Atem se quedó acostado y muy quieto al despertar, ni siquiera abrió los ojos dado que se sentía tranquilo y liberado, la fiebre había bajado completamente y ya no sentía la nariz congestionada ni el dolor de cabeza, o el cuerpo cortado. Suspiró desorientado, recordando los cuidados que Yugi había tenido para él y creyó recordar un sueño a mitad de la noche, mismo que lo hizo sentirse tranquilo, un beso del pequeño.

Sonrió abiertamente cuando se percató de que el único malestar físico que sentía era la presión que Yugi ejercía sobre su hombro, lo abrazaba como si la vida le fuera en ello. Por un momento se preguntó si el pequeño lo habría abrazado abiertamente o si el abrazo se debería a la costumbre, sabía que había personas que necesitaban abrazar mientras dormían como un reflejo de seguridad, pero, al menos por unos minutos, se permitió a sí mismo creer que Yugi lo había abrazado con alevosía y ventaja. Plantó un beso en la frente del pequeño y luego miró sus labios, preguntándose cómo sería besarlos, si sería igual que en su sueño o si aquello sería distinto.

Se inclinó sobre él y besó la comisura de su boca, pasó hasta el otro lado y depositó otro beso, besó la punta de su nariz y por fin se decidió a depositar un último beso tímido y contenido en los labios del pequeño, que se entreabrieron al recibirlo.

Atem retrocedió sorprendido por el escalofrío que lo había recorrido pero decidió ignorar aquello. Se movió despacio para no despertar a Yugi y tomó la pastilla que quedaba de medicinas. El pequeño lo había levantado en la madrugada para darle la otra, así que lo menos que podía hacer para agradecerle, era seguir con el tratamiento por sí mismo.

Sonrió considerando cambiarse y cuando entró a su baño privado, no pudo evitar la sonrisa al ver la ropa de Yugi doblada meticulosamente en una esquina. Levantó la camiseta y se la llevó a la nariz con una sonrisa amplia.

Desayuno. Podía prepararle el desayuno para agradecerle el gesto amable de cuidarlo en la noche. Pero no lo despertaría hasta que todo estuviese listo. Sonrió pasando por un lado de él, tomando toda la ropa de Yugi y llevándola al cuarto de lavado, pero ocultando la camiseta en un cajón para poder conservarla.


16.- Secuestro de camisetas.

Cote-Dark-Dangerous-Love: Yo tampoco me la esperaba. La idea original era al revés, Atem culpando a la fiebre, pero bueno, un personaje construido hace lo que quiere. Y sí, es todo un reto darle continuidad a la historia. Es decir, hay tantas decisiones que tomar a continuación… La guerra ya está planteada, pero no sé cómo hacer que algunas partes encajen y así, supongo que tendré que renunciar a algunas de las ideas originales y rediseñarme hasta dar con el clavo. En fin. A ver quién se confiesa primero.

Catone Historias: Bueno, trampas locas, a final de cuentas jaja. Y tenía que encontrar una manera en la que Yugi pudiera hacerse cargo de Atem, qué mejor que con una gripa de por medio. Porque debo admitir que ya había decidido ponerme drástica, pero dije, no, se necesita un momento de paz de vez en cuando, sobre todo para la que les espera. Así que, mientras más en paz estén… ¡Ay no! Ya sé. Quiero que los dos sean el que confiese su amor al otro, y he imaginado mil y un confesiones, pero supongo que terminaré dejando que la historia guie mis pasos, confiaré en el corazón de las cartas, diría Yugi. Bendiciones.


Yugi despertó guiado por el aroma del desayuno, preguntándose dónde estaría Atem en aquellos momentos. Sonrió ampliamente cuando se percató de que el faraón estaba dándole la espalda en la cocina. Y no pudo evitar el sonrojo.

Atem, con la espalda desnuda, permitiéndole al pequeño ver el tatuaje entre sus omóplatos, el pantalón sostenido en su cadera con soltura, descalzo y con el cabello alborotado, como si no llevara mucho tiempo despierto. Llevaba el reproductor de música encajado en el resorte del pijama y uno de los audífonos puestos, y se balanceaba de un lado a otro tan ligera y rítmicamente que Yugi dedujo que no podía tratarse de otra cosa más que de un baile al ritmo de la música. Sus manos estaban ocupadas, despegando el contenido de la sartén. Sonrió más ampliamente cuando vio a Mahad sentado en la barra, viendo con diversión al muchacho mientras cocinaba. El tutor del mayor tomó aire y con una voz a medio camino entre el susurro y su tono normal, musitó a toda velocidad.

