Dcromeor... sólo puedo decir que Killian es malvado y que se merece el mayor de los sufrimientos... MUERTE.

Esa era la idea, Kykyo XD


Morgan O'Connor

La vida. Cinco años había pasado en aquel vacío, sin hambre… sin sentido del tiempo… sin nada más que aquel enorme vacío blanco y aquella puerta que me había reclamado cada segundo que había estado allí. Pero había sido paciente… y esta vez había sido recompensada. Ya no era Emma… ya no era Aveline. Ahora era Morgan O'Connor.

Y lo más natural era preguntarse entonces quién es Morgan. Morgan resulta ser la heredera de un mercader millonario de Irlanda. Una chica buena para nada con una fortuna que no sabe… me corrijo… no sabía, gastar. Además, no deja de ser una joven bastante atractiva, con una larga melena pelirroja y con unas pecas encantadoras que me olía iban a encantarle a Regina.

Acabábamos de llegar al puerto y estaba en una taberna, poniéndome al día. La gente era muy comunicativa cuando llevabas un fajo de billetes en el bolsillo y tú misma tenías muchas ganas de hablar. He de admitirlo, me gustaba mi nueva yo, desenfadada y con la atención de la gente en el bolsillo.

Supuse que consideraban que mi última vida sí que había sido virtuosa y me habían dado una posición acomodada. Pero no podía apoltronarme. Debía llegar a Regina cuanto antes, e ignorar a las agradables señoritas que parecían saber de mis inclinaciones y esperaban que las contratara para pasar la noche cálida. Y lo cierto es que quizá Morgan O'Connor hubiese aceptado.

Pero yo no era Morgan O'Connor. No sólo ella. También era… Aveline, la esclava… y también era Emma Swan. Y esas tres mujeres… ahora, tenían algo en común. Un incombustible amor y fidelidad hacia Regina Gold. Y por eso me mostré inapetente ante las damas.

Debería estar celebrando el haber llegado a puerto después de la gran tormenta como el resto de la tripulación, que iba de bar en bar. Pero no quería beber. Quería mantenerme despierta. Pero a pesar de todo, les seguí de bar en bar.

Y fue entonces cuando le vi. Allí estaba Killian Jones… con una dama en cada mano y, a pesar de ser un hombre casado, no parecía hacer el mínimo esfuerzo por apartarlas. En mi cabeza, había dos voces que discutían. Emma abogaba por que nos mantuviéramos al margen. Aveline parecía susurrarme que cargara la pistola que tenía en el bolsillo.

Pero fue Morgan la que se impuso, lanzando un grito, producto de una larga dinastía irlandesa de borrachos furiosos por naturaleza. Seis palabras antiguas y ancestrales para esa familia que habían sido repetidas a lo largo de la historia y que para la amalgama en la que se había convertido aquella mujer… era lo más lógico y sensato. ¿Esas seis palabras?

Pártele la cara a ese cabrón

Y por eso, ni corta ni perezosa, me acerqué. Y Killian no reaccionó porque no vio peligro en una tercera dama que se acercaba, probablemente porque creería que también iba a insinuarse. Pero lejos de eso. Le propiné un puñetazo con todas mis fuerzas que, si bien no eran tantas como las que tenía cuando era Aveline… eran mucho mayores que las que tenía siendo Emma… Además, lo hice con un talento natural, fue un verdadero gancho de derecha que demostraba que la fuerza no era todo.

La verdad es que esperaba una represalia, pero Killian cayó al suelo, cuan largo era, inconsciente. Si al final… después de haberme matado dos veces… resultaba que era una nenaza. No pude negarlo… la satisfacción personal que aquello me produjo fue enorme.

Regina Jones

Mi marido se pasaba otra vez la noche en el bar. Y no me molestaba en absoluto. Estar sola me permitía tomar una vez más el remedio que me había prepara Úrsula para asegurarme de que la asquerosa simiente de aquel desgraciado no me contaminara con un niño que no deseaba. Adoraba a los niños, y no quería tener que odiar a uno.

Sin embargo fue una sorpresa escuchar a alguien tocar contra la madera. Porque tenía timbre. Y porque Killian tenía llaves. Me acerqué y abrí yo misma, fruto de la curiosidad. Me encontré con unos ojos azules que juraría que había visto antes. Pertenecían a una mujer pelirroja, con el rostro llena de pecas, y que iba vestida de hombre.

Qué sexy…

Intenté acallar el murmullo de mi cabeza, pero la verdad es que aquella mujer era muy atractiva. Con ese vestuario marinero y con el pelo ondeando, con la sal en el ambiente. Mi libido llevaba dormido desde que Aveline murió y lo notaba despertar en aquel momento.

_ Buenas noches…_ Saludé._ ¿A que debo esta visita?

