JABU Y SAORI
- ¡Shaina! – exclamó Koga cuando la vio materializarse delante suya.
Todos se quedaron sorprendidos. La joven parecía desubicada.
- ¡Por todos los diablos! – exclamó - ¿Dónde se supone que estoy ahora? ¡Estaba ya cerca del palacio de Hilda! ¡Koga!
- ¡Maestra, me alegro de verte! – la saludó el joven Pegaso - ¿Cómo has llegado hasta aquí?
- Sea como sea, es bueno tenerte a nuestro lado – añadió Shiryu tendiéndole la mano.
- Creía que luchabais en el Olimpo – respondió ella estrechándosela.
- Y así era – le explicó Shun.
- Hasta que Harbinger se lesionó – bromeó Kiki.
- ¡No me insultes! – se quejó éste con un brazo en cabestrillo - ¡Hubiera podido seguir luchando perfectamente!
- No, en serio – continuó Kiki – De repente aparecimos en esta especie de limbo entre las nubes, justo después de que un dios arquero hiriera a Seiya en el corazón.
- No le hemos visto desde entonces, aunque le hemos buscado por todas partes – agregó Shun – Y estamos muy preocupados por él.
- ¡Sin embargo, seguimos aquí atrapados! – dijo Hyoga, que no había hablado hasta ahora – Hemos probado de todo para salir, sin resultado.
- Pensamos que la batalla de verdad se está librando en otro sitio – concluyó Shiryu – Y que estamos aquí por alguna razón que desconocemos todavía.
Shaina sonrió detrás de la máscara.
- Me alegra ser portadora entonces de buenas noticias. Seiya está sano y salvo, gracias a Atenea.
- ¿Qué? – gritó Koga.
- Explícate, por favor – le pidió Shiryu.
La mujer se dedicó entonces a contarles lo que le había ocurrido desde que apareció en Asgard, el reino de hielo. Todos la escucharon atentamente. El joven caballero de Pegaso no abrió la boca hasta que su maestra hubo terminado.
- Pero, Shaina, ¿qué será de Saori? ¡Has dicho que su cosmos estaba casi extinguido cuando fuiste por ayuda!
- Si te soy sincera, no lo sé – respondió pensativa – Aunque sí estoy segura de algo, y es de que no puede estar en mejores manos que las de Seiya.
- No te inquietes por ella, Koga – le tranquilizó el caballero de Libra – Él no dejará que le pase nada malo. Antes moriría.
- Shiryu tiene razón – añadió Kiki – Mientras estén juntos no hay nada que temer por ninguno de ellos. Esos dos son un par de cabezotas que pueden con todas las adversidades. Aunque los dioses les sigan castigando, lo superarán, ya lo verás.
- Eso espero – deseó el muchacho con toda su alma.
Sentía un gran afecto por Saori, que era como una madre para él. Seiya, cuídala, te lo ruego, pensó por último.
...
Jabu, el caballero del Unicornio, alzó a la diosa tirando de ella hacia sí. La sujetó por la cintura para asegurarla. Las manos de la joven se apoyaron en su pecho.
- ¿Estáis bien? – preguntó preocupado.
Dos destellos dorados se acercaron a gran velocidad. Atenea extendió la mano, liberándose del abrazo, para alcanzar uno de ellos: su cetro. El otro continuó hacia su leal protector. Se trataba de la armadura de Sagitario, que velozmente se ensambló de nuevo a su cuerpo para protegerle. Ambos dejaron de brillar.
- ¿De verdad eres tú, Jabu? – interpeló ella con desconfianza.
Acto seguido se llevó sorprendida una mano a la garganta.
- Sí, parece que has recuperado la voz – observó Seiya acercándose.
Ver al caballero rodeando a Saori por la cintura le había resultado terriblemente molesto. Apartó de sí esos pensamientos. Pero seguía tenso.
- ¡Claro que soy yo! ¡Lo que no entiendo es cómo he llegado hasta aquí! Estaba en el Santuario, protegiéndolo con los demás… Espera, ¿habíais perdido la voz?
- Sí, así era hasta este instante. Me temo que todo es culpa mía – le aclaró Atenea – Zeus, el dios del Cielo, me ha impuesto una serie de pruebas tras las cuales seré juzgada.
- ¿Y qué mal habéis hecho para merecer eso?
- Pues… - empezó a decir la joven ruborizándose, dudando cómo continuar.
- Según ellos ha amado demasiado a los humanos y a la Tierra – atajó Seiya evitándole entrar en detalles sobre su relación con él.
- Gracias – repuso la diosa, reconociéndole el amable gesto que le ahorraba la vergüenza de hablar de sus sentimientos más íntimos – Antes, mi cosmos estaba muy debilitado – le siguió explicando – Ahora, si no me equivoco, sigo sin poder teleportarme a ninguna parte.
Hizo el intento y no consiguió desplazarse.
- Y creo que… este sitio me resulta familiar…
Miró hacia arriba y vio que estaban en el fondo de una sima donde ya había estado antes.
- ¡Esto es…! – murmuró sorprendida.
- Sí, lo es – corroboró Seiya mirándola intencionadamente – Es el precipicio en el que enfrentamos a Jamian.
- No es casualidad – confirmó ella – Estamos aquí por algún motivo y, parece que tendremos que subir andando – concluyó mirando al cielo que se atisbaba entre las rocas - ¿Tampoco tú puedes volar? – le preguntó al caballero de Sagitario.
Él negó con la cabeza apesadumbrado. Saori acercó lentamente una mano con intención de posarla en su hombro y, cuando estaba a punto de rozarle, surgieron tres cortes más en sus dedos. Apretó los dientes. Lo esperaba. Tampoco podía ya tocarle. Seiya y Jabu ahogaron a la vez una exclamación de alerta en sus labios.
- ¿Qué está ocurriendo? – quiso saber el caballero del Unicornio y, sin esperar su permiso, le cogió la mano para comprobar la gravedad de las lesiones.
Atenea le miró estupefacta. ¡Él sí podía rozarla!
- Es obvio, Jabu – aclaró el joven molesto, no con él, sino con la situación – Los dioses parece que han decidido ahora que no puedo acercarme a Saori sin ponerla en peligro.
- ¡Te burlas de mí!
- Supongo que las heridas serán más graves si llegamos a tocarnos – dedujo la muchacha.
- Descuida, no pasará – afirmó Seiya con convicción disgustado.
No iba a permitir que Saori arriesgara su vida. No por él, al menos. Se sentía como si acabaran de expulsarlo del paraíso. Después de haber experimentado el sabor de sus labios, las increíbles sensaciones que de ella emanaban, el cálido abrazo de su cuerpo… debía volver a la casilla de salida, a contener todo su amor en sí mismo y gestionar el dolor de perderla. Aunque las cosas ya no serían igual. La había tenido en sus brazos y no iba a renunciar jamás a ella. Le había entregado su alma. Era completamente suyo.
- ¡Jabu, cuídala! – le pidió a su compañero encomendándole su más preciado tesoro – Ya que no puedo protegerte, os abriré camino en la montaña – añadió dirigiéndose a la dama.
Se miraron intensamente unos segundos, queriendo decirse mil cosas, sin saber cómo hacerlo delante del caballero del Unicornio. Seiya hizo una leve inclinación de cabeza a modo de despedida.
- ¿Puedo hacerte cambiar de opinión? – quiso saber la joven.
- He tomado una decisión – repuso seriamente.
Saori asintió en silencio y le dejó ir. Sabía que no podía hacer nada para retenerle. Así era: cabezota y testarudo. Por otro lado, era injusto pedirle que se quedara cerca y verle sufrir sintiéndose inútil para protegerla. Aunque su proximidad le hubiera hecho sentir mejor, no podía ser egoísta, no con él. Le amaba demasiado. Le había entregado su corazón en este mismo sitio hacía años y, ahora que la había aceptado, sellando sus labios con un beso, ocurriera lo que ocurriera a partir de ahora, era completamente suya, en cuerpo y alma. Con tristeza, le observó alejarse avanzando rápidamente entre los riscos.
- ¿Continuamos? – le propuso Jabu ofreciéndole la mano para ayudarla.
- Sí, perdona – respondió saliendo de su ensimismamiento – Gracias – le dijo tomándola.
Y se pusieron en marcha tras los pasos del caballero de oro.
...
- ¿Qué te pasa, querida? – preguntó Hefaistos a su mujer.
Ambos paseaban por el jardín de los dioses, pero ella parecía terriblemente descontenta. Si algo había aprendido el herrero en sus años de matrimonio era que no debía contrariarla.
- Es por Atenea – respondió ésta con fastidio.
- No veo motivo por el que deba molestarte – dijo tomándola del mentón con dos dedos – Zeus la está probando, tal como dijo. Olvídate de esa mojigata por el momento y relájate un poco – añadió intentando besarla.
Afrodita se retiró de su lado casi con enojo. Hefaistos suspiró resignado. Estaba más disgustada de lo que pensaba.
- ¡Tú no lo entiendes! – exclamó la diosa – En la primera prueba llevé a una mujer llamada Shaina junto a ella para hacerle la vida imposible.
- Estás en lo cierto, querida. No comprendo. ¿En qué iba eso a incomodarla?
- Esa mujer estaba enamorada del mismo hombre, ese gusano llamado Seiya. ¡Debería haberle dado celos! Lo tramé todo para que se quedara a solas con él y Atenea no pudiera impedirlo. Si ese caballerucho la hubiera traicionado, habría fallado la primera prueba. ¡Pero no lo hizo! – gritó exasperada - ¡Incluso esa tal Shaina lo estropeó aún más, dejándolos a solas a los dos!
- Ya veo – musitó él pensativo – Has errado el tiro. Tu hermana es bastante imprevisible. Deduzco que no te has quedado cruzada de brazos, ¿cierto?
- No, no lo he hecho – respondió recuperando la compostura – Ahora les he enviado a otro gusano, uno que está enamorado de Atenea desde que eran niños, un tal Jabu. Espero que sea ella en esta ocasión quien traicione a su caballero con otro.
- ¡Ja, ja ja! ¡Qué ingenua eres! – se burló su marido – Esos juegos tuyos no funcionarán, son demasiado infantiles. No caerá en la trampa.
- ¿Se te ocurre algo mejor? – preguntó entornando los ojos con desdén.
- Claro que sí, querida. Sigue jugando si te place, pero asegúrate el éxito si falla. Si yo fuera tú enviaría a tu hijo Eros a deshacerse de una vez por todas de ellos con sus flechas divinas.
- Umm, puede que tengas razón… - murmuró pensativa.
- La tengo, por supuesto que la tengo – dijo tomándole de nuevo el mentón y besándola antes de que se diera cuenta qué estaba ocurriendo.
En esta ocasión, Afrodita aceptó el beso y se dejó llevar.
- Me has convencido – susurró abandonando sus labios – Avisaré a Eros.
Hefaistos sonrió satisfecho. No sólo había conseguido apaciguar a su esposa, sino que estaba también a punto de acabar con Atenea, la única mujer que se había atrevido a rechazarle.
...
Llevaban ya medio día subiendo en silencio. El guardián de la constelación del Unicornio le tendía la mano cada vez que se encontraban un obstáculo en la escarpada subida. No obstante, seguían los pasos del caballero de Sagitario y se notaba. Éste había ido despejando el camino de rocas, eligiendo cuidadosamente las piedras en las que podían apoyarse y retirando las menos seguras. Cuando el estrecho paso entre montañas se volvía dudoso o parecía bifurcarse, les dejaba una pluma de sus alas doradas para indicarles el camino correcto.
- ¡Por aquí! – exclamó Jabu señalando otra de ellas.
Saori se inclinó para recogerla. Su mirada era triste.
- ¿Qué os pasa? – quiso saber incómodo – No habéis dicho apenas nada desde que nos encontramos. Sé que no soy tan bueno como él; pero puedo protegeros igual, con todo mi empeño.
- Perdóname – solicitó la diosa – No quería ofenderte. No es eso. Es que… - dudó sin saber cómo continuar.
No quería hablar de sus sentimientos por Seiya con Jabu, que siempre había estado enamorado de ella.
De repente, el retumbar de un trueno sonó entre las montañas. Sobre ellos vieron dos estallidos de luz muy potentes y un fulgor dorado que caía. Era el caballero de Sagitario. Consiguió frenarse sujetándose de un risco saliente. Se descolgó velozmente junto a ambos.
- ¡Cuidado! – dijo alertándolos mientras adoptaba su postura de combate.
El caballero del Unicornio también se puso en guardia. Atenea se irguió con su cetro en la mano. Todo era muy rápido. Vieron un rayo de luz plateada que se dirigía hacia Seiya. Éste se preparó para recibirle. Cruzó los brazos delante de su rostro tratando de amortiguar el impacto. Finalmente se produjo. Saori y Jabu alcanzaron entonces a ver a su oponente. Un joven guapo y atlético, de cabellos ensortijados, se había lanzado cargando contra el caballero de oro y trataba de empujarle al vacío.
- ¡Eros! – exclamó sorprendida Atenea - ¡No tienes derecho a intervenir! ¡Nuestro padre te castigará! ¡Retírate! – ordenó autoritariamente.
- ¿Y quién va a contárselo? ¿Tú? – espetó el joven de pronto apartándose de Seiya unos metros hacia atrás.
Cargó su arco con una flecha y la disparó contra el caballero del Unicornio y su diosa. Atenea enarboló el báculo delante de sí, justo en la trayectoria del proyectil, protegiendo al joven que estaba detrás suya. La saeta rebotó contra un campo de fuerzas invisible. Los largos cabellos de la dama ondearon con la increíble energía liberada. Jabu la miró asombrado por la majestuosidad que emanaba. Su cosmos se expandía hacia límites inimaginables para un simple humano. Él siempre la había amado y, ahora que la había visto en toda su magnificencia, sentía la necesidad de arrodillarse ante ella y venerarla. No podía permanecer de brazos cruzados. Quería protegerla.
- ¡Prepárarte a recibir el galope del unicornio! – intervino saliendo de la protección divina.
- ¡Jabu, no! – gritó angustiada la muchacha.
El caballero de bronce no estaba a la altura de semejante rival. Incluso para Seiya, que había librado mil combates y llevaba la armadura de oro, era un enemigo complicado de vencer, ¡un dios! ¡Iba a morir si no hacía algo!
Eros dibujó una sonrisa en los labios viendo el punto débil de sus contrincantes. Cargó otra vez su arco y apuntó a Jabu a la cabeza mientras éste dirigía al mismo tiempo su ataque hacia él.
- ¡Apártate! – exclamó Seiya tratando de llegar hasta allí - ¡Va a matarte!
Los poderes se cruzaron. La luz de la explosión los cegó por un instante. Cuando recuperaron la visión, Eros había esquivado cómodamente el golpe. El cetro de Atenea, lanzado por la diosa en su desesperación por protegerle, había detenido en el aire milagrosamente la flecha, interponiéndose a unos centímetros de la frente del caballero del Unicornio. Jabu miraba el proyectil asustado y perplejo. Tanto el báculo como la saeta cayeron al suelo.
El bello arquero, viendo a la joven desarmada, aprovechó para preparar un nuevo tiro. En esta ocasión el blanco era su auténtico objetivo: el caballero de Sagitario. Saori adivinó rápidamente su intención. Eros le apuntó. Seiya, sintiéndose amenazado, dio un paso atrás y advirtió que se encontraba en el filo del precipicio. Si retrocedía un milímetro más caería. Acostumbrado a la lucha y a reaccionar en una fracción de segundo, se dio cuenta de más cosas. El combate no terminaría hasta que el dios acabase con él o a la inversa. Estaba claro que venía a eliminarle. Jabu sólo le había servido de distracción para dejar a Atenea indefensa. Por otro lado, sabía que la diosa intentaría protegerle aun a costa de su vida. Si volcaba sus esfuerzos en él, ella quedaría vulnerable a los ataques. No tenía opción. Debía actuar rápido. Eros disparó. Seiya tomó impulso y saltó de espaldas hacia la sima que se abría tras de sí.
- ¡Noooooo! – gritó Saori al verle caer.
Corrió hacia el borde sin poder evitar que las lágrimas comenzaran a empañar sus ojos.
El hermoso adonis sonrió satisfecho. La caída le mataría. Fue a tomar otra flecha. Su carcaj estaba vacío. Chasqueó los labios contrariado. Bueno, de todas formas, pensó, el otro caballero da igual y no estoy legitimado para matar a Atenea. Zeus me desterraría del Olimpo si me atreviese a tocar a su hija predilecta.
- ¡Espero que hayáis aprendido a no desafiar a los dioses! – advirtió antes de emprender el vuelo hacia el cielo.
Saori no se atrevía a mirar por el acantilado. Cayó de rodillas llorando. Se tapó la boca con las manos para contener las convulsiones del llanto. Jabu se acercó a la muchacha lentamente. No sabía qué decir para consolarla. Le puso la mano en el hombro; sin embargo, lejos de calmarla, provocó el efecto contrario.
- Emm… No sé qué hacer… - musitó tímidamente.
- ¿Quizás podrías ayudarme? – dijo una voz desde el precipicio, alzando una mano hasta el borde, luego la otra.
- ¡Seiya! – exclamó la dama con renacida energía - ¡Estás vivo!
El caballero de Sagitario se elevó por fin sobre el saliente. Jabu, estupefacto, le tendió una mano.
- Tengo que admitir que he perdido algo de práctica en estos ardides. Pero ha funcionado, ¿no? – les preguntó aceptando la ayuda y mirando a la joven con esa sonrisa suya tan genuina y brillante – Saori, no llores – le suplicó conmovido – Ya ves que estoy bien.
La muchacha, consternada, contuvo sus lágrimas y, asintiendo, trató de devolverle la sonrisa. Ambos se miraron un segundo y se perdieron en las pupilas del otro. Él pensaba en cuánto le gustaría enjugar ese llanto acariciándole el rostro y besando sus labios hasta sosegarla. Ella deseaba entregarse en sus brazos y dejarse envolver por la calidez de su cuerpo.
- Seiya, me alegro de que estés bien – interrumpió Jabu – Sin embargo, pronto deberíamos buscar un lugar para resguardarnos. No creo que lleguemos arriba antes de que se haga de noche – añadió mirando la altísima pared de riscos que tenían ante sí, casi en ángulo recto – Parece que el camino se endurece.
- Tienes razón. Adonde había llegado antes de encontrarme con Eros era bastante más escarpado. Tal vez exista una cueva en alguna parte – se preguntó pensativo.
- No os inquietéis por eso ahora – sonrió Atenea enigmáticamente recogiendo su cetro – Y continuemos subiendo un poco más. Cuando caiga el sol os diré lo que vamos a hacer – concluyó echando a andar delante de ellos.
Tanto Seiya como Jabu la siguieron. No iban a discutir las órdenes de su diosa.
...
Habían localizado un repecho de la montaña poco antes del ocaso. La subida había sido ardua incluso para los caballeros; no obstante, Saori no había emitido una sola queja en todo el camino. Para los dos hombres era admirable la fuerza de voluntad y determinación que la guardiana de la Tierra demostraba. Ambos la admiraban profundamente. Para ella, era algo bien sencillo, sólo trataba de estar a la altura del valor de sus protectores y del buen nombre de la diosa Atenea. La actitud de ellos era su fuerza para continuar adelante incansablemente.
La joven usó de nuevo su báculo para abrir una gruta en la roca
- Nunca pensé que tendría que darle esta utilidad a la diosa Nike y, últimamente, lo hago muy a menudo – bromeó.
Desde que Seiya caminaba junto a ella se sentía más animada y feliz.
- Recuérdame no ponerme en la trayectoria de tus poderes – se burló él.
La muchacha sonrió divertida.
- Bueno – dijo Jabu bostezando – No sé vosotros, pero yo necesito dormir un poco.
- Está bien – aceptó el caballero de oro – Marchaos adentro a descansar. Yo haré la primera guardia. Eros quizás regrese cuando descubra el engaño.
Estuvieron de acuerdo. El caballero del Unicornio acompañó a Atenea al interior. Ésta iluminó la cueva con su cetro y lo apoyó contra una pared de piedra. Desgraciadamente, no había vegetación ni árboles para encender un fuego.
- Saori – la llamó el muchacho poniéndole una mano en el hombro.
- ¿Sí? – dijo girándose a mirarle.
- Solo quería que supieras… - comenzó dubitativo – que yo siempre te he amado.
La joven abrió los ojos sorprendida. Por su comportamiento, no era un secreto para nadie que estaba enamorado de ella; pero no esperaba una declaración en ese instante.
Seiya, que entraba a decirles algo, alcanzó a oír la frase. Su corazón y su cabeza se dispararon. Hacía muchos años que sabía lo de Jabu, aunque nunca lo había considerado en serio hasta que le escuchó decirlo en voz alta. Tampoco él albergaba esperanzas hasta hacía poco, así que nunca le había afectado tanto como en ese momento. ¿Qué respondería "su" dama? Sus latidos se aceleraron. No podía escucharlo. No quería escucharlo. Salió rápidamente al exterior. Necesitaba respirar una bocanada de aire fresco. Se sentía furioso con el caballero de bronce. Deseaba golpearle a pesar de que eso no tuviera ningún sentido. Descargó su rabia en un puñetazo contra las rocas.
Mientras tanto, ni Saori ni Jabu se habían dado cuenta de su presencia. Ella, perpleja, miraba al caballero del Unicornio sin saber qué decirle.
- Yo… - murmuró avergonzada ruborizándose.
- No te apures por mí – musitó él tomándola del mentón para encontrarse con sus profundos ojos azules – Necesitaba decírtelo – hizo una pausa – Y ahora, dame tu respuesta. No tengas miedo. No soy un necio. Sé lo que voy a escuchar.
- ¿Estás seguro? – se atrevió a preguntar tímidamente.
- Claro - asintió – Dime que te sientes halagada al menos – bromeó.
- Me siento halagada, Jabu – afirmó seriamente devolviéndole la mirada – Pero… - bajó la cabeza - Mi corazón pertenece a… otra persona.
- Esa "otra persona" es un hombre afortunado entonces – le sonrió dulcemente – A pesar de que yo te amé desde el instante en que te conocí, tú ya estabas esperándole desde el principio.
- No sabía que era mi destino – admitió ella sonrojada – Aunque él tenía motivos para detestarme, no podía evitar sentirme inclinada hacia sus nobles ideales.
- Seguro que no te odió nunca. Ningún mortal puede resistirse a una diosa que baja del cielo para amarle y protegerle – aseguró el joven con convicción – Debiste volverle loco, loco de amor. Todos sabemos cuántas veces se ha jugado la vida por ti - sonrió con tristeza – Deberías ir con "el hombre afortunado" y recordarle cuánto le amas. Yo mientras descansaré un rato – concluyó recostándose en el suelo.
Ella le observó dudosa.
- No te preocupes, estoy bien – añadió para tranquilizarla.
Saori tuvo en cuenta sus palabras y asintiendo se alejó. Salió adonde el caballero de Sagitario se encontraba. Estaba sentado en una piedra, la cabeza entre las manos, pensativo. Le observó un segundo desde lejos. Las estrellas brillaban como nunca. La constelación de Pegaso y Andrómeda dominaban el cielo en esta época del año. No era casualidad. Aún recordaba con claridad la dulce sensación de sus labios sobre los suyos. Un recuerdo que atesoraría toda la eternidad. Se acercó decidida y se sentó frente a él.
- Es una noche preciosa – observó contemplando distraída la bóveda celeste.
Él asintió sin levantar la mirada.
- Deberías dormir un poco – masculló molesto, sintiéndose enfadado consigo mismo.
¿Qué diablos le habría respondido? Frunció el entrecejo sin poder evitarlo. Todos la amaban. ¿Cómo iba a ser capaz de sobrellevarlo? ¡Si al menos pudiera abrazarla! ¡Le frustraba tanto no poder protegerla contra sí! Aún le quemaban los labios con el beso que le había robado. Sentía palpitar su corazón con fuerza al recordarlo.
La joven se volvió, confusa, sin comprender su actitud; y le miró como sólo ella sabía mirar, con los ojos del alma, con la profundidad del cielo. Él se sintió desnudo ante la diosa, miserable, un ser ruin de la peor calaña.
- Saori – murmuró sin levantar la vista – Perdóname. Escuché sin querer lo que te confesaba Jabu. Sé que no tengo ningún derecho a saberlo; pero me gustaría conocer tu respuesta.
Ella pareció sorprendida y aliviada a la vez. ¿Así que era eso? Su naturaleza apasionada le estaba jugando una mala pasada.
- No puedo… no puedo manejarme bien con el cúmulo de emociones que siento. Debo ser el más torpe de los amantes, el menos apropiado sin duda para ti – le confesó abriéndole su alma completamente.
¡Parecía tan desvalido e indefenso! ¡Era tan sincero su amor! ¡Tan incapaz de esconderlo que le superaba!
- Él siempre te amó. Si quieres estar a su lado yo… lo entenderé – masculló costosamente - ¡Tengo que entenderlo! – trató de convencerse.
La muchacha le devolvió una mirada serena y confiada, cargada de comprensión infinita.
- Ya que deseas saberlo, te diré lo mismo que le he dicho a Jabu – concluyó la joven sosegadamente, casi meditando en voz alta.
El corazón de Seiya se detuvo. En este momento le surgían auténticas dudas sobre querer saber la respuesta. Era tentador vivir en la ignorancia, aunque eso iba en contra de su propia naturaleza. Se le secó la boca. No, él no era así. Afrontaría lo que fuera. Tragó saliva. Saori le miró directamente a los ojos.
- Le he dicho sólo la verdad, que mi amor te pertenecía – suspiró tímidamente.
El caballero tardó unos segundos en entender el completo significado de sus palabras. Luego, se maldijo por haber dudado de su dama. ¿Cómo podía ser tan idiota?
- Seiya – se explicó concentrada en lo que quería decir – Descubrí que te amaba el día en que me salvaste de Jamian en este mismo sitio. Pero Jabu me ha recordado que aun antes de que regresaras de Grecia, yo te esperaba y anhelaba. Creo que de alguna manera lo intuía, como Atenea. Nuestros destinos siempre han estado unidos a través de los siglos, desde la era mitológica. Y aunque ignoro lo que nos tendrá la vida reservado a partir de ahora, pase lo que pase ocurrirá estando a tu lado. Nada va a alejarme de ti. Ya no – concluyó.
Cuando se volvió a mirarle, la emoción brillaba en sus ojos y en los de él.
- Saori… – dijo acariciando cada letra de su nombre – De verdad no sé cómo puedes sentir algo por mí. ¡Yo, que he sido tantas veces un patán contigo! La primera cuando regresé de Grecia. Perdóname. Te prejuzgué dejándome llevar por las apariencias y no te di la oportunidad de mostrarme cómo eras en verdad. Conforme te fui conociendo iba enfadándome más conmigo mismo, negándome a admitir que me equivocaba, que compartíamos los mismos ideales y que… me estaba enamorando. Tuvimos que llegar a este precipicio huyendo de Jamian para que la realidad me golpeara como un jarro de agua fría. Cuando me confiaste tu vida, te entregué mi corazón para siempre. Había estado luchando contra mis propios sentimientos. No quería ser como Jabu tu perrito faldero. Pero en ese instante comprendí que iba a estar a tu lado para amarte y protegerte ocurriera lo que ocurriese. Estoy a tu completa disposición y soy inmensamente feliz por ello – concluyó contento de haber expresado todo lo que sentía – Sin embargo, me muero por besarte, ¿lo sabes, verdad? – le sonrió.
- Sí, lo sé. Soy perfectamente consciente – admitió devolviéndole una enigmática sonrisa – Creo que debo compartir contigo mi pequeño secreto.
Él la miró con curiosidad y extrañeza.
- Cierra los ojos – le pidió la joven suavemente.
El caballero obedeció sin pensárselo dos veces.
- Incendia tu cosmos – volvió a pedirle en un susurro.
Seiya se concentró en elevar su poder al máximo. El aura azul de su fuerza interior se extendió a su alrededor envolviendo el lugar. La sensación era como si una lluvia de estrellas fugaces cayeran a la Tierra desde el cielo.
- Ahora, trata de sentir el mío – dijo por último dulcemente.
Él expandió sus sentidos a través del espacio y encontró otra fuerza poderosa muy cerca de la suya. Era un aura cálida, dulce y compasiva que conocía bien: el cosmos de Atenea. La sensación de su presencia tomó forma lentamente y comenzó a percibir una mano que se acercaba y le acariciaba la cara con delicadeza. Luego, la otra mano le tomó el rostro y, los labios de Saori se posaron sobre los suyos con suavidad. Notaba el sedoso tacto de su piel sobre la suya y se estremeció temblando de placer. Abrió los ojos sorprendido. Ella no se había acercado ni un milímetro. Seguía en el mismo sitio, ruborizada. Apenas se atrevía a mirarle.
- Yo… hace tiempo que puedo sentirte así - balbuceó la chica – Con el poder de mi cosmos percibo claramente los anhelos de tu aura como si fueran reales. Pero no estaba segura de que se tratara de un deseo consciente – se disculpó por habérselo ocultado.
- ¿Yo puedo hacer eso también? – preguntó todavía impresionado.
Ella se sonrojó aún más.
- De hecho… lo haces todo el rato sin darte cuenta – corroboró con un hilo de voz.
- ¡Saori Kido, eso es lo más…! ¡Umf! – exclamó fingiendo indignación. Las palabras no acudían a sus labios - ¿Cómo has podido no decírmelo? ¿Te das cuenta de lo avergonzado que me siento en este momento? ¿Qué impresión te has estado llevando de mí?
- Lo siento – musitó.
- Cierra los ojos tú ahora - le ordenó el muchacho.
Ella confiaba ciegamente en él y obedeció con rapidez para tratar de redimir su culpa. No tuvo que hacer ningún esfuerzo por sentirle. El cosmos arrebatador de su fiel protector la envolvió completamente con la calidez de su aura, la rebasó y sobrepasó con una energía inusitada e ilimitada. La tomó entre sus brazos arrolladoramente y la besó con pasión, con la pasión contenida de años de amor sin esperanza, con la pasión de sus sueños.
Aun tratándose de sólo sus energía místicas, la joven sintió que se le doblaban las rodillas y le temblaba el pulso. Incapaz de oponer la más mínima resistencia, antes bien, al contrario, sus labios se abrieron para él cuando su lengua exigió el interior de su boca. La besó durante minutos que detuvieron el tiempo, que condensaron la eternidad en un solo instante. Seiya, incapaz de saciarse, se detuvo para dejarla tomar aliento. Ambos abrieron los ojos. La muchacha respiraba agitadamente, el corazón le latía más rápido que nunca y sus mejillas encendidas la delataban.
- Saori – pronunció el caballero en un susurro, encendido por la entrega de su dama – Toda mi vida he sentido que me faltaba algo. Y eras tú. Es tu amor lo que da sentido a mi vida, mi razón de ser. Has estado siempre tan cerca y, sin embargo, hasta que nuestros labios no se rozaron no he visto esta verdad tan evidente. Yo tampoco puedo vivir ya sin ti, y me enfrentaré a quien haga falta para seguir a tu lado. ¡Te lo juro! – afirmó con profunda determinación y ese brillo desafiante en los ojos.
- Seiya… - suspiró ella conmovida por su promesa.
Él asintió brevemente sin perder la intensidad con que la miraba.
- Y ahora, por favor, te lo ruego – suplicó el joven – Vete a descansar adentro. Debes estar agotada y, si vuelvo a encender mi cosmos, no podré ya detenerme. Márchate.
Saori le entendía a la perfección. Su sentimiento era el mismo que el suyo. Se levantó para irse.
- Buenas noches, entonces – le deseó con dulzura, feliz de tenerle cerca.
Le volvió la espalda. Seiya era muy reservado respecto a temas personales. Su presencia le bastaba.
- Buenas noches… mi amor – dijo de repente.
Ella se giró de nuevo sorprendida y ruborizada. Él sonrió al verla sonrojada e impresionada. ¡Se veía tan hermosa!
- Descansa – le deseó mirándola con adoración y esa sonrisa cómplice.
El aura azul se desplegó suavemente, depositó un dulce beso en su frente y la arropó con cariño, envolviéndola.
- Ten cuidado tú, por favor – le susurró ella.
La energía cósmica de la diosa se expandió de nuevo, rodeándole como una caricia. Saori regresó al interior, pero su aura dorada se quedó con Seiya, protegiéndole durante la noche estrellada.
...
- ¡Madre! – dijo Eros entrando en las estancias privadas de Afrodita e inclinándose ante ella – Ya está cumplido tu deseo.
- ¿A qué te refieres exactamente? – preguntó girándose a observarle.
La deidad colocaba rosas rojas de gran belleza en un jarrón de exquisita manufactura. Abandonó la tarea para escucharle y se acercó al hermoso joven.
- Me refiero a que me he deshecho de una vez para siempre del caballero de Sagitario. Tal y como ordenasteis – respondió con fastidio.
¿Es que acaso lo había olvidado? Estaba cansado de satisfacer los caprichos de su madre, sin embargo sentía que se lo debía de alguna manera. Quizás los lazos de sangre que los unían eran más fuerte de lo que ambos creían.
- ¿En serio? – volvió a insistir ella con algo de descrédito en su tono. Tomó una pequeña bola de cristal del tocador, del tamaño de un pisapapeles.
- ¡Claro que es en serio! – exclamó Eros indignado - ¿Me atrevería yo a mentiros?
- Entonces, querido, ¿cómo llamarías a esto? – quiso saber Afrodita en el mismo tono de fastidio que su hijo había usado primero, alargándole el objeto para que lo mirara.
El bello efebo observó el cristal un instante y pudo ver una escena que hizo estallar su ira. Seiya, aparentemente vivo, hacía guardia no muy lejos del sitio en que él le había dado por muerto.
- ¡Me han engañado! – gritó temblando de ira - ¡Lo pagarán!
Y como una exhalación salió de la habitación pegando un portazo. ¡Qué mal carácter!, pensó la diosa divertida. Tendré que corregirle esa conducta, se dijo para sí misma con indolencia y continuó con su tarea de colocar las rosas armoniosamente.
...
Ya casi alcanzaban la cima. Al salir el sol habían iniciado de nuevo la subida. Aunque cada vez era más costosa, la perspectiva de acercarse al final, renovaba sus energías. Sin embargo, Seiya estaba cansado. Generoso como era, había velado solo toda la noche dejando descansar a su compañero. Aun así, éste parecía más agotado. Se esforzaba al máximo; pero no podía evitar retrasarse de vez en cuando.
- ¿Vais bien? – quiso saber el caballero dorado volviéndose preocupado para comprobar el estado de sus acompañantes.
Saori, que se valía del apoyo del cetro de Atenea para subir, le devolvió una sonrisa cansada, aunque contenta.
- Estamos bien. ¿Verdad, Jabu? Aguantaremos. Ya no queda mucho – aseguró con confianza la joven.
- Sí, sí, verdad – respondió el caballero del Unicornio desde un par de metros detrás de ellos, jadeando de cansancio – Me gustaría saber dónde encontráis vosotros dos las fuerzas para continuar infatigablemente.
Ambos se miraron sonriéndose. Era obvia la respuesta. El uno del otro.
Repentinamente, la diosa de la Tierra cambió su expresión relajada por una de alerta. Todo fue muy rápido. No hubo tiempo para pensar. Saori vio la flecha dirigirse al corazón de Seiya por su espalda. Dejándose llevar por un impulso, le empujó apartándole de la trayectoria y enarboló el báculo de Atenea delante de sí, clavándolo en el suelo y concentrando todo su poder con los ojos cerrados.
- ¡Dos! – exclamó recordando las cosas que había aprendido sobre sí misma: No dudaría un instante en sacrificar su vida por la suya.
La saeta de platino se detuvo delante del cetro, a escasos centímetros de la muchacha. El proyectil giró sobre sí mismo varias veces y regresó aún más rápido al lugar del que provenía. Su dueño tuvo que esquivarlo saliendo de su escondite entre las rocas.
- ¡Eros! – gritó Jabu al verle - ¡Aunque hayas vuelto no podrás con nosotros!
- ¿Tú crees? – preguntó el dios caminando tranquilamente hacia Atenea.
El caballero del Unicornio presintió en ese momento que algo iba mal y cayó en la cuenta de lo que era. ¡Oh, no! Saori había tocado a Seiya. ¿Estaría herida? La diosa no se había movido y seguía con los ojos cerrados. Parecía indemne. Jabu no alcanzaba a ver ninguna lesión. Entonces, observó espantado que de sus oídos salía un pequeño hilo de sangre y otro escapaba por la comisura de sus labios. Debajo de su vestido, en el suelo, se formó de pronto un gran charco de sangre. El caballero de Sagitario seguía en el mismo sitio en el que había caído; pero su rostro estaba anegado en lágrimas que se esforzaba por esconder.
Eros sonrió divertido al ver la cara de horror del caballero de bronce.
- ¿Qué te ocurre? – se burló – Te admito que yo también estoy fascinado por la increíble fuerza de voluntad de Atenea, que os ha protegido incluso después de muerta con su poder. En el instante en que tocó a tu amigo, su interior se deshizo en mil pedazos. Aun así, consiguió invocar una vez más su energía mística y devolverme el ataque.
Seiya lo había sentido, había sentido en su aura el último latido del corazón de Saori, el último aliento y el último pensamiento dirigido a él: Quizás en otra vida. Luego, la nada. Su cosmos se había desvanecido para siempre, como una estrella fugaz.
Eros había llegado junto a la diosa inerte, que todavía permanecía de pie como una estatua, detenida en el tiempo. Le tocó con un dedo la frente y su cabeza cayó hacia atrás, a la vez que su cuerpo comenzó a desplomarse al suelo como un pajarillo o una marioneta a la que han cortado los hilos. No contento con eso, el dios lanzó con la mano una ráfaga de viento contra el pecho de la mujer. El aire la impulsó hacia atrás con tal fuerza que arrastró su cuerpo sin vida hasta el precipicio.
- ¡Adiós, Atenea! – exclamó con crueldad el arquero divino.
- ¡Noooo! – gritó Seiya al verla caer al vacío, enloqueciendo de dolor.
La había perdido sin poder hacer nada para evitarlo. Ella había sacrificado su vida por él. Su misión era protegerla y había fracasado vilmente. La imagen de su amada destrozada entre las rocas al caer en la sima cruzó su mente. No iba a consentirlo. No iba a permitir que nadie profanara su cuerpo, no si él podía impedirlo. Sin pensarlo se lanzó al abismo con ella. La tomó en sus brazos al vuelo y la envolvió con sus alas doradas. Quizás no puedan volar; sin embargo, te protegerán mientras yo viva, pensó. La abrazó con fuerza y se preparó para el impacto. Si la caída no me deja inconsciente, me mataré con las piedras del fondo; pero te prometo que tú saldrás intacta, mi amor, le susurró cayendo cabeza abajo. Las lágrimas le fluían sin poder evitarlo. Su pecho apenas podía respirar, oprimido por el dolor de la pérdida. Muy pronto se liberaría de eso. Cerró los ojos y se abandonó a su destino.
- ¡Seiya! – gritó el caballero del Unicornio sin poder hacer nada al verle arrojarse al vacío.
Y, de repente, todo desapareció a su alrededor. Lo último que advirtió fue la sonrisa de satisfacción de Eros.
...
- ¿Jabu? – preguntó una voz de mujer poniéndole la mano en el hombro.
El joven se volvió para encontrarse con Shaina. El paisaje había cambiado. Se hallaba en una especie de cielo infinito.
- ¿Cómo has llegado hasta aquí? – insistió ella.
Enfocó la vista y más figuras conocidas se dibujaron al fondo: Koga, Kiki, Harbinger, Shiryu, Hyoga y Shun.
- ¿Has visto a Atenea o a Seiya? – quiso saber Koga preocupado - ¿Has estado con ellos?
Tal vez le haya ocurrido igual que a Shaina, pensó el joven Pegaso esperanzado.
Jabu apretó los puños y contuvo las lágrimas de dolor.
- Ellos… - balbuceó – Ellos están muertos. Lo siento – alcanzó a decir en un hilo de voz bajando la cabeza.
Cuando el joven les explicó lo ocurrido, Koga se desesperó de nuevo y comenzó a lanzar meteoros en todas las direcciones en busca de una salida posible. De nada le sirvieron las advertencias de Kiki, maestro de la teleportación, de que no la había. Luego, se deshizo en llanto.
- Debes ser fuerte – le dijo el antiguo caballero del Dragón, poniéndole una mano en el hombro – A ellos no les gustaría que te hundieras de esa manera. Tienes que hacer honor a su memoria.
- Shiryu tiene razón – añadió Hyoga – Ambos te criaron desde que eras un bebé. Te enseñaron todo lo que sabían. Tú mejor que nadie deberías saber cómo les gustaría que te comportaras.
- Lo sé - respondió el adolescente – Pero es que… ¡es tan difícil! - repuso dejándose caer al suelo abatido - ¡Si al menos hubiera podido despedirme! Saori, ¿dónde estás? – se interrogó en su amargura mientras las lágrimas se deslizaban rebeldes por su rostro.
