._ Le dije, con voz ronca.

Noté cómo se estremecía de arriba abajo y me sonreí mientras bajaba, pues me gustaba tenerla tan aturdida justo al llegar.

Aveline

Cuando finalmente llegué a la cocina, con una bandeja de pastas, me encontré con una pequeña reunión de señoritas blancas bien vestidas tomando té. Yo solía participar en reuniones como aquellas. ¿Queréis mi opinión? El no tener que ir era de las pocas cosas buenas que tenía ser una esclava. Se hablaba continuamente de cosas intrascendentes y de chicos… sobretodo de chicos.

Nunca me había interesado por los hombres y no había llegado a alcanzar la edad para la que se consideraba que estaría casadera, por lo que no solía tener que preocuparme de quién sería mi marido. Regina, sin embargo, parecía intentar esquivar el tema mientras sus queridas amigas la acosaban.

_ ¿Vas a seguir callándotelo, Regina?_ La pinchaban._ ¿Qué hay de ese tal Killian? Cuentan que va detrás de ti.

Me tembló un poco la tetera mientras servía el té. Lo cierto es que la idea de que hubiese un hombre de mirada aviesa detrás de Regina no me resultaba nada agradable. Pero lo cierto es que entendía la posición en la que estaba Regina. Con un patrimonio como el suyo tenía que olvidarse de sus deseos de amor y ser práctica, buscar un marido con el que casarse y tener descendencia.

Vivíamos en un mundo en el que la posición social era mucho más importa que el amor al tomar una decisión como aquella. Cuando era Emma nunca lo había pensado, pero ahora no podía evitar encontrarlo triste.

_ Supongo que puedo invitarle mañana a tomar el té y hablar sobre sus barcos.

El tal Killian debía ser un magnate del comercio. Alguien bien posicionado que veía en Regina a una esposa florero bonita que llevar al altar. No pude evitar una expresión de asco que, por suerte, fue ignorada por esas personas para las que era básicamente invisible.

Después de la comida, me reuní con Úrsula. Una mujer de color mayor que yo. Era como una sargento.

_ No me gusta tu actitud. No puedes expresar así tus opiniones en presencia de los amos. Esta vez has tenido suerte, pero a la próxima te caerán azotes._ Dijo, mientras avanzábamos por la plantación.

Hacía calor. Nos mantuvimos en silencio. Había aprendido que en esos momentos los esclavos no debíamos ser muy habladores. Debíamos esperar a los momentos adecuados. Un esclavo no es dueño de su tiempo, no es dueño de su voluntad.

Un esclavo sólo es dueño de la voz que resuena en lo más profundo de su cabeza, la voz de su mente y su memoria. Y cuando me tumbé a descansar en mi pequeña Chabola, no podía evitar pensar en todo lo que había visto. En lo mucho que Regina había cambiado… en cómo madurar podía ser algo desagradable.

Pero no era quién para quejarme. Pues yo había cambiado mucho más que ella. Y no sólo en el color de mi piel… no sólo en mi nombre o mi rostro. El fuego y el látigo me habían hecho cambiar. Y al contrario de lo que podía parecer, no me habían hecho más dócil.

Había un fuego en mi interior. Una fuerza antigua que no entendía, pero que encendía mi temple de un modo que no creía siquiera posible antes. Aquella noche me costó mucho dormir. No dejaba de pensar en Regina y en ese misterioso Killian.

Regina Mills

Odiaba profundamente a Killian Jones. Era un hombre déspota, mujeriego y egocéntrico. Desde lo más profundo de mi corazón desearía que dejase de rondarme. Mi padre prácticamente había arreglado ya nuestro matrimonio… porque aquel hombre poseía tal cantidad de dinero y tierras que duplicaría la fortuna familiar si me casaba con él… como mínimo.

_ ¿Más té, querida?_ Preguntó, inclinando la tetera.

_ Sí, por favor._ Dije, en un susurro.

Aveline se retrasaba con las pastas. Era nueva, pero aun así las licencias y retrasos que se tomaba, eran molestos. Yo no aceptaba la mediocridad. Y aunque la nueva esclava me agradaba… iba a pasarlo mal.