_ Bueno… verá… Su marido estuvo comentando algunas pocas poco agradables de usted y es posible que yo como… mujer de honor…_ Hizo una pausa dramática._ Haya tratado de defender vuestra dignidad. Creedme que lo lamento pero… dudaba que vuestro marido fuese tan… endeble.

Por un momento tuve el rayo de esperanza de que estuviese muerto. Sin embargo, Killian llegaba sujetado por dos hombres atléticos que le trataban como lo que era, una piltrafa. Un muñeco al que dejaron tirado a mis pies. Yo sin embargo, encargué a Úrsula que lo llevara a la habitación y me centré en ella. Los hombres se retiraron y cuando quise darme cuenta estaba allí sola con la desconocida.

_ Soy Regina… Gold._ Dije, ignorando mi apellido de casada.

_ Mi nombre es Morgan O'Connor._ Se presentó. Tenía un acento muy curioso.

El apellido era irlandés… pero el acento no era realmente de esa procedencia. Parecía mezclado. Algo entre el acento de la isla esmeralda y algo africano. Algo que me sonaba extrañamente familiar. No sé por qué, pero sonreí.

_ Me preguntaba si podría compensaros de algún modo por… defender mi honor._ Susurré, mirándola.

Morgan me miró entonces profundamente a los ojos. Tenía una mirada intensa en esos ojos azules. Sólo había visto esa mirada dos veces en mi vida. Y me congelé con semejante pensamiento.

_ Lo cierto es que yo quería compensaros por vuestra amabilidad con la agresora de vuestro marido._ Dijo, con un guiño.

_ Lo cierto es que hay algo que me gustaría que hicieras._ Dije, mirándola._ Pero no me puedes preguntar por qué.

_ Lo que sea, para servirla._ Dijo, con un gesto teatral.

_ Quiero que me beses, Morgan…

Morgan O'Connor

Me quedé congelada por tan descarada petición. Incluso conociendo a Regina me quedé helada por un par de segundos antes de asentir lentamente. La empujé contra el quicio de la puerta y le di un beso casto… pero ella no me permitió ser comedida. Me tomó de la cintura y me besó con intensidad… como besaba a Aveline, y como estaba segura de que nunca había besado a su marido.

Nuestras lenguas lucharon, ansiosas de imponerse sobre su adversaria, en una batalla que no tuvo fin. Regina me tomó del rostro y me miró intensamente. Yo respiraba agitada, intentando recuperar el resuello perdido.

_ Aveline…

_ ¿Qué?

No me di cuenta. Ese nombre era mucho más mío que el de Morgan. Y no fue hasta que alcé la cabeza que me di cuenta de lo que había hecho. No tenía excusa. Para Morgan, la palabra Aveline era completamente desconocida. No podía asociarla a un nombre, y mucho menos al suyo.

_ Eres muy perspicaz, Regina._ Reconocí, colocándome frente a ella.

_ Recuerdo cómo besa la mujer a la que amo…_ Dijo, en un susurro._ Úrsula dijo… que era posible pero… yo no me lo creía… Aveline…

Me aferró con todas sus fuerzas y yo le devolví el gesto. Su pelo seguía teniendo ese olor que me embriagaba.

_ Aveline no es mi primer nombre…_ Le dije, mirándola a los ojos.

_ No es… ¿Entonces?_ Regina no parecía entenderlo.

_ Mi primer nombre… el nombre con el que nací la primera vez… el nombre con el que te conocí._ Le acaricié el pelo._ Es Emma.

_ Emma…

Regina estalló en lágrimas y se recargó sobre mí. Debía ser muy difícil de aceptar para ella. Yo la abracé, besando su cabello.

_ Han pasado quince años… pero ha merecido la pena._ Dije, en voz baja.

_ ¿Cómo moriste?_ Preguntó, mirándome a los ojos.

_ Tu marido._ Aparté la mirada._ Las dos veces.

_ Es todo lo que necesitaba saber._ Regina tenía el rostro ensombrecido._ Tú ya has muerto dos veces. Ahora le toca a él.

_ No quiero que te manches las manos._ La tomé del rostro.

_ Soy la esposa de ese bastardo. Me ha mancillado tantas veces que no puedo contarlas._ Sollozó._ ¿Acaso vas a dejar que siga con vida ese cerdo que ha tocado algo que es sólo para ti?

Sentí que me llenaba de orgullo por las palabras de Regina, pero negué con la cabeza y la acerqué. Regina tragó saliva y me miró a los ojos.

_ Regina… voy a sacarte de aquí. Te llevaré a un lugar en el que nuestros deseos no importen a los demás._ Le acaricié el cabello._ Ahora puedo hacerlo. Los que están al mando me han dado dinero… me han dado poder… y tengo claro para qué lo quiero. Y es para estar contigo.

_ Vale… Vámonos._ Me dijo, segura._ Aquí no hay nada para mí.