—Y el faraón se prepara. Se puede notar la concentración en su rostro, todo su ser se enfoca en éste único movimiento que le dará la gloria o lo llevará a la deshonra.

—Cállate, Mahad. —Espetó Atem divertido frunciendo el entrecejo.

—El público guarda silencio, el momento es épico, señoras y señores, se nota que se prepara.

—Harás que falle si sigues con eso.

—Y pronto sabremos si el faraón continúa en el juego o si será descalificado de forma atroz por sus errores. Ahí está. —Dijo repentinamente alerta en su silla. —Para los que sintonizan éste momento épico, sus ojos han adquirido la determinación necesaria, hará el movimiento, y señoras y señores… —Atem hizo un movimiento veloz y tosco con el brazo, lanzando hacia el cielo el hotcake de la sartén, girándolo una vez y haciendo que aterrizara de nuevo, volteada. — ¡Dos giros perfectos en el aire! —Soltó Mahad elevando un poco más la voz mientras se levantaba en su asiento, como si realmente aquello fuera la hazaña deportiva más grande jamás vista. —Señoras y señores, consiguió hacer el giro doble sin llegar al desastre natural. El faraón de Egipto ha perfeccionado sus técnicas culinarias y está preparado para pasar al siguiente nivel de la competición. —Atem soltó una carcajada dejando la sartén en la estufa para evitar cualquier accidente, no podía parar de reír a carcajadas ante los comentarios de su tutor y sus ojos rápidamente se llenaron de lágrimas por el esfuerzo. —Ha sido más que sólo épico, señoras y señores, se acaban de perder de una hazaña olímpica. ¡El faraón ha logrado el giro doble en el…!

Y las carcajadas de Yugi consiguieron que ambos frenaran de golpe, Mahad soltó la risa por nerviosismo de lo que acababa de ocurrir y la palita de madera que Atem había estado usando terminó rebotando dos veces en sus manos antes de que el muchacho la lanzara lejos por el nerviosismo y por tratar de atraparla.

—Despertó al fin. —Dijo Mahad sonriendo cuando por fin pudo contener la risa.

— ¿Qué fue todo eso?

—Me gusta molestar al amo Atem.

—Mahad. —Llamó Atem molesto recuperando su utensilio. —Ya te he dicho que frente a los amigos no debes llamarme Amo, eres mi hermano.

—Ya, pero eso dices tú. En fin. Ha sido genial verte conseguir ese giro doble en el aire, sólo vine a recoger el bolso de Ishizu. Debo volver cuanto antes o tu padre me matará.

—Una pena. —Admitió Yugi. —Me habría agradado desayunar contigo.

—Será pronto. No se preocupe. —Y tras levantarse y recuperar su saco de la barra, hizo una leve reverencia y se retiró.

— ¿Desayuno? —Ofreció Atem mostrando el hotcake perfectamente dorado y una sonrisa encantadora, deleitándose en su beso secreto, preguntándose qué haría el pequeño si se diera cuenta de que había sido robado, sin imaginarse que en realidad había recuperado algo perdido sin darse cuenta.

—Gracias. —Murmuró Yugi con casi los mismos pensamientos mientras se sentaba a la barra y esperaba paciente. Los platos, los vasos, los cubiertos, estaba todo puesto para sólo llegar a sentarse. — ¿Te sientes mejor? Te ves más animado.

—Definitivamente me siento mejor. —Admitió estirándose mientras le daba la espalda a Yugi, consiguiendo que el pequeño tragara saliva. —Amanecí con dolor en un hombro. —Añadió malicioso. —Pero por el resto estoy como nuevo.

— ¿El hombro? ¿Por qué?

—No lo sé. Eres un enfermero maravilloso. La verdad es que hacía años que nadie velaba por mí estando yo enfermo. Mahad ha estado tan ocupado, y mi madre con su depresión y eso. La verdad es que me pregunto si merezco ser cuidado de esa forma teniendo en cuenta que nunca he hecho muchas otras cosas además de molestar a las personas que me rodean. No te merezco. Así que gracias.

—Mereces eso y más. —Murmuró Yugi sonrojado mientras se dirigía a pasos cortos hasta Atem. El faraón le acarició el cabello al pequeño y sonrió despegando el hotcake de la sartén. —Eres bueno, Atem. Contrario a todo lo que crees normalmente, de verdad eres bueno, eres leal y fuerte, fiel a tus sueños y a tus amigos. Y sobre todo, peleas con honor. No es algo que se use en estos tiempos.

—Eso del honor es cierto. —Admitió pasando un brazo sobre los hombros de Yugi y atrayéndolo así, Yugi sintió el calor subir a su rostro cuando su mejilla quedó pegada al pecho desnudo del faraón, justo sobre su corazón mientras él volcaba una nueva porción de mezcla para otro hotcake en la sartén. —Pero eso no quiere decir que merezca el perdón de los dioses o de ustedes. Hice mucho daño.

—Oh, Atem. —Soltó abrazándole la cintura, deleitándose al tacto de la piel morena y caliente del mayor. —No digas eso. De verdad no lo digas. No hay nada que perdonar, está todo bien para mí. Me duele que creas que aún tienes que saldar cuentas conmigo, no has terminado de comprender que todo eso quedó atrás. Te perdoné.

Él se quedó helado ante aquella simple confesión, incapaz de aceptar el perdón para su alma y sobre todo, sintiéndose incapaz de merecer el cariño del pequeño. Sin embargo, cerró sus brazos en torno al cuerpo delgado el más pequeño y suspiró pegando su nariz a la coronilla de Yugi, aspirando el perfume de su cabello y jurando que aquel que se atreviera a tocar un solo cabello del pequeño lo pagaría caro. Los dioses parecerían misericordiosos en comparación a su furia desatada.

Suspiró besando su coronilla y luego lo empujó un poco por los hombros para poder apreciar sus ojos, que brillaban a la par del sonrojo en sus mejillas.

—Ve a sentarte. No quiero que te quemes por mi culpa…

—Pero…

—Ya casi termino con esto. Lo prometo. —Volteó el hotcake de la sartén y luego volvió su atención a los orbes violetas que lo miraban fijamente, esperando su siguiente movimiento. —Vale, de acuerdo. Quédate ahí de pie. Pareces un ratoncito asustado.

— ¡No soy un ratón! —Exclamó caminando hasta la barra y sentándose tras ella, a la expectativa del siguiente movimiento del mayor.

— ¿Tienes algo qué hacer por la tarde? Además de ir a trabajar.

—Define "la tarde".

—Después de que desayunemos y hasta tu horario de entrada al trabajo.

—Así que Mai te va a obligar a descansar otro día.

—Igual voy a estar ahí, si no detrás de la barra, como cliente. Es sábado de Jazz, no olvides que soy un gran fan de la buena música, así que iré de todos modos.

—Ya, y me imagino que ésta vez no me obligarás a cantar contigo. —Musitó enfurruñado, recargado en sus brazos y haciendo una mueca de pucheros. —No creas que fue una experiencia amena que me hicieras eso. Fue cruel y despiadado de tu parte.

—A todo el mundo le gustó.

—Sí, ¿Quién no disfrutaría verte en el escenario, con tu guitarra y capturando el corazón de todas las presentes mientras nos deleitas con tu voz?

— ¿Son celos? —Soltó recargando las manos a los costados del pequeño y bajando el rostro casi hasta rozar su nariz con la propia. Sonreía de medio lado y tenía entrecerrados los ojos, en esa mueca que el pequeño adoraba y odiaba en igual intensidad. Había momentos en los que Atem sonreía así y le hacía creer a Yugi que nadie ni nada podía cambiar la sensación de paz que sus ojos carmesíes le brindaban cuando sonreía así. Suspiró hastiado de tener que soportar el escrutinio de aquellos ojos y suspiró para quitarse los cabellos de Atem de la punta de la nariz. En un movimiento arrebatado levantó el rostro hasta tocar la punta de la nariz del faraón con sus labios y sonreír con timidez.

Atem retrocedió sorprendido y sacó el hotcake justo a tiempo para que no se quemara. Sirvió los platos de ambos, con algo de huevos revueltos y tocino por un lado y sonrió cuando Yugi compuso una expresión de sorpresa tras el primer bocado.

—Eres bueno cocinando.

—Soy bueno en todo lo que hago.

—Y apuesto que hasta en lo que no haces también eres bueno. —Atem soltó una risa por lo bajo sentándose frente a Yugi y revolviéndole el cabello. — ¿Por qué la pregunta? No entiendo para qué quieres saber.

—Para llevarte a dar una vuelta. Aprovechando que ya me siento bien. No me gusta estar en mi casa más tiempo del necesario, y menos si no hay nadie. ¿Por favor?

—No lo sé. Tengo que ir a cambiarme de ropa y tengo que recoger el uniforme del bar.

—Descuida. Podemos pasar a tu casa en un rato, o podría prestarte algo, no debe quedarte tan grande mi ropa. Sólo es casi un metro de diferencia. —Bromeó antes de comenzar a comer.

— ¿Por qué tanta insistencia?

—No sé, quiero salir contigo.

— ¿Salir conmigo?

— ¿Vas a repetir todo lo que te diga?

—No todo. —Murmuró apenado bajando el rostro.

—Me gusta esa expresión. —Admitió Atem detrás de su vaso. —Está decidido.

.

Para el medio día, Yugi y Atem ya habían ido al cine, compartido un helado, comido crepas y visitado el museo, que tenía una exhibición especial de Egipto iniciando ese día, exposición en la que el faraón le había contado a Yugi más historias de las lápidas y antigüedades expuestas que los dos guías con los que habían hecho el recorrido. Para la primera mitad del recorrido, Atem tenía a su alrededor a un grupo de personas, entre las que estaba un grupo de colegialas que habían pasado media mañana quejándose de tener que ir al museo un sábado, pero que ahora agradecían haber ido. Yugi hizo pucheros esa parte el recorrido, dándose cuenta de las miradas furtivas que dos chicas altas y bastante bien torneadas le habían estado dedicando a su amigo todo el rato, o al menos así fue hasta que el faraón lo abrazó por los hombros y lo obligó a permanecer a su lado el resto de la explicación.

Cuando salieron del museo, Yugi decidió que era hora de hacerle saber al faraón quién de los dos cocinaba mejor, así que terminaron yendo a casa del menor.

La puerta estaba cerrada con llave y el abuelo no estaba, Yugi encontró una nota pegada en el refrigerador con un imán, el amigo de su abuelo, el señor Hopkins estaba en la ciudad por una exposición del museo, pasaría toda la tarde con él para ponerse al día con todo lo ocurrido.

Atem no pudo hacer otra cosa más que adular el gran trabajo de Yugi en la cocina y se sonrojó cuando se dio cuenta de que habían salido de la casa del menor para el bar de Mai con las manos entrelazadas.

Aunque originalmente, Yugi había tomado su mano para jalarlo hacia la puerta, Atem estaba haciéndole berrinche de que era temprano para que se fueran al bar y el pequeño no tuvo otra opción que tomar su mano para levantarlo del sillón y llevarlo a rastras por los pasillos de la casa, hastiado de tener que lidiar con llegar tarde siempre a todos lados por su propio pie; para llegar tarde no necesitaba ayuda normalmente, había dicho. Pero en algún punto del jaloneo, Atem había entrelazado sus dedos con los del pequeño y había decidido seguirle la corriente y acompañarlo hasta el auto del mayor.

Yugi se sonrojó cuando Atem abrió la puerta del copiloto y lo invitó a subir.

— ¿Qué pasa, Yugi?

—Es… es sólo que asumí que me llevarías, nunca te pregunté si tenías problemas con llevarme o si querías hacerlo.

—No seas ridículo, Yugi. —Murmuró poniendo una mano en su hombro e inclinándose a besar su frente. —Claro que quiero llevarte… Hasta donde tú me lo pidas. Sube.

Prácticamente tuvo que darle un empujoncito para que reaccionara y entrara al auto, con una sonrisa boba surcando su rostro. Retrocedió sorprendido en su asiento cuando Atem se inclinó sobre él, sintió el cuerpo del faraón muy cerca y cuando los labios de Atem le rozaron la mejilla, él contuvo la respiración y las ganas de salir corriendo.

— ¿Por qué…? —Murmuró muy bajito mientras se retiraba un poco del menor. —Tú nunca te pones el cinturón cuando subes al auto. ¿Por qué?

—Perdón. —Murmuró sonrojado, mirando sus rodillas.

—No te preocupes. Mientras estés conmigo, yo te cuido.