SHAINA Y SEIYA

Saori empezó a vagar en medio de la tormenta de nieve hacia delante. Una vez pronunciada la sentencia de Zeus, toda la sala había cambiado ante sus ojos o, mejor dicho, ella había sido teleportada a un sitio diferente. No obstante, no era un lugar desconocido. Sabía que se encontraba en el Reino de Asgard, el Reino del Norte. Después de su batalla contra Poseidón había pasado unas semanas allí como invitada de la sacerdotisa de Odín. Tanto Hilda, como su hermana Flare, la habían llevado por los lugares más hermosos de sus dominios. Reconocía el paraje nevado. Ignoraba qué pretendía su padre trayéndola hasta aquí, pero sabía que tarde o temprano lo averiguaría. El fino vestido sin mangas que llevaba cuando Afrodita la obligó a acompañarla, le daba una escasa protección contra el frío glacial de la zona. Hizo arder su cosmos para no morir congelada. Sin embargo, no conseguía avivarlo como siempre, estaba debilitado. Supuso que quitarle parte de su poder era una consecuencia del castigo.

Ya casi no veía, pues la nieve le golpeaba en los ojos, cuando, de pronto, como de la nada, a apenas diez pasos frente a sí, se materializó una figura que conocía. Lo primero que vislumbró fue el brillo dorado de su armadura, luego, las inconfundibles alas. El caballero de Sagitario acababa de aparecer ante ella. Su corazón saltó de alegría y comenzó a latir apresurado. Corrió hacia él. Sin embargo, algo no iba bien. Su cosmos también era débil. La persona que se había dibujado en la tormenta cayó de repente como fulminada al suelo.

- ¡Seiya! – gritó angustiada.

No obstante, sus labios no emitieron sonido alguno. Había perdido la voz, pensó. ¡No! Los dioses le habían privado de ella, comprendió.

...

Afrodita rió para sus adentros mientras apuraba una copa de vino en sus aposentos.

- ¿Qué te resulta tan gracioso? – le preguntó su jovial amigo, el dios Dionisio.

- Atenea, querido. Me resulta muy divertido todo eso de su inclinación hacia ese mortal.

- ¿En serio? – volvió a preguntarle el dios de las Celebraciones arqueando una ceja.

- ¿Sabes? Te diré un pequeño secreto. Zeus ha dispuesto una prueba para ellos, pero yo la he complicado un poco más. He añadido a alguien sin que lo supiera – añadió jactándose.

- ¡Estás loca! Si te pilla yo no quiero saber nada – declaró deleitándose con un buen racimo de uvas.

Entraron dos sirvientes con otra jarra de vino y una bandeja más de fruta. Rellenaron ambas copas y se marcharon tan eficazmente como habían venido.

- No tienes nada que temer – aseguró la bella diosa – Sólo habrá que esperar los resultados.

- ¿Qué resultados? – preguntó él sin demostrar mucho interés.

- Veremos cómo reacciona la divina Atenea cuando se encuentre con su rival y, sobre todo, ahora que ha perdido la voz – se rió la joven a carcajadas - ¿Se pondrá celosa como una humana cualquiera?

Dionisio se encogió de hombros y siguió disfrutando de sus manjares.

...

Saori sujetaba a Seiya contra su pecho bajo la tormenta de nieve. Había descubierto la herida de flecha y lloraba desesperada por no poder gritar pidiendo ayuda. El poder curativo de su cosmos también había sido mermado por los dioses. ¿Es que ese era su castigo? ¿Verle morir entre sus brazos sin poder hacer nada para salvarle? El caballero volvió en sí unos instantes al sentir su cálida aura y la miró.

- ¡Atenea! – la nombró al reconocerla - ¡Estás a salvo! – suspiró aliviado.

Su expresión se relajó. Ella le indicó con un dedo en los labios que guardara silencio. Saori está llorando, pensó. ¿Qué ocurre? ¿Algo va mal? Descubrió la flecha clavada cerca de su corazón y comprendió. ¡Debo darle a Nike!, se dijo. No puedo morir sin entregársela. Y haciendo acopio de todas las fuerzas que le quedaban tomó su mano con delicadeza y depositó en ella un pequeño objeto, la estatuilla de la diosa de la Victoria. Ella miró lo que le había entregado y asintió comprensiva. Saori, te amo, quiso decirle él; pero cayó inconsciente de nuevo. ¡Seiya, no te mueras, por favor!, le rogó la joven mentalmente. ¡No así! ¡No en mis brazos! No podría soportarlo. Para su desgracia, tampoco podía ya comunicarse con él de esa manera.

Abstraída estaba en esas amargas cavilaciones cuando sintió una mano apoyarse en su hombro. Se volvió sobresaltada. Era Shaina. ¡Shaina!, ¿pero qué estaba haciendo ella en Asgard? La guerrera de plata de Ofiuco vestía su armadura y la máscara tradicional que las mujeres de su orden usaban para taparse el rostro. Aunque era una ley antigua y desfasada, para ella seguía siendo una grave ofensa que le vieran la cara, mucho peor que si la descubrieran desnuda.

Atenea, sin pensárselo dos veces, la agarró del brazo y le señaló al caballero herido; luego se indicó a sí misma y a su garganta, negando con la cabeza.

Afortunadamente, la recién llegada comprendió parte de lo que trataba de explicarle.

- ¡Vamos! – dijo Shaina – No sé muy bien cómo hemos aparecido aquí, pero tengo claro que no podemos quedarnos o moriremos congelados.

Se agachó y recogió del suelo a Seiya echando su brazo por encima del cuello para llevarle. Saori se aprestó a ayudarla compensando su peso por el otro lado, colocándose bajo el otro brazo del joven. Penosamente, comenzaron a caminar. Cada paso costaba más que el anterior y ambas permanecían calladas, concentradas en el esfuerzo que estaban haciendo. La tormenta parecía golpear cada vez con más fuerza. La mujer caballero rompió el incómodo silencio.

- Estaba en el Santuario haciendo guardia, tal y como Harbinger había indicado. Parpadeé un momento y al instante siguiente me encontraba en esta región inhóspita. Y, aunque no entiendo lo que ha pasado, vos lo sabéis, ¿verdad?

Atenea asintió sin volverse, jadeando. Sus ojos mostraban una férrea determinación. A Shaina le impactó. Pocas veces había visto a nadie con una mirada como esa. Esta mujer se había ganado su respeto a lo largo de los años. No conocía a persona alguna capaz de soportar sufrimientos por los demás igual que ella. Ahí estaba, ayudándola a cargar a Seiya, agotada por el esfuerzo, pero sin quejarse jamás. Igual que él, pensó y reparó entonces en lo mucho que ambos se parecían.

Transcurrido otro rato penoso, tropezaron con la pared de una montaña bastante inexpugnable. La elevación del terreno se perdía casi de vista.

- ¡Nunca podremos subir eso! – exclamó Shaina con rabia. ¿Cómo diablos iban a salir de ésta? ¡Morirían los tres!

La diosa, sin alterarse, sacó con delicadeza algo que guardaba en su mano, una pequeña figura de piedra. La sostuvo en su palma abierta y, poco a poco, se fue transformando en el inconfundible cetro de Atenea. Sin ningún otro preámbulo, lo hizo brillar en el extremo hasta que de él salió un rayo que golpeó la montaña. El sonido de la roca al romperse retumbó por todo el valle. Shaina se tapó la cabeza con la mano instintivamente cuando la nieve de lo más alto se vino encima como un alud; sin embargo, una esfera divina los protegió de que fueran sepultados. Cuando miró de nuevo, en lugar de la roca había una profunda gruta natural y, Atenea tenía de nuevo "esa" mirada retadora y desafiante. Al instante, agotada, cayó de rodillas al suelo.

- ¿Estáis bien? – le preguntó preocupada la guerrera.

Ella la miró con sus profundos ojos azules y le sonrió ampliamente.

...

- ¡Maldición! – exclamó Shaina llena de rabia y frustración - ¡Si le arranco la flecha se desangrará!

Se habían refugiado en la gruta y encendido un fuego. La mujer caballero se afanaba en detenerle la hemorragia con un pañuelo que solía llevar atado a su cintura. Ambas jóvenes estaban arrodilladas junto a él. Saori le había quitado delicadamente la diadema de oro y le enjugaba la frente del sudor frío que empezaba a invadirle. Seiya, pensaba, si mi cosmos estuviera al cien por cien de su poder podría curar tu herida, desgraciadamente… no es así y, ese… ese proyectil de platino… es una saeta de Eros. No sanará sin intervención divina.

- Saori – la llamó el hombre en sueños agitados desde la inconsciencia.

Ella le tomó la mano con ternura. Él se la apretó y se tranquilizó un poco con su contacto. Shaina los contempló por un segundo. Su cabeza evocó una imagen que había visto trece años atrás. En aquel entonces trataba de matar a Seiya porque había descubierto su rostro y, se negaba a admitir que se había enamorado de él. Era de noche y, desafiando todo pronóstico, el joven se había arrojado a un precipicio con Saori en brazos para protegerla de Jamian y de ella misma. Por la mañana, bajó a buscarlos y descubrió a la dama a punto de besar al inconsciente guardián de Pegaso. Celosa, la había interpelado para evitarlo. Lo consiguió, sin duda. La muchacha no se atrevió. Sin embargo, tomó la mano de su fiel protector y se negó a dejar que lo matara aun a riesgo de perder su vida. ¡Y eso que bien la había amenazado! Desde ese día, y a la luz de todos los acontecimientos posteriores, había lamentado infinidad de veces su intervención en aquel momento tan importante para el caballero y su diosa. Sabía que ese instante especial había cambiado el rumbo de las cosas. Algo surgió entre ellos, de alguna manera, como ocurre todo en esta vida, casi sin darse cuenta. Y Shaina había impedido, en su egoísmo, la única posibilidad de ambos para consumar el sentimiento hermoso, brillante e infinito que se tenían. Ninguno de los dos, después de tantos años, había recibido aún un beso de amor. Nunca hablaban de ello; pero era evidente que lo guardaban el uno para el otro. ¡Bésale!, estaba casi a punto de gritarle, cuando el cosmos de Atenea se desplegó sobre el joven herido, envolviéndolo con su dulzura y calidez.

Quizás no pueda curarle, pensaba Saori, pero voy a hacer todo lo posible. Había hecho arder su energía al máximo para intentarlo. Rodeándole con su aura rozó con la mano levemente la herida y ésta, aunque seguía abierta, dejó de sangrar. Shaina la miró con asombro. La diosa cerró un momento los ojos para recuperarse del esfuerzo. Escuchaba el crepitar del fuego y la tormenta golpear con fuerza allí afuera. Era todo muy diferente a la última vez que había estado con Hilda y Flare en la montaña. En esa ocasión, la sacerdotisa de Odín le enseñaba el enorme poder curativo de algunas plantas de la región.

- Esta planta es el "edelweiss", que significa "blanco puro" – le había dicho la representante del Reino del Norte mostrándole una flor que nacía entre la nieve.

Era de largos pétalos nacarados y de suave tacto, como un abrigo de pieles. Parecía una hermosa estrella de algodones.

- Sólo crece en la cima más alta de las montañas, entre los hielos eternos. Se dice que aplicada en un ungüento es capaz de sanar una herida abierta en cuestión de días. Sin embargo, nuestros poderes de curación pueden superarla ampliamente – había concluido refiriéndose a ellas dos con una sonrisa.

Saori abrió los ojos. Un brillo relampagueó en ellos. ¡Ya lo tenía! ¡Eso era! ¡Tenía que conseguir esa flor! Potenciaría su efecto con lo que quedaba de su mutilado cosmos. ¡Le sanaría!

Debía explícarle a Shaina lo que pretendía. Se dirigió a la entrada con intención de escribir en la nieve para comunicarse. No obstante, apenas uno de sus dedos se acercó al frío elemento se hizo agua. Repitió la operación dos y tres veces. Ocurrió lo mismo. Comprendió que también la escritura la tenía prohibida. Por más que lo intentara, no iban a dejarla hablar de ninguna manera.

De acuerdo, pensó, entonces lo mejor será que vaya yo misma. No conseguiré que Shaina entienda lo que hay que buscar. Sin embargo, si me alejo de Seiya no podré protegerle con mi poder. ¡Sangrará su herida de nuevo! A menos que… deje la mitad de mi cosmos con él. Eso me debilitará bastante, pero… no tengo alternativa.

La guerrera de Ofiuco la observaba ir y venir con curiosidad. La diosa protectora de la Tierra tenía otra vez "la mirada" de determinación. La vio acercarse al caballero de Sagitario y arrodillarse.

Saori se concentró profundamente y, con dolor, empezó a separarse de parte de su esencia vital. Era una sensación terrible, como si muriera algo dentro de ella. Apretó los labios y aceleró el proceso. La causa merecía la pena. No tenía la menor sombra de duda.

La otra mujer la miraba intrigada. Pudo alcanzar a comprender lo que hacía Atenea con su cosmos, aunque no entendía aún el motivo.

Cuando terminó de entregarle al joven herido la mayoría de su aura, le tomó a ella la mano y la miró directamente a los ojos, tratando de expresarle algo. Shaina, quería decirle, cuídale, por favor. No permitas que le pase nada en mi ausencia. Él es mi vida, pensó bajando la vista a contemplarle una vez más. Le apartó con delicadeza los cabellos desordenados sobre su frente, suspirando. Y puso la mano de la guerrera sobre la de Seiya. Ella sería ahora su sustento, su conexión con este mundo, la que le enjugaría el sudor de la fiebre y le animaría a mantenerse con vida. Conocía hacía años los sentimientos de Shaina por el antiguo caballero de Pegaso. Para Saori, como mujer, era muy duro confiarle su cuidado; pues tenía que luchar contra sus propios celos mundanos. Pero como Atenea, sabía lo que tenía que hacer: ¡Ir a buscar esa flor! En ese trance, recordó dos cosas importantes sobre sí misma: una, que le amaba absoluta y desinteresadamente, sin esperar nada a cambio. Rechazó una nueva punzada de celos al verles cogidos de la mano. Y dos, pensó volviéndose hacia la entrada de la gruta, que no dudaría un instante en sacrificar su vida por la suya. Así que, aunque muy debilitada, tomó su cetro y, apoyándose, se dirigió de nuevo hacia la tormenta.

...

Shaina perdió la noción del tiempo, pero tenía claro que hacía horas que Saori había salido del improvisado refugio. Cuando trató de detenerla y preguntarle dónde iba, la diosa le hizo una seña de que esperara con la mano y le sonrió por toda respuesta.

¿Le habría ocurrido algo malo? Se sentía impotente, un fraude como protectora. Era su señora quien había cuidado de ella y del caballero herido en todo momento. ¿La habría atacado algún animal salvaje o habría muerto congelada? Estaba muy débil cuando se fue. Había estado usando su poder sin cesar para proteger a Seiya e incluso le entregó una parte, manteniéndole así a salvo en su ausencia. Miró al hombre que yacía a sus pies. No podía hacer nada salvo esperar y sostenerle la mano. Él empezó a delirar de nuevo.

- Sa… o… ri… - llamó a la joven en su inconsciencia.

Shaina comprendió al instante. Seguro que el caballero podía sentir el cosmos cálido y reconfortante de Atenea y creía que era la misma diosa quien estaba a su lado.

- Tranquilo, todo irá bien – le respondió apretándole un poco la mano.

La frente le ardía. La guerrera tomó un puñado de hielo de los alrededores y se lo aplicó para bajarle la temperatura.

- Saori… - murmuró él de nuevo – Saori, te amo.

Esta vez Shaina se estremeció. Una vez más se había entrometido en la relación de ambos. Esa declaración no era para sus oídos. Seiya había necesitado trece años y estar al borde de la muerte para confesarlo en voz alta. Y ahora, la persona a quién iba dirigida no estaba allí, se jugaba la vida en la tormenta. Se sintió increíblemente miserable y se echó a llorar.

...

No recordaba cuánto tiempo llevaba subiendo. Jadeó cogiendo aliento y se apoyó en la diosa Nike convertida en cetro para sostenerse en pie.

Un poco más, se dijo a sí misma. Se había concentrado sólo en un paso, luego otro, y así había logrado llegar cerca de la cima. Respiraba ya afanosamente, pero su motivación la empujaba a no cejar en su empeño. Seiya, pensó. Esta vez yo voy a salvarte a ti, aunque sea lo último que haga.

Tres pasos más. Había dejado de sentir las extremidades congeladas por el frío. Su cosmos, tras separarse de una parte, era aún más débil y ya apenas la protegía de los rigores del viento y la nieve.

Otros dos. Comenzó a ver el final de la subida. El aire le azotó la cara. Dos más y habré alcanzado la base de la cumbre. Uno ¡Veo una llanura al fin! El último. ¡Lo logré!

Ante sus ojos había una extensión de terreno nevada con lo que parecían bolas de algodón. Fijándose bien pudo darse cuenta de que era el "edelweiss". Ahora sí estaba segura de que podría curarle. Se adentró en el llano entre las flores, pero cuando fue a inclinarse para cogerlas escuchó de repente un aullido. Se volvió alarmada. A unos cien metros, un lobo la amenazaba entre las rocas que bordeaban la meseta. Retrocedió dos pasos. A su alrededor la sitiaron seis lobos más. Estaba rodeada. Las inclemencias del clima y la escasez de comida debía de tenerlos hambrientos. Enseñaban los colmillos con ferocidad. Los ojos de algunos brillaban inyectados en sangre. Al instante, el que había aullado primero gruño a modo de señal. Todos se lanzaron contra la diosa. Saori golpeó levemente el suelo con su cetro y éste resplandeció. Su maltrecho cosmos se desplegó y los lobos se inclinaron a regañadientes ante ella. Gruñían molestos y tratando de resistirse mostraban sus colmillos.

Atenea se sustentó con las dos manos a su báculo sagrado. Estoy demasiado débil, pensó. No podré mantenerlos bajo control mucho tiempo. Su aura se apagaba poco a poco. Extenuada, cayó de rodillas al suelo. El jefe de los lobos saltó hacia ella alcanzándola en la pierna, clavando sus colmillos en el muslo, a través del ligero vestido. Ambos rodaron por el suelo. El cetro se escapó de sus manos. Gritó de dolor, pero como ya sabía ningún sonido salió de sus labios. Desesperada, mientras el animal afianzaba su presa, trató de arrastrarse hasta el báculo. Sus dedos se clavaron en la tierra estirándose al máximo para llegar. Los demás lobos comenzaron a rodearla de nuevo. Podía sentir sus jadeos cerca del cuello. Un mordisco en la yugular y estaría acabada.

¡Oh, Seiya!, exclamó mentalmente. ¿Qué harías tú en mi lugar?, se preguntó cuando de pronto su mano alcanzó a la diosa Nike. Ésta brilló con intensidad; pero su resplandor era diferente. No se trataba sólo del cosmos dorado de Atenea, otro brillo azul y refulgente la envolvía: ¡Seiya!

Saori se concentró en canalizar todo su poder a través del cetro y se sintió a su vez envuelta por el aura protectora de su leal caballero. Las nubes se arremolinaron sobre el báculo y una lluvia de meteoros azules cayó con ímpetu sobre la manada, haciendo retumbar las montañas. Cuando la joven pudo incorporarse sostenida por el bastón, miró a su alrededor. Los animales estaban muertos. De algún modo Seiya había conseguido salvarla. Respirando pesadamente, las manos rasguñadas y las uñas llenas de tierra; se inclinó y cortó la flor que iba a sanarle.

...

- ¿Hola? - llamó Koga.

- Es inútil – le aclaró Shiryu – No hay nadie más que nosotros aquí. Estamos en una especie de limbo.

Junto a ellos se encontraban Shun, Hyoga y Kiki, que sostenía al herido Harbinger.

Cuando Seiya alcanzó con su mano a la diosa Nike fue atravesado por una flecha y, al instante, todo cambió. El caballero de Sagitario se volatilizó ante sus ojos inexplicablemente, tan inexplicablemente como desapareció el lugar en el que se hallaban, dando paso a este paraje desierto de nubes. Miraran donde miraran no había otra cosa. Sólo nubes. La sensación era ciertamente extraña, parecía que en cualquier momento fueran a caer del cielo. Pisaban el firmamento y, tanto a izquierda como a derecha, arriba como abajo, se extendía sólo la bóveda celeste infinita.

- ¿Pero es que no vamos a hacer nada para salir de aquí? – exclamó Koga desesperado.

- ¡Cálmate! – le pidió Shiryu – Perdiendo la calma no vas a conseguir nada. Está claro que esta partida se juega a otro nivel o los dioses no nos habrían traído hasta aquí.

Hyoga y Shun asintieron afirmativamente.

- Lo importante ahora es estabilizar la herida de Harbinger – declaró Kiki – Yo me encargaré de él, pero tendrá que estar un rato quieto – continuó imponiéndole las manos, que empezaron a brillar.

- ¡Oh, está bien! ¡Tenéis razón! ¡Es que me siento tan impotente! – se exasperó el nuevo caballero de Pegaso y lanzó una andanada de meteoros al frente para desahogarse.

...

Hacía ya más de una hora que Seiya había gritado de nuevo el nombre de Atenea. Shaina observó perpleja cómo de alguna manera su cosmos se había activado; pues un leve resplandor azul rodeó al aura dorada que protegía al caballero. Éste empezó a agitarse inquieto y a extender el brazo tratando de alcanzar algo invisible que sólo él veía. El fenómeno había durado unos segundos, luego se extinguió tan rápido como había surgido. Desde entonces, Seiya seguía intranquilo y llamando a voces a Saori. Shaina no sabía ya siquiera si escuchaba sus explicaciones o seguía delirando por la fiebre que ella ya no podía contener sin medicinas.

De pronto, una ráfaga de viento entró en la gruta y, tambaleándose, Atenea. Apenas su cosmos era ya visible. Venía exhausta, congelada y con una flor blanca en la mano que sostenía férreamente. Sus uñas estaban llenas de tierra, sus manos arañadas, su vestido embarrado de haberse arrastrado y ella llena de magulladuras en general. Tenía un aspecto lamentable, pero lucía un brillo de triunfo en sus ojos. Agotada, dejó caer su cetro.

- ¿Os encontráis bien? – dijo Shaina corriendo a sostenerla.

Saori asintió.

- ¡Por todos los demonios! ¿Dónde habéis estado? ¿Qué os ha ocurrido?

La joven se liberó con delicadeza de su apoyo para continuar su camino hacia el caballero de Sagitario. Se dejó caer junto a él y suspiró aliviada al ver que todavía respiraba. ¡Oh, Seiya!, pensó acariciándole la mejilla. ¡Tenía tanto miedo de no llegar a tiempo!

- Atenea, ¿qué vais a hacer? – preguntó la guerrera.

La diosa de la Tierra la miró y le pidió la mano tendiéndole la suya. Shaina se la dio. Saori la llevó hasta la saeta que seguía clavada cerca del corazón de su amado. La miró con intensidad.

- ¿Qué queréis que haga? – dudó ésta intimidada por la determinación de la muchacha - ¿No querréis que yo…

Atenea afirmó con la cabeza. Necesito que le arranques la flecha para poder curarle, pensó esperando que Shaina comprendiera.

- ¿Quieres que extraiga el proyectil de su pecho?

La diosa asintió de nuevo sin dejar de mirarla.

- Está bien – aceptó la mujer resignada – Confío en ti. Espero que no le matemos al hacerlo – deseó con toda su alma.

Saori ya no le prestaba atención. Todos sus esfuerzos se centraban ahora en colocar la flor que había traído cerca de la herida. Con su mano izquierda la cubrió y, con la derecha, agarró de nuevo el cetro de la diosa Nike. Éste comenzó a brillar aumentando poco a poco su intensidad. El fulgor dorado de su aura se extendió por todo su cuerpo hasta la mano que tapaba los blancos pétalos. Atenea cerró los ojos concentrándose. Shaina comprendió que ese era el momento de actuar y, sin pensarlo, tiró de la flecha con todas sus fuerzas. El grito de dolor del caballero resonó en todo el valle. La guerrera se echó a llorar con la saeta al fin extraída. La joven diosa contuvo las lágrimas. Ella no podía permitirse ser débil ahora. La vida de Seiya estaba en sus manos. ¡Arde, cosmos! ¡Consúmeme en tus llamas si es necesario!, se dijo. ¡Sana esta herida, aunque sea lo último que hagas! Su resplandor fue tan brillante que hubiera cegado al mismo sol.

Cuando Shaina pudo finalmente abrir los ojos y mirar, vio que el joven respiraba normalmente y la herida había desaparecido, como si nunca hubiera existido. En su lugar, sólo unos pétalos consumidos de lo que había sido una vez una flor. A su lado, Saori yacía pálida e inconsciente.

...

Shaina despertó después de un largo sueño reparador y no pudo evitar observar a la joven pareja. Desde que Seiya volviera en sí, al poco de que la diosa agotara su cosmos poniéndose al borde de la muerte, no se había separado de ella un solo instante y la había velado durante toda la noche sin descanso. Aún seguía ahí, vigilando su sueño, infatigable. La guerrera le había puesto al corriente de todo lo acaecido. Pero él no había dicho nada. Se limitó a escuchar sus palabras. Parecía absorto en sus profundos pensamientos.

- Duerme un poco, Shaina – le había pedido – Tú también debes estar agotada – le dijo tan gentil como era habitual en él, dedicándole una cortés sonrisa – Yo haré guardia, no temas.

Y, simplemente, se había quedado al lado de Saori contemplándola, sin atreverse a rozarla.

Ella le había hecho caso y aprovechado para reponer fuerzas. Poco o nada podía hacer a partir de este momento. Atenea estaba en buenas manos, las mejores, las de su amado. Oscurecía cuando se había quedado dormida y ahora estaba amaneciendo. La tormenta había cesado. Era una buena ocasión para salir a buscar ayuda.

- ¡Ah! ¿Ya estás despierta? – le preguntó al verla.

La dama no había recobrado aún el conocimiento. Su respiración era muy tenue y su aura apenas podía percibirse.

- Sigue muy débil, Seiya. Se pondrá bien, ¿verdad?

Él la miró sin saber qué responderle. Había estado toda la noche envolviéndola con su cosmos, intentando calentarla con él para que no muriese congelada, conteniéndose las ganas de abrazarla y darle todo el calor de su pecho porque ella era su diosa y se sentía sin derecho a tocar uno solo de sus cabellos.

- Confío en que sí – le admitió más con esperanza que con certeza – Quédate con ella, Shaina. Iré a buscar ayuda ahora que la nieve nos ha dado una tregua – dijo colocándose su diadema de oro para salir.

Le dirigió una última mirada a su amada y apretó los dientes. No le gustaba tener que alejarse de nuevo, pero tenía que cumplir con su deber y buscar ayuda para las dos mujeres.

- El palacio de Hilda no debe estar lejos – concluyó.

- No, Seiya, iré yo. Quédate aquí, a su lado. Te lo ruego – le pidió la guerrera – Esa mujer ha afrontado sola la tormenta y quién sabe cuántos peligros más para traerte una cura. Ha agotado su energía hasta el borde de la muerte para sanarte y ha mostrado más determinación y coraje que todos los caballeros del Santuario juntos. Si se recupera, que seas tú, la persona por la que lo ha dado todo lo primero que vea cuando abra los ojos.

- Pero, Shaina, si te pasara algo…

- Vamos, caballero, ya sabes que no soy una damisela en apuros precisamente – se jactó casi divertida al recordar la infinidad de veces que se habían enfrentado ambos – Sigues siendo un sentimental.

- Está bien – aceptó.

La mujer se dio la vuelta y se dirigió hacia la entrada. Se detuvo de nuevo.

- ¡Ah, Seiya, una cosa más! – le dijo sin volverse – Como te he comentado, Atenea no puede hablar; así que sería conveniente que aprovecharas para decirle "todo" lo que tienes pendiente. No sé si me explico...

- Entiendo – respondió él sintiéndose sonrojar.

Shaina no quería seguir avergonzándole. Salió de la gruta. Esta vez ella iba a redimir su culpa: Iba a darles la oportunidad de hablar.

...

La oscuridad sin dolor. No sentía nada. Era una calma placentera y profunda, como un sueño pesado del que no podía despertar. Saori se dejaba llevar por esa sensación cuando empezó a sentir la urgencia de regresar a alguna parte, la urgencia de alguien que la nombraba, alguien que la necesitaba, a quien no podía abandonar. Un fulgor de pronto en la oscuridad, un resplandor dorado y una voz que conocía llamándola. Abrió lentamente los ojos y sus pupilas azules se adaptaron al entorno. El brillo era la diadema alada de Sagitario, la voz la de su portador. Le dedicó una sonrisa de felicidad al verle de nuevo sano y salvo. Seiya, pensó. ¡Cuánto me alegro de ver tu mirada llena de vida! Le hubiera abrazado en ese instante si las fuerzas la hubieran acompañado.

- Atenea… - dijo él visiblemente emocionado, conteniendo las lágrimas de alegría.

No habían tenido un momento de tranquilidad desde que Afrodita se la llevara.

- Déjame que te ayude a incorporarte – se ofreció.

Ella se dejó dirigir para recostarse contra la pared, enderezándose un poco. Una ráfaga de dolor la atravesó de repente y una mueca se reflejó en su cara.

- ¿Qué te ocurre? – preguntó él con preocupación.

La joven se llevó instintivamente una mano al origen: su muslo izquierdo. Cuando Seiya miró vio una mancha de sangre en su ropa. Saori apretaba los dientes conteniendo el dolor.

- Permíteme – dijo y, sin esperar la respuesta, comenzó a subir la tela del ligero vestido con delicadeza, dejando al descubierto su blanca pierna hasta la altura de la lesión.

El caballero tragó saliva y se forzó a concentrarse en la herida. Sin embargo, le costaba olvidar la suavidad y la belleza de esa piel nacarada que tanto adoraba y que, en cualquier otra circunstancia, no se atrevería ni a rozar, ni a mirar siquiera. La muchacha se ruborizó a su vez al sentir el contacto de sus manos. ¡Lo deseaba tanto!

- ¿Cómo te has hecho esto? – quiso saber intrigado – Es una herida muy fea. Parece que te hubiera mordido un animal salvaje – continuó mirándola a los ojos.

Ella asintió con un leve movimiento de párpados.

- Ya veo – añadió disgustado – Has corrido más peligros de los que Shaina o yo habíamos imaginado.

El joven se llevó una mano al cuello y, de un tirón se arrancó el pañuelo que llevaba puesto. Con una orden mental se quitó la armadura de Sagitario que, como dotada de vida propia, se separó de su cuerpo y volvió a ensamblarse en su forma original a unos metros de distancia. Seiya, que mantenía la pieza de tela en la mano, comenzó a atarla alrededor de la pierna para evitar que se le infectara.

- Párame si te hago daño.

Atenea asintió de nuevo y estuvo atenta hasta que su protector acabó el vendaje. Sus manos habían actuado con suma delicadeza. Cuando las retiró, arrodillado como estaba, siguió hablándole.

- Me ha dicho Shaina que no puedes hablar. No te preocupes, ella ha salido a buscar ayuda. Regresará en breve.

Ellos dos tienen una relación muy especial, pensó la diosa. Ambos son caballeros y se entienden a la perfección. Hacen muy buena pareja juntos.

- ¡Saori! – la sobresaltó la voz de él.