Aveline

La obsesión de la gente de aquella casa con el té y las pastas… me resultaba molestaba. Era obvio que la ascendencia inglesa estaba aún presente, pero aun así no podía olvidar la sensación de que estaba sirviendo pastas todo el día. Regina estaba con ese… usurpador de Killian Jones.

No le había visto siquiera y ya le odiaba. Odiaría a cualquiera que babeara alrededor de Regina como lo estaba haciendo él. Sin embargo, cuando llegué a la cocina y le vi… la bandeja de pastas se me cayó al suelo. Había pasado mucho tiempo. Pero mi memoria… jamás olvidaría.

Aquel par de ojos azules, helados como la fría nieve. Eran los ojos del hombre que había acabado con mi vida… con la vida de Emma Swan. Estuve a punto de cerrar el puño y romperle la nariz, pero lo cierto es que de haberlo hecho, lo más probable es que hubiese muerto antes de que cayese el sol. Especialmente después de ver cómo Regina me tomaba del vestido y me empujaba.

_ ¿Cómo te atreves a tirar mi comida, escoria?_ Bramó, abofeteándome. No reaccioné._ ¡Discúlpate!

Antes de poder contestar me hundió el puño en el estómago. Caí al suelo y la miré a los ojos. Sentía genuina tristeza al ver lo que Regina era capaz de hacerme. Si tan sólo supiese la verdad… Pero no era tan estúpida para decírselo.

Me tomó del brazo y me llevó fuera, volviéndose a uno de los celadores.

_ Dale una buena lección a esta basura._ Gritó, con el fuego en sus ojos._ Cien latigazos para que aprenda a no tirar la comida.

Estaba acostumbrada a los latigazos. Y mientras me dejaba arrastrar y atar para recibirlos, ni siquiera pensaba en el dolor físico que me causarían. Y cuando el cuero golpeó mi piel, no consiguieron que gritase. Sin embargo, la humillación que significó para mí que Regina diese esa orden no se podía expresar con palabras.

Regina Gold

Las apariencias, la posición. Había visto el rostro de Killian cuando Aveline dejó caer la bandeja de pastas. Sabía lo que se esperaba de mí, y no había podido evitarlo. Había visto la forma en la que Killian miraba fuera, regodeándose en el dolor de Aveline

Estuve callada y taciturna el resto de la velada. No quería seguir hablando con Killian y él debió percibirlo, porque estuvo bastante menos incitado a tocarme el resto de la conversación.

_ No deberías dejar que el comportamiento de una negra te estropee las tardes así, Regina._ Fueron sus últimas palabras, antes de marcharse.

Era ya noche cerrada cuando intercepté a Úrsula justo antes de su marcha. Apenas hablaba con la mujer, y se sorprendió de mi acercamiento, aunque se esforzó porque no lo percibiera.

_ Dile a Aveline que quiero que se presente en mi habitación. Lo antes posible.

Aveline

Sentí cierto miedo cuando crucé el umbral de la habitación. Estaba en absoluto penumbra y me costaba vislumbrar más que una difusa sombra en la cama, que se movió al recibirme. No había visto a Regina desde su enfado, e ignoraba lo que quería.

_ Enciende el candil que hay junto a ti._ Ordenó.

Mientras tomaba una cerilla y encendía la lámpara de aceite, no pude evitar pensar que era una posición extraña para una lámpara. Yo seguía siendo incapaz de ver a Regina en la oscuridad, no al menos más que su silueta.

_ Quítate el vestido._ Ordenó.

Asentí lentamente y me despojé del vestido que, a fin de cuentas, le pertenecía. Se me ocurrió que quizá los latigazos no le parecían suficientes. Se quedó en silencio un tiempo, simplemente mirándome, o eso intuía. Encendió la luz lentamente y me quedé congelada al verla. Se encontraba tumbada sobre la cama, cuidadosamente peina, su rostro maquillado y sus ojos pintados del mismo tono rojizo que las manzanas que tanto le gustaban. Pero ante todo, hubo una cosa que llamó mi atención más que nada.

Regina estaba desnuda.