Sonreí, sin poder evitarlo, y me pasé la mano por el cabello pelirrojo.

_ Antes hay una cosa que debes hacer._ Le dije.

_ Lo que quieras… Ave… Em… Mor… ¿Cómo te llamo?_ Me preguntó.

_ Morgan está bien por ahora._ La cogí de las manos._ Regina, quiero que liberes a todos tus esclavos antes de que te marches.

_ Sí…_ Asintió._ Tú eras una esclava…

_ Por lo que somos todos iguales, Regina._ Le dije.

Ella asintió una vez más.

_ Mañana estará hecho. Pero hasta entonces…_ tiró de mí, pero yo negué.

_ No… no corramos riesgos innecesarios._ Le susurré._ A partir de mañana dormiré contigo… pero no esta noche.

_ ¿Y dónde vas a dormir?_ Preguntó.

_ Espero que Úrsula guarde aún mi viejo camastro._ Sonreí y lancé una risotada.

Unas horas más tarde

Úrsula lo supo en cuanto me vio. Si hubiese conocido a Emma antes que a Aveline… quizá lo hubiese sabido todo de antemano. Pero Emma jamás se habría acercado a Úrsula. Lo cierto es que le había dicho a Regina que dormiría… pero no podía hacerlo. Me sentía alerta. Y eso fue una suerte, porque Morgan tenía un sueño muy pesado, que normalmente pasaba por una cantidad de ginebra o whisky.

Si hubiera estado durmiendo no habría oído la puerta al abrirse, ni el sonido metálico que produjo un cuchillo al ser desenfundado. Killian acababa de entrar, cuchillo en mano. Parecía saber lo que Regina y yo habíamos hecho en la entrada… ¿Acaso conocía nuestros planes?

Había sido tan estúpida que pensé en darle piedad a ese bastardo. Pero no era tonta. Cuando se acercó, saqué la espada que tenía guardada junto a mí y le di un tajo en el estómago. Sorprendido y mareado, se cayó al suelo, dejando a un lado el cuchillo.

_ A la tercera va a la vencida. ¿Qué? ¿Pensabas matare otra vez?

Killian me miró fijamente a los ojos. Dos pares de ojos azules muy distintos… hasta que la vida en la pareja de ojos más fría y diabólica… se apagó.

Killian Jones

Grité, buscando ayuda, pero no parecía haber nadie en aquella estancia blanca. Y entonces… el resplandor a mi alrededor se apagó, poco a poco Y sentí unos brazos fuertes que tiraban de mí hacia abajo. Grité, preso de un dolor insoportable. Mientras esos brazos tiraban de mí en la oscuridad, haciéndome trizas… una vez… y otra… y otra…

3 meses después.

Regina Mills

El aire del mar fue lo que me despertó, una vez más. Abrí los ojos con una gran sonrisa. La mansión en la que residíamos seguía pareciéndome enorme. Comparada con la de la plantación de Nueva Orleans, al menos. Aunque… como regentes de aquella pequeña islita… debíamos mantener nuestro estatus… o eso decía mi amante esposa. Porque… nuestra isla, nuestra ley… y nada nos impediría poder contraer matrimonio en ella.

Ella no estaba en casa. Se mantenía activa. Los cultivos de los hombres libres y el comercio eran más complicados que cuando se tenían esclavos, pero ella tenía razón, la sensación de no sentirse culpable lo compensaba todo.

Me puse una vestido y salí en su busca. Pero no estaba en los cultivos ni comprobando cómo iba nuestra incipiente granja. Tampoco estaba en su barco en los muelles. Por lo que me dirigí a la playa. La encontré tumbada sobre la arena, desnuda y con un coco en la mano, uno atravesado por una caña de azúcar vaciada.

Me acerqué, quitándome el vestido, y me tumbé a su lado. Gimoteé un poco al sentir la arena caliente sobre mis partes más delicadas. Ella se giró y me tomó por la cintura para besarme.

_ Emma…_ La llamé.

Ese era su nombre. Siempre lo había sido. Ni Aveline… ni Morgan. Era mi amada, mi Emma. Y nadie más… aunque llevase un tatuaje marino en esas nalgas pálidas que en ese momento aferraba. Lo cierto es que el cuerpo de Morgan tenía gran parecido físico con el de Emma… o con cómo me imaginaba que hubiese sido ella cuando creciese.

Me tumbó sobre la arena y se colocó sobre mí. Sonrió y noté su anillo cuando rozó uno de mis pechos. Era la única prenda que jamás se quitaba. Aquellos ojos azules, traviesos, me miraban con deseo tras aquel rostro plagado de pecas. Me estaba pidiendo algo con intensidad. Y yo no me negué.

Hicimos el amor en aquella playa, sin temor a que nos juzgaran, ni miedo a que nadie nos arrebatara ese final feliz que ambas nos habíamos ganado.