El guardián de Sagitario y Koga eran prácticamente los únicos que solían llamarla por su nombre mundano. Eso le gustaba, ya que la humanizaba. Ella le miró saliendo de su ensimismamiento.

- Todo lo que me dijiste ante Afrodita era verdad, ¿no es cierto? – le preguntó casi de improviso, sin atreverse a mirarla.

La joven se ruborizó al instante. Así era él, impulsivo e inesperado, sin preámbulos ni rodeos. Ella sabía que más tarde o más temprano tendría que afrontar esa conversación, pero confiaba en tener voz cuando lo hiciera.

Yo… intentó decir. Como esperaba, el sonido no salía de su garganta. Empezó a desesperarse por no poder emitir vocablo alguno. ¡Iba a pensar que no quería responderle! Exasperada, afirmó de nuevo con un movimiento de cabeza y se sonrojó aún más, si eso era posible. Seiya no se atrevía a levantar la vista del suelo.

- ¡Mírame! – le dijo finalmente con pesar en la voz – Porque estoy seguro de que no me has mirado bien. Debajo de la brillante armadura sólo hay un hombre normal, Saori. Y ni siquiera un gran hombre, refinado y educado; sino uno torpe y necio que no sabe ni dirigirse correctamente a la dama a la que adora.

La muchacha abrió los ojos al escucharle. ¿Se refería a ella?

- Soy un hombre desbordado por un fuego que me consume, que no sé ya cómo contener en mi interior – hizo una pausa para alzarle el mentón con los dedos – Sí, yo también te amo – añadió mirándola profundamente al interior de sus pupilas azules – Te amo más que a mi vida, aunque eso ya te lo he demostrado mil veces, creo – bromeó – Pero no sé nada sobre cómo amar a una diosa con un sentimiento tan… humano. No soy digno de tus atenciones. Lo sabes, ¿verdad? – la interrogó acercándose más – Por favor, se libre de apartarme si te ofendo – murmuró abrazándola de pronto - Enséñame a amarte, te lo ruego – le susurró al oído.

La respuesta de Saori no cabía ya en palabra alguna. Conmovida por su sincera declaración, lo acogió en sus brazos con dulzura. Sus mejillas rozándose, el cuerpo femenino arropado por el firme abrazo del cuerpo masculino y el suave tacto de la piel de la joven, hicieron que Seiya acariciara sus largos cabellos atrayéndola aún más contra sí. Sentía que no iba a ser capaz de soltarla nunca. Éste era el lugar en el que soñaba estar. Con ternura, le dio un cálido beso en la base del cuello. Ella se lo devolvió besando su rostro con suavidad varias veces. Él se giró levemente arriesgándose a buscar sus labios y… los encontró.

En ese instante, ambos se unieron en un solo latir, embriagados por la agradable sensación de pertenecer el uno al otro en cuerpo y alma, incondicionalmente y para siempre. El cosmos de Atenea regresó a la diosa con toda su magnitud. El aura dorada y rosácea inundó el lugar con su calidez. Ella nunca se había sentido tan poderosa, Seiya nunca se había sentido tan completo. Su aura azul ardió al máximo, como nunca, alcanzando un brillo blanco e intenso. Comprendió de repente que eso era lo que le había faltado toda la vida, lo que había buscado incansablemente para cumplir su destino, lo que los astros le tenían reservado: el amor de Saori.

Sintieron que se detenían las estrellas, los planetas y el universo a su alrededor. El tiempo cesó su camino. El paisaje desapareció y, por un segundo, estuvieron fuera de cualquier espacio. Él escuchaba por primera vez en su interior el pulso de la Tierra, la explosión de la vida y los cosmos de todos los demás caballeros. Fascinado, se dio cuenta de que todo eso formaba parte de ella. El beso era puro, lento y cálido; liberándose de años de amor contenido, explorando los labios del otro con dulzura y veneración.

Ensimismados, no se dieron cuenta de que todo cambiaba y que ya no estaban en la gruta, sino en otro lugar, al borde de un precipicio.

- ¡Cuidado! – gritó Seiya, que fue el primero en advertirlo.

Saori perdió pie, tambaleándose a punto de caer. Él quiso cogerla de la mano y, antes de rozarla ni siquiera, Atenea gritó de dolor. En las falanges de sus dedos, de la nada, habían aparecido cuatro cortes profundos al acercarse. Comenzó a sangrar mientras caía. El caballero, confundido, se debatía en la duda de qué hacer. Desesperado, volvió a intentar alcanzarla para salvarla de precipitarse al vacío. En ese momento otra mano interceptó a la diosa tomándola del brazo: ¡Jabu!