PALAS Y LOS DIOSES
En el Olimpo todo era de una hermosura increíble, pensaba Saori mientras contemplaba la vista desde la ventana de la habitación en la que la retenían. Hasta donde la mirada le alcanzaba veía campos de flores con suaves colores y las moradas de los dioses, de una belleza helénica perfecta. Columnas griegas dóricas revestían las entradas a sus templos. Las ninfas jugaban con el agua en un arroyo. Los centauros las perseguían, haciéndolas reír. Sin embargo, el corazón de la diosa no estaba allí, sino lejos, con su caballero de Sagitario. Rogaba continuamente por él. Desde que llegó no había parado de hacerlo. Sabía que le había puesto en una situación muy comprometida; pero él era fuerte. Se sobrepondría. Tenía una fe ciega en su protector más leal. Mientras tanto, ella no dejaría de rezar para que su cosmos le protegiera de cualquier golpe, no sólo a su cuerpo, también a su alma, allí donde estuviera.
- Querida, ¡me fatigas! – dijo Afrodita entrando en sus aposentos de repente.
- ¿Otra vez tú? – inquirió la joven con desidia - ¿Cuándo vas a dejar de molestarme? – preguntó Atenea resignada con un profundo suspiro sin volverse.
- Cuando tú dejes de atormentar mis oídos con tus ridículas plegarias – repuso con fastidio.
Saori sonrió para sí.
- Si dejaras de intentar leer mi mente a cada instante no te agobiaría, hermana.
Se giró para contemplarla desafiante. Las suaves cortinas de gasa vibraron con el movimiento. La habitación se inundó de luz al apartarse de la ventana. Los delicados tejidos de seda de la cama brillaron con los rayos del sol.
- ¿En serio no te resulta repulsivo el tal Seiya? – preguntó la diosa de las Pasiones con curiosidad - ¡Es un ser burdo y sin modales! ¿Qué ves en ese patán?
Atenea se mantuvo firme retándola con la mirada, sin responder. Al cabo de unos segundos la diosa de la Tierra se dio la vuelta y regresó a su contemplación.
- ¡Hermana, no me ignores! – le gritó Afrodita.
- ¿Esperas en serio que te responda? – la interrogó Saori con serenidad.
Casi una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. La secreta felicidad que experimentaba en su corazón cada vez que estaba junto al hombre que amaba era un placer desconocido e inaccesible para la mayoría de los dioses. El amor era un don de los mortales que jamás experimentarían por su propia naturaleza divina. Se sentía muy afortunada, a pesar de todo, de ser la reencarnación de Atenea y poder disfrutar de las emociones humanas.
Su hermana comenzó a montar en cólera convocando sus temibles eslabones de luz. Ella esperaba el ataque por la espalda. Otra voz la contuvo.
- Querida, ¿terminas o qué? – la interrogó Hefaistos, su marido, entrando también en la estancia - ¡Ah, salve Atenea! Espero que mi esposa no te esté molestando.
Saori se volvió e inclinó levemente la cabeza a modo de saludo.
Hefaistos era el dios de los herreros y los artesanos, el que controlaba la Forja y el Fuego divino. Su apariencia no era hermosa en absoluto en comparación con su bella consorte. Sus ojos eran demasiado grandes y prominentes. Su cabello oscuro era ondulado y rebelde. Nunca parecía estar en orden. Su boca y su nariz algo torcidas y su estatura baja tratándose de un hombre. Para su desgracia, también cojeaba de una pierna. Se decía que su madre, Hera, lo arrojó desde lo alto del Olimpo cuando vio su poco agraciado aspecto al nacer y que esa había sido la causa de su lesión. Por el contrario, su cuerpo estaba bien fornido, resultado del duro trabajo en la Forja. Pero lo peor era la sonrisa sardónica en sus labios que denotaba una persona en la que no se podía confiar. Atenea sabía que sus pensamientos eran oscuros. Sentía escalofríos cada vez que se dirigía a ella, no obstante trataba de disimular su desagrado. Ahora se encontraba en su terreno y no estaba dispuesta a ser una presa fácil.
Afrodita contuvo su rabia.
- ¡Ya he terminado! – declaró saliendo ofuscada de la habitación.
Ambos eran sin duda una extraña pareja.
- ¡Vaya! – repuso él una vez se marchó su mujer – Parece que te has metido en un buen lío, preciosa.
La forma en la que pronunció la última palabra, arrastrando las letras en sus labios, hizo que la joven se estremeciera.
- Los dioses van a castigarte, lo sabes, ¿verdad? Y no serán benévolos. Esta vez has ido demasiado lejos, Atenea – continuó el herrero divino – No contenta con encerrar a Poseidón en un ánfora y matar a Hades, ahora se te ocurre esto. ¡Es lo que faltaba! – Hefaistos se echó a reír - ¡Un humano! ¿Cómo se te ha ocurrido enamorarte de un humano? ¡Tú que podrías tener a cualquier dios a tus pies!
A Saori tampoco le gustó cómo sonó esa frase. Había algo más implícito. ¿Cualquier dios?, ¿incluido él?, se preguntó con temor.
- Y lo peor para ti es que también lo castigarán – siguió implacable.
La muchacha apretó los dientes y cerró los puños.
- ¡Te retirarán tus poderes y le quitarán la vida por haber osado poner sus ojos en ti!
- ¡Pero es inocente! – exclamó ella angustiada al fin – Yo pagaré mi pecado. Seiya no tiene nada que ver. ¡Dejadle al margen!
- Querida, no es eso lo que declara Afrodita. Ella afirma que el sentimiento es mutuo. Que tu caballero te ama con la misma intensidad o más que tú a él. Y mi esposa es una experta en esos temas.
Saori pareció sorprendida y le dejó continuar. ¿Es cierto eso? ¿Será posible? ¿Me querrá igual que yo a él?
- Claro que… yo podría hacerla cambiar de opinión. Si tú quisieras darme… una oportunidad… - dijo acercándose a la joven diosa demasiado – Te demostraría que un dios es mucho mejor que un humano en todo.
Ella de pronto salió de su ensimismamiento y comprendió. Eso era lo que este ser nauseabundo buscaba. Era el esposo de su hermana y aun así… ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo osaba ni siquiera? ¿Cómo había conseguido formularlo? El cosmos de Atenea se desató y repelió con fuerza a Hefaistos lanzándolo contra la puerta. Saori se asustó de lo que había hecho con sólo pensar en apartarlo de su lado. El herrero se puso en pie con dificultad intentando mantener algo de su dignidad. El labio le sangraba. Se lo limpió con el dorso de la mano y, sin mediar palabra, salió de la habitación dando un portazo.
...
- ¡Vamos, Yuna! – exclamó el joven caballero de Pegaso tomando la mano de su compañera y amiga.
- ¡Espera, Koga! ¿Dónde vamos? ¿No has escuchado? Hay que mantenerse en guardia por si los dioses atacan el Santuario.
Sí, lo había escuchado. Desde que heredó de Seiya la armadura del caballo alado sus sentidos se habían agudizado, también su intuición. Y estaba seguro de que no se lo habían contado todo. Shun en persona fue a buscarles para traerles hasta aquí. En el coliseo estaban todos los caballeros de Atenea reunidos, tanto los de oro y los de plata como los de bronce e incluso los de acero. Sólo había dos ausencias notables: el guardián de Sagitario y Atenea.
- Confía en mí, Yuna – le respondió él dirigiéndose a la gran cámara del Patriarca – Sólo quiero averiguar qué está pasando.
Había escuchado también a Harbinger decir que Atenea había sido secuestrada por los dioses y que se organizaría un grupo para ir a rescatarla. Los elegidos serían avisados y, los demás, debían proteger el Santuario y al caballero de Sagitario, que también había sido amenazado. ¿Seiya amenazado?, ¿en peligro?, ¿por qué? ¿Y por qué había que protegerle? Todos los caballeros estaban permanentemente en situaciones de peligro, no era algo de extrañar. Fuera como fuese iba a descubrir qué estaba ocurriendo en el centro de mando. Entró con paso firme en la antesala casi arrastrando a la joven caballero del Águila. Harbinger se giró al verle y puso los brazos en jarra.
- ¡Por todos los diablos, muchacho! ¿Qué haces aquí? – le espetó.
El Patriarca estaba acompañado de los caballeros legendarios: Hyoga, Shiryu y Shun; y de los caballeros de oro: Kiki, Fudo e Integra. Todos ellos con cara de preocupación y vestidos con sus armaduras.
- ¡He venido a ofrecerme voluntario para rescatar a Saori! – exclamó con orgullo – Y también a que me expliques qué ocurre con Seiya. ¿Por qué hay que protegerle?
- ¡Bien dicho, Koga! - dijo una voz desde las sombras - ¿Por qué deben protegerme? – preguntó el caballero de Sagitario acercándose por detrás del trono de Atenea – Soy perfectamente capaz de cuidarme solo. No hay motivo para que malgastéis los recursos en mí – continuó empezando a ponerse nervioso - ¡Debemos poner todas nuestras energías en llegar al Olimpo! ¡Y en llevarle sus armas! – añadió acariciando el báculo que aún reposaba junto al trono vacío.
Su movimiento fue tan suave que parecía que rozara una mano invisible, la mano de una mujer, de la que solía portarlo. Su mirada se empañó por un segundo al recordarla. Él era su sustento, al igual que la deidad de la Victoria, Nike, cuyo espíritu reposaba en el cetro. ¡Tenía que estar a su lado para apoyarla!
- Ya escuchaste a Palas, Seiya. No nos moveremos de aquí hasta que ella regrese con noticias de Atenea. Y respecto a ti… Si nuestra diosa te considera tan valioso como para sacrificase ella misma, tendremos que respetar sus deseos – repuso encogiéndose de hombros.
El joven apretó los puños, pero bajó la cabeza y no dijo más.
- ¿Cómo? – preguntó Koga alarmado - ¿Sacrificarse? Venga, en serio ya. ¿Qué está pasando?
El caballero de Sagitario no podía devolverle la mirada. Él y sólo él era el culpable de esta situación. Incapaz de soportar más el dolor, se volatilizó en un rayo de luz, teleportándose a su morada.
- Tranquilo, Koga. Todo irá bien – dijo Shun para calmar al muchacho.
Yuna le apretó la mano. Hyoga asintió a las palabras de su compañero.
- Perdonad a Seiya. Esto le está superando – rogó Kiki.
- Sí, perdonadle. No está acostumbrado a que cuiden de él – intervino Integra – Le mata esta tensa espera.
Fudo de Virgo también asintió.
- Ven, Koga, demos un paseo – añadió Shiryu pasándole un brazo por el hombro y animándole a caminar junto a él hasta la puerta – Yo te lo explicaré.
...
- ¡Hermana! ¿Estás bien? – preguntó la diosa Palas entrando en la habitación de confinamiento.
Atenea se volvió emocionada al oír la voz familiar y corrió a tomarla de las manos.
- ¡Cuánto me alegro de verte! – exclamó la protectora de la Tierra - ¿Cómo te han dejado pasar?
- ¡No hubieran podido impedirlo! – respondió la muchacha encogiéndose de hombros – Tengo los mismos derechos que ellos y, además, Titán está fuera vigilando la puerta. Podemos hablar tranquilamente.
Saori seguía apretando las manos de su hermana menor. ¡Era tan agradable tener a alguien a su lado! ¡Había tantas cosas que quería preguntarle! ¡Seiya! ¿Cómo está Seiya?, pensó.
- Palas, ¿qué ha ocurrido en la Tierra? ¿Ha sido atacado el Santuario? ¿Están todos bien?
Las pupilas de Atenea titilaban inquietas. Había algo más que quería preguntar y no se atrevía. La joven diosa del Amor lo advirtió.
- Sí, todos bien. Deseando venir a rescatarte y, esta vez, no podrás impedirlo – afirmó condescendiente con una dulce sonrisa y se apiadó de ella – Seiya también está bien.
Saori se ruborizó. ¡Deseaba tanto tener noticias suyas! ¿Qué pensaría ahora que le había confesado la verdad?
- Ese hombre está desesperado por regresar a tu lado. No sé qué le has dado pero, en mi opinión, está loco por ti – añadió – Me suplicó que le dejase venir conmigo.
- Seiya… - murmuró con tristeza – Desearía que no vinieras y, sin embargo, sé que no podré detenerte. ¡Qué triste destino! ¡Sufrirás de nuevo mil muertes por mi causa!
Palas se puso seria de repente.
- Hermana – dijo - Hay algo que no comprendo todavía. Titán y yo tenemos suerte, porque ambos somos inmortales pero… si tanto te importa el caballero de Sagitario, ¿por qué no renuncias a tu divinidad? Eso te libraría de la ira de los dioses.
Atenea suspiró con pesar.
- ¿Y crees que no lo he pensado una y mil veces? Sin embargo, no debo, Palas. ¿Quién defendería a la Tierra si no? No puedo abandonarla a su suerte por mis deseos egoístas de felicidad.
- Tú me dijiste una vez que todos merecemos ser felices.
- Sí, ¿verdad? Lo hice, ¿cierto? ¿No es irónico? – se cuestionó la muchacha – Pero yo he de afrontar mi destino para que los demás dispongan de esa felicidad. Si renunciara a mi tarea como protectora y a mis poderes divinos otra deidad vendría a ocupar mi lugar y tú sabes que no sería tan benévola. Mi sacrificio permite a los hombres llevar la vida que desean y a mis caballeros la mayor parte del tiempo – admitió apesadumbrada.
- ¿La mayor parte?
Saori asintió.
- Menos cuando deben luchar por la paz y la justicia. Y aún entonces, lo hacen por voluntad propia – hizo una breve pausa para recordar – Hubo una época en que creí, cuando era más joven, que podría devolverles sus vidas normales. Pensé que, acabada la lucha para recuperar el Santuario podrían retomar la cotidianidad de antes. Sin embargo, ellos… ellos me demostraron cuán equivocada estaba. Seiya me lo ha repetido mil veces desde ese día: "Cuando uno se convierte en caballero de Atenea está preparado para defenderla siempre". Palas, yo sólo trato de hacerles el camino más dulce, protegiéndoles y estando a su lado para apoyarles; pero son ellos los que defienden la Tierra realmente.
- Entiendo – asumió la diosa del Amor - ¿Y qué hay del caballero de Sagitario?
- ¿Qué puedo decir? – respondió esbozando una triste sonrisa – Él es mi más fiel y leal servidor y yo… su más devota y ferviente admiradora.
- Deberías darle la oportunidad de decidir su destino. No es de los que se conforman.
Saori abrió los labios para contestar. No pudo empezar la frase. Zeus, el dios de los Cielos, quien regía sobre todos ellos, entró por la puerta y, detrás, un Titán azorado por no haber podido cumplir los deseos de su señora. Ambas mujeres se inclinaron ante él inmediatamente.
- Padre… - dijeron las dos al unísono con reverencia.
Zeus era la clase de entidad que imponía autoridad nada más verle. Sus cabellos canos reflejaban una gran experiencia y, aunque aparentaba unos cincuenta años, sus ojos vivaces delataban una gran energía. Las observó seriamente mientras se mesaba la barba. Ninguna alzó la vista.
- Atenea, mañana al alba serás juzgada por tu comportamiento con los mortales por el consejo de los doce dioses olímpicos – proclamó con solemnidad - ¿Tienes algo que decir?
- Mi señor, sólo os ruego que sea yo la única juzgada. No culpéis a los seres humanos por mis pecados – respondió ella sin atreverse a mirarle ni a moverse.
- ¡Palas! ¡Déjanos ahora! – ordenó él.
Eso fue suficiente para que la joven abandonara la estancia sin mediar palabra alguna seguida de Titán.
- Hija mía, mírame – le pidió a Atenea.
Ella obedeció. Los ojos de ambos se cruzaron. Tenían la misma mirada color azul profundo.
- Sabes que eres mi hija predilecta. Me apena esta situación – dijo tomándola del brazo y alzándola – Si me dejaras, yo podría extirparte ese sentimiento que te condena. Afrodita no podría acusarte.
- Te lo agradezco, padre. Y aprecio tus buenas intenciones, pero dejarte hacer eso sería como permitir que me arrancaras el corazón. Aunque mi amor no albergue esperanzas, no quiero dejar de sentirlo. Prefiero el castigo – respondió.
- Quizás los mortales sean castigados también…
- En ese caso, mis caballeros se levantarán contra los dioses, les vencerán y yo estaré a su lado para impedir que hagáis daño a la humanidad – afirmó orgullosa.
Zeus alzó una mano y le acarició la mejilla con cariño.
- ¡Qué afortunado es ese hombre que me ha robado tu afecto! – exclamó - ¡Cuánto le envidio!
- Padre… - pronunció ella sintiéndose de pronto pequeña e indefensa.
Una lágrima de añoranza por tiempos pasados resbaló por su rostro. Permanecieron unos segundos en silencio mirándose. Luego, el dios del Cielo suspiró resignado.
- Eres terca y obstinada como yo. No puedo ayudarte entonces, hija mía. Mañana los dioses impartirán su justicia. Sólo espero no tener que matar con mis propias manos al ser que amas – concluyó alejándose de ella y abandonando la alcoba con premura.
Saori se dejó caer al suelo llorando. El destino del caballero de Sagitario y de la Tierra pendían de un delicado hilo.
...
- ¡Por los meteoros de Pegaso! – exclamó Seiya lanzando su ataque contra las huestes de los dioses allí reunidos bajo el cielo nocturno.
Su golpe dejó inconscientes a la mitad de los guerreros que habían venido para atacarles. La entrada al Olimpo se había convertido en un campo de batalla.
- ¡Polvo de diamantes! – gritó Hyoga del Cisne ataviado con la armadura de oro de su difunto maestro Camus de Acuario.
Otros veinte secuaces que se acercaban por detrás del caballero de Sagitario cayeron al suelo. Ambos quedaron espalda contra espalda cubiertos.
- ¡Replegaos! – bramó Harbinger furioso - ¡Maldición!
En su mano llevaba la figurilla de la armadura de Atenea y no podía moverse libremente con ella. La cadena nebular de Andrómeda, controlada por Shun, detuvo las flechas de los arqueros a su alrededor. Kiki de Aries desvió otras cuantas con sus poderes telequinéticos. Seiya y Hyoga estaban a punto de ser alcanzados por las saetas cuando Shiryu, que también vestía la armadura de Libra de su maestro, les cubrió con los dobles escudos que poseía. Los tres se miraron un segundo. Estaban acostumbrados a entenderse en estas situaciones. Cada uno saltó en una dirección para desconcertar al enemigo, replegándose junto al caballero de Tauro y sus amigos Shun y Kiki.
- ¿Por qué tarda tanto esa mujer? – preguntó Harbinger – prometió enviarnos el cetro cuando estuviéramos aquí. Llevamos ya un rato peleando y por cada uno que matamos aparecen diez más. ¿Qué diablos está haciendo?
- ¡Ten paciencia! – le rogó Kiki a la vez que usaba su ataque – ¡Explosión estelar! – otros cuarenta servidores de los dioses fueron eliminados - ¡No debe ser fácil! ¡Confía en Palas!
Hermosos campos de flores habían quedado devastados. La sangre de los caídos los teñían; pero del enorme templo central, tan amplio como tres casas del Zodíaco juntas, no dejaban de unirse a la batalla más y más luchadores con la firme intención de defender a los dioses. Los arqueros formaban en sus escalinatas dos filas perfectas y sus flechas eran muy peligrosas. Delante de ellos la infantería los defendía implacablemente.
¿Cómo habían llegado hasta ahí? Cuando Palas se presentó esa tarde, nada hacía presagiar la inminencia del combate hasta que comenzó a explicarles.
- Atenea será juzgada al alba. Tenéis que llegar hasta ella antes de ese momento – suspiró aliviada de haber llegado a tiempo de darles la noticia.
El corazón de Seiya dio un vuelco. Conocía demasiado bien la sensación de luchar contrarreloj para salvarla. Nunca podría acostumbrarse. Cada vez era como la primera. Los mil golpes que recibiría no serían nada en comparación con la punzada de angustia que se le clavaba una y otra vez en el alma.
- Deberéis llevarle también su armadura y su cetro para que pueda defenderse. De hecho, necesitáis el báculo sagrado para poder llegar junto a ella.
- Explícanos, por favor – pidió Kiki.
- Si pusierais un pie en el Olimpo sin el cetro moriríais inmediatamente. Sólo los dioses pueden pisar ese lugar o sus protegidos. Si vais con la diosa Nike estaréis en cambio bajo su protección, que es también la de Atenea.
Todos asintieron.
- Pero además, necesitamos el báculo para llegar hasta las tierras de los inmortales. Puedo abriros un portal hasta allí desde la Colina de las Estrellas, el lugar donde, como sabéis, vuestros Patriarcas han consultado desde siempre los oráculos. Con el poder de Nike como conexión con mi hermana y el mío propio, puedo hacerlo. Una vez que hayáis entrado os lo enviaré para que os proteja y se lo llevéis a su dueña.
- ¡Está bien! ¿A qué esperamos? – dijo Seiya apresuradamente tomando el cetro - ¡Vamos!
- ¡Espera! – le detuvo Harbinger – ¡Tú no vas!
El corazón se le paró en seco. No, eso era demasiado. ¿Quedarme mirando? Mientras Saori… "su" Saori…. Esto no podía estar pasando. Alguna deidad de crueldad infinita estaba disfrutando con ello, sin duda. Si permanecía aquí de brazos cruzados su cosmos amenazaba con consumirlo en sus propias llamas.
- ¡Detenme si puedes! – exclamó el caballero de Sagitario adoptando su postura de combate y haciendo arder su aura con una violencia inusitada.
El caballero de Tauro se preparó también para el enfrentamiento. Su energía cósmica alcanzó al instante el mismo elevado nivel. El choque de sus poderes podría devastar varias millas si llegara a producirse.
- ¡Déjale ir, te lo ruego! – se conmovió Palas – Mi hermana sabe que no puede impedírselo, aunque… ciertamente le gustaría.
- De acuerdo – accedió el Patriarca a regañadientes, relajándose con un bufido. No era el momento de pelearse entre ellos.
- ¿La has visto? – preguntó Seiya esperanzado - ¿Has hablado con ella? ¿Está bien? ¿La han herido?
- Se encuentra perfectamente, caballero. De hecho, su mayor preocupación eres tú ahora mismo. No sufras. Ella no quiere que lo hagas.
Esas palabras le habían infundido el valor y el coraje que le faltaban. Y ahí estaba. Otra vez dispuesto a lograr lo imposible. A vencer a los mismos dioses para realizar el milagro de salvarla. Dispuesto a todo por la mujer a la que amaba. No te retrases, Palas, pensó por último antes de lanzar un nuevo ataque.
...
Ya casi llego, se dijo Koga. La armadura le pesaba. La subida a la Colina de las Estrellas era una locura en sí misma. El sitio llamado así no era más que una enorme elevación del terreno rodeada de acantilados por todas partes. Sus paredes eran, además, prácticamente verticales y muy difíciles de escalar. Su pie derecho resbaló un poco y cometió el error de mirar hacia abajo. Ya casi no podía ver el suelo. Empezaba a creer que se denominaba "de las Estrellas" porque estaba muy cerca de ellas. Una caída en este momento sería una muerte segura. ¡Maldita sea!, pensó, ¿por qué no le habían esperado?, ¿por qué querían dejarle atrás? Ya no era ningún niño. Él también tenía derecho a ir a rescatar a la mujer que le había cuidado desde pequeño. ¿Por qué no lo entendían? Estaba claro que nunca le habían tomado en serio cuando dijo que quería acompañarles. Ya era bien entrada la noche y apenas había sido esta mañana cuando lo propuso. Shiryu le había pedido que le acompañara para explicarle algunas cosas y él le había seguido.
- Verás, Koga… - comenzó – Seiya está muy afectado por todo esto. Su relación con Atenea es muy cercana – le explicó sin querer darle demasiados detalles.
¿Muy cercana? El muchacho estuvo a punto de reírse en su cara sino fuera por la gravedad del asunto.
- Ya – respondió él llanamente – No hace falta ser un lince para verlo.
El guardián de Libra pareció sorprendido.
- Oye, Shiryu… A ver, soy joven; pero no estoy ciego. Lo de ellos es algo más que "una relación cercana". Quizás para alguien menos observador lo sea. Pero Saori en persona me crió durante trece años y, en todo ese tiempo, nunca la vi sonreír de verdad. Sólo eran medias sonrisas de compromiso destinadas a hacerme feliz. Sin embargo, sus ojos jamás se iluminaban. Luego, cuando creía que yo no la observaba, ella sostenía en su mano la gema de Pegaso y su mirada se ensombrecía de tristeza. Pasaba largas horas así, perdida en sus pensamientos. Algunas veces Tatsumi me decía que estaba indispuesta. Averigüé que por las noches salía a contemplar las estrellas y lloraba paseando por la playa hasta el alba. El día que regresó Seiya la vi sonreír de verdad por primera vez – concluyó el muchacho.
- Vaya, veo que tu fama de chico inteligente es merecida – le concedió Shiryu.
Koga le miró seriamente.
- Y espero que él esté a la altura, porque te puedo asegurar que no hay un amor más puro y desinteresado que el de la señorita Saori – agregó desafiante.
El caballero asintió.
- Puedes estar seguro de ello. El amor que se profesan es mutuo.
Y, a pesar de considerarle un "chico inteligente", le habían dejado atrás marchándose a la batalla sin avisarle.
Por fin consiguió poner la mano en la cima de la colina. Con penuria y esfuerzo logró alzar su cuerpo. Respiró agotado, intentando recobrar el aliento. Un brillo le cegó de repente. Sobre el templo, junto al altar del oráculo, el báculo sagrado de Atenea brillaba con la intensidad del sol. Debajo suya, un portal abierto desprendía un resplandor aún mayor. De pronto, una mano le tomó del brazo con urgencia.
- ¡Corre! ¡Date prisa! – le dijo la diosa Palas.
- ¿Eh?, ¿qué? – preguntó él sorprendido.
- Te estaba esperando. El oráculo me dijo que vendrías, pero llegas tarde. Ya hace un rato que están luchando en el Olimpo. ¡Debes llevarles el cetro! – añadió con premura - ¡La diosa Nike os protegerá de todo mal!
- ¿Yo?, ¿por qué?
- ¡Oh, Koga! ¡No hay tiempo! Si tomo yo el báculo el portal se cerrará. Sólo tú puedes cogerlo y pasar con él, porque llevas desde que eras un bebé contigo parte de la luz de mi hermana, parte de su cosmos. ¡Apresúrate! ¡Te necesitan!
No dudó más. Ya había escuchado suficiente. Alcanzó el cetro con la mano y se lanzó a la luz del portal.
...
La sala del concilio era un sitio sumamente bello de suelos marmóreos y columnas de alabastro. La amplitud era inmensa. Los asientos de los olímpicos majestuosos en oro y joyas. No obstante, todo se notaba frío y desprovisto de vida. Los tronos idénticos de Zeus y de Hera presidían la sala. A su alrededor, los demás. El sitio de la guardiana del Santuario, las Artes y la Guerra estaba vacío. En el centro, de pie, se erguía su dueña con actitud altiva.
- Atenea, deidad protectora de la Tierra, se te acusa de haber traicionado a tus congéneres los dioses para defender a la humanidad. Y se te acusa también de mantener una relación de depravación con un ser humano, más allá de la lealtad y respeto que éste hubiera debido profesarte como corresponde al servidor de un dios – proclamó Zeus.
La joven escuchó impávida la acusación ante el concilio de los doce. No pestañeó apenas. A pesar de ello, era duro escuchar tales mentiras. ¿Relación de depravación?, repitió para sí asqueada. ¡Si ni siquiera conocía mi amor por él! ¿Cómo se supone que hubiera mantenido algún tipo de relación?
Nueve de los doce dioses olímpicos la miraban expectantes. Poseidón seguía encerrado en el ánfora y Hades había muerto a manos de ella misma, protegida por su leal caballero. Hera, la mujer de su padre, su madrastra, parecía aburrida con todo esto; pero apoyaría a su hijo Hefaistos. Éste ya había dejado claras sus oscuras intenciones y, Afrodita seguía pensando en hacerle la vida imposible. No entendía por qué siempre le había tenido celos. Por el contrario, Demeter y Perséfone apoyaban su causa. Madre e hija se sentían agradecidas por haberlas librado de un yerno y marido como Hades. Por primera vez desde la época mitológica podían estar juntas todo el año sin que Perséfone tuviera que trasladarse seis meses a vivir al infierno con su esposo. Hestia también se sentía dispuesta hacia la nobleza de su lucha por la humanidad, ya que estaba profundamente ligada a los hogares humanos. Y, por último, los gemelos Artemisa y Apolo, que regían sobre la luna y el sol, eran bastante neutrales. Sin embargo, el hecho de haber desafiado el "status quo" de los dioses los perturbaba hasta tal punto que se avivaban sus deseos de castigarla.
- Atenea, ¿quieres alegar algo en tu defensa? - le ofreció Zeus.
Estaba claro que el juicio estaba ya decidido. Sumó los votos mentalmente y el resultado era en su contra. Sólo esperaba, con toda su alma, conseguir librar a la humanidad y a Seiya de castigo alguno. Recibió la dureza de las miradas de sus "hermanos" divinos cuando se atrevió a abrir los labios para responder. Juzgaban que no tenía derecho a defenderse, que sus palabras serían una ofensa para sus oídos.
- Padre de los dioses, magnánimo Zeus – comenzó diciendo – Decís que os he traicionado cuando sólo he actuado en defensa propia. ¿Acaso tanto Poseidón como Hades no me desafiaron y atacaron sin que existiera provocación alguna por mi parte? Entonces, ¿cuál fue mi delito? ¿Defenderme? ¿Y acaso, siendo yo la protectora de la Tierra, y habiendo desafiado ellos mi autoridad, debía quedarme de brazos cruzados y dejar que arrasaran mis dominios? ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar?
- Ciertamente, habríamos atacado a los usurpadores – concedió Zeus.
- ¿Y qué hay de tu relación con el humano? – preguntó Afrodita con maldad.
- ¡No existe esa relación que tú proclamas! – repuso Atenea alzando la barbilla desafiante y orgullosa, sin molestarse en dirigirle la mirada.
No cabía duda de que era la hija del dios del Cielo, y la que más se parecía a su padre.
- ¿Acaso negarás que le amas?
- No voy a negar lo evidente, hermana – puntualizó – Sería absurdo por mi parte. Como todos sabéis también soy humana, así que no deberíais extrañaros si albergo en mi corazón sentimientos igualmente humanos. Os puedo asegurar que jamás pensé que esto sería motivo de debate ante vosotros. Sin embargo, no he cometido afrenta alguna hacia mis semejantes. Antes bien, he contenido en lo más profundo de mi ser esos sentimientos para no ofenderos.
- ¡Mientes! – exclamó Hefaistos indignado - ¡Los has escondido para que no le matáramos!
Saori guardó silencio un instante. Eso también era verdad. ¿Iba a admitirlo?
- Quizás no podáis comprenderlo… - aceptó – Pero cuando amas a alguien con todo tu corazón… cualquier sacrificio es poco por verle feliz – continuó arrodillándose ante Zeus y bajando la cabeza – Sólo os ruego que caiga toda vuestra justa ira y merecido castigo sobre mí. Yo soy la única culpable de lo que albergo en mi pecho. No hagáis escarnio de un mortal que ni siquiera conocía lo que sucedía. Os lo suplico, dejadle vivir en paz.
Atenea puso las palmas de las manos en el suelo e inclinó su frente hasta tocarlo. Las lágrimas asomaban en sus hermosos ojos azules.
- Dices que tu caballero no sabía nada y, sin embargo, tu hermana asegura que te ama. ¿Cómo es posible?
- Lo ignoro – repuso la joven con sinceridad, sin dar demasiado crédito a las palabras de Afrodita.
- Tal vez ella ha inspirado ese mismo sentimiento en él sin revelarle la verdad – se atrevió a intervenir Perséfone.
Su madre la miró con cara de reproche por su impulso.
- ¡Ella es capaz de eso y más! – aseveró Hefaistos con desdén.
Él lo sabía muy bien.
- ¡Vamos! – exclamó Hera - ¡Estoy aburrida! No sé qué hay de extraño en todo esto. No es el primer mortal que tiene un escarceo con una diosa.
- La diferencia radica - le explicó Apolo – en que Atenea no dudaría en matarnos a todos por salvar al humano del que hablamos, ese tal Seiya, su más leal y fiel caballero.
- Y que para ella, querida esposa, no es un escarceo. Si fuera libre, daría rienda suelta a sus anhelos – dijo Zeus sin dejar de mirar a su hija postrada en el suelo con la frente apoyada en el blanco mármol – No obstante, los mortales son veleidosos y volubles. ¿Podrá ese hombre seguir a tu lado ocurra lo que ocurra? ¿Será digno de ti en cualquier circunstancia? – añadió mesándose la barba pensativo.
- ¡Sí, lo será! – respondió ella convencida.
- ¡Sea pues! – agregó el dios de la bóveda celeste – Me pides que perdone a los humanos, pero ellos luchan a las puertas del Cielo para llegar junto a ti. ¿No es paradójico?
Saori abrió los ojos con sorpresa. Ignoraba que hubieran llegado hasta allí.
- Os pondré a prueba entonces dada vuestra mutua fe y, después, decidiré a quién castigo – concluyó alzando la mano - ¡Prepárate! ¡Serás libre de actuar como desees!
Y yo haré esa prueba más interesante, pensó Afrodita maliciosamente.
...
Koga sintió todo dar vueltas y, de pronto, apareció en un lugar que recordaba a las nubes. El báculo en sus manos se había convertido en una pequeña estatua de la diosa Nike. Cerró la mano para no perderla y miró bien a su alrededor. Había decenas de muertos y heridos por todas partes. Más hombres armados como soldados se acercaban desde un templo al pequeño grupo que resistía los ataques. Pudo observar el destello de sus armaduras y las cadenas de Andrómeda en acción. Se apresuró corriendo hacia allí, parecían en apuros.
- ¡Seiya! – llamó - ¡Lo tengo, tengo el cetro! – continuó alzando la mano para que apreciaran la pequeña estatuilla.
No sólo él, también Hyoga y Kiki levantaron la cabeza y le vieron; pero el caballero de Sagitario cambió inmediatamente su expresión de alivio por una de alerta.
- ¡Koga! ¡Cuidado! ¡Por detrás! – gritó lanzándose impulsado por sus alas doradas hacia él - ¡Trueno atómico! – exclamó liberando su más poderoso ataque.
El chico no tuvo tiempo a reaccionar antes de sentir un dolor agudo en la espalda y el calor previo a la quemadura. Cayó hacia delante por la fuerza del golpe. Aún así, pudo ver a Seiya atravesar con su rayo de luz a quienquiera que le había golpeado a traición. Lamentablemente, la diosa Nike se escapó de su mano. El caballero de oro se volvió hacia él.
- ¿Estás bien? – preguntó preocupado examinándole con la mirada.
- Nike… - logró balbucear.
- Seiya se dio cuenta de lo que quería decir y se apresuró a buscarla con la mirada. Uno de los hombres contra quienes luchaban se agachó a recogerla con curiosidad.
- ¡Por la ejecución de la Aurora! – exclamó Hyoga.
Y el guerrero fue alcanzado por un rayo de nieve fulminante que le dejó congelado. La diosa se resbaló de sus manos y cayó de nuevo. Shun lanzó sus eslabones y pudo atraparla con ellos. Shiryu le cubrió la espalda con los dobles ninchakus; pero cuando parecía que la atraía hacia sí, la cadena dejó de obedecerle y se convirtió en un pedazo de hierro inerte. Cayó al suelo ante sus ojos. Miró hacia el templo confundido. Hefaistos, que acababa de unirse a la contienda tras el juicio, le sonreía divertido desde lo más alto de la escalinata. Estaba claro que había sido cosa suya. Los arqueros volvieron a disparar. Todos trataron de cubrirse. Harbinger fue herido en el brazo con el que se protegía. Otro guerrero tomó a Nike y empezó a correr con ella para llevarla, sin duda, al herrero de los dioses.
- ¡Revolución estelar! – gritó Kiki apareciendo a su lado.
El hombre salió proyectado hacia atrás. La figura voló por los aires de nuevo. Kiki pretendía concentrarse para teleportarla hacia él. Pero un nuevo enemigo se lo impidió.
- ¡Koga, resguárdate! – exclamó Seiya desplegando sus alas para alcanzarla.
Un nuevo arquero se situó junto a Hefaistos en las escalinatas del templo. Era un joven de una belleza singular, por el que suspiraría cualquier mujer nada más verle. Sus cabellos ensortijados, sus ojos grandes y expresivos, su cuerpo increíblemente atlético. Tensó su arco al mismo tiempo que los demás.
- Ahora vas a ver el verdadero poder de mis flechas – le dijo al herrero divino – No creas que sirven sólo para enamorar a las almas incautas. Te mostraré el efecto de su ataque.
- No he dudado nunca de ellas, Eros. Yo te las forjé – respondió el guardián del Fuego mientras observaba cómo disparaban a la vez.
Seiya pudo llegar a la diosa Nike en el aire y sujetarla con fuerza en la mano. Lo logré, pensó satisfecho, viendo más cerca la salvación de Atenea. Las saetas cayeron sobre ellos. Todos consiguieron esquivarlas. Sin embargo, cuando miraron al cielo, el caballero de Sagitario había sido alcanzado en el pecho por una flecha plateada. Aun herido, apretaba con firmeza la estatuilla sin soltarla.
