Atem estornudó por enésima vez en el día, Duke, que normalmente lo reñiría por estar distrayendo a todo el mundo con tanto alboroto, lo miraba de reojo preocupado por el muchacho, que, siendo viernes, miraba cabizbajo y distraído por la ventana, buscando algo interesante en algún punto del universo hasta que otro estornudo lo interrumpiera.
—A-tch.
—Y por enésima vez… —Dijo Duke girando medio cuerpo sobre su asiento para mirar a su compañero. —Salud. Deberías irte a casa.
—Tengo que entregar un trabajo y diez justificantes a la clase de la última hora. —Dijo Atem, mormado y somnoliento.
—Yo puedo entregarlos por ti si tienes que…
—A-tch.
—Salud. Retirarte.
—No tengo que retirarme, tengo que… A-a-a…
— ¿Se te espantó?
—A-tch.
—Salud. Atem, de verdad me preocupas, ¿Qué va a pensar Yugi de mí si no te mando a casa justo ahora? Va a decir que no te cuido.
—No seas exagerado. Estoy bien.
—Una vez me dijiste que las emociones acumuladas en el cuerpo se convertían…
—A-tch.
—Salud. —Soltó fastidiado alcanzándole un pañuelo de papel. —En enfermedades.
—Y tengo que trabajar. —Añadió como si con aquello fuera a darle carpetazo al tema.
La campana sonó y la mayoría de los estudiantes se levantaron para salir al receso. Duke se puso de pie al lado de la banca de Atem y lo miró, blandengue y mareado por tanto estornudo, pero no dijo nada cuando el faraón se levantó sin apoyo, lo siguió de cerca unos pasos, mismos en los que Atem ya no pudo ni con su alma y cayó de bruces.
Duke apenas tuvo tiempo suficiente para sostener la caída de su amigo y lo ayudó como pudo a sentarse de nuevo, negó con la cabeza en lo que el profesor llegaba hasta ellos.
—Tengo que llevarlo a casa. —Urgió Duke mirando al docente.
—Vaya, yo pasaré el justificante a su siguiente materia.
—Atem, tienes fiebre. —Murmuró Duke sorprendido, tocando la frente del muchacho y luego agitando la mano para refrescársela. —Llamaré a Mahad y tú te irás a casa.
15.- Un momento de paz.
Cote-Dark-Dangerous-Love: Pues sí, de hecho sí me estoy complicando la existencia. Al menos en mi cabeza ya tengo las ideas de cómo se va a ir desarrollando todo éste pleito padre hijo, pero no sé cómo hilarlo. Y respecto a los tricolores. No sé quién va a dar el primer paso, honestamente cada vez que estoy a punto de escribir una confesión, se me escapa de los dedos. En tu opinión ¿Quién debería de darlo? Supongo que eso lo decidirá el giro que tome la historia, pero nunca está de más tener opiniones a la mano. Lo de las parejas, ay, no quería que se me escapara una oportunidad para shippear a estos loquitos, y lo estoy disfrutando a lo grande jaja. Gracias por leerme, espero seguir actualizando pronto, pero a ver qué pasa.
Saludos.
Catone Historias: Bueno, es que me quedé pensando en algo cuando redactaba al padre de Atem, cuando diseñé la personalidad no pensé en nada más allá. Pero ¿Y si fuera pariente de Gozaburo? Jajaja Y entonces pensé en que eso haría a Kisara pariente de Kaiba, pero luego me acordé que Kaiba era adoptado, y ya había publicado el cap. Me hice bolas yo sola. Gracias por tus palabras, la verdad me aligeran la carga, espero poder continuar con el proyecto con actualizaciones diarias, pero si no, agradezco tu paciencia. Misma pregunta para ti. ¿Quién crees que debería dar el primer paso, Yami o Yugi? Bendiciones!
Yugi suspiró por enésima vez en el día y terminó de colocar las copas en la vitrina, Tea pulía algunos vasos en la barra mientras Mai terminaba de recoger las charolas de las mesas y volteaba los servilleteros.
Ambas sonrieron con ternura cuando se percataron de que Yugi suspiraba por enésima vez en la noche, ya pasaban por minutos de las once y había cerrado el Egoísta Elegante, cuestión que le había dado a Yugi la oportunidad de perderse en sus pensamientos, pero no lo dejaba en paz el hecho de no saber nada de Atem.
Mai sonrió depositando una botella a la mitad a su lado, Yugi la tomó sin darse cuenta y comenzó a limpiar su superficie, con la mirada perdida al frente.
—Deberías llamarlo. —Sugirió quitándole la botella en un movimiento amable.
— ¿A quién? —Exclamó sorprendido mientras retrocedía asustado en su lugar.
—A Atem, fue Mahad quien me llamó para decirme que estaba enfermo, así que no quise molestarlo, pero creo que tú deberías llamarle.
—No, a ésta hora estará dormido. —Dijo apenado, considerando seriamente su siguiente movimiento.
—No, Yugi. Mai tiene razón, deberías llamarlo. Así al menos te asegurarías de que está bien y que no le hace falta nada.
—No lo sé. —Admitió tomando la botella de manos de Mai y llevándola a su repisa. Ambas chicas intercambiaron una mirada y un suspiro antes de volver a sus actividades. Al final, cuando Yugi volvió para subir las sillas patas arriba a las mesas del centro, miró a ambas chicas, que le daban la espalda, y anunció. —Voy a ir a su casa a verlo.
—No sé si sea buena idea. —Soltó Mai limpiándose las manos en el delantal. —A su padre no le hace mucha gracia que estés cerca de él. Ni tú, ni nadie que no sea de su nivel. Yo incluida en esa lista.
—Pero no puedo estar con la incertidumbre de saber de él. Ni quiero estarlo. Es mi amigo y se sentía mal, si puedo hacer algo para ayudarlo lo haré sin pensar, no me importa si a su padre no le agrada tenerme cerca, Atem es mi amigo, y yo le soy fiel.
Tea y Mai intercambiaron una mirada de ternura y luego la rubia asintió para el muchacho. —De acuerdo, me convenciste. Te llevo.
— ¿Qué?
—La casa de Atem me queda de paso. Así me ahorro lo de tu taxi. Tea, querida, el transporte ya está aquí.
—Me falta trapear.
—Descuida, ya lo haré yo mañana en cuanto llegue. Vete o se te hará tarde.
—Gracias Mai. —Se quitó el delantal y abrazó a ambos antes de salir corriendo, junto con el chico que lavaba los platos y el suplente de Atem.
La mayor parte del trayecto fue silenciosa, Yugi miraba por el retrovisor de vez en cuando, sintiéndose asustado por las sombras que proyectaba la ciudad, Mai moría de curiosidad, pero tampoco quería hacer que el pequeño reviviera una experiencia desagradable sin motivo aparente. Supo de boca de Atem que había recibido una buena paliza tras un asalto, y el faraón le había hecho una sesión de fotos a todas sus heridas para que el pequeño las presentara como evidencia cuando fuera a reportar el ataque, pero él era demasiado amable como para denunciar, así que Atem tuvo que guardar las fotografías, por si las dudas.
—Él te quiere mucho, ¿Sabes? —Se decidió por fin a romper el silencio.
— ¿Perdón?
—Atem. Te quiere. ¿Sabes que él era como tú? Amable y optimista ante la vida. Por eso te llama su hikari, y por eso es que te protege con tanto ahínco. Se juró a sí mismo que jamás te pasaría lo que le pasó a él. Creo… Que aún se niega a admitir, aún para sí mismo, lo que siente por ti, pero está bien. Es su manera de ser. Sólo es cosa de que tú lo admitas, y entonces podrás hacerle las cosas más fáciles a él.
— ¿Admitir yo?
—O darte cuenta, no sé cuál sea el caso. Sólo espero que lo hagas pronto. —Dijo estacionándose afuera de la casa de Atem y sonriendo. Plantó un beso en la mejilla del muchacho y le guiñó el ojo. —Disfruta la pijamada con Atem.
Yugi bajó confundido y cuando por fin estuvo de pie frente a la puerta de la casa, suspiró dándose cuenta de qué había hecho. El trayecto había sido una especie de letargo, mismo en el que había pensado mucho en las palabras de Duke.
Los señores de la casa, junto con Mahad e Ishizu, tenían que salir el fin de semana por cuestiones de la empresa (¿Qué tenía que hacer la madre de Atem en los negocios de su padre? Eso no tenía sentido), y luego Mana y Kisara, que se quedarían a dormir con unas amigas de su salón. Y por último, el resto de la servidumbre de la casa, que el viernes en la tarde recogían sus tiliches y se retiraban hasta el domingo por la noche, cuando volvían para echar a andar la casa y recibir a los señores con una sonrisa cálida y fingida.
Tocó el timbre con un solo pensamiento en la cabeza.
—Si no sale, me voy.
Esperó unos minutos y luego recogió su mochila y su maleta de deportes, agradecido internamente por no haber obtenido respuesta, sin embargo, en cuanto se dio la vuelta la puerta se abrió revelando a Atem tras de sí. Lucía como recién levantado, se tallaba el ojo con una mano y con la otra sostenía la puerta, y Yugi no pudo evitar barrerlo de pies a cabeza. Descalzo, pantalón rayado azul, camiseta negra sin mangas y el cabello revuelto hasta lo imposible.
—Aibou… ¿Qué haces aquí? Es tarde y tú deberías… A-tch.
— ¿Yo debería? No, tú deberías estar descansando. —Soltó empujando a Atem hacia el interior de la casa. Cerró la puerta tras de sí y tomó la mano de Atem para jalarlo hacia su habitación, rezando internamente recordar la ruta. Sólo había recorrido ese camino dos veces en su vida, así que estaba seguro de que se perdería.
—Derecha. —Dijo Atem entrelazando sus dedos con los de Yugi cuando llegaron a la intersección del pasillo.
—No recuerdo que fuera a la derecha.
—No quiero ir a mi cuarto. Quiero un vaso de leche. Y la cocina está a la derecha.
— ¿Pero después te irás a dormir?
—Sí, me iré a dormir.
Yugi suspiró, puso las manos de Atem sobre sus hombros y comenzó a caminar siguiendo las indicaciones del mayor.
— ¿Cómo puedes no perderte?
—Vivo aquí desde hace cinco años.
— ¿No es mucha casa para tan pocas personas?
—Mi padre es un excéntrico.
Llegaron a la cocina y rápidamente Atem se dirigió al refrigerador, sin embargo, las manos de Yugi alrededor de su cintura lo hicieron detenerse. —Vete a sentar a la barra y deja que yo me encargue. —Pidió molesto. Atem lo encaró confundido y las manos de Yugi lo tomaron por sorpresa. Sosteniendo su rostro y jalándolo un poco hacia abajo, dedicándole una mirada tierna y una sonrisa amable que consiguieron hacer que el rubor que tenía en sus mejillas por la fiebre, aumentara varios tonos. —Aún tienes más temperatura de la que deberías, no quiero que te enfríes por nada. Estoy aquí para cuidar de ti.
— ¿Para cuidarme?
—Sí, decidí pasar aquí la noche, ya sabes, para asegurarme de que estés bien. Duke me dijo que estarías solo y nadie que esté enfermo debe pasarlo mal.
—Ya tengo diecisiete. Me ato las sandalias solo.
—Sí, pero no deberías. Yo te voy a cuidar. —Prometió tomándole una mano y obligándolo a sentarse en uno de los bancos de la barra. Yugi tomó la leche del refrigerador y sacó una olla de metal de las repisas, buscó dos tazas y luego puso a hervir la leche. Mientras, Atem recargó la cabeza en una mano y observó al pequeño moviéndose a su antojo por la cocina, sin esperar indicaciones ni invitaciones. Determinado.
Sonrió para ocultar el suspiro y simplemente recibió la taza en las manos cuando Yugi se la entregó. El pequeño puso sus manos sobre las de Atem y sonrió mirándolo. —No le tomes tan de prisa. Sigue algo caliente.
—Gracias, Aibou.
— ¿Dónde tienes toallas pequeñas?
Atem se llevó la taza a la boca antes de responder. —Hay secadores en el cajón de la derecha. La otra derecha. —Corrigió cuando Yugi se dirigía al cajón equivocado. —Pero ¿para qué los quieres?
— ¿Tienes un cuenco de metal?
—En la gaveta de arriba.
Volcó algunos hielos en el cuenco y luego, tomando su taza y echándose la mochila y el secador al hombro, encaró a Atem. —Vamos a tu habitación.
Caminaron en silencio y Atem aprovechó para terminar su bebida, entregó la taza diligente cuando Yugi se la pidió y sonrió ampliamente cuando Yugi le reprochó que la cama siguiera hecha cuando él llegó. Arregló las cobijas y sábanas y cubrió al faraón cuando éste se hubo recostado. Miró los medicamentos en el buró y le dedicó una mirada inquisitoria.
—No recuerdo a qué hora me las tomé. —Admitió. —Pero todavía no se ponía el sol.
Yugi miró su reloj y le dio una dosis a Atem, leyendo la receta, luego entro al baño de la habitación del muchacho y llenó el cuenco de agua, cuando volvió, Atem estaba sentado en su cama con la cabeza vuelta al techo y lucía incómodo.
— ¿Cargas con un pijama en esa maleta de la escuela? —Quiso saber con sincera curiosidad mientras el pequeño acomodaba sus cosas.
—No.
—En el cajón de la izquierda abajo hay uno que quizás te quede. El resorte se ata para ajustarse, así que puedes hacerla a la medida. Y hay una camiseta de manga larga a juego. La casa se enfría mucho en la madrugada.
—Pues entonces tú también deberías usar una camiseta de manga larga. —Murmuró dirigiéndose al cajón. Sonrió sacando la camiseta y se dirigió al baño para cambiarse lejos de la mirada inquisitoria del mayor.
Atem no pudo evadir el sonrojo al ver a Yugi usando su ropa, jamás imaginó que, antes de salir, el pequeño había jalado el borde de la camiseta hacia su nariz para inhalar profundo el perfume penetrante que la ropa de Atem expedía, justo como él, una tarde soleada y calurosa de verano.
Yugi agradeció internamente que la cama de Atem fuera matrimonial, lo hizo recorrerse más al centro para poder sentarse y humedeció el secador en el agua fría, escurrió el exceso de agua y dobló la toallita para ponerla en la frente del mayor, acariciando sus mejillas aprovechando que sus manos se habían enfriado con el agua del cuenco. —Mi abuelo solía hacer eso para bajarme la fiebre. Espero que funcione.
— ¿Qué más hacía tu abuelo?
—Se quedaba despierto conmigo hasta que me durmiera.
— ¿Por qué haces esto?
—Porque… Porque yo…
—A-tch.
Yugi soltó una risa por lo bajo y reacomodó la toallita en la frente de Atem. —Es la manera en que puedo agradecerte que me cuides. No soy fuerte, no podría defenderte jamás si me lo propusiera pero puedo tratar de cuidarte ahora que estás débil y puedo dar todo de mí para que te pongas mejor. Quiero hacerlo. Que estés bien, ayudarte, cuidarte. Regresar un poco de todo lo que me has dado. Y… ¡recórrete más! —Exclamó dándole la espalda, sonrojado por lo que acababa de decir. —Si estás tan cerca del borde no me voy a poder acostar a dormir, de éste lado puedo cuidar la hora a la que tomes tu nueva dosis de medicina. Y tengo sueño.
—Perdón. Es que está fría la cama. No quisiera moverme.
Yugi suspiró recostándose de frente a Atem, tan cerca de él que sus cabellos y los del muchacho se revolvieron al instante, fundiéndose entre sí y formando una sola mata. El pequeño suspiró admirando los ojos carmesí del mayor y asintió.
—De acuerdo, no te muevas de ahí. Sólo no me tires, por favor.
—Ni siquiera me moveré. —Yugi retiró el trapito de su frente y le dio la vuelta para volver a poner algo fresco en la frente del mayor. Quien sonrió agradecido y cerró los ojos.
Yugi repitió aquel procedimiento varias veces más. Enfriando el trapito y remojándolo de vez en cuando hasta que los hielos se derritieron y el agua se tibió. Sonrió mirando a Atem, vencido por el cansancio y el sueño.
—Mai dice que debería decirte, pero yo no estoy muy seguro. —Admitió para sí mismo mientras apartaba un par de mechones de la frente del mayor. —Mou hitori no boku, también yo me preocupo por ti y puedo cuidarte, porque yo también te quiero a ti, pero no debería decirlo.
En un gesto inocente, se inclinó sobre la frente descubierta de Atem y plantó un beso ahí, y cuando volvió a su lugar, recostado de frente al faraón, reconsideró el beso y llevó una mano al cabello del mayor. Aunque sus cabellos eran ásperos al tacto, acariciarlos era algo que había querido hacer desde la primera vez que Atem puso su mano sobre los suyos, sonrió comprobando que las palabras del mayor no habían sido una exageración. El desierto lo había maltratado.
Y al borde del sueño, diciéndose a sí mismo que estaba pensando incoherencias por el cansancio, se inclinó una vez más sobre el rostro moreno del faraón y depositó un beso corto y casto sobre los labios de su Yami, aspirando profundo el aroma de su piel y sintiendo el cosquilleo subir desde los dedos de los pies hasta su coronilla. Se acurrucó contra el pecho del faraón y se quedó profundamente dormido con una sonrisa en el rostro